El Cafecito


Deja un comentario

Versiones del padre en la cinematografía, por Luis Buero

Breve introducción

El arte cinematográfico siempre nos ha brindado películas inolvidables que fueron utilizadas para reflexionar sobre la concepción de la función del padre. Si nos remontamos al pasado lejano podremos rescatar títulos (que yo vi y recuerdo, dada mi edad) como El pibe (Charles Chaplin), Había un padre (Yasujiro Ozu), o más tarde Ladrones de bicicletas (V. de Sica).

En los cincuenta resultó un éxito El padre de la novia (V. Minnelli) —de la que se hicieron remakes— y en los años setenta fue una verdadera pedrada en el ojo el film Padre padrone (P. Taviani), como también se distinguieron Providence (Alain Resnais), y el famoso Don Corleone de El padrino (Coppola). Sí, fueron directores de variada escuela los que nos mostraron distintas versiones del padre.

Los 80 nos reflejan un padre más vulnerable en Gente como uno (Robert Redford) y en los 90 y este siglo 21 aparecen otros papás edípicos, no menos analizables como el viejo chino de Comer, beber y amar (Ang Lee) o  el compuesto por Robert de Niro en La familia de la novia, y en la reciente Estamos todos bien (adaptación de Stammo tutto benne, con Mastroianni, de los 90).

Dibujos animados como El rey León, Ratatouille, El espantatiburones, o films que utilizan la animación como elemento narrativo principal (Charly y la fábrica de chocolates) merecen su consideración especial.

Pero el tema de este ejercicio narrativo es Karakter. La película Carácter (Karakter) fue dirigida por el realizador holandés Mike van Diem y obtuvo a fines de los 90 el Premio Oscar de la Academia de Hollywood  a la mejor película de habla no inglesa. Pero no es la ajustada reconstrucción de época (años 20), la iluminación, vestuario, locaciones apropiadas, diseño de imagen excelente, la música de thriller que acompaña cada situación, lo que interesa destacar ahora, sino que lo que compete a este trabajo es reflexionar sobre las visiones del padre (del protagonista).

Compartamos el film

La película se inicia cuando Jacob Katadreuffe, el joven protagonista, entra decidido en la oficina de su padre biológico (luego lo sabremos), el impiadoso oficial de justicia Arend Barend Dreverhaven; recorre un largo pasillo lleno de expedientes a sus costados y se para frente al escritorio de Dreverhaven, clava un cuchillo sobre la superficie del mismo y le grita: “vengo a comunicarle que hoy juré como abogado. Y es la última vez que vengo aquí, adiós para siempre, usted ya no existe para mí”. 

El padre no responde, se da vuelta y le da la espalda pero cuando el muchacho se está retirando murmura: “felicitaciones”.   Luego se para y estrecha la mano en el aire, hacia su hijo. Jacob al oírlo se detiene y gira hacia su interlocutor, irritado: “¿usted me felicita?”. Y le aclara que no puede estrechar la mano que siempre se opuso a él. “O te ayudó” …repite el padre.

Jacob se va, camina por la calle de un grisáceo puerto, y se da vuelta en tres oportunidades, descubriendo que tal vez su padre tiene razón, que él se ha recibido de abogado por estar luchando para saldar “la deuda que tenía con el padre”, y a la vez asumiendo “la deuda del padre con la sociedad”, pues él será finalmente abogado defensor (en un prestigioso estudio) de quienes el padre desaloja bestialmente. Vuelve entonces y salta sobre el oficial de justicia. Sobrevienen los títulos del film y luego lo vemos retirarse por el muelle, ensangrentado, más tarde la policía lo arresta y es llevado ante un juez. El padre ha muerto y se lo detiene como sospechoso de ese crimen. ¿Alguien mató a Dreverhaven?

Jacob declara haber reñido con su padre, pero asegura que estaba vivo cuando él se retiró de la oficina. El Juez le pregunta cuál era su relación con Dreverhaven y Jacob comienza a narrar el argumento del film, del mismo modo que el neurótico cuenta su historia al psicoanalista. Con agregados, preguntas e interrupciones breves del juez, como si fuera un eventual analista que quiere saber, se va desplegando la versión de Jacob de lo que sucedió, y de los personajes principales de su novela familiar.

El relato de Jacob

El juez inicia el diálogo refiriéndose al nombre del padre: “ese nombre suena como un relámpago inminente” y Jacob agrega que el nombre de su padre era una leyenda antes que él lo oyera y que simbolizaba la ley sin compasión, la maldición de los pobres. Era ese padre implacable que podía sacar a una mujer falsamente moribunda de su pieza y tirarla al suelo de un patio, porque nadie podía vencerlo ni engañarlo.

Este padre —todos coinciden— ya era un mito en vida y lo era antes que él naciera, el padre aparece  así como Otro del otro, la génesis del ideal de Yo estaría ya en relación directa, en Jacob, con esta identificación al padre de la prehistoria personal. A su vez Dreverhaven, para Jacob, es el hombre que se acostó una sola vez con Joba, la madre de Jacob y —según su relato— en esa sola vez la embarazó. Luego entre ellos dos no hubo sexualidad. Así lo ve Jacob.

Sin embargo, para Jacob, Dreverhaven aparece como el padre potente que se ha inscrito en el niño a través del mensaje de la madre. Pero también es el hombre que, sin embargo, fue rechazado por la madre como posible marido, y cuando Jacob preguntaba por el padre siempre le respondía “no necesitamos nada de él”.

Perseguidos por ser —para la gente— Jacob un bastardo y Joba una prostituta, es decir, madre soltera para esa época, ellos se mudan a otra zona de la ciudad. La madre ha tenido el ofrecimiento de casamiento de otro hombre pero no lo acepta, Dreverhaven finalmente, según Jacob, sería el único. Jacob niño, descubre en la casa alquilada unos libros en inglés y una enciclopedia incompleta, que solo llega a la letra T.  El niño lee todo el tiempo para soportar el silencio de la madre y despliega su curiosidad, una manera de interrogarse sobre el goce parental en esas dos personas mayores de su historia, que nunca terminan de encontrarse.

Pero a su vez en su silencio hacia el hijo (ese silencio que Jacob interpreta como que la madre no lo soporta) ella marca el ingreso del padre prohibiendo el incesto y la posibilidad del hijo de acceder a la madre.

“El silencio eterno de mi madre me hizo pensar que no quería mi compañía” relata Jacob. El silencio de la madre marca la presencia de un padre omnipresente, no reemplazable por otro hombre e inaccesible para el hijo. Ella desea a Otro que no es Jacob. Si bien es cierto que Joba, como toda madre de un neurótico obsesivo, introduce el nombre del padre pero tiene ambivalencia, es la ley del padre pero no…porque no lo necesitamos. En el fondo no le permite desidentificarse del todo el falo que ella necesita.

Y esa es la lucha de Jacob, ¿ser o no ser el falo de la madre para ser un sujeto de deseo finalmente? Y por otro lado, si la madre no acepta las propuestas de casamiento de Dreverhaven ni de otros hombres, y a la vez aleja a Jacob con su silencio… “¿qué diablos de desea?”, se pregunta sin decirlo Jacob… Lacan le respondería que eso es un misterio. Pregunta sin respuesta: ¿qué quiere una mujer?

De todos modos, esta actitud de corte, silencio, distancia hacia Jacob,  es reiterada por la madre —según Jacob— a lo largo de toda la historia. Hasta, incluso, años después,  alquila la habitación de Jacob a otro joven que —paradójicamente— se ha ido de la casa de sus padres porque no comparten sus gustos en cuanto a las novias que elige. Esto ocurre ya en la adolescencia de Jacob, cuando la consumación del incesto ya no es fantasía sino posibilidad concreta, y a la vez Jacob, que en algún punto se siente echado, empujado a hacer algo con su vida, y a la vez huye de ella hacia un negocio de tabaquería en el que es estafado.

Pero para consumar ese negocio, Jacob ha pedido dinero en el Banco del Pueblo que pertenece a su padre (¿un saber no sabido?) y queda debiéndole plata. A partir de allí se inicia la relación de Jacob con su padre, que transita el reclamo por parte del acreedor en más de una oportunidad, porque Jacob volverá a pedirle dinero, pero ya directamente, cuando decide estudiar abogacía.

El fantasma homosexual del obsesivo, el de estar sometido en forma pasiva al padre, le impide ver que es él mismo quien se somete al discurso del padre velando la castración ejercida por ese ser,  vislumbrado como padre todopoderoso.

Paralelamente Dreverhaven sigue insistiendo en acceder a Joba, sin éxito. Aquí podríamos recordar que “el padre que merece respeto es aquel que es capaz de hacer de una mujer  (la madre de Jacob) la causa de su deseo”.

Pero para su buena suerte, Jacob es ayudado por un sustituto del padre que le dice que sí, y es el Dr. Gankelaar. Éste le da trabajo en el estudio jurídico en el que él va a parar por el tema de su deuda, y lo defiende en el juicio por insolvencia que le ha iniciado el padre. Por un momento Jacob parece rendirse ante el reclamo del padre, y Gankelaar le grita: “¿quién le enseñó este autocastigo sin sentido?, le doy el dinero y lo aceptará, los que no aceptan un regalo no pueden darlo, y tu tienes mucho para dar”. En ese estudio jurídico le regalan luego, también, la enciclopedia completa. ¿La usina de todos los significantes?

Gankelaar, su jefe directo, se presenta como el que tiene el falo pero no lo es, no es el padre prohibitivo, sino el permisivo y dador, el que abre el camino, el que lo ayuda a obtener el título (de abogado).

Mientras que Draverkaveen es para Jacob el padre gozador causante de todos sus padecimientos, el padre que —como en el caso del “hombre de las ratas”— siempre se le aparece obstaculizándole sus deseos.

En el relato de Jacob, a él  lo descubrimos como un religioso del padre, cree que el Otro existe. Hasta imagina un sueño del padre como aquel Totem de la horda primitiva, prohibidor absoluto del goce, que es asesinado por sus deudores.

Pero el padre de Jacob no era en verdad un todopoderoso, era el padre que no pudo lograr que la madre se casara con él, el que murió solo, alcohólico, con dudas, odiado por muchos, y  hasta tal vez se suicidó. Según el relato, había  perdido a Joba, a su hijo, y hasta la posibilidad de ser castigado por él.

Pero es el padre como semblante, algo que existe pero no tiene sustancia, su existencia es meramente significante, indicadora de los modos de ordenar el goce en la cultura. Y en tanto Jacob como esclavo sostuviera el lugar del amo, el amo era todopoderoso. Si el esclavo se rebela, el amo cae de ese lugar humanizándose, transformándose en otro con minúsculas. Y enfrentado a su implacable, sádico Superyo, pareciera que no tiene más opciones que matarse. Al menos eso escribió el guionista de la película.

Lo romántico no ocurrió (el enamorado inhibido)

Tengo una amiga tan romántica que ve las películas pornográficas hasta el final con la esperanza de que la pareja se case. Es un chiste, pero en Karakter nos quedamos sin escena romántica.

¿Por qué no hubo romance entre Jacob y la señorita Lorna Te George? Y eso que ella le mostró la terraza, le abrió la puertita que daba al aire y a la libertad (¿pulsional?).

Mi amiga diría: “es que nadie le enseñó a amar”. Y tal vez tenga razón, con esa madre que respondía a la angustia de Jacob cuando volvía de ser encarcelado injustamente y casi abusado, o de ser estafado en un negocio años después, dándole comida, como manera de contención y afecto… qué se podía esperar.

Y ese padre finalmente impotente para conseguir el amor de Joba o de otra.

Confieso que me hubiera gustado que Jacob se quedara con Lorna, y que la película fuera más hollywoodense, pero para Jacob el deseo es imposible. Y en la relación con la señorita Te George se evidencia su procastinación. Como diría la gente del fútbol, ella se la deja picando más de una vez, para que él patee apenas y haga el gol, pero Jacob dirá luego que no vio o no entendió “las señales”.

Sin embargo, no solamente la subjetivación de la deuda del padre lo tenía muy ocupado. También en la trama, cuando está por decirle algo a la señorita George durante el baile de festejo de su graduación, en el estudio, es el mismísimo Gankelaar el que le pide que le permita bailar con ella, y lo separa. Antes, en otra escena, lo había interrumpido el director de la biblioteca del estudio y jefe directo de Lorna. En otro momento la encuentra en la playa y pareciera que se va a animar pero aparece un invitado de ella que sale de una carpa y otra vez hay otro que le corta el chorro. O sea que a cierta parálisis en la decisión, se presentan otros “privadores” que parecen decirle “con esta no” y él se enoja pero no se rebela ante eso. Finalmente la propia madre, años después, cuando ambos (la madre y Jacob) encuentran a Lorna por un parque, ya casada y con un bebé, Joba le dice a Jacob: “¿Por qué nunca le hablaste? Fuiste un tonto”, ¿certificándole que en algún punto está castrado? ¿En qué lo ayudó tardíamente con ése, tal vez su único consejo transformado en crítica, según Jacob?

Jacob queda diciéndole en el parque a Lorna que la seguirá encontrando, de casualidad, cuando se dé la circunstancia, en ese parque, repitiendo la historia de desencuentros que él internalizó, de su padre y madre.

Impreciso resultaría considerar el amor paterno o materno como un acto de tiranía, máxime cuando el individuo está (para la psicología social) constantemente en construcción y reconstrucción tanto de su identidad como de su personalidad, la misma que se constituye según algunos, perpetuando la imagen del padre o asesinándola para buscar a si su libertad, un acto edípico en su esplendor, pero necesario para conocerse a sí mismo.

Hablando de Edipo

La metáfora paterna es una escritura por la cual Lacan, en sus primeros años de enseñanza, propuso una concepción del padre en análisis para dar cuenta de la función del complejo de Edipo y su finalización, descripta por Freud como complejo de castración. Conviene en efecto explicar de qué modo el padre se convierte en portador de la ley. Ningún padre, real o imaginario, basta para la función; no puede cumplirla plenamente porque se trata de una ley simbólica, es decir, de la ley del significante, y de un padre simbólico del que sólo hay huellas en el texto del discurso. En los tres tiempos lógicos del Edipo lacaniano el padre aparece como simbólico, imaginario, y real.

El padre simbólico, prehistórico, es reconocido por Jacob como preexistente y hasta mítico. El padre simbólico es el significante o un dato irreducible del mundo significante. Y el padre freudiano, prohibidor, imaginario, es vivenciado en distintas escenas, una de ellas, la del momento en el que Jacob niño es injustamente encarcelado y su padre como castigo va a verlo y no lo salva.

Es el padre que tal vez Jacob admiró y amó antes de esa escena de la cárcel, el padre que él seguía de niño, buscándolo.

Y luego es el padre terrible, hostil, que quiere frustrarlo nueve de cada diez veces para que en la décima sea más fuerte. Y para vengarse de la madre que no adviene a aceptarlo como marido.  Dreverhaven es el padre que prohibe el incesto, la renuncia pulsional, impulsa la norma… pero recibe el odio. En Karakter se desmantela la serie amor, odio, muerte, culpa, secuencia de constitución del sujeto en Jacob.

Pero en ninguna escena le ha dicho “no te acuestes con tu madre”. Y de tal modo se confirma que el padre, en el complejo de Edipo, no es un agente real de la castración. Más exactamente, el padre es una metáfora; es un significante que se introduce en el lugar del significante del deseo de la madre,

Finalmente, los roles de padres reales, dadores, son  ocupados —si se quiere— por el inquilino comunista y sobre todo, Gankelaar, el jefe del estudio jurídico. Ambos le muestran que se puede, que él puede hacerse cargo de su propio destino. Son los padres de los cuales el sujeto se sirve para hacerse cargo de su propio deseo.  Y de su fantasma que consiste en mostrarle al padre que no lo necesita, porque él es excepcional.

Y finalmente el juez, que lo escucha, le cree, lo comprende y lo libera, es otro padre dador, que incluso lo ha defendido del acoso policial en la comisaría.

La muerte del padre en Karakter

El padre de Jacob ha muerto, no se sabe bien cómo. Aparece con una daga clavada en el vientre y el cuello roto por haberse caído de la planta alta del edificio. El juez y el forense deducen la hora del deceso y deciden por una cuestión matemática que Jacob no pudo ser. Le preguntan a Jacob qué teoría tiene sobre cómo murió su padre y él imagina un suicidio. Un suicidio que sucede luego que el padre le legara sus bienes en una nota firmada como “papá”.

Metafóricamente hablando, el inicio del sujeto es el asesinato del padre, finalmente la eficacia del padre opera cuando está muerto. Como en el mito, aparece el orden una vez que el padre ha muerto. Para ser sujeto Jacob debía matar al padre perverso. No lo mata físicamente, no accede al pedido de Dreverhaven de que lo mate con su propio cuchillo. Pero si le dijo: “adiós para siempre”, y ahora una vez muerto, recibe el apellido que lo inscribe en la línea de las generaciones. Será un Dreverhaven, un capitalista. Pero a la vez un abogado de un estudio que defiende a los deudores de ese padre, que ya muerto, se le aparece joven y temible, observándolo, como el fantasma propio de su mito individual, en la última escena.

Deliremos un poco

Si Jacob fuera un personaje real, no de película, podríamos viajar en el tiempo y preguntarnos: ¿Será feliz a partir de ahora? ¿Comerá perdices como en el final de los cuentos de hadas?

No lo sabemos, sólo vemos que Jacob jamás se ríe. Mike van Diem no quiso continuar el relato.

Pero Freud lo dejó muy claro con la formula: El yo es el cementerio de las identificaciones que hacemos a lo largo de nuestra vida; el yo se organiza a partir de la interiorización de un rasgo de cada objeto perdido.

Las versiones de su madre y padre muertos que Jacob nos ha dado auguran un futuro en el que seguirá erotizando la vida intelectual mientras que va a  perseverar en mantener a distancia su deseo por Lorna, que siempre tenderá a ser evanescente. Otra opción probable es que se “tire a chanta” y no haga nada nuevo o prestigioso, debido a que ha muerto el espectador principal al que le dedicaba sus hazañas.  Una tercera posibilidad es que viaje a Viena y conozca a Freud, (que tal vez para esa época esté tratando al Hombre de las Ratas), a fin de trabajar su vinculación inconsciente con la deuda paterna y con la mujer vinculada a la primera identificación. Pero dado que es un neurótico obsesivo, debería ser Gankelaar el que lo obligue a hacer terapia, si vuelve a ser su jefe algún día. Florines para pagarle a Freud ahora tiene.

En lo que a mí respecta, le deseo lo mejor.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar