El Cafecito


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¿Dr. House o Patch Adams?, por Luis Buero

Imaginemos lo siguiente: te agarra un patatús caminando por el centro de la ciudad y te desmayas en la calle, Dios no lo permita, y la gente llama al SAME sin saber que estás anotada/o en la obra social Gold High Eternun y te llevan en ambulancia al primer hospital público: ¿qué tipo de médico te gustaría que te reciba en el hospital?, ¿el Dr. House o el Dr. Hunter “Patch” Adams?

Doctores en el espectáculo

Sí, ya sé, son médicos de la ficción (aunque Adams es real pero sólo conocimos de él la versión de Robin Williams); y no fueron los únicos. De hecho la pantalla chica americana nos ha mandado docenas de héroes del delantal blanco, desde los legendarios Kildare y Ben Casey, el engominado “tordo” de Centro Médico, los jovatos Marcus Welby y Quincy, pasando por las burlonas series M.A.S.H. o Scrubs, y arribando finalmente a las  melodramáticas E.R. y  Grey´s Anatomy.

Ahora, si bien el rol adjudicado es el necesitado por la sociedad, el rol asumido tiene las características propias del sujeto al que le toca el sayo, el que debe ejercer el puesto.

¿Qué imagen tenemos nosotros de un médico, gracias a la industria del espectáculo?.

Dr. Kildare, recuerdo, era uno de los estereotipos más opuestos a la imagen que podemos apreciar, por ejemplo,  en la archifamosa “Dr. House”. Su temática no estaba basada en la búsqueda del diagnóstico, sino que hacía hincapié en todo el aspecto humano y social,  siendo la imagen del antiguo médico de cabecera de familia. La confianza y trato que daba a sus pacientes era irremplazable. La medicina no estaba tan especializada como en nuestros días, por lo que se recurría al clínico del barrio que te conocía de chico y que siempre la embocaba con el diagnóstico, sin radiografías nucleares ni ecografías ultrasónicas. El trato era personalizado y profundo, lo que sería la versión opuesta de House, quien es insensible con sus pacientes, siente rechazo y desconfianza hacia ellos, y se maneja de manera indiferente, con soberbia e ironía.

El malo “de la película”

Dr. House es un personaje que busca romper con el modelo de la bioética, que es el instaurado en la medicina actual. El personaje procura llegar al diagnóstico de las formas más extremas y utilizando todas las herramientas que estén a su alcance. Su personalidad y carácter lo colocan en un rol de autoridad suprema, de poder de decisión extremo, y manipulación del cuerpo del paciente. Como su personalidad se vale del sarcasmo, la ironía y la brutal honestidad, debe recurrir a variadas estrategias, como su única alternativa, para disfrazar y conseguir las autorizaciones para sus poco convencionales prácticas, pases libres que finalmente le da la Dra. Cuddy, que comanda el hospital.

Principalmente, en la medicina bioética el paciente participa activamente en los procesos de diagnóstico y tratamiento. En cambio, uno de los rasgos fundamentales de la medicina hegemónica es el uso del cuerpo como objeto de experimento. Particularmente en la serie puede observarse cómo Dr. House utiliza al paciente, y se apropia del cuerpo ajeno, en algunas ocasiones sin su previa aprobación. Otras veces sospecha y medica antes de llegar al diagnóstico para aplacar síntomas o extender su tiempo de deducción. Pero todo esto culmina en importantes repercusiones legales, de las que tiene que hacerse cargo el hospital, y en la exposición de su profesión, todo a causa de sus formas de diagnóstico. Aunque, claro, es el protagonista, y finalmente acierta, y el paciente luego de todo lo que le hicieron, sale caminando o en silla de ruedas pero feliz.

Con seguridad, los fanáticos del programa dirían que su accionar se justifica porque él vive cada episodio como un juego, en donde cueste lo que cueste y utilizando todas las herramientas que tenga a su alcance intentará ser el ganador, por lo que su único límite es la muerte del sujeto, representada por el game over.

Por la boca mueres

Según narra el film, todos los desvelos se le aparecen a “Patch” Adams, el mítico doctor payaso, cuando se le ocurre crear un hospital para gente pobre en un rancho en medio del campo, que es propiedad del científico loco que había conocido en un hospicio donde se había tratado por sus adicciones.

Y “Patch” (que significa emparchar lo que está roto) utiliza el humor y el afecto como instrumentos de curación, además de los medicamentos. Esto le vale en un momento la posibilidad de poder quedar fuera del ejercicio de su profesión.

Cuando el director del hospital lo juzga negativamente, Adams exige que se le defina el significado de la frase “dar tratamiento” a los enfermos. Con sus palabras él expresa que la ciencia es un intento de hallar la verdad, pero ocurre que la verdad, para él, tiene estructura de ficción.

Si comparamos entonces a House con Adams, al menos desde la pantalla, vemos dos personalidades distintas pero no sólo por lo que hacen, sino también por lo que dicen. Veamos.

Dr. House derrama en sus pacientes frases como:

·             “… ¿Preferiría usted  un médico que le coja la mano mientras se muere o uno que lo ignore mientras mejora? Aunque yo creo que lo peor sería uno que te ignore mientras te mueres…”

·              “La vida es un asco y la suya es peor que otras. Aunque las hay peores, lo cual también es deprimente…”

·             Un médico le dice que si la enfermedad que sufre un niño sigue evolucionando quedará paralítico y él responde: “¡Qué horror! Menos mal que sólo vivirá una semana”.

Patch Adams, por el contrario,  despliega un discurso distinto, muy afectuoso y divertido con los enfermos terminales o deprimidos que trata. Y cuando le quieren impedir ejercer la medicina, acusado de realizar prácticas no tradicionales, exclama:

“¿Cuándo fue que un doctor pasó dejó de ser un amigo de confianza instruido que trata a los enfermos? Practicar la medicina es atender, acompañar, escucharlos hasta que baje la fiebre. La muerte no es el enemigo, el enemigo es la indiferencia. He escuchado clases insistiendo en evitar la transferencia, en provocar la distancia óptima, pero la transferencia es inevitable, todo ser humano afecta a los demás, lo que ustedes enseñan es equivocado. La misión del médico no sólo consiste en impedir la muerte, sino en mejorar la vida, ya que tratando el mal se gana o se pierde, pero tratando al individuo se gana más allá del desenlace”.

Patch Adams plantea la clínica de la escucha, dispositivo que incluye un tipo de relación paciente/médico bajo (según sus palabras) el efecto de la transferencia que se aprovecha para la cura o bienestar del paciente. Sólo ocupando un lugar fundamental en la transferencia (por ejemplo, el del gran OTRO), podrán escuchar los profesionales y entender el dialecto oculto, el mensaje que el síntoma, nos quiere decir.

Mejor no enfermarse

Les cuento algo personal. Y en este párrafo descubrirán cuál sería mi elección entre ellos dos.

Cuando yo era chico mi familia tenía un médico de cabecera, que también era el doctor del barrio. Curó a distintas generaciones de todas las dolencias que un humano pudiera sufrir, y era común que aceptara que el carnicero le pagara con pollos y huevos, o que el almacenero le alcanzara una caja de salamines y queso, si era fin de mes y  escaseaba el  efectivo.

Él estaba bien dispuesto siempre, a cualquier hora del día o de la noche, para atender un parto de urgencia o un infarto, con la misma sonrisa y absoluta efectividad con la que diagnosticaba sarampión o hepatitis. Era como un abuelo sabio que  conocía nuestros cuerpos, pero también nuestros sufrimientos, frustraciones, ansiedades, sueños, esperanzas, hipocondrías.

Y sus pacientes, todos nosotros, finalmente gozábamos de buena salud.

Pero un día fue él el que se murió, hace ya muchos años, Entonces mis parientes se dividieron en dos grupos: algunos comenzaron a utilizar los servicios de las obras sociales que les tocaban en suerte, según el empleo que cada uno tuviera.  0tros, en cambio,  se afiliaron a una empresa de medicina prepaga. Pero todos, cada uno por su lado, pagando mucho o gratis, con carencias o con lujos, todos desde entonces vivimos experiencias parecidas.

¿Cuáles son? Les cuento: un mes para conseguir un turno de un médico clínico, el cual te ha de enviar a hacerte análisis de todos los efluvios de tu cuerpo, en los que además han de introducirte catéteres por el brazo, leches fosforescentes en la garganta y canutillos con visor en el trasero,  y una vez leídos los mismos, treinta días después, ha de derivarte a un especialista, que seguirá pidiendo estudios porque duda más que Dr.House y su equipo en la famosa serie, de qué corno te vas a morir en breve, seguramente, si no te dan una medicación ya.

Pero además, nos dimos cuenta que nuestros órganos tienden caprichosamente a enfermarse de madrugada o en días feriados, momentos en los cuales estás fuera del horario de consultorios y los especialistas están jugando al tenis o reposando en el hotel de algún congreso en Madagascar. Entonces vimos que sólo nos quedaban dos alternativas. La más rápida es ir a las guardias, donde una jovenzuela galena es posible que se sorprenda de que tu tía no tenga testículos, o por el contrario te ausculte un gordo soberbio que no te habla a vos pero sí a unos estudiantes que te rodean y miran como si fueras un extraterrestre o el eslabón perdido.

Claro que también podés llamar al servicio de urgencia y quedarte en cama, situación que te permitirá conocer varias horas después a un mozalbete con delantal verde y zapatillas de fútbol que, si te duele la espalda, pude confundir un catarro con una infección urinaria.

Finalmente, si no hay huelga o paro y soportas hacer una cola de cien horas, te queda el hospital.

Por eso en mi barrio hemos decidido permanecer sanos: si se nos fue el doctor para siempre, mejor no enfermarse.

Diagnóstico final

Por lo antes dicho, mirar series de médicos nos ponen en una extraña disyuntiva. ¿Nos identificamos con el doctor protagonista o con el enfermo, que es tratado como un objeto?

En lo personal, la serie Dr. House creo que puede generar cierto grado de sentimiento de angustia, en aquellos televidentes que se identifiquen con el paciente tratado. Porque en cada unitario ha quedado evidente que médicos importantes, elegidos por su altísima capacidad, de pronto no tienen ni la más pálida idea de qué caramba sufre el paciente, y en sus diagnósticos van desde calificar una ampolla en la lengua como infección, cáncer, SIDA o gastritis.

Pero, por otro lado, la pasará bien el espectador que tiende a identificarse con el personaje principal, con lo cual lo idealiza, y corrobora la figura que es mostrada por el producto como omnipotente. Dr. House resulta ser divertido, nos hace reír. Entonces, esta identificación es positiva, ya que resalta la búsqueda de caminos antes no transitados por otros estereotipos, quebrantando con todos los que habían saturado los medios de comunicación.

Finalmente resulta que Dr. House es también un personaje rebelde, criticado por sus colegas, pero que se compromete en cada uno de sus desafíos. Su valentía lo lleva a atravesar vías díscolas e ingobernables para otros, con el objetivo de poder resolver los problemas que se le presentan.

Tanto el sarcasmo como la ironía son empleados como mecanismos de defensa, principalmente para esconder su vulnerabilidad. A través de ellos oculta su vida solitaria, sus problemas para relacionarse con sus afectos y con su entorno, y también su adicción a los calmantes, que son utilizados excesiva y frecuentemente por él mismo para evitar el dolor. Ambos mecanismos lo sitúan en una posición desafiante frente al otro, reafirmando la imagen antes descripta.

En las antípodas, Patch Adams, según informa un texto al final de la película, ha inaugurado hace años un hospital para pacientes sin dinero y sin seguro social en el que más de diez mil médicos han presentado sus antecedentes para participar de la experiencia.

Y las  ideas de seriedad, eficiencia, objetividad, él las intenta cambiar por espontaneidad, creatividad, subjetividad, humor e imaginación y la posición inicial del profesional en el lugar de la docta ignorancia, pues para él el paciente tiene las claves de su problema y sólo hay que escucharlo para encontrarlo.

En síntesis, son dos visiones, las que nos presentan dos actores impresionantes, y sólo queda escuchar tu respuesta a la pregunta del título. Para eso esta página web te da la opción de enviar tu comentario a la pregunta.  Y si no, ya te llegará el momento de recordarla, porque como diría Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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Montecristo superstar, por Luis Buero

Un guionista pionero de nuestra televisión, solía decir que el germen del éxito estaba en dos historias universales: La Cenicienta y El Conde de Montecristo, y que si un libretista lograba mezclar las dos ideas en un mismo producto tendría el rating asegurado.

No es extraño entonces que una nueva adaptación de la famosa novela de Dumas vuelva a cautivar, porque se apoya en sentimientos primitivos del ser humano: celos y envidia, y en los actos que estas emociones básicas promueven: agresión, traición e injusticia, y su consecuencia, la venganza. La humanidad se mueve sobre la energía que emanan estas palabras, y de revanchas se han nutrido la pantalla chica y la grande, con anécdotas que no hacen más que resucitar al Ave Fénix para que vuelva y no deje títere con cabeza. Y de las vicisitudes de la Cenicienta se alimentan todas las telenovelas, donde los pobres son buenos y los ricos no, pero a veces lloran.

Así es. En sus tramas se manejan personajes equidistantes y estereotipados, villanos y héroes extremos que apelan a nuestras más elementales estructuras mentales. Por eso no es raro que estas descendientes directas de la tragedia, del folletín y del radioteatro, rotuladas  como “soap operas”, sigan alcanzando altísimos niveles de popularidad. En parte, la magia de estas estructuras narrativas radica justamente en lo alejado que puedan estar de la realidad, aunque se utilicen elementos del presente. Porque la Cenicienta no armó un sindicato y fue a protestar contra la explotación de las mucamas, sino que pactó con un hada (pensamiento mágico) y se lo transó al príncipe. Y el galán de Montecristo, por su parte, podrá vengarse de la calumnia, la infamia, la agresión, unas decenas de capítulos después de haberlas sufrido, y hasta es probable que en el final lo supere la piedad y el perdón y se quede con la chica que dio el mal paso.

Los medios masivos cumplen finalmente su misión: la de ser el objeto transicional, como diría Winnicot, de millones, es decir, ese sustituto lejano (chupete electrónico) de una imagen materna que nos narra el cuento de las buenas noches donde el caos de la vida finalmente se ordena, el bien triunfa, el crimen paga, el orden se restaura, y se nos devuelve la seguridad ontológica esporádicamente perdida.

Pero otro atractivo radica en que en las telenovelas los Romeos y Julietas no conocen el miedo al amor, ni temen a la “asfixia” del compromiso. Los amantes de los culebrones no experimentan una pérdida de la identidad por formar pareja ni los persigue el pánico al descentramiento, el horror de tener que dejar de mirarse el ombligo para alzar la vista y contemplar al otro.

Por el contrario, pelean por sus sentimientos contra viento y marea, y finalmente hay boda con trompetas, castillo y muchas perdices. Y la leyenda dice que seguirán felices, pero bueno, el día después nunca lo veremos y esto también es parte de su encanto.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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Las dos caras de la tevé, por Luis Buero

La televisión, como la vida, tiene dos caras, y satisface a dos tipos de públicos. Están aquellos que  siempre han disfrutado de las comedias tipo  “Yo Quiero a Lucy”, “La Niñera”, o los vernáculos “Campanelli”, y  elegido  las telenovelas que reproducían la historia de la Cenicienta adaptada a distintas circunstancias.

Me refiero a esas “soup operas” típicas en las que los personajes femeninos eran hermosas amas de casa que habían convivido con sus padres hasta contraer matrimonio, y que luego se casaban jóvenes con su primer novio, el héroe, y para toda la vida. Y en las sitcoms clásicas, sus ocupaciones y conflictos tenían que ver con el hogar y las reyertas con cuñadas y vecinos cercanos. Por otro lado, sus hombres las amaban profundamente, y jamás los sorprendía ni un mínimo deseo de infidelidad, y hasta tenían la suerte de contar con las virtudes de una mujer hechizada que se cambiaba en un segundo para ir a cenar, con solo mover la nariz.

Pero también hay otra televisión exitosa que intenta responder los reclamos de veracidad del público y los críticos.

Me refiero a esa programación que actualiza aspectos parciales de la realidad,  en la que desde hace tiempo vienen triunfando familias con travestis, esposas que se las ingenian para ponerles los cuernos al marido con el jardinero, con el ex novio y con el mejor amigo de él, y esposos que no saben cómo hacer para librarse de su mujer y sueñan con que se la lleven los extraterrestres.

Con esa onda renovadora también llegaron las chicas de “Sex And The City”, eternas soñadoras que se acuestan con un varón distinto cada semana; y las protagonistas de “Desesperate Housewives”, madres que por momento desearían comportarse como Herodes con sus propios críos. Y el Sr. Argento de “Casados Con Hijos”, que soporta a su cónyuge a través de un vínculo lamentable que lo incita a divulgarle todos sus pensamientos y críticas sin el menor tapujo.

En síntesis, la televisión pareciera reflejar dos cosmovisiones. Una es la esperanzada, la que expone lo que debiera ser y no lo que es, la que trata de exaltar un modo de vida que promueve una especie de seguridad ontológica, basada en pilares teóricos en los que se construyó nuestra sociedad. La que intenta potenciar lo bueno y disimular lo malo. La otra tevé insiste en decirnos que no todo es lo que parece, que hay ciertos estamentos sociales que se están disolviendo, mientras nacen otros valores que no son el reflejo de una comunidad en descomposición, sino la  observación nada pasteurizada de un mundo complejo y  multifacético.

A mí me gustaría ver una tercera opción, aquella que me permita indagar en las ficciones si los humanos somos seres físicos experimentando algunas sensaciones espirituales, o si somos en verdad seres espirituales en una encarnación pasajera y limitada, con alguna posibilidad de evolución interior. ¿Pido demasiado? Por ahí sí, disculpen.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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¿Tenemos la televisión que nos merecemos? (II/II), por Noe García Gómez

Prendes la televisión, miras unos segundos: nada. Cambias de canal con — y que en estos casos se convierte en una bendición — el control remoto, picas y picas y pasan y pasan canales porque no hay nada.

Las barras programáticas de Televisa y TV Azteca están agotadas, no se cansan de reciclar sus mismas fórmulas. Pero te encuentras con que el público a la larga, se conforman con la estupidez y la enajenación, con la monotonía y lo soso y que estas repetidas y aburridas fórmulas hacen que optes por — otra que se convierte en una bendición — la televisión por cable.

En el duopolio sólo ves: en la mañana, noticieros tendenciosos y pedantes; mediodía, infomeciales de 2 horas o programas de “variedades” que son otro tipo de informerciales pero con secciones; tarde, telenovelas que tienen 30 años cuando menos de repetir la fórmula de la pobre niña que le hace la vida imposible la antagonista y al final se queda con el ser amado, claro que varían para los jóvenes, es lo mismo pero en grupal; noche, más telenovelas, pero con un toque de glamour, ya que es el “horario estelar”; fines de semana, reciclar películas del cine mexicano — que ya hasta de memoria te las sabes — pero a falta de opciones, las vuelves a ver; para los niños, caricaturas compradas en Japón, donde su máxima es resaltar la violencia, o las norteamericanas, resaltar la “bobees”.

Y cito a Jorge Moch columnista de la Jornada: “¿por qué hacer mala televisión si se tienen recursos, capacidad y experiencia para hacer buenos — o no tan malos — programas como los que mencioné antes? En una respuesta al menos parcial se radica el cogollo de toda la cuestión de las motivaciones en la producción de programas de televisión en México. ¿Dinero? ¿Apatía? ¿Estulticia pura? ¿Puras ganas de joder al prójimo?” Yo respondería en parte, pues porque no les exigimos calidad, ni para nosotros ni para nuestros niños y no sólo nosotros como sociedad, ni siquiera las autoridades; no regulan la calidad de contenidos, y es imposible esperar de ellos mismos — el duopolio televisivo — que traten de elevar la curiosidad intelectual, la cultura, el arte, el entretenimiento de calidad; ¿cómo, si tienen a nuestro pueblo aletargado con sus dosis programadas de estupidez e ignorancia con proyecciones administradas día a día por esos mismos organismos megalíticos? Y nuevamente Jorge Moch: “vasos comunicantes del ostracismo y la apatía tan nuestros, las televisoras”.

Otro ejemplo de emotividad son las colectas de fondos, como el Teletón, que no nos hemos dado cuenta que con estos programas de filantropía disfrazada los que más ganan son las grandes empresas dueñas de todo (Bimbo, Telmex, Coca cola, Banamex, Televisa) que realizan un mega anuncio de 24 horas donde promocionan sus marcas y con un concepto excelentemente vendible, “el sentimentalismo”, “el corazón” nos dicen “mírenos somos buenos, somos sensibles a los problemas de nuestros niños”, lo que no nos dicen es que ese dinero que aportan el 100% se los regresarán en impuestos, de nuestros impuestos y publicidad gratuita e imagen para las empresas. Entiéndaseme: qué bueno que se promueva la rehabilitación física de los que menos tienen, que se atiendan a nuestros niños, ¡pero no que se lucre con eso! O al menos a mí me ofende ¿Qué no estas empresas tienen muchísimo dinero? ¿Entonces para qué piden dinero a la gente? ¿Por qué no nos dicen que sus donaciones se las rembolsarán y que obtendrán todos esos espacios de publicidad gratis?

En conclusión y para terminar este artículo de dos capítulos:

Las televisoras nos dan con su programación una constate idiotización; con sus noticieros, una lavada de cerebro; con los teletones, una dosis de filantropía perfumada y con sus editoriales nos resetean la memoria.

Termino con la pregunta inicial: ¿tenemos la televisión que merecemos?

Noe García Gómez es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Aguascalientes; es Presidente de la Secretaría de Asuntos Juveniles del PRD en Aguascalientes.


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¿Tenemos la televisión que nos merecemos? (I/II), por Noe García Gómez

Comenzaré con una imputación de un diario alemán el Der Spielgel:las televisoras mexicanas son las mayoras emisoras de basura televisiva en el mundo”. Y me pregunto: ¿A esta imputación, nos tendremos que sentir ofendidos y sacar nuestro orgullo patriótico y defender lo indefendible? No estoy en la condición de conocer las televisoras de todo el mundo, ni me he inmiscuido en la programación de las cadenas internacionales, pero lo que sí conozco y mucho es el dúo-polio que compone la televisión abierta en México. En verdad no hay cómo defenderlas de tan grave acusación. Toda su programación esta infestada de un entretenimiento fácil y barato sin oferta para elevar cuando menos la curiosidad intelectual, sólo se vende realidades pintadas y sonrisas provocadas más por la monotonía de los diálogos que por la creatividad e ingenio. La programación en general es bastante mediocre y artificial.

Primero me detendré en los segmentos que deberían ser “los formadores de opinión” e “informadores” (las comillas son por razones obvias y por mi cuenta) de la vida pública del país; los noticieros, estos programas que se han puesto de moda en la programación de Televisa como en la de TV Azteca y que improvisan e impulsan a personajes que sirven como voceros de las empresas televisivas; con una programación de noticias intrascendentes como que se volcó un camión con gasolina o la detención de delincuentes de tercera, además de dar las noticias políticas con comentarios tendenciosos y facciosos que vociferan por órdenes de sus jefes y que responden a pasiones e intereses particulares, ¿a quién le importa la opinión de Adela Micha, Joaquín López Dóriga, Víctor Trujillo, Javier Alatorre, Ciro Gómez Leyva? ¿Quién les dio el poder a ellos para que opinen juzguen y califiquen lo que acontece en el país? Para eso están los especialistas: economistas, politólogos, juristas, lingüistas, filósofos, etc. Pero lo conveniente para ellos— los voceros de los dueños de las televisoras— es que se opine sólo sobre lo que les conviene.

Una moda de los noticieros es ganar el escándalo del día, que sólo lo borrará el siguiente video o grabación — de poca confiabilidad y con poco valor científico, jurídico o técnico — que mañana saldrá. El punto es la nota, es el único y último objetivo, la NOTA y nada más. Qué importa si es cierta o no, lo bueno es causar sorpresa, indignación, asombro y desprestigio; y mejor si va dirigida a personajes que les resultan incómodos y molestos. Los delitos no son tan graves si no están en video; el robo detrás de un escritorio es sólo verdadero si se graba y se difunde. Delitos como el de Los amigos de Fox es un delito menor aunque se haya manejado 100 veces más dinero que en el caso de bejarano y las ligas, ¿por qué?, por dos cosas:  1) La imagen amarillista vende y una investigación documentada aburre a un público teleidiotizado. 2) Los dirigentes de la izquierda incomodan y los de la derecha son muy cómodos para ellos.

Los noticieros cada vez se parecen más a los programas de chismes de espectáculos y que ellos — las mismas televisoras — llaman periodismo de espectáculos; se parecen en su poca confiabilidad, en sacar notas, información y noticias sin ningún valor periodístico, ni investigación por mas mínima que sea, para confirmarla. Las investigaciones las hacen para información inútil o de poca monta, pero que despierta el libido y el morbo, como el trafico de órganos o los OVNIs. Pero para casos de relevancia esos se dejan al escándalo, ¿para que investigar el caso FOBAPROA si los afectados están felices viendo novelas y los partidos de fútbol?, ¿para que indagar en la privatización o no del PEMEX si al pueblo mexicano sólo le interesa la vida de los auto-llamados artistas (artistuchos) que si se casó, o si se embarazó o le puso el cuerno o no?, ¿para qué?, ¿para que  gastar esfuerzos?, dicen las televisoras, ¿para qué despertamos a ese pueblo dividido, mediatizado, despolitizado? Tal vez si lo llenamos de verdad hasta nos critican o cambian a canal 11 o al 22 (que sólo se ven en el DF o en sistemas de cable), mejor seguimos así, vendiendo vidas ajenas por espacios de una hora, que se olviden de los problemas económicos y de que subirá el gas, la luz, las medicinas, el día de mañana; hoy es la vida a través de 27 pulgadas, ¡qué más da comprar o no los cuadernos del niño!, si la villana quiere separar a la pobre niña guapa de su amado en la novela, ¡qué más da si a los trabajadores de México les quitan todas sus conquistas laborales o si el salario mínimo sigue estancado!, si lo que me preocupa es la pobre víctima y utilizada de Niurka o de cualquier artista que su vida privada la haga pública.

La calumnia y linchamiento a todo movimiento social es una constante, no cambió nada con la supuesta transición. Recordemos el linchamiento dirigido a la huelga en la UNAM; las mentiras en torno a la marcha zapatista; las descalificaciones en las marchas de los electricistas del SME; la satanización en torno del movimiento de Atenco; las calumnias a los trabajadores del IMSS; las mentiras en torno a la modificación del Artículo 122; la versión de una sola de las partes (la del Gobierno) en el conflicto de Texcoco; las falsedades en torno al conflicto en Oaxaca; la parcialidad noticiosa hacia el candidato de la derecha en esta última elección; el desprestigio tendencioso a las protestas contra el fraude electoral y el plantón en Reforma. Estemos de acuerdo o no con estos movimientos, ellos sólo están ejerciendo su derecho a disentir y los noticieros deberían informar de manera imparcial y profesional sin emitir comentarios, SÓLO INFORMAR. Pero en todo hay una constante, y es que las televisoras no están para las causas populares, están para los intereses particulares, están para sus intereses.

¿Y quién las va a parar? ¿Quién las regulará? Si los políticos no quieren ni tocarlas con el pétalo de una rosa, no quieren ofender a su santidad la televisión, si las premian aprobando la llamada Ley Televisa.

Continuará…

Noe García Gómez es Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Aguascalientes; es Presidente de la Secretaría de Asuntos Juveniles del PRD en Aguascalientes. Comentarios, sugerencias y demás: honoerato@hotmail.com


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Espejitos de colores… ¡llame ya!, por Luis Buero

El 12 de octubre de hace más de quinientos años, don Cristóbal Colón llegó a estas tierras y los atónitos habitantes de América vieron cómo de sopetón les desembarcaban en un instante toda la cultura, la religión, y el sistema de vida de los europeos.

Los hombres blancos traían consigo los “adelantos”: las armas de fuego, la rueda y  los espejitos de colores, y se llevaron todo el oro de indígenas cuya civilización fue herida de muerte con algo más fuerte que el hierro y las armaduras: la sociedad mercantilista, y la idea de que sin ella no podemos vivir.

Desde entonces se instaló una filosofía que maduró en las colonias luego de las invasiones inglesas y que jamás se detuvo hasta hoy. Porque españoles, ingleses y finalmente americanos, se encargaron de contarnos que no somos de carne sino de costumbres, y la principal es la del consumo.

En síntesis, todo lo que yo supuestamente requiero para ser feliz hay otro que lo está inventando y me lo puede mandar a casa sin que yo levante el trasero de mi silla.

Hasta hace unos diez años todavía era posible que un vendedor golpeara la puerta de tu casa para ofrecerte alarmas contra robo o cacerolas de acero inoxidable. Hoy le toca el timbre a tu pantalla, porque los medios electrónicos permiten el “call to action”, técnica de mercadeo que viene de United States, y que desde Panamá hasta Ushuaia intenta que el telespectador se motive y compre por impulso un producto pensado para su satisfacción.

¿Y qué le ofrecen? Cosas imprescindibles: una máquina para pelar huevos duros, un cuchillo regulable para cortar fetas perfectas, una caña de pescar que se puede llevar en la guantera del auto, plantillas para zapatos que te hacen adelgazar, la crema de baba de caracol para el acné y las arrugas, y el audífono que permite escuchar hasta cuando chocan dos hormigas.  Y si te comunicás ya, te mandan otro de regalo. O sea que en vez de tener una cosa al cuete, por el mismo precio obtendrás dos.

Los dueños de empresas que crean esta “Shopping Tv” y que generan estos infocomerciales aseguran (aunque no hay estadísticas que lo comprueben) que cada vez son más las personas interesadas en adquirir esos utilitarios por este sistema.

Todo es posible, sin embargo creo que el argentino, y con razón, es extremadamente desconfiado y le cuesta largar un peso antes de manipular las mercaderías y ver si realmente cumplen lo que prometen, o simplemente sentir qué les devuelven los objetos al tacto.

Aún así, expertos en marketing afirman que hay televidentes que son reactivos ante la “offer tv” y compran por impulso. Y muchas veces se ensartan con algún accesorio impresentable que no sirve para nada.

Pero el antídoto para ellos es imitar a nuestras abuelas, que no se llevaban ni un tomate sin tocarlo y sopesarlo, o mejor, recordar al noble  romano Séneca, aquel estoico filósofo que dijo alguna vez: “cada día son más, las cosas que no necesito”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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La tevé de un mundo inseguro, por Luis Buero

¡No olviden el pochoclo y el algodón! Desde hace tiempo tenemos en pantalla necropsias reveladoras, y en poco tiempo disfrutaremos de un ciclo de crímenes irresueltos donde veremos las fotos de restos humanos descompuestos en la bañera, en los pozos ciegos y en una alguna cañería de agua tapada.

Y aunque los sobrinos del Tío Sam duden que a Kennedy lo haya matado Oswald, en la pantalla nos siguen convenciendo en excelentes ficciones y documentales, que ellos con un pelito de ameba del cuerpo del occiso averiguan hasta la dirección de la maestra de primaria del bastardo que lo asesinó. Aunque aquí también filmamos forenses piolas en tevé, que nos transmiten las voces de hematomas y cuchilladas, ya que como ellos dicen, el cadáver habla.

Pero, como si nos faltaran achuras y chinchulines de víctimas de los crímenes criollos y foráneos, también se han agregado los realities que compiten con las versiones extranjeras de cirugías y reconstrucciones de rostros y otras partes del cuerpo. Nos sorprenden con operaciones de cambio de sexo en vivo y en directo, rostros con atrofia muscular y labio leporino que se abren al ojo de la cámara para que veamos cómo un bisturí los transforma en segundos. Y eso no es todo, también nos proveen series en las cuales las protagonistas charlan con los muertos, cuyos fantasmas vuelven a la Tierra a reconciliarse con los seres queridos y saldan todas las cuentas pendientes hasta que una luz divina se las lleva.

Tengo la imprecisa alucinación de que cada vez que los Estados Unidos padecen un presidente belicista, de esos que exportan guerras o hacen que su gente esté en peligro de sufrirlas en su territorio, aparecen (mágicamente) programas y películas que nos ayudan a digerir el antes, el durante y el después de una conflagración mundial. Y no me refiero a una propaganda directa que nos muestre que los rusos, latinos, vietnamitas, negros  y  árabes son los malos, sino a algo más subliminal aún, como si nos dijeran: “no es tan impresionante ver un tipo estropeado por un misil, y si se va para el otro lado, no te preocupes que alguna médium lo comunica con el presente y viene cuando se le canta”.

En la película El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, se muestra un pueblo pequeño, perdido en la meseta española en 1940 al cuál llega como estreno la película Frankenstein. En el desvencijado salón donde se exhibe el film, entre el público, hay dos niñas, Ana e Isabel, que miran atentamente la película, y luego, a la noche, Ana le pregunta a su hermana por qué el monstruo mata a la niña luego de regalarle una flor, y por qué al final muere él también. Interesante duda de la chiquita que no hallaba en la lógica interna del guión una causa cuyo efecto fuera ese acto de violencia extrema.

Nosotros tampoco, pero, mientras tanto, ya nos acostumbramos a cenar presenciando una autopsia en colores, mientras mojamos el pan en la salsa.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar