El Cafecito


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La impronta del primer amor, la primera desilusión, por Enrique Puente Gallangos

Un sujeto como aquel que se encuentra estructurado por el Otro, por el lenguaje, la ley y la cultura vivirá hasta que la naturaleza (incendio, terremoto, tsunami, etc.) su cuerpo (algún tipo de cáncer o impedimento orgánico estructural, etc.) y su relación con los otros (homicidio, suicidio, genocidios, guerras, independencias, revoluciones, etc.) se lo permitan. Entre tanto tendrá que lidiar con lo innombrable de lo real, buscando un punto de referencia y sentido en su imaginario y lo simbólico de este sujeto. Punto donde convergen tres discursos que le ayudarán a identificarse como sujeto de este mundo. Y mira que es traumático ser estructurado por el Otro y de repente identificar la impronta de saberse sujeto a este mundo, al mundo del Otro que no soy yo y que me incluye al mismo tiempo.

Un día este ser en su camino sinuoso, tortuoso, lleno de barreras y laberintos que limitan y condicionan su estructuración como un sujeto; sin haberlo pedirlo, sin pensarlo, sin saberlo, sin desearlo, se encuentra estructurado como un sujeto. Sujeto a la familia en unos casos, a unos padres, a un nombre, a una historia familiar, a un lenguaje, a una cultura y a una ley; en otros casos —y con esto no queremos decir que tener una familia sea lo mejor o menos peor que no tenerla— también quedará sujeto a un hogar (casa hogar, orfanatorio etc.), unos padres si son adoptados, un nombre, un lenguaje, una historia familiar o dos si son adoptados y a la ley.

Esta estructuración no será sin consecuencias. Por supuesto, un lector asiduo del derecho, el psicoanálisis o El Cafecito, será estructurado por el Otro del lenguaje y habrá consecuencias, claro que las habrá. Consecuencias estructurales del sujeto que serán reprimidas y ocultadas bajo llave, pero no habrá llave maestra que no abra esas heridas, esos dolores, esas emociones, esas angustias, esas palabras, esas imágenes, esos olores y aparezca la impronta, la huella, la herencia familiar del sujeto. Eso que re-aparecerá en el sujeto es la herencia transmitida de tres generaciones y, en el juego del deseo de la madre y el nombre-del padre, eso que re-aparecerá será apropiado por el sujeto como nombre e imagen, es un enigma a descifrar, coordenadas que conducen a un objeto perdido el primer amor. Primer amor estructurante, impactante, enigmático, trágico y, como consecuencia, fallido e imposible. Ante esa falla, la negación, la represión, el olvido y como resultado la culpa. Culpa como una perdida, como derrota, como fracaso, la del primer amor, eso que está ya perdido se reprime y queda bajo llave.

Pero un buen día eso que se perdió re-aparece en forma de metáfora y metonimia, como un código a descifrar, como un camino que seguir, como algo que nos llama a ser buscado. La verdad del primer amor re-aparecerá ahora enmascarada, enmascarada en unos lindos ojos negros o tal vez castaños y almendrados, que en el instante en que el sujeto fija su mirada en ellos queda hipostasiada en un vacío. Vacío que lo llamara seductoramente, racionalmente, fenomenológicamente, inconscientemente y le dirá: ¡yo soy el amor!, ¡yo soy tu primer  amor! ¿Primer amor? Pudiera ser la pregunta que surja como inmanente, como necesaria, en el sujeto; pero no es así y ni será así. Ante esos lindos ojos negros, tal vez castaños y almendrados, el sujeto se mueve al amor a conquistarlo, a poseerlo, a retenerlo, a sujetarlo, a desearlo, por que es lo que le falta, lo que no conoce, lo que siente que lo complementa, lo que lo hace “UNO”. Incapaz de percibir por los sentidos y la razón que esos lindos ojos negros tal vez castaños y almendrados son de otro, otro sujeto igual que él, fallado y con la misma pérdida, otro sujeto incompleto como él. Incapacidad hipotecante de su verdad, renueva el deseo y se complementa en el amor de esos lindos ojos negros, o tal vez castaños y almendrados.

Más tarde que temprano o más temprano que tarde, esas fallas, esas faltas develarán, aún en contra del deseo de este sujeto, la impronta del primer amor, que no es el amor que deriva de esos lindos ojos negros, tal vez castaños y almendrados. Esta impronta también oscura, también confusa, aparecerá como la primera desilusión en apariencia; digo en apariencia, por que la primera desilusión ya es parte del sujeto, simplemente revive esta experiencia como la primera desilusión. Eso que re-aparece, eso que desilusiona, eso que me hace uno con el otro de lindos ojos negros, tal vez castaños y almendrados, eso es la impronta del primer amor. Y díganme, ¿quién, qué mortal no puede caer en el amor ante esos lindos ojos negros tal vez castaños y almendrados?

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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El retorno de lo olvidado por las mayorías legislativas: La ley se sostiene en su incumplimiento, por Enrique Puente Gallangos

El sujeto, después de años de conocerse a sí mismo, tal vez llegó al día de responsabilizarse de lo evidente, nada de lo creado por el hombre puede ser universal y completo; incluido el derecho. El principio de que la ley se presume conocida por todos los sujetos, se presenta como una sombra, sombra jurídica sustento de todas las modificaciones sofisticadas de las normas; esta sombra no hace más que crear una disminución y paralaje de la autoridad. Nadie cree, nadie cree en la ley, ley sujeta a los intereses globales; leyes que publican, que aplican, que derogan, interpelan o modifican a favor de las mayorías aparentes.

Qué decir de las normas constitucionales, supuestas bases fundantes del sistema jurídico, normas constitucionales mutadas o incumplidas, más de 189 reformas constitucionales que hacen una híbrida norma constitucional promulgada en México desde 1917. Mutaciones que extienden la sombra; ley que ha dejado de legitimarse y de legitimar al otro; no hay justicia, no hay democracia, no hay estado de derecho; ley que se sostiene en su incumplimiento, en el discurso popular en medios de comunicación, en parques, en supermercados y salones de belleza. Lo que retorna de lo olvidado de las mayorías legislativas es el linchamiento, la venganza, el castigo, la impunidad; una sociedad que hoy aparece reñida con la ley, ley que ya no legitima a la autoridad, autoridad que no hace gobierno, gobierno que no es reconocido por la sociedad.

Lo que retorna es lo olvidado, lo siniestro, lo que incomoda, lo reprimido, lo que está en deuda, lo prometido, la esperanza sembrada en lo social que hace síntoma en la violencia imparable, en la violencia que se mira, que se escucha, que se vive, que se muere en lo social. Síntomas legislativos que develan el desorden del orden, el desorden de la ley, el desorden de los que hacen las leyes federales y estatales, el desorden que devela su ineptitud. Ley que se sostiene en su incumplimiento, su torpeza, su impunidad, su falacia, su sombra, incumplimiento reclamado del interprete social, el padre, la madre, el estudiante, el profesionista, el desempleado, el hijo, el amigo, el vecino, interprete social olvidado y que retorna. Retorno racista, clasista, homofóbico, hominofóbico, ataxofóbico; el retorno de lo reprimido, de lo expuesto por  Freud, por Marx, por Nietzsche, el retorno de las minorías olvidadas, del inconsciente, el retorno de la iglesia, el retorno de eso que ya había sido olvidado pero que al parecer siempre estuvo ahí como una sombra de la ley.

El derecho podría hacer hablar a la ley un lenguaje claro, un lenguaje que comunique al otro, otro que legitime a la autoridad y una autoridad sostenida por la ley. Pero el derecho no puede hacer que estos sujetos los legisladores hagan nada si éstos no pueden nombrar por si mismos su drama, su historia, porque el intérprete social que la ley regula tiene también sus pulsiones y su inconsciente, inconsciente que desbocará el retorno de lo reprimido y atravesará la ley, el orden, el derecho, el deber ser; esta misma ley que ya los viene sujetando, atravesando consuetudinariamente.

No basta pues sancionar al sujeto que transgrede la ley, si no hacemos que las autoridades se hagan responsables ante el sujeto mismo; más allá de confesar su culpabilidad ante la autoridad, sus culpas no deben quedar olvidadas, sin ser oídas victimas y victimarios de una sociedad que reclaman por no ser olvidados, por ser asistidos ante el incumplimiento de la autoridad y el incumplimiento de la ley. A fin de cuentas el sujeto es la deuda olvidada del incumplimiento de la ley.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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El hombre que quiso desnacer, por Luis Buero

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Al cumplir 40 años un hombre decidió desnacer. ¿Qué significa esto? Pues bien, entendió que su presencia en el planeta carecía de sentido, que ya se le había pasado el tiempo de triunfar en la vida.  No podía soportar la sensación de haber quedado fuera del camino. “Como no he podido ser Alguien, seré Nadie”, pensó decidido, abatido por una frustración constante.

Claro que para ser Nadie, o Nada, tendría que suicidarse, idea poco práctica que sólo serviría para hacer sufrir a sus seres queridos, porque ciertamente con ese acto no podría eliminar su derrota social de la memoria de sus contemporáneos y descendientes. Al contrario, sería un perdedor inolvidable. Necesitaba buscar otra solución: no haber existido nunca.

Para ello visitó a un Maestro yogui. De él tuvo noticia en una revista new-age de autoayuda que consideró prestigiosa.

El hombre le rogó al Maestro,  entonces, que lo transportase (a él o a su imagen) a través de un viaje astral, es decir, a través de la mente, al lugar, día y hora en que sus padres lo concibieron.

“Yo debo entrar en ese conventillo”, afirmó desesperado el hombre. “Necesito sorprenderlos, evitar el acto sexual, interferir, impedir su amor”. Y agregó, “así ahorraré ese instante inútil de la historia, y con él, toda mi vida de un plumazo”.

Y escuchó la respuesta sin interrumpir.

— No puedes haber fracasado, porque el fracaso es una ilusión, como lo es también el éxito y todos los actos de tu personalidad — insistió el yogui para detenerlo. Y luego puntualizó — te costará mucho entenderlo, pero debes saber que todo lo que nos ocurre en la vida, en un momento y sitio dado, es siempre lo mejor que nos podría pasar.

Pero el hombre ya era un ser inconsolable y estaba decidido a desnacer.

Ante solicitud tan desmesurada, el yogui comprendió que se trataba también de una prueba personal a sortear pero dudo en aceptar.

“La luz de tu vela no está aquí para iluminarse a sí misma”, le recriminaban en pleno corazón sus antepasados, y así fue que el yogui supo que debía acompañar al hombre hasta el final de su loco camino.

Le pidió al hombre que se sentaran ambos uno frente al otro y cerraran los ojos al mismo tiempo. Pronunció palabras que habría aprendido pero jamás dicho. De esa manera que lo transportó a un sitio muy pobre, 41 años antes en el tiempo, y lo instaló frente a la cama de sus padres.

Con indescifrable emoción el hombre los vio jóvenes, abrazados, soñando desnudos y felices a su futuro hijo. Reconoció la habitación de su infancia, el empapelado con flores, los muebles robustos, los cortinados tejidos a mano, la foto de su abuela.

Entonces el yogui le transmitió la orden: “¡ahora grita! ¡Grita y sorpréndelos! ¡Grita y no se amarán!”…

Pero el hombre comenzó a experimentar miedo, terror de ser nada, y con lágrimas y jadeos permaneció en silencio. A su mente, que vibraba pidiéndoles perdón por haber fracasado, le respondió el murmullo de sus padres, que sólo ansiaban tener un hijo que fuera feliz. Nada más que eso.

— ¡Rápido, grita cuanto antes! Ya casi no puedo retener tu imagen! — repitió el Maestro en tono de orden.

— No, no puedo, no me atrevo, tengo miedo,  quiero volver, ¡quiero volver! —  repitió el hombre acurrucado como un bebé, enrollado en el piso.

Sus padres vieron un chispazo, pensaron que pronto llovería y se besaron con más intensidad.

El hombre apareció en posición fetal frente al Maestro y llorando se aferró lentamente a las piernas de éste. Se fue calmando de a poco. Muy de a poco.

Luego se pararon. Hombre común y yogui quedáronse mirando un infinito rato en silencio. El Maestro le regaló una sonrisa perfecta y luego lo despidió para siempre.

Ya en la ruta, mirando caer en llamas el último sol de la tarde, el hombre recordó las últimas palabras del yogui durante el abrazo de despedida: “recuérdalo, hermano, nunca lo olvides,  tú eres el único en el mundo, el único… que pidió nacer”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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El quitapenas, por Enrique Puente Gallangos

¿Qué fines y qué propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar con ella? Éste es un cuestionamiento que en determinado momento tenemos que hacernos en el transcurso de nuestra vida, esto generalmente es planteado una vez que las cosas de la vida no están saliendo nada bien o no salen como “lo planeamos”, ja ja ja ja, pero, precisamente planear nuestra vida es lo que no hicimos y que hoy nos cuestionamos.

El sujeto, como ya hemos planteado en otras ocasiones, es sujeto de la cultura, del lenguaje y del derecho; este sujeto barrado puede decirnos que tiene aspiraciones diversas; empecemos por las más significativas, claro está para este sujeto de lo social y, por qué no decirlo, para este sujeto global: tener dinero antes que todo porque, eso del trabajo es culpa de nuestro Padre Adán y nuestra Madre Eva, por lo cual  fuimos condenados al trabajo hasta que sudemos. Pudiera parecer un poco irónico, pero, considero que este mito es retomado por los amos de hoy, o sea, los sistemas neoliberales, nada más que ahora el mito lo tenemos al revés volteado, el trabajo no es un castigo como en el mito citado, ahora el trabajo es algo que te dignifica, te sujeta, sí, te sujeta al sistema y si no lo tienes simplemente no eres nadie; bueno, una gran parte así lo siente y lo piensa; por lo tanto, tenemos que aceptar, dejando del lado la naturaleza agresiva del sujeto y narcotizando su aspiración de dinero que eso nadie se lo quitará, sólo quedará dormidito por un momento.

Pasaremos a dar como segunda aspiración, pero, ésta más del lado sometido del sujeto a toda sociedad y ésta tendrá que ser el Trabajo, sin lugar a dudas, y de ahí podríamos continuar con muchas más como: educación, salud, vivienda, seguridad, carro, esposa o esposo, hijos, belleza, agua, aire limpio, paz, etcétera; en fin los sujetos quieren darse cosas y quitarse otras.

Mi propuesta sobre las aspiraciones del sujeto es la siguiente: el sujeto “aspira a la felicidad, no quiere dejar de serlo”, así es como damos respuesta al cuestionamiento que nos hacíamos al principio, este sujeto barrado por la cultura aspira a la felicidad con dos finalidades, una negativa y la otra positiva. La primera, evitar el dolor y el displacer; la segunda, experimentar intensas sensaciones placenteras. La actividad humana se despliega en dos sentidos, según se trate de alcanzar; este sujeto, como finca su objetivo vital bajo el programa del “principio del placer”, principio que rige las relaciones del aparato psíquico desde su mismo origen.

La felicidad es un fenómeno episódico surge de la satisfacción, tibio bienestar; porque nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino en contraste, en escasa medida, lo tolerable. Nuestras facultades de felicidad están limitadas por nuestra propia constitución, y además no tenemos que olvidar que, frente al espejo de la felicidad también se refleja el sufrimiento. El sufrimiento nos amenaza desde tres lados: desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior y de las relaciones con los otros seres humanos. Bajo las presiones de tales posibilidades de sufrimiento el sujeto tiende a bajar sus aspiraciones de felicidad, el programa del “principio del placer” en el cual el sujeto fincaba su vida cambia por la amenaza de sufrimiento proveniente de los puntos antes señalados, ahora el sujeto se constituye bajo el “principio de la realidad”, que es más modesto.

Ahora pues, este sujeto no puede lanzarse a experimentar las intensas sensaciones placenteras, simplemente porque el sufrimiento estará en todo momento vigilante, inquisidor, culpable y culpando al sujeto. Por tal motivo el sujeto buscará o inventará unas mil maneras de evitar el dolor, el displacer y el sufrimiento. Una de éstas maneras de evitar el sufrimiento a la que hoy me quiero referir es el amor. El sujeto se dirige a otro que cree diferente, pero que es igual que él y que le dará todo lo que no tiene para que llene su falta y lo aleje del sufrimiento. Es muy lamentable que este cariz tóxico que genera el sujeto en sus procesos mentales se haya sustraído hasta ahora a la investigación científica; se atribuye tal carácter benéfico a este quitapenas en la lucha por la felicidad y en prevención del sufrimiento del sujeto que tanto los individuos como la sociedad le han reservado un lugar permanente en su vida psíquica y económica. No sólo se le debe al amor el placer inmediato, sino también una anhelada medida de independencia frente al mundo exterior, los sujetos saben que con este “quitapenas” siempre se puede escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad. También saben, o tendrían que saber, que es precisamente esta cualidad del amor de adormecer la razón del sujeto la que entraña un peligro y su nocividad; de cierta manera, podemos decir que el sujeto tiene la culpa de que de que se disipen estérilmente cuantiosas magnitudes de energía que podrían ser aplicadas para mejorar la suerte de la humanidad.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y estudia la Maestría en Psicoanálisis, es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.