El Cafecito


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Un café en mi café, por María Dolores García Pastor

Dice Vicenç Villatoro que ser escritor es relacionarse con la vida  de una determinada manera. Reímos y lloramos como cualquiera pero después nos sentamos a escribir. No somos esos insaciables cazadores de historias que muchos creen, eso sí, observamos las cosas y si nos provocan algo, bueno o malo da igual, las guardamos en un cajón para sacarlas llegado el momento. En ese cajón tenemos personajes, tramas, sentimientos, paisajes o épocas históricas esperando para formar parte del engranaje de alguna de nuestras narraciones. Nuestra lógica tampoco es la del resto de los mortales. Una historia de piratas nos puede salir después de unas elecciones generales en nuestro país o una de amor tras haber cocinado un sabroso suflé. Y es que siempre nos mueve un por qué que brota de nuestra propia vida y es el que nos empuja a escribir.

Durante el verano de 2009 nació en mi cabeza El Café de la Luna. Todo arrancó de una imagen maravillosa que me perturbó y me hizo idealizar un lugar hasta el que me llevaron de la mano, un rincón de mi propia ciudad que desconocía. Unos días después no fui capaz de encontrarlo en la amalgama de calles del barrio gótico barcelonés. Se me perdió en los alrededores de la catedral. El lugar en cuestión es la Plaza de Sant Felip Neri, un sitio  impensable en una gran ciudad como Barcelona, un espacio en el que el tiempo parece detenerse y el silencio lo impregna todo. Una caja de luz sobre la que se dejan caer los rayos de sol que atraviesan la cúpula de sus árboles para caer sobre la fuente que hay en el centro de la plaza. En mi imaginación quedó el recuerdo de las flores que al desprenderse de los árboles flotaban sobre ella convertidas en partículas de oro reluciendo al sol.

Ya tenía el espacio. Ahora había que llenarlo de historias. Un artículo sobre la Barcelona romana me hizo decidir que mi café había sido un concurrido lupanar en la antigua Barcino. Tampoco pude resistirme a la esencia del barrio gótico que lo acoge y lo quise también antigua casa señorial de época medieval. Y poco a poco el lugar fue cobrando vida para convertirse en un personaje más. A partir de ahí tuve que llenarlo de objetos con su correspondiente biografía e inventarme una bodega a través de la cual el corazón de las ruinas romanas y medievales que fueron la base de la construcción impregnaban el alma del edificio que alberga el café. Luego llegaron los personajes de carne y hueso, fueron acercándose poco a poco por allí. Escribí el libro como si de una colección de relatos se tratara. Cada uno de ellos era la historia de un personaje, de uno de los parroquianos del café. Era inevitable que compartiendo espacio interactuaran entre sí con lo que, al parecer, acabé escribiendo una novela breve.

Los parroquianos del Café de la Luna fueron saliéndome al paso en mis callejeos por Barcelona. Cada viernes tomo un tren que me lleva hasta allí para hacer una colaboración en un programa radiofónico. Sobre las diez y media de la mañana piso la ciudad condal y, generalmente, no entro en directo hasta la una de la tarde. Hay que llenar todo ese tiempo. Y en ese afán por hacer cosas los viernes por la mañana muchas veces me pierdo por calles y plazas, por lugares y rincones, caminando, observando, imaginando. Siempre encuentro semillas para futuras historias, sin buscarlas. Las figuras humanas que pueblan las Ramblas. Los ancianos que viven en pisos de alquiler de renta antigua cuyos propietarios quieren desalojar. Los vendedores de los puestos de flores de las Ramblas. Los músicos callejeros. Todas esas gentes llegadas de allende los mares que intentan construir una nueva vida aquí. Estampas del día a día, vidas desconocidas, sentimientos, vivencias que nos conmueven… Todo eso de lo que se nutre la literatura, todo eso de lo que se alimenta también El Café de la Luna, un libro que nace en la víscera tonta de esta escritora y que, si los duendes de la edición no lo impiden, verá la luz en marzo de 2012. Quedáis todos invitados a tomar un café en mi café.

María Dolores García Pastor (Barcelona, 1970) Es licenciada en Ciencias de la Información y trabaja como periodista reseñando y recomendando libros en radio y blogs literarios como La Tormenta en un Vaso. Ha ganado diversos premios y distinciones en certámenes de relato breve y microrrelato y ha publicado en varias antologías conjuntas y revistas. También es autora de la novela El susurro de los árboles ganadora del VII Certamen de Novela YoEscribo.com.

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Un manual de principios y un par de poemas, por José Luis Justes Amador

Si una novela debe derrotar a la realidad, reinventándola para sustituirla por una ficción tan persuasiva como ella, ¿no era indispensable conocer previamente la realidad para derrotarla?

Javier Cercas

i401

Abrió el libro. “My love for you shall live forever. You, however, did not.” Pensó en su caso y reescribió mentalmente la dedicatoria.

+

El argentino ciego era muy claro en su admonición. Hay “un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”. Soy una mierda, pensó. Después pensó en pegarse un tiro, pero hasta para eso era una mierda.

+

“El propósito de las páginas que siguen consiste en dotar de una cierta dignidad a ese fracaso”. Como casi toda mi, poca, sabiduría, la frase anterior es una cita. Citas son lo único que me queda.

+

Some girls are bigger than others. Ella era treinta seis D y bastante inteligente; entraba perfectamente en la canción de los Smiths, un grupo que a él no le gustaba especialmente.

+

Una serie de televisión en la que había que encontrar al asesino en un grupo de gente que se apareaba disfrazados todos de animalitos, con botargas gigantes. Lo de menos era el asesino. Lo que realmente me importaba aquel día mientras miraba la televisión era porque hacer el amor vestidos así.

+

Es fácil identificarse con el perdedor porque siempre hay más. Esa es la verdadera razón por la que admiré siempre a mi padre. Había logrado ser un perdedor toda su vida empeñándose en lo contrario y destacaba de todos los demás. El primer libro que me compré con el dinero que le había sacado del bolsillo fue El Gran gatsby.

+

Juan se fijo en la leyenda del espejo retrovisor. Los objetos están más cerca de lo que aparentan. Se sorprendió a sí mismo vigilando el bamboleante culo de la enfermera, probablemente recién salida de la facultad, que se dirigía al accidente que él mismo había provocado y en el que morirían cuatro personas.

+

METRÓNOMO X

te odio : de verdad : todo lo que soy te odia:

el modo este con que tomo la pluma te odia:

te odian, sí, hasta estos diminutos capilares

con el mismo odio que las llaves y el llavero:

mis ancestros y mi aorta también : el negro

que son mis pulmones propone que te odie:

y es cuando le digo a los otros “buenos días”

usando la poca educación que te aprendiera

que lo que dicen mis palabras es “te odio”:

tanto que cuando sin poder evitarlo te pienso

pienso en cada una de tus células para poder

odiarte infinitesimalmente y un día más : Julie Sheehan

+

METRÓNOMO XIII

errata : donde dije “te odio” quería escribir “ojalá

entendieras”: donde quise decir “con toda el alma”

sólo pude enumerar ese cuerpo que ya no conozco:

donde todos leyeron la puerta de entrada a la casa

tuve miedo de que supieran lo poco que ya queda:

forever and a day que ahora traduzco de otro modo:

el poco tiempo que queda y un día más de regalo:

donde escribí “infinitesimalmente” decía “el espacio

vacío que hay entre los astros y el aún no hollado”:

donde dije y escribí y donde quise decir no haya nada

que no haya dicho o escrito o querido decir : salvo

donde dije “te odio” escribí mis cartas de cumpleaños:

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


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Diario de lecturas (marzo), por José Luis Justes Amador

Traduzco un cuento de Tom Lutz:

‘Te tengo un acertijo’, le dijo a él. ‘¿Puedo?’

‘Por supuesto’, le dijo él, ya que asumió que era parte del diagnóstico.

‘¿Por qué me siento como una idiota?’

‘Bueno’. Eso, una pregunta flotando en un mar lleno de monstruos, estaba más allá del alcance del hombre y no tenía nada que ofrecer. ‘¿Una idiota?’

‘Una idiota’.

Se lo pensó un momento. ‘¿Qué quieres que haga?’ le preguntó.

‘No te estoy pidiendo que hagas nada. Sólo te estoy diciendo’.

‘¿Por qué una pregunta y por qué yo?’

‘No lo sé. Estás aquí’, le dijo ella.

‘Bien’. Bizqueó.

‘No sé que estoy haciendo’ dijo ella, sólo en parte dirigiéndose a él. ‘No sé por qué. No sé por qué he abierto esta puerta en lugar de otra’.

‘¿Esta puerta?’

¿Qué quiere decir? Aún no lo sé.

*

Flannery O’Connor, sureña, católica, enamorada de los pavos reales, enferma, cuentista que no tiene ni un solo cuento que no valga la pena: “Mi total incapacidad para retener algo ha hecho que mi educación no se convierta en una carga para mí”, “No esperes que la fe te aclare las cosas. Se trata de confianza, no de certezas”, “El mal no es un problema a resolver sino un misterio que debe soportarse”.

*

Lo lamentable de la fama, merecida, de las Crónicas de Narnia es que el sistema editorial y su apuesta más por libros que por autores y ha descuidado,  salvo honrosas y dificilísimas de encontrar excepciones, al resto de la obra de C. S. Lewis. Las cartas del Diablo a su sobrino tiene una sutil ironía pero tan inteligente que uno no sabe si es una apología del catolicismo o de lo demoniaco.  La propuesta es justamente la misma que indica su título, un diablo desde el infierno le va dando consejos a su sobrino, novato en el arte de tentar a los humanos, para que lleve a la condenación eterna a un tipo bastante normal y corriente.

Debe leerse como un manual de ascetismo contemporáneo, pero también, y he ahí su riqueza como un maquiavélico tratado de corrupción, como una novela de costumbres contemporánea o, para los lectores más cínicos, como una novela en clave.

*

Pero marzo ha sido el mes de dos grandes: Shakespeare y Plath.

*

Hay dos escenas de El Rey Lear que me emocionan siempre. Una del principio de la obra, otra el final de la escena final. Tan grandes que no necesitan comentario.

LEAR

Habla.

CORDELIA

Nada, señor.

LEAR

¿Nada?

CORDELIA

Nada.

LEAR

De nada no sale nada. Habla otra vez.

CORDELIA

Triste de mí, que no sé poner

el corazón en los labios. Amo a Vuestra Majestad

según mi obligación, ni más ni menos.

——————————-

LEAR

Y mi pobrecilla, ahorcada. ¿No, no, no tiene vida?

¿Por qué ha de vivir un perro, un caballo, una rata

y en ti no hay aliento? –– Tú ya no volverás;

nunca, nunca, nunca, nunca, nunca. ––

Desabrochad este botón. Gracias.

¿Veis esto? ¡Miradla! ¡Mirad, los labios!

¡Mirad, mirad!

Muere.

EDGAR

Se ha desmayado. ¡Señor, señor!

KENT

Estalla, corazón, estalla.

EDGAR

Animaos, señor.

KENT

No le turbéis el alma. Dejad que se vaya.

No perdonará al que siga estirándole

en el potro de un mundo tan cruel.

EDGAR

Ha muerto, sí.

KENT

Asombra lo que ha resistido.

Usurpó su propia vida.

ALBANY

Lleváoslos. Nuestro objeto es el luto general. ––

Gobernad ambos, mis buenos amigos,

y sostened el reino malherido.

KENT

Mi señor, yo tengo que emprender un viaje:

me llama mi amo, y no debo negarme.

EDGAR

Me toca llevar este grave peso;

decir lo que siento, y no lo que debo.

Los más viejos fueron los que más penaron;

jamás podrá el joven vivir ni ver tanto.

Salen con una marcha fúnebre.

*

Y en medio de esa marcha fúnebre, releyendo a Sylvia Plath, redescubriéndola, leyéndola de manera diferente a como fue entonces llega una noticia espeluznante.

(la muerte nos persigue, hermana: hoy fue

el turno de Nicholas: mañana alguien más:

ni una nota: una palmatoria sólo: recuerdo

de unos ojos mientras el padre lo alimenta:

y apenas unos días antes decías: así lo veo:

con esa sonrisa debía ser: no con otra: esa:

pensábamos, hermana, en el superviviente

y hoy los periódicos nos atropellan de nuevo

con la noticia de una soga en el frío de Alaska:

cómo se sentirá frieda: qué terror embarga

sus antípodas noches: qué certeza tenemos

de no ser el siguiente, la siguiente: ninguna)

In memoriam, Nicholas Hughes.

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José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


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Diario de lecturas (febrero), por José Luis Justes Amador

“Desgraciadamente, aquellos que no tienen interés en lo que están haciendo, sino en ser aprobados, presionan hasta que se salen con la suya. Muchos años después, cuando llegan al poder y la gloria, son los modelos de una sociedad reducida trepar, y la degradación se extiende desde arriba. Muchos lo lamentan, sin ver que todo empieza abajo: cuando maestros, jurados, editores, para no sentirse verdugos, se vuelven cómplices del trabajo mal hecho. Y luego un pobre diablo, aprobado por compasión, cansancio, irresponsabilidad, se convierte en su jefe, su juez o su verdugo” (Gabriel Zaid, en el primer libro que me compré cuyo colofón es del 2009).

Se nos fue Updike. El 28 de enero, no el 28 de febrero como dijo algún periodista cultural en esta ciudad. Lo leí como poseso durante tres noches. Aprendí tanto, demasiado, sobre la mediocridad hipócrita de la clase media. Alguien tenía que contarlo como Chejov contaba lo triste de la vida funcionarial rusa, pero con esa misma sensación de que podríamos ser cualquiera de nosotros (o, en un momento autoexculpatorio, alguien que conocemos). Y aprender lo que podríamos ser y lo que no queremos ser. Aprender, con un escalofrío de reconocimiento, lo que somos.

Cortesía de Carlos Fuentes (aunque, como siempre, lo peor fue la horda de imbéciles que aplaudió a morir): “El premio Nobel no lo recibió Tolstoi, no lo recibió Chejov, no lo recibió Kakfa, ¿por qué me lo iban a dar a mí?”

El mejor antídoto para una frase estúpida es una inteligente: “Alguien dijo que Rilke era el Santa Claus de la tristeza; yo veo a Bloom como el Papá Noel de la crítica”. (Ch. D. M.).

14 de febrero:

Yo no quiero darte un hijo

quiero darte mi castidad,

y cada noche me convierto en virgen

(Alda Merini)

y

Todos le piden a dios

la salud y la libertad

y yo le pido la muerte

y no me la quiere dar

(de una caña popular andaluza)

y

Para saber de amor, para aprenderle,

haber estado solo es necesario.

Y es necesario en cuatrocientas noches

– con cuatrocientos cuerpos diferentes –

haber hecho el amor. Que sus misterios,

como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen.

(Jaime Gil de Biedma)

Todo un placer leer al maravilloso y nunca superado Gombrich: “There not such thing as Art. There are only artists”. Con esas sencillisimas palabras comienza su “The Story of Art”. Adviértase que es “story” y no “history”. Combinar su lectura con la de la “Breve Historia del mundo”, una novela de aventuras real.

Jhumpa Lahiri, Unaccustomed Earth. ¿No basta con el título?

Hay alguien allá bajo, en Venezuela, creo, que se preocupa de lo de la censura a Carol Ann Duffy (http://www.letralia.com/204/articulo02.htm). Hay alguien, en algún lugar, aquí no, claro, que sabe que obligar a que algo no se escuche, no se lea, es peligroso, siempre peligroso. Una vez que se empieza a prohibir cosas, ya no hay límites.

1000 datos inútiles que todo niño debe saber antes de crecer, una obra maestra de la trivialidad en el buen sentido de la palabra, de lo que los ingleses llaman small talk, es justamente lo que su nombre indica una colección de datos triviales del tipo “los astronautas no lloran en el espacio porque las lágrimas necesitan gravedad para salir”, “el koala es el único animal que no necesita beber agua en toda su vida” y la última, una cita de Groucho Marx, “la televisión es educativa. Cada vez que alguien la enciende, me voy a otra habitación y abro un libro”.

Me recomiendan leer Liquid music. El título es tan hermoso que tengo miedo de que no esté a la altura.

–          Cada vez que te leo me acuerdo de Alma, la de The History of Love.

–          ¿De verdad te recuerdo a Alma Singer?

–          No tonto. Yo me recuerdo a ella cuando te leo. Tú me recuerdas a Leo.

Demasiadas estupideces que leer en la prensa cotidiana, una detrás de otra. De esa monotonía maligna sólo me salva, extraño, Fernando Savater al que después de La hermandad de la buena suerte juré que nunca más leería. Pero qué inteligencia en Los siete pecados capitales.

Reviso el caos en que la señora de la limpieza y Jhumpa Lahiri está con Shakespeare del que me han encargado que seleccione unos fragmentos para unos universitarios que quieren montar una función amateur de teatro con fragmentos de él. Romeo y Julieta, Much ado about nothing, tal vez El Mercader de Venecia, pero no, lo que seguro que no es oír en boca de ninguno de ellos ni un solo fragmento de El Rey Lear. Porque 1) no podría cortar nada de la obra más sublime de la historia de la literatura y 2) si acudo a verlo me temo que me entrarían ganas de asaltar el escenario cual Harold Bloom explicando Moby Dick.

“Ha terminado mi presupuesto para drogas y ha terminado lo que tengo que decir”. Los planetas en una canción que afirma, oh certeza, “es denigrante que mi futuro hoy esté regido por estos cerdos fascistas”.

Y en marzo, Sylvia Plath y terminar de escribir metrónomo.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


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Diario de lecturas (enero), por José Luis Justes Amador

Se me olvidó, o no tenía donde, apuntar de donde salió una de las dedicatorias más hermosas que he leído nunca: “Para ____ que se dará cuenta de quienes somos cuando ya no seamos nadie”.

Sueño con escribir una novela que comience diciendo: “Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces. ‘Siempre que sientas deseos de criticar a alguien’, me dijo ‘recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti’.”. Qué mala suerte que se adelantara Scott Fiztgerald en The Great Gatsby.

Borges lo resume perfectamente: “sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”. Eso debe ser la literatura, encontrarnos a nosotros mismos u a otros, en otras circunstancias, en otro tiempo, con los nombres cambiados.

Ya van tres, y eso apenas en el 2008, memorias sobre la Shoah (Holocausto) se descubren como falsas, montadas, prefabricadas. Y, además, llega “El niño del pijama de rayas”, la maravillosa amistad entre un niño prisionero, que está como en una visita a los parientes del campo, y el hijo de un nazi en el campo. No sé que me enoja más: esa manía, literaria y fílmica, de presuponer que las historias basadas en “hechos reales” duelen más, son más emotivas, o el hecho de falsear algo que podría ser una buena novela diciendo que sí que fue cierto.

Dos detalles de la “Autobiografía” de San Ignacio de Loyola, editada en un tomito precioso por la UNAM. El primero, vanguardia muchos años antes, es que es una autobiografía escrita en tercera persona y por otra mano. La segunda es que tras convertirse dos de los primeros actos de Ignacio son enrabietarse con un moro al que está a punto de degollar (si la Providencia no hubiera enviado su mulo por el otro camino) y suicidarse porque tiene momentos de sequedad espiritual.

“El empleo de los aviones como ataque, es un hecho histórico que representa la creatividad y la desesperación de las naciones que viven sumidas a los dictados imperialistas de las grandes economías, eso es todo” (Enrique Levetier). Dios mío, lo que tiene uno que leer.

¿Qué esperar, dice el sabio Steiner, de la educación de un país que comienza la jornada escolar jurando lealtad a la bandera en lugar de recitar algo más académico, un poema, una tabla, de memoria?

Jorge Fernández Granados, el excelente poeta de “Principio de incertidumbre”, que va perdiendo su vista poco a poco escribe en hojaxhoja un artículo en que, aunque hablando de sí mismo y sus dificultades y como las vence, recuerda uno de los componentes primordiales de la lectura, su componente físico.

Un dato inútil: el ángel arrodillado más a la derecha en el Bautismo de Cristo de Verrocchio es obra de su discípulo más aventajado: Leonardo da Vinci. A los 22 años.

Un dato no inútil: sólo el 1% de los mexicanos es capaz de escribir sin faltas de ortografía. O, si así prefieren, el 99% de los mexicanos escribe con faltas de ortografía. Un país que descuida su ortografía, que descuida su idioma, es un país condenado a no saber hablar y, por ende, a no saber entenderse. No es por purismo, es por pragmatismo.

La luz de la que se compone el laser y la que precisamente le da tanto poder tiene un nombre científico que debería ser el de un buen poema, el de un buen poemario: luz coherente.

Pido a los dioses que mis penas cesen,

(…)

Y ahora aguardo el signo de la antorcha,

(…)

Cada vez que me tumbo en mi camastro

perdido en la tiniebla y empapado,

y nunca visitado por los sueños

-que en vez del sueño, el terror se me acerca

y el párpado cerrar no me permite

en tranquilo reposo-, cuando quiero

cantar o bien silbar una tonada

buscando contra el sueño algún antídoto,

echo a llorar, lamento el infortunio

de una casa ya no tan bien llevada

como antaño. Mas ¡ojalá que ahora,

a través de la noche, apareciera

la llama que traerá buenas noticias,

y llegara el final de mis desdichas!

(…)
Yo escojo, por mi parte, a quienes saben

y entienden, dirigirme. Para aquellos

que ignoran todo, todo lo he olvidado.
(Agamenón, Esquilo)

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


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Cinco inicios de cuento, por José Luis Justes Amador

Borges, Cheever, Faulkner, Cortazar, Capote, Nabokov, grandes cuentistas todos, diferían en qué es lo más importante en un cuento. Cada uno sabía cómo hacerlo. Copiarlos es imposible, imitarlos demasiado obvio. Trabajar hasta alcanzar su maestría, misión casi imposible.

De ellos, tal vez al que más cercano me encuentre es a Capote: “lo importante de un cuento es la primera frase. Lo demás se da por añadidura”.

Mi modo es dejar, dejar que el cuento crezca, relatarlo a cuanto se me ponga en el camino (y considere medianamente inteligente como para escucharlo) y aceptar comentarios, sugerencias, etc. (una especie de “y, ¿tú qué harías si…?) y probar y reprobar e ir trabajando las dos, tres primeras frases, los dos, tres primeros párrafos y volver a soltarlos al mundo y volver a escuchar y a plantear retos y preguntas.

Ahí van los inicios de cinco cuentos del proyecto “Mujeres Infieles” (FECA 2007).

Comentarios, sugerencias sobre qué va a pasar a justecillos@hotmail.com

— El padre de mi abuelo tuvo que huir del Zar. Los anarquistas habían dinamitado la estatua que él debería estar vigilando. Supongo que las noches frías y el barato licor de patata pesaban más que la obligación. A los terroristas los fusilaron tres días después al amanecer, unas horas antes de que él descendiera del tren en Weinberg, la última estación antes de Berlín.

Con Laura siempre había dos posibilidades. O era una mentirosa, una bella mentirosa con demasiada imaginación libresca, o que lo interesante de su familia se remontara a bastantes generaciones atrás.

— Y mi abuelo el italiano, el fascista, huyó también de su país. Pero en su caso fue por demasiado despierto. Tanto que salió de Roma el mismo día que el primer contingente aliado ponía el pie en Sicilia, en tierra italiana por primera vez. Era jefe de información del Duce así que fue el segundo en leer el cable que lo anunciaba. El primero fue el telegrafista que se unió a su fuga. No sé a cuál de los dos me recuerdas. De mis ancestros.

Ella me recordaba a mi padre, a uno de los consejos que me repetía una y otra vez. “Cuando una mujer comienza a hablarte de su familia es que ella misma quiere formar una”. Ni siquiera me molesté, sabiendo que era lo siguiente que saldría de sus labios, en preguntar la razón.

— Acabarás huyendo. Dejándome sola.

Ante las dos sencillas opciones que ofrecía semejante afirmación, contestar con escuetos “sí” o “no”, y luego lanzarse a una más que embrollosa explicación, Alberto optó por una formula trillada, aprendida hace tiempo pero jamás antes usada por él, “por hoy y por mañana, sí”.

— Lo sé. Sé que acabarás huyendo. No sé cómo lo sé pero lo sé. No es intuición femenina. Es sabiduría.

— Un trabalenguas, ¿no?

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SAYURI

Apenas llevaba tres meses en el país y, aunque había escuchado varias veces la expresión, no comprendía completamente el significado de “el hubiera no existe”. Para la mentalidad de su cultura el potencial de los verbos no existe lo que hace de hecho que ni siquiera puedan formularse con el lenguaje. Por eso, cuando años después recordó los incidentes de su juventud en México pensaba “no di todo” en lugar de “hubiera dado todo”.

Hubiera entregado su joven metro setenta y ocho, alta para ser de padre y madre japoneses, sus ojos, del cambiante color de sus lentes de contacto desechables y a los que la genética no dejaba demostrar sorpresa, sus largas piernas siempre enfundadas en pantalones. De hecho, así lo hacía, inútilmente como le recordaba Ana también inútilmente, “abres las piernas como si esperaras que alguien a cambio te abriera el corazón”. Era, antes que un insulto que hubiese estropeado la amistad, un consejo disfrazado, una constatación de la ignorancia extranjera sobre el machismo del país, una forma deliberada de llamar la atención de Sayuri.

Ésta, poco consciente del trasfondo de la amistosa admonición, entregaba su cuerpo a cambio de nada. En su lista, jóvenes, a los que llamaba novios unos cuantos días o desconocidos de una noche, mayores, casados o divorciados, con hijos o sin hijos, sólo tenía una excepción, los viudos. Había algo en ellos, quizá el hecho de dormir con alguien que ha dormido con alguien ya muerto, que le causaba pavor.

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HEPTONSTALL

in memory

S.P.H.

1932-1962

EVEN AMIDST FIERCE FLAMES

THE GOLDEN LOTUS CAN BE PLANTED

Marta había escuchado, quizá un comentario casual de una de sus amigas en las reuniones de los jueves en la noche, o tal vez leído en una revista femenina, que un viaje, uno largo, lo suficientemente largo como para sentirse, literalmente, fuera del mundo, del cotidiano al menos, podría mejorar las cosas. Por dentro, al menos. Y, aunque no sabía si lo deseaba así, por fuera también.

Para su sorpresa, convencer a Alberto resultó más sencillo de lo previsto. Tanto que la lista de argumentos y contraargumentos, meditados y reformados en su cabeza durante la larga semana al fin de la cual había decidió enfrentar el tema, se reveló inútil cuando a la primera propuesta, tan débil que parecía insinuación,  él contestó rápidamente, como si no necesitara pensarlo: “Sí, claro. Me gusta la idea. Hagámoslo. ¿Cuándo salimos?”. La pasión juvenil de Alberto la sorprendió, como un recuerdo de algo que de no vivirlo se olvida.

El brunch, una costumbre mensual y el único lugar en que estaban sólo ellos, había transcurrido hasta entonces como siempre, con temas entrando y saliendo al azar de la conversación.

Aquel domingo, 2 de febrero, en el diario que Marta seguía conservando a pesar de los años, siempre en cuadernos negros de la misma marca, la caligrafía de la anotación era más apresurada, más emocionada que de costumbre.

Tras un escueto “Aceptó” venía una tirada de nombres al azar.

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MOLESKINE

27 de julio. Nada. Me teñí el pelo. Continúo casada.

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JAMÁS NADA ES COMO EN EL CINE

— En aquella época yo era imbécil. Romántico, pensaba antes de darme cuenta, de que el mundo me hiciera darme cuenta, de que en la mayoría de los casos esa palabra es sinónimo de estupidez. Estúpido, romántico, imbécil, pendejo. Lo llames como lo llames sigue siendo lo mismo. Sólo a un rematado imbécil se le ocurre pensar que en el momento en que ella dijo “sí acepto” afuera del restaurante comenzaría a llover a cántaros y de improviso, que en invisibles violines sonaría un cuarteto perfecto o que, al menos, los comensales se levantarían y comenzarían a aplaudir. Y, aún así, los primeros años fui feliz.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.


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Apuntes del diario, por José Luis Justes Amador

No hay nada más estimulante que estar horas y horas hablando sobre literatura. No hay nada más estimulante que compartir conocimientos y, sobre todo, establecer relaciones inesperadas, datos que uno no conocía. Pero, hablar sobre literatura, con alguien a quien valga la pena, es un gran ejemplo de ese viejo arte tan necesario para el diálogo, saber escuchar. Y más en estos tiempos de teléfono celular, necesario pero ineficiente para dialogar, en este tiempo de mensajeros instantáneos.

Y dejar que la conversación fluya como un monólogo a dos voces. No porque uno hable y el otro escuche sino porque ambos citan un dialogo más alto, el de las obras literarias con el lector. Ya al acabar continuar tomorrow and tomorrow and tomorrow.

Últimamente me he acostumbrado a dialogar, será la edad, la soledad, el estar volviéndome un poquito reclusivo o la necesidad de continuar el diálogo intermitente, en voz alta (lo intento hacer cuando estoy a solas, aunque a veces me han sorprendido haciéndolo en público o a mitad de una clase) con críticos literarios. Con pocos, eso sí. Con los dos grandes, Steiner y Bloom o viceversa (algo de judío he de tener en la sangre), con James Word, con los reseñistas del NYT, casi siempre sobre libros que ni he leído ni leeré salvo gloriosas excepciones y, sobre todo, con Cryll Conolly, el que escribió que “la única obligación de un escritor es escribir una obra maestra”.

* * *

En uno de esos críticos, bastante buen escritor además, Jonathan Lethen, encontré, como perdida, una referencia que en su día debe habérseme pasado: un cuento de 1917 de un cuentista alemán olvidadísimo, con razón, que se titula “Lolita” y trata de un hombre maduro que se enamora de una niña llamada como el cuento y, por supuesto, como la novela de Vladimir Nabokov que pudo, nada en el tiempo o el dominio del idioma lo impedía, pudo haber leído.

Y en ese mismo artículo aprendo la palabra criptomnesia.

Criptomnesia significa, literalmente, memoria oculta. Según algunos autores, el primero que uso la palabra fue Carl Gustav Jung (tan devaluado últimamente, pero tan inteligente) para referirse a los posibles recuerdos de vidas pasadas. Según Wikipedia (ay, tan acertada a veces, tan desafortunada en otras), fue Théodore Flournoy.

Sea quien fuere, lo importante es que se recuerda, se usa, para designar aquello que recordamos aunque nunca recordamos que lo supimos. Una joven, un hombre maduro que se enamora de ella. Ha de llamarse Lolita, sentenció Nabokov. Sin acordarse de que había leído a Heinz von Lichberg.

* * *

The Past is a foreign country, el pasado es un país extranjero se titula una novela. Miramos hacia atrás como si estuviéramos viendo postales de una ciudad que ya nunca visitaremos. Y, a veces, lo único que queda es seguir reuniendo (dinero, espíritu) para volver a visitarlo.

* * *

El viernes recibí (mejor dicho, soporté) una charla formativa sobre el matrimonio. En ella escuché la siguiente joya: “Lo que más admiramos en una mujer es justamente lo que nosotros no tenemos”. ¿Qué hago yo entonces si mi ideal admirativo (no necesariamente real) en la mujer es que ésta sea inteligente, de senos más que pequeños y delgada? Dios mío, ¿me volveré con los años imbécil, de senos turgentes y gordo?

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Hay un hotel en la Ciudad de México que resume todo lo que le pido a un establecimiento. Una tina donde tumbarme tras seis horas de viaje, una bata de baño (de manga corta), una habitación adornada exclusivamente con retratos de Mozart, cinco o seis librerías perfectas muy cerca andando, unos deliciosos huevos Benedictine en el desayuno, English spoken (la mayoría de los huéspedes son extranjeros) y, sobre todo, la maravillosa sensación de estar fuera de la rutina.

Si lo comparo con mi vida hay dos opciones: o el hotel es maravilloso o mi vida es un desastre.

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Pocas veces se encuentra alguien con bilingües reales. Es de muy mala educación preguntar por la educación recibida porque casi siempre acaba siendo una clase de economía o de poder adquisitivo. Lo mejor es preguntar por las lecturas infantiles. Es más fácil: o eres de los de The wind in the willows o eres de los de Dr. Seuss.

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Las Muchachas Perdidas (Lost Girls, hermosísimo título), la última novela gráfica de Alan Moore, el de la League of Extraordinary Gentlemen, intenta hacer bella la pornografía, así lo dijo literalmente el autor “pornografía”. Y para ello, en la época de la Primera Guerra Mundial, encierra en un hotel, donde los actos cometidos por los huéspedes caen dentro de la descripción de la frase anterior a tres heroínas literarias: Alice (Liddell, of course. Who else?), Wendy (la de Meter Pan) y a Dorothy (“Toto, we are not in Kansas anymore”) que interpretan sus libros (los protagonizados por ellas) como si fueran despertares sexuales. And all the rest is silence….

José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.