El Cafecito


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La visión violenta, por Rubén Chávez

“Ser es ser percibido” dicta Berkeley. Utilizamos el término “existir” para significar algo que tiene su ser fuera de nosotros, algo que es independiente por sí, incluso aún si no lo conocemos. En ese uso, aceptamos tácitamente que hay un mundo material más allá de nuestra capacidad de percibirlo. ¿Lo aceptamos, realmente? —Quizá no. Escépticos como somos —conforme a naturaleza humana— sólo aquello que toca nuestros sentidos tiene dignidad de existencia. Es.

Para la Literatura, construcción eminente entre las cosas humanas, es un asunto propio, entregable a sus lectores, si conduce a materializar nuestros anhelos y nuestros temores. Es una fuente deliberada de existencias. No importa si lo tratamos en un género u otro. La Literatura no distingue de realidad o fantasía cuando de provocar existencias se trata. Y he aquí nuestro tema. La violencia como material y como construcción literaria.

Acudamos a definiciones. La violencia (del latín violentia) es un comportamiento deliberado, que provoca, o puede provocar, daños físicos o psicológicos a otros seres, y se asocia, aunque no necesariamente, con la agresión física. Letra por letra. Golpe por golpe. Ser violento es actuar en abuso de una cierta fortaleza. Si puede ser escrito, es obligado, es menester el daño. Puede ser irresponsable pero nunca inocente. Es también ser víctima propicia. Dice Stevenson en El extraño caso del Dr Jekyll y Mr Hyde: “Y si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas”. ¿Pero es eso posible?

Creemos en la violencia. Sí. Creemos sus efectos de restauración. De puesta en orden. La maldad también es un orden. El odio circula sangre. Oxigena. Eso creemos. Nos atenemos a décadas de violencia pública y siglos de violencia privada. Creemos. Porque no es posible entender, esclarecer sus connotaciones en todas las esferas: de Estado, familiar, de sexos, de manos izquierdas y de manos derechas. Creemos. Y no hay reproche.

El cuento infantil es una educación para la crueldad. Nos forman esas descripciones largas, degustables, irónicas, malintencionadas, de los monstruos. Esos son nuestros verdaderos héroes favoritos. Las brujas y los lobos. Que deben ser quemados. Despellejados. Muertos en mil y un formas posibles. Por ser tan queridos. Por amados. Por saboreados en su moraleja de quema al distinto y serás bueno.

Sí, la Literatura, la buena Literatura, es un ejercicio extremo de violencia. Donde siempre hay un crimen velado. Un ahorcado por verso. Una cámara de gases por estrofa. Pero esperen. No pasa nada. No hay que llamar a la policía ni traer al párroco. Este es un tipo de crimen diferente. En éste, se dice, no hay víctimas. Sólo el lector… ¿pero alguien ha visto a uno? ¿No? –Ha de ser que no existe.

La literatura favorece el extrañamiento. En su mejor intención rompe las relaciones que se han establecido con lo cotidiano. Con padre y madre. Con vecino y con prójimo. Arranca brutalmente a la persona del tiempo y lo arroja a la página. Violenta a gratuidad que se digan amores o desamores. Censura nuestra ética del “todo está bien”. Arguyendo que no. Que luego debiéramos salir a ver de nuevo. Y el vecino es mujer. Y el padre es de izquierdas. Y la persona que usa faldas no es ni remotamente lo que percibes de ella. Es la Coatlicue. Así que —por favor— guarda tu distancia.

La Literatura es violencia. Porque sí. Porque al fin y al cabo todas las cosas tienen su sitio. Y aquí se puede escupir, quemarle el brazo al de junto, dejar marcas de sangre en busto y cuello. Aquí se puede arrancarle la vida al amor que nace. Aquí se puede odiar. Muy a gusto. Muy sin pena. Por fortuna.

                                                                                Rubén Chávez, es ingeniero civil con maestría en Gestión Pública Aplicada. Poeta. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Salvador Gallardo Dávalos (1996 y 2007) y el Premio Punto de Partida (2009).
En 2010 ganó el tercer lugar en la categoría de poesía en el Certamen Internacional Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, con el libro Un naipe de picas.


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Dos manos, cuatro manos, por Enrique Olvera Z. (eoz)

Dos Manos, cuatro manos, dos personas geniales. Saramago, Monsiváis, Monsiváis Saramago.

¿Qué hace tan especial y tan geniales a estos dos grandes?

Algo tan simple como atreverse a vivir.

Y es que vivir es una cosa que resulta heroico en estos días tan cínicos que nos tocan.

Carlos Monsiváis y José Saramago son de esos héroes.

Carlos Monsiváis pluma en mano nos narra el mundo que veía. Nos emociona tanto su talento para contarnos lo cotidiano como su saborear el tiempo y el aire que vive, siempre mexicano.

Con Monsi no le queda más remedio a uno que volverse cómplice de la inteligencia sonriendo al ritmo de su ironía y sarcasmo siempre con dedicatoria.

Saramago, en un tono hormonal, hace de su denuncia novela y de su pregunta, cuestión profética.

En su ansia de ser, Saramago se entrega también desde lo cotidiano y planta cara a la injusticia justo ahí a un lado de los miserables y desposeídos.

Leerlos, escucharlos, verlos, tocarlos, sentirlos tan sencillos y tan contundentes es hermoso. Tan hermoso como emprender una aventura y no saber a dónde se irá a parar.

De tan cotidianos y cercanos que son, podemos irnos por la vida caminando confiados y guiados por las palabras que nos fueron dejando, como mendrugos de pan. Mendrugos que hay que devorar antes que lleguen los cuervos del olvido, con sus  vanos intentos de no permitir seguirles la huella.

Y son vanos los intentos de esos pajarracos bromistas, porque ahí donde quede registro de la letra, de la palabra y el  ejemplo de Saramago o de Monsi, volvemos a encontrar más mendrugos, pues el don de dar de estos dos viejos es infinito.

Ejemplos de anciana rebeldía ambos y no por su edad, sino por su saber, por su amor fascinado, por su ejemplo de miras, a los dos viejos los vemos sonrientes, pues supieron vivir y, aun así, sabemos que no han muerto, pues el secreto de la vida eterna es la rebeldía.

Charlando y contándose cosas, allá van los dos por otro camino ahora; pero, si ponemos atención, podemos ver que van dejando caer pequeños mendrugos de pan en forma de palabras… encima de nosotros, los cuervos.

Dos manos, cuatro manos Monsiváis y Saramago por siempre.

Eoz, menos conocido como Enrique Olvera Z., es experto en nada y aprendiz de todo, activista laboral en pausa, músico/compositor, administrador/coordinador/facilitador de Blog del empleo (http://blogdelempleo.com), moderador de Ba-k.com (política y sociedad), twittero, bloguero y trovador.


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Los adolescentes muertos (una nota a pie de página), por José Luis Justes Amador

En español ya estaban Edward Cullen, el hermoso vampiro, la ahora cinematográfica Susie Salmon y la extrañísima protagonista de Ghostgirl, pero si la moda continúa y se traduce habrá que estar atentos a la oleada que, en inglés, se está dando de adolescentes muertos. Before I die (Antes de que me muera) de Jenny Downham cuenta la historia de Tessa que, a sus dieciséis, quiere perder la virginidad antes de morir de leucemia. Jay Asher en Thirteen Reasons Why (“trece motivos” sería una buena traducción) en que trece personas reciben un casette con los motivos por los que Hannah Baker se ha suicidado. Y parecidísimo a Ghostgirl,  Lisa Schroeder en I Heart You, You Haunt Me (“yo te amo, tú me asustas”) cuenta la historia del novio que vuelve a atormentar a la parte de la pareja que se ha quedado viva.

Ese espíritu adolescente se resume en unas cuantas líneas de Before I fall (“si sobrevivo”) de Lauren Oliver cuya protagonista, que repite una y otra vez el día de su muerte al ser atropellada, escribe: “La cosa es que nunca se sabe. No es que te levantes con un malestar en el estómago. No ves sombras donde no debería haberlas. No te acuerdas de decirles a tus padres que los amas o –en mi caso- decirles adiós a todos. Si eres como yo, te levantas siete minutos cuarenta y siete segundos antes de que tu mejor amigo te recoja. Estás demasiado ocupada pensando en cuántas rosa te van a dar en San Valentín como para hacer algo más que ponerte a toda prisa la ropa, lavarte los dientes y rezarle a Dios para que te hayas dejado el maquillaje en la bolsa para arreglarte en el coche. Si eres como yo, tu último día comienza así”.

Mientras termino de escribir la columna de cada semana, una amiga, curiosa y siempre atenta a la lógica de cualquier acontecimiento cultural, se asoma por encima de mi hombro y cuestiona en voz alta. “¿Y si eso nos lleva a una oleada de suicidios juveniles?”.

No le contesto las dos primeras ideas que me vienen a la cabeza. (Siempre me dice que piense antes de decir algo porque luego tengo que arrepentirme). La primera es que, hasta ahora, en una de las ciudades con mayor tasa de suicidios juveniles, no ha hecho falta la literatura (y menos la aún sin traducir) para semejantes cifras. La otra, un ironía, buena pero fuera de lugar, es que eso al menos demostraría que nuestros jóvenes ya empiezan a leer. Pero sólo de imaginar su cara de reproche me lo callo.

Tiene razón. Hay algo significativo detrás de toda esta avalancha, que en inglés ya tiene un par de años, pero que hasta ahora no ha comenzado a ser notas aisladas, cada vez menos aisladas, en la prensa cultural y en los pocos suplementos de libros que van quedando.

Arriesgar una propuesta que lo explique cuando hay tantos factores en juego es siempre complicado. Intuir que es lo que hay detrás de la mente de quince, dieciséis o veinte escritores es tarea más que imposible. (Ya es imposible con uno sólo).

La gente, especialmente los jóvenes, algunos jóvenes, ya está harta (y mientras que las famosas redes sociales abren a todos, a todos aquellos con el poder adquisitivo suficiente, la posibilidad de perder el tiempo de maneras igual de idiotas, pero más cibernéticas) de que le den gato por liebre. De que la vida no sea sino una sucesión de compras (al menos, de ofertas), de cuerpos sanos y de tipos y tipas que no tienen nada más que hacer que divertirse, holgazanear y disfrutar. Comparar, algo que tarde o temprano se hace, la vida falsa, “la vida loca” que cantaba (no recuerdo el nombre, en serio), con la vida de a de veras, con la vida real, la primera sale perdiendo. No porque no sea atractiva sino precisamente por ser falsa. (Se puede engañar a algunos todos el tiempo o se puede engañar a todos algún tiempo; pero no se puede engañlar a todos todo el tiempo).

La gente, especialmente los jóvenes, algunos jóvenes, están hartos de que la vida no sea como la que pintan, principalmente ese canal de cartón piedra que es MTV[1]. (Es adecuado recordar que, además, la serie más “realista” de todas cuantas propone el canal es, la que menos se ve, la que no ha podido pegar entre el segmento de población al cual va dirigido. Claro, Skins). Y, como consecuencia, como reacción, lo único que queda probar, aunque sea ficticio, aunque sea literatura, es la muerte. Todo lo demás es lícito. Morir es ya la última experiencia. (Bueno y con, Teen mom, un embarazo adolescente no deseado; pero eso tiene demasiadas desventajas).

Cuando ya no queda nada, la muerte es la única salida.

“Lo malo de la educación laica”, decía ya hace tiempo el nada católico Ezra Loomis Pound, “es que no enseña cómo morir”. Y es que, como propone otra amiga más querida aún, “no ha pasado nada desde la muerte de Kurt Cobain”. (Corrijo: la caída de las torres gemelas y el ascenso de Fox al poder. (Me corrijo de nuevo: no ha pasado nada)). Salvo esta oleada de muertos en vida y muertos adolescentes y adolescentes agonizantes y adolescentes que saben que van a morir. Y eso ya es suficiente.

Dust to dust, ashes to ashes cantaba Bowie hace tiempo. Si eso no es espíritu juvenil, si eso no es punk, si eso no es nihilismo en estado puro, qué baje Dios y lo vea. Y, sobre todo, que nos pille confesados. Mil palabras casi exactas. Con esta, Amén, lo son.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


[1] Recuérdese el lamentable incidente de censurar un video (algo que también hizo youtube) de Los Planetas, “Alegrías del incendio”, en el que no se veía absolutamente nada, y ofrecer imágenes mucho más explícitas. Eso no se llama libertad. Se llama hipocresía.


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Esa insoportable y nada leve distinción entre ficción y realidad, por José Luis Justes Amador

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‘Do you feel better?’ he asked.

‘I feel fine,’ she said. ‘There’s nothing wrong with me. I feel fine.’

(E. Hemingway)

La cita, las frases finales del cuento “Colinas como elefantes blancos”, es una de esas que siempre hemos escuchado:

“¿Te sientes mejor?”, le preguntó él.

“Me siento bien”, dijo ella. “No me pasa nada. Estoy bien”.

Lo que en el maestro usamericano se convierte en el final del cuento (“no fue una perdiz lo que me comí sino el final del cuento”, cantaba El Niño Gusano) en la vida real es el principio de algo, la mayor parte de las veces negativo.

En esa raya entre ficción y realidad, entre lo leído y lo vivido, hay mil y una coincidencias, y una sola salvedad: los cuentos, las novelas (la poesía es otra historia) terminan, aunque sigan viviendo dentro de uno, la vida nunca se detiene.

Tengo una amiga que propone que todo es ficción. Yo, por mi parte, propongo que todo es realidad. Supongo que ninguno de los dos tiene razón, pero es imposible demostrarlo. A cada ejemplo que yo propongo hay un contraejemplo y viceversa. Ese tal vez sea el único punto en el que pueden convivir en paz ficción y realidad, contradiciéndose, contrargumentándose.

Hay autores que sólo pueden mentir en la vida real y disfrazan la verdad en lo que escriben. Para el resto de los mortales la opción es más complicada, mentir en la vida real pero también escribir una novela real con nosotros mismos como personajes. O en su defecto, vivir sin más.

“Me gustaría quedarme a vivir dentro del libro”, dicen los niños. “Me gustaría vivir como en este libro”, dice el adolescente. “Me gustaría que este libro no fuera tan verdad”, dice el adulto. O “me gustaría que no fuera tan mentira”.

Cito de memoria: Si leer no nos sirve para ser más reales, ¿entonces para qué sirve? Ése es, palabras más, palabras menos, el planteamiento final de Zaid en uno de sus ensayos. ¿Para ser más reales, dónde?, ha sido siempre mi duda. ¿En la realidad-realidad o en la realidad-ficción?

“Ahora estoy convencida de que las cosas siempre son como deben ser. Es más, si me ofreciesen de nuevo la posibilidad de revivir aquel breve periodo, la aceptaría sin dudarlo un instante, aunque supiera de antemano cuál sería su final”. Qué hermoso.

“En la época en que más medios hay para contrastar y verificar las informaciones, mayor es la indistinción entre lo verdadero y lo falso, confundidos en una especie de magma, y cada vez va teniendo menos sentido decir y saber la verdad. ¿Total, para qué, si ya casi pesa lo mismo que la mentira y apenas cuenta?”, escribe Javier Marías en El País y tiene toda la razón del mundo.

PD: Un poema de “Eros es más” de Juan Antonio González-Iglesias.

Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte.

Pero lo que presiento no se parece en nada

a la común tristeza. Más bien es certidumbre

de la totalidad de mis días en este mundo

donde he podido encontrarme contigo.

De pronto tengo toda la impaciencia de todos

los que amaron y aman, la urgencia incompartible

de los enamorados. No quiero geografía

sino amor; es lo único que mi corazón sabe.

En mi vida no cabe este exceso de vida.

Mejor; si te dijera que medito las cosas

(fronteras y distancias) en los términos propios

de la resurrección, cuando nos alzaremos

sobre las coordenadas del tiempo y el espacio,

independientemente del mar que nos separa.

Sueño con el momento perfecto del abrazo

sin prisa, de los besos que quedaron sin darse

sueño con que tu cuerpo vive junto a mi cuerpo

y espero la mañana en la que no habrá límites.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


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Diez años de Harry Potter: “all was well”, por Mariana Torres Ruiz y José Luis Justes Amador

Para todos aquellos que compartieron estos siete años en Hogwarts.

Y para Jose María que, como Jessica, no ha conocido un mundo sin Harry Potter.

Mr. And Mrs. Dursley, of number four, Privet Drive, were proud to say that they were perfectly normal, thank you very much.

(Harry Potter and The Philosopher’s Stone)

Lisa (a sus padres): Miren, es J.K. Rowling, ¡la autora de los libros de Harry Potter!
Lisa: Has hecho que una generación de niños vuelquen sus ojos en la lectura.

Rowling: Gracias, pequeña Muggle

Lisa: ¿Me puedes decir que pasa al final de la serie?

Rowling: Él crece y se casa contigo. ¿Eso era lo que querías oír?

Lisa: Sí.

(Los Simpsons)

I’ve had enough trouble for a lifetime

(Harry Potter and The Deadly Hallows)

J. K. Rowling no es una gran estilista del lenguaje: esa es una de las mayores objeciones que se le hace a la autora inglesa. Lo dice Harold Bloom. Sin embargo, la afirmación del crítico del canon, acertada aunque exageradísima en su desprecio, debe convivir con la de dos reseñistas de la última entrega de la serie: “Harry Potter no es un libro. Es una marca, una franquicia, y, en los últimos días, noticia en las noticias” (New York Times) y “Harry Potter puede ser un milagro de marketing pero es también un libro milagroso” (The Times). Todos estos argumentos son ciertos aunque ninguno de ellos tiene toda la razón. Ver la heptalogía del niño mago como libros que no son obras maestras, como fenómeno de mercado o como un milagro inexplicable de la inspiración ofrece pistas, pero no logra explicar nada.

LA PIEDRA FILOSOFAL

Según la tradición, la piedra filosofal, en que la traducción española del primer volumen convirtió a la Sorcerer’s Stone (Estados Unidos), a la Philosopher’s Stone (Inglaterra), era aquella que transmutaba en oro todo lo que tocaba.

7 libros, 3419 páginas, un millón cuatrocientas mil palabras, 65 traducciones (incluyendo una al latín clásico), 836 millones de copias (de ellas, 325 millones en inglés), ocho millones de ejemplares del último libro vendidos la misma noche en que salió a la venta son, sobre todo, datos fríos de mercado. El último, además, incapaz de transmitir la emoción de esos mismos millones de lectores. Las largas colas no eran producto del fenómeno de marketing sino la causa de él: las librerías no abrieron para vender, eran los pottermaniacos alrededor del mundo los que hacían que abrieran[1].

Aunque más allá de los números, de todo el dinero invertido en publicidad, súmese al de las editoriales el de Warner Bros. que también saca tajada, lo que realmente ha logrado el éxito son los lectores que han seguido con devoción, más que religiosa, mágica, las andanzas de Harry.

LA CÁMARA DE LOS SECRETOS

¿Cuál es el secreto de J. K. Rowling? ¿Cómo ha logrado ser la mujer más rica de Inglaterra, la autora más leída del planeta y, entre muchas otras cosas, personaje de Los Simpsons o alguien a quien Stephen King le pide en público que no mate a Harry? ¿Es todo un montaje mercadológico? ¿Lo hubiera logrado la escritura sin más?

¿Tiene personajes planos? Sí, especialmente los secundarios. Rowling no es Henry James. ¿Adjetivos y adverbios obvios y fáciles? Casi todos. Tampoco es Nabokov. ¿Párrafos flojos y sobrantes? En cada capítulo, casi en cada hoja. J. K. no es, por supuesto, Joyce.

Rowling, a pesar de no ser excelsa, ha escrito algo que hacía tiempo que no llegaba a las librerías, algo para lo que tanto en inglés como en español hay un sustantivo que resume perfectamente, a la vez que lo une con la primera de las tradiciones narrativas de la historia: una odisea. Ese precisamente es el argumento que propone el sesudo ensayo de la filóloga italiana Karina Bonifatti titulado De La Ilíada a Harry Potter. Propone que, en realidad, Rowling habla del destino de los tres hijos de los tres héroes de la guerra de Troya, una de ellas, nada casualmente, señala, llamada Hermione[2]. Para apoyar su argumento encuentra similitudes en historias a lo largo y ancho de la historia de la literatura.

Nada milagroso pues todas las buenas narraciones, literarias o tradicionales, que se conocen en el mundo se basan en principios narratológicos semejantes, ampliamente estudiados desde el punto de vista formal en el clásico estudio de Propp, Análisis morfológico del cuento[3] y en el aspecto mítico por Joseph Campbell en The Hero with a Thousand Faces (un crítico usamericano llegó a decir que Harry entraría citado como apoyo en todos los capítulos si Campbell viviese y reescribiera su libro). ¿Dónde está el milagro entonces? ¿El secreto?

Intuir lo que hay detrás de la popularidad de la serie, en lo literario, es fácil, aunque el hecho de saberlo no quita lo inexplicable que tiene todo acto de escritura, el misterio eterno de la literatura en sí misma. Intuir que todo se resume en convicción, energía, una trama logradísima y el cuidado de los detalles seguirá sin explicar que pasó aquel día en el tren hacia Londres en que Rowling vio “un niño mago con una cicatriz en forma de relámpago en la frente y toda su historia”.

Merece reconocimiento, haber tenido la voluntad y la dedicación suficiente como para escribir los siete libros. Escribir un libro, un libro de éxito, ya es bastante cansado, dos aún más. Siete se antoja una labor casi titánica. Sin la férrea disciplina de la autora la serie podía haber muerto. Y una vez lanzada J. K. Rowling al maratón de los siete libros de la serie, ya sólo necesitaba trabajar las dos cosas que hacen de la obra algo excepcional: la trama y los detalles.

Cualquier solapa de un libro que quiera vender mucho en el mercado anglosajón tiene como una marca a fuego en la solapa las palabras mágicas: page turner, un libro que obliga a volver la página por no poder dejar de leerlo. Pero el hecho de estar ahí impresa no garantiza nada. No es sólo arrojar misterio y códigos y frenéticas persecuciones (intelectuales o físicas), sino obligar al lector a repetirse la pregunta en la que se basaban los cuentos de la antigüedad, las grandes novelas del siglo XIX: “¿qué pasará después?”. Una pregunta que se hace el lector, no tanto porque le interese la trama sino porque le interesa el personaje. Usando un ejemplo dickensiano, el lector no sigue las aventuras de un huérfano sino de David Copperfield. El lector de Harry Potter no quiere tanto saber qué pasará sino qué le pasará.

“Acariciad los detalles”, aconsejaba el autor de la famosa Lolita[4]. Y en eso la autora de Harry Potter es, innegablemente, una maestra. Con todos los posibles defectos enunciados, que le negarían un premio Nobel, un Pullitzer o un Booker, su habilidad para la descripción minuciosa ha hecho que los lectores no leyeran lo que pasaba sino que lo vieran realmente. Y “ver”, en el sentido más amplio de la palabra, ha sido, es y será lo más importante en literatura. Abrir al azar cualquiera de los libros es encontrarse con una descripción que hace que el lector se sienta realmente allí, como en James, como en Nabokov, como en Joyce.

EL PRISIONERO DE AZKABAN

Con la publicación del tercer libro de la serie, el principio también de la intensiva campaña de ventas, comenzaron los ataques de ciertos sectores cristianos[5], sobre todo en el Bible Belt usamericano donde condenaron al fuego y a la prohibición los libros de la autora. El video del año 2001, Harry Potter: Witchcraft Repackaged, Making Evil Look Innocent, es bastante claro en su exageradísimo mensaje: los libros de Rowling no son más que una estrategia demoníaca para que, a través de una supuesta inocencia del protagonista y sus amigos, el diablo volviera a conquistar el mundo utilizando para ello a los más inocentes de entre todos, los niños y adolescentes que devoraban los volúmenes.

El mismo Ratzinger, ahora Benedicto XVI, comenzó su relación con los libros de Harry Potter, cuando todavía era Prefecto de la Congregación para la Fe, afirmando que podrían ser también una maniobra demoníaca. Después, cambió su postura a una recomendación más sutil afirmando que había otros libros de mejores valores para los niños y jóvenes. Con la publicación del último volumen envió a la autora, siendo ya Papa, una carta felicitándola.

La respuesta del reseñista del Science Christian Monitor (que nunca se ha distinguido precisamente por su apertura mental en lo que tenga que ver con la ortodoxia cristiana) fue sorprendente por dos razones: la primera es que provenía del mismo grupo cultural que estaba quemando libros y prohibiendo su venta en librerías y, la otra, por la simplicidad del argumento: “he intentado probar todos los hechizos, pronunciándolos al derecho y al revés, y por ahora no he logrado nada. Lo único que han logrado los libros de Harry Potter conmigo es que me emocione como hacía tiempo que no me pasaba y que lo ponga siempre que puedo como ejemplo de cómo comportarse cristianamente en determinadas situaciones, en casi todas, tan amplio es el espectro del libro”.

EL CÁLIZ DE FUEGO

El título más sonoro de la serie (en inglés, “The Goblet of Fire”, con una palabra en desuso ya, pero hermosa) es también el que más avanza en la complejidad del argumento al hacer de la aventura una tragedia en el sentido más amplio de la palabra. Una aventura sí, pero de carices shakesperianos. Stephen Fry (quien además de actor es un consumado novelista) en Inglaterra, y de Jim Dale (prestigiado actor de Broadway) en Estados Unidos prestaron sus voces para los audiolibros. Con sus interpretaciones otorgan tal sonoridad a las palabras, por la entonación, por el matiz, por el recitado, que pareciera que la saga no anda lejos del dramaturgo isabelino, aunque en  el papel es muy difícil de encontrar esta semejanza[6].

LA ORDEN DEL FENIX

Leer es un placer solitario, pero, y eso también es innegable, existe un placer en ser parte de una comunidad literaria, sean los joyceanos, los pertenecientes al culto secreto de Tario y, como no, a los pottermaniacos.

¿Qué tienen en común un arquitecto cuarentón, un niño de seis años, un adolescente rico, una pareja separada, una señora glamorosa de cincuenta años, dos novios veinteañeros, un gerente de ventas? Nada.

Salvo que todos estaban esperando en un centro comercial de la ciudad a que dieran las doce de la noche del día 21 de julio para adquirir el esperado último libro. Que, por supuesto, todos habían leído los seis anteriores ya que todos querían saber qué pasaba, qué le pasaba, qué les pasaba, y querían saberlo ya. Que todos pertenecían a la legión de seguidores que estaban en sus mismas circunstancias repartidos por el mundo. Que son parte de la pottermania, de la nueva british invasion, de lo que un crítico ha llamado “HEX generation”[7].

EL PRÍNCIPE MESTIZO

Sin evidenciar las puntuales y obvias referencias a todo el ciclo artúrico, tanto al bretón como al sajón, o los nombres que vienen directamente de la tradición dickensiana (Severus Snape, el ejemplo más perfecto), es un hecho que J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis[8] son, sin demeritar la imaginación y la voluntad de Rowling, las dos sangres principales que fluyen por las páginas de esta aventura y a las que en la última entrega de la serie homenajea conscientemente, tal vez como detalle de gratitud o reconocimiento explícito, en el peso de la pelota de quidditch que Harry hereda (pelota-anillo), y la entrega voluntaria de un personaje a la muerte que tendrá una recompensa mayor (Potter-Aslan). The Deathly Hallows, además, contiene dos claras referencias a la literatura inglesa del siglo pasado: por un lado el ritmo de la trama, calcado casi, de The 39 Steps del injustamente olvidado John Buchan, y por el otro un Ministerio de Magia orwelliano en su descripción y sus consignas.

Una frase como “eran simplemente tres adolescentes en una tienda de campaña cuyo único mérito era, por ahora, no estar muertos” no desentonaría nada dentro del clásico de la literatura The Lord of The Flies del premio Nobel William Golding. En mayor o menor medida hay también deudas, no tan encubiertas como para no pensar en algo más que inspiración, con clásicos como F. Nesbit o Alan Garner, con contemporáneos reconocidos como Terry Prachett o la genial Ursula K. Le Guin o con otros solamente conocidos en el ámbito de lengua inglesa como Eva Ibbotson o Diana Wynne Jones.

¿Homenaje? Consciente o inconsciente, parece que sí. ¿Derivación? Sí, como cualquier obra literaria, como cualquier obra de arte, al mismo tiempo herencia y algo nuevo. ¿Mezcolanza? Lo más seguro. Atrapar tradiciones que ahí estaban, la del ciclo artúrico, refugiada en los estudios de historia de la literatura y la academia, la narrativa fantástica[9] en sectas más o menos cerradas, la de los siete años de la boarding school, olvidada. Y el mayor mérito de esa mezcla de sangres ha sido, desde ese primer día en que un lector entra en contacto con Harry Potter, llevarlo, con la misma ilusión que en la primera página, hasta la última de la serie.

LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE

¿Y el último libro? ¿Valía la pena la espera? De responder a esta pregunta se encargaron los reseñistas, con más o menos spoilers[10], cumpliendo o no con la fecha de la venta oficial del libro[11], cuyas opiniones oscilaban de lo emocionado (“ya no volveré a caminar con Harry por los pasillos de Hogwarts”, The Observer) a lo extremista (“las seis entregas anteriores no eran sino El Hobbit para este último que es El Señor de los Anillos”, Singapore Times); de lo sorprendido (todos los reseñistas que intentaron explicar que era un libro emocionante pero haciendo verdaderos malabares lingüísticos,  para cumplir con el deseo de la autora de que no se dijera nada hasta después de una semana para no estropear el placer de la sorpresa a sus lectores infantiles) a lo maniático (hay quienes todavía buscan cabos sueltos o detalles sin explicar, de los que hay más bien pocos, por no decir ninguno).

¿Habrá un sucesor? ¿Volverá a darse esa combinación de escritura, mercado y el porcentaje que siempre queda sin explicar? ¿Quién sabe? Aunque según el primer editor en Bloomsbury[12], el futuro sucesor del ya casado Harry Potter está en el niño protagonista de una serie llamada Tunnels que encuentra una ciudad bajo el mismísimo Londres. ¿Otros posibles sucesores? La también recién terminada Una Serie de Eventos Desafortunados no tuvo en los lectores en español el impulso que tuvo en Estados Unidos (en Inglaterra vendió bastante mal). Artemis Fowl, del que se han publicado los cuatro volúmenes ya en español, tampoco parece haber encontrado a sus lectores (¿todavía?) a pesar del giro original de la aventura. Warner Bros. acaba de comprar los derechos de otra heptalogía, la de Septimus Heap y a la que, quizá, las películas le ganen lectores. ¿Necesitará Harry un sucesor? ¿O necesitará que todos aquellos que se acercaron con él a la lectura sigan buscando hasta toparse quizá con El Guardian en el Centeno? ¿Quién sabe incluso cómo serán la enciclopedia potterica y los otros dos libros, uno para niños, otro para adultos, que ya ha prometido J. K. Rowling?

EPILOGO. DIECISIETE AÑOS DESPUÉS

Querida, Señora Rowling:

Han pasado diecisiete años desde aquella epifanía que tuvo usted en un tren que iba hacia Londres, diez años desde aquella, ahora cotizadísima, primera edición de apenas quinientos ejemplares, algunos años desde que descubrimos Harry Potter and the Philosopher’s Stone. Desde entonces hemos vivido la emoción de esta odisea, junto a otros que conocemos y a miles y millones que no conocemos, con Harry, Hermione, Ron y Neville, con Ringo y George, con Dumbledore y Snape, con la adorable Luna Lovegood y también con Voldemort, con todos los demás.

Señora Rowling, durante este tiempo hemos leído, además de la saga, cientos de libros, algunos, bastantes mejores que los que usted ha escrito, otros malos de solemnidad, pero ninguno ha logrado, como los suyos, la emoción primera de la lectura, esa que tiene el niño o el adolescente, el escalofrío de la aventura. Harry, para nosotros, ha logrado lo que muy pocos personajes habían logrado antes. Ahora el ya no tan joven Potter está junto a Long John Silver, que nos llevó al mar por primera vez, junto a Holden Caulfield, con quien visitamos ya hace tiempo a los patos del estanque en Central Park, junto a Ignatius Really que nos enseñó que lo que hace falta es teología y geometría, junto a Anastas Branica, que nos llevo a viajar entre libros para encontrar el amor. Eso, Joanne, no hay quien lo pague.

Hemos visto al joven mago asombrarse por entrar a un mundo que no sabía que existía, lo hemos visto ir aprendiendo cosas del mundo mágico y crecer, sentirse solo y confiar en los amigos, no entender nada y aún así fiarse, lo he visto pensar y sentir, luchar y sufrir. Hay otra persona, nuestro hijo, a quien a sus seis años le hemos visto hacer lo mismo. Y él, aunque despacio, ya la está leyendo, emocionándose. La relectura para quienes esperábamos con ansia cada nuevo título, ya no nos dará la descarga del primer descubrimiento, pero volveremos a buscar a Harry.

Gracias por los siete libros, gracias por todos los escalofríos, por los días de trabajo a los que había que llegar sin dormir. Gracias por todo.

“Only those who he loved could see the lightning scar”. Esa iba a ser la última frase de nuestro viaje común. Disculpe, pero hubiera sido un error. No es aquellos a los que Harry ama los que ven la cicatriz, vemos la cicatriz los que amamos a Harry. Usted al final la cambió y el epílogo cierra con “All was well”. Y sí, Señora Rowling, todo estuvo bien.

Gracias y hasta siempre. Yours trully,

Mariana Torres Ruiz y José Luis Justes Amador


[1] Con un despliegue que iba más allá de lo mercadológico. Barnes and Noble tenía fiestas monotemáticas en casi todas sus tiendas, en Ohio una librería abrió pero sólo para vender a adultos y poder tener una fiesta con alcohol en las pócimas, en Jerusalén dos librerías abrieron a las doce de la noche contraviniendo las reglas del sabbath y las amenazas de integristas israelíes que pesaban sobre ellos. Aunque el colmo del absurdo se lo lleva el ayuntamiento de Barcelona, ciudad conocida por su desbordada y ruidosa noche, que negó el permiso a las librerías para que abrieran a la hora mágica.

[2] El hijo de Aquiles (Pirro), el de Agamenón (Orestes) y la hija de Melenao (Hermione).

[3] Los treinta y un principios enunciados como constitutivos de un cuento aparecen perfectamente registrados en las aventuras de Potter a lo largo de los siete volúmenes. De “alejamiento” (1) a “boda” (31).

[4] También que escribieran con un diccionario al lado, detalle que a J. K. Rowling parece habérsele pasado por alto, aunque el lector atento descubrirá que en cada uno de los libros de la serie tiene una palabra favorita que repite una y otra vez. Para el curioso, en The Deathly Hallows le tocó el turno a fumble.

[5] A pesar de que J. K. Rowling siempre ha afirmado en las entrevistas que tocan el tema que, aunque no practicante, los libros de Harry Potter estaban profundamente imbuidos del espíritu cristiano. Nada mejor para confirmarlo que el detalle de citar literalmente, aunque sin decirlo, a San Pablo en la inscripción que se encuentra en la lápida de James y Lilly (neé Evans) Potter.

[6] En la película de este volumen,  con el consentimiento de la autora, la canción de bienvenida a Hogwarts a los alumnos extranjeros que participarán en el Torneo de los Tres Magos, está construida utilizando las palabras de la primera aparición de las brujas en Macbeth.

[7] Juego de palabras que combina la “X generation”, también nombrada así por un libro de Brenton Ellis, con “hex”, que suena exactamente igual que la consonante y significa hechizo.

[8] Algunos críticos poco leídos o ignorantes de otra tradición que no sea la suya, afirman que una de las mayores influencias de C. S. Lewis sobre la saga potteriana es la del hecho de que sean siete libros. Decir semejante cosa implica dos errores: primero ignorar que The Narnia Chronicles en su origen son sólo seis libros y que el primero de la serie (El Sobrino del Mago) fue escrito bastante después para hacer entrar a estas crónicas dentro de un esquema muy británico; el otro error es que J. K. Rowling siguió dicho esquema sin pensar en C.S. Lewis. La primaria inglesa en una boarding school tiene siete años lo que ha hecho que haya infinidad de series, desconocidas en nuestro idioma, por demasiado localistas y difícilmente traducibles en lo social, cuyos protagonistas son niños en el tránsito a jóvenes. Siete años, siete libros.

[9] Denominación errónea, de acuerdo a las teorías sobre el género que propone Todorov, pero que uso en el sentido más común.

[10] Palabra que se usa para avisar al receptor de que lo que viene a continuación podría revelarle partes absolutamente imprescindibles de la trama y estropearle el placer de la lectura.

[11] El New York Times publicó una reseña, con bastantes spoilers, el día anterior a la salida del libro y cuando J. K. Rowling protestó el periódico argumentó que ella y la editorial tenían todo el derecho del mundo a decidir el día en que el libro saliera a la venta, pero que la redacción del N.Y T. tenía todo el derecho de publicar la reseña el día que quisiera, y más todavía cuando lo había comprado en la calle y no era una copia.

[12] ¿Qué estarán haciendo los demás? ¿Atendiendo una clínica de Editores Anónimos junto a los que rechazaron Cien Años de Soledad, En Busca del Tiempo Perdido o La Conjura de Los Necios? ¿Buscando algo que los resarza de sus errores? ¿Buscando el próximo Harry?

Mariana Torres Ruiz es Licenciada en Letras Hispánicas y Técnico Superior en Actuación; ha participado como actriz en varios montajes de la región; textos suyos han sido publicados en las revistas Talleres, Tierra adentro y Parteaguas; actualmente es Jefa del Departamento de Fomento a la Lectura, en el Instituto Cultural de Aguascalientes.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.