El Cafecito


Deja un comentario

La mujer maltratada, por Lot Gamboa

La mujer maltratada es un grupo minoritario que ha sido sistemáticamente discriminado, ignorado y explotado por la sociedad. Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada.”, existen muchos tipos de maltratos pero los que considera la ONU son los derivados de la violencia de pareja y la violencia sexual.

Históricamente la mujer ha estado subordinada al varón, “Al menos una de cada tres mujeres en el mundo ha padecido a lo largo de su vida un acto de violencia de género (maltrato, violación, abuso, acoso,…) Desde diversos organismos internacionales se ha resaltado que este tipo de violencia es la primera causa de muerte o invalidez para las mujeres entre 15 y 44 años”. (Osborne, R., Apuntes sobre la violencia de género, Ediciones Bellaterra, 2009)

Muchos de estos problemas de maltrato se derivan de la cultura de los pueblos, de las actitudes de la población en este caso no sólo de las personas que ejercen directamente el maltrato, sino de todos incluyendo las mujeres maltratadas que no denuncian.

Este grupo vulnerable se encuentra en un abandono socio-político, aunque se han hecho esfuerzos por ejemplo: Las Naciones Unidas  en 1993, ratificó la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer,  y en 1999 aprobó declarar el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Existe una percepción casi general  en los países latinoamericanos, sobre la identidad de las mujeres, desde los diferentes ámbitos en los que se desarrolla y a través de la historia, como niña, joven, adulta o vieja y los medios de comunicación influyen para la construcción y afirmación de esa identidad, que es general es de sumisión y subordinación al hombre, dedicada al espacio doméstico y con un género simbólico asignado socialmente, y se han instituido identidades tradicionales: de niña, con sus vestidos rosas y sus moños y cintas en el cabello. La joven preocupada por la moda y estar al día, cuidando una jerga que la televisión y las revistas que la han convertido en una grande consumidora, etc.

El techo de cristal más visible en el desarrollo de  cualquier mujer es sin duda en tener que esforzarse más que un hombre en la vida política y económica, y el pago de algunos costos  por ese deseo.

Considerando lo que explica Fernández (Fernández, P., Representaciones sociales y paradigmas, 2012) y haciendo un analogía con la mujer maltratada se puede decir que: La mujer maltratada  es un colectivo “colonizado” por una cultura dominante, los varones, que impone sus criterios y define las situaciones en este caso de poder, partiendo para ello de la premisa de que la mujer es  incapaz para auto-definirse y auto-regularse. Desde este punto de vista el modelo del varón  no hace otra cosa que perpetuar la jerarquía del varón más que la mujer, asignándole un papel secundario, incapaz de regular su destino, y que por lo tanto ha de ser privada de sus derechos.

Dilemas que se plantean en el desarrollo del modelo

Para el caso de las mujeres maltratadas el primer dilema de los descritos por Fernández, sería el resolver, cómo enlazar de manera provechosa la Deficiencia con la Discapacidad.  En este caso mejorar las relaciones entre hombres y mujeres para evitar la violencia, una educación en valores, tanto de autoestima para la mujer y de respeto a la mujer por parte del hombre.

“El segundo dilema es el de compatibilizar una visión universal de la discapacidad con la necesidad de diferenciar la especificidad de cada individuo, de forma que nos permita identificar sus necesidades diferenciales y satisfacerlas.”  En  el grupo vulnerable que presento es importante que la mujer maltratada conozca sus derechos

“El tercer dilema es el relacionado con la necesidad de clasificar y medir la discapacidad y al mismo tiempo eliminar el elemento de estigmatización y discriminación que toda clasificación, y por consiguiente etiquetado, tiende a producir.” Las sociedades en las que están inmersas deben de reforzar la percepción que se tiene sobre la mujer, y que los medios de información fomenten y promuevan un trato igualitario.

“El cuarto dilema es cómo conseguir aplicar un lenguaje neutro y positivo a la hora de definir y clasificar la discapacidad, y hacer esto compatible con la promoción de políticas dirigidas a garantizar los derechos y necesidades del colectivo, lo cual en gran medida exige la utilización de un lenguaje que, al describir las deficiencias y limitaciones, se carga de elementos negativos y por lo tanto susceptible de incorporar un componente peyorativo.”  El maltrato a una mujer también se da por el lenguaje,  el maltrato verbal también es violencia.  Todo el daño emocional que podemos hacer cuando usamos palabras duras, amenazas o calificativos de menosprecio hacia las mujeres.

Citando a Fernández y a manera de conclusión “la lucha contra muchas dinámicas de exclusión social requiere de una visión “macrosocial” de estas relaciones intergrupales así como intervenir para generar nuevas dinámicas, opuestas a las anteriormente expresadas (de tendencias y resistencias), orientadas a prevenir y contrarrestar las actitudes y estereotipos negativos y, a menudo, los prejuicios y formas de desvalorización y marginación “de los otros” (Fernández, P., Evolución histórica de los modelos científicos de discapacidad, extracto  de trabajos realizados conjuntamente por la UIPC y el IMSERSO, 2012).”

Creo que todavía estamos a tiempo de cambiar actitudes, no es demasiado tarde.

Lot Gamboa, es de Acaponeta Nayarit. Es profesora normalista, licenciada en Ciencias Sociales por la Normal Superior de Nayarit, y master en Estudios Humanísticos con especialidad en Literatura del ITESM. Actualmente estudia la Maestría en Ética para la Construcción Social de la Universidad de Deusto España. Imparte clases en preparatoria, profesional y maestría, así como diplomados y cursos de actualización profesional y empresarial en el ITESM.


1 comentario

Día del deseo femenino, por Luis Buero

El Día Internacional de la Mujer se celebra el 8 de marzo en todo el planeta  “para conmemorar la lucha histórica por mejorar la vida de la mujer”. Así cuentan los diccionarios.

Pero más allá de los hechos históricos que determinaron su día internacional (que precisamente no coincide con el Día de la Madre), esta fecha encierra otro símbolo y otra gesta, que nos promueve la reflexión. ¿Me acompañan?

Cuando Dios creó a Eva a partir de una costilla de Adán, no inventó solamente el número Dos, sino que apostó a la existencia de un partenaire complementario. Como si para los textos sagrados (redactados por hombres)  ésta fuera la función otorgada al género femenino, y la esperanza de que ese ser nuevo podría transportarlo a Adán a su estado anterior, es decir, que el número Dos fusionado en el amor,  podría convertirse en  Uno nuevamente.

Pero Eva, desde el vamos, no se ajustó al plan divino prefijado, y eso le costó el Paraíso. Desde entonces, en la historia, en la literatura, y en la vida cotidiana, no hacemos otra cosa que asistir a la denodada resistencia de muchas mujeres (por no decir todas) a ese lugar complementario o suplementario que le fue asignado sin pedirle permiso. Ese rol de estar en función de y del cual, se les dice, depende el equilibrio universal.

No importa entonces si ella es santa, prostituta, doctora, asesina serial, madre nutricia o presidenta; porque para nuestra cultura “falocéntrica”, ella es “la que no tiene”, la que viene al mundo a perfeccionarnos, y a  mecer la cuna.

Hasta el Psicoanálisis (otro invento masculino) nos informa que “la mujer no existe”, y que es un síntoma o un sueño del hombre, pues nunca se inscribe una esencia de qué es la feminidad en el inconsciente.

Contra todo esto, siento yo, se rebela a diario la mujer. Se opone a guardar el lugar de subrogante de la imagen materna ante su marido, y de objeto sexual degradado frente a su amante.  Porque se da cuenta de que lo femenino, encarnado en ella, es el paradigma de lo diverso, lo altero, lo héteros, que cuestiona el ordenamiento masculino del mundo. La mujer de hoy, a sabiendas o involuntariamente, se hace popó en algún momento de su vida en la corsetería cultural que le han impuesto, y cuando todo parece perfecto, cuando su tensión interna debería llegar a un equilibrio permanente (la tan nombrada homeostasis), aparece el incómodo deseo. Incómodo para su pareja cuando no está destinado a él.

De allí, que lo femenino tanto como su deseo, emergen como inquietantes, como aquello que pone en duda todo saber, toda certeza, toda garantía.
El Día Internacional de la Mujer debería llamarse Día del Deseo Femenino, esa energía  de ella dirigida a un goce que no es ajeno a los varones, inasimilable, porque nos revela que lo perdurable, lo previsible, ya no pertenecen al espejo en el que la obligamos a mirarse, si,  desde siempre.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


1 comentario

Ganarás el pan con el sudor del acoso (o de la simple grosería), por Luis Buero

“La indemnizan porque el jefe hablaba de sus pechos grandes” dice el título de la nota de Clarín del jueves 9 de julio pasado, y luego en la misma página se explica que una línea aérea deberá indemnizar a una ex empleada con más de 30 mil pesos por daño moral, ya que se probó que su jefe aludía constantemente en público al tamaño de sus pechos y caderas. Según trascendió a través del fallo de la justicia laboral, el capo en cuestión formulaba habitualmente comentarios a otros compañeros sobre el busto de la laburante, y sobre otras “redondeles” de su cuerpo, y a ella misma, in situ.

Chupáte esa mandarina, ¿le habrá llegado la hora final a los desubicados y pajeros? Lo dudo, pero como precedente sirve. ¿Precedente de qué? De lo que tienen que soportar las minas en los lugares de trabajo, de parte de muchos tipos. ¿Quieren que le defina la palabra “desubicado”?

i428

Mejor un mal ejemplo que una buena definición

Los nombres son ficticios, la realidad es la de casi todos los ámbitos.

Durante un recreo en un call-center, Eugenio, un supervisor,   le apoya su mano en el

hombro a una telefonista y le  pregunta en broma: “¿sabés cómo hacen el amor los marcianos?”.  La chica, esperando inocentemente el final del chiste, contesta que no. Entonces él, sonriente,  le señala su mano apoyada en el hombro de ella y culmina la chanza: “así, ¿ves?,… ahora estamos curtiendo”.

Fabián, un abogado cuarentón, gordo y canoso, asesor fijo en la sección legales de una importante empresa de telefonía celular, cada vez que una asistente le entrega un expediente, le alcanza una lapicera o le consigue una comunicación, la mira fijo, baboso, lisonjero y le lanza un “vos sos el amor de mi vida” en el mejor de los casos, o directamente, “¡qué lindas tetas tenés, mamita!”. Suele pedir que le practiquen sexo oral  como forma de agresión, a viva voz, a aquella muchacha que no esté de acuerdo con sus opiniones. Las subordinadas, con una mueca incómoda le hacen ver su desubicación,  pero tratan de no reaccionar con violencia, y  de mantener el clima de trabajo dentro de cierta cordialidad para que no se les vuelva insoportable, lo cual ocurriría si le dijeran lo que piensan cada vez que él las observa como Alien 4 a sus próximas víctimas de la nave espacial.

Gustavo y Jorge de la sección Sistemas, se  pasan todas las tardes riéndose junto a los técnicos  del mismo equipo, descubriendo páginas pornográficas  en Internet,  que quieren compartir con las compañeras de la empresa que pasan por el piso donde ellos trabajan, y aquella que no se divierte en sus chistes es marginada, hostigada, o molestada por el grupo de varones. Se vuelve conflictiva. No es “de la familia”. La tildan de “agreta”.  Vittorio, el jovato paciente del centro de kinesiología, al pagarle la visita a la profesional intenta meterle el dinero por el escote y la invita a salir, la mujer lo rechaza y él le muestra sus anillos y le dice “cuál querés para salir conmigo”. Cuando ella se queja ante su superior, éste le habla del juramento hipocrático.

Edgardo, jefe de cátedra universitario se encuentra accidentalmente con una discípula en el colectivo, ella le comenta que quisiera dar la materia que él enseña en un examen como alumna libre, no regular, él le asegura que eso sería un suicidio, la joven entonces se dispone a leerle el programa de la materia y él la sorprende: “¿con unos ojos tan hermosos necesitás lentes?”. Ella decide no anotarse en esa asignatura y pasarse de carrera.

Carlos, a diez kilómetros de allí,  tiene una fábrica de bolsas de polietileno, y a sus obreras siempre les dice que las espera bañadito, y si anda de ánimo les pellizca el trasero cada vez que gana Boca.

Muchas veces las mujeres tienen que soportar ambientes hostiles de trabajo por reaccionar con enojo ante un sinior pegajoso como Ricardo, que a toda costa les quiere masajear la espalda  para que se distiendan en la fábrica,  o el capataz  Adrián, que le elogia el culo hasta a su propia sobrina, vendedora de la panadería del barrio,  no con ánimo precisamente de regalarle una pollera. Julio trabaja en la sucursal Caseros de un banco cooperativo, cuando llama a la casa central de la entidad, siempre le pregunta a Sabrina, empleada de menor rango, “¿cuándo salimos a tomar algo?”; ella le contesta que tal vez algún día pero por ahora no, porque teme que al negarse rotundamente con un “córtala, estúpido”, esa reacción le traiga problemas futuros en esa empresa donde sólo ascienden los hombres.

¿Si querés laburar… bancate a los tarados?

¿El mandato del mundo masculino laboral es: “deberás ganarte tu lugar en la vida con el sudor del acoso o la grosería gratuita”? Y ahí nos sobreviene otra pregunta: ¿todos los hombres están convencidos de que las mujeres disfrutan íntimamente con las barbaridades, lisonjerías baratas o acosos que estos les lanzan en la cara porque no reaccionan mal, presuponiendo entonces que sus barbaridades continuas  las hace sentir deseadas?

Y no me estoy refiriendo al común  “para conseguir el empleo, el papel en ese programa de televisión, el ascenso en la gerencia, la aprobación de la materia  o el retiro voluntario…  tenés que acostarte conmigo”, sino a situaciones mucho más comunes y cotidianas.

A menudo las mujeres escuchan chistes pecaminosos personalizados  por el solo hecho de pedir que les faciliten  una herramienta de trabajo, y en algunos casos, manoseos, arrinconamientos juguetones, invitaciones “en broma” llenas de adulonería sexual, y ellas lo aceptan como un mal necesario por tener que compartir el ámbito laboral con hombres. Son los famosos piroposlancesgroseros de cada día.

Ustedes dirán, “si hasta fueron violadas las monjitas destinadas a misiones en el Africa, y centenares de mujeres oficiales  de la marina americana que combatieron en la Guerra del Golfo, al arribar a América acusaron a sus jefes de abuso sexual, ¿qué pólvora pretende descubrir este tipo?”

Ninguna pólvora, simplemente invitarnos a reflexionar a todos y especialmente a nuestros legisladores, que cajonearon un proyecto de ley sobre el tema.

¿Por qué no te callas?

Si,  desde que nacemos, uno de los primeros indicios que nos diferencian de los animales radica en nuestra capacidad de simbolizar, codificar lo que sentimos y transformarlo en un lenguaje.  Y ese lenguaje es complejo no sólo por su diversidad de contenido y significado expreso, sino también por el latente. Hay un agujero entre lo inconsciente y lo simbólico, pero de alguna manera, lo real del cuerpo siempre insiste.

El mismísimo her profesor, don Sigmund, se interesó por el chiste y su relación con el inconsciente, dándole al doble sentido igual importancia que a los sueños,  como camino directo hacia las zonas ocultas de la mente.  En las proposiciones íntimas humorísticas y  personalizadas hechas a través del doble sentido y repito,  en broma, se presentan ciertos mecanismos básicos como la condensación de un alto contenido sexual y agresivo, con cierta transferencia de energía, valor o afecto en un desplazamiento aparente del objeto de deseo a través de  una representación simbólica que lo disimula. El contenido latente del chiste obsceno que dispara una invitación erótica dirigida a alguien,  no es sino la búsqueda indirecta de la  satisfacción  de un deseo primario a través de un artificio humorístico del lenguaje soez,  que sin embargo lo vuelve aceptable para la conciencia moral por la cobertura solapada del humor. Y aunque el lenguaje produce formaciones reveladoras de un deseo, cualquier elaboración secundaria o interpretación concreta del chiste obsceno que les fue dedicado,  a veces es rechazada automáticamente por las mujeres,  que desarrollando una censura maniquea se niegan a aceptar que ese amigo o primo o cuñado o tío refleje en el chiste o en la insinuación risueña,  deseos inaceptables e inconfesables que no le interesa ocultar permanentemente. Si hasta una publicidad de agua saborizada nos muestra con indulgencia como un boludo distribuye morcillas recién asadas repartiendo sandeces entre cada comensal cuando se las coloca en el plato… menos a su hija, y ese menos, dejemos que lo interprete Freud, tan afecto a los mitos griegos.

Pero en el laburo, la cosa tiene otro color. El humor de ese compañero de trabajo o jefe o cliente o proveedor importante o del  esposo de la empleadora,  tiene la particularidad de que se refiere a él mismo, pero para entenderlo debemos darnos cuenta que este “él” está “dividido”.  Su fantasía ya deja de ser inconsciente y se revela en el chiste personalizado: “cuando te mudes llámame así estrenamos la camita”.

Pero no es una invitación concreta a salir. En última instancia,  si ella “pica”, aleluya, y si se queja formalmente,  fue nada más que un chiste, y la víctima pasa por  aburrida o paranoica, una especie de agitadora laboral. Mientras, ellos son los maestros de la holofrase, en la que “te apoyo”, “tírame la goma”, y demás, no dan lugar a malentendido alguno.

¿Las palabras son sólo palabras?

Ferdinand de Saussure también se refirió a “las palabras bajo las palabras”, dándole incluso a los elementos sonoros de una composición la capacidad de transmitir un mensaje subyacente más allá del texto tal como lo percibimos.  Pero aquí, la barra saussuriana, que separa el significante del significado, no permite espacio a las dudas.  Los significantes se abrochan perfectamente ante el punto de capitón final y se re-significan sin espacio a eufemismos.

¿Cómo revertir esto en una sociedad reprimida, inhibida sexualmente más allá de su discurso libidinoso, provocativo y agresivo? Tipos cuya regresión al narcisismo secundario los lleva a pretender lucirse con las referencias constantes a lo sexual, porque creen que no cuentan con otro oropel para ofrecer, y son el estigma constante de las mujeres.

El problema se agrava cuando este espacio enrarecido es el del trabajo, un lugar vital hoy para quienes tiene la suerte de conservarlo. Y ni hablar de estructuras piramidales y autoritarias como las de fuerzas de seguridad y similares.

El Senado congeló la ley de acoso laboral… and now what?

Las especialistas en el tema, generalmente abogadas, relacionan jurídicamente el acoso en los trabajos con la “mala fe”, porque en la ley de contrato de trabajo se estipula que el acuerdo entre las partes debe ser presidido por la buena fe laboral. Si un hombre contrata a una mujer para que pase datos a una computadora, él no adquiere el derecho por ese vínculo a someterla a mal trato verbal o físico y en la medida en que el acoso sexual no es aún una figura legal, solo le queda la opción a ella de demandarlo por daños y perjuicios, más allá de exigirle una indemnización, por mala fe del empleador al constituir el contrato laboral.

Pero en un país con un cuarto de la población desocupada, y otro tanto  sub-ocupada, ¿quién va a quejarse?

Quienes se interesan en lograr que se le dé una figura penal y civil al acoso sexual en las empresas, afirman que según estadísticas que cuentan en su poder, una de cada tres mujeres sufren acoso sexual concreto en su lugar de trabajo, y dos de cada tres acosadas tienen menos de 30 años. También afirman que el acoso sexual no se presenta, como en las películas, de la manera: “si no pasás por mi cama te echo”, sino que se maneja de una forma  más sutil, subrepticia o solapada. Pero también incluyen como actitudes cercanas a esa figura, la de esos compañeros de trabajo que escatiman información laboral  perjudicando a la compañera que no accede a su requerimiento sexual, o les mandan e-mails pornográficos o calumnian a la mujer si no se satisfacen sus deseos.  El abanico de situaciones alcanza a veces al acoso efectuado por un importante cliente (o sea, alguien externo de la empresa pero cuya queja puede dejar sin su puesto a la acosada) o la persecución sexual de un cónyuge o pariente directo del empleador que no es parte de la empresa pero cuya acción también lesiona la libertad laboral de la contratada.

En fin, el tema es amplio y a los hombres no les interesa tratarlo. Es más, creo que en una revista dirigida por hombres no me publicarían esta columna porque, demos lugar a la chanza, “todo directivo debe tener guardado un muerto en el placard”.

Sí. Hay mucho tedio existencial y así como los mecánicos cuelgan afiches con chicas semidesnudas sosteniendo el rulemán, los machos cabríos necesitan poner en juego sus fantasías en vivo y en directo, sin interrupciones. El drama es que los onanistas que abundan en las organizaciones no comprenden que a veces una mujer puede dejar pasar un chiste zarpado para no generar un incidente que le cueste el sueldo, no porque le haya gustado, y así es como ellos avanzan constantemente aprovechándose del temor ajeno a quedar desocupado o convertirse en alguien conflictivo para sus superiores.

Entiendo que el trabajo es un derecho humano fundamental, que responde a un principio de vida, a un instinto de conservación natural, y al menos dentro de ese ámbito deben respetarse al máximo las cuestiones privadas de las personas. Porque Dios le dijo al Hombre que debía trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente, pero en ningún renglón la Biblia aclara que la mujer tendrá que obtenerlo soportando el acoso o los chistes sugerentes de sus supervisores y colegas de labor. Muchos tipos se burlarán de mí al leer esta nota, pues ellos consideran que las estupideces que les dicen a sus compañeras no son acoso sexual, y que en el fondo ellas lo disfrutan porque son unas histéricas. A esos hombres les recuerdo que sus esposas y novias también están ahora, en este mismo momento, recibiendo de un fulano, en su puesto de trabajo un piropo denso que contiene seguramente alguna palabra que a ustedes les daría vergüenza decírsela incluso en el momento de mayor intimidad conyugal. Pero no se gasten en preguntarles si es cierto esto, ellas les van a decir que no, para que no se amarguen inútilmente.

Sin embargo, ¿cómo pedirles a ellas que defiendan su lugar y su integridad si hoy hay bares y restaurantes donde las contratan para que circulen como mozas con ropa ajustada o escueta y den besos de bienvenida a los  clientes recurrentes?

Cuesta mucho entonces sugerir a las mujeres (mientras el Parlamento mira para otro lado, ya que los políticos varones son los primeros “galanes” del país) que intenten volver al sano cachetazo de campo, si es que aún les importa cierta consideración en el trato (y son capaces de darse cuenta que en la lisonja obscena o en el piropo dicho desde una posición de poder,  no hay valorización alguna)  para frenar la locuacidad de un confianzudo.   Y re-valorizar la palabra respeto; sí, respeto, tienen derecho a exigirlo. Una linda palabra: respeto. Ya sé, muchos la van a ir a buscar al diccionario porque no la conocían. No se rían, sí, respeto, alguna vez existió. Pero por alguna razón desapareció, ya a nadie le interesa su rescate.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


Deja un comentario

Ode to my mom, por Dorismilda Flores Márquez

No es sumisa y abnegada.

Es libre, no sólo de hacer, sino de pensar.

Le da 20 vueltas a las cosas y piensa más allá de lo que otros pensamos.

No anda por las ramas para tomar decisiones, las toma y punto.

Arriesga, siempre arriesga y casi siempre gana.

No se lamenta ni por lo que fue ni por lo que no fue.

Viaja, sueña, sonríe.

Habla y habla y habla y habla y habla.

Es más joven que su hija, aunque tenga más años.

Escucha, cuestiona, lleva a pensar.

Tiene la misma facilidad para tejer estambre que para tejer la propia vida.

No se cansa de aprender.

No se cansa de ser activa.

No se cansa de reír.

Ni de vivir.

Es mi modelo teórico de mujer.

La libertad y la felicidad no llegan en automático por leyes y políticas públicas; las dan, creo, saberse y ser protagonista de la propia vida, como ella.

Oh, gran mamá, te quiero.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, estudiante de la Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura en el ITESO, y editora de El Cafecito, entre otras curiosidades.


Deja un comentario

Cuestión de género, por Luis Buero

El género no es el sexo, sino el conjunto de significados y mandatos que la sociedad le atribuye al rol femenino y al masculino en un determinado momento histórico y social, indicándonos una supuesta forma ideal de ser hombre o mujer.

Por ejemplo: el mundo laboral se divide en un ámbito privado y otro público; a la mujer (la que durante las guerras tuvo que ir a la fábrica y a la empresa a reemplazar al hombre) se la condenó siempre a la invisibilidad del trabajo doméstico, a ser la proveedora obligada de servicios indispensables pero gratuitos.

Lo femenino es definido aún como el territorio de lo emocional, de lo silenciado (de allí que tantos abusos de distinto tipo  se realicen dentro del  perímetro de lo privado), y todo lo que tiene que ver con la reproducción humana (la mujer debe ser madre y el embarazo es su estado de perfección bíblica, su finalidad natural).  Ninguna escapa a esta discriminación, sólo que algunas se convierten en Superniña; son las que corren con el celular pegado en el oído y el trajecito sastre impecable a comprar la harina impalpable para la torta de sus mellizos.

El arquetipo viril nos presenta un hombre proveedor de bienes materiales,  productos culturales y de la sexualidad. El varón  pertenece al sector de lo público, en síntesis, detenta el poder. Para él es “la calle”.

Hoy, aún el inconsciente colectivo sigue atribuyéndole a la mujer el rol doméstico por excelencia, a través de representaciones sociales y psíquicas que las inclinan desde que nacen para desarrollar ciertas potencialidades e inhibir otras.

De allí también la idea estereotipada de que la mujer es sensible, dócil, emotiva, y  el hombre es racional, duro y no llora.

Por eso las telenovelas son para ellas y se emiten en horario vespertino, ya que por la noche llega el hombre para el cual el hogar es un lugar de ocio, no así para la mujer que “sigue estando en su ámbito laboral”.

Pero las necesidades sociales que motivaron el acceso de la mujer al mundo de la producción demostraron que ellas son más versátiles y eficaces  que los varones. Por otra parte la desocupación generó nuevos “amos de casa” resignados a aceptar que la representación de la masculinidad ya no se asienta en el afuera. En este caso, algunos matrimonios sucumben  cuando les resulta intolerable asumir los nuevos roles, el varón se deprime porque deja de ser el proveedor y la mujer a veces lo fustiga y lo desvaloriza. La dama no puede admirar ahora a su  Cid Campeador porque lo ve planchar la ropa y cocinar el bizcochuelo mientras ella vende seguros de vida. Hoy más que nunca la dicotomía masculino/femenino propone una nueva dramática en la que cada uno debe aceptar, compartir, negociar, respetar espacios, contener y sobre todo, amar de veras al otro y al vínculo logrado. 0 de lo contrario seguir siendo parte de un ejército de liberados pero tristes, y demasiado solos y solas.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


Deja un comentario

Argumentos equívocos, por Carolina Aguilar Muñiz

La mayor parte del poder es masculino

y tiende a perpetuarse como masculino

Amelia Valcárcel en “La política de las mujeres”

No afirmar nada antes de conocer a fondo de lo que se está hablando es, seguramente, el argumento más roto que haya existido en la historia de la humanidad y lo digo porque con facilidad abrimos la boca y de ahí surgen cientos de frases, por lo general, confusas.

Hace poco fui a una reunión que prometía una plática interesante, amena y sobre todo inteligente y el objetivo se cumplió, con diez personas en la mesa la charla transcurrió en la polémica y el discurso, de esos encuentros que se agradecen. Todo iba muy bien cuando llegamos, irremediablemente, a la política y de ahí al escabroso tema de las cuotas de género dentro de los partidos políticos (lo cual salió a la luz porque en la mesa había más de un integrante de instituciones partidistas), algunos de los que estábamos sentados a la mesa criticaban que en todas las elecciones a un cargo público había por lo menos una mujer candidata que no había llegado por sus méritos sino porque en toda contienda política era exigida la representación de las mujeres y de ahí se siguió la crítica a las “feministas” que perjudican a las mujeres que realmente merecen llegar a algún cargo de elección popular.

En ese momento recordé que más de una vez (me atrevería a decir que cientos de veces) entre pláticas, programas de televisión, regaños maternos, consultas laborales y demás, he escuchado hablar peyorativamente de las mujeres como feministas, para ponerlo de cierta forma, toda mujer que sea malvada, oportunista, enojona, que odie a los hombres, entre otros bemoles, es una feminista. También recordé que había leído algunos libros sobre teoría feminista (Celia Amorós, Simone de Beauvoir, Amelia Valcárcel, Marcela Lagarde, entre otras) que me habían sacado del error de llamar brujas a las mujeres de la corriente feminista.

Que sirva este artículo para proponer (como regalo de año nuevo) una lectura que nos aclararía muchas dudas con respecto al feminismo, las cuotas de género, las mujeres florero y la relación entre las mujeres y la política, el libro al que me refiero se titula “La polítcia de las mujeres”[1] de Amelia Valcárcel.

Esta es una obra que sostiene al feminismo como una teoría política, nacida a la par que el racionalismo, y que tiene todo un discurso sobre la igualdad y la libertad, sírvanos este argumento, planteado por Valcárcel, para tirar por la borda muchas creencias que sitúan a esta teoría como la contra parte al machismo, como la que lucha contra los hombres para ganarles el poder que han detentado durante siempre y que encasilla a las mujeres feministas como las enemigas públicas de los hombres.

Los argumentos que desde hace tres siglos (lo que tiene de existencia el feminismo) han servido para denostar esta teoría política se sitúan en la idea de que la mujer era un ser menor que nunca alcanzaría la mayoría de edad y por lo tanto el pensamiento para llegar un puesto político o, tan siquiera, la ciudadanía que le permitiera el acceso al voto. Derrumbadas estos argumentos producto del naturalismo, ahora nos concentramos en la idea de que no hay mujeres lo suficientemente preparadas para poder acceder a posiciones públicas y de ahí las pugnas que surgen con relación al temible tema de las cuotas de género, las mujeres florero y el feminismo.

Las mujeres, apoyadas por otras mujeres, que llegan a ciertos puestos en las esferas públicas son consideradas como cuotas de género; por mujeres florero nos referimos a la mujer que es colocada en cierta posición para hacer la finta de una paridad en la distribución de los cargos políticos.

Triste el panorama de la mujer dentro de las instituciones políticas, con el argumento de la equidad de género[2] las mujeres “florero” se han situado en un ámbito masculino para velar por los intereses de los hombres. Pero las cuotas de género no llegan más lejos y se insertan la misma dinámica del poder en las que las sus compañeras “florero” fueron citadas.

Por su puesto que las cuotas de género y las “florero” han sido criticadas sin piedad, tanto por hombres como por mujeres, con el argumento de  impedir el paso a mujeres muchísimo más valiosas en los puestos que ellas ocupan, también han sido objeto de críticas por aprovecharse de su trabajo en las bases (tan usado por los hombres que detentan el poder) para negociar puestos más altos. Sin importar si estos argumentos son o no válidos, lo que sí es cierto es que es la única manera que tienen las mujeres en las instituciones públicas de acceder a ciertos cargos, que nunca serán los más importantes.

Que estos argumentos aquí esgrimidos nos sirvan para darnos la oportunidad de leer a algunas autoras como Amelia Valcárcel y conocer un poco más de esta teoría política y, también para puntualizar que hablar de feminismo no es hablar de una oposición irracional a los hombres, hablar de feminismo es proponer una nueva ciudadanía, una sociedad democrática, de la igualdad y de la libertad.


[1] La política de las mujeres, Amelia Valcárcel. Cátedra. España, 1997.

[2] En el capítulo V, Amelia Valcárcel establece claramente que hablar de mujeres no es hablar de feminismo “El feminismo es una tipología discursiva que tiene fecha de nacimiento y su propia tradición teórica, bastante divergente de algo similar a un discurso genérico sobre las mujeres o de las mujeres. Aunque haya momentos en que puedan coincidir no son lo mismo y es importante que esta distinción quede clara”

Carolina Aguilar Muñiz es licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, se preocupa por asuntos sociales.


Deja un comentario

La mujer, un blanco de interrogación, por Enrique Puente Gallangos

Al iniciar este recorrido no planteamos como primer interrogante definir el título de nuestro tema y dimos el título “de  la madre”, pero en realidad lo que diremos sobre este tema también le concierne a “la mujer”. Es decir, pretendiendo elaborar algún saber sobre la feminidad, nos topamos con la maternidad. En fin, intentaremos algún decir acerca de la maternidad y de la mujer, un decir que de antemano será no-todo. Pretendiendo re-conocer los avatares de la paternidad en la cultura occidental, intentando dar consistencia teórica a lo que se conoce como “declinación de la función paterna”, presente en la interacción social del siglo pasado y del presente; el turno ahora, toca al establecimiento de las transformaciones que podrían corresponderle a la feminidad en paralelo a la mentada declinación paterna; pensando en el lugar que ocupa la mujer en los diferentes discursos como el jurídico, científico, feminista, etc., a la vez constatar en éstos los efectos de ella.

El siglo XX puede considerarse con justicia el siglo de la mujer, pues no ha sido sino en él, y en especial en la segunda mitad, donde, la mujer, en compás con sus transformaciones en el contexto cultural y político, se ha tomado a sí misma como blanco de interrogación . De ello dan fe los estudios llamados “feministas” o “de la mujer”, las “teorías de género”, etc.; y en un sentido más general, lo que se conoce como “feminismo”.

El feminismo lejos está en su desarrollo de ser un movimiento equilibrado, y cuando leemos sus producciones escritas y sus debates, podemos ver que exceden la manera de denuncia contra el patriarcado social y la cultura de occidente, dicho movimiento representado en un imaginario social. Más allá de las diferencias que pueden suscitar sus escritos, reconozco la severidad intelectual con que están construidos, lo que les confiere pleno derecho al debate. Sumariamente, diremos que la historia del feminismo en tanto tal, se remonta de la segunda mitad del siglo antepasado hasta las primeras dos tres décadas del siglo pasado. Sus premisas se sostienen en una mejora de condiciones sociales de la mujer y fundamentalmente, el sufragio femenino. Posteriormente Simone de Beauvoir, en sus premisas, busca dar cuenta del interrogante fundamental: ¿quién es la mujer y dónde se encuentra?  El fin era develar al máximo que las relaciones más íntimas estaban estructuradas por relaciones de poder, en las cuales la categoría de “hombre” se proponía como dominante.

Continuando con esta sumaria historia del feminismo, en los años sesenta, cuando las mujeres negras, latinas y judías, etc., se sintieron excluidas del movimiento anterior que pretendía dar una visión general al universo de la mujer — “ser madre”, por ejemplo, no resultaba lo mismo según lo fuese pobre, lesbiana o negra —, se plantea la necesidad de un nuevo concepto de conciencia feminista que esté “históricamente determinado, pero que al mismo tiempo se sostenga subjetiva y políticamente”. La propia categoría de “mujer” se complejiza  en forma absoluta, al punto de desplazarse al concepto de “género”, el cual designa el paradigma actual de los discursos feministas. La noción de “género” como categoría analítica cuestiona y desliza el examen desde una noción de mujer universal, histórica, esencialista y biologista, hacia un análisis relacional que se contextúe histórica y culturalmente. Las mujeres que sostenían esta hipótesis iban tan lejos como se pudo. Las mujeres intelectuales podrían trasformar los discursos disciplinarios (científicos, filosóficos, sociales, etc.) construidos desde el inicio de la humanidad por hombres, implicando, según sus pretensiones una nueva historia. La historiadora estaunidense Joan Scott dice: “El género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basado en las diferencias  que se perciben entre los sexos; y es una manera primaria de significar las relaciones de poder”; esto es que el género se presenta como las formas de atribución a los individuos, de aquellas propiedades y funciones que aparecen, en el contexto del cambiante imaginario social, dependientes de la diferencia sexual; simplificando al extremo, el género es el saber sobre la diferencia sexual.

En cuanto a la maternidad, las teorías del patriarcado, han definido la maternidad como una “trampa amarga” para las mujeres que participa de una mistificación ideológica del proceso de producción, se trata de la apropiación masculina del trabajo reproductivo de la mujer por el hombre. Algunas autoras feministas-marxistas como Nancy Hartsock han visto en eso que les es “más propio” a las mujeres la especificidad de lo femenino ligado a las mujeres, lo que las ha llevado a quedar entrampadas en lo mismo que denuncian: la no-naturalidad de la función reproductiva de la mujer.

El feminismo de diferencia destaca la diferenciación biológica, social, psicológica, etc., entre hombres y mujeres, que en un aspecto negativo subsume a la mujer en la dominación masculina y, por el lado positivo, le otorga superioridad por el hecho exclusivo de su superioridad para la reproducción y crianza, reclamando, desde este plano político, prerrogativas específicas para la mujer.

En resumidas cuentas, dicho debate apunta a discernir si el punto de vista del género es adecuado o no para explicar las situaciones desventajosas de la mujer, y si, más radicalmente, el género no reproduce, a través de su concepción binaria (masculino / femenino) los imperativos a los cuales a los cuales ha estado sujeta la condición de mujer; es decir, existe una estrecha vinculación entre género y heterosexualidad y, por tanto, parecería que pretendiesen construir  un concepto que vaya más allá de la polaridad hombre / mujer. Ese concepto es “lesbiana”. Teresa de Laurentis, en su artículo publicado en el número 16 de Feminist Studies en 1990, bajo el título “Exentric subjets: feminist theory and historical conciousness”, dice sobre este concepto “lesbiana”:

“El lesbianismo es el único concepto que conozco que va más allá de las categorías de sexo (mujer u hombre), porque el sujeto designado (lesbiana) no es una mujer, ni económica, ni política, ni ideológicamente hablando, el fin del feminismo sería entonces la desaparición de las mujeres. El lesbianismo no es una simple preferencia sexual personal o un sujeto social, sino un sujeto excéntrico, construido en un proceso de lucha y de interpretación, de reestructura del propio yo, en relación a la nueva comprensión de la comunidad, de la historia y de la cultura”. Y concluye: “Negarse a ser mujer no hace que uno se transforme en hombre, finalmente la lesbiana tiene que ser algo más, ni mujer, ni hombre”.

Sean cuales fuesen las variantes explicativas que respecto a la posición de la mujer en la historia ensayen las diferentes corrientes del feminismo, si en algún punto convergen, es en la crítica a la noción de “naturalidad” con que los diferentes discursos han abordado la cuestión de la feminidad; por lo cual considero que lo que implica esa naturalidad, asociándola a los discursos científicos, jurídicos y feministas, es un “deber ser” de carácter indiscutible. Parece ser que en lo que le ocurre a la mujer están menos concernidos el padre y el hombre; paradójicamente, contestaríamos que el discurso del feminismo va un paso atrás  de las formas mismas de presentación actual de la feminidad, puesto que el feminismo sostiene al padre.

Concluiremos que intentar elaborar una categoría universal que suprima a la de “mujer” — como la de “lesbiana” — como lo dice De Laurentis, es intentar sustancializar lo imposible. Lo femenino es básicamente lo que no tiene patrón de medida, lo que escapa siempre a la idealidad con que se la recubra, sea la maternidad o cualquier “ismo” que la sustituya con matices de fundamento, porque el fundamentalismo es cosa de hombres, hay qué decirlo: los hombres somos “aristotélico-todistas”, nos place, como al estagirita, sustancializar y universalizar, todificar… seguramente para no confrontarnos con ese vacío que se irradia desde el enigma de la feminidad.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y estudia la Maestría en Psicoanálisis, es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.