El Cafecito


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Despertando, por Benny Contreras

En este instante tengo dos años de estar en Monterrey, ciudad muy distinta a Jerezalem, la tierra de donde provengo y que es la capital mundial del pinole (por si no lo sabían, ¡ja!), pero esto no se trata de contar mi biografía según mi punto de vista, aunque a eso estaría bien sumarle un soundtrack… en este instante busquen en www.worryaboutyou.com la rolita de Just, en donde Radiohead, grupo clave en la música rock actual, empezaba a mostrar de lo que eran capaces de hacer y Thom Yorke, ícono pop de la música alternativa empezaba a resaltar en el mainstream y no sólo por sus características físicas (el ojo que tiene más chico que el otro… sobres), sino por lo que emana su música, lo que hace sentir al momento que escuchas Paranoid Android, la karma policiaca y la vuelta que da por tu cabeza el saber que 2 + 2 = 5 (aunque George W. Bush nos comprobó que eso es cierto). Bien lo dijo el Dr. Oliver Wolf en su libro Awakenings (que después llevaron a las salas para hacernos llorar… qué bueno que nos hacen llorar así..), “la música es algo importante de cada persona, es algo que ya traemos dentro del cerebro”. En este instante estoy comprobando los estudios del doc Oliver, ¡brinca cuando escuches, canta cuando pienses!, dumping jack flash!

Benny Contreras estudió la Licenciatura en Mercadotecnia, sabiendo al poco tiempo que lo suyo era Comunicación; por ello estudia la Maestría Ciencias en Comunicación con especialidad en Producción Audiovisual, en el Tecnológico de Monterrey Campus Monterrey.

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Una lección del maestro Dylan, por José Luis Justes Amador

Con Agustín que siempre ha estado ahí.

Como si quisiera darle a los hermanos White una lección de quien manda, en el escenario de Bob Dylan sólo hay tres colores: el negro riguroso de los cinco miembros de la banda, el rojo de la camisa y las rayas del pantalón del maestro de Duluth y el blanco del sombrero que toca la cabeza del capitán del compositor de “Blowin’ in the wind”, canción que no se molestará en tocar.

A los ocho treinta casi exactas, de hecho un par de minutos antes, una voz en off, la del cerradísimo acento sureño del presentador de House of Blues, introduce al maestro que comienza dos horas en las que no hay saludos, no hay presentación de las canciones, no hay nada que no sea estrictamente música.

El concierto, casi dos horas exactas, es un recorrido por todos los géneros de americana, de esa misma música cuya tradición y canciones emblemáticas están, en gran parte, en la obra de Dylan. Caen temas folk en estado puro, un par de country’n’western que son guiados por el banjo, blues sureño, acercándose en un momento a tex-mex, hipnóticas baladas que se repliegan sobre sí mismas para dar paso a instantes de electricidad contenida, rock’n’roll en estado puro. Dylan no habla, Dylan habla cuando canta, pero el mensaje está muy claro: el artista de ya seis décadas le entra a cualquier palo y lo hace bien, sin despeinarse, sin falsos populismos, sin concesiones.

Hay versiones tan diferentes, más lentas que el original, más rápidas, otras simplemente tanto que, en otro ritmo, con otro estilo musical, parecen una nueva canción.  “Like a rolling Stone”, alentada hasta un límite increíble, tanto que uno podía cantar el estribillo con el ritmo original y Dylan aun no acababa la primera línea, es el ejemplo perfecto de lo que pasaba: sonaban los primeros acordes y aún no se reconocía la canción, pero en el momento en que la voz nasal comenzó a entonar “once upon a time”, el rugido crecía de intensidad.

Ver a Dylan en directo, ésta era mi tercera vez y cada una diferente, es una caja de sorpresas. El maestro siempre decide a última hora qué tocar, con un cancionero que tiene, ¿quince?, ¿veinte?, ¿veinticinco?, ¿cuántas?, obras maestras.

La banda que acompaña a Dylan en el escenario en el, nunca mejor bautizado, Never-ending tour, que comenzó en 1996, es una máquina que no le quita ojo al maestro. Lo que él quiera, cuando él quiera, como él quiera. Sus músicos, la mejor banda en directo de los últimos veinte años, con más que maestría en varios instrumentos (excepto en batería, por cada músico pasaron al menos tres diferentes), todos con un impresionante currículum a sus espaldas, no saben hasta casi antes de entrar al escenario qué canciones sonarán esa noche y apenas entonces saben cómo quiere Dylan tocarlas.

“Love sick” sonó de lo más apegado al disco; “Just like a woman”, con ese doloroso “but she thinks just like a little girl”, fue una versión a ritmo de vals que calmó la noche zacatecana; “Highway 61 revisited” como siempre, ruda y directa, un zarpazo y, entre otras tantas, un larguísimo recitado de “A hard rain’s a-gonna fall” tan hermoso que no hubiera importado que en efecto hubiese caído, clavados como nos tenía Dylan, los ojos, la mente.

A pesar de las recomendaciones y de la vigilancia, la plaza estaba repleta de teléfonos, cámaras que querían capturar el momento, “es Dylan, vi a Dylan en directo”, la historia que se cuenta una y otra vez, y seguro que más de una vez sonó en algún sitio algún teléfono que recibía algún mensaje que decía “ésta va por ti”.

Y, aunque en los otros tres conciertos mexicanos se había despedido con una versión cargada de electricidad y fúrica del himno generacional de los sesenta, la plaza de Zacatecas fue diferente. Robert Zimmerman, el viejo maestro, nos dijo adiós, quizá para siempre por las pocas posibilidades de volver a verlo, con una versión que resumió perfectamente el espíritu de la noche: pase lo que pase, a la edad que sea, la del músico o la del público, hay canciones, hay músicos, has espíritus que serán “forever young”.

José Luis Justes Amador, según sus amigos, es flirtatious, unpredictable y smart. Fue Jefe del Departamento de Promoción del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes. Actualmente es docente de medio tiempo y el otro medio lo dedica a la creación y la traducción.


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Nacho Vegas: entre el dolor o la nada, Nacho Vegas entrevistado por José Luis Justes Amador

1) Vayamos del presente hacia atrás. De artista de culto, whatever it means, a número cinco en las listas de ventas, ¿cómo se siente Nacho Vegas? ¿Es un paso adelante? ¿Una nueva experiencia? ¿Un movimiento ‘calculado’ para ganar más público? ¿Una charla entre amigos: ‘hagamos un disco juntos’?

Pues no sé, ¿a ti qué te parece? El último disco, el del número 5, es un disco más, muy importante para mí del mismo modo que lo son los otros, si acaso especial por tener a Enrique de partenaire. Lo demás son cosas del mercado, pase lo que pase con la repercusión de un disco procuro que no me influya a la hora de hacer nuevas canciones.

2) ¿Hubieran sido las canciones de ‘El tiempo de las cerezas’ el nuevo disco de Nacho Vegas si no hubiera existido éste?

Sí, sin duda, aunque seguramente sonarían diferentes. Las canciones pertenecen en gran medida al momento en que las interpretas y a la gente con la que lo haces, y esas variantes hubieran cambiado de no haberme reunido con Enrique.

3) (¿No es ‘peligrosamente’ parecida ‘el dolor o la nada’ a ‘la rumba del sabor amargo’? Respecto a esta última canción, ¿cómo fue el hecho de grabar una canción ex profeso para un disco de homenaje donde el resto son versiones? ¿Por qué?)

Imagino que te refieres a “La pena o la nada”. No, no creo que el parecido sea peligroso y de hecho nunca las había relacionado. “La rumba del sabor amargo” partió de una letra de Luis Troquel dedicada a Bambino que merecía estar en un disco de homenaje donde, al fin y al cabo, todo son versiones de canciones compuestas por terceros. En mi opinión es un poco absurdo hacer un disco de versiones de un intérprete.

4) El estallido del indie en España. Eliminator Jr. ¿Qué recuerda, para bien y para mal, Nacho Vegas de aquella época? ¿Era un Nacho Vegas o, simplemente, más joven, con menos discos escuchados?

Era más joven, más tonto, con ganas de hacer ruido y con muchas cosas por descubrir.

5) Manta Ray, uno de los primeros grupos ‘diferentes’ (a qué no lo sé, pero sonaban diferentes) en España fueron una evolución inteligente. ¿Qué aportaba Nacho Vegas a Manta Ray? ¿Qué le aportó Manta Ray a Nacho Vegas? ¿Cuál es el mejor recuerdo? ¿El peor, si lo hubo?

Fue la primera banda con la que pude hacer una gira en condiciones y disfrutar de algo así como “la vida del rock”. En el grupo cada uno aportaba ideas que combinadas formaban el sonido de la banda. Todos son buenos recuerdos. Incluso el momento en el que decidí abandonar el grupo lo recuerdo como algo bueno.

6) ¿Cómo descubre Nacho Vegas que su vocación es la de solitario?

El grupo caminaba por un sendero y a mí me apetecía cada vez más tomar otro. A ellos les interesaba más buscar texturas, contruir las canciones en base a ideas instrumentales, y yo quería escribir letras, hacer canciones con una parte autoral fundamental.

7) Y a la vez que Manta Ray Diariu, el grupo asturiano de Nacho Vegas. ¿Bipolaridad? ¿Intereses contrapuestos? ¿Necesidades expresivas que no encuentran vehículo en otro lado?

Bueno, digamos que fue una especie de grupo de tránsito entre Manta Ray y mis discos en solitario. Además, con Ramón Lluis aprendí a apreciar la tradición musical asturiana que luego he incorporado en mis discos en mayor o menor medida.

8) (Proyectos, opinión de fan, que le faltan a Nacho Vegas: un directo doble acústico / eléctrico, un disco de versiones, una caja –no un disco, una caja- con todo lo desperdigado por ahí, una novela. Hasta ahí mi opinión. ¿Cuáles son realmente los planes de Nacho Vegas?)

Lo del directo doble no me atrae. ¿Por qué? Sólo se me ocurren para qués, y esos son muy malos consejeros. La caja es un proyecto que Limbo Starr y yo estamos ultimando ahora. Y espero escribir una novela cuando crea que tenga que hacerlo, pero de momento planeo publicar un nuevo volumen miscelánea con un formato similar a mi primer libro, “Política de hechos consumados”.

9) Actos inexplicables: el primer disco de Nacho Vegas y su primer gran ‘éxito’ (¿debe ir entre comillas?), El Ángel Simón. ¿Cuánto ha cambiado Nacho Vegas desde entonces? ¿Qué ha aprendido? ¿Dónde quedó el ruido de “Molinos y gigantes”?

Todos cambiamos con los años, desde luego yo no soy el mismo a los 20, cuando empezaba a escribir las canciones que luego formaron “Actos inexplicables” que hoy en día, con más de 30. Lo que ha cambiado en concreto, bueno, creo que se aprecia en los discos. Yo diría que la mirada se ha endurecido y que he aprendido a crear nuevas perspectivas desde las que mirar a las mismas cosas. En cuanto a “Molinos y gigantes”… ¡Hay mucho más ruido en “Desaparezca aquí”! Antes me atraía el ruido; ahora la perturbación, algo que es mucho más poderoso que el ruido.

10) Seis canciones desde el norte, un disco compartido con Aroah. ¿Por qué (y ‘el tiempo de las cerezas’ es otro) un disco compartido? ¿Qué diferencia hay con uno sólo?

Es un EP. Buscamos poner nuestras canciones juntas porque había un respeto y admiración mutua, y era un formato adecuado que además anticipó la gira que hicimos juntos Aroah y yo.

11) Cajas de música difíciles de parar (¡qué huevos, un disco doble! Y con una de las mejores canciones de Nacho, “en la sed mortal”), la apuesta. “Blonde on Blonde”, “Exile on Main Street”, “London Calling”: ¿los tenías in mente?

No, en absoluto. Sencillamente quería publicar esas canciones, y no cabían en un solo disco.

12) “Gang bang”, la canción elegida para el freak show (tu primer encuentro con Bunbury. ¿Cómo y por qué esa canción?

La elección para el Freak Show fue de Enrique, así que deberías preguntarle a él por qué esa canción en concreto. Pero no fue nuestro primer encuentro; lo conocí cuando nos invitó a Manta Ray a participar en la gira de “Radical Sonora”, allá por el 97, creo.

13) “Me descubro como actor bríndenme una ovación lo haga bien o lo haga mal prometo hacerlo de verdad”. ¿Vegas personaje? ¿Vegas actor? ¿Simplemente Vegas?

Vegas persona y Vegas je, je, je, ergo Vegas personaje.

14) “Canciones desde palacio” tiene una de las canciones (i think) que prometen un cambio en el sonido, “en la ardiente oscuridad”. ¿Lo sientes así o fue una canción más?

En principio era una de las canciones que iban a formar parte de “Cajas de música difíciles de parar”. Su sonido, diferente a las demas del álbum, me llevó a pensar que tal vez tendría más sentido en un EP.

15) “El hombre que casi conoció a michi pandero”, esos coros shalalalalá y ese efecto final “a la bunbury” en medio de una de las letras más espeluznantes de Nacho Vegas. ¿La alegría de saberse perdedor?

¿Tú crees que el personaje de esa canción se considera un perdedor? ¡Pero si se lo ha pasado de puta madre! Bueno, eso dice él… Yo no lo sé.

16) Desaparezca aquí, la hoja promocional de Limbo Starr lo define una de sus canciones ‘nuevos planes, idénticas estrategias’ como ‘siniestramente alegre’. Yo creo que se puede aplicar a todo el disco, a toda la obra de Vegas. ¿Y tú?

Mmmm, pues mira, sí, me gusta…

17) ¿Es verdad que ‘la noche más larga del año’ era una canción para Luz Casal?

Sí, pero la letra era diferente, y el compás también variaba un poco. Vamos, yo la hice pensando en ella, pero nunca la llegó a escuchar.

18) ¿Es Paco Loco parte ya del sonido Vegas? ¿Trabajar con otro productor?

De momento me apetece seguir trabajando con Paco. Cuando me presenten a otro como él cambiaré. Pero es que no lo hay.

19) Noches Árticas y Un metro cuadrado: el encuentro de las dos personalidades más destacadas de la escena musical española (J. y Nacho Vegas). ¿La experiencia fue…?

Pues mira, te contesto esta entrevista desde la casa de J en Granada, donde estoy con Christina Rosenvinge, Fernando de Flow y él grabando unas canciones. Siempre es un placer estar con J.

20) (Sé que la pregunta es idiota e incontestable, ¿las dos, diez, cien, las que sean, canciones que le emocionan a Nacho vegas (propias y ajenas)?)

Por decir dos de estos días: Un rayo verde, de Sr. Chinarro, y Miss Ohio, de Gillian Welsch.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.


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Un genio para el siglo veintiuno, por José Luis Justes Amador

El arte, en su máxima expresión, apenas es humano.

Glenn Gould.

El artista público (actor e interprete, principalmente) combina siempre una radical introspección, actitud necesaria a toda creación, con un también radical exhibicionismo. ¿Qué tendríamos si hubiera alguien que, teniendo la primera en grado extremo, sustituyera la segunda por hipocondría, por misantropía, por la renuncia a presentarse en público? A Glenn Gould, canadiense, extraterritorial, genial.

El pianista elige, en 1955, para cumplir con su primer contrato de grabación con Columbia Masterworks (ahora tristemente Sony), las Variaciones Goldberg, la obra maestra, y por ende, una de las más difíciles, de la música seria. Todos, en ese año, le aclaman como el nuevo genio al piano, el genio que necesitaba esa obra. Lo mismo pasara después cuando grabe otras obras de Bach y los conciertos para piano de Beethoven, hecho que hará que se le considere el heredero natural, e incluso superior de Busoni. Gould, que tiene la costumbre de no volver a grabar una obra que ya haya grabado, es invitado después por la misma casa discográfica para que se cierren los estudios que posee en Nueva York. Elige, sorpresivamente, retomar las Variaciones Goldberg, retomar a Bach, retomarse a sí mismo. Y, he ahí la genialidad, logra otra obra maestra superándose a sí mismo. Sólo este dato, unánime para la crítica, bastaría para asegurarle un lugar entre los genios del siglo, el genio interpretativo del siglo.

Una genialidad legendaria, o la leyenda de la genialidad, requiere siempre de unas anécdotas de infancia que aseguren que ciertos rasgos estaban ahí desde siempre. Robert Fulford recuerda que “incluso de niño Glenn estaba solo, ya que estaba trabajando a morir para ser un gran hombre. Tenía una pasión inusitada por la música y, a la vez, un afectísimo amor por ella… era un sentimiento completo, total. Sabía quien era y a dónde se dirigía”. Su primera presentación pública fue saludada con el habitual, pero no menos cierto, “niño de 12 años muestra su genialidad como organista”. Y, en 1946, cuando se presenta por primera vez con el dificilísimo concierto número cuatro para piano de Beethoven con la Sinfónica de Toronto, la prensa afirma, con proporciones bíblicas, que “Gould se sentó al piano, un niño entre los maestros, y tocó como uno de ellos con sabiduría”.

El genio es aquel que, también, se adelanta o hace algo que nadie en su época había hecho. A pesar de su proverbial miedo a los aviones, emprende su primera gira europea que comenzará en la Unión Soviética, convirtiéndose en el primer músico occidental en tocar al otro lado del telón de acero durante la guerra fría. Entusiasmando, por supuesto, a las audiencias de todas sus presentaciones. Además, en ese viaje europeo es cuando se dará el mítico encuentro entre el interprete y el director más grandes de la época. Gould interpreta el tercer concierto para piano de Beethoven con la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Karajan. El público, extasiado, no sabía a quién ovacionar más y, desde entonces, se fraguó una admiración muta entre ambos maestros. El interprete, sin embargo, hastiado de presentarse en público (“en los conciertos me siento como un número de vaudeville”), decide, sin previo aviso, retirarse el 10 de abril de 1964, retirarse después de un concierto en Los Angeles.

Podrían sumarse muchas más anécdotas a la biografía gouldiana. Su manía por usar siempre para tocar una silla sin reposadera, sólo el armazón, que le obligaba a mantener una posición casi imposible tocando. Su decidido retiro que basaba la amistad en largas llamadas por teléfono a sus amigos a altas horas de la madrugada. Su afición a la farmacopea más contraindicada. Su idea del norte. Su última grabación del Idilio de Sigfrido de Wagner que él mismo había adaptado para orquesta de cámara y que dirigió. Totalemente consciente de sí mismo y de su capacidad decidió “retirarse creativamente”. Fue solitario, pero tocó, toca, y animó, anima, la vida de muchos.

La música es sólo para aquellos a quienes la felicidad lacera.

Emile Cioran.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.