El Cafecito


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Microcuentos insólitos: Dos noventa y dos, por Luis Buero

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Asisto en Buenos Aires, todos los días, a una pequeña guerra que por ser repetida e inútil no pierde su ferocidad o violencia. Ha ocurrido mil veces y sucederá infinitamente, y me permito narrarla en tiempo presente pues no tengo ni la más alentadora sospecha de que alguna vez termine. Lo vivo desde niño y ya han pasado más de cuarenta años, y todo sigue igual. Les cuento.

Me levanto temprano, cuando el día es apenas una tierna rama tendida. Mi esposa ha salido a hacer las compras y el agua hierve en una cacerolita quemada y abollada, lista para el mate. Desde el baño, mi hijo contesta mi “buen día”, dicho casi como para no ser oído.

Mientras bebo, acomodo mi corbata y leo dos o tres titulares del periódico. Nada escriben sobre lo que nos pasa, sobre la feroz pugna matutina; abunda un deliberado culto del error, un perezoso desprestigio de la verdad en esas palabras que se comprenden sin ser creídas.

Al salir saludo a dos vecinos y un viento fresco me acaricia los ojos. Miro a la gente que camina indecisa a esta hora en la que todo parece ingrato; son cientos que ni se miran, ni saben que existen. A veces parece que algo irremediable va a suceder, un choque de autos, una pelea callejera, un asteroide que lo aplasta todo, algo así, imprevisto, que ocasione el deshielo, pero no, todo sigue como siempre.

Me detengo en la parada y exactamente a la misma hora, siete y media, dobla por la esquina y lentamente se me acerca. Me pregunto qué venerable semejanza habrá entre este invento argentino y el bus americano, o cualquier otro transporte el mundo. Subo al colectivo, mientras saco boleto doy un vistazo al interior del vehículo. Hay un tipo de camisa blanca, fornido y rústico, que a menudo encuentro sentado en el mismo lugar. Una chica morena con libros de Derecho Civil aparece perpetuamente en el tercer asiento individual, del lado derecho. La distingo por sus labios gruesos y unos ojos húmedos y melancólicos.

Una mirada rápida, que no insiste en recorrer los cuerpos, sirve para el secreto reconocimiento, y de alguna manera desconocida nos saludamos. El colectivo se va llenando y en pocos minutos comenzará la batalla que la cáscara del sueño retarda.

Observando detenidamente noto que hay tres mujeres, cuya edad promedio supera los 55 años, haciendo presión psicológica con sus conversaciones a viva voz y empujones sobre los pasajeros sentados. Les apoyan las carteras en los hombros, especialmente a los varones. Las primeras escaramuzas no son fuertes ni graves, apenas un irónico comentario sobre la poca caballerosidad de los hombres, más alguno que otro pisotón o codazo, son las normales agresiones de esta clase de señoras que, por lo general, pasan desapercibidas para los soñolientos enemigos. Por ahí alguno murmura: “no se acabaron los caballeros, lo que se acabaron fueron los asientos…” y sigue durmiendo. Pero ellas, las que reclaman la igualdad de género y la liberación femenina, cuando suben al “bondi” quieren hacerlo primero y que los tipos les den el asiento. Todo no se puede.

Cuando era pibe pensaba que en un colectivo había solo dos bandos, el de los hombres y el de las mujeres. Con la experiencia que me dio la lucha cotidiana fui descubriendo que los aliados y los contrarios no son asociaciones homogéneas, no forman un grupo unido respecto del sexo o la apariencia física o social. En una gran ciudad, todos somos extraños carozos de la furia. Pero lo que fue agravando el problema es que aquellos horarios “no pico” en los que se podía viajar en un colectivo vacío desaparecieron. El exceso de población, sumado a los cientos de miles que vienen a trabajar a la capital, más la inmigración descontrolada de los países limítrofes, hizo que un puñado de cuadras sea pisado por millones al mismo tiempo.

Por eso, minutos después de lo ya citado, el enfrentamiento dentro del vehículo, tomará otro color. Un ejemplo: ciertas mañanas el punto de partida lo da una mujer que sube en la parada de Coronel Díaz y Soler, con un niño en brazos. Mientras abona su boleto, cada uno de los hombres sentados calcula la posibilidad de que sea otro la víctima de esta inoportuna madre. Desde sus posiciones en riesgo, los atacados descubren barro en los zapatitos de ese niño y deducen que el chico camina, y que es un acto especulativo y vergonzoso de la mamá, llevarlo en andas. Finalmente para evitar alguna conflagración (una vieja que se pone a gritar en contra del machismo pero no se para) un señor le otorga con amable renunciamiento, el primer asiento. Por otro lado hay una calcamonía que lo obliga. Se oyen suaves suspiros de alivio en el resto.

Es bueno reconocer que en Buenos Aires muchas almas hacen lo imposible para que el estado de tirantez, la hostilidad claramente establecida por la incomodidad, no se encienda. Aunque siempre hay jóvenes que se sientan en el piso o frente a las puertas de bajada, impidiendo a la gente descender, o colocan sus pies en lugares donde otros luego apoyaran sus manos o traseros.

Por eso, luego de tantas jornadas, sabemos que la paz no dura mucho. Las mujeres mayores de sesenta y cinco, que corren el colectivo como maratonistas olímpicas, apenas suben comienzan a tambalearse o dejarse caer, para ver si así obtienen el ansiado asiento. Es una estrategia que funciona, pero a veces a costos altísimos. Muchas han logrado el bendecido lugar a costa de una rotura de cadera o cráneo.

El chofer, seguro de que no tendrá que ceder su asiento, se mantiene indiferente a todo, y de vez en cuando se entretiene mirando por el espejo a esa masa aglutinada de seres que apenas respiran, y acomodando un escarbadientes en su boca, sonríe con sorna. Por lo general, escucha programas de chistes vulgares, y música de bailanta.

Si hay algo que realmente nos desespera a todos es ver roncar a un gordo morocho desparramado sobre la quinta ventanilla, mientras nosotros flotamos asfixiados. No solo nos irrita por lo injusto de la escena, sino porque pensamos que el gordo, dormido en su injusta comodidad, bien pudo olvidarse de bajar donde debía y quizás esté ocupando un lugar que ya no le corresponde en tiempo y espacio. Por eso, disimuladamente alguien se encargará de ponerlo en vida con un rodillazo suave en las costillas, que colabora de alguna forma, con el ausentismo obrero.

Los “apoyadores” de traseros femeninos, cada vez son menos, aunque nunca falta el que se liga un estruendoso cachetazo de campo. Las amas de casa, coronadas de ruleros y enarbolando lechugas, aparecen cinco minutos después y son bravísimas. Estas cuarentonas han perdido la primera timidez de la juventud y se apropian del derecho al papelón. Se sienten molestas por tener que viajar paradas diez o quince cuadras para volver del supermercado al que fueron a comprar más barato. Y no desisten en gritar o patalear si al vaciarse un asiento alguien quiere arrebatarles ese fugaz bienestar. Si han adquirido pescado, todos queremos corrernos hacia el interior, pero es imposible, porque no hay donde irse.

Dos carteristas esperan la llegada a casa para hacer su inventario. Cierta ambición desordenada y ridícula actúa como lenta depredadora del ambiente. De pronto un chico se está ahogando con un caramelo en el cuarto asiento. El resto de los presentes mira con distraída altivez cómo la madre se enloquece por salvarlo y aguardan a que desocupen, vivos o muertos, esa porción de colectivo.

Otra vez en el fondo un barbudo defiende a su novia de un chico estilo “wachiturro” que la ha molestado, otro muchacho come semillitas y lupines y ensucia el piso, otro escribe con el dedo sobre la ventanilla empañada, otro sube por la puerta de atrás para no pagar, y otro se aparece sosteniendo una jaula con un tucán.

Mujeres embarazadas, comerciantes con su mercancía, oficinistas, señoritas con el cabello mojado con aroma a crema de enjuague, forman el elenco de cuerpos colgantes. Un vendedor trata de convencernos de comprarle un objeto práctico, útil y necesario. Un hippie insiste en hacernos escuchar como desafina una canción en inglés básico. Pero lo cómico ocurre cuando nos acercamos a la Estación Retiro. Pocas cuadras antes ya todo ha sucedido, los fuertes y persistentes han logrado su asiento y los pasajeros parados se resignan a su mala suerte, esperanzados en que el día siguiente todo sea distinto. Es en ese momento cuando sube una harapienta de olores irresistibles con su carga de bichos y bolsones. El chofer no se lo impide para que no lo acusen de discriminador y por todo aquello de la inclusión que siempre se dice.

Un lento aislamiento se orquesta a su alrededor. Algunos se resisten a perder el bien duramente conseguido, y pretenden soportar el asqueroso aroma, pero es en vano. Estamos cerca de nuestro destino, no es mala idea bajar y caminar unas cuadras.

Ya en la vereda, saboreando el aire fresco de la calle, nos vamos alejando cabizbajos y sin decir palabra. Un muchacho, resistente a la frustración por la edad, atina a darse vuelta y mira con tristeza cómo se aleja el colectivo que lleva a la andrajosa como única pasajera, esa mendiga solitaria que ahora ríe incoherentemente y sin dientes.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar

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Saudade: Me sobra tanta falta, por La Freudiana

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He perdido la noción del tiempo y del espacio desde que no estás aquí, no sé cómo arreglármelas sin ti, o no sé si quiero hacerlo… Yo, que habité en tus ojos, en tus brazos y en tu piel… no sé ahora en qué otro lugar vivir, si no en ti…

Ya no estás aquí… pero mi cuerpo te recuerda, cierro los ojos e imagino tu rostro, no sería extraño tampoco imaginar tu aroma ni evocar a voluntad tu voz enunciando esas frases con las que me hacías sentir amada, esas caricias con las que me hacías volar.

Ya no estás aquí, me haces falta, como dice Jaime Sabines: “para andar para ver, como un tercer ojo, como otro pie… que sólo yo sé que tuve…”

Me faltas, me faltas tanto, que me sobra tanta falta… siento saudade de ti.

Saudade en portugués, es un sentimiento por la ausencia o la pérdida de un ser amado. A diferencia de la melancolía que es un cuadro clínico, en la Saudade el sujeto sabe a quién perdió y qué es lo que en ello perdió, la saudade es una añoranza, una nostalgia de personas, lugares y situaciones en las que sentimos que podemos estar mejor.

En el arte japonés, el mono no aware se refiere a apreciación de lo fugaz, a gozar de lo bello en lo no permanente y a la vez gozar de la tristeza por esa impermanencia.  Vivir sintiendo nostalgia, saudade o mono no aware  para algunos sujetos es muy romántico, para otros es una verdadera tortura. Cierto tipo de contextos así como la apreciación estética permite que la nostalgia se instale por tiempo indefinido en nuestras vidas, por eso es más común que los artistas se caractericen por ser nostálgicos, pero también gracias a esos sentimientos pueden crear obras que nos conmueven.

La seductora saudade es una de las promotoras principales de las relaciones interminables, relaciones a las que no se les pone punto final, si no puntos suspensivos… puntos en los que el sujeto nostálgico habita, haciendo una hamaca entre un punto y otro a través de sus fantasías… tratando de permanecer unido a lo amado, tratando de eternizar esa relación a través de encuentros imaginarios…

El cuerpo como lienzo de la memoria hace posible ciertas alucinaciones en las que nos parece ver a nuestro ser amado entre la gente, evocar su olor a voluntad, evocar su rostro y su cuerpo sin necesidad de ver una fotografía, e incluso poder rememorar la musicalidad de su risa y de su voz, así como de experimentar las sensaciones que nos provocaba el encuentro con dicha persona.

No ser quien fuimos al ser en el otro, no tener lo que teníamos con el otro puede parecer un exceso de falta, pero es en realidad una negación de la falta, es un no necesitar que alguien nos falte, porque ese amado está ahí, en su ausencia está presente… el nostálgico tiene el poder de hacerlo desaparecer o aparecer a voluntad…

El nostálgico lo sabe, pero no siempre lo reconoce. Ese saber nostálgico lo describe muy bien el escritor aguascalentense Alejandro Mouret:

Todo está cubierto con tu ausencia

el silencio me grita que no estás

en lo oscuro se diluye el recuerdo

de tus ojos y tu piel, se olvidará

– Alejandro Mouret

LaFreudiana es psicóloga y psicoanalista en formación. 
Escritora y locutora de ocasión, da voz cada
semana a sus propios análisis acerca de diferentes temas en
El Diván de la Oveja Negra,
programa que se transmite los miércoles a las 5 pm MX por UC
Radio (Radio de la Universidad de la Comunicación)


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México, ¿por qué?, por Carlos Antonio Villa Guzmán

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Qué difícil entender cómo y por qué México, el país que proyectaba hacia el mundo la imagen de un lugar de gente sencilla, casi siempre sonriente y amable; de una nación cuyos mayores encantos surgían, precisamente, de esa cordialidad; ahora se haya convertido en un lugar de pesadilla, sangriento y terrible; un sitio sin justicia ni ley; poblado de criminales y gente sin escrúpulos que son la peor amenaza que puede existir para los que viven honradamente y en paz; un imperio de impunidad y corrupción.

Si bien la etapa de la Revolución y la menos conocida pero igualmente sangrienta Guerra Cristera, ya habían marcado ésta como una tierra de gente rebelde y atrevida; como auténticos domadores de miedos; salvajes para jugar con la muerte, casi hasta la brutalidad; el siglo veinte continuó viviéndose en contextos de estabilidad política suficiente como para alcanzar el desarrollo que, en cierto momento, ubicó a México como una de las naciones más prósperas de Latinoamérica.

Medio siglo después de esa efímera bonanza y ya adentrados en el siglo XXI, México, el que era “Casi el paraíso”, como lo definió Luis Spota, “el país amigo”, que proyectaba sus bondades hacia el extranjero, devino en el lugar de la muerte.

Si volteamos hacia atrás, para tratar de encontrar la bifurcación por donde desviamos el rumbo, los orígenes de lo que en unas décadas se convirtió en una frenética matanza de gente que no se sabe bien a bien por qué, ni cuántos desaparecen o mueren todos los días, hasta que se van descubriendo las fosas u otros rastros o testimonios que revelan la indescriptible situación que desvanece las esperanzas de la gente y causa miedo, nos encontraremos con los terribles días de 1968 en los que se escribió el asesinato masivo de Tlatelolco un 2 de octubre, así como las cruentas persecuciones y crímenes que siguieron a esa fecha, hasta llegar al Jueves de Corpus de 1971, con otro asesinato de estudiantes. Fueron centenares o millares de desaparecidos forzados a manos de integrantes de grupos paramilitares y policíacos, como la Dirección Federal de Seguridad, DFS. En ningún momento de la historia contemporánea el Estado dejó de utilizar la fuerza contra todo aquello que transgrediera sus fines. Lo mismo se reprimió siempre a huelguistas que a estudiantes o periodistas. Al nacer el PRI cuyos antecedentes habían sido el PRM y el PARM, instituyó la práctica de perseguir a los opositores, como sucedió el 7 de julio de 1952, un día después de las elecciones, cuando los seguidores de Miguel Henríquez Guzmán festejaban el triunfo sobre la candidatura de Adolfo Ruiz Cortines y fueron brutalmente reprimidos en la Alameda.

Aun así, la imagen de los gobernantes ante la opinión púbica mundial se mantenía intacta, mientras que en su propio país éstos no provocaron los niveles de desprecio que la gente siente hacia los actuales representantes del poder estatal: Luis Echeverría, acusado de crímenes contra industriales e igualmente reconocido como autoridad que dio la orden de las emboscadas contra las concentraciones de gente que se revolvía con estudiantes en mítines y marchas, vivió aislado el resto de su vida mas no por ello se ocultaba plenamente. De vez en cuando, concedía entrevistas o aparecía en lugares públicos. Jugó a ser socialista pero se dice que era agente de la CIA. “Arriba y adelante” fue el lema de campaña que se mantuvo durante su gobierno, sin embargo el país retrocedió en términos de equidad y justicia social, además se perdió el valor de 12.50 pesos que había mantenido el dólar por mucho tiempo. Echeverría modificó la Constitución para hacer que Carlos Biebrich pudiera asumir la gubernatura de Sonora, cuando este no tenía la edad requerida para ocupar el cargo. Transformó el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI) en los sistemas DIF y en su período se fundó lo que ahora es el INFONAVIT; creó también la Coordinadora Nacional de Subsistencias Populares, (CONASUPO) desaparecida al inicio de la etapa neoliberal. Aspiró a ser líder de lo que entonces se conocía como el Tercer Mundo, en la distribución geopolítica del planeta. Para ello se vinculó con jefes de Estado procedentes de varios continentes e impulsó un proyecto que no alcanzó a nacer plenamente: La Universidad del Tercer Mundo, con inspiración africana. La sede comenzó a operar en San Pancho, Nayarit, México. Fueron montadas unas enormes estructuras e instalaciones con pisos y muros de materiales naturales como cortezas de árbol, troncos de bambú, techos de palma atados con soga de ixtle, etcétera. Se impartían técnicas para la producción agrícola y elaboración de conservas, así como el aprovechamiento de recursos pesqueros, entre otros. Sin embargo fue sumamente efímero este sueño latinoamericano.

Como vemos, no hubo en esos años conflictos que remotamente se asemejen a los que se manifiestan en estos días. Por cierto, en 1968 los pobladores de San Miguel Canoa, en Puebla, acusaron de comunistas a unos trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla, UAP y los agredieron; dos de ellos murieron por linchamiento. Se han mantenido las rupturas ideológicas como parte de lo que arrastra o lleva a cuestas nuestro pasado, sólo que ahora se suma la vorágine del crimen organizado y lo que el Estado hace en torno a ello, que es bastante confuso, ambiguo, ya que va de un extremo a otro: para ciertos grupos o sujetos utiliza una fuerza y saña descomunal, en tanto que para otros actúa con evidente complacencia, como el caso del recientemente fugado Chapo Guzmán.

Ya podemos hablar de la guerra en México; la que se libra todos los días en diferentes lugares, con actores que igualmente varían de condición y problemática, pero que tienen una característica que los iguala: No quieren que el gobierno les imponga su voluntad. Para la gente que vive en constante inconformidad y lo manifiesta de alguna forma, organizada o no, el gobierno desparramó toda su credibilidad, no tiene absolutamente nada a favor como para ser digno depositario de su confianza. Para la mayoría de los que vivimos y trabajamos en este país, el actual gobierno de Peña Nieto ha fracasado. ¿Qué seguirá?

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO y doctor en Política y Gobierno por la Universidad Católica de Córdoba y en Administración Pública por la Universidad Complutense de Madrid. Es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Blog Voces Libres: http://carlosvillaguzman.blogspot.com


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Algunas consideraciones sobre el tiempo (espero que aún a tiempo), por Javier Arturo Haro Oteo

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“Sabia virtud de conocer el tiempo;

a tiempo amar y desatarse a tiempo;

como dice el refrán; dar tiempo al tiempo…

que de amor y dolor alivia el tiempo…”.

Tiempo; Renato Leduc[1].

 

Hablar del tiempo, como lo dice el poeta Leduc, es virtud de sabios, más allá de la profunda y sencilla forma en que el artífice de las palabras resume lo que es el tiempo, patrimonio de mayores, bálsamo y cura de males tan graves como el amor, el tiempo es algo que ha intrigado a los seres humanos desde que tenemos conciencia de su existencia.

Para la poesía, el tiempo es la sustancia de la que están hechas las cosas; para la filosofía, el tiempo no existe, es sólo la medida del cambio. Podemos no estar de acuerdo con esta idea, sin embargo, no podemos dejar de lado que el tiempo tiene una relación estrecha con el cambio, así como con la consciencia de los seres humanos, hemos divido al tiempo en unidades de medición para registrar los cambios que ocurren, teniendo desde las cavernas que decoraron nuestros antepasados con trazos rupestres hasta los modernos edificios sustentables la necesidad de dejar un registro que trascienda nuestra efímera existencia; de esta manera, desde los segundos que forman horas, hasta las décadas que forman siglos, sólo los días –que forman semanas- o los meses -que forman años- tienen nombres propios[2], la mayor parte de estos nombres nos han sido legados por los romanos y su teología, Marte, Júpiter, Mercurio, Juno, Iulius o Augustus (ambos “Cesar”), son nombres que se adhieren al tiempo y le dan su nombre –temporalmente, desde luego- a los días de la semana y a los meses del año hasta nuestros días –y a su vez se adaptan a diversas lenguas-.

Hablar de los dioses romanos nos lleva a sus versiones “originales”, los dioses griegos, entre los cuales el Tiempo era personificado por un dios de los más antiguos, Chronos[3], padre de Hades, Poseidón y Zeus, el titán que destronó, mutiló y arrojó en el Tártaro a su propio padre y que al empezar a engendrar decidió devorar a sus hijos para evitar que un día trataran de destronarlo[4], lo cual no deja de ser una forma muy bella de decirnos que el tiempo nos consume a todos tarde o temprano, sin importar si somos jóvenes o viejos[5].

Así como para el poeta, para el científico o para el sacerdote, el tiempo es necesario para llevar a cabo su actividad, uno para cantar a la belleza de la existencia que se marchita mientras la vivimos, otro para estudiar nuestros orígenes o experimentar con fórmulas que nos expliquen cómo funciona el universo, el tercero para convertirlo en instrumento de las deidades –o viceversa- en su mitología rica y variada; para el historiador es materia prima, le ayuda a ubicar los acontecimientos, le lleva de la mano a imaginar mundos que ya no existen, para los médicos es una herramienta que le permite observar los cambios en el paciente, diagnosticar y en ocasiones tratar con eficacia, para los abogados es un enemigo fatal, nos marca en días los pasos a seguir en los juicios, so pena de perder oportunidades que ya no se recuperan en perjuicio de nuestros clientes.

Sin embargo, es a los escritores a quienes mayores enseñanzas ha dado, como maestro supremo y a la vez fuente inagotable de inspiración, les ha brindado desde fantasías inigualables hasta carreras por la vida; desde quienes a partir de la ciencia ficción han generado máquinas capaces de hacer que nos movamos por el tiempo sin estar sujetos a sus reglas, hasta historias enredadas narradas en “tiempo real”[6].

Nuestra tradición política por otro lado ha dado al tiempo diversos usos, como engendrados por un sistema de medición de tiempo que podríamos considerar “sexenal” nacen frases como “hay que respetar los tiempos” o “no es mi tiempo” así como son bautizados los años de un periodo sexenal con nombres de héroes patrios: el año de Carranza[7] o el año de Hidalgo[8], por ejemplo.

Igualmente, podemos encontrar a personas que parecen haber escapado de “su tiempo”, algunos los llaman “kiddults”, otros “adultescentes”, pero el término más común es “chavorrucos”, personas que se caracterizan y comportan como si su cara estuviera llena de espinillas pero en realidad su cabellera se encuentra invadida de canas, son personas que no quieren vivir su presente, viven en su pasado y tratan de alejar la llegada del futuro, lo cual va en contra de la lógica de la vida que nos dice que hay que vivir el presente, aprender del pasado y anhelar el futuro[9].

Y es que aun y cuando en el presente texto no logramos ni siquiera acercarnos, usted, amable lector y yo a entender qué es el tiempo, si aprendimos que no vale la pena desgastar nuestra vida intentando viajar en el tiempo, ni afirmando que “todo tiempo pasado fue mejor”[10], ni esperando pacientemente porque “ya vendrán tiempos mejores”[11], en fin, parafraseando un poco al padre de la Filosofía del Absurdo Albert Camus, el tiempo está ante nosotros, en una piedra, en un museo, en un reloj, en nuestros recuerdos y en nuestras añoranzas, pero algún día, para enseñanza de los hombres, habrá de rebelarse, colapsar, destruir lo existente, reinventarse e iniciar de nuevo, quizá entonces, la raza humana, una vez renacida, habrá de evitar los males que en estos tiempos son vergüenza de la creación.

[1] He aquí una breve explicación del poeta sobre la manera en que nació esta hermosa pieza: http://www.musica-y-letras.com/tiempo-renato-leduc.html.

[2] Excepto el calendario chino, cuyos años tienen nombres de animales

[3] Si lo traducimos directamente del griego, sin influencia del latín, sería “Jronos”

[4] Ésta acción le da nombre al “Complejo de Cronos”, miedo a ser desplazado por los más jóvenes

[5] Tanto se rinden los seres al tiempo que el dios judeocristiano, aún y cuando está más allá del tiempo, requirió, al terminar de crear todo lo creado, descansar por un día, es decir, un intervalo de tiempo.

[6] En este punto, el principal exponente en la actualidad sería Dan Brown, cuya literatura bien pude considerarse basura, pero es interesante la forma de narrativa que realiza, poco convencional.

[7] Generalmente el primero porque “para nada alcanza” dado que en el anterior, dejaron las arcas vacías.

[8] El último, porque los administradores públicos a punto de terminar su encomienda actúan al grito de “chin… el que deje algo”.

[9] Otra imagen muy común del tiempo es una serpiente en forma de círculo que se muerde su propia cola, quizá sería más adecuada una serpiente con tres cabezas, que representaran al pasado, presente y futuro.

[10] Imagínese usted, estimado lector, viviendo una época sin energía eléctrica, excusados, televisión o internet.

[11] Consuelo propio de quienes esperan que las cosas cambien sin hacer nada para cambiarlas, y con lo reticentes que somos los humanos al cambio.

Javier Arturo Haro Oteo es Egresado de la Carrera de Derecho por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, se dedica al litigio y, ocasionalmente, a las letras.


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Encuentro del tiempo. Un impasse de café, por Enrique Puente Gallangos

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El impasse de El Cafecito, el impasse del lector, el impasse del colaborador, el impasse del editor, son momentos que no siempre merecen ser leídos como estancamientos, sino que la misma línea de tiempo de El Cafecito estaba hecha para tal acontecimiento, el impasse. Propongo encontrar algo, del orden del tiempo del sujeto, del sujeto que edita, escribe, lee, gobierna, educa, psicoanaliza.

El tiempo entendido como discurso simbólico que limita, organiza, clasifica; el tiempo de la historia, lo cronometrable y el orden de los momentos sucesivos y seriales. El impasse como aquello que no puede inscribirse en la línea del presente, pasado y futuro, Lo Real acaecido de Lo Simbólico y Lo Imaginario, del tiempo, del discurso, del orden del límite. El impasse como el instante, sincrónico, coincidencia, sorpresa; instante que rompe el límite diacrónico mismo del tiempo. Instante que, como dice Néstor Braunstein, “No es el retorno del pasado. Es mucho más, quizás algo que, común a la vez al pasado y al presente, es bastante más esencial que ellos dos”.

Encontrar en este tiempo, nos convoca a topar con aquello de Lo Real de El Cafecito que se encuentra en la médula de su estructura; por decir algo: ¿Por qué escribimos aquí? ¿Quién nos invitó, cómo fue? ¿Cuál era nuestro estado civil, continuamos así? ¿Quién vivía cuando fuimos convocados y ahora no está más? ¿Cuál era la situación político económica del país o es la misma? ¿Qué dejamos de hacer o las transformaciones en estos 11 años? Este encuentro nos devela lo sincrónico de un número significativo de signos, signos que forman parte de la cadena de significantes; pero también signos que fueron reprimidos y de los cueles es mejor dejarlos para el psicoanalista. El encuentro con “Doris”, como el encuentro de “Aleida” son parte de Lo Real que está ahí para ser simbolizado. Un significativo encuentro virtual, el primero y un familiar y significante encuentro, el segundo. Los dos son parte de estos signos que conforman la cadena de significantes que anudan amistad, familia, café, historia, psicoanálisis y derecho.

Al mismo tiempo estos dos encuentros son encuentros en deuda, en deuda de un apretón de manos, un abrazo, una mirada y la palabra. Deuda que se presentará como un deseo, como un acontecimiento por llegar.

De igual manera lo que está por llegar es el nuevo Cafecito, lo que está por llegar son los discursos que responderán a las preguntas provocadas por el impasse de El Cafecito. Está por llegar el encuentro con otros sujetos deseantes y faltantes que acompañaran esta línea del tiempo, de colaboradores, lectores, fotógrafos, poetas, de profesionales de las ciencias y no ciencias, de amigos. Pero sobre todo, queda latente en esta línea diacrónica del presente, pasado y futuro la llegada de un impasse, que provoque al tiempo mismo del sujeto.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

El tiempo, por Dorismilda Flores Márquez y Arlette Luévano Díaz

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La construcción de la Gran Muralla China duró varios siglos, en distintas etapas entre el año 220 a.C. y el 1644 d.C. En México, la esperanza de vida al nacer es de 74.7 años, de acuerdo con datos del INEGI. El Dr. Stroud dice que una persona no puede vivir más de dos meses sin comer. 16 horas es el tiempo de vuelo entre Dubái y Los Ángeles, es el vuelo directo más largo y es caro también. Nueve horas y 18 minutos es el tiempo que lleva ver la trilogía de El Señor de los Anillos, aunque el trabajo de preproducción, producción y postproducción de la trilogía duró casi siete años. Dos horas, dos minutos y 57 segundos, es el tiempo con el que Dennis Kimetto rompió el récord mundial, en el Maratón de Berlín 2014. 360 relámpagos caen sobre la Tierra cada minuto. Parpadear nos toma 400 milésimas de segundo. Esto es algo de lo que podemos decir sobre el tiempo.

En El Cafecito hemos tenido una prolongada ausencia en este 2015 y esto ha derivado en una reflexión sobre el tiempo. Este número, con el que celebramos once años de intermitencias cafeteras, está dedicado a pensar y discutir el tiempo. No está de más recordar que esta edición de aniversario sale un poco tarde. No sabemos ya si El Cafecito es tan católico que sale cuando Dios quiere, tan mexicano que suele ser impuntual, tan impredecible que llega cuando nadie lo espera, o todos los anteriores. Lo que sí sabemos es que nos da mucho gusto estar de regreso, nos da más gusto contar con nuestros increíbles colaboradores y con nuestros lectores.

¿Cuánto tiempo nos llevará agotar estos sorbos de café? ¿Cuándo habrá otros? El tiempo lo dirá.