El Cafecito


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¡Ayotzinapa! Un síntoma del fracaso de la distribución del goce mexicano, por Enrique Puente Gallangos

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Desde el discurso del psicoanálisis entendemos que la instauración de la Ley en el sujeto y en lo social, tiene que ver con la castración. Una castración que se instaura a través del otro y del lenguaje.

Respecto de lo social, esta Ley parte la escena de que lo real es imposible de nombrar, pero que está ahí, y se instaura en un escenario binario. Por un lado se instaura el campo de lo simbólico, por otro que es el mismo, se instaura el campo de lo imaginario, como consecuencia de la instauración del simbólico. El campo de lo simbólico es el campo de lo normativo, institucional, del Derecho. Jaques Lacan en el Seminario XX dice que “la esencia del derecho; distribuir el goce”. Se formula en ese momento una consigna universal ¡sólo podemos gozar dentro del Derecho!, castración que implica la construcción de una ficción estructurante, que nos aparta de la posibilidad de una relación armónica en lo social, que nos excluye de cualquier intento de compatibilidad entre del Derecho y del sujeto en sociedad. ¡Sólo podemos gozar dentro del Derecho! Tiene como pretensión ordenar, clasificar, medir, nombrar; limitar la conducta del Sujeto y las conductas sociales.

Generando la ilusión, el Imaginario del bien común, libertad, justicia, igualdad; es para todos, porque todos somos iguales. ¡Ayotzinapa! Como un síntoma del fracaso de la distribución del Goce Mexicano; dice algo: ¡Solo podemos gozar dentro del Derecho! Está dejando de ser una consigna universal, se ha forcluido un significante, solo podemos. Ahora la consigna es ¡gozar dentro del derecho!, lo que nos lleva plantearnos ¿Quiénes ya no podemos gozar? ¿Quiénes son los que ahora gozan?

La caída del muro de la Ley, de la norma, de la autoridad nos confunde. La caída del muro, es la caída del límite que distribuía el goce; está desapareciendo. Las clasificaciones, las medidas, los significados, la libertad, la justicia, la igualdad esta puesta a prueba; a juicio, al juicio de lo social. ¡Ayotzinapa! Es un síntoma, es un síntoma del fracaso de la distribución del Goce Mexicano; los límites entre gobernantes y gobernados no están más, los límites entre el cielo y el infierno, entre ángeles y demonios no están más: Hoy en México el presidente “light”, la tremenda corte y los 628 cínicos que integran el congreso de la Unión actúan sin límites. ¡Ayotzinapa! Es un síntoma de lo que está por venir a nivel Federal, Estatal, Municipal y Global. Desde lo global, los derechos humanos a la deriva; desde lo municipal, los grupos étnicos a la deriva; desde los Estatal los estudiantes a deriva; y desde lo Federal todos a la deriva: los ángeles, los demonios, los presuntos, los inocentes, los ciudadanos, los migrantes, los sicarios, los maestros, los que nos resistimos, los reprimidos, todos. Todos estamos expuestos al vacío, al riesgo.

Un Estado garantista de los derechos humanos, se perfila construir en México, iniciando no fortuitamente en la procuración y administración de justicia. Los nombrados “juicios orales”; apareciendo como un instrumento tecnológico y novedoso, en respuesta a una “sociedad del riesgo” Ulrich Beck. Pero desgraciadamente los “juicios orales” no aparecen como un fortalecimiento de la ficción jurídica no toda, sino como verdad toda y única, la del Código Penal. Una verdad plena y sin límites, ahora el nuevo Código Penal Federal promulgado por el presidente “light”. El sistema penal garantista no es más que un síntoma de lo que se repite, no es más que la repetición del “derecho penal del enemigo”, ese derecho penal del enemigo que no es más que la repetición de la “sagrada congregación del santo oficio”. Terrorista es todo aquel sujeto, que no esté de acuerdo con el presidente “light”, que es estudiante, que lea y que asumiendo una actitud neurótica se resista y avance organizadamente por las calles, gritando demandas, demandas de una barrera que limite el goce, democracia, legitimidad. Los síntomas seguirán apareciendo y desapareciendo; 43 estudiantes desaparecidos, 11 terroristas aparecen consignados por gritar como neuróticos el pasado 20 de Noviembre en el Distrito Federal, se suman a larga lista de desaparecidos. ¡Ayotzinapa!, ¡Los 11 del 20 de Noviembre! *

*Indica lo que está por ser nombrado, y que es parte de los síntomas del fracaso de la distribución del goce mexicano.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Parricidio ¡de la madre patria! Un Acting-gol en Brasil, por Enrique Puente Gallangos

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“Los hijos al nacer, son responsables del asesinato de sus padres en tanto hijos” Paul Legendre

 

La mayoría de los países que integramos el continente americano, los del sur y los del norte, somos hijos ¡de la madre patria! Aunque de diferente padre, algunos somos hijos de padre español, otros de padre portugués, y los del norte del santo padre Ingles. Las monarquías europeas deseosas de poder y de transmisión y de permanencia llegaron a engendrar a las indias y a los indios que habitábamos este continente.

El pasado 2 de Junio uno de estos padres, el español, el rey Juan Carlos I anunció, el día en que cumplía 76 años, su adjudicación al trono y que su hijo Felipe VI cubrirá la silla vacía. Felipe hace 46 años había dado el primer golpe mortal a su padre Juan Carlos en tanto hijo. Juan Carlos al nacimiento de su hijo Felipe dejaba de ocupar el lugar de hijo para devenir en el lugar de padre.

Néstor A. Braunstein dice “cada nacimiento sacude el árbol genealógico desde abajo hacia arriba. El parricidio se renueva y cada hijo tendrá que ser parricida a la vez. La culpa se transmite” La transmisión del lugar de hijo al lugar de padre no será sin consecuencias. Las consecuencias de esta transmisión quedaran marcadas en el cuerpo de los hijos ¡de esta madre patria! Los legítimos, los legales y los ilegítimos.

Este lapsus lleva a pensar en los padres legítimos, legales e ilegítimos que tenemos los países del sur. Como señalamos esta transmisión genealógica sacude, sacude y marca el cuerpo, el cuerpo del padre, de la madre y de los hijos. El pueblo español, el hijo legal y legítimo será puesto en acto, sacudido y marcado ante dicha transmisión de poder. Una transmisión de poder, transmisión de poder-permanencia Monárquico, transmisión de poder- permanencia de una Monarquía Parlamentaria.

El día 18 de Junio el aun rey Juan Carlos I firmo la ley orgánica que formalizaba su adjudicación en un acto institucional que ponía fin a 39 años de paternidad como rey. Pero el daño ya estaba hecho y el cuerpo de los hijos, los de él, los españoles ya iniciaban en las calles a manifestar los síntomas de la transmisión. Otros de sus hijos, los españoles, los futboleros, los futbolistas, los campeones del mundo, la ¡furia roja! Estaban por escenificar un Acting-gol en Brasil. El 14 de Junio 12 días después de anunciar Juan Carlos I su adjudicación como rey, se enfrentaban en Brasil, en el mundial de futbol, dos hijos legales y legítimos, España y Holanda. El rey, el campeón del mundial de futbol 2010 y Holanda. El resultado 5-1 a favor de los holandeses, los futbolistas ¡la naranja mecánica!; un Acting-gol se había consumado, algo que estaba fuera de la conciencia de muchos y de ellos, pero que estaba ahí en lo inconsciente.

Un Acting-gol que se manifiesta de forma simbólica al margen de lo inconsciente reprimido. Un Acting-gol que anunciaba simbólicamente el 19 de Junio la proclamación del rey Felipe VI como rey de España y la muerte de Juan Carlos I; el parricidio se había consumado.

El Acting-gol no quedaba sin otra lectura en lo simbólico, anuncia también el nacimiento de un nuevo campeón. El Acting-gol se ha consumado, la transmisión de ha consumado, el parricidio se ha consumado. Un campeón que deja de serlo y deja su lugar a otro; un hijo que deja de ser hijo para ocupar el lugar de padre, un pueblo que pide ocupar su lugar en la trasmisión del poder, un poder por fin participativo de la voluntad soberana del pueblo español, el legal y el legítimo. Un Parricidio y un Acting-gol que mueve, que mueve a los otros hijos a esos hijos ¡de la madre patria! a sus hijos ilegítimos, a los del sur. Que mueve a los hijos ilegítimos a nacer simbólicamente, a un renacer, que mueve a buscar un Acting-gol y un parricidio.

 

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Es la prisión escolar, por Enrique Puente Gallangos

Los que estudiamos el psicoanálisis y en particular el psicoanálisis con niños estamos en permanente intercambio con otras disciplinas. Por ello en este momento se intentará abordar el entrecruzamiento discursivo entre el psicoanálisis y la educación y algunas de las problemáticas que de dicho entrecruzamiento se desprendan. Además es notable es esta época el aumento de las consultas por niños derivados por la institución escolar y es evidente que la escuela, los docentes, los padres demandan al psicoanálisis alguna respuesta frente a la multiplicidad de manifestaciones sintomáticas que emergen en el niño, en ese tiempo de constitución de la subjetividad del niño y su relación con el aprendizaje.

En el trabajo que presento hoy intento reflexionar sobre la necesidad de preocuparnos por los duelos de los niños y plantear algunas actividades de ayuda que puedan aplicarse en las escuelas, para reducir los efectos perturbadores y limitantes sobre el desarrollo mental de la pérdida temprana de los padres.

El dolor de los niños frente a sus dificultades vitales es algo por lo cual tendríamos que preocuparnos y que algunos están estudiando.

La separación del padre y sus efectos

Con la separación  del padre no sólo desaparece el padre externo sino que el padre interno pierde su vitalidad y su función de acompañante reconfortante. El niño queda entonces inmerso en un mundo que siente amenazante y persecutorio. Ha perdido parcialmente al protector que le aseguraba un futuro tranquilo y parece que no hay nadie que lo remplace y que pueda ayudarlo a salir del sentimiento de soledad y abandono en que queda sumido. El niño se ve forzado entonces a reprimir, negar y escindir los dolores, rabias y temores producidos por la separación. No hay nadie que intente ayudarles a digerir las experiencias aterradoras; en ocasiones no hay quién les hable y humanice esa separación. La imposibilidad de tolerar separación parcial o  permanente del padre lo lleva a asumir procesos masivos de identificación que aniquilan la autonomía del yo. El niño se convierte en el padre que ya no está y trata de remplazar sus funciones en la familia y en la vida.

Los niños se sienten perdidos en el momento de la separación  del padre, se sienten solos en manos de sus propias sensaciones y sentimientos que no tienen con quién compartir. No sólo el ser amado se pierde, sino que ellos mismos se pierden con su muerte. Cuando el padre no está y el que sobrevive queda psíquicamente quebrado, los niños pierden no sólo los deseos, fantasías. Estas experiencias son olvidadas o dejadas de lado. Suelen perderse las cualidades buenas y malas de los padres y como maniobra los remplazan en sus mentes con comportamientos similares que adoptan en un intento por mantenerlos vivos o suplirlos sin tener los recursos suficientes para hacerlo. Nadie les ayuda a recomponer el padre interno bueno, ni a recrear la esperanza en el padre protector y en el mundo confiable. Esto incrementa las ansiedades persecutorias y depresivas sobre su maldad y su participación directa o indirecta en la muerte del padre.

El hijo pierde la mirada que lo refleja, la piel que lo limita, acaricia y acompaña, los brazos que lo acogen en el dolor o que limitan sus desmanes y la voz que los acompaña. Todo esto contribuye a que pierda la necesidad de ser amado y respetado y puede buscar el maltrato como constatación de una existencia desgraciada opuesta a la existencia alegre junto a los padres satisfechos con su presencia. Al irse el padre, el hijo pierde el sentido de su propia vida, la importancia de sus sentimientos, y sobresalen los deseos de venganza.

Freud (1917), con énfasis en la dimensión estructural, fue el primero en hablar en Duelo y melancolía del efecto que la pérdida de los seres cercanos tiene en la estructura de la mente. Para él, la pérdida de un ser amado produce en la melancolía y en el duelo en menor grado la suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar y la inhibición de las funciones del yo. La tristeza y la rabia por la pérdida del ser amado quedan en el inconsciente transformadas en una estructura interna recriminatoria, en una conciencia moral exacerbada que se expresa en reproches permanentes contra el yo. La desilusión o desengaño con el objeto amado perdido convertidas en autoreproches, encubren las recriminaciones contra el objeto amado. El ideal del yo acentuadamente severo y crítico entra en conflicto con el yo y lo ataca con crueldad. El yo, alejado de la función protectora de los padres, se siente culpable y se somete al castigo.

Klein (1946) afirma que cuando el yo siente que el objeto externo se aleja o se pierde, él mismo está en peligro e inicia procesos de escisión y proyección que lo llevan a pensar que ha destruido al objeto. Klein (1937) cuando se ubica en el “self” considera que los sentimientos hostiles se vinculan con la sensación de pérdida del objeto, producto de necesidades insatisfechas o placer no logrado, y no con situaciones de peligro del sí mismo. Ubicada en el objeto, Klein (1948) afirma que la ansiedad se vincula directamente con el miedo a la muerte y con el peligro de destrucción del objeto bueno. Klein (1940) aclara que si se logra un equilibrio entre amor y odio y se integra el objeto se disminuye la ansiedad frente a los peligros de pérdida y no es necesario usar mecanismos defensivos para vérselas con las ansiedades persecutorias. Para Klein (1957), la elaboración normal del duelo es un proceso en el cual se restablecen los objetos buenos y, a través de ellos, el yo logra su recuperación. Luego de varios años de participar de distintas experiencias con educadores, principalmente profesores de Educación Secundaria Obligatoria, realizadas en Institutos de Barcelona y Girona y en la Universidad de Lleida a través de cursos, Jornadas y supervisiones, deseamos compartir algunas reflexiones que sirvan para pensar los puntos de encuentro entre el Psicoanálisis y el mundo educativo.

Los pedagogos en general siempre han estado atentos y abiertos a todo aquello vinculado al Psicoanálisis. La historia de la relación entre ambas disciplinas es larga y fecunda. Y esto desde los orígenes. Sigmund Freud no dejó fuera de su corpus teórico, cuestiones claves vinculadas al aprendizaje, la investigación, la curiosidad, el deseo de saber, su inhibiciones, así como la función que la escuela cumple para un ser hablante. Por supuesto esto incluyó las distintas vicisitudes de la educación, así como sus imposibles.

Desde aquel entonces las distintas generaciones de psicoanalistas entablaron diálogos con el mundo educativo que supusieron el florecimiento de muchas y nuevas ideas. El Psicoanálisis ha sido, y lo sigue siendo, un aporte importante para re pensar el lugar que la educación cumple para un sujeto.

En esta época que nos toca vivir, nuestra experiencia nos indica que este diálogo es más necesario que nunca. Corren tiempos en los que la eficiencia, la evaluación de aptitudes, lo inmediato (las conductas), lo obvio, hacen de pantalla a la buena reflexión.

En vez de pensar, se mide. En vez de escuchar, se moraliza. En vez de buscar las causas y las razones se actúa, y muchas veces se hace de forma precipitada. En vez de prestar atención a los pequeños detalles, se generaliza.

La escuela de este comienzo de Milenio ha cambiado. Esto es un problema porque los educadores han sido preparados para la escuela de antes.

Antes, la escuela era el lugar del saber y el profesor era el sacerdote. El que daba todas las respuestas.

Hoy entre otras cosas, a causa del declive de la función de la autoridad, el acceso a las tecnologías, los cambios en la sociedad, etc., la escuela ha dejado de ser el lugar donde se sabe todo. El profesor ya no encarna ese lugar de sabiduría.

Es muy significativa la paradoja de nuestra sociedad, de que por un lado, se le exigen cosas a los adolescentes, pero por otro lado se los desresponsabiliza de lo que hacen o lo que les pasa.

¿Qué quiere decirme el otro cuando me expresa algo? ¿Qué está pasando en una clase cuando alguien realiza un acting out? ¿Qué significación hay detrás? Muchas veces se trata de escuchar y no simplemente oír. En esta escucha atenta muchas veces están las soluciones a los problemas.

La clave está en la distancia que ponemos cuando escuchamos. Distancia no supone no estar comprometido, más bien, no implicarse en lo personal, no ponerse por delante. Se trata de dar un lugar a la alteridad, salir del enfrentamiento de a dos. Muchas veces la cosa no es con Uno.

Muchos tutores cuando realizan una entrevista con un alumno no paran de hablar, cuando de lo que se trata es de escuchar. El silencio no debe ser amenazante, hay que dejar que sea el otro el que hable.

La escucha atenta es muy útil, para prestar atención a los detalles. Por ejemplo el silencio y la apatía de un niño pueden querer decir muchas cosas, como también que un niño no pare de moverse o hacer cosas (los llamados niños “hiperactivos”), también puede portar muchos significados.

Podemos decir que la escuela de forma estructural es el lugar de las demandas.

Aquello que hace límite a estas exigencias desmesuradas se convierte en problemático. Por ejemplo, un acting out o un síntoma (un acto de violencia o que un púber no quiera venir a la escuela). O las bajas de los profesores. Lo que se ha dado en llamar de forma banal: Síndrome del quemado (burn out).

Las mejores experiencias en la escuela son aquellas que no circulan por la autopista de la demanda sino más bien por la carretera del deseo, del brillo. En definitiva, de las experiencias positivas.

Para muchos educadores, pues, el Psicoanálisis no es útil, porque los anima a hablar y a pensar, en vez de hacer. Y eso da le supondría cierta pérdida de tiempo. Sin embargo, reflexionar a cerca de la posición en el acto educativo, tiene efectos duraderos y más efectivos. Todo lo otro es más efímero o produce frustración.

Por otro lado, reflexionar supone hablar, y esto supone reconocer ante otros que no sé. Esto lleva a otro modelo de escuela. Las escuelas más modernas incorporan dispositivos para que se pueda pensar y hablar en el grupo. El pensar y hablar nos lleva a cuestionarnos, ¿qué nos pasa? Si lo que hacemos lo hacemos bien. ¿Qué deberíamos cambiar?, etc. Todas las preguntas que mucha gente no está dispuesta a hacerse.

Pensar supone establecer estrategias, ser efectivos, actuar de acuerdo a una lógica y no de acuerdo a un capricho, poner distancia. El acto educativo es pues, en consecuencia, más serio y sus efectos más perdurables.

En Psicoanálisis hay una disciplina de analizar y pensar el caso por caso. Lo que se hace en el espacio de la supervisión o en el marco de una presentación ante colegas agrega mucha luz a los casos y sirve mucho en las estrategias de la dirección de la cura. Todos se benefician, inclusive aquellos que atienden a una presentación. Es una práctica que puede ser tremendamente útil en educación.

De esta forma, tal como lo vamos viendo, la palabra tiene consecuencias, según como se use. El riesgo que a veces se da, es que hagamos un mal uso de las palabras.

Detectamos al menos dos formas de mal uso, la palabra que se dice para dirigirse al “ser” del otro, por ejemplo del alumno, en cuyo caso puede ser sufrido como una agresión, un ejemplo de esto es lo que Sigmund Freud llamaba “interpretación silvestre”, por ejemplo, ” a ti te pasa esto porque tus padres se han separado”. La otra modalidad, es el desgaste de la palabra. Pierde su fuerza por la repetición. Lo que está en juego, es en realidad, la posición del propio profesor, que deja de ser escuchado. Un sonido agudo persistente si es repetido hasta el infinito, puede dejar de hacerse audible. El oído se acostumbra a él. La palabra de un profesor que repite algo, sin ser reconocido por sus alumnos pierde valor. El desgaste, pues, no esta dado por la cantidad, sino porque el sujeto de la enunciación, en este caso, el profesor y lo que el encarna, ha perdido valor para los alumnos.

En síntesis, se trata de poder acotar las demandas de los demás y reconocer aquello que tiene que ver con el propio deseo.

El niño en la escuela demanda, demanda saber y escucha, pero sobre todo quiere hablar; quiere hablar de cómo se siente en la escuela o de lo que representa la escuela para ellos. Los niños consideran en ocasiones a la escuela como su casa; y en la escuela muchas veces sirve para que expresen en su discurso cuáles son los problemas que hay en casa o cómo están viviendo esos problemas.

Suele suceder en estoy tiempo al igual que en otros que los padres se separen, se divorcien, son los problemas de este tiempo. Pero cabe hacernos la siguiente pregunta ¿cómo vive el niño esta separación de los padres? El niño también puede preguntarse ¿se separaron por mi culpa?, ¿tengo que recibir un castigo por mi delito?, ¿merezco ser castigado?

A una pregunta del padre a su hija de nueve años, ¿qué es la escuela? La niña contesta “La escuela es la prisión escolar, así lo dicen todos los niños”, agrega. Esta niña hacía más de cuatro años que no veía a su padre, ella vive a más de 850 km de distancia de él, sus padres se divorciaron. Después de cuatro años viene el reencuentro con el padre, el reencuentro con la palabra, el reencuentro con lo inconsciente, el reencuentro con lo no dicho.

Ante el duelo, ante lo no dicho el la separación de los padres, preguntaremos, ¿cómo está acompañando la escuela este duelo? ¿Sabe la escuela que es la prisión escolar? Es importante que la escuela inicie un programa piloto para acompañar a estos niños y sobre todo escucharlos, ya que la pena o el duelo no sólo puede durar tres años (pre-escolar) más seis años (primaria); en muchos casos la culpa acompaña al sujeto por mucho tiempo más.

Es por ello que desde el discurso psicoanalitico en comunión con el discurso pedagógico proponemos poner fin a esta “prisión escolar”. Éste es un trabajo interdisciplinario que necesita una seria planeación, por el momento sólo citamos esta demanda, el segundo paso será hacer un planteamiento.

A modo de conclusión

Como señalábamos al principio, son muchos los cruces posibles entre el psicoanálisis y la educación. La colaboración no es nueva y ha sido fecunda y lo seguirá siendo.

De un lado los educadores pueden hacer uso de una escucha diferente que les permita tener útiles que les sean funcionales y que estén centrados en el alumno. Los psicoanalistas, así mismo, tienen mucho para decir también. Muchas veces se hace necesario que se despojen de la “langue de bois” (argot) que lo único que hace es crear barreras. Se trata, más bien, de crear puentes, como una forma de tratar el malestar y a la vez de crear estrategias más efectivas.

Los psicoanalistas, en definitiva, podemos ayudar a los educadores a orientarse frente a los impasses que se dan en el día a día en el ámbito escolar.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y Maestro en Psicoanálisis, actualmente estudia la especialidad en Psicoanálisis para niños en el Colegio de Oaxaca; es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.


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La “amable culpa”, 2a. parte, por Enrique Puente Gallangos

Clic aquí para ver la primera parte.

Continuando con la “amable culpa”, es el momento de preguntarnos hacia dónde nos conduce esto, qué tiene que ver el amor con el discurso jurídico; bueno, intentaremos explicarlo.

Es que mientras el discurso jurídico se propone objetivar todo acto que instaure lo prohibido, dando cuenta de su antijuricidad, queda claro, según lo dicho, que será el psicoanálisis el que dará cuenta de cómo se subjetiviza lo prohibido, sus causas, las que llevan a los hombres a precipitarse en esa pared de sombras de lo ilícito, pared de sombras ligada al amor, a la culpa y al inconsciente. Daremos respuesta al mecanismo que liga al sujeto con las categorías lingüísticas del derecho y los significantes judiciales. Esto es, el crimen realiza una travesía hacia dentro del mismo campo de lo prohibido, necesitando simbolizar dicha situación desde el marco de la ley que funda y respalda la sociedad; dicha ley está aun antes que el sujeto advenga al mundo, dicha ley se transmite inconscientemente por el lenguaje. Ley, sistema simbólico y lenguaje anteceden a la llegada del sujeto al mundo y marcan la línea del campo de lo prohibido.

Toda sociedad requiere crear esta estructura que delimite lo prohibido, ya que sin esto se destruiría. Quien quiera que cometa un crimen no hace un simple acto individual, su acto sacude a toda la sociedad. Nuevamente remarcamos, el psicoanalista se encarga de que el sujeto subjetivice el crimen, el jurista se preocupará por que se objetive el crimen; de esta manera queda instituida la causalidad psíquica: demostrando que el sujeto no es ajeno a las tentaciones que lo ligan a lo prohibido. Sea el sujeto culpable por desearlas, o culpable por actuarlas, lo que sin duda no es lo mismo, son infinitas las motivaciones o las aparentes inmotivaciones que pueden llevar al sujeto hacia allí.

Es aquí donde el psicoanálisis contribuye al discurso jurídico, ya que el segundo define cuál es el género de hombre del que se ocupa, no puede desconocer la causalidad psíquica de ese hombre libre y dueño de sus actos, pero al mismo tiempo responsable de la posible deliberación que no podrá sustraerse. Esto nos lleva a decir que, quien pretenda interpretar al sujeto no puede desconocer la estructura fundamental que lo sostiene: cuerpo y lenguaje hablan desde él en una declaración perpetua que es preciso saber escuchar, saber escuchar cómo declara el sujeto y cómo se escabulle su declaración.

Diremos aquí que toda sociedad define su propio modo de racionalidad con la ley que limita lo prohibido a través del Estado y el Derecho, por lo que una sociedad no es una suma de individuos, sino una composición histórica de sujetos diferenciados con razón y culpa, la cual está a su servicio. Juzgar a alguien como culpable nos permite entrecruzar dos cosas: lo institucional social y lo institucional subjetivo, ya que la culpabilidad subjetiva es una respuesta al andamiaje de la ley que corresponde a la razón. Pero una respuesta que no puede ser globalizada ni estandarizada, ya que utiliza muchísimos artificios para hacerse presente. Por esto, ante un crimen, el sujeto comete su falta dualmente: la primera, es el criminal el que actúa, y la segunda, es el culpable el que actúa; aunque podrían ser tres veces: la primera, el culpable que actúa y mueve al criminal, la segunda, el criminal que actúa y satisface al pecador, y la tercera, es el responsable el que podría interrogar al criminal. Por lo tanto, el homicidio debería ser condenable en tres dimensiones: la del culpable que desborda los límites de la ley que limita lo prohibido, el criminal juzgado y condenado por el derecho que objetiviza el crimen, y el asentimiento del responsable, esto es, el culpable y condenado por el juez puede subjetivizar su acto responsabilizándose de él. Por lo tanto, deben instaurarse tres tribunales: el del foro interno (del culpable) del que puede ocuparse el psicoanalista, el foro externo implementado por el aparato judicial, del que debe ocuparse el juez y el foro interno-externo, el culpable que subjetiviza el crimen y da respuestas a lo social. De él se ocupa el psicoanalista y el juez. Sólo de esta manera podría respetarse la aseveración del principio jurídico moderno que dice: “nulla poena sine culpa” — no hay pena sin culpa — y que en el derecho canadiense dice: “el acto no hace al acusado, si la mente no es acusada”. Así, el crimen no supone sólo el cumplimiento de un acto material, sino también una implicación subjetiva.

Para terminar diré que, para que el sujeto logre una implicación subjetiva plena, debe realizarse la siguiente trilogía: articular el acto cometido, la culpa, la sanción penal con la responsabilidad; de esta manera, queda la subjetividad, registra una articulación  entre su falta y lo que señala la ley. En caso contrario y que la implicación subjetiva sea parcial, dado que el sujeto no reconoce su culpa o no se hace responsable de su acto (como ocurre en la mayoría de los casos), el sujeto queda forcluido de su acto, lo cual supone un alto riesgo, ya que en tal caso queda propenso a la repetición ad infinitum de la actuación criminal. Si el sujeto no reconoce y se hace cargo de su falta, será difícil que pueda otorgar significación alguna a las penas que se le imponen y, por lo tanto, a las consecuencias de su acto criminal, la amable culpa, esto es, hacerse responsable y dar respuestas a la penalización y en los compromisos con las instituciones y la sociedad a las que pertenece por su pecado. Ésta es la única manera de no dejar la culpa en estado silencioso.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y estudia la Maestría en Psicoanálisis, es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.


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Por qué nos sometemos a la ley, por Enrique Puente Gallangos

La presencia del psicoanálisis en el estudio del Derecho, supone un entrecruzamiento discursivo; entrecruzamiento que podrá sostenerse en los puntos de intersección: la Ley será uno posible. No se trata de una “psicoanalización” de la Ley o el Derecho, tampoco se trata de “legislar” el Psicoanálisis. Buscaremos puntos de intersección; la lengua que compartimos será uno de ellos. El psicoanálisis es, indudablemente, heredero de la razón moderna. Sin embargo, su práctica clínica y su teoría muestran los límites del ejercicio de la razón. El descubrimiento del inconsciente viene a señalar este límite y la imposibilidad de un sistema de pensamiento que pueda consumirse como formalización que lo incluya todo.

¿Cómo es este entrecruzamiento discursivo?  ¿Derecho y psicoanálisis?  ¿Ley y deseo?  Para poder despejar esta incógnita, pondremos como ejemplo lo siguiente: tomando como paradoja la que nos presenta San Pablo en el Nuevo Testamento, en la Epístola a los Romanos, a fin de articular la pregunta que abrimos con relación a la dimensión lógica temporal entre ley y deseo, “la ley sirvió para despertar en nuestro cuerpo los malos deseos, y eso nos llevó a la muerte”. Y precisa, “de no ser por la ley, yo no hubiera sabido lo que es codiciar, si la ley no hubiera dicho ‘no codicies’. Pero el pecado se aprovechó de esto y valiéndose del propio mal entendido despertó en mí toda clase de malos deseos. Pues mientras no hay ley, el pecado es cosa muerta”. Es cierto que San Pablo lo enuncia en términos de saber y despertar, pero no es menos cierto que la cita es categórica cuando nos dice que el pecado era cosa muerta mientras no hubiera ley. Es por la ley que él conoce al pecado. No dice que hubiera pecado y que después hubo ley para sancionarlo. Por el contrario, piensa el pecado como efecto de la ley que lo sanciona: “no codicies” es la posibilidad de la codicia. A diferencia de lo que se pondría en primera instancia, no es porque haya trasgresiones que hay leyes, sino que hay trasgresiones porque hay leyes.

La ley de la que hablamos aquí no es una ley que uno pudiera sacar o cambiar. Es la ley misma, la ley jurídica y la ley del lenguaje. No debe interpretarse esta relación entre ley y deseo bajo la forma contingente de pensar, que si sacáramos las leyes, no habría más deseos o transgresiones; de ninguna manera, pues legislar sacar la ley — una ley formulada bajo la forma “no hay más leyes” —, tiene la misma estructura que cualquier otra ley.

Para modificar o derogar una ley se requiere promulgar otra. Una vez establecido el campo de la ley, los efectos de la misma son irreversibles e inevitables. San Pablo dice también que el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley; la ley hace saber que somos pecadores y de la condición de posibilidad de tal. En lo cotidiano los actos adquieren  carácter delictivo o no, de acuerdo a las leyes en vigencia al momento de cometerse el acto. Apuntemos aquí, a efectos de ejemplificar la Epístola, a lo contingente de la ley, que aquello que se juzga, haya tenido el carácter delictivo en el momento de haber sido cometido. Procesos por delitos supuestos, fracasan por no estar tipificados como tales en el Código Penal en el momento de haber sido cometidos. Y recíprocamente; si se cometiera un delito y aquella conducta delictiva perdiera dicho carácter al tiempo del juzgamiento, la modificación no debería implicar una modificación de la condena; se trata del cumplimiento de la ley, no de la interpretación personal, o de la decisión individual sobre que debe entenderse por delito. Pero la idea de san Pablo es aún más audaz, no sólo el sujeto se sabría pecador por la ley, sino que la ley misma lo haría pecador (deseante); la idea del pecado se origina en la ley. De la epístola de San Pablo podría concluirse que la ley es la que empuja a la trasgresión, en el sentido de concebirla como idea posible. Si tomamos como referencia el horror al incesto, habría que decir que es la ley la que da el carácter de horroroso y no el deseo de cometerlo. Por más paradójico que resulte que un sujeto desee cometer un acto incestuoso — y eventualmente lo comete — nos da la pauta de su sometimiento al orden legal. Es por desear la trasgresión que se verifica el sometimiento al orden legal. Entre los animales no podría hablarse de incesto, porque no existe tal prohibición, no sería un acto incestuoso aún en el caso que lo hubiera; dicho de otra manera, los hay — la vida sexual de los animales no tiene trabas en la filiación biológica — pero no tienen dicho carácter, pues no están sancionados como tales. Aquí se hace necesario diferenciar deseo de tendencia.  Sólo es pensable un deseo en cuanto una ley lo sanciona y eventualmente lo prohíbe. Primero, la ley. Sin la ley, no hay deseo, sólo habría tendencia. El incesto supone ya un campo de nominación: la madre es un nombre particularizado de un sujeto de la especie; el incesto particulariza al objeto, lo cual sólo es concebible dentro de las categorías del lenguaje. Si el mundo animal es un mundo de semejantes, el mundo humano es un mundo de diferentes. Si la ley funda la trasgresión y está en el campo del deseo, el deseo lógicamente viene a estar determinado por la ley que sanciona su trasgresión.

Esto es estrictamente lo que nos decía San Pablo en la Epístola y se relaciona con la pregunta  que se formulaban algunos filósofos del siglo XIX, con relación a la condición de la posibilidad del pecado. Si el hombre había sido hecho a “imagen y semejanza de Dios”, cómo era concebible que el pecado habitase como posibilidad en el hombre. Puede resultar de particular interés que la Virgen María  haya sido “sin pecado concebida”. Esta frase, leída a la letra, implica que estaba imposibilitada para pecar, que su condición de “no pecadora” no refiere a sus conductas particulares; cualesquiera hubieran sido sus conductas, no sería pecaminosa, puesto que el pecado — según la frase — no habita en la Virgen María desde la concepción misma. En este sentido, de acuerdo a esta lectura, se le podría pensar como un “fuera de la ley”.

Quiero comentar que el discurso psicoanalítico, como lo he señalado en este artículo, viene a señalar límites del ejercicio de la razón que impiden un sistema de pensamiento que pueda concluirse como un discurso formalizado que lo incluya todo; es por ello que planteo la siguiente proposición que probablemente nos acerque a una pretenciosa síntesis que intente aclararnos por qué nos sometemos a la ley. Para esto proponemos que la ley puede definirse como un sistema que sanciona por la negativa aquello que es trasgresión (pecado), por cuyo cumplimiento ofrece la promesa de vivir dentro de los límites en los cuales tiene validez y por cuyo incumplimiento sanciona con el castigo de la exclusión. Es el miedo a ser castigado por el incumplimiento o trasgresión de la ley, lo que permite al mismo tiempo someternos a ella. La  gravedad del incumplimiento queda sancionada por la gravedad del castigo. Insistiremos aquí que tanto el “acto pecaminoso” como el “castigo”, son categorías de lenguaje que llegan a nosotros por el otro (madre, padre, familia, Estado, cultura, etc.).

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional, catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.