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La narración oral escénica en México, por María Eugenia Márquez Sánchez

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Sin disfraces, el narrador lleva la palabra como única arma y mejor abrigo. Se arroja a este mundo de ruido y concreto para tender puentes.

César José Venegas Olvera.

Los narradores orales tenemos la convicción de no hay nada es más falso que eso de que a las palabras se las lleva el viento. Para la biografía, para la historia, para la disección rigurosa del devenir de acciones en la espiral del tiempo, para dar fe de la construcción de planteamientos, del trabajo realizado en cada espacio, quedan los sueños que duermen en tinta, quedan los proyectos y las ideas que se quedaron como estatuas de marfil para el futuro, donde las encontrarán el ojo y la inteligencia de quienes habrán de dar fe de un pasado, pegaditas al papel por la palabra escrita, elemento insoslayable a la hora de hacer un análisis de los caminos transitados para que no nos vendan espejitos. Y aún esas palabras escritas, que a primera vista resultan imponentes y parecieran totalmente fidedignas, las permea la vida y guardan atrás de sí historias, tal vez donaciones generosas del ánimo de personas que siendo las promotoras de proyectos culturales exitosos, en sus inicios aceptaron aparecer en segundos planos por pura fraternidad, por puro agradecimiento.

Sin embargo, toda historia puede ser explicada, iluminada, potenciada, diseccionada y entendida en su razón profunda, si se estudian las circunstancias que envolvieron en determinado momento a los personajes que tuvieron en ella los papeles protagónicos. No en balde la frase: “Al árbol lo conoceréis por sus frutos”.

Precisamente en este país, mosaico de culturas, en donde se acuña la Leyenda de la Llorona, ahora un referente cultural de toda América Latina. En este país, donde la Llorona, más allá de la leyenda que entreteje referentes hispanos con el del pueblo recién colonizado para hablar de la culpa de una mujer que ahoga a sus hijos y por ello lanza perennemente su grito preñado de dolor y desconsuelo, es sobre todo, también, un referente casi mítico de la mujer que lloró por las calles de la gran Tenochtitlán su caída, antes de la llegada de los hombres barbados que llegaban allende el mar; de los hombres que parecían ser un signo de la vuelta del dios bueno, metamorfoseados con sus actos hasta volverse una realidad de muerte y hecatombe. En este país donde conviven el México del Sur con el del Norte, el México que es todos los Méxicos y donde, como en casi todos los países del mundo, se hace sentir el centralismo con el que el sistema de gobierno fue ideado y pensado…

Narración Oral. En lo que este término define, escuelas van y escuelas vienen. Grupos cerrados se forman, grupos cerrados se abren, grupos cerrados se acaban. Egos se levantan, egos caen. Narradores que se autonombran o se sienten los dueños de la verdad en este arte, procesos y devenir del mismo, nacen y mueren. Alianzas se construyen, alianzas se deshacen. Controversias surgen, controversias se subsanan, proyectos inician, proyectos desaparecen, pero por fortuna, también, proyectos se fortalecen. Aún así, no son estas condiciones cambiantes lo que nos llama la atención en el panorama de la oralidad, que finalmente esta es la historia de toda propuesta artística, sino el sentir que aún existe sólo una mediana proyección de este arte en los ámbitos culturales, cierta inercia de muchas autoridades culturales del país y hasta creadores de las mismas disciplinas escénicas, a sentir, a pensar, a creer y confesar que éste es un arte diferente del resto de las artes escénicas, lo que devela su proceso de crecimiento desafiante a, y desafiado por, las realidades culturales del país, y a veces, también, por quienes enamorados de la manera de contar de narradores con años de práctica e investigación de lo que implica esta disciplina, de narradores que se comprometen con el concepto, con la búsqueda intelectual, con los ensayos y conocimientos que les permitan cuajar proyectos propositivos, se autonombran de pronto narradores, sin más conocimiento, exploración, talleres, seguimiento o compromiso, meramente copiando lo que vieron como una propuesta artística de excelente factura y nivel. Tal es la cercanía de este arte con el gran público, que a primera vista pareciera, y quizá así lo piensan al menos los más desprevenidos, que por naturaleza todo ser humano porta en sí el milagro del verbo que seduce, la capacidad de hilvanar con acierto las palabras y frases que hacen vibrar a los que escuchan, las modulaciones de la voz que mueven las fibras más íntimas del auditorio, ahondada quizá la sensación por el cuño de naturalidad que todo buen narrador oral, al igual que todo buen escritor, debe saber mostrar a través de su arte.

La narración oral escénica se convierte en México en una actividad artística paradójica, retadora, auxiliadora, desafiante, denostada, sublimada, desconocida por el gran público e incluso por muchos artistas de otras disciplinas escénicas, pero siempre amada por ese mismo gran público y alimentada por esas miradas brillantes que descubren en las palabras del narrador, misteriosos tesoros celados, encuentran luces antes ignoradas, enhebran realidades distantes con la propia, y recuperan saberes ancestrales o contemporáneos. Alimentada también por esos labios entreabiertos y húmedos que recuerdan, que sueñan, que imaginan, que se reencuentran a sí mismos, cuando la palabra de un milagrero del verbo, chamán del fuego creador, oficiante o sacerdotisa de la palabra, cuentero-mago, se propone en escena.

Muchos creen poseerla… Pocos demuestran tener la calidad y/o el concepto de lo que se trae entre manos al hablar de la cuentería, o de la narración oral escénica, para presentar un proyecto artístico perdurable y acogido, acogedor y permanente, en firme desarrollo horizontal y vertical.

Reparadora del tejido social, recuperadora del saber, reforzadora de conocimientos, rescatadora de la memoria histórica, resanadora de las heridas del alma, formadora de la memoria colectiva, transmisora de los usos y costumbres de las comunidades, reintegradora de la vida, escanciadora de los sueños, la Narración Oral da para todo. Actividad artística del área de las artes escénicas que propone formas juguetonas, lúdicas, reflexivas, insólitas, siempre experimentales,  diseñadas a la medida de cada espectador, siempre vigentes en su discurso directo al alma del escucha que construye junto a, y con, el narrador oral, su propia historia, que va acumulándose, reelaborándose, rebalsándose gota a gota en el lago del corazón, por el sortilegio de la palabra que escucha, y que le muestra realidades ya cercanas, ya lejanas, pero que le dicen “algo” a su propia realidad.

Por supuesto que aquí no nos estamos refiriendo al cuentero comunal, tradicional, comunitario, espontáneo, esos grandes padres de la cuentería (por llamarlos de algún modo), que hicieron un camino sólido en este espacio, siempre incursionando en él de manera empírica, sino al narrador oral que percibe la oralidad como arte, que construye el espacio escénico en cualquier lugar en que se presente, sea un espacio tradicional, con foro y auditorio, o se encuentre en una plaza, callejón, sala de hospital, cementerio, salón, etc. Esto es, nos referimos al cuentero o narrador oral escénico que propone, y trabaja para poder proponerlo de esta manera, una experiencia artística en la que combina el gesto y la palabra, la fuerza con que delinea sus personajes, su amplitud en la concepción y conocimiento del mundo y de las entretelas del lenguaje literario, la intencionalidad de su lenguaje corporal, sus silencios y modulaciones, la mirada que conecta cómplice, y que sabe integrar en su puesta en escena sobre su irreductibilidad humana, para ser a la vez ambiente, personajes, historia, contexto y transmisión, mientras mantiene un diálogo de dos vías con el auditorio, sin soltar de la mano todos los hilos de la trama que conforman a su vez el relato y la acción comunicacional.

Este arte, empíricamente ancestral, que ahora transita de forma cada vez más decidida por los caminos de la construcción de un lenguaje teórico y de una serie de concepciones metodológicas, todavía inacabados a pesar de los esfuerzos de diversos intelectuales e investigadores del acto de contar para ir desentrañando la forma mistérica en que se suceden los procesos que se ponen en juego cuando un narrador se para frente a un auditorio y comienza su relato, para ir abandonando los terrenos de la nébula hacia una objetivación de las implicaciones y dimensiones sociológicas, antropológicas, sicológicas, que subyacen en el proceso, ha sido entusiastamente recibido o sistemáticamente ignorado en diversas latitudes, contextos y estados de la República Mexicana.

Y es que hay que decirlo: la narración oral aún se encuentra en una etapa de construcción de un discurso propio, más o menos homogéneo, que no impedirá que las diversas corrientes al interior de la misma se definan y delimiten con claridad. Narradores e intelectuales han ido construyendo este lenguaje teórico, este apunte metodológico que precisa el discurso de la narración, pero estos esfuerzos  aún son insuficientes. En diversos países del mundo, y el nuestro no es la excepción, todavía se están sentando las bases para la comprensión de este fenómeno artístico.

Aún así encontramos a lo largo y ancho del país, que, asumidos individualmente o como grupos, los narradores orales y algunos gestores culturales, se han dado a la tarea de realizar encuentros, festivales, foros, y otras figuras del mismo ámbito como muestras de la disciplina, o como intercambio de ideas en torno a la misma, cobijadas bajo diversos nombres. Algunos de estos encuentros nacen, transitan por dos o tres ediciones de la propuesta, y luego son abandonados. Otros perduran, con mayor o menor fortuna. Algunos, sobre todo los que más años tienen realizándose, son un tanto autogestivos, y con esta palabra queremos señalar que son los propios narradores orales, atraídos por esa convocatoria, tanto del extranjero como del país, los que pagan sus gastos de viaje, y ofrecen su arte al gran público, sin recibir ni estímulo económico, y a veces, ni alimentación ni hospedaje. Algunos otros ofrecen alimentación y hospedaje, sin costear los gastos de viaje ni considerar pago alguno por las presentaciones, y los hay también que hacen un pago simbólico por las presentaciones, También hay que decirlo, hay pocos, pero los hay, que dignifican el trabajo del narrador, que asumen que el narrador oral, igual que otros artistas, vive de su arte y que se hace necesario valorar su trabajo escénico, y asumen los gastos de transportación, alimentación, hospedaje y un pago digno por su participación, más la posibilidad de compartir con artistas de la misma disciplina, de distintas latitudes del orbe.

La gran mayoría de los festivales en el país, son auspiciados parcialmente por instituciones culturales o educativas, o concretados gracias a la venta de funciones con distintas instancias, apoyados en dos o tres de sus ediciones, y luego abandonados a su suerte, y el promotor cultural debe comenzar el trabajo de gestión nuevamente.

Pocos son los festivales que han sido cobijados en su totalidad por las instituciones culturales de su estado o lugar de realización. Uno de ellos, el Festival Internacional de Narración Oral de Zacatecas, cobijado en su totalidad por el Instituto Zacatecano de Cultura y que este año ha concretado su IX edición. Pocos son también los proyectos que cuentan con un espacio de presentación permanente, como  el de la UNAM, que cada domingo cuenta con los Regaladores de Palabras e invitados, o el programa Alas y Raíces de CONACULTA que periódicamente ofrece trabajo de narración para aquellos que están dentro de su padrón, pero también hay esfuerzos independientes, para construir esos foros estables para los cuenteros. Entre ellos está el de Narradores Orales de Santa Catarina, y el que promueve la A.C. Cuenteros y Cuentistas en el Gran Hotel de la Ciudad de México. Y por fortuna, cada día siguen aumentando tanto los encuentros y festivales, como los foros permanentemente establecidos para el desarrollo de esta disciplina.

El trabajo sigue. Como la vida, no puede detenerse. Los gestores culturales tienen ante sí un campo de trabajo ilimitado. Los narradores orales también. Si existen diversas formas de gestión para el financiamiento y concreción de los proyectos culturales, la diversificación de las corrientes dentro de la narración oral escénica no le va a la zaga. Y paradójicamente, esta diversificación la vuelve una disciplina más atractiva y poderosa. En el país, muchos narradores aportan formas novedosas para mostrar la cuentería. Integran a la misma las técnicas del clown, la música, la danza, trabajan en parejas, en grupos, o en solitario, construyen personajes para que sean éstos quienes hablen con el lenguaje del pueblo, rico, variado, y desde ellos proponen sus historias, rescatan el habla de las comunidades, se enfrentan a la anécdota humorística para trascenderla y completarla; cuentan mitos, leyendas, cuentos tradicionales, cuentos literarios, novelas de todos los tiempos, retoman personajes y asuntos históricos en los espectáculos, dan fe de posturas políticas en el ludismo de su propuesta, y le ponen la gracia, la picardía, el salero, el ángel, el hechizo, la magia, y hasta la solemnidad si así se requiere, al verbo, a la palabra, integrándole el lenguaje corporal, la dimensión escénica, la energía indomable que los anima, y proyectando  su historia, su propuesta, la vuelven concierto y epifanía.

María Eugenia Márquez Sánchez actualmente preside la Fundación Cultural Aguapalabra, A.C., dedicada a promover la escritura de jóvenes creadores, al fomento a la lectura y narración oral, teatro de títeres y proyectos especiales. Es directora de la Compañía Estatal de Narración Oral de Zacatecas y Directora Artística del Festival Internacional de Narración Oral de Zacatecas. Como artista de la palabra ha participado en festivales y presentaciones nacionales, o impartido talleres, en diversos estados de la República Mexicana entre los que se encuentran Aguascalientes, Coahuila, Colima, Durango, Guanajuato, Morelos, Nuevo León, entre otros, y en diversos países como Chile, Colombia, Venezuela, Argentina, España y Cuba. En el Festival “Cuentos para una añeja Ciudad” 2012 le hicieron un especial reconocimiento por su trabajo y concreción del Festival Internacional de Narración Oral de Zacatecas, además de su trayectoria como narradora oral desde 1997.

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