El Cafecito


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El cultivo de los árboles de Navidad, de T.S. Eliot (1888-1965), traducido por José Luis Justes Amador

The Cultivation of Christmas Trees

There are several attitudes towards Christmas,

Some of which we may disregard:

The social, the torpid, the patently commercial,

The rowdy (the pubs being open till midnight),

And the childish – which is not that of the child

For whom the candle is a star, and the gilded angel

Spreading its wings at the summit of the tree

Is not only a decoration, but an angel.

The child wonders at the Christmas Tree:

Let him continue in the spirit of wonder

At the Feast as an event not accepted as a pretext;

So that the glittering rapture, the amazement

Of the first-remembered Christmas Tree,

So that the surprises, delight in new possessions

(Each one with its peculiar and exciting smell),

The expectation of the goose or turkey

And the expected awe on its appearance,

So that the reverence and the gaiety

May not be forgotten in later experience,

In the bored habituation, the fatigue, the tedium,

The awareness of death, the consciousness of failure,

Or in the piety of the convert

Which may be tainted with a self-conceit

Displeasing to God and disrespectful to children

(And here I remember also with gratitude

St.Lucy, her carol, and her crown of fire):

So that before the end, the eightieth Christmas

(By “eightieth” meaning whichever is last)

The accumulated memories of annual emotion

May be concentrated into a great joy

Which shall be also a great fear, as on the occasion

When fear came upon every soul:

Because the beginning shall remind us of the end

And the first coming of the second coming.

El cultivo de los árboles de Navidad

De las muchas actitudes ante la Navidad,

hay algunas que debemos rechazar:

la social, la torpe, la comercial,

la desordenada (la de los bares abiertos hasta medianoche)

y la infantil que no es la del niño

para el que la vela es una estrella

y el ángel dorado que despliega sus alas

en la cima del árbol, no decoración, sino ángel.

El niño ante el árbol se asombra.

Dejémosle que siga en su espíritu

con la Fiesta que es tal y no pretexto.

De ahí que el rapto brillante, la maravilla

del primer árbol de Navidad que se recuerda,

de ahí que las sorpresas, las delicias

de las nuevas posesiones (cada una

con su peculiar olor y emocionante),

la espera del ganso o del pavo

y el alborozo de su llegada.

De ahí que la alegría y la reverencia

no deban olvidarse en la experiencia posterior,

en la cotidianeidad o el tedio o la fatiga,

en la certeza de la muerte o la conciencia del fracaso

o en la piedad del converso

que puede corromperse por la vanidad

que no gusta a Dios y desagrada a los niños

(y aquí recuerdo con gratitud a Santa Lucía,

su villancico y su corona de fuego):

De ahí que antes del fin, la navidad número ochenta

(y “ochenta” significa la que sea la última)

los recuerdos acumulados de la emoción anual

deben concentrarse en inmenso gozo

que será también inmenso temor

como en la ocasión en que descienda

el terror a cada alma:

porque el principio debe recordarnos el fin

y la primera venida, la segunda.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.

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