El Cafecito


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Un genio para el siglo veintiuno, por José Luis Justes Amador

El arte, en su máxima expresión, apenas es humano.

Glenn Gould.

El artista público (actor e interprete, principalmente) combina siempre una radical introspección, actitud necesaria a toda creación, con un también radical exhibicionismo. ¿Qué tendríamos si hubiera alguien que, teniendo la primera en grado extremo, sustituyera la segunda por hipocondría, por misantropía, por la renuncia a presentarse en público? A Glenn Gould, canadiense, extraterritorial, genial.

El pianista elige, en 1955, para cumplir con su primer contrato de grabación con Columbia Masterworks (ahora tristemente Sony), las Variaciones Goldberg, la obra maestra, y por ende, una de las más difíciles, de la música seria. Todos, en ese año, le aclaman como el nuevo genio al piano, el genio que necesitaba esa obra. Lo mismo pasara después cuando grabe otras obras de Bach y los conciertos para piano de Beethoven, hecho que hará que se le considere el heredero natural, e incluso superior de Busoni. Gould, que tiene la costumbre de no volver a grabar una obra que ya haya grabado, es invitado después por la misma casa discográfica para que se cierren los estudios que posee en Nueva York. Elige, sorpresivamente, retomar las Variaciones Goldberg, retomar a Bach, retomarse a sí mismo. Y, he ahí la genialidad, logra otra obra maestra superándose a sí mismo. Sólo este dato, unánime para la crítica, bastaría para asegurarle un lugar entre los genios del siglo, el genio interpretativo del siglo.

Una genialidad legendaria, o la leyenda de la genialidad, requiere siempre de unas anécdotas de infancia que aseguren que ciertos rasgos estaban ahí desde siempre. Robert Fulford recuerda que “incluso de niño Glenn estaba solo, ya que estaba trabajando a morir para ser un gran hombre. Tenía una pasión inusitada por la música y, a la vez, un afectísimo amor por ella… era un sentimiento completo, total. Sabía quien era y a dónde se dirigía”. Su primera presentación pública fue saludada con el habitual, pero no menos cierto, “niño de 12 años muestra su genialidad como organista”. Y, en 1946, cuando se presenta por primera vez con el dificilísimo concierto número cuatro para piano de Beethoven con la Sinfónica de Toronto, la prensa afirma, con proporciones bíblicas, que “Gould se sentó al piano, un niño entre los maestros, y tocó como uno de ellos con sabiduría”.

El genio es aquel que, también, se adelanta o hace algo que nadie en su época había hecho. A pesar de su proverbial miedo a los aviones, emprende su primera gira europea que comenzará en la Unión Soviética, convirtiéndose en el primer músico occidental en tocar al otro lado del telón de acero durante la guerra fría. Entusiasmando, por supuesto, a las audiencias de todas sus presentaciones. Además, en ese viaje europeo es cuando se dará el mítico encuentro entre el interprete y el director más grandes de la época. Gould interpreta el tercer concierto para piano de Beethoven con la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Karajan. El público, extasiado, no sabía a quién ovacionar más y, desde entonces, se fraguó una admiración muta entre ambos maestros. El interprete, sin embargo, hastiado de presentarse en público (“en los conciertos me siento como un número de vaudeville”), decide, sin previo aviso, retirarse el 10 de abril de 1964, retirarse después de un concierto en Los Angeles.

Podrían sumarse muchas más anécdotas a la biografía gouldiana. Su manía por usar siempre para tocar una silla sin reposadera, sólo el armazón, que le obligaba a mantener una posición casi imposible tocando. Su decidido retiro que basaba la amistad en largas llamadas por teléfono a sus amigos a altas horas de la madrugada. Su afición a la farmacopea más contraindicada. Su idea del norte. Su última grabación del Idilio de Sigfrido de Wagner que él mismo había adaptado para orquesta de cámara y que dirigió. Totalemente consciente de sí mismo y de su capacidad decidió “retirarse creativamente”. Fue solitario, pero tocó, toca, y animó, anima, la vida de muchos.

La música es sólo para aquellos a quienes la felicidad lacera.

Emile Cioran.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.

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