El Cafecito


Deja un comentario

Es la prisión escolar, por Enrique Puente Gallangos

Los que estudiamos el psicoanálisis y en particular el psicoanálisis con niños estamos en permanente intercambio con otras disciplinas. Por ello en este momento se intentará abordar el entrecruzamiento discursivo entre el psicoanálisis y la educación y algunas de las problemáticas que de dicho entrecruzamiento se desprendan. Además es notable es esta época el aumento de las consultas por niños derivados por la institución escolar y es evidente que la escuela, los docentes, los padres demandan al psicoanálisis alguna respuesta frente a la multiplicidad de manifestaciones sintomáticas que emergen en el niño, en ese tiempo de constitución de la subjetividad del niño y su relación con el aprendizaje.

En el trabajo que presento hoy intento reflexionar sobre la necesidad de preocuparnos por los duelos de los niños y plantear algunas actividades de ayuda que puedan aplicarse en las escuelas, para reducir los efectos perturbadores y limitantes sobre el desarrollo mental de la pérdida temprana de los padres.

El dolor de los niños frente a sus dificultades vitales es algo por lo cual tendríamos que preocuparnos y que algunos están estudiando.

La separación del padre y sus efectos

Con la separación  del padre no sólo desaparece el padre externo sino que el padre interno pierde su vitalidad y su función de acompañante reconfortante. El niño queda entonces inmerso en un mundo que siente amenazante y persecutorio. Ha perdido parcialmente al protector que le aseguraba un futuro tranquilo y parece que no hay nadie que lo remplace y que pueda ayudarlo a salir del sentimiento de soledad y abandono en que queda sumido. El niño se ve forzado entonces a reprimir, negar y escindir los dolores, rabias y temores producidos por la separación. No hay nadie que intente ayudarles a digerir las experiencias aterradoras; en ocasiones no hay quién les hable y humanice esa separación. La imposibilidad de tolerar separación parcial o  permanente del padre lo lleva a asumir procesos masivos de identificación que aniquilan la autonomía del yo. El niño se convierte en el padre que ya no está y trata de remplazar sus funciones en la familia y en la vida.

Los niños se sienten perdidos en el momento de la separación  del padre, se sienten solos en manos de sus propias sensaciones y sentimientos que no tienen con quién compartir. No sólo el ser amado se pierde, sino que ellos mismos se pierden con su muerte. Cuando el padre no está y el que sobrevive queda psíquicamente quebrado, los niños pierden no sólo los deseos, fantasías. Estas experiencias son olvidadas o dejadas de lado. Suelen perderse las cualidades buenas y malas de los padres y como maniobra los remplazan en sus mentes con comportamientos similares que adoptan en un intento por mantenerlos vivos o suplirlos sin tener los recursos suficientes para hacerlo. Nadie les ayuda a recomponer el padre interno bueno, ni a recrear la esperanza en el padre protector y en el mundo confiable. Esto incrementa las ansiedades persecutorias y depresivas sobre su maldad y su participación directa o indirecta en la muerte del padre.

El hijo pierde la mirada que lo refleja, la piel que lo limita, acaricia y acompaña, los brazos que lo acogen en el dolor o que limitan sus desmanes y la voz que los acompaña. Todo esto contribuye a que pierda la necesidad de ser amado y respetado y puede buscar el maltrato como constatación de una existencia desgraciada opuesta a la existencia alegre junto a los padres satisfechos con su presencia. Al irse el padre, el hijo pierde el sentido de su propia vida, la importancia de sus sentimientos, y sobresalen los deseos de venganza.

Freud (1917), con énfasis en la dimensión estructural, fue el primero en hablar en Duelo y melancolía del efecto que la pérdida de los seres cercanos tiene en la estructura de la mente. Para él, la pérdida de un ser amado produce en la melancolía y en el duelo en menor grado la suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar y la inhibición de las funciones del yo. La tristeza y la rabia por la pérdida del ser amado quedan en el inconsciente transformadas en una estructura interna recriminatoria, en una conciencia moral exacerbada que se expresa en reproches permanentes contra el yo. La desilusión o desengaño con el objeto amado perdido convertidas en autoreproches, encubren las recriminaciones contra el objeto amado. El ideal del yo acentuadamente severo y crítico entra en conflicto con el yo y lo ataca con crueldad. El yo, alejado de la función protectora de los padres, se siente culpable y se somete al castigo.

Klein (1946) afirma que cuando el yo siente que el objeto externo se aleja o se pierde, él mismo está en peligro e inicia procesos de escisión y proyección que lo llevan a pensar que ha destruido al objeto. Klein (1937) cuando se ubica en el “self” considera que los sentimientos hostiles se vinculan con la sensación de pérdida del objeto, producto de necesidades insatisfechas o placer no logrado, y no con situaciones de peligro del sí mismo. Ubicada en el objeto, Klein (1948) afirma que la ansiedad se vincula directamente con el miedo a la muerte y con el peligro de destrucción del objeto bueno. Klein (1940) aclara que si se logra un equilibrio entre amor y odio y se integra el objeto se disminuye la ansiedad frente a los peligros de pérdida y no es necesario usar mecanismos defensivos para vérselas con las ansiedades persecutorias. Para Klein (1957), la elaboración normal del duelo es un proceso en el cual se restablecen los objetos buenos y, a través de ellos, el yo logra su recuperación. Luego de varios años de participar de distintas experiencias con educadores, principalmente profesores de Educación Secundaria Obligatoria, realizadas en Institutos de Barcelona y Girona y en la Universidad de Lleida a través de cursos, Jornadas y supervisiones, deseamos compartir algunas reflexiones que sirvan para pensar los puntos de encuentro entre el Psicoanálisis y el mundo educativo.

Los pedagogos en general siempre han estado atentos y abiertos a todo aquello vinculado al Psicoanálisis. La historia de la relación entre ambas disciplinas es larga y fecunda. Y esto desde los orígenes. Sigmund Freud no dejó fuera de su corpus teórico, cuestiones claves vinculadas al aprendizaje, la investigación, la curiosidad, el deseo de saber, su inhibiciones, así como la función que la escuela cumple para un ser hablante. Por supuesto esto incluyó las distintas vicisitudes de la educación, así como sus imposibles.

Desde aquel entonces las distintas generaciones de psicoanalistas entablaron diálogos con el mundo educativo que supusieron el florecimiento de muchas y nuevas ideas. El Psicoanálisis ha sido, y lo sigue siendo, un aporte importante para re pensar el lugar que la educación cumple para un sujeto.

En esta época que nos toca vivir, nuestra experiencia nos indica que este diálogo es más necesario que nunca. Corren tiempos en los que la eficiencia, la evaluación de aptitudes, lo inmediato (las conductas), lo obvio, hacen de pantalla a la buena reflexión.

En vez de pensar, se mide. En vez de escuchar, se moraliza. En vez de buscar las causas y las razones se actúa, y muchas veces se hace de forma precipitada. En vez de prestar atención a los pequeños detalles, se generaliza.

La escuela de este comienzo de Milenio ha cambiado. Esto es un problema porque los educadores han sido preparados para la escuela de antes.

Antes, la escuela era el lugar del saber y el profesor era el sacerdote. El que daba todas las respuestas.

Hoy entre otras cosas, a causa del declive de la función de la autoridad, el acceso a las tecnologías, los cambios en la sociedad, etc., la escuela ha dejado de ser el lugar donde se sabe todo. El profesor ya no encarna ese lugar de sabiduría.

Es muy significativa la paradoja de nuestra sociedad, de que por un lado, se le exigen cosas a los adolescentes, pero por otro lado se los desresponsabiliza de lo que hacen o lo que les pasa.

¿Qué quiere decirme el otro cuando me expresa algo? ¿Qué está pasando en una clase cuando alguien realiza un acting out? ¿Qué significación hay detrás? Muchas veces se trata de escuchar y no simplemente oír. En esta escucha atenta muchas veces están las soluciones a los problemas.

La clave está en la distancia que ponemos cuando escuchamos. Distancia no supone no estar comprometido, más bien, no implicarse en lo personal, no ponerse por delante. Se trata de dar un lugar a la alteridad, salir del enfrentamiento de a dos. Muchas veces la cosa no es con Uno.

Muchos tutores cuando realizan una entrevista con un alumno no paran de hablar, cuando de lo que se trata es de escuchar. El silencio no debe ser amenazante, hay que dejar que sea el otro el que hable.

La escucha atenta es muy útil, para prestar atención a los detalles. Por ejemplo el silencio y la apatía de un niño pueden querer decir muchas cosas, como también que un niño no pare de moverse o hacer cosas (los llamados niños “hiperactivos”), también puede portar muchos significados.

Podemos decir que la escuela de forma estructural es el lugar de las demandas.

Aquello que hace límite a estas exigencias desmesuradas se convierte en problemático. Por ejemplo, un acting out o un síntoma (un acto de violencia o que un púber no quiera venir a la escuela). O las bajas de los profesores. Lo que se ha dado en llamar de forma banal: Síndrome del quemado (burn out).

Las mejores experiencias en la escuela son aquellas que no circulan por la autopista de la demanda sino más bien por la carretera del deseo, del brillo. En definitiva, de las experiencias positivas.

Para muchos educadores, pues, el Psicoanálisis no es útil, porque los anima a hablar y a pensar, en vez de hacer. Y eso da le supondría cierta pérdida de tiempo. Sin embargo, reflexionar a cerca de la posición en el acto educativo, tiene efectos duraderos y más efectivos. Todo lo otro es más efímero o produce frustración.

Por otro lado, reflexionar supone hablar, y esto supone reconocer ante otros que no sé. Esto lleva a otro modelo de escuela. Las escuelas más modernas incorporan dispositivos para que se pueda pensar y hablar en el grupo. El pensar y hablar nos lleva a cuestionarnos, ¿qué nos pasa? Si lo que hacemos lo hacemos bien. ¿Qué deberíamos cambiar?, etc. Todas las preguntas que mucha gente no está dispuesta a hacerse.

Pensar supone establecer estrategias, ser efectivos, actuar de acuerdo a una lógica y no de acuerdo a un capricho, poner distancia. El acto educativo es pues, en consecuencia, más serio y sus efectos más perdurables.

En Psicoanálisis hay una disciplina de analizar y pensar el caso por caso. Lo que se hace en el espacio de la supervisión o en el marco de una presentación ante colegas agrega mucha luz a los casos y sirve mucho en las estrategias de la dirección de la cura. Todos se benefician, inclusive aquellos que atienden a una presentación. Es una práctica que puede ser tremendamente útil en educación.

De esta forma, tal como lo vamos viendo, la palabra tiene consecuencias, según como se use. El riesgo que a veces se da, es que hagamos un mal uso de las palabras.

Detectamos al menos dos formas de mal uso, la palabra que se dice para dirigirse al “ser” del otro, por ejemplo del alumno, en cuyo caso puede ser sufrido como una agresión, un ejemplo de esto es lo que Sigmund Freud llamaba “interpretación silvestre”, por ejemplo, ” a ti te pasa esto porque tus padres se han separado”. La otra modalidad, es el desgaste de la palabra. Pierde su fuerza por la repetición. Lo que está en juego, es en realidad, la posición del propio profesor, que deja de ser escuchado. Un sonido agudo persistente si es repetido hasta el infinito, puede dejar de hacerse audible. El oído se acostumbra a él. La palabra de un profesor que repite algo, sin ser reconocido por sus alumnos pierde valor. El desgaste, pues, no esta dado por la cantidad, sino porque el sujeto de la enunciación, en este caso, el profesor y lo que el encarna, ha perdido valor para los alumnos.

En síntesis, se trata de poder acotar las demandas de los demás y reconocer aquello que tiene que ver con el propio deseo.

El niño en la escuela demanda, demanda saber y escucha, pero sobre todo quiere hablar; quiere hablar de cómo se siente en la escuela o de lo que representa la escuela para ellos. Los niños consideran en ocasiones a la escuela como su casa; y en la escuela muchas veces sirve para que expresen en su discurso cuáles son los problemas que hay en casa o cómo están viviendo esos problemas.

Suele suceder en estoy tiempo al igual que en otros que los padres se separen, se divorcien, son los problemas de este tiempo. Pero cabe hacernos la siguiente pregunta ¿cómo vive el niño esta separación de los padres? El niño también puede preguntarse ¿se separaron por mi culpa?, ¿tengo que recibir un castigo por mi delito?, ¿merezco ser castigado?

A una pregunta del padre a su hija de nueve años, ¿qué es la escuela? La niña contesta “La escuela es la prisión escolar, así lo dicen todos los niños”, agrega. Esta niña hacía más de cuatro años que no veía a su padre, ella vive a más de 850 km de distancia de él, sus padres se divorciaron. Después de cuatro años viene el reencuentro con el padre, el reencuentro con la palabra, el reencuentro con lo inconsciente, el reencuentro con lo no dicho.

Ante el duelo, ante lo no dicho el la separación de los padres, preguntaremos, ¿cómo está acompañando la escuela este duelo? ¿Sabe la escuela que es la prisión escolar? Es importante que la escuela inicie un programa piloto para acompañar a estos niños y sobre todo escucharlos, ya que la pena o el duelo no sólo puede durar tres años (pre-escolar) más seis años (primaria); en muchos casos la culpa acompaña al sujeto por mucho tiempo más.

Es por ello que desde el discurso psicoanalitico en comunión con el discurso pedagógico proponemos poner fin a esta “prisión escolar”. Éste es un trabajo interdisciplinario que necesita una seria planeación, por el momento sólo citamos esta demanda, el segundo paso será hacer un planteamiento.

A modo de conclusión

Como señalábamos al principio, son muchos los cruces posibles entre el psicoanálisis y la educación. La colaboración no es nueva y ha sido fecunda y lo seguirá siendo.

De un lado los educadores pueden hacer uso de una escucha diferente que les permita tener útiles que les sean funcionales y que estén centrados en el alumno. Los psicoanalistas, así mismo, tienen mucho para decir también. Muchas veces se hace necesario que se despojen de la “langue de bois” (argot) que lo único que hace es crear barreras. Se trata, más bien, de crear puentes, como una forma de tratar el malestar y a la vez de crear estrategias más efectivas.

Los psicoanalistas, en definitiva, podemos ayudar a los educadores a orientarse frente a los impasses que se dan en el día a día en el ámbito escolar.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y Maestro en Psicoanálisis, actualmente estudia la especialidad en Psicoanálisis para niños en el Colegio de Oaxaca; es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.

Anuncios