El Cafecito


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Rosenda sabe: “Cuándo escoger un hombre y tener un hijo con él”, por Enrique Puente Gallangos

“Rosenda” con Fernando Soler y Rita Macedo, dirigida por Julio Bracho, es una de mis 10 películas favoritas del cine mexicano. ¿Por qué Rosenda? Podría dar varias razones, y siendo razones tal vez ninguna con valor y sentido, pero quiero hablar de una imagen, una imagen y un decir.

La joven Rosenda, una campesina bellísima hija de un mediero, es pedida en matrimonio por el solterón maduro Don Ponciano; Don Ponciano pide la mano de Rosenda para el arriero Salustio, quien le ruega la pida por él. Rosenda sabe por qué está Don Ponciano ahí y Don Rosendo no sabía sobre Rosenda, su belleza y su deseo. Ante la negativa del padre de Rosenda, Don Ponciano dice ¡preguntemos  a la muchacha a ver qué decide! y la muchacha Rosenda dice ¡yo me quiero ir con el señor Don Ponciano! Se van toman camino y al llegar al pueblo se enteran que el arriero Salustio a huido del compromiso ante la futura escena matrimonial o mejor dicho ante la presencia del deseo de Rosenda que tal vez era superior a la de él. Rosenda dice ¡ya lo sabía! Sabía que el arriero ya no estaría ahí.

Rosenda decide no regresar con su padre ya que su deseo se ha jugando desde la separación de su padre. Ante el deseo fantasmático de Rosenda de no regresar con su padre, se hará presente una escena, una imagen y un decir; Don Ponciano preocupado por las murmuraciones del pueblo decide depositar a Rosenda en casa de Doña Pomposa la costurera. Atraído, aturdido y porque no decirlo sujeto ya de la belleza de Rosenda decide visitarla.

La escena es la siguiente: Rosenda bañándose y Don Ponciano como un adolescente intenta reprimir su deseo de no verla por la paralaje que separa los carrizos del baño. La imagen de Rosenda bañándose y contestando la pregunta de Don Ponciano ¿Por qué si sabías que Salustio no cumpliría su palabra decidiste salirte de tu casa conmigo? Y aquí el dicho de Rosenda ¡una mujer sabe cuándo escoger un hombre y tener un hijo con él! El deseo de Rosenda se había jugado ya desde que se separa del padre, desde que estaba con el padre.

Como sabemos, el deseo incestuoso padre-hija, hija-padre está presente y tiene que ser castrado. Esta castración es la que permitirá al sujeto, en este caso una mujer, no ser el deseo del padre, ni el padre ser el deseo de ella. Como dije al comenzar, quiero hablar del deseo de una mujer de tener un hijo, que como sabemos se juega desde que siendo niñas las vemos jugar con sus muñecas a ser madre.

Un hijo como personaje simbólico que está presente en toda vida del sujeto mujer o de quien quiera realizar esa función, pero siempre del lado de la mujer puede ser materializado, proyectado, rechazado o nunca concretado. Pero el hijo deseado que es del que intentamos hablar es un hijo donde se depositarán los deseos de la madre ante la imagen incierta del otro el padre. Hijos deseados equivaldría a sujetos neuróticos amados por los padres, hijos no deseados equivaldría  a no sujetos de amor por los dos, tal vez por uno, lo que nos llevaría a hostilidad para este hijo, sentimientos negativos, un deseo que alimenta una relación violenta y destructiva con los padres. Tener un hijo deseado implica el saber de la mujer, tener un hijo implica el deseo de la mujer, tener un hijo implica que una mujer escoja a un hombre, tener un hijo deseado implica un hombre enamorado de esa mujer, de esa mujer como Rosenda y de ese hombre como Don Ponciano. Rosenda sabe, la mujer sabe, el saber es femenino.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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El otro que aparece II, por Enrique Puente Gallangos

El lado indecible tiene que ser expuesto, tiene que ser develado, delatado, desnudado, y sobre todo traicionado. Como una traición a sí mismo ese otro yo que aparece como síntoma en mi cuerpo, en lo que callo, en lo que digo mal, en lo que olvido ¿pero cómo hacerlo?

Pensemos en aquel sujeto vestido de militar, que actúa como militar, que obedece como militar y como tal recibe órdenes de un superior jerárquico, un gran Otro. Un gran Otro que por adelantado delimitara el campo del deseo al militar, un gran Otro que ordena y espera se cumpla la orden. La orden o la Ley está ya en el lenguaje y espera ser dicha, el sujeto vestido de militar sólo espera escucharla para después ir a cumplirla. La orden es ¡no dejar a nadie con vida! La orden es dicha y el sujeto vestido de militar se dirige a cumplirla. Salen de noche el camino será largo y se espera que de madrugada se llegue al lugar donde tienen que ser cumplida la orden. Minutos antes son puestos en alerta y el sujeto vestido de militar está ansioso de cumplir la orden, segundos después el escenario es iluminado por un millar de pequeñas luces que salen de sus armas de cargo golpes secos y otros sin rebote iluminan la escena, efectivamente la orden se está cumpliendo, los minutos pasan y la excitación crece y en la mente del sujeto vestido de militar no hay otra cosa que la orden del Otro ¡no dejar a nadie con vida! El día asoma su luz la representación a terminado, la luz del día devela la escena, delata, desnuda el hecho. Efectivamente la orden se ha cumplido, el sujeto vestido de militar puede ver materializada la orden, pero al mismo tiempo puede ver algo familiar en la escena, algo familiar en los rostros sin vida, en la sangre, en el patio, en la casa, en los pasillos, en la cocina, en las recámaras, en el baño. La luz se opaca, el síntoma está en el cuerpo del sujeto vestido de militar, lo indecible aparece.

Un día mi padre me dijo: la sangre llama; como siempre, el decir del padre no era algo que me agradara, pero en ese momento el sujeto vestido de militar pudo ver algo familiar en la sangre que estaba en el piso, el cuerpo que estaba enzima era el de su padre, el de su madre y los de sus hermanos. Como otro el otro yo aparece, aparece traicionado en mi cuerpo, en lo que callo, lo que olvido, lo indecible ha hecho acto de presencia, esta desnudado. Una sonrisa de incredulidad aparece en el sujeto vestido de militar, suelta su arma de cargo siente que las piernas no lo sostienen, los brazos ya no quieren moverse, esta por caerse y perderse, lo Real de la escena es insoportable.

Al instante una Otra voz firme y enérgica le dice al sujeto vestido de militar la orden se ha cumplido felicidades, las palabras pegan en el sujeto, como palabras constructoras, palabras que hacen que el sujeto vestido de militar no caiga, no se pierda, que los brazos se muevan, que las piernas lo sostengan, palabras de un gran Otro que le recuerdan que es un sujeto vestido de militar, que no es más hijo de ese padre caído, de esa madre, que no es más hermano de aquellos con los que jugaba cuando era niño, ese otro yo que fue expuesto y puesto del lado indecible al decible se ha muerto se ha reprimido, ese otro traidor del padre, de la madre, de los hermanos ya no será más un traidor, ahora es un converso, se ha convertido en un sujeto del deseo del Otro.

Como toda causa tendrá su efecto, como toda traición tendrá su conversión, eso que no es decible al ser expuesto y traicionado es insoportable, como tal eso que es insoportable tiene que ser converso, simbolizado.

El otro que aparece I

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.