El Cafecito


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Todos pasaremos por ahí: Cinco notas sobre la muerte, por Dorismilda Flores Márquez

todospasaremos

La vida, por larga que sea, siempre será corta.

Demasiado corta para añadir algo.

Wislawa Szymborska

Es lugar común decir que las únicas cosas que tenemos seguras en la vida es nacer y morir. Eso no importa, no podemos recordar nuestro nacimiento y, por mucho que experimentemos nuestra propia muerte, no estaremos aquí después para recordarla, así que sólo nos quedan las experiencias de los nacimientos y las muertes de los otros.

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Mi padre era muy práctico respecto a la muerte. Solía decir, cuando otros morían, que todos tenemos que morir. Más de una vez escuché a alguien comentar: “a ver si dice lo mismo cuando sea él quien vaya a morir”. Lo curioso es que lo dijo, unos días antes de morir volvió a decir que todos tenemos que morir y agregó que él había vivido ya lo que quiso y como quiso, así que podía irse tranquilo.

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La muerte, esa experiencia tan humana, se vuelve casi artificial en los funerales, en medio de una especie de escenificación del dolor y de la educación. He de confesar que, desde que murió mi padre, no soporto el ritual del pésame. Aquella vez perdí la cuenta de las veces que escuché “te acompaño en tu dolor”, “sé por lo que estás pasando”, “cuentas conmigo para lo que sea”. No nos hagamos tarugos, eso no es cierto. No recuerdo que alguien —además de mi madre— me acompañara en mi dolor cuando regresamos a casa y encontramos vacía la silla en que mi padre solía sentarse a leer; tampoco en la mañana siguiente, cuando nadie me dijo “ya levántate”; mucho menos cuando han pasado tantos años y descubro que todavía se me hace un nudo en la garganta. Por supuesto que agradezco a quienes asistieron al funeral, pero estar ahí y ser solidarios no equivale a todo lo que dicen las frases hechas que nos enseñan a decir. Esas mismas frases hechas las dije muchas veces, hasta que esa muerte me enseñó que nunca sabemos por lo que está pasando el otro, que no lo acompañamos realmente en su dolor sino en unas horas de funeral y que la resignación —si es que llega— no llegará con unas palabras. ¿Será, tal vez, mejor sólo estar ahí con la boca cerrada?

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Suelo decir que, hasta muerto, tengo que ver a mi padre hacia arriba. En vida fue un hombre alto, de 1.87 metros de estatura. Para sus restos eligió una gaveta a más de tres metros del piso. No le gustaban las lápidas adornadas, prefería el estilo gringo de tumbas simples y blancas sobre pasto bien cortado, pero —al parecer— tampoco le hacía feliz que la gente que pasa suele pisar el pasto, así que eligió las alturas. No es sólo una gaveta lo que veo hacia arriba, la imagen de mi padre quedó tan alta, que recordarlo es también mirar hacia arriba.

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La muerte siempre recuerda lo corta que es la vida. No importa si quien muere tiene 14 años o 92, queda siempre algo pendiente, algo que nunca se dijo, algo que no se hizo, mucho que se quedó en la mente. Quizás eso es lo maravilloso de vivir, que uno nunca tiene claro cuándo va a irse y que ha de aprovechar muy bien los años, las semanas, los minutos. Al final, lo que uno más recuerda de los que se han ido es la vida cotidiana junto a ellos, las intrascendencias de que se construyen las historias, no necesariamente los grandes acontecimientos.

Dorismilda Flores Márquez es estudiante del Doctorado en Estudios Científico-Sociales en el ITESO y profesora de asignatura en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Fue la editora fundadora en El Cafecito. Es una workaholic declarada. Ama los viajes, el cine, la comida y los libros.


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Microcuentos insólitos: Dos noventa y dos, por Luis Buero

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Asisto en Buenos Aires, todos los días, a una pequeña guerra que por ser repetida e inútil no pierde su ferocidad o violencia. Ha ocurrido mil veces y sucederá infinitamente, y me permito narrarla en tiempo presente pues no tengo ni la más alentadora sospecha de que alguna vez termine. Lo vivo desde niño y ya han pasado más de cuarenta años, y todo sigue igual. Les cuento.

Me levanto temprano, cuando el día es apenas una tierna rama tendida. Mi esposa ha salido a hacer las compras y el agua hierve en una cacerolita quemada y abollada, lista para el mate. Desde el baño, mi hijo contesta mi “buen día”, dicho casi como para no ser oído.

Mientras bebo, acomodo mi corbata y leo dos o tres titulares del periódico. Nada escriben sobre lo que nos pasa, sobre la feroz pugna matutina; abunda un deliberado culto del error, un perezoso desprestigio de la verdad en esas palabras que se comprenden sin ser creídas.

Al salir saludo a dos vecinos y un viento fresco me acaricia los ojos. Miro a la gente que camina indecisa a esta hora en la que todo parece ingrato; son cientos que ni se miran, ni saben que existen. A veces parece que algo irremediable va a suceder, un choque de autos, una pelea callejera, un asteroide que lo aplasta todo, algo así, imprevisto, que ocasione el deshielo, pero no, todo sigue como siempre.

Me detengo en la parada y exactamente a la misma hora, siete y media, dobla por la esquina y lentamente se me acerca. Me pregunto qué venerable semejanza habrá entre este invento argentino y el bus americano, o cualquier otro transporte el mundo. Subo al colectivo, mientras saco boleto doy un vistazo al interior del vehículo. Hay un tipo de camisa blanca, fornido y rústico, que a menudo encuentro sentado en el mismo lugar. Una chica morena con libros de Derecho Civil aparece perpetuamente en el tercer asiento individual, del lado derecho. La distingo por sus labios gruesos y unos ojos húmedos y melancólicos.

Una mirada rápida, que no insiste en recorrer los cuerpos, sirve para el secreto reconocimiento, y de alguna manera desconocida nos saludamos. El colectivo se va llenando y en pocos minutos comenzará la batalla que la cáscara del sueño retarda.

Observando detenidamente noto que hay tres mujeres, cuya edad promedio supera los 55 años, haciendo presión psicológica con sus conversaciones a viva voz y empujones sobre los pasajeros sentados. Les apoyan las carteras en los hombros, especialmente a los varones. Las primeras escaramuzas no son fuertes ni graves, apenas un irónico comentario sobre la poca caballerosidad de los hombres, más alguno que otro pisotón o codazo, son las normales agresiones de esta clase de señoras que, por lo general, pasan desapercibidas para los soñolientos enemigos. Por ahí alguno murmura: “no se acabaron los caballeros, lo que se acabaron fueron los asientos…” y sigue durmiendo. Pero ellas, las que reclaman la igualdad de género y la liberación femenina, cuando suben al “bondi” quieren hacerlo primero y que los tipos les den el asiento. Todo no se puede.

Cuando era pibe pensaba que en un colectivo había solo dos bandos, el de los hombres y el de las mujeres. Con la experiencia que me dio la lucha cotidiana fui descubriendo que los aliados y los contrarios no son asociaciones homogéneas, no forman un grupo unido respecto del sexo o la apariencia física o social. En una gran ciudad, todos somos extraños carozos de la furia. Pero lo que fue agravando el problema es que aquellos horarios “no pico” en los que se podía viajar en un colectivo vacío desaparecieron. El exceso de población, sumado a los cientos de miles que vienen a trabajar a la capital, más la inmigración descontrolada de los países limítrofes, hizo que un puñado de cuadras sea pisado por millones al mismo tiempo.

Por eso, minutos después de lo ya citado, el enfrentamiento dentro del vehículo, tomará otro color. Un ejemplo: ciertas mañanas el punto de partida lo da una mujer que sube en la parada de Coronel Díaz y Soler, con un niño en brazos. Mientras abona su boleto, cada uno de los hombres sentados calcula la posibilidad de que sea otro la víctima de esta inoportuna madre. Desde sus posiciones en riesgo, los atacados descubren barro en los zapatitos de ese niño y deducen que el chico camina, y que es un acto especulativo y vergonzoso de la mamá, llevarlo en andas. Finalmente para evitar alguna conflagración (una vieja que se pone a gritar en contra del machismo pero no se para) un señor le otorga con amable renunciamiento, el primer asiento. Por otro lado hay una calcamonía que lo obliga. Se oyen suaves suspiros de alivio en el resto.

Es bueno reconocer que en Buenos Aires muchas almas hacen lo imposible para que el estado de tirantez, la hostilidad claramente establecida por la incomodidad, no se encienda. Aunque siempre hay jóvenes que se sientan en el piso o frente a las puertas de bajada, impidiendo a la gente descender, o colocan sus pies en lugares donde otros luego apoyaran sus manos o traseros.

Por eso, luego de tantas jornadas, sabemos que la paz no dura mucho. Las mujeres mayores de sesenta y cinco, que corren el colectivo como maratonistas olímpicas, apenas suben comienzan a tambalearse o dejarse caer, para ver si así obtienen el ansiado asiento. Es una estrategia que funciona, pero a veces a costos altísimos. Muchas han logrado el bendecido lugar a costa de una rotura de cadera o cráneo.

El chofer, seguro de que no tendrá que ceder su asiento, se mantiene indiferente a todo, y de vez en cuando se entretiene mirando por el espejo a esa masa aglutinada de seres que apenas respiran, y acomodando un escarbadientes en su boca, sonríe con sorna. Por lo general, escucha programas de chistes vulgares, y música de bailanta.

Si hay algo que realmente nos desespera a todos es ver roncar a un gordo morocho desparramado sobre la quinta ventanilla, mientras nosotros flotamos asfixiados. No solo nos irrita por lo injusto de la escena, sino porque pensamos que el gordo, dormido en su injusta comodidad, bien pudo olvidarse de bajar donde debía y quizás esté ocupando un lugar que ya no le corresponde en tiempo y espacio. Por eso, disimuladamente alguien se encargará de ponerlo en vida con un rodillazo suave en las costillas, que colabora de alguna forma, con el ausentismo obrero.

Los “apoyadores” de traseros femeninos, cada vez son menos, aunque nunca falta el que se liga un estruendoso cachetazo de campo. Las amas de casa, coronadas de ruleros y enarbolando lechugas, aparecen cinco minutos después y son bravísimas. Estas cuarentonas han perdido la primera timidez de la juventud y se apropian del derecho al papelón. Se sienten molestas por tener que viajar paradas diez o quince cuadras para volver del supermercado al que fueron a comprar más barato. Y no desisten en gritar o patalear si al vaciarse un asiento alguien quiere arrebatarles ese fugaz bienestar. Si han adquirido pescado, todos queremos corrernos hacia el interior, pero es imposible, porque no hay donde irse.

Dos carteristas esperan la llegada a casa para hacer su inventario. Cierta ambición desordenada y ridícula actúa como lenta depredadora del ambiente. De pronto un chico se está ahogando con un caramelo en el cuarto asiento. El resto de los presentes mira con distraída altivez cómo la madre se enloquece por salvarlo y aguardan a que desocupen, vivos o muertos, esa porción de colectivo.

Otra vez en el fondo un barbudo defiende a su novia de un chico estilo “wachiturro” que la ha molestado, otro muchacho come semillitas y lupines y ensucia el piso, otro escribe con el dedo sobre la ventanilla empañada, otro sube por la puerta de atrás para no pagar, y otro se aparece sosteniendo una jaula con un tucán.

Mujeres embarazadas, comerciantes con su mercancía, oficinistas, señoritas con el cabello mojado con aroma a crema de enjuague, forman el elenco de cuerpos colgantes. Un vendedor trata de convencernos de comprarle un objeto práctico, útil y necesario. Un hippie insiste en hacernos escuchar como desafina una canción en inglés básico. Pero lo cómico ocurre cuando nos acercamos a la Estación Retiro. Pocas cuadras antes ya todo ha sucedido, los fuertes y persistentes han logrado su asiento y los pasajeros parados se resignan a su mala suerte, esperanzados en que el día siguiente todo sea distinto. Es en ese momento cuando sube una harapienta de olores irresistibles con su carga de bichos y bolsones. El chofer no se lo impide para que no lo acusen de discriminador y por todo aquello de la inclusión que siempre se dice.

Un lento aislamiento se orquesta a su alrededor. Algunos se resisten a perder el bien duramente conseguido, y pretenden soportar el asqueroso aroma, pero es en vano. Estamos cerca de nuestro destino, no es mala idea bajar y caminar unas cuadras.

Ya en la vereda, saboreando el aire fresco de la calle, nos vamos alejando cabizbajos y sin decir palabra. Un muchacho, resistente a la frustración por la edad, atina a darse vuelta y mira con tristeza cómo se aleja el colectivo que lleva a la andrajosa como única pasajera, esa mendiga solitaria que ahora ríe incoherentemente y sin dientes.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar


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¿Qué tan pobres somos?, por Lot Gamboa Soto

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Un sentimiento angustiante que prevalece en la sociedad mexicana es la lucha contra la pobreza, los que son pobres queriendo salir de ella y los que pertenecemos a la clase media intentando no sumarnos a los afectados. Vemos a este monstruo deambular entre nuestros conocidos y alrededores y acercarse a pasos agigantados a nuestras vidas. Distinguimos a los indigentes por las calles de la ciudad ya no con lástima, sino con la asertividad de pensar que podemos convertirnos en uno de ellos; ¡ojo! estoy hablando de la clase media, seguro que a mis amigos ricos nunca les ha pasado por su mente una situación así al ver a un vagabundo; no es reclamo, son de los pocos afortunados de este país ¡ojalá y todos fuéramos ricos! Y para los que creen que me puse intensa les digo que no estoy exagerando, muchos de nosotros hace ¿10 años? nos sentíamos con un excelente ingreso, alcanzaba para pensar en cambiar el carro por otro menos viejo o pagar el enganche de uno nuevo, adelantar la hipoteca, o tomar 1 ó 2 veces al año vacaciones con la familia; ahora con un ingreso relativamente igual no nos alcanza para hacer nada de eso, a duras penas se cubren las necesidades básicas como son el pago de servicios, la educación, la alimentación y la vivienda; la gran mayoría estamos esperanzados con el pago del aguinaldo para recuperarnos de alguna deuda que adquirimos durante el año, o por lo menos, ponernos al día con nuestros acreedores.

Estoy verdaderamente preocupada, ahora con la reforma hacendaria la clase media nos convertiremos en clase “¿pobre alta?”, no estoy queriendo criticar al gobierno (ya hay muchos que lo hacen muy bien), sino pensar objetivamente en nuestro futuro, que es incierto con esta reforma aprobada tristemente por los legisladores que nosotros elegimos y que nos están poniendo la soga al cuello, sumemos la reforma educativa y la reforma energética, con todas éstas ya me están dando ganas de irme a vivir al extranjero con mi familia, a lo mejor en Timbuktú nos va mejor. Cada día hay menos fuentes de trabajo, los que tenemos alguna preparación debemos aceptar sueldos muy bajos y con el comentario “ganas mejor que los demás” “tienes más de 40” “es este puesto ejecutivo, es lo que pago” etc., etc. Los jóvenes recién egresados de las universidades ¿qué van a hacer? ¿Qué vamos a hacer con la filosofía de: “al que estudia le va bien”? Qué les decimos a nuestros hijos? tendremos que cambiar nuestros argumentos y la verdad ya no sé cuáles dar. Me molesta mucho que algunos digan “abre tu mente, sé emprendedora” o “está pobre el que quiere” creo que estas palabras no tienen fundamento, estas personas deberían de salir de su burbuja, la mitad de nuestra población es de pobres, entonces ¿la gran mayoría no tenemos visión? ¿Se puede emprender si no tienes ni siquiera para pagar el camión? ¿O para llevar el pan a tu casa?

Algunas universidades le venden la idea a los jóvenes de ser emprendedores, y pues es muy buena idea si se vive en un país donde te brinden oportunidades de desarrollo, créditos pagables, si tienes la “suerte” de que te los autoricen, imposible en nuestro capitalismo asfixiante, donde el dinero ya no vale, no en un país en el que se tiene el segundo lugar en corrupción si no eres clase media, y ¿Qué vamos a hacer con la cantidad de emprendedores que egresan? Son muy pocos los egresados universitarios a los que sus padres les pueden financiar sus negocios ¿A quién le van a vender sus ideas? ¿A quién si no hay dinero? Lo anterior no es mi percepción, podría decir alguien “cada quien habla como le va en feria”, estoy hablando con las estadísticas en la mano y los números no mienten, el INEGI acaba de publicar un documento “A propósito de día internacional para la erradicación de la pobreza” donde dice que la pobreza muldimensional disminuyó 46.1% a 45.5. La pobreza multidimensional se refiere no sólo al bienestar económico sino a los derechos sociales de la población. En respuesta al mandato que establece la Ley General de Desarrollo Social (LGDS), el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) definió una metodología que parte de dos aspectos analíticos principales: el bienestar económico y los derechos sociales de la población, denominada Medición Multidimensional de la Pobreza en México, a partir de la cual se genera la estadística oficial en la materia desde el año 2008. No podemos estar bien en un país donde casi la mitad es pobre. Bueno, sigo con mi intento de no caer en la pobreza, pero cada día la veo más cercana.

 Lot Gamboa, es de Acaponeta Nayarit. Es profesora normalista, licenciada en Ciencias Sociales por la Normal Superior de Nayarit, master en Estudios Humanísticos con especialidad en Literatura del ITESM también es master en Ética para la Construcción Social con Especialización en Consutoría Ética de la Universidad de Deusto España. Impartió clases en preparatoria, profesional y maestría, así como diplomados y cursos de actualización profesional y empresarial en el ITESM y actualmente es consultora y capacitadora independiente, además de laborar en el INEGI.


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Respira, relájate, diviértete, por Arlette Drexler

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Hace tiempo, una persona me pidió que por favor le diera algunas recomendaciones en su práctica pilatera ya que recientemente se había inscrito a clases. Mi primera intención, fue escribir un post haciendo énfasis en la manera en que debía realizar los ejercicios y en cómo hacer algunos movimientos básicos pilateros, pero después de meditarlo, si bien ello es muy importante, pensé mejor en compartir lo que, en mi experiencia, ha sido lo que más me ha ayudado en mi práctica:

1. Respira. Tu instructor te va a enseñar que en pilates existen diferentes tipos de respiración,  cómo se llevan a cabo, el porqué es bueno conocerlas y realizarlas todas, así como la respiración más adecuada en los diversos ejercicios, etc. Joseph Pilates decía: “Breathe is the first act of life”, y así es, respirar es nuestro primer acto una vez que salimos del vientre materno, y no dejamos de hacerlo (consciente e inconscientemente) hasta que morimos. Y mi querido (Joaquín) Sabina alguna vez dijo: “Respirar es un lujo. Podrá haber vida más allá, pero no es vida”. Respirar es un acto muy sencillo y al mismo tiempo muy complejo, lo hacemos todo el tiempo de manera inconsciente, si no respiramos, no vivimos. Siempre que estés en tu práctica pilatera, recuerda que, en tu cuerpo, tienes todo lo necesario para llevar a cabo ese gesto tan sencillo, complejo, básico e indispensable como lo es el respirar y, por lo tanto, para vivir. Nunca dejes de respirar.

2. Diviértete. Practicar pilates no es sencillo. Y no sólo porque existen algunos ejercicios complicados, sino porque realizarlos requiere mucha concentración, conciencia del movimiento, atención consciente. No se trata sólo de hacer una abdominal, sino de hacer todos y cada uno de los movimientos necesarios para no estresar ni lastimar al cuerpo de forma innecesaria y para hacer que esa abdominal esté bien ejecutada (pocos movimientos realizados de la forma correcta, valen más que muchos realizados de forma incorrecta, decía Joseph), lo cual puede resultar agobiante. No obstante, recuerda que practicar pilates es cuidar de ti mism@, es amarte y amar a tu cuerpo, es moverte y el movimiento es vida. Así que, ¡qué más da que algún ejercicio no te haya salido perfecto! ¡Diviértete, goza de la experiencia de saber que estás construyendo un cuerpo sano y bello!

3. Hazle caso a tu instructor. Nadie mejor que él o ella para darte indicaciones sobre como realizar los ejercicios de manera eficiente y segura. Eso sí, busca un buen instructor, este debe saber hacer  modificaciones en los ejercicios si tienes algún tipo de padecimiento o lesión.

…y aún más importante que el punto anterior…

4. Hazle caso a tu cuerpo. Respétalo. Si al estar realizando algún tipo de ejercicio (y no sólo aplica en el caso de la práctica de pilates) sientes un dolor que no sea el del esfuerzo muscular que estás realizando,  sal del ejercicio de forma segura y díselo a tu instructor, quien te indicará si puedes seguirlo realizando de alguna otra manera o de plano mejor parar y hacer un ejercicio diferente.

5. Sé constante y disciplinad@. No pongas pretextos. Sí, ya sé que todos tenemos días complicados, que a veces estamos muy cansados, que el tránsito, los bloqueos, los hijos, el trabajo, la comida, etc., todos tenemos múltiples cosas que hacer a lo largo de nuestros días, pero procura mantener la disciplina de hacer dos horas de pilates a la semana por lo menos, así empecé yo, con dos horas semanales, me mantuve lo más constante posible y he logrado mucho. Piensa esto: “Merezco por lo menos una hora para mi mism@”. Tus horas de pilates son regalos de vida saludable de ti para ti, date el valor que mereces.

6. No te quedes con dudas. Cuando recién comienzas, los ejercicios de pilates te pueden parecer complicados, por eso, si algo no te quedó claro pregúntale a tu instructor, ellos tienen la obligación de despejar todas tus dudas acerca de cómo realizar los ejercicios. Eso sí, te sugiero que si tu duda implica un explicación más amplia esperes al final de la clase, recuerda que tienes otros compañeros pilateros junto a ti. Sé considerado.

7. Relájate. Casi siempre, cuando estamos haciendo un ejercicio específico para fortalecer alguna parte del cuerpo, tensamos todo el cuerpo; entonces hacemos una abdominal y tensamos la mandíbula, los dientes, los hombros, los glúteos, etc. Cuando te pase, respira, relaja todo lo que estás tensando y concéntrate en el área del cuerpo que estás trabajando. Así, no sólo evitas que al terminar el ejercicio te sientas innecesariamente cansado, sino que optimizas el trabajo en tu cuerpo. Quizá te haya sucedido que, mientras vas manejando o caminando, de pronto te das cuenta que estás tenso de todo el cuerpo sin necesidad, y eso te hace sentir estresado y cansado; por eso, no te tenses ni te estreses, relájate y concéntrate en lo que estás haciendo, tu cuerpo y tú misma lo agradecerán.

Espero que está información te sea útil en tus próximas clases de pilates, si gustas, puedes buscar también mi página en Facebook como Love Body Pilates y en Twitter @LoveBodyPilates y, si estás listo para hacer un cambio en tu vida y tu salud, muévete, aliméntate bien y no olvides  consultar a tu médico antes de iniciar una dieta y una rutina de ejercicios. Si te decides a practicar pilates, estoy a tus órdenes, puedes escribirme a este blog y a mis cuentas de fb y tw.

¡Felices y funcionales movimientos!

Arlette Drexler es instructora de pilates por Inspirah Pilates, Balanced Body host site en México, DF, abogada y aspirante a bailarina. Hace un poco más de tres años decidió dejar su práctica como abogada para dedicarse a su verdadera pasión, que es la enseñanza y práctica de pilates. Actualmente da clases en diversos lugares en el DF y se entrena para ser bailarina de danza contemporánea. Su blog: http://lovebodypilates.blogspot.mx


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¿Qué historias contarían las tazas?, por Cynthia Iniesta Salazar

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Hace aproximadamente tres años, Doris tuvo el detalle de regalarnos a mi esposo y a mí dos tazas el día de nuestra boda, como ella misma lo escribió en una carta que acompañaba a las tazas era algo sencillo pero simbólico, en la carta nos relataba una bella historia:

Resulta que hace mucho tiempo, observé que en mi casa se paraba el mundo todos los días a las 7 de la noche; en la calle todo seguía su curso, pero en la cocina de mi casa aparecían dos tazas de café y mis papás se sentaban a platicar largo y tendido como si no existiera nada más, era un momento sólo de ellos. Incluso cuando estaban molestos se reunían en torno al café, a ver cuál de los dos decía la primera palabra.

Gracias a esta práctica sus papás vivieron juntos 24 años, hasta que uno de los dos falleció, ya que fue la comunicación permanente bajo el influjo del café la que los mantuvo juntos todo ese tiempo.

Es una bella historia para compartir con los lectores de El Cafecito y para reflexionar que cualquier relación se basa en la comunicación.

 

 

Cynthia Iniesta Salazar es Historiadora. Con la tesis “La educación de las mujeres. El caso del Colegio de la Paz 1940-1975” obtuvo el grado de Maestra en Investigaciones Sociales y Humanísticas en la Universidad Autónoma de Aguascalientes.


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Comentario cafetero, por León Phelipe Ramírez Gómez

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“Uma café”

En el sur de la ciudad de Santiago de Querétaro, en la Avenida Colinas del Cimatario 219, en la colonia del mismo nombre, encontramos esta nueva opción.

Lugar

La cafetería tiene sillas y mesas afuera, otras tantas en el segundo piso y una pequeña barrita en el primero; todo con una capacidad para alrededor de veinticinco personas. Su estilo es moderno y cálido, muy bien decorado y llamativo.

Servicio

La atención corre a cargo de unas tres personas: dos dedicadas a la cocina y una más para para los clientes. Muy esmerada y con alguna sugerencia para tomar algo más que un café durante la estancia.

El café

La taza es pequeña. El café es de buen cuerpo y perdura en la boca. Con buena acidez que seca ligeramente lengua y paladar. Sinceramente pensé que el café no sería bueno, pero quedé gratamente sorprendido.

Adicionales

Probamos un delicioso postre crujiente con mermelada casera. Claramente se nota que hay un chef a cargo de las viandas puesto que todo lo que vimos se notaba fresco y delicioso, claramente gourmet.

En conclusión, “Uma café” está en la mira para regresar por un postre más.

León Phelipe Ramírez Gómez es candidato a Doctor en Derecho por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; abogado postulante y miembro de la Barra Queretana, Colegio de Abogados, A.C.

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Comentario cafetero, por León Phelipe Ramírez Gómez

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“Besso café”

Localizado en la calle Morelos número 5, en el centro de la ciudad de Santiago de Querétaro, encontramos este pequeña y moderna cafetería que ya ha ganado su sitio entre la comunidad cafetera.

Lugar

Con una capacidad en planta baja para unas doce personas sentadas en las mesitas, otro tanto en planta alta y unas cinco en la barra; “Besso café” tiene un mobiliario contemporáneo, nada pretencioso, pensado para simplemente degustar los productos que ahí se venden.

Servicio

La chica que se encarga del servicio es servicial, aunque quizá no lo suficientemente diligente.

El café

La taza es pequeña. El café es de poco cuerpo, ya que se escapa rápidamente de la boca. No es ácido puesto que no seca la lengua ni el paladar, situación que no es la mejor. Su sabor, delicado.

Adicionales

Ofrece diversos tipos de bebidas tanto frías como calientes, basadas algunas en café. Ofrece diversos bocadillos y desayunos económicos por las mañanas. Con menos de cincuenta pesos puedes degustar un pequeño bocadillo y tu café.

En conclusión, “Besso café” es un sitio que podemos añadir en nuestra agenda.

León Phelipe Ramírez Gómez es candidato a Doctor en Derecho por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; abogado postulante y miembro de la Barra Queretana, Colegio de Abogados, A.C.