El Cafecito


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Leer a García Márquez, por Arlette Luévano Díaz

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Era 1988. Mi maestra estaba leyendo un libro rarísimo, dijo, donde el nombre de los personajes se repetía muchas veces y luego ya no sabías quién era quién. Para mí eso fue suficiente. Claro que iba a leerlo, claro que averiguaría que misterio había en ese libro.

Llegué a García Márquez a través de Cien años de soledad. Puedo decir que sus libros afectaron profundamente mi vida.

El pelotón de fusilamientos, la alquimia, Macondo y sus almendros, los pescaditos de oro, los daguerrotipos, las mariposas amarillas, los santos en el dormitorio, las hormigas carniceras. Nada de eso existía en mi mundo hasta que leí a García Márquez. Y tomé sus libros porque ya nunca podría cerrar los ojos a esas maravillas. “Las cosas tienen vida propia”, decía Melquíades, “todo es cuestión de despertarles el ánima”. Y así mis ojos se llenaron con sus letras.

Después se volvió tan mío que no era fácil distinguir de quién era una imagen, una anécdota. Yo iba por las calles escribiendo “Ojos de perro azul” para que me encontrara aquél que me soñó. Sé que “la fatalidad nos hace invisibles” y los amores contrariados huelen a almendras amargas. El coronel tiene el rostro de uno de mis tíos. Tengo una idea clara de cómo dirigiré algún día la Diatriba de amor contra un hombre sentado. Los secuestros y naufragios tienen una belleza mercurial. Me quedé esperando la segunda parte de Vivir para contarla.

Una vez se presentó la oportunidad de ir a conocerlo. Sólo hacía falta un pequeño viaje a una ciudad cercana. El viaje que no realicé, representa los grandes e infortunados hubiera que se repiten constantemente en mi destino.

El día de su muerte salí de la ciudad. El paisaje era rulfiano. Llegué a una casa parecida a la de Rosa Cabarcas, pero que siempre estuvo abandonada. Su nombre me llegó como un rumor, en el estremecimiento por su ausencia, en la nostalgia anticipada. En la eternidad de su magia. El día de su muerte descubrí que no tengo casa, que he vivido siempre en una que no me pertenece. Y así, como alguna de sus protagonistas, me dejo invadir por el calor y me voy a soñar a otra parte.

Este año, de luna roja y grandes pérdidas.

 

Arlette Luévano nació en 1976 en Aguascalientes, México. Ha publicado los poemarios Casi Verde, Rituales, Apostillas Negras, Tercera Persona, Informes sobre Trenes que llegan y desaparecen, Casa en Ruinas y No basta con nombrar al llanto llanto.

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Un libro, un discurso y un autor peligroso, por Enrique Puente Gallangos

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“La humanidad progresa. Hoy solamente queman mis libros; siglos atrás me hubieran quemado a mí.” Sigmund Freud.

 

La interpretación de los sueños, Tres Ensayos sobre Teoría Sexual, entre otros; son libros escritos por Sigmund Freud: El Capital, Manifiesto del Partido Comunista, Una Contribución a la Crítica de la Economía Política, entre otros; son libros escritos por Carl Marx; Así Hablo Zaratustra, El Anticristo, Más allá del Bien y el Mal, entre otros; son libros escritos por Friedrich Nietzsche. Estos libros y algunos otros más pueden anotarse en la lista como libros peligrosos.

¿Por qué peligrosos? Porque hablaron diferente, porque transmitieron un discurso emancipatorio, un discurso que irrumpió el discurso predominante. ¿Para quién es peligroso? Para los que crearon, transmitieron y sostenían el discurso predominante. Los libros, sus autores y el discurso que transmiten; todos ellos en su conjunto puede ser considerados peligrosos.

Un libro es una puesta en escena de la realidad en la que vive su autor, una realidad global, nacional y regional; de la misma manera, el libro es la representación de la escena en el discurso. En un lejano lugar o un cercano lugar a nosotros, se puede estar pre-juzgando un libro, un discurso y un autor, por considerarse peligrosos y estar a punto de quemar sus libros. ¿En dónde se transmite un discurso hegemónico? ¿En dónde se crítica ese discurso hegemónico?, ¿En dónde se transmite un discurso emancipatorio? En la Universidad, en las Universidades, en sus Facultades e Institutos de Investigación. Las Universidades son Instituciones que pueden asumir dos posiciones: Una posición evangelizadora del discurso hegemónico por un lado; y una posición crítica-emancipatoria de ese discurso, por el otro.

En un país como el nuestro; donde algunos piensan la Constitución como una ley, los Derechos Humanos como biológicos, la División de Poderes como barda, la Soberanía como cosa de dios, el Federalismo como una colonia, y la Democracia como una elección, las cosas no pueden andar bien. Y no pueden andar bien porque tal vez no comprendemos o no comprendemos bien lo que cada una de estos significantes representa para un país como el nuestro y para los otros. Hoy podemos decir que la sintomatología de lo social revela un mal-estar, un mal-estar Constitucional. Un mal-estar Constitucional que tiene que remediarse. El remedio, la cura, la solución, no está en las farmacias; el remedio, la cura, la solución, está en las Universidades, en sus Facultades, en sus Institutos de Investigaciones. El remedio está en los libros, en los discursos, en sus autores, que pueden ser considerados peligrosos.

El Libro titulado Derecho Constitucional Mexicano, del autor Felipe Tena Ramírez es un libro peligroso. Un libro que se ha editado 25 veces aproximadamente, un libro que es parte de la bibliografía básica en la Facultad de Derecho de la máxima casa de estudios de este país, la Universidad Nacional Autónoma de México y de muchas otras Facultades de Derecho de Universidades Autónomas públicas y privadas de este país, un libro como este transmite un discurso peligroso. Un discurso peligroso por transmitir un Derecho Constitucional diferente; un discurso peligroso por transmitir una Teoría Critica Constitucional; un discurso peligroso que considera la Constitución como una estructura económica, política, cultural y lingüística de una nación; un discurso que considera los Derechos Humanos solo protegidos por el Derecho Internacional, ante la violación de ellos por el derecho Nacional y viceversa; un discurso que considera la División de Poderes como una simulación; un discurso que considera la Soberanía una facultad absoluta del pueblo; un discurso que considera el Federalismo como una ilusión, un discurso que considera la Democracia algo que aún no llega, es un discurso peligroso.

Hoy podemos escuchar en algunas Universidades, en algunas Facultades de Derecho de este país, los rezongos de los que sostienen el discurso hegemónico. ¡Vayamos por el libro!, ¡Vayamos por el libro de Derecho Constitucional Mexicano de Felipe Tena Ramírez que existan en la biblioteca!, ¡llevémoslos a la plaza cívica y prendámosle fuego! Parafraseando a Sigmund Freud, Felipe Tena Ramírez diría “La humanidad progresa. Hoy solamente queman mis libros; siglos atrás me hubieran quemado a mí.”

 

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Una escritura productiva, por Ricardo Esquer

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Con Residuos de espanto (Ficticia, 2013), Liliana V. Blum (Durango, 1984) obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Breve “Amado Nervo”, convocado por la Universidad Autónoma de Nayarit, y la publicación de la obra. Así, el libro, originalmente titulado Dios los hace, se convirtió en el séptimo título individual de una carrera literaria que empezó en 2002, con La maldición de Eva. Además de mantener una producción constante, la autora ha cosechado reconocimientos y premios como el Concurso Internacional de Narrativa en 2007 convocado por el Centro Israelí para las Comunidades Iberoamericanas, el Premio Nacional de cuento Beatriz Espejo en 2006, el concurso de la revista Literal: Latin American Voices en 2013 con el cuentario No me pases de largo.

Se trata por tanto de una autora con un prestigio creciente, sustentado en un trabajo serio, hecho con talento y madurez. La seriedad de esta escritura se refiere al compromiso que vincula a la autora con hechos históricos concretos y la lleva a tomar partido por las víctimas de las injusticias. Residuos de espanto no significa sólo otra novela sobre el Holocausto, sino una escritura que participa en la aventura de la construcción de la identidad femenina, registra la violencia ejercida sobre la abuela de Abigaíl, personaje narrador, y al final se permite una esperanza.

Desde el principio Abigaíl se define en relación con su abuela: “Soy la nieta de una sobreviviente. No hay referente mayor en mi vida.” Ella conoce a un hombre que también sobrevivió al exterminio el día que interna a su abuela, después de encontrarla inconsciente pero aún viva. El deseo de hablar con alguien la mueve a caminar por un pasillo del hospital y en ese recorrido le llama la atención el nombre de Jósef Pasternak en la puerta de una habitación, pues también ella tiene un apellido extranjero. Se acerca al viejo y durante varios días escucha sus historias, contadas con la intención de que a su vez se las cuente a su abuela. Pero Déborah muere sin haber despertado. Y Abigaíl entrelaza las historias de un hombre y una mujer que nunca se conocieron pero compartieron un dolor causado por las mayores pérdidas y el de haber sobrevivido al infierno, pues hay cosas peores que la muerte.

Abigaíl se sabe “protegida por un nuevo contexto histórico” y, por tanto, ajena a “esa trinidad tan íntima y terrible que forman el verdugo, la víctima y el testigo”. Pero también sabe que escapar de la maquinaria que acabó atrozmente con seis millones de vidas es peor que morir. La motivación del personaje narrador, alter ego de Liliana V. Blum, se relaciona con el deseo de arrebatarles a los nazis la victoria final sobre quienes salieron vivos de los campos. Logra esto acompañándolos en sus últimos momentos; así, el lector participa en una maniobra en la que la salida del mundo equivale a dejar por fin la prisión cuyas sombras siempre estuvieron presentes, de manera residual.

Puede presumirse la intención de que las palabras –escritas, se entiende–, tengan una utilidad más allá de nombrar el mundo. Esas palabras que “a veces (…) lo son todo, determinan cosas, deciden el rumbo de una vida y, en cambio, en otras ocasiones no son absolutamente nada”. La escritura constituye también la posibilidad que Abigaíl encuentra para inventarse reconstruyendo las historias de dos supervivientes de una época lejana en el tiempo pero íntimamente unida a la narradora. “Soy el libro de la abuela”, declara, identificándose con una escritura que al parecer la niega, pues solamente transmite lo que ella escucha, aunque en realidad cumple una función muy importante, porque gracias a sus palabras el lector puede participar en la liberación de su abuela y, a través de ella, de Jósef y de todos los supervivientes de este oscuro episodio de la historia de nuestra especie, que bien podría llamarse de la deshumanización reciente.

De acuerdo con las necesidades del relato, la narradora hilvana sus historias avanzando y retrocediendo en el tiempo, tal vez en busca de una libertad negada por la linealidad de una temporalidad degradante. Elaborado desde esa perspectiva, el tejido resultante muestra cómo en la íntima trabazón de miseria y esperanza, la segunda termina por imponerse, como débil señal de que a pesar de todo el espíritu permanece indestructible, encontrando maneras de superar el caos, expresándose, por ejemplo.

Esta breve e intensa novela expresa precisamente las luchas de un espíritu que termina por imponerse sobre lo que lo niega. Igual que Déborah es liberada por la negación de Abigaíl convertida en escritura, la nieta rompe el silencio asumido al narrar la historia de otros, la cual deviene su propia historia. Así, se trata de una escritura que produce una identidad.

Liliana V. Blum. Residuos de espanto, Tepic, Ficticia, 2013.

Ricardo Esquer (Cd. Obregón, Sonora, 1957). Poeta. Algunos de sus títulos son: Tejidos, Marchar, Desatino y Cabellos de un astro muerto. Es autor de la antología literaria Aguascalientes, estancias y senderos (poesía, novela, ensayo y teatro): 1847-1991, publicado por Conaculta en 1993.


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Poner la mesa para romper las copas del estereotipo. Una mirada a “Funerales de hombres raros”, de Wenceslao Bruciaga, por Moisés Ortega

Funerales de hombres raros copia

si no fuera por el falo

no querría  a los hombres

Leticia Herrera

Funerales de Hombres raros es una novela actual, honesta, agridulce y en algunos puntos erótica. De lectura sencilla, pero no por eso simple, que ha llevado a Wenceslao Bruciaga a colocarse en la lista de autores mexicanos más leídos del 2012.

La novela no excede las ciento cincuenta páginas y está dividida en dos capítulos: “Funeral No. I, ciudad de México, Los tres alegres compadres” y “Funeral No. 2, Torreón, Coahuila, Los últimos nietos de La Comarca Lagunera.” Hay que empezar por los funerales. Dos funerales, dos muertos.  Pero en ambos capítulos el funeral y el muerto, son sólo el pretexto  del que parte el autor para contar la historia. Los funerales, ambos, ocurren en días “que parece que nunca van a terminar”,  Son momentos en los que la voz del narrador hace uso de una hilaridad superlativa y aprovecha para burlarse por un lado del costumbrismo provinciano y por otro de  la conducta de los hombres homosexuales que se asumen como “gays.”  Esos que “iban excesivamente bien vestidos y bien peinados, al último grito de la moda del luto. Hasta parecían modelos de Zara en invierno.”

Pero como he dicho ya, los funerales son sólo el pretexto. La historia, la verdadera historia es la de Teodoro Gurza, de sus amores. Él es un hombre de treinta y tantos que trabaja en un laboratorio de la ciudad de México, un hombre homosexual que no asume como suyas las maneras de los demás homosexuales. Un hombre pero no, un niño de treinta y tantos aterrado frente a la presencia del amor.

En su novela En jirones, dice Luis Zapata que primero es el amor y luego el miedo a la muerte. Teo se enamora dos veces de dos hombres diferentes, (cosa que no ocurre cronológicamente) En la primera parte lo encontramos enamorado de Iván que “A la primera impresión parece un  masculino cualquiera, pero a los quince minutos se despeina y pide copas de vino blanco y pone en evidencia su preferencia sexual.” Teo se enamora de Iván, sí, pero no quiere aceptarlo, no quiere sentirse como un puto más de los que mira a su alrededor en el funeral de Robin (el primer muerto) quien en vida fuera el mejor amigo de Iván. Y entonces ocurre, lo mira cerca del féretro junto a la madre de Robin  y “por primera vez me invadió el verdadero miedo, ese que puedes sentir desde el ombligo hasta los huesos, que te puede hacer mojar los pantalones, que te obliga  a meterte debajo de las cobijas y aún así sabes que no estás seguro y hasta el objeto más insignificante puede hacerte daño, incluso quitarte la vida, como cuando era niño y me daban miedo los relámpago y el catastrófico sonido de los truenos y no había nadie que me dijera que aquello era tan sólo fenómenos de la naturaleza, que nada iba a pasar, que no íbamos a morir porque las cargas energéticas van saltando de nube en nube. Por primera vez tuve miedo a la muerte, quizá en el más allá me encontrara a Robin, con él para toda la eternidad, quizá en el más allá no estuviese Iván. Tuve miedo de que despareciera de mí, para siempre. Ese miedo que es como una descarga eléctrica en los brazos, que dan calambres.”

Con todo y ese miedo y esa manera de amar que trasciende, creo yo las preferencias sexuales, Teo tiene que marcharse a Torreón al funeral de su abuela (la segunda muerta). Es allá donde conoceremos al otro hombre del que se ha enamorado nuestro protagonista, que es nada más y nada menos que el capitán del Santos Laguna. Es en la segunda parte del libro, casi al final donde comprobaremos que Teo no ha dejado de ser un jovencito asustado incapaz de identificar lo que siente. Habla así de Martín: “Cuando duerme se chupa los labios y unos hoyitos se le forman en las comisuras y me da la impresión de que es como un bebé porque encima se enrosca en posición apretadamente fetal y siento algo parecido a lo que sentirán los padres cuando ven a sus hijos dormidos con la sábana por la cintura, ¿cómo se le llamará a eso que siento?” Los sucesos se siguen desarrollando de manera natural (o no tanto) entre Martín y Teo, mientras éste espera la muerte de su abuela, entonces encontramos una cita que termina de describirnos los temores de Teo: “No soy bueno para esto. Para ser afectuoso. Lo hago de cualquier manera. Martín dice que yo soy el único. Que no vuelva a irme. Si al menos mi madre me hubiera defendido cuando la abuela me ofendía, tal vez, ahora sabría cómo tener a Martín entre mis brazos y no sólo cuando estoy caliente.” Nótese la incapacidad de amar y la indefensión, dos sentimientos que desde mi punto de vista también van más allá de ser un futbolista famoso, una top model o un marica consumado.

Podría en este punto hablar más de los personajes que convergen en la novela, decirles que además tiene un sound track de muy buen gusto, que tiene puntos álgidos de erotismo singular o cansarlos con más citas acerca de las cosas que me encantaron, me fascinaron y me hicieron feliz del libro, pero creo que es momento de justificar el título de este texto. Una novela es siempre un libro sí, y a veces puede ser un árbol al que podemos trepar para escaparnos del mundo. Pero esta novela en particular, es una mesa, una mesa puesta para personajes construidos sobre los estereotipos más representativos de una sociedad medianamente urbana. A la mesa de funerales de hombres raros se sentarán nuestros tíos y tías más conservadores, nuestra abuela matriarca obcecada, nuestra madre sumisa, nuestra prima que es modelo famosa (aunque sea sólo localmente), el capitán de nuestro equipo favorito de fut bol, nuestro amigo gay muy maquillado y muy peinado y nuestro primo varonil y grandote que aunque no lo creamos también le gustan los hombres. Y sin duda nuestro padre ausente. Todos se sentarán pero no para compartir el pan y la sal. Los personajes que acuden a la mesa de este libro traen todos en la mano su copa (de cristal cortado, coñaquera, champañera, de vino blanco o tinto, copa globo o de martini) la que más le acomoda según su personalidad, claro está. Pero en vez de brindar con una sonrisa hipocritona y provincial, Wenceslao Bruciaga hará que los personajes de esta novela se rompan las copas entre ellos arrojando los pedazos de cristal contra nuestro ojo, ojo que se sentirá identificado y con ganas de romper su propia copa. Mientras atrás suena “Fade into you” de Mazzy Star. ¡Salud!

Moisés Ortega. Poeta. Nace en Aguascalientes en julio de 1988. Es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Actualmente es Coordinador del Área de Literatura en el programa “Unidades de Exploración Artística” del IMAC y CONACULTA.


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Viaje redondo: desde y hasta el abandono, por Moisés Ortega

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Una mirada a Postales a casa  de Yolanda Alonso (Zacatecas, 1986)

Leer Postales a casa  de Yolanda Alonso, es subirnos al mítico tren del viaje que todos hacemos día a día. Es la metáfora del cambio, de la casa y las cosas de la casa. Considero fácil más no sencillo  leer un libro así porque está escrito desde las entrañas sino es que escrito con ellas. Y me da por pensar que todos tenemos entrañas, un sitio para el dolor, madre y abuela muertas o vivas y todos nos hemos ido, todos hemos regresado a la casa de la infancia y hemos constatado que olvidamos que hay viajes que se emprenden con la única promesa del regreso.”

¿Adónde van las cosas que nos duelen? Ha preguntado Jorge Fernández Granados en un poema hace algunos años. Yolanda no contesta, pero insinúa que las cosas, las simples cosas que nos duelen, se van de viaje, pero luego, siempre vuelven.

Una tarjeta postal no es una carta, es un trozo de papel con una imagen de algún destino turístico importante o del pueblo en que uno ha nacido,  una postal tiene al reverso algunas líneas para dar nota de lo que uno ha vivido durante, en o después del viaje. Postales a casa es un gran poema escrito en prosa o una serie de relatos como lo han definido otros lectores. Para los ojos de éste que habla, es un poema que desenreda los vocablos necesarios para inquirir en los asuntos del abandono. Parafraseo “Abandono es una palabra de reciente invención y que no puede marcarnos porque hemos nacido antes que ella”. El destino de este viaje, la imagen que acompaña a esta postal es esa, la cara del abandono y sus secuelas, detrás Yolanda apunta versos fuertes que hacen doler la piel del ojo.

Dividido en dos partes, como ha sido predestinado a estar el viaje desde siempre, el libro se divide en dos capítulos: “De ida” y “De vuelta.”

En la ida, descubriremos la capacidad, mejor dicho la amistad que tienen las manos de la escritora con las palabras, es un desenvolver la dualidad de las cosas involucradas en el viaje, el viaje que todos tenemos que vivir en la escritura y en la vida. “Niños de todas las épocas han soñado con ser pilotos, hombres de todos los tiempos han soñado con viajar.”

Descubriremos también en la ida, la forma peculiar en la que Yolanda Alonso retrata a sus personajes, esa manera que ha encontrado para describir el paisaje exterior como un reflejo tácito de lo que se lleva dentro, llama mi atención poderosamente la descripción que hace de Olga, a través de sus cosas y su casa, cito:

Olga es chacharera: la torre Eiffel en miniatura, acetatos, cassettes, velas, macetas, lámparas, cojines, dos fotografías de mujeres que juegan a ser perseguidas por el hombre, un espejo que sirvió de cabecera, un reproductor en el que nadie repara, una pequeña televisión sin antena, un elefante que atora la puerta, todo esto apenas en la sala.”

La descripción del espacio interior en la metáfora de la casa.  Hay en las palabras de la autora una cosmovisión muy propia de lo doméstico, una obsesión con lo que debe ser un hogar y las intimidades que van construyéndose, “Qué tanto se abandonan las viejas costumbres, qué rincones invisibles del pasado tocan los nuevos habitantes, qué tanto los recién llegados están dispuestos a reinventar el hogar.” Yolanda quiere hablar de lo que debe ser la casa de todos, una casa y los habitantes de la casa, Yolanda se asoma a la intimidad de sus personajes y con aparente sencillez escribe: “la joven comparte ese gesto universal de las madres que sostienen al hijo y canturrean” porque como dice la poeta, pasa una vez y pasa siempre en este libro y en los otros, en su vida, en la mía y en la de los demás. Así la cabeza, la mente es la casa, hay mobiliario, y todo se convierte en un habitarse de añoranzas.

La vuelta es un golpe como los de Vallejo, tan fuerte, yo no sé. En la vuelta encontramos un testamento, el legado de una niña abandonada por la madre y la abuela muertas, una niña madre de sus hermanos que los protege del abandono diciéndoles, como leí hace rato, que el abandono es una palabra que no puede marcarlos porque nacieron antes que ella.  La vuelta es la conversación de la Yolanda niña, que se rebela contra la ausencia y se enfrenta al poder del árbol que se ha adueñado de la casa.  La mujer que ya no puede con la casa de su madre muerta, con la viudedad del padre ni la orfandad propia y la de los hermanos que son hijos también.  Con una escritura contundente, apoyada en epígrafes lo mismo de Paul Auster que de Chavela Vargas,  Yolanda golpea los muros del lector como con el odio de Dios. Y desenvuelve su cuerpo para preguntar:

“Yolanda ¿por qué no quisiste a Yolanda? Le hubieras evitado la muerte queriéndola. Por cierto ¿se encontraron en el cielo? Abuela ¿socorriste a tu hija? ¿La recibiste de brazos abiertos, le dijiste mi niña? Yolandas, qué las llevó a cubrir el mediodía de azul marino, qué pudo ser tan grave, tan persistente a los fármacos. Qué.”

Leer Postales a casa, es pues, viajar, sí. Introducirse en las olas suaves de lo que supone un viaje, discurrir en la vida de los viajantes: un piloto, una muchacha y otros múltiples viajeros. Es definir, redefinir y olvidar lo que el viaje significa. Pero es también y sobre todo, regresar. Una vuelta inminente porque desnudarse al sol del medio día no nos libra del regreso como versa la canción de las simples cosas. El regreso en el que el ser ha de enfrentarse al dolor puro, a la palabra abandono que después de este libro ya ha sido inventada. Porque aquí es preciso “Un silencio, las mujeres que te acunaron están todas muertas.

 

Moisés Ortega. Poeta. Nace en Aguascalientes en julio de 1988. Es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Actualmente es Coordinador del Área de Literatura en el programa “Unidades de Exploración Artística” del IMAC y CONACULTA.


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Los Arlequines Mudos de Nelson Simón, por Rubén Chávez Ruiz Esparza

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¿Quiénes son los Arlequines Mudos de Nelson Simón? Éstos, que vestidos más de rumbos que de rombos, derrumban la carpa con jalones de fieras liberadas. Éstos. Que de vuelta al punto del salto, invierten la isla como un guante y todo el mundo dentro. Todo, una vez trazado la línea, es el descampado. Escrita la línea. Es cuerda floja y es el habla. Es el que habla y nos muda a su abrazo de brazos extendidos. Simón dice: “Cómo volver a ser el domador de mis palabras”, si no hay doma dócil ni la tarascada del amante existe fuera de la memoria. Nelson dice: “Hay días en que no sé / dentro de qué cuerpo viajo, que no reconozco / quién es este ser cada vez más pálido / que acompaña a mi sombra”. Y es cierta la moneda caída en la caja de pinturas. Y es falso el retrato de tan cierto. ¿En qué acrobacia de mimos ante el espejo nos habremos registrado? No, Señor, qué se va ni qué se ha ido. Ahora su viaje de amores hincha a seguras orillas. No se va: Costea un cuerpo que se curva sobre sí mismo. Simón dice: “He dejado mi ciudad. ¿Acaso mi ciudad / me sintió alguna vez como algo suyo? / Si alguna vez tuve un país, he dejado mi país.” Entonces, Nelson, diga de una vez: ¿A dónde anda buscándose? ¿Qué libertad se le escurre en cada apretón de manos, cuando parte? ¿Le han quedado certezas amorosas o se inventa que fue y ahora viene del amor para dudarlo? Y responde: “Nunca sabré si digo adiós / o pido que me salven”. Cuando se aconseja Usted, Usted nos dicta a sentencia firme: “entre un vacío y otro, colocarás tu vida, / cosas sin importancia, pecados y dobleces, / manchas a las que cualquier muerto renunciaría / con tal de hacer más ligero su equipaje”. Pero veamos, si “El amor es una sustancia venenosa”, cómo ha braceado, Amigo, en aires de cianuro beso y caderas de silicio. ¡Y no se enferma! Simón y Nelson. Poeta y hombre. Dice: “Yo soy el arlequín. He de cuidarme el paso, el equilibrio / La cuerda es el único camino que me dieron, / lo demás es el riesgo de caer, el miedo / de no poder tocar el otro extremo de la carpa”. Será, si Usted lo dice. Pero le recuerdo que ya dijo: “nunca llegamos a saber / el verdadero tamaño de esos sueños”. Y ya ve. Puestos a soñar nos vamos o nos quedamos con Usted, Nelson Simón. Sus lectores colgamos de su giro, desdeñamos la red de seguridad, caemos y volvemos a elevarnos si luego afirma: “Yo nunca partiría dejándome a mí mismo”. Sea pues y cierre el libro y vuélvase a andar.

Rubén Chávez Ruiz Esparza (Aguascalientes, Ags., 1967) Ha publicado los libros de poesía: El brezal y la noria, Versus alia, Los sagrados afectos, Patios interiores y Un naipe de picas.


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Rostros del mar, ejercicio sensitivo, por Óscar Wong

Cada cabeza es un mundo, reza el adagio. Y quienes saben de esto aciertan cuando conciben al artista como un Adán asomándose por primera vez al mundo, descubriendo todo a su alrededor, señalando cada parte enternecedora, cada objetivo sensitivo. El registro de las expresiones más profundamente emotivas va más allá de la búsqueda del reconocimiento público, en virtud de que los poetas buscan exteriorizar sus emociones a través de la sonoridad del verso.

Cada autor observa al mundo de una única manera, irrepetible. Y plantea una dirección, un rumbo lírico, de acuerdo a sus necesidades expresivas, de acuerdo a sus voluntades afectivas. Y además tiene la obligación de cantar al cosmos a su particular manera, de ahí que la perdurabilidad de los objetos artísticos se encuentre en relación directa a la profundidad de la visión filosófica, estética, que el individuo entrega en su obra; a la capacidad de expresión, a sus valores cualitativos dispuestos, de manera que trascienda su propio tiempo de creación. Así cada lectura es nueva, siempre. Por supuesto que hay una relación íntima, profunda, entre la palabra y el hombre, entre éste –como sujeto de la historia– y el mundo.

Como reflejo de la realidad, que expresa a través del lenguaje una serie de pensamientos y sentimientos, la Poesía se erige como la voz más entera del hombre. En tal sentido, este objeto particular, este discurso lírico revela el basamento histórico, geográfico y filosófico de cada autor en un acto impar e irrepetible. Más que un ejercicio de escritura, la Poesía constituye una profunda experiencia existencial. A veces un giro del lenguaje, la intención misma de las palabras y hasta el sentido visual de las metáforas traduce en el poema la personalidad del escritor.

Cierto es que las actuales expresiones líricas fulguran de conocimiento libresco. Pero ello no significa que la sapiencia alcance una categoría estética. Muchas veces los textos son simples ejercicios escriturales, sin llegar a la emotividad. Más que pasión frente al intelecto, desasosiego del lector ante la erudición del <<hombre de letras>>. Independientemente de lo anterior, la Poesía puede concebirse como signo y expresión vital. Experiencia y ejercicio sensitivo confluyendo en el canto en un insólito equilibrio. Búsqueda y encuentro. Revelación y trasferencia de sentidos. El mundo del lenguaje que se abre a otra realidad.

La palabra reproduce un sistema de señales estrictamente humano: el de los sonidos articulados. La palabra, por supuesto, “altera” la realidad, y además llena vacíos emotivos, existenciales. Por eso no cualquier puede llevar el nombre de Poeta, independientemente del género. Conviene puntualizar que todo texto lírico representa una concepción de vida la cual, a través de la palabra, traduce los sentimientos en imágenes. Por ende, se parte de la consideración de que la Poesía representa algo más que la simple expresión lingüística.

Expresiones diferentes, encontradas a veces –pero que coinciden en una única preocupación: expresar la voz más entera del hombre– determinan la función de la poesía. Aspectos sociales, intimistas pueden ser abordados por la óptica sensible del creador. Preocupaciones por la forma, hasta deseos de hurgar en el Yo más último, también son válidos. Lo emotivo de los textos se determina por la serie de recursos estilísticos que el autor utiliza, basándose en el conocimiento del verso.

El arte –y la Poesía lo es– representa una forma de conocer. El aspecto formal se fundamenta, necesariamente, en una categoría estética. Sin ella, los textos son simples palabras, textos que buscan un centro vital. La emoción, desde los tiempos aristotélicos, determina el ritmo. Por lo mismo hay ritmos pausados, contemplativos, avasalladores, estridentes. Pero también existe la locución rotunda, reveladora, como del mar frente a las rocas. La gradación temática se amplía en un amplio espectro que determina las intenciones técnico-formales de cada autor.

En cierto modo la poesía está hecha de silencios. Y éste provoca una imagen sonora. De esta manera, el poema resplandece. Recordemos que la enumeración en poesía agrega atributos, crea atmósferas, conforma emociones. El silencio cobra inusitada significación. Acentos, pausas y cesuras son fundamentales. Y las figuras de dicción y de pensamiento, sin olvidar el apoyo del lenguaje directo, conformando una corriente de símiles, imágenes y metáforas como una necesidad expresiva, no como un artificio retórico. Cada autor constituye un prototipo. E irrepetible. Y así es la calidad de los versos.

El silencio representa un sueño oscuro: el mutismo de la piedra no tocada. Y aquí convendríamos en resaltar la persistencia de cierta resonancia cósmica emanada de la materia (los cabalistas hebreos estiman que el mundo es creación lingüística. Presencia de la metábolé, conversión de algo en otra cosa: Poesía, modificación de la sustancia misma según Nicol, metamórfosis o transformación.).

Sin embargo, es oportuno recordar que la poesía es una experiencia de vida que se transmite mediante un código: el poema. Y en éste se advierten dos elementos fundamentales: la técnica y el contenido. Aquí lo importante no es el qué, sino el cómo, de ahí que todo cambio de forma implique un cambio en el contenido. Si la musicalidad se consigue en virtud de la combinación de acentos y sílabas, podemos deducir que el verso no es más que el sonido armónico con significado. Y la imagen, ciertamente, es el concepto. Representa una necesidad de expresión. De todo ello debe empaparse el aspirante a poeta: aprender y aprehender la técnica y la preceptiva. La dimensión artística –cuya pericia debe demostrarse en tanto intención, originalidad, etc.– para alcanzar el ámbito estético y penetrar, si los dioses lo permiten, en el territorio de la revelación espiritual es indispensable.

La reflexión anterior surge luego de la lectura de Rostros del mar, de Hernán León Velasco, Premio Estatal de Poesía Enoch Cancino Casahonda 2010, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas*. Motivos líquidos, acuosos, que saltan de la prisión del cántaro escritural, hasta la densa orfandad de la piedra sordomuda, vacua, que no obstante enciende otra llama: el Infinito iluminando eternamente. Eros y Tánatos confluyendo en esta visión cotidianamente irreverente de la muerte, sacramente dulce de la redondez citadina de los pechos amorosos de la Amada. Como símbolo de la dinámica de la vida, el mar involucra transformación y renacimiento, el ambivalente estado transitorio que significa vida-muerte; de ahí la estructura de esta obra. Por algo, también, los místicos conciben al mar como emblema del mundo y del corazón humano.

Haz y envés de la expresión lírica, Rostro del mar eslabona, con disímiles registros y variadas tonalidades y matices –la lejanía y a cercanía de las palabras–, la certera transparencia del alma humana herida por la abrasadora luz de los abismos: la soledad, el tiempo, la muerte, el desamparo del que ama, el significado de nuestro paso por la tierra y la presencia del mar, de la voz que husmea y hurga en el accionar lírico. Brevedad y ejercicio sensitivo, culminando con un poema extenso, corresponde a la propuesta general del libro. No obstante el autor camina en andurriales expresivos en busca del canto como signo y expresión vital, deambula entre la búsqueda y la trasferencia de sentidos. El mundo del lenguaje, ese territorio insólito que se abre a otra realidad, encuentra una sensible vocación de persistencia en un extraño balanceo. Experiencia existencial y discurso cotidiano irrumpen con ligeros guiños culturales: ecos pacianos (“voy por tu alma como por un camino”, p. 21) y la putilla del rubor helado de Gorostiza, por ejemplo, son indicadores de las lecturas previas del autor.

Si Huidobro –dije en otro momento– descubrió los ritmos internos, el valor técnico de la imagen y trabajó la zona del lenguaje con una estética basada en la fanopea (como indicaba el viejo Ezra Pound), donde la imagen –no en el orden ornamental, sino como visualización dinámica– repercute en el aspecto morfosintáctico, debido a la cadencia, a la tensión interna del verso, en Rostros del mar, de Hernán León Velasco, se advierte la presencia de la realidad a través de superposiciones, alterando al lenguaje con su exterior retórico. Rasgos condicionados, inhibidos, por la versificación cuyos perfiles y facetas conversacionales forjan –en momentos– alguna rigidez sonora, en virtud del ámbito técnico (incipientes recursos literarios, propiamente dichos) y su nivel estético, intuitivo, como productor de imágenes.

Ludismo y sorpresa lingüística se inhiben. Lo discursivo, sobre todo en la primera parte, prevalece sobre la exaltación lírica –entendida como emotividad cuasi desbordada y, por tanto, centrada en el sujeto–, que genera la analogía fónica y de sentido. El fraseo prosódico colmado de coloquialismo de la segunda parte (“Desaparece el martes en el rostro del mar”), la oralidad que se entroniza en la grafía, la intertextualidad misma, establecen una constante con las palabras, una pendencia a la expresión lírica.

Búsqueda y desencuentro, por supuesto. El imperio de la realidad, la aparente singularidad de la emoción, inhibiendo la certidumbre de modular un entorno donde la voz se identifica con los sentimientos, reflexiones y actitudes, articulados como escuetos conjuntos morfológicos que devastan: “En el corazón del mar arden las palabras”, apunta el autor (p. 35). De manera que Rostros del mar, articula un espacio lírico, un territorio donde la existencia cobra significado y dimensión sensibles.

*Hernán León Velasco, Rostros del mar (Premio Estatal de Poesía Enoch Cancino Casahonda 2010), Coneculta-Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2011, 51 pp.

Óscar Wong (agosto 26 de 1948) es poeta, narrador y ensayista. Sus títulos más recientes: Razones de la voz (CNCA, Colec. Práctica Mortal, Méx., 2000), Rubor de la ceniza (Edit. Praxis, Méx., 2002), Poética de lo sagrado. El lenguaje de Adán (Edic. Coyoacán, Méx., 2007) y Jaime Sabines. Entre lo tierno y lo trágico (Edit. Praxis, Méx., 2008) Radica en la ciudad de México e imparte cursos y talleres de creación literaria de manera independiente. http://poesiadewong.blogspot.com