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Ganarás el pan con el sudor del acoso (o de la simple grosería), por Luis Buero

“La indemnizan porque el jefe hablaba de sus pechos grandes” dice el título de la nota de Clarín del jueves 9 de julio pasado, y luego en la misma página se explica que una línea aérea deberá indemnizar a una ex empleada con más de 30 mil pesos por daño moral, ya que se probó que su jefe aludía constantemente en público al tamaño de sus pechos y caderas. Según trascendió a través del fallo de la justicia laboral, el capo en cuestión formulaba habitualmente comentarios a otros compañeros sobre el busto de la laburante, y sobre otras “redondeles” de su cuerpo, y a ella misma, in situ.

Chupáte esa mandarina, ¿le habrá llegado la hora final a los desubicados y pajeros? Lo dudo, pero como precedente sirve. ¿Precedente de qué? De lo que tienen que soportar las minas en los lugares de trabajo, de parte de muchos tipos. ¿Quieren que le defina la palabra “desubicado”?

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Mejor un mal ejemplo que una buena definición

Los nombres son ficticios, la realidad es la de casi todos los ámbitos.

Durante un recreo en un call-center, Eugenio, un supervisor,   le apoya su mano en el

hombro a una telefonista y le  pregunta en broma: “¿sabés cómo hacen el amor los marcianos?”.  La chica, esperando inocentemente el final del chiste, contesta que no. Entonces él, sonriente,  le señala su mano apoyada en el hombro de ella y culmina la chanza: “así, ¿ves?,… ahora estamos curtiendo”.

Fabián, un abogado cuarentón, gordo y canoso, asesor fijo en la sección legales de una importante empresa de telefonía celular, cada vez que una asistente le entrega un expediente, le alcanza una lapicera o le consigue una comunicación, la mira fijo, baboso, lisonjero y le lanza un “vos sos el amor de mi vida” en el mejor de los casos, o directamente, “¡qué lindas tetas tenés, mamita!”. Suele pedir que le practiquen sexo oral  como forma de agresión, a viva voz, a aquella muchacha que no esté de acuerdo con sus opiniones. Las subordinadas, con una mueca incómoda le hacen ver su desubicación,  pero tratan de no reaccionar con violencia, y  de mantener el clima de trabajo dentro de cierta cordialidad para que no se les vuelva insoportable, lo cual ocurriría si le dijeran lo que piensan cada vez que él las observa como Alien 4 a sus próximas víctimas de la nave espacial.

Gustavo y Jorge de la sección Sistemas, se  pasan todas las tardes riéndose junto a los técnicos  del mismo equipo, descubriendo páginas pornográficas  en Internet,  que quieren compartir con las compañeras de la empresa que pasan por el piso donde ellos trabajan, y aquella que no se divierte en sus chistes es marginada, hostigada, o molestada por el grupo de varones. Se vuelve conflictiva. No es “de la familia”. La tildan de “agreta”.  Vittorio, el jovato paciente del centro de kinesiología, al pagarle la visita a la profesional intenta meterle el dinero por el escote y la invita a salir, la mujer lo rechaza y él le muestra sus anillos y le dice “cuál querés para salir conmigo”. Cuando ella se queja ante su superior, éste le habla del juramento hipocrático.

Edgardo, jefe de cátedra universitario se encuentra accidentalmente con una discípula en el colectivo, ella le comenta que quisiera dar la materia que él enseña en un examen como alumna libre, no regular, él le asegura que eso sería un suicidio, la joven entonces se dispone a leerle el programa de la materia y él la sorprende: “¿con unos ojos tan hermosos necesitás lentes?”. Ella decide no anotarse en esa asignatura y pasarse de carrera.

Carlos, a diez kilómetros de allí,  tiene una fábrica de bolsas de polietileno, y a sus obreras siempre les dice que las espera bañadito, y si anda de ánimo les pellizca el trasero cada vez que gana Boca.

Muchas veces las mujeres tienen que soportar ambientes hostiles de trabajo por reaccionar con enojo ante un sinior pegajoso como Ricardo, que a toda costa les quiere masajear la espalda  para que se distiendan en la fábrica,  o el capataz  Adrián, que le elogia el culo hasta a su propia sobrina, vendedora de la panadería del barrio,  no con ánimo precisamente de regalarle una pollera. Julio trabaja en la sucursal Caseros de un banco cooperativo, cuando llama a la casa central de la entidad, siempre le pregunta a Sabrina, empleada de menor rango, “¿cuándo salimos a tomar algo?”; ella le contesta que tal vez algún día pero por ahora no, porque teme que al negarse rotundamente con un “córtala, estúpido”, esa reacción le traiga problemas futuros en esa empresa donde sólo ascienden los hombres.

¿Si querés laburar… bancate a los tarados?

¿El mandato del mundo masculino laboral es: “deberás ganarte tu lugar en la vida con el sudor del acoso o la grosería gratuita”? Y ahí nos sobreviene otra pregunta: ¿todos los hombres están convencidos de que las mujeres disfrutan íntimamente con las barbaridades, lisonjerías baratas o acosos que estos les lanzan en la cara porque no reaccionan mal, presuponiendo entonces que sus barbaridades continuas  las hace sentir deseadas?

Y no me estoy refiriendo al común  “para conseguir el empleo, el papel en ese programa de televisión, el ascenso en la gerencia, la aprobación de la materia  o el retiro voluntario…  tenés que acostarte conmigo”, sino a situaciones mucho más comunes y cotidianas.

A menudo las mujeres escuchan chistes pecaminosos personalizados  por el solo hecho de pedir que les faciliten  una herramienta de trabajo, y en algunos casos, manoseos, arrinconamientos juguetones, invitaciones “en broma” llenas de adulonería sexual, y ellas lo aceptan como un mal necesario por tener que compartir el ámbito laboral con hombres. Son los famosos piroposlancesgroseros de cada día.

Ustedes dirán, “si hasta fueron violadas las monjitas destinadas a misiones en el Africa, y centenares de mujeres oficiales  de la marina americana que combatieron en la Guerra del Golfo, al arribar a América acusaron a sus jefes de abuso sexual, ¿qué pólvora pretende descubrir este tipo?”

Ninguna pólvora, simplemente invitarnos a reflexionar a todos y especialmente a nuestros legisladores, que cajonearon un proyecto de ley sobre el tema.

¿Por qué no te callas?

Si,  desde que nacemos, uno de los primeros indicios que nos diferencian de los animales radica en nuestra capacidad de simbolizar, codificar lo que sentimos y transformarlo en un lenguaje.  Y ese lenguaje es complejo no sólo por su diversidad de contenido y significado expreso, sino también por el latente. Hay un agujero entre lo inconsciente y lo simbólico, pero de alguna manera, lo real del cuerpo siempre insiste.

El mismísimo her profesor, don Sigmund, se interesó por el chiste y su relación con el inconsciente, dándole al doble sentido igual importancia que a los sueños,  como camino directo hacia las zonas ocultas de la mente.  En las proposiciones íntimas humorísticas y  personalizadas hechas a través del doble sentido y repito,  en broma, se presentan ciertos mecanismos básicos como la condensación de un alto contenido sexual y agresivo, con cierta transferencia de energía, valor o afecto en un desplazamiento aparente del objeto de deseo a través de  una representación simbólica que lo disimula. El contenido latente del chiste obsceno que dispara una invitación erótica dirigida a alguien,  no es sino la búsqueda indirecta de la  satisfacción  de un deseo primario a través de un artificio humorístico del lenguaje soez,  que sin embargo lo vuelve aceptable para la conciencia moral por la cobertura solapada del humor. Y aunque el lenguaje produce formaciones reveladoras de un deseo, cualquier elaboración secundaria o interpretación concreta del chiste obsceno que les fue dedicado,  a veces es rechazada automáticamente por las mujeres,  que desarrollando una censura maniquea se niegan a aceptar que ese amigo o primo o cuñado o tío refleje en el chiste o en la insinuación risueña,  deseos inaceptables e inconfesables que no le interesa ocultar permanentemente. Si hasta una publicidad de agua saborizada nos muestra con indulgencia como un boludo distribuye morcillas recién asadas repartiendo sandeces entre cada comensal cuando se las coloca en el plato… menos a su hija, y ese menos, dejemos que lo interprete Freud, tan afecto a los mitos griegos.

Pero en el laburo, la cosa tiene otro color. El humor de ese compañero de trabajo o jefe o cliente o proveedor importante o del  esposo de la empleadora,  tiene la particularidad de que se refiere a él mismo, pero para entenderlo debemos darnos cuenta que este “él” está “dividido”.  Su fantasía ya deja de ser inconsciente y se revela en el chiste personalizado: “cuando te mudes llámame así estrenamos la camita”.

Pero no es una invitación concreta a salir. En última instancia,  si ella “pica”, aleluya, y si se queja formalmente,  fue nada más que un chiste, y la víctima pasa por  aburrida o paranoica, una especie de agitadora laboral. Mientras, ellos son los maestros de la holofrase, en la que “te apoyo”, “tírame la goma”, y demás, no dan lugar a malentendido alguno.

¿Las palabras son sólo palabras?

Ferdinand de Saussure también se refirió a “las palabras bajo las palabras”, dándole incluso a los elementos sonoros de una composición la capacidad de transmitir un mensaje subyacente más allá del texto tal como lo percibimos.  Pero aquí, la barra saussuriana, que separa el significante del significado, no permite espacio a las dudas.  Los significantes se abrochan perfectamente ante el punto de capitón final y se re-significan sin espacio a eufemismos.

¿Cómo revertir esto en una sociedad reprimida, inhibida sexualmente más allá de su discurso libidinoso, provocativo y agresivo? Tipos cuya regresión al narcisismo secundario los lleva a pretender lucirse con las referencias constantes a lo sexual, porque creen que no cuentan con otro oropel para ofrecer, y son el estigma constante de las mujeres.

El problema se agrava cuando este espacio enrarecido es el del trabajo, un lugar vital hoy para quienes tiene la suerte de conservarlo. Y ni hablar de estructuras piramidales y autoritarias como las de fuerzas de seguridad y similares.

El Senado congeló la ley de acoso laboral… and now what?

Las especialistas en el tema, generalmente abogadas, relacionan jurídicamente el acoso en los trabajos con la “mala fe”, porque en la ley de contrato de trabajo se estipula que el acuerdo entre las partes debe ser presidido por la buena fe laboral. Si un hombre contrata a una mujer para que pase datos a una computadora, él no adquiere el derecho por ese vínculo a someterla a mal trato verbal o físico y en la medida en que el acoso sexual no es aún una figura legal, solo le queda la opción a ella de demandarlo por daños y perjuicios, más allá de exigirle una indemnización, por mala fe del empleador al constituir el contrato laboral.

Pero en un país con un cuarto de la población desocupada, y otro tanto  sub-ocupada, ¿quién va a quejarse?

Quienes se interesan en lograr que se le dé una figura penal y civil al acoso sexual en las empresas, afirman que según estadísticas que cuentan en su poder, una de cada tres mujeres sufren acoso sexual concreto en su lugar de trabajo, y dos de cada tres acosadas tienen menos de 30 años. También afirman que el acoso sexual no se presenta, como en las películas, de la manera: “si no pasás por mi cama te echo”, sino que se maneja de una forma  más sutil, subrepticia o solapada. Pero también incluyen como actitudes cercanas a esa figura, la de esos compañeros de trabajo que escatiman información laboral  perjudicando a la compañera que no accede a su requerimiento sexual, o les mandan e-mails pornográficos o calumnian a la mujer si no se satisfacen sus deseos.  El abanico de situaciones alcanza a veces al acoso efectuado por un importante cliente (o sea, alguien externo de la empresa pero cuya queja puede dejar sin su puesto a la acosada) o la persecución sexual de un cónyuge o pariente directo del empleador que no es parte de la empresa pero cuya acción también lesiona la libertad laboral de la contratada.

En fin, el tema es amplio y a los hombres no les interesa tratarlo. Es más, creo que en una revista dirigida por hombres no me publicarían esta columna porque, demos lugar a la chanza, “todo directivo debe tener guardado un muerto en el placard”.

Sí. Hay mucho tedio existencial y así como los mecánicos cuelgan afiches con chicas semidesnudas sosteniendo el rulemán, los machos cabríos necesitan poner en juego sus fantasías en vivo y en directo, sin interrupciones. El drama es que los onanistas que abundan en las organizaciones no comprenden que a veces una mujer puede dejar pasar un chiste zarpado para no generar un incidente que le cueste el sueldo, no porque le haya gustado, y así es como ellos avanzan constantemente aprovechándose del temor ajeno a quedar desocupado o convertirse en alguien conflictivo para sus superiores.

Entiendo que el trabajo es un derecho humano fundamental, que responde a un principio de vida, a un instinto de conservación natural, y al menos dentro de ese ámbito deben respetarse al máximo las cuestiones privadas de las personas. Porque Dios le dijo al Hombre que debía trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente, pero en ningún renglón la Biblia aclara que la mujer tendrá que obtenerlo soportando el acoso o los chistes sugerentes de sus supervisores y colegas de labor. Muchos tipos se burlarán de mí al leer esta nota, pues ellos consideran que las estupideces que les dicen a sus compañeras no son acoso sexual, y que en el fondo ellas lo disfrutan porque son unas histéricas. A esos hombres les recuerdo que sus esposas y novias también están ahora, en este mismo momento, recibiendo de un fulano, en su puesto de trabajo un piropo denso que contiene seguramente alguna palabra que a ustedes les daría vergüenza decírsela incluso en el momento de mayor intimidad conyugal. Pero no se gasten en preguntarles si es cierto esto, ellas les van a decir que no, para que no se amarguen inútilmente.

Sin embargo, ¿cómo pedirles a ellas que defiendan su lugar y su integridad si hoy hay bares y restaurantes donde las contratan para que circulen como mozas con ropa ajustada o escueta y den besos de bienvenida a los  clientes recurrentes?

Cuesta mucho entonces sugerir a las mujeres (mientras el Parlamento mira para otro lado, ya que los políticos varones son los primeros “galanes” del país) que intenten volver al sano cachetazo de campo, si es que aún les importa cierta consideración en el trato (y son capaces de darse cuenta que en la lisonja obscena o en el piropo dicho desde una posición de poder,  no hay valorización alguna)  para frenar la locuacidad de un confianzudo.   Y re-valorizar la palabra respeto; sí, respeto, tienen derecho a exigirlo. Una linda palabra: respeto. Ya sé, muchos la van a ir a buscar al diccionario porque no la conocían. No se rían, sí, respeto, alguna vez existió. Pero por alguna razón desapareció, ya a nadie le interesa su rescate.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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Día de diversión en el trabajo, por Luis Buero

En el mundo existen dos clases de personas, las que tienen una vocación definida y las que no.

A su vez al primer grupo es posible subdividirlo en dos categorías. Una es la de los que hacen lo que les gusta, los que se ganaron el derecho o tuvieron la buena suerte de conseguir un empleo acorde a su profesión, estudio o capacidad especial. Son esos afortunados que todos los días logran poner en juego su inspiración, sus mejores aptitudes, su narcisismo, su deseo y  su goce. Y están después los que naciendo con un don, una gracia, una inclinación especial hacia alguna tarea, no la han podido desarrollar y conviven laboralmente con aquellos a los que les da lo mismo sellar papeles, vender muebles o parcelas de un cementerio parque, atender el teléfono, o pasar datos a una computadora.

Y en esta división planteada se basa la diferencia conceptual que siempre hacemos los argentinos entre trabajo y laburo.

Trabajo es una palabra que parece esconder algo místico. Hasta Dios trabajó seis días para crearlo todo. Pero el vocablo  laburo es justamente para nosotros la expresión de lo forzado, de aquello que hacemos sólo por un sueldo, porque no queda otra y tenemos que comer.

Tal vez por ello a los americanos, que son unos maestros en el arte de obtener de los empleados lo mejor sin aumentarles el sueldo, inventaron hace diez años la idea de aplicar la diversión en las empresas, apoyados en la premisa de que el humor reduce el estrés, estimula la motivación, aumenta la creatividad, cohesiona los equipos humanos, potencia el impacto persuasivo de los mensajes de venta y fomenta un clima laboral más agradable. Y como estas genialidades prenden tarde o temprano, iluminados por la iniciativa, dos humoristas españoles han propuesto que el 1 de abril de cada año se convierta en el Día Mundial del Trabajo Divertido. Proponen, por ejemplo, sorprender al personal con unos churros a primera hora, empezar la reunión contando chistes, organizar una partida de bolos o un concurso de lanzamiento de aviones de papel en plena oficina. Otras opciones consisten en decorar la oficina con guirnaldas, globos, y que los empleados atiendan con algún aditamento de carnaval carioca, como anteojos grandes, sombreros o corbatas estrafalarias, matracas, pitos, cornetas, y demás elementos de cotillón festivo.

Bajo el precepto pues de que el trabajo “no tiene por qué ser una actividad miserable y sufrida, sino que también debe disfrutarse” los organizadores de la patriada insisten en que esto puede ser extensivo al trato con clientes, proveedores, pacientes. No está mal.

Ahora: ¿Cómo incluimos a los tímidos, los deprimidos, los que no se contagian de este “síndrome Patch Adams”? Y lo más importante: ¿Qué haremos luego, los otros 364 días, cuando la diversión no sea obligada y vuelvan, como diría Serrat, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal,  y el avaro a las divisas?

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar