El Cafecito


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Apuntes para una novela erótica (sin explicitud), por José Luis Justes Amador

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¿Qué hago aquí?

Con esa pregunta termina ahora la historia. Y también es aquella con la que comienza.

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Hay un colegio femenino, exclusivamente femenino, a las afueras de la ciudad. Encuéntralo. Recógeme allí. A la hora de la salida. Consigue un carro diferente, un taxi. Y, no hace falta recordártelo, sígueme la corriente.

La falda, ya exigua de por sí, subió por sus muslos. Una franja de carne, una frontera para resistir o ser traspasada, se dejó ver entre el borde blanco, acentuado por el elástico blanco, blanquísimo, del final de sus medias y el biselado mar frontera del borde de la falda. Tal vez ella, al subir al taxi, la hubiera alzado en un gesto voluntario al que se le da, en el momento mismo, un momento antes o uno después, al percatarse de lo pasado, apariencia de descuido. O, quizá, también en ese instante exacto de alzar un pie para entrar al carro de alquiler, hubiera sido, en efecto, un acto de verdadero descuido al que ya acontecido, aceptado, reconocido como conveniente al interés propio, al presente o al futuro, se le asume como acontecer. O, con mayor probabilidad, ya en el acto, en un gesto simulado o sorprendentemente inesperado, asumido al segundo, la tela se hubiera retirado en el tapiz al acomodarse, como siempre hacemos al entrar a un automóvil desconocido, ajeno, sintiendo que la forma de los otros ya ha modelado aquellos y que durante el trayecto, lo breve o largo que éste sea, queremos que tomen la nuestra.

El conductor, el taxímetro seguía corriendo, esperaba la dirección, una orden, o el saludo, la educación, pero el que había ido a esperar no sabía nada, ni el tono de aquel día, ni el adonde.

–          Juan, el joven está mirando mi ropa interior.

Fueron simultaneas, o ahora lo parecen, conforme pasa el tiempo entre un acontecimiento y otro se empequeñece hasta desparecer, desvanecerse, las tres miradas: la del pasajero, en el retrovisor, la única manera de ver lo que el conductor veía, la del chofer, también el retrovisor, ese segundo antes de arrancar, para observar el tráfico y lo prometido. Y la de ella, fija, no en la visión sino en las otras dos miradas.

–          A un hotel caro. Al que sea. La que no llevo. Pregúntame qué tal el día.

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El paquete llegó por correo certificado. FedEx. Llegó acompañado de un largo e inesperado repiqueteo en timbre de la puerta. Justo en el silencio de la música entre dos piezas, en ese largo y, al mismo tiempo, imperceptible, innecesario, instante en que ni siquiera a una casualidad le da tiempo de existir. El regalo, después del momento en que no supo si dar o no propina al mensajero, un billete de veinte al que obligó la forma de pararse del emisario una vez cumplida la misión que le había llevado hasta la puerta, debía, ser abierto con cuidado. El regalo, por qué no suponer que era una carta bomba o una anónimo que denunciara, con fotografías incluso, algún incidente ya olvidado, o demasiado vivo como para estar siempre presente, por qué suponer que toda sorpresa, que todo aquello que no esperamos o planeamos, ha de ser positivo, que habrá de favorecernos, el paquete tenía la dureza propia del envoltorio con que protegemos, de miradas y maltratos, algo que no debe romperse, o no debe ser visto, o debe tardar en abrirse, además del universal signo de aviso, aunque en ingles, de advertencia: unas barras, paralelas, diagonales a las líneas del sobre, y entre ellas “handle with care”. Toda la casualidad que no había sido, salvo imaginada, el momento en que llegó, fue el segundo timbre, el más familiar del teléfono, nos resulta menos raro escuchar el sonido del propio aparato que el de la puerta de nuestra casa, nunca lo oímos o pocas veces nos es inesperado. Su voz sonaba clara, más que clara, segura, convencida de lo que estaba pasando en la sala, él de pie, el sobre a medio abrir en una mano, el teléfono en la otra.

–          Es una fotografía. Siéntate. Ábrelo con calma.

Obedeció.

–           Una fotografía de Carré. Edición limitada. Como ésa debe haber, no, estoy segura, hay cien en todo el mundo. Una ahora es tuya. Un regalo. Una de las seis de la serie titulada “Mirrors”.

No quiso, o no pudo, complicarse haciendo dos cosas a la vez, desentrañar el misterio del sobre y hablar. Ella, ante el silencio, o frente a éste o para evitar la soledad en que no hablar cuando se supone que deberíamos hacerlo, conversar, continuó.

– Una mujer. Guapa. Muy guapa. De espaldas al espectador. Totalmente desnuda. Arrodillada. La primera impresión es que sólo ofrece la espalda y sus nalgas a quien la contempla. Bajo ella hay un espejo.

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Vista desde afuera, como espectadores inocuos, inocentes, cuántos asesinatos impunes o gratuitos, que es peor, cuántos actos que repugnan nuestra moral, no habremos visto en las pantallas, una violación, aún con lo repugnante, física, sentimental o espiritualmente, que pueda parecernos, es un espectáculo, un espejo, del que no apartar la vista.

Nosotros, espectadores de la degradación, de la carne abierta, no podemos dejar de ver un objeto. Y considerar a los atacantes también como objetos. Mejor aún, mejor dicho, mejor escrito, como animales, a ellos, a ella. Porque una violación es, al principio, como la cacería, la carrera desenfrenada del guepardo intentado alcanzar, alcanzando al fin a la gacela, no por nada es el animal con que se compara a la amada en la poesía árabe. Y, al final, con la rapiña, con la alimentación de muertos, de cadáveres.

Quizá sea una imagen que resiste cualquier intento de comprensión, una imagen puramente visual, una imagen, si fuera posible, minimalísticamente figurativa, o viceversa, figurativamente minimalista, un círculo que se va cerrando, animales cazando en manada a un enemigo sólo, un cortar la salida, los predadores cercando, uno delante, casi entre las patas de la presa, los otros al costado, un cada vez menos espacio para quien es atacado, mordido, rasguñado, salivado, rajado, penetrado, defenestrado, muerto. Una de las pocas imágenes de la animalidad a las que tendremos acceso en nuestra vida. La otra, ya no se estila, está de hecho prohibida, era la de la hora de alimentarse de los grandes carnívoros en los zoológicos.

El más alto, el atacante nunca tiene nombre, sólo forma, indefinida muchas veces, se adelantó primero.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.