El Cafecito


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El Otro que aparece, por Enrique Puente Gallangos

Existe un ser que es por completo inofensivo. Cuando pasa bajo tú mirada, apenas lo has visto y ya lo has olvidado. Pero, invisible, llega de algún modo a tus oídos, se desarrolla en seguida allí, brota,  por así decirlo, y se han visto casos en que penetra en el cerebro y crece asolando ese órgano, de modo semejante a los neumococos de perro, que penetran por la nariz [….] Este es el vecino.

Rilke, Rainer María.

El deseo de un sujeto es el deseo del Otro, en otras palabras lo que desea un sujeto  está predeterminado por el gran Otro. El Otro que aparece en la vida del sujeto como un Dios, un Rey, un todo poderoso, absoluto y completo podríamos decir perfecto, sin errores. Otro que aparece como un tercero, un tercero que esta por encima de las relaciones reales del sujeto.

¿Qué es lo que está predeterminado por el gran Otro? Lo que está predeterminado es la Ley, Ley que ordena, que limita, que prohíbe la conducta del sujeto; ¿Qué es la Ley? La Ley es un espacio simbólico donde el sujeto encuentra sentido; un sentido como podemos ver predeterminado. No es lo que el sujeto quiera y desee, es lo que la Ley predeterminada por el Otro le ordenara al sujeto, le ordenara desear, le limitara y le prohibirá.

Con esta tesis tibiamente podríamos preguntarnos ¿Qué desea el sujeto? El sujeto no desea lo que de manera autónoma quiere porque su deseo ya está predeterminado, desea lo que el Otro le indicará lo que es deseable para él. Esto es bastante claro ahora; podemos decir que los deseos del sujeto, sus acciones y omisiones, ya han sido trazados o, más claro aún, la conducta del sujeto, buena o mala, permisiva o transgresiva, está trazada antes de que el sujeto pueda desear.

El apóstol Pablo, en su epístola a los romanos, describe cómo la Ley hace surgir el deseo de violarla. La Ley hace surgir al pecador, la Ley hace surgir al trasgresor; al igual hace surgir la Ley que reprime al inocente, la ley que reprime al santo. Permisiones y represiones son las dos caras de la moneda de la Ley; por supuesto  que estas permisiones y reprensiones no son simétricas, son totalmente asimétricas pero absolutamente concurrentes. Esta asimetría, está directamente relacionada con la violencia y la legitimidad que el Otro instituye en la Ley.

En las sociedades posmodernas podemos ver en sus normas sociales el rostro oculto del Otro, rostros tiránicos, totalitarios, monárquicos, democráticos etc. Normas sociales que permiten y reprimen, normas sociales que ocultan la verdad del deseo del Otro, normas sociales que ocultan el lado indecible del deseo del Otro. Lo indecible designa el espacio de lo radical, mentiroso, agresivo, asesino, estafador, despiadado, ladrón, falso del Otro. Lo indecible no puede ser razonado por la consciencia del sujeto, lo indecible no puede ser descifrado por los códigos y por las fórmulas científicas pero está ahí presente como sujeto, como prójimo. Un prójimo como el vecino, como vecino domesticado por completo inofensivo y un prójimo como vecino domesticador por completo peligroso, él mismo y  su opuesto. El Otro que aparece del lado del vecino domesticado por completo inofensivo se encuentra del lado decible y por ahora no será de nuestro interés hablar de él, pero el Otro que aparece del lado del vecino domesticador por completo peligroso se encuentra del lado indecible: de ese Otro que aparece vamos a tener que seguir hablando.

Continuará…

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Las leyes durmientes, por Enrique Puente Gallangos

“Las leyes durmientes son a veces despertadas por el beso amoroso de algún funcionario que decide ¡ponerlas en práctica!”

Oscar Correas.

Cualquiera que no estudie Derecho y aun algunos que lo hacen, pueden pensar y, de hecho piensan, que el Derecho, las normas y lo que hay en ellas está dirigido a un auditorio y que ese auditorio es la sociedad. Iniciemos por la sociedad, la sociedad puede distinguirse de lo que es un sociedad civil; la primera, un conglomerado de sujetos y deseos, aparentemente unidos por su clase social, generalmente pobres y reprimidos (70 millones según en México y contando); la segunda, un conjunto de sujetos ordenados por una ideología y con un sentido de pertenecía al grupo, unidos por un estamento. Los primeros aparentan ser parte de la sociedad y los segundos no tienen que aparentar, son parte de esta sociedad civil. Los primeros desean tener y ser, los segundos tienen y son.

Una vez hecha la distinción pasaremos a lo siguiente. El Derecho es un discurso, un lenguaje no muy entendido por el otro al que supuestamente está dirigido, que es la sociedad; siendo un lenguaje del Derecho complejo y especializado nos obliga a conocerlo, que entiendo no todos los sujetos de esta sociedad estudian Derecho, luego entonces no creo que en un primer momento el Derecho, las normas y lo que hay en ellas esté dirigido a la sociedad. Si entonces el Derecho, las normas y lo que en ellas no está dirigido a la sociedad, ¿a quién se dirige el Derecho?, ¿a quién se dirige el discurso prescriptivo del Derecho?, ¿las conductas de quiénes limita el Derecho?, hoy intentaremos responder a estas preguntas. ¡El derecho se dirige al servidor público!, ¡prescribirá la conducta del servidor público! y ¡limitará las conductas, las malas conductas de los servidores públicos! ¿Por qué los servidores públicos y no la sociedad? Por lógica elemental, ya que los servidores públicos de alto rendimiento o bajo rendimiento, de alto perfil o bajo perfil, de primera y de segunda, premier o second, malos y buenos, son los que conocen o deberían conocer o estarían obligados a conocer el lenguaje del discurso del Derecho, las normas y lo que hay en ellas.

Pero, ¿y la sociedad? ¡Y dale con la sociedad! O sea, ¿qué? ¿Quieres que la sociedad se someta al Derecho, las normas y lo que está en ellas? (acto psicótico el preguntarme a mí mismo). Los humanos, los ciudadanos, los consumidores, los sujetos o lo que resta de ellos, históricamente no han necesitado someterse al Derecho, sus normas y lo que está en ellas, ya que podían resolver sus conflictos sin necesidad de un intermediario. En ciertos casos difíciles, cuando dos o más personas no llegaban a un acuerdo, solían acudir a la representación digámoslo de autoridad del grupo para que mediara sobre el problema y resolviera el caso.

Como podemos leer, el Derecho, las normas y lo que está en ellas, es un lenguaje especial que sólo puede ser leído e interpretado por los que conocen o deberían conocer del Derecho, las normas y lo que está en ellas: los servidores públicos. Cuando leemos este país, México, tenemos algunas ventanas, por no decir unos enormes vitrales para hacer esta lectura, un Estado como el Mexicano, donde existe una gran impunidad, donde no todas las Universidades y Facultades son en Derecho, nos lleva a pensar que quienes conocen o deberían conocer el Derecho, las normas y lo que está en ellas, o no lo conocen, no quieren accionar  el Derecho y piensan que el Derecho, las normas y lo que está en ellas, se dirigen a la sociedad y no a ellos. Normas durmientes, Leyes durmiendo, servidores públicos durmientes y durmiendo en la espera de un príncipe que los despierte con un beso, para que el Derecho, las normas y lo que está en ellas sea accionado. Príncipe de las tinieblas o príncipe de los cuentos de los hermanos Grimm, no lo sé. Pero, como los cuentos son cuentos, tal vez el beso del Príncipe de las tinieblas sea el que, ¡revolucione y evolucione!, un nuevo Derecho, con normas y con lo que está en ellas. Solicitamos… ¡un beso, beso, beso, beso… y beso!

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Lo natural y lo cultural, el antes y el después, por Enrique Puente Gallangos

Los sujetos, la sociedad, se cuestionan las cosas desde lugares donde ellos no imaginaron estar y en muchos casos ni se los imaginarán. Lo peor de esto es que, estos cuestionamientos y las respuestas que dan a ellos determinan el hoy del sujeto y la sociedad.

Pondremos como ejemplo el matrimonio civil, distinguiéndolo de otros tipos de matrimonio. No tiene los mismos efectos y la misma naturaleza que las de su origen comparado con la idea que hoy tenemos de matrimonio. Lo que destacaremos es que el matrimonio civil no es una institución que haya existido como tal junto con el hombre desde el origen del hombre. En primer lugar, es que el hombre y las mujeres para tener hijos tengan que casarse. Dos, que las mujeres adquieran la categoría de mujer por el hecho de contraer matrimonio. Tres, que sólo estando casados podrán legitimarse sus hijos. Bueno, un sinnúmero de cosas más.

Lo que trato de decirles es que todas estas cosas se hacían y eran legítimas y moralmente aceptadas antes de que instituyera el matrimonio civil. Por lo tanto, hay un antes y un después del matrimonio civil. Un antes que no necesitaba más que la voluntad de los sujetos para llevarlo a cabo, sin necesidad de una autoridad para ser legitimado. Y un después, cuando los sujetos no pudieron más legitimarse en su palabra y pidieron la intervención del otro para legitimar sus relaciones matrimoniales. Esto es así, en el antes eran los mismos sujetos, los deseantes, los que decidían las condiciones, derechos, obligaciones, educación de los hijos, sobre el trabajo y su familia. Hoy no son más ellos, quienes toman esas decisiones. Hoy es el Estado quien decide sobre sus derechos, obligaciones, prestaciones, convivencia, hijos y familia. Es el Otro ajeno a sus deseos quien decide por ellos.

A partir del siglo XX en el mundo se ven con más naturalidad —y resalto naturalidad—, temas como la revolución sexual y podemos ver que el sujeto sigue teniendo el deseo de convivir con otro, que no es sólo de sexo diferente al del sujeto sino es del mismo sexo. Por lo tanto el Estado o algunos Estados han decidido cambiar la norma (unión de un solo hombre con una sola mujer) por la norma “unión entre dos sujetos”. Primero, es natural que los sujetos se deseen sexualmente independientemente de su sexo. Segundo, es cultural el matrimonio civil regulado por el Estado. Tercero, es natural que las mujeres sean quienes tengan o no tengan hijos. Cuarto, es cultural quien decide quiénes pueden adoptar. Veamos lo siguiente, lo natural está en el antes y ahí sólo la naturaleza del sujeto decide y lo cultural está después y ahí sólo decide el Estado a través de sus leyes. Esto puede traernos respuestas más claras a los cuestionamientos que en ocasiones se plantea la sociedad. No es dios, ni el papa, ni la virgen, ni la iglesia, quien decide con quién casarse y si quieres o no tener hijos, es una decisión del Estado. Por lo tanto, como sujetos a esta sociedad nos someteremos únicamente a las normas de Estado, porque creamos nosotros al Estado. Luego entonces dios y a iglesia es un producto cultural que crearon un grupo de hombres para controlar a la sociedad y hoy no es mas así, ni dios ni la iglesia deciden sobre nosotros como parte de esta sociedad mexicana. Hoy es el Estado, aunque en este país 14 Estados han decidido el mandato divino, nos guste o no y un sólo Estado ha decidido el mandato del hombre, les guste o no. Una buena para los Asambleístas del Distrito Federal y condolencias para las mujeres de estos 14 Estados. Pero, ¡no es un milagro!, sino una realidad cultural, que el Juicio de Amparo las puede ayudar en su deseo de engendrar o no engendrar, en su deseo de casarse con él o ella y este juicio o recurso no lo hizo dios, sino Vallarta y Rabasa.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Cómo ser libres dentro de los límites de la ley, por Enrique Puente Gallangos

La libertad de los hombres bajo el gobierno consiste… en una libertad que me permite seguir mi propia voluntad en todo aquello en lo que la norma no prescribe, así como no estar sometido a la voluntad inconstante, incierta, desconocida y arbitraria de otro hombre.

John Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil.

Una vez que el orden constitucional sacrifica su compromiso con la libertad, sacrifica rápidamente todo lo demás.

Michael Ignatieff, El mal menor.

Como ciudadanos, claro, sólo los mayores de 18 años y que tengan un modo honesto de vida, o sea, que no estén en la cárcel     o como sujetos del Otro como la cultura, e lenguaje y la ley, suponemos distinguir las diferencias entre Poder Constituyente Originario, Constitución, Estado, Gobierno. Pero generalmente suponemos mal. El  Gobierno son todos aquellos sujetos que nos representan, ya que fueron electos por los ciudadanos, claro, no todos, como los Ministros de la Suprema Corte y su séquito. El Gobierno es el modelo político que decidimos adoptar, entonces, se  encargaría en un deber ser de cumplir con las facultades propias de los tres niveles en que se divide el Estado Legislativo, Ejecutivo y Judicial para su mejor administración, según lo dice el artículo 49 del texto Constitucional.

El Estado, entonces, es un ente jurídico virtual, con personalidad propia, que se encargará en un deber ser, de cumplir y hacer cumplir la Ley en un primer momento, en un segundo satisfacer los derechos humanos mínimos de la colectividad y no violar los mismos y, en un tercer momento y el garante de la libertad social, limitarse a sí mismos, evitando en todo momento que los gobernantes sobrepasen al Estado. La Constitución es la estructura política, económica, cultural y jurídica y modelo del espíritu del Poder Constituyente Originario, esta estructura, en un deber ser también, no puede ser modificada por nadie en su base estructural, como la división de los poderes, las garantías individuales, la democracia, el Estado de Derecho y la forma de gobierno. El Poder Constituyente Originario es un acto político y social, un contrato social, un acto estructurante donde un grupo representativo del grupo social o no, con una facultad soberana, esto es indispensable, decide autodeterminarse de manera absoluta dándose una  estructura, que permita satisfacer y garantizar sus  deseos y posteriormente los del grupo social.

La pregunta es la siguiente: ¿es el gobierno autoridad soberana?, ¿es el Estado?, ¿es la Constitución? La respuesta es no, es el Poder Constituyente Originario. De tal forma que, en un deber ser, el Gobierno o los Gobiernos, el Federal, el Estatal y el Municipal, se encuentran sometidos al Estado y a la Constitución. En el momento que ellos no cumplan con los derechos humanos indispensables pactados en el Acto Constituyente, como son una humana convivencia social, respeto a la dignidad humana, justicia social, solidaria dentro de la igualdad y la libertad, condiciones socioeconómicas para la libre autorrealización y emancipación humana, deben ser sustituidos inmediatamente del cargo. Desgraciadamente, el no conocer por parte del grupo social y por parte de quienes nos gobiernan, esta jerarquización, provoca que los sujetos que gobiernan se repitan de manera perversa: “¡el Estado soy yo!, ¡la Constitución soy yo!, ¡el soberano soy yo!” El no saber limita la libertad de los sujetos ante la perversidad del poder y de los sujetos que de manera consciente suponen ser los que nos someterán, no es así, sólo nos someteremos a la ley que deriva de un pacto social que nos permite ser libres y reprimir nuestros deseos más oscuros. No permitamos ser reprimidos por otro como yo o, mejor dicho, otro peor que yo.

En este 2009 una manera de ser libres no es votar por quien perversamente nos limitará, sino primero ejercer nuestros derechos humanos ante los Tribunales locales e Internacionales y limitar a nuestros gobernantes; segundo, participar en agrupaciones sociales no partidistas que verdaderamente busquen cumplir con el pacto social y los Derechos Humanos; y tercero, acudir a una de las miles de terapias para curar nuestro mal-estar. Por cierto hoy tengo que ver a mi psicoanalista.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños; actualmente estudia la Especialidad en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en la FLACSO Virtual Argentina; es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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La “amable culpa”, 2a. parte, por Enrique Puente Gallangos

Clic aquí para ver la primera parte.

Continuando con la “amable culpa”, es el momento de preguntarnos hacia dónde nos conduce esto, qué tiene que ver el amor con el discurso jurídico; bueno, intentaremos explicarlo.

Es que mientras el discurso jurídico se propone objetivar todo acto que instaure lo prohibido, dando cuenta de su antijuricidad, queda claro, según lo dicho, que será el psicoanálisis el que dará cuenta de cómo se subjetiviza lo prohibido, sus causas, las que llevan a los hombres a precipitarse en esa pared de sombras de lo ilícito, pared de sombras ligada al amor, a la culpa y al inconsciente. Daremos respuesta al mecanismo que liga al sujeto con las categorías lingüísticas del derecho y los significantes judiciales. Esto es, el crimen realiza una travesía hacia dentro del mismo campo de lo prohibido, necesitando simbolizar dicha situación desde el marco de la ley que funda y respalda la sociedad; dicha ley está aun antes que el sujeto advenga al mundo, dicha ley se transmite inconscientemente por el lenguaje. Ley, sistema simbólico y lenguaje anteceden a la llegada del sujeto al mundo y marcan la línea del campo de lo prohibido.

Toda sociedad requiere crear esta estructura que delimite lo prohibido, ya que sin esto se destruiría. Quien quiera que cometa un crimen no hace un simple acto individual, su acto sacude a toda la sociedad. Nuevamente remarcamos, el psicoanalista se encarga de que el sujeto subjetivice el crimen, el jurista se preocupará por que se objetive el crimen; de esta manera queda instituida la causalidad psíquica: demostrando que el sujeto no es ajeno a las tentaciones que lo ligan a lo prohibido. Sea el sujeto culpable por desearlas, o culpable por actuarlas, lo que sin duda no es lo mismo, son infinitas las motivaciones o las aparentes inmotivaciones que pueden llevar al sujeto hacia allí.

Es aquí donde el psicoanálisis contribuye al discurso jurídico, ya que el segundo define cuál es el género de hombre del que se ocupa, no puede desconocer la causalidad psíquica de ese hombre libre y dueño de sus actos, pero al mismo tiempo responsable de la posible deliberación que no podrá sustraerse. Esto nos lleva a decir que, quien pretenda interpretar al sujeto no puede desconocer la estructura fundamental que lo sostiene: cuerpo y lenguaje hablan desde él en una declaración perpetua que es preciso saber escuchar, saber escuchar cómo declara el sujeto y cómo se escabulle su declaración.

Diremos aquí que toda sociedad define su propio modo de racionalidad con la ley que limita lo prohibido a través del Estado y el Derecho, por lo que una sociedad no es una suma de individuos, sino una composición histórica de sujetos diferenciados con razón y culpa, la cual está a su servicio. Juzgar a alguien como culpable nos permite entrecruzar dos cosas: lo institucional social y lo institucional subjetivo, ya que la culpabilidad subjetiva es una respuesta al andamiaje de la ley que corresponde a la razón. Pero una respuesta que no puede ser globalizada ni estandarizada, ya que utiliza muchísimos artificios para hacerse presente. Por esto, ante un crimen, el sujeto comete su falta dualmente: la primera, es el criminal el que actúa, y la segunda, es el culpable el que actúa; aunque podrían ser tres veces: la primera, el culpable que actúa y mueve al criminal, la segunda, el criminal que actúa y satisface al pecador, y la tercera, es el responsable el que podría interrogar al criminal. Por lo tanto, el homicidio debería ser condenable en tres dimensiones: la del culpable que desborda los límites de la ley que limita lo prohibido, el criminal juzgado y condenado por el derecho que objetiviza el crimen, y el asentimiento del responsable, esto es, el culpable y condenado por el juez puede subjetivizar su acto responsabilizándose de él. Por lo tanto, deben instaurarse tres tribunales: el del foro interno (del culpable) del que puede ocuparse el psicoanalista, el foro externo implementado por el aparato judicial, del que debe ocuparse el juez y el foro interno-externo, el culpable que subjetiviza el crimen y da respuestas a lo social. De él se ocupa el psicoanalista y el juez. Sólo de esta manera podría respetarse la aseveración del principio jurídico moderno que dice: “nulla poena sine culpa” — no hay pena sin culpa — y que en el derecho canadiense dice: “el acto no hace al acusado, si la mente no es acusada”. Así, el crimen no supone sólo el cumplimiento de un acto material, sino también una implicación subjetiva.

Para terminar diré que, para que el sujeto logre una implicación subjetiva plena, debe realizarse la siguiente trilogía: articular el acto cometido, la culpa, la sanción penal con la responsabilidad; de esta manera, queda la subjetividad, registra una articulación  entre su falta y lo que señala la ley. En caso contrario y que la implicación subjetiva sea parcial, dado que el sujeto no reconoce su culpa o no se hace responsable de su acto (como ocurre en la mayoría de los casos), el sujeto queda forcluido de su acto, lo cual supone un alto riesgo, ya que en tal caso queda propenso a la repetición ad infinitum de la actuación criminal. Si el sujeto no reconoce y se hace cargo de su falta, será difícil que pueda otorgar significación alguna a las penas que se le imponen y, por lo tanto, a las consecuencias de su acto criminal, la amable culpa, esto es, hacerse responsable y dar respuestas a la penalización y en los compromisos con las instituciones y la sociedad a las que pertenece por su pecado. Ésta es la única manera de no dejar la culpa en estado silencioso.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y estudia la Maestría en Psicoanálisis, es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.


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Por qué nos sometemos a la ley, por Enrique Puente Gallangos

La presencia del psicoanálisis en el estudio del Derecho, supone un entrecruzamiento discursivo; entrecruzamiento que podrá sostenerse en los puntos de intersección: la Ley será uno posible. No se trata de una “psicoanalización” de la Ley o el Derecho, tampoco se trata de “legislar” el Psicoanálisis. Buscaremos puntos de intersección; la lengua que compartimos será uno de ellos. El psicoanálisis es, indudablemente, heredero de la razón moderna. Sin embargo, su práctica clínica y su teoría muestran los límites del ejercicio de la razón. El descubrimiento del inconsciente viene a señalar este límite y la imposibilidad de un sistema de pensamiento que pueda consumirse como formalización que lo incluya todo.

¿Cómo es este entrecruzamiento discursivo?  ¿Derecho y psicoanálisis?  ¿Ley y deseo?  Para poder despejar esta incógnita, pondremos como ejemplo lo siguiente: tomando como paradoja la que nos presenta San Pablo en el Nuevo Testamento, en la Epístola a los Romanos, a fin de articular la pregunta que abrimos con relación a la dimensión lógica temporal entre ley y deseo, “la ley sirvió para despertar en nuestro cuerpo los malos deseos, y eso nos llevó a la muerte”. Y precisa, “de no ser por la ley, yo no hubiera sabido lo que es codiciar, si la ley no hubiera dicho ‘no codicies’. Pero el pecado se aprovechó de esto y valiéndose del propio mal entendido despertó en mí toda clase de malos deseos. Pues mientras no hay ley, el pecado es cosa muerta”. Es cierto que San Pablo lo enuncia en términos de saber y despertar, pero no es menos cierto que la cita es categórica cuando nos dice que el pecado era cosa muerta mientras no hubiera ley. Es por la ley que él conoce al pecado. No dice que hubiera pecado y que después hubo ley para sancionarlo. Por el contrario, piensa el pecado como efecto de la ley que lo sanciona: “no codicies” es la posibilidad de la codicia. A diferencia de lo que se pondría en primera instancia, no es porque haya trasgresiones que hay leyes, sino que hay trasgresiones porque hay leyes.

La ley de la que hablamos aquí no es una ley que uno pudiera sacar o cambiar. Es la ley misma, la ley jurídica y la ley del lenguaje. No debe interpretarse esta relación entre ley y deseo bajo la forma contingente de pensar, que si sacáramos las leyes, no habría más deseos o transgresiones; de ninguna manera, pues legislar sacar la ley — una ley formulada bajo la forma “no hay más leyes” —, tiene la misma estructura que cualquier otra ley.

Para modificar o derogar una ley se requiere promulgar otra. Una vez establecido el campo de la ley, los efectos de la misma son irreversibles e inevitables. San Pablo dice también que el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley; la ley hace saber que somos pecadores y de la condición de posibilidad de tal. En lo cotidiano los actos adquieren  carácter delictivo o no, de acuerdo a las leyes en vigencia al momento de cometerse el acto. Apuntemos aquí, a efectos de ejemplificar la Epístola, a lo contingente de la ley, que aquello que se juzga, haya tenido el carácter delictivo en el momento de haber sido cometido. Procesos por delitos supuestos, fracasan por no estar tipificados como tales en el Código Penal en el momento de haber sido cometidos. Y recíprocamente; si se cometiera un delito y aquella conducta delictiva perdiera dicho carácter al tiempo del juzgamiento, la modificación no debería implicar una modificación de la condena; se trata del cumplimiento de la ley, no de la interpretación personal, o de la decisión individual sobre que debe entenderse por delito. Pero la idea de san Pablo es aún más audaz, no sólo el sujeto se sabría pecador por la ley, sino que la ley misma lo haría pecador (deseante); la idea del pecado se origina en la ley. De la epístola de San Pablo podría concluirse que la ley es la que empuja a la trasgresión, en el sentido de concebirla como idea posible. Si tomamos como referencia el horror al incesto, habría que decir que es la ley la que da el carácter de horroroso y no el deseo de cometerlo. Por más paradójico que resulte que un sujeto desee cometer un acto incestuoso — y eventualmente lo comete — nos da la pauta de su sometimiento al orden legal. Es por desear la trasgresión que se verifica el sometimiento al orden legal. Entre los animales no podría hablarse de incesto, porque no existe tal prohibición, no sería un acto incestuoso aún en el caso que lo hubiera; dicho de otra manera, los hay — la vida sexual de los animales no tiene trabas en la filiación biológica — pero no tienen dicho carácter, pues no están sancionados como tales. Aquí se hace necesario diferenciar deseo de tendencia.  Sólo es pensable un deseo en cuanto una ley lo sanciona y eventualmente lo prohíbe. Primero, la ley. Sin la ley, no hay deseo, sólo habría tendencia. El incesto supone ya un campo de nominación: la madre es un nombre particularizado de un sujeto de la especie; el incesto particulariza al objeto, lo cual sólo es concebible dentro de las categorías del lenguaje. Si el mundo animal es un mundo de semejantes, el mundo humano es un mundo de diferentes. Si la ley funda la trasgresión y está en el campo del deseo, el deseo lógicamente viene a estar determinado por la ley que sanciona su trasgresión.

Esto es estrictamente lo que nos decía San Pablo en la Epístola y se relaciona con la pregunta  que se formulaban algunos filósofos del siglo XIX, con relación a la condición de la posibilidad del pecado. Si el hombre había sido hecho a “imagen y semejanza de Dios”, cómo era concebible que el pecado habitase como posibilidad en el hombre. Puede resultar de particular interés que la Virgen María  haya sido “sin pecado concebida”. Esta frase, leída a la letra, implica que estaba imposibilitada para pecar, que su condición de “no pecadora” no refiere a sus conductas particulares; cualesquiera hubieran sido sus conductas, no sería pecaminosa, puesto que el pecado — según la frase — no habita en la Virgen María desde la concepción misma. En este sentido, de acuerdo a esta lectura, se le podría pensar como un “fuera de la ley”.

Quiero comentar que el discurso psicoanalítico, como lo he señalado en este artículo, viene a señalar límites del ejercicio de la razón que impiden un sistema de pensamiento que pueda concluirse como un discurso formalizado que lo incluya todo; es por ello que planteo la siguiente proposición que probablemente nos acerque a una pretenciosa síntesis que intente aclararnos por qué nos sometemos a la ley. Para esto proponemos que la ley puede definirse como un sistema que sanciona por la negativa aquello que es trasgresión (pecado), por cuyo cumplimiento ofrece la promesa de vivir dentro de los límites en los cuales tiene validez y por cuyo incumplimiento sanciona con el castigo de la exclusión. Es el miedo a ser castigado por el incumplimiento o trasgresión de la ley, lo que permite al mismo tiempo someternos a ella. La  gravedad del incumplimiento queda sancionada por la gravedad del castigo. Insistiremos aquí que tanto el “acto pecaminoso” como el “castigo”, son categorías de lenguaje que llegan a nosotros por el otro (madre, padre, familia, Estado, cultura, etc.).

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional, catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.