El Cafecito


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¿Niño o niña?, por Enrique Puente Gallangos

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Un ser humano deviene sujeto por el Otro. El otro de la cultura, el lenguaje y su historia. La sexualidad de este sujeto tiene la misma vía; aunque no podemos negar el buen intento de la biología por dar un sexo, pero admitamos su insuficiencia. La ciencia globalizada al servicio del deseo, no del  hombre, no del ser, no del sujeto, si del consumidor y del deseo de los padres, ofrece la cirugía como rápida solución. Permitamos al sujeto un sexo, estructurado por su historia, su biología y su cultura; que descubra y conquiste su sexualidad; y no cubra lo que fue colonizado con un sexo por el otro de la ciencia plástica.

¿Cuál es mi sexo? ¿Qué es la intersexualidad?, ¿Qué órganos sexuales combinados en un cuerpo cuestionan la sexualidad del sujeto? Una niña, un niño, una mujer, un hombre, no son iguales, son diferentes. Diferencias generales, cualquier afirmación estricta sobre la naturaleza de su sexo necesariamente depende de una política social y de la ciencia.

La realidad es que hay sujetos que nacen con diferencias en los órganos, tipo mujer y tipo hombre. Al nacer el sujeto, en algunos casos, sus órganos genitales son confusos, pueden ser con un clítoris largo, pene pequeño, o un órgano que no es claramente pene o clítoris; mujeres con cromosomas XY y hombres XX, otras XXY, XO, XO/XY; mujeres con testículos internos y hombres con ovarios internos. ¡Puf! Cosa complicada para los padres, pero comprensible en la escena médica, ya que la anatomía sexual femenina o masculina comparte vías comunes en la matriz.

Monstruosa y vergonzosa es la intersexualidad para las familias de estos niños y es mejor no hablar del tema. Pero l@s adult@s intersex han decidido hablar y hay que escucharlos. Los médicos, de una manera cuantitativa, han otorgado sexo a estos niños intersex cortando lo que sobra y poniendo donde falta, claro, con las mejores intenciones para dar respuesta a las familias y a los niños; pero se olvidaron de un detalle, la asistencia psicológica para los padres y para los niños, porque bien sabemos que un niño o niña juegan indistintamente con juguetes para niños o niñas y que su familia los dirige hacia un sexo, masculino y femenino según sea el órgano. Pero también sabemos que aun sabiendo el órgano y seleccionando los juguetes de su sexo, los niños en ocasiones no se dirigen a un objeto del deseo sexual diferente al suyo, sino se dirigen a un objeto del deseo sexual igual a suyo. Esto es que la elección de un objeto del deseo de un sujeto no depende del saber del órgano que posee, así que las buenas intenciones de otorgar un sexo a estos niños intersex, según el dicho de los adultos intersex, les han presentado un sinnúmero de problemas; ya que implantándoles un pene o una vagina, los ha llevado con el tiempo, su cultura y su lenguaje, a buscar, siendo adolecentes y adultos, un objeto del deseo sexual muy distinto de lo que les indica su sexo implantado.

Tarea nada fácil para la ciencia en general determinar un sexo para el sujeto; pero demos oportunidad a otras disciplinas como el psicoanálisis y demos una oportunidad a estos padres y a estos sujetos que sean ellos quienes, desde su propio deseo de tener un niño o niña, estructuren a este ñiñ@ y con sus usos, sus costumbres, lleven a provocar a este ñiñ@ un deseo sexual y sea el mismo niñ@ quien haga un giro cultural  y se descubra sexuado y responda: “¡yo son un niño!” O: “¡yo soy una niña!” Nadie nace mexicano o ruso o argentino, ni mucho menos; nadie nace humanista, garantista o estructuralista; es el contacto con nuestra historia, nuestra cultura y el lenguaje la que nos estructurara subjetivamente y a través de la palabra podríamos decir: “soy María Paula, mexicana, orgullosamente oaxaqueña y mujer”.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y adolecentes;Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina; Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP en la Universidad Autonoma de Tlaxcala; es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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¿Sometidos a las peligrosas corderitas?, por Luis Buero

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(Como si fuera un programa de televisión, esta columna dedicada a las “adorables” pendejas, está dividida en bloques)

Primer Bloque

Es como una Ley de Murphy: “Hombre recién divorciado, si tienes entre 35 y 65 años y eres un cazador inexperto, tarde o temprano serás desaforadamente atraído por la carne de cachorra”.

Las maduritas y veteranas, que están solas y disponibles, sienten un duro golpe en el bajo vientre de su narcisismo y exclaman: “¿por qué siempre se fijan en las jovencitas?”.

Es entonces cuando en charlas de peluquería despellejan al Adán, que lejos de asumir su andropausia de lumbago y espermatosaurios, anda pastoreando en tiernos campos como un adultescente.

Lo bautizan viejo verde, o “acné” porque ataca  a las adolescentes, o “Cris Morena” porque hace bailar a las chiquititas y a las casi ángeles.

Lo que esas mujeres que Arjona tanto venera no se preguntan es algo muy obvio desde la perspectiva masculina. Cómo no sentirse atraídos por una “veinte añera” si la arteriosclerosis precoz no hizo que ese varón que peina canas deje de valorar la piel tersa y perfecta de ellas, su humor de intacto cascabel, su risa huracanada que surge a borbotones, su ingenio brillando, su mirada pícara con relámpagos de inocencia, y su loca carrera por vivir…  Los ojos de ella son un espejo que nos devuelve un yo-paraíso-perdido.

Mientras la señora condena, la chiquilina pregunta; donde la “mayorcita” es escéptica, la joven luce esperanzada. Cuando la jovata critica con voz gastada, tanguera, la muchacha levanta las persianas para que entre el sol. El ideal de la cincuentona reside en el pasado, el de la chiquilina aturde con sus tambores que redoblan en el horizonte.

Con eso le basta a él, el señor de las cuatro o cinco décadas, para poder soportar a esos nuevos suegros que lo odiarán minuciosamente, si se trata de un galán de largo aliento y no un “winner” que buscaba una sola noche de sexo.

Segundo Bloque

Ahora viene la otra pregunta: ¿por qué algunas Cenicientas y Caperucitas prefieren al viejo lobo antes que al querubín Pinocho?

Más allá de que las minas a toda edad son, como diría Unamuno, “más vivas que el hambre”, a las chicas les gusta a veces dejar de hacer el papel de madre de los de su edad y sentirse un poquito hijas de los “muchachos grandes”.

Les encanta por un rato tener al lado a alguien que la tenga clara, que haya vivido, que les enseñe algo. Incluso, que las escuche, las oriente, y les permita descargar esa angustia propia de todo ser viviente ante el sinsentido de la existencia.  Porque ellas, las corderitas, están en el kilómetro cero, ese espacio envidiado al cual todos quisiéramos volver absurdamente, con la seguridad neurótica de que la historia puede cambiarse.

Por otro lado, las mujeres que saben lo que quieren y van camino a su meta (profesional), muchas veces no tienen ganas de bancarse todas las pende-actitudes que exhiben los tipos de hasta treinta y tantos. Por eso para ellas  un “Don Juan PAMI”  es más práctico: tiene la vida armada. Además, los jovatex no les dan tanta bola a los amigos y al fútbol y a ellas les divierte tener delante un tipo que, cuando ella se saca el soutien, pone cara de estar mirando el derrumbe del Perito Moreno en su conjunto.

Pero esa expresión de niño con chiche nuevo, de explorador azorado ante la fuente de la juventud, es el principio del fin de todo ladrón de cunas. Porque a medida que pasa el tiempo, este encuentro se convierte en una aventura exótica, pasajera, para esa inconsciente cachorra  y en una segunda oportunidad  dramáticamente añorada por él.

Y así llega el día en el que Lolita se despierta y reflexiona, “al lado de este veterano jamás podré cumplir mis sueños”, y en menos tiempo en el que suena un disparo, se fuga a un “after office” con los de su edad, se olvida hasta del nombre de su hasta entonces amor atemporal, y no vuelve a su lado nunca, pero nunca, lo que se dice nunca, nunca más.

Tercer Bloque

Ahora bien: ¿las corderitas (léase, “minas” que van entre los veinte y los veintinueve) son solo “peligrosas” para los pendeviejos?

No, también lo son para los de su generación (si el pibe se engancha de veras).

¿Por qué? Porque ellas, que quieren ser escenógrafas en Brodway, productoras de Hollywood, descubrir la vacuna contra la piorrea, convertirse en mediadoras por la paz en Honduras, conducir empresas, tirarse en parapente, bucear en el Mar Negro y aprender cómo es la terapia de cuencos tibetanos… también necesitan por momentos sentirse amadas.

¿Qué significa esto? Que no se bancan el histérico que solo quiere salir con ellas una noche bajo el lema “del polvo venimos y hacia el polvo vamos y mañana no te veo más”… pero tampoco “están preparadas” para casarse, convivir con un chico, sentar cabeza como diría mi abuela.

O sea, que en el fondo necesitan un macho para el “mientras tanto”. Mientras tanto logran la otra meta, por el momento, la principal.

El problema es que algunos hombres, aunque ellas no lo sepan, son seres humanos, se enamoran, (es más, ellos buscaban una mujer para que los ame) y aunque ya no sumen 48 sino apenas 24 pirulos, terminan en la misma fosa común, cuando son ellos los que desenfundan la demanda del compromiso y quieren ponerle la sortija a la muchacha. Entonces, cuando la cosa se pone densa, la Julieta del siglo XXI hace las maletas y huye más rápido que el Correcaminos.

Otras jovenes, más coherentes en el recorrido sentir-pensar-hacer, lo intuyen, por eso eligen fulanos casados, o separados de historias terribles, o se adosan esos novios execrables, que amargan la vida a toda su familia, la que no entiende que ella está practicando el deporte del “mientras tanto”, tapando el agujero de la bañera existencial con lo que encuentre a mano, aún a sabiendas de que el agua se puede escurrir o al revés, inundarlo todo.

Cuarto Bloque

¿Qué quieren las mujeres? Se preguntaba Herr Profesor, Segismundo Freud. La teoría sospecha que un varón centra todo el goce sexual alrededor del falo. Su goce entonces es “uno”. En cambio, el goce de una mujer es doble, dividido, “no todo” fálico. Una parte se localiza alrededor del falo mientras que la otra parte permanece desconcentrada, no representable por el inconciente. Es ese “no saber”, ese “no sé lo que quiero pero lo necesito ya”, es sí,  lo que de alguna manera llamamos “femineidad”. Hay una falta que nunca cesa de no inscribirse. Esto lo vemos patéticamente representado en el film Revolutionary Road (titulada Sólo un sueño en nuestros pagos). La sinopsis que uno lee del supuesto argumento en las promociones, no narra lo que verdaderamente se despliega en la película, que desde ya les sugiero ver.

¿Qué corno quiere la atormentada April Wheeler ( el personaje de Kate Winslet)? Ella deseaba ser especial, diferente, no como los demás y no aceptaba ser sólo una esposa “feliz” con un matrimonio con un bombón como Di Caprio y dos hijos perfectos, dentro de una hermosa casa de dos plantas con jardín y perro dorado.

Y frente al abismo de su desencanto, mirando fotos antiguas, se le ocurre que la solución es ir a vivir a París. ¿Qué significa ese traslado a ciegas a un país lejano y desconocido para ella, sólo basado en su manojo de ilusiones? ¿Cuál es su sólo un sueño al que se refiere el título?

La novela que sostiene el argumento coloca el drama en los años 50, pero… ¿hoy no hay chicas así en todas las ciudades? ¿No son así, acaso, las “narcisas” y peligrosas corderitas?

Quinto y Último bloque

“No hay nada más común que querer ser extraordinario” rezaba el propio Shakespeare en uno de sus diálogos, hace ya varios siglos.

Por eso, las corderitas que hoy no ven su modelo en la serie Yo Quiero a Lucy ni tampoco en Sex And The City, cuentan igual con una zanahoria a la que seguir, empujadas por la brecha que las empuja. Para ellas la vida es como un viaje en taxi, en el que uno se mete y ya empieza, apenas se sienta, debiendo cuatro pesos.

Pero lo importante a reconocer, queridos hermanos, es que su Mesías ya no somos nosotros los varones.

Su búsqueda, la de ella, es metonímica, su deseo no tiene destino fijo, está animado por una fantasía encriptada, indescifrable, que salta de objeto en objeto, infinitamente (aunque en cada momento darían la vida por este logro que tanto apetecen conseguir). Del mismo modo que April, en la película, la entrega por no poder ir a París.

Por eso las pequeñas corderitas, en pleno desarrollo de su potencialidad, y atravesadas por ese “solo un sueño”, no nos ponen en la cima de sus prioridades, somos apenas su Sancho Panza circunstancial. Y para nosotros, para los tipos que alguna vez las amamos, siempre nos quedan en el recuerdo como un síntoma doloroso del que finalmente sobrevivimos, representadas como diría Sabina, en la imagen de aquellas “mujeres veneno, mujeres imán, mujeres de fuego y helado metal, mujeres consuelo, mujeres fatal”.

Si un amigo me dijera “voy a salir con una pendeja”, igual no lo prevendría en absoluto, ni le recomendaría leer una nota. Porque en síntesis, una peligrosa corderita es como la gripe A, cuando entra en tu vida, te sube la temperatura corporal, te confunde los pensamientos, te mete con ella en la cama por varias noches y días y en un momento crees que te va a matar, hasta que de golpe se va y te deja los huesos molidos y el alma en la mano… pero el corazón vacunado, lo que te garantiza el saber que nunca más te va a enloquecer otra, como a Ulises, con sus perentorios cantos de sirena.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Reloj, no marques las horas, por Luis Buero

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Como en la canción de Lucho Gatica, si estamos y nos sentimos bien, si hemos encontrado al amor de nuestros días, deseamos que el tiempo se detenga, porque no ignoramos que ni la realidad ni nosotros seremos perfectos para siempre, y no sabemos qué sucederá en el futuro.

Precisamente estas frases se dicen repetidas veces en el filme El Curioso Caso de Benjamin Button, película en la que una anciana, a punto de morir en una clínica de Nueva Orleáns, le revela a su hija que su padre ha sido un hombre que nació anciano y fue rejuveneciendo hasta morir como un bebé.

Mientras sucede ese flash back, el huracán Katrina se está acercando a la ciudad. Y según el relato de la señora, todo tuvo comienzo el día en que un relojero ciego puso en funcionamiento un reloj en una estación central, diseñado para que sus manecillas giren en dirección contraria, con la esperanza de que este artilugio trajera de vuelta a todos los que fallecieron en la Primera Guerra Mundial, entre ellos a su único hijo, también muerto en la contienda. La película podría enfrentarnos a la pregunta de qué haríamos nosotros si naciéramos viejos y comenzáramos a ser más jóvenes cada día. Esa ilusión, con variaciones, todos la hemos tenido. ¿Quién no se imaginó o deseó volver al pasado a andar el mismo camino con la experiencia ganada, modificando sus acciones ahora que conoce los resultados? Si eso fuera posible, John Kennedy no hubiera aceptado viajar a Texas en el 63 y a Hitler lo hubiesen dado en adopción a una familia de esquimales en el Polo Norte.

Pero no es de nuestra tendencia a conjugar al cuete el imperfecto del subjuntivo al que se refiere El Extraño Caso de…, sino al hecho de que naciendo jovatos o infantes el problema es el mismo. El drama  no es que vengas al planeta con 80 o con cero edad, sino que la vida sólo es posible vivirla hacia delante y que tarde o temprano llega el final y sólo te queda aceptarlo. Hasta el mismo tictac que se mueve al revés es cubierto por la inundación. Obviamente que en la historia esto le ocurre a un hombre. Si el reloj biológico de las mujeres se invirtiera y comenzaran a rejuvenecer, tirarían a la basura tantas cremas que se empastaría el océano. La industria de la estética se hundiría y el huracán estaría provocado por los despidos masivos. Pero lo único real, como diría Benjamin, es que la vida no se mide en minutos sino en momentos, como éste en el que escribo, y el otro, el tuyo, en el que acabas de leer esto. Lo demás, todo, es fantasía.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Cenicienta quiere un “chongo”, por Luis Buero

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Una encuesta publicada en una revista yankee de psicología parece haber confirmado científicamente lo que ellas ya sabían: que a las mujeres las seducen mucho más los “hombres malos” (léase: narcisistas, manipuladores, egocéntricos,  desprejuiciados y  muy activos sexualmente). O sea, en otras palabras, las atraen los llamados “sex-toys”, los “chongos”, los rudos y sensuales, que jamás presidirían una mesa tipo Los Benvenuto y que tarde o temprano las dejarían por otra.  En definitiva, lo que muestra la película Indifelidad, en la que Diane Lane le mete los cuernos a su buenazo marido Richard Gere, acostándose con el cancherito francés Olivier Martinez al que apenas conoce.

Y sí, ellas sufren por amor y denuncian haber sido seducidas y abandonadas,  pero cuando Cenicienta consigue al príncipe perfecto….se aburre.

¿Y ese cuento de hadas que nos contaron en el que para amar a alguien una dama tenía que admirarlo?

“¡Ay, ay, estas minas…!” murmurará resignado algún noble macho. O alguna vieja barriendo la vereda diría: “siempre eligen al peor”.

Pero vayamos al punto para preguntarnos : ¿ellas son masoquistas, se volvieron locas, qué les pasa?. ¿Cenicienta se calienta con el lobo y al leñador no lo quiere ni para que prenda la estufa?

Nada que ver. Perdonen mi recurrencia.  Ya herr profesor Don Segismundo escribió en 1912 que, según parece, la vida amorosa de los neuróticos (todos nosotros) es posible solo a partir de cierta degradación de la imagen del partenaire.

Él primero se dio cuenta de este problema a través de sus pacientes hombres que padecían de impotencia sexual  psíquica. Así es, parece que al doctor Freud muchos varones cultos le contaban que no les funcionaba el instrumento con sus esposas, las mujeres buenas, y sí con una prostituta, o con una “loca”. ¡Chupáte esa mandarina!

Pero también, luego,  algunas damas muy dignas le confesaron que se sentían frígidas compartiendo la cama con sus maridos, mientras que se encendían ardorosamente en el lecho de sus amantes, todo esto potenciado por el placer  de mantener estas circunstancias en secreto.

Ahora bien, dado que en el deseo carnal y el cariño tierno no siempre conviven en el mismo sentimiento, lo que dedujo, con toda humildad, el genio de la barba y de la pipa, es que, al ser mamá y papá y otros parientes sanguíneos, los primeros objetos de amor externos que tenemos, y que elegimos,  puede suceder que ante estas personas nuevas que hoy conocemos y que se nos presentan ante nuestros ojos como celestiales e inmaculadas, se nos inhiba la pasión,  como una  simple defensa inconsciente ante la posibilidad de lo incestuoso.

¿Complicado? No, sencillo: mi abuela me crió para que sea afectuoso, educado, generoso, amable, caballero… y cuando ellas conocen alguien así  lo tratan como a un hermano.

Las frívolas lo ven demasiado light, pasteurizado, previsible. Las más cultas le dicen: “ ¡te veo algo hipotónico!”

Contradicción interesante la de los seres hablantes, entonces, que los animales, acuciados por el instinto, jamás sufrirían.

Pero esto de que la dentista se engancha con el mecánico y  el ingeniero con la mucama analfabeta que le hace sexo oral debajo de la mesa, dura sólo un tiempo. Tampoco prospera la Cenicienta con el lobo y el seminarista con la corista (rima y todo).

Gracias a Dios, después de cierta edad algunos crecemos, y fruto de varias separaciones y naufragios afectivos, y mucho comer empanadas en el delivery, encontramos a ese otro/a que nos permite establecer un vínculo real, mediado no sólo por las pulsiones, sino también por el compañerismo, la contención, y por qué no,  la confianza, palabra que pasó de moda y sin embargo,  sigue siendo insustituible.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Celos: un encuentro con el abismo infinito, por Luis Buero

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Yo estudié psicología social pensando en investigar los pactos psicológicos del público con la televisión (o sea, dilucidar las sinrazones por las cuales la gente reclama una programación mejor pero luego le da rating a las producciones que critica).  Pero cuando tuve que escribir mi tesina de grado, mi profesora-guía me pidió que eligiera una temática menos mediática.

“¿De qué corno escribo?”, murmuré preocupado. Pero y, dado que, como dijo el mítico John Lennon, la vida es lo que pasa mientras estamos pensando en otra cosa, el tema vino a mí solito.

Algo personal

Yo pasé años y años creyendo que no era celoso, tal vez porque había olvidado las peleas que tenía con mi hermano cuando mi mamá le servía un milímetro más de flan con dulce de leche, o porque con mi esposa (la que,  por aquello de que el amor tiene que ver con la química, me trataba como si yo fuera un desecho tóxico) jamás tuve una pelea por celos.

Pero una vez liberado de mis primeras náuseas, perdón, nupcias, tuve la infeliz idea de salir con mujeres muy jóvenes, creyendo que allí encontraría minas de buen carácter, hasta que terminé por armar pareja con una locutora de radio mucho menor que yo.  Mi hermano me bautizó “ladrón de cunas”, y mis amigos me llamaban Cris Morena, porque decían que yo hacía mover a las chiquititas.

En aquellos días mi “young lady” conviviente no se animaba a emprender una segunda carrera terciaria y yo la animé a hacerlo. La noche que ella regresó a casa después de su inicial día de clases universitarias se fue a dormir muy cansada. Yo estaba en el living meditando sobre el objetivo de mi tesis cuando me encontré delante del cuaderno que ella había dejado sobre la mesa, y mi mente fue sorprendida por una pregunta inesperada: “¿habrá anotado ya el teléfono de algún compañerito de facultad?”.  Y no pude evitar abrir la tapa y revisarlo. Miré hasta la última página vacía y lo cerré de golpe, colorado de vergüenza: ¿por qué hice esto?

Buscando la respuesta a ese acto sobrevino la aventura intelectual y vivencial que empecé días después.

Cuando los celos te carcomen

Hay quién desea ser torero y termina como astronauta. Yo, que soñaba escribir una comedia para la televisión mexicana, desde el año 2005 soy el coordinador del, creo, único taller de reflexión y mutua ayuda de la Argentina (¿y del mundo?) dedicado a los celosos y celados. Se desarrolla en un espacio público con entrada libre y gratuita, y se titula Cuando Los Celos Te Carcomen. Con el mismo título escribí un libro, inédito aún.

El sábado 3 de septiembre del 2005, cuando iba camino a mi primera charla sobre los celos en una escuela frente a Plaza Italia me preguntaba: “¿vendrá alguien a escucharme?”. Pues sí,  me esperaban cien personas (no dejaron entrar más porque no cabían en el aula).  Gente rica y gente pobre, celosos y celados que iban desde los 20 a los 80 años, solos o en pareja, heterosexuales y gays, seres agobiados por el miedo al ataque y a la pérdida de sus vínculos cotidianos.

El espacio permanente se abrió luego en otro sitio, el Hospital Tornú, para el cual creé pequeños sketches, dramatizaciones, juegos, técnicas de acción y propuestas para la simple discusión que parte del relato de los participantes. Desde entonces, todos los miércoles, como el Capitán del Enterprise, inicio la reunión con personas nuevas que se suman y otros veteranos talleristas, haciendo un viaje que siempre nos lleva a un puerto que nos despierta una visión superadora del mundo, ya que en definitiva, para brincar sobre el charco no podemos evitar tomar envión como para saltar un océano. Y eso intentamos hacer.

¿Por qué sentimos celos?

Junto con la voracidad y la envidia, los celos son uno más de esa trilogía de afectos inevitables que nos invaden a poco tiempo de abandonar el paraíso del útero materno. Al principio somos Uno (pero no con el Universo, como diría Kung Fú, el pequeño saltamontes) sino con la teta salvadora de la madre. Pero tarde o temprano llega ese día en el que descubrimos que Yo y No-Yo son dos lugares distintos, y que ese No-Yo que nos acariciaba y nos daba de comer, tiene marido, otros hermanos, trabajo, amigas, un perro, una computadora para chatear… y nos preguntamos… “¿ahora de qué me disfrazo para llamar la atención y para volver a ser el Único?”.  Así estrenamos ese fulero sentimiento de exclusión. Fulero y a la vez necesario para crecer.

Y por si esto fuera poco, entramos a una cultura y a un lenguaje que nos toma de entrada y nos informa que el matrimonio es de a dos,  que el adulterio está prohibido por la Ley y por la religión, es decir,  ni se te ocurra desear a la mujer de tu prójimo (empezando por mamá). Y nos insisten con que, como somos seres volubles, imperfectos, que venimos de un pecado original, siempre hay un sospechoso adentro del dormitorio, y un enemigo afuera que se lo quiere robar. Y ante el brote que puede seguir a esta perspectiva, para un celoso/a  los hombres son vistos como animalitos alzados que se quieren voltear hasta a la estatua de Lola Mora, y la mujeres como más fáciles que la tabla del uno y están anhelantes por tener más puestas de espaldas que el Caballero Rojo.

Por si esto fuera poco, el Dios Mercado promueve el individualismo extremo, la realización full-time del éxito profesional y comercial, que tapa el ruido de las preguntas fundamentales: ¿existo? ¿quién soy? ¿quién me va a querer?. Y ante la liberalización de las costumbres (“mi amor, yo te adoro pero me voy al alter office con mis compañeros y luego a bailar sola con mis amigas”) hasta los celos, en pequeña medida, se vuelven un mecanismo de defensa social.

Se me saltó la térmica

¿Cuándo los celos son patológicos? Seguro te estarás preguntando eso.

Los celos son como la pimienta, que en poca cantidad da sabor y en exceso intoxica. Son un motor pulsional, erotizan al otro y nos exigen atención y esmero. Pero cuando al celoso se le salta la térmica, el celado se siente asfixiado, castrado, no se puede insertar creativamente en la sociedad, se auto-secuestra. O sea, como cantaba Cortez, todo es cuestión de medida.

Y cuando la marea supera el dique, él o ella revisan bolsillos, celulares, casilla de correo, contratan detectives, torturan a su media naranja con interrogatorios de Guantánamo. Y eso es porque su dependencia emocional del Otro, es extrema, como cuando era pequeño y demandaba exclusividad a sus papis; sólo que de adulto, regresar a esas etapas del autoerotismo y el narcisismo es exigir lo imposible y a un altísimo costo. Los delirios paranoicos, las ansiedades psicóticas nos proponen un tour que va de la violencia verbal y física hasta estar en Policiales de Crónica Tv en un puñado de estaciones. Y mientras tanto, antes que eso, ya dimos y soportamos una convivencia de tragedia, no de comedia.

Aceptar la falta, el agujero infinito. (“¿Lo qué?”)

Una vez nacidos, el mundo perfecto se perdió. Buscamos la completitud en ese otro/a que nos va a amar, en una vocación, teniendo hijos, plantando el árbol, escribiendo el libro, pero nada nos puede saciar, porque el registro de carencia debajo del cielo es inesquivable, y la ruptura entre lo que siento y lo que digo que siento también. De ahí que amar es siempre dar lo que no se tiene a alguien que no es. Y cuando Romeo y Julieta afirman que son el uno para el otro, el otro no es ninguno de dos.

Pero al menos, lo que debemos comprender es que no somos el burro detrás de la zanahoria, como indicaría el párrafo anterior, sino que lo que nos impulsa es el agujero infinito e imposible de llenar, que quedó atrás en el tiempo: me refiero a esa experiencia mítica de satisfacción que fantaseamos que vivimos alguna vez,  y que no volverá jamás.

Nuestro trabajo en el taller es ése: la autoconciencia y el des-apego. Nunca le digo a alguien: “estás loco, tu esposa nunca te va a engañar, o, tu marido jamás se va a enamorar de otra”. Porque no lo sé.

Y aunque sugerimos la renovación de la palabra confianza, la verdad es que no hay garantías, y pese a la máxima certidumbre prometida hasta las Torres Gemelas se pueden derrumbar. Por eso, esa seguridad que se le reclama a los celosos no es la de que nadie los va a traicionar o abandonar, si no, la seguridad de que lo van a poder soportar, como ya lo hicieron alguna vez, cuando dejaron de ser el gran Uno para el gran Otro que les daba la mamadera.

Los celos son una defensa neurótica como respuesta ante la pregunta por el deseo el otro, que siempre es, fue y será una incógnita.

Frases para el calendario

Finalizando, gente valiente que llegó a este renglón, les quiero repetir algunas  frases que a veces comentamos en el taller:

  • El amor es la única posesión en la que no se posee nada.
  • Yo sostengo la punta del hilo que me ata.
  • Pensar fácil, hacer fácil.
  • Duro con el problema, blando con las personas.
  • En vez de esperar que alfombren el mundo, calcemos un buen par de zapatillas.
  • Toda queja es una demanda de amor.

Y vimos que:

  • Aunque algo sea impensable para uno, no quiere decir que no exista y que uno no lo tenga que aceptar.
  • Hay una realidad que se auto-crea.
  • La significación de las cosas no sale de las cosas mismas, sino de nosotros.
  • La percepción de la realidad está determinada por la estructura psíquica del sujeto.
  • El pasado que recordamos es una construcción que nunca porta una verdad inmutable aunque inventemos instrumentos para cristalizarlo.
  • Tenemos creencias fijas que nos condicionan (las mujeres son… los hombres son…).
  • No somos objetos pasivos de lo que nos sucede, también elegimos estar donde estamos.
  • El cambio depende de la intención nuestra que llevamos adelante en cada paso.
  • Todo vínculo nos implica una relación costo-beneficio.
  • La buena noticia es que los celos enfermizos se curan, la mala es que depende de nosotros.

Estas son algunas perlitas que fuimos recogiendo de aquí  y de allá, intentando cumplir lo que me sugirió aquella profesora  que les mencioné al principio: “Luis, no te olvides nunca que hablar es una necesidad, pero escuchar, es un talento”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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¿Sin pareja hace más frío?, por Luis Buero

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“Si decís que tenés frío es porque te falta una pareja”, afirma el mito popular. Reconozcamos que algunos seres valoran la importancia de “dormir con las piernas de otra persona entrelazadas”, o “en la posición de cucharita”,  en esta estación inclemente, porque un partenaire en la cama emite un calor corporal natural y entibia el sueño.

Recuerdo que cuando estaba recién divorciado me mudé en julio a un departamento de un edificio con calefacción central. Pero a una semana de estar viviendo  la caldera general se descompuso. Y mientras el consorcio se disponía a autorizar la reparación, yo dormía vestido, con el sobretodo y los zapatos puestos. Y congelado, obvio.

Ahí descubrí que soportar bajas temperaturas siempre, antes que gripe, catarro, resfrío, produce estrés. Sí, es como que el cerebro se cansa de estar  acechado por el frío polar las 24 horas.

Ahora pienso, entonces, ¿qué solución podríamos proponerles a hombres que están solos o no conviven con su pareja?

Opción uno: aprender a tejer como lo hicieron Alberto Closas y el Príncipe de Edimburgo, porque la laborterapia con la lana abriga y  el dormitorio deja de ser la Antártida. Otra posibilidad es averiguar si existe de verdad Frida, el personaje del cuento de García Marquez: Me Alquilo Para Soñar, y contratarla para que venga a meditar bajo nuestras heladas sábanas. Porque las del rubro 59 se alquilan pero para otra cosa.

Algo más vulgar es comprarse una bolsa para agua caliente o una manta térmica, o dormitar con el perro lanudo sobre las cobijas, o tener una estufa de cuarzo o consumir  chocolate caliente y algún licor de dulce de leche antes de acostarse.  Y también, caso contrario,  irse a un buen hotel, con más estrellas que las que lucía el General Patton, y disfrutar de una calefacción Premium.

Pero si la melancolía nos hace ver lo ideal como algo que quedó en el pasado y no en el futuro, lo mejor es intentar romper la leyenda de lo bueno de dormir acompañado.

No olvidemos que nuestra bella salamandra humana también pateaba, roncaba, gritaba de golpe a la madrugada acechada por pesadillas tremebundas, se levantaba diez veces para hacer pipí, o a tomar agua, o porque escuchaba ruidos en otro planeta. También nos destapaba cada vez que se daba vuelta y nos dejaba un centímetro cúbico de colchón cuando se desplegaba como espantapájaros.

En síntesis, como reza un cuento Sufí, “esto también pasará”, y antes de que se te escarche el ombligo, estarás festejando el día de la primavera.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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La mujer fantasma, por Luis Buero

Un matutino publicó una estadística: los divorciados vuelven a reincidir en el casorio, y la mayoría son varones. ¿Es cierto? Veamos.

El hombre, como el perro, sueña dormir enrollado delante del hogar encendido, y dado que su llegada a este mundo fue dentro de una mujer, con la que después estuvo frente a frente (o boca a teta), nada más cercano al macho terráqueo que seguir buscando el ilusorio “no registro de carencia” en lo femenino.

Claro que no todos los que probaron el divorcio vuelven al cepo. Muchos retornan a la más tierna adolescencia, en la que se refugian y no vuelven a salir jamás. Otros intentan crecer en esos momentos de soledad difícil pero fecunda, que lo permite. Y por último están los que gustan tropezar otra vez con la misma piedra, y hasta perfeccionan la repetición para chocarse mejor.

Lo cierto es que las científicas estadísticas y las matronas de barrio coinciden en que el hombre se separa por falta de tolerancia y se vuelve a casar rápido por falta de memoria. Quena, en cambio, afirma que un tipo que reincide en el matrimonio a poco de haberse divorciado es “el hombre upa”.  Preguntémonos entonces, ¿“a upa”de quién?

Digamos que el varón que se ha quedado solo y no lo soporta va a buscar desesperadamente, aunque no lo confiese, un nuevo vínculo. Esa elección de objeto de amor puede adoptar dos vertientes: una es la de apuntalamiento, es decir, la búsqueda repetida de la madre nutricia,  con lo cual saltará a los brazos de aquella primera que porte un rasgo parecido a su querida mamá.

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La otra opción es la indagación narcisista, es decir, le atraerá alguien que sea fiel reflejo de lo que él es, fue, o cree que podría llegar a ser. Pero en este ideal del yo perseguido, no está exenta la voz que lo construyó, que no es la del muchacho,  si no la de su gran Otro, o mejor dicho, gran Otra, sí, de nuevo, mamá.

En síntesis, nosotros, lo mismo que Superman y el Chapulín Colorado, pasando por Obama, Bart Simpson y Minguito, pertenecemos todos a la raza del hombre-upa, y todo el que diga lo contrario no practica el “conócete a ti mismo” que pregonaban los antiguos griegos.

Ahora bien, volvamos a la pregunta: ¿A upa de quién?.

A upa, justamente, de la mujer fantasma, la que nos permite identificaciones imaginarias y nos devuelve la paz, la que olvidamos en nuestro seno, por un rato. El problema en cambio, les queda a ellas que, o aceptan jugar a lo que no son, o se quedan solas, y cuando digo solas, digo solas para siempre.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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El Oscar o arroz con atún, por Luis Buero

Se acaban de entregar los premios Oscar y hubo muchas sorpresas. Pero lo anecdótico de esta “81 Edición” es que entre los concursantes había muchas parejas, confirmando aquello de que Dios los cría y Hollywood los junta.

Una amiga actriz me preguntaba días pasados cómo vivirían ellos en la intimidad estas circunstancias. Por ejemplo, ¿que habrá pasado en la cocina de Brad y Angelina cuando ambos llegaron con las manos vacías? ¿Se negó él a darle el biberón a alguno de los babies tailandeses? ¿Angie en la cama le dijo: “esta noche no, querido, extraño al Oscar, no a vos”?

Penélope Cruz se llevó el fálico ornamento al que declaró no haberle mirado la cara durante cinco minutos. ¿Qué le miraba al Oscar entonces? El problema es saber si su novio Bardem le preparó el lunes una nutriente paella, o pensó “ésta ahora está más agrandada que galleta en el agua, coño”.

La que ya no se sube más al Titanic es Kate Winslet, que se la pasa juntando premios Oscar. Ella seguro no se hizo la diva en casa, y le debe haber puesto las pantuflas a su media mandarina Sam Mendes, todos sabemos que una actriz piola siempre trata bien a un director, aunque sea su marido.

Pero al margen de estos bolu-pensamientos, es triste descubrir que entre las parejas que dicen amarse puede existir la fisura de la envidia y la rivalidad. Y no es sólo un bacilo propio de los narcisos y narcisas del espectáculo, es algo común entre cualquier Romeo condenado por su machismo, y cualquier Julieta atrapada en los preconceptos del feminismo.

Muchos matrimonios son como locales con un cartelito en la puerta, que de un lado dice “colaboración” y del otro, “competencia”. Algo peor todavía es lo que le sucede a mi amiga actriz.  Ella está por abandonar su prometedora carrera para irse a vivir a un pueblito pequeñísimo del interior a pedido de su novio, porque a él le provocan celos que ella haga teatro, y con la excusa de que Buenos Aires es una ciudad insegura, se la lleva al trasero del mundo, donde sabe que ella no podrá continuar su vocación. Dos noches atrás, yo volvía en un auto con ella y su novio, de una función que ella había dado. Mi amiga manifestó que estaba cansada y tenía ganas de comprar empanadas. Su novio conviviente le dijo que no, que él quería que le hiciera una ensalada de arroz con atún, y que si ella estaba cansada era porque se lo había buscado sola. Sí, cosas así suceden en el 2009, yo no lo entiendo, pero al menos ustedes habrán comprendido porqué titulé así esta columna. ¿O no?

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Celos en la cotidianeidad, por Luis Buero

Los seres humanos somos, según se dice, neuróticos, sicóticos,  o perversos, pero cuando de celos se trata, la gente no piensa en las estructuras que nos definen, y siempre se pregunta si hay una distinción entre los celos masculinos y los femeninos.

Dejando la infidelidad de lado, que es lo obvio, y no tiene sexo fijo, en la cotidianeidad,  los hombres no queremos que a ellas las toque nadie, y cuando digo nadie, es Nadie, salvo nosotros. Las mujeres se quejan de otro sentido, del de la vista: las atormenta la mirada masculina (no la que posan los otros tipos sobre ellas y parece que las van a dejar embarazadas) sino la que sus novios, maridos, amantes, enfocan en otras. Y al decir otras digo a Todas las Otras, incluyendo a las virtuales, las de las tapas de revistas, carteles y las de Bailando por un Sueño.

Democraia y destape, martirio femenino

Debe ser difícil ser una muchacha celosa hoy, cuando en los mega afiches se exhibe Araceli en paños menores y las chicas de Tinelli (¿y de Sofovich?) muestran sus partes pudendas a todo color en pantalla gigante.

Argentina ha vivido muchos años bajo dictaduras temporarias que siempre dejaron pesadas secuelas. En los recreos de democracia, los medios de comunicación apostaron a exceder los límites en las imágenes y en el lenguaje, siempre con fines ultra comerciales. Del 84 en adelante algo que comenzó a inundar lentamente los quioscos de diarios fueron las publicaciones con tapas triple equis. Primero aparecían en revistas bizarras cubiertas por bolsitas negras. Después se cayeron las bolsitas y  hasta en la portada de un magazine sobre ajedrez te metían la mina en bolas delante. Y de las sugerencias abiertas, triviales y a veces atrevidas de la fotografía de la década del setenta y principios de los 80, se pasaron a las poses y semidesnudos que funcionaban como símbolo detonador, como espuela que evocara sensaciones y deseos inhibidos en los consumidores de una sociedad sufrida.

Claro que esas tapas de revistas y esas bailarinas de tv que brillaban alrededor de Roberto Galán eran monjas de clausura relacionadas con las que vimos en los últimos años. Me refiero a que las poses sexuales de las chicas de algunos shows hiper mediáticos y de las portadas en las que están ofreciendo el trasero desnudo en primer plano a la humanidad,  ya resultan una pedrada en el ojo.

Si es cierto que existen el Yo, el Súper Yo y el Ello, como aseguraba don Sigmund, como componentes del aparato psíquico, los editores de esas revistas y los productores de esos programas  apuntan directo al Ello. Sin miramientos.

Obvio que conmueven, porque en su descreimiento del erotismo natural humano, bordean el exhibicionismo perverso, (similar al del personaje callejero que se abre el impermeable y está sin ropas), haciendo abstracción total de la presencia de los niños pequeños que las ven en la calle o en la tele, en una edad en la que deberían estar más preocupados por la tabla del dos, el teorema de Tales, que por el gran culo moviéndose sinuosamente alrededor de un caño, que los interrumpe en su período de latencia.

Y las mujeres, que viven en eterna competencia preguntándose quién es la más bella, sufren horrores. Pero como decía el sabio, si no puedes alfombrar el mundo, compra un buen par de zapatillas.

De todos modos a Julieta le sobran derechos para reclamar a su partenaire, respeto mientras están tomando café en el shopping, en una sociedad donde sí existen códigos. Si estás conmigo, no mires insistentemente a las otras, porque me hace mal, es una frase que reclama respeto y consideración, y no está de más si el salame es un fisgón y un baboso desubicado.

¿Y de los machos qué podemos decir?

Celos, envidia, voracidad,  cóctel de emociones negativas, son afectos constitutivos de nuestra psiquis, o sea que no tenemos que esperar a casarnos con Angelina Jolie para sentirlos.

En realidad, se nos hicieron evidentes apenas la partera nos palmeó el trasero. ¿Por qué? Primero porque, según dicen los que saben, el julepe que nos pegamos cuando nos sacan de la confortable panza de mamá es tan grande, que se nos marcan dos huellas eternas en el bocho: “miedo a la pérdida (de lo amado, de la seguridad obtenida, etc.) y miedo al ataque del otro (real o imaginario)”.

Pero lo más denso viene después, ya que al nacer creemos que esa señora (la que nos sostiene vivos gracias a su amor y leche tibia), y nosotros, somos Uno solo, que ambos formamos parte de la “nave madre”.

Vana ilusión, que dura hasta que el infortunado galancito sale de excursión gateando por el living una noche y descubre que hay un intruso, llamado hermano, que está mamando de la misma teta, y que, para peor, aparece un señor grandote con cara de papá y le pregunta sonriente  a su única (la del niño) proveedora de vida: “negra, ¿vamos pa’ la pieza?”.

De cómo empecemos a elaborar estas primeras y terribles pérdidas (no de afectos, si de fantasías) resultarán nuestros vínculos futuros.

Y siempre, en el mejor de los casos, que se nos presente esta parejita castradora que nos limita el goce y que nos dice, asomados a nuestra cunita, con amor: “nene dejáte de joder y dormite que tenemos que hacer lo nuestro”.

No me toquen a la nena

En las reuniones de amigos, cuando se trata el tema de los celos, pareciera que las únicas celosas son las mujeres, permanentes Blancanieves angustiadas, inspectoras de bolsillos, agendas y teléfonos celulares, atravesadas por la desesperada obsesión de controlarlo todo en la vida de sus “bombones” a los que ven como animalitos salvajes.

Muchas afirman que empezaron a ser así después de sufrir un engaño inesperado (de esta u otra pareja anterior) o desde que el papá abandonó a su mamá por otra mujer y no llamó nunca más.

Los tipos, en cambio, se sienten incómodos por los cambios conductuales de la mujer moderna, la que trabaja, estudia, practica deportes, asegura tener amigos varones, baila y viaja sola, sin su macho fijo. El Otro humano con pitito y bolas, generalizado, ya sea un Brad Pitt o el jorobado de Notre Damme (que por algún peso que lleva se jorobó) son enemigos potenciales.

De pronto algunos fulanos se angustian porque ella quiere hacer un curso de actuación teatral como si el presunto ladrón de su novia sólo pudiera hallarse en ciertos lados y otros no. ¿Por qué su movedizo profesor de salsa tiene que ser sí o sí el que nos hará  “cornudos”, y no, en cambio, el puntual sodero, o un simple francés con libros con el que se choque en la calle, como ocurre en las películas?  ¿Cómo evitar su convivencia diaria con otros empleados, estudiantes, jefes, cuñados, etc.?

Garantías no existen y además, hombres hay millones, la única que decide es ella. Pero la realidad es que la infidelidad es el síntoma, no la enfermedad, ya que nunca nos dejan por otro, siempre es por nosotros mismos. Ella no es una valija que nos pueden robar en la Terminal de Ómnibus porque nos descuidamos un instante.

¿Y qué hacemos con la angustia?

La angustia,  primero que nada hay que reconocerla, algo que a los Romeos no les gusta porque los hace mostrar débiles. Ellos pasan a la estación de trenes siguiente, que es la agresividad.

Pero el motor de la demanda, de la queja de amor, fue la angustia. ¿Cómo reducirla?

Un varón debería preguntarse todos los días al contemplar a la mujer que quiere: “¿puedo vivir sin ella?”, “¿soy capaz de continuar mi existencia si me deja?”.

Mientras la respuesta sincera sea , la convivencia  será una comedia, y no una tragedia, y él le dará a ella libertad para que se inserte en la sociedad de manera creativa y evolutiva, y también él  tendrá fuerza interior para decirle “adiós, querida”, en cuanto ella tenga una actitud confusa, equivoca o histérica con otro tipo, especialmente delante de él, sea por lo que fuere. Porque en definitiva ésa es la única seguridad que podemos construir en la vida, la de que, pase lo que pase, vamos a sobrevivir sin el otro, que es simplemente otro, y nada más que otro, una criaturita de Dios, que hace pis y caca como todos, y que es semejante a nosotros.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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¿Otelo sería petiso?, por Luis Buero

Ahora resulta que los hombres de baja estatura son más celosos que aquellos que son altos. Esto surge de una investigación realizada por una universidad holandesa y otra española en la que participaron casi 600 estudiantes.

Ustedes se preguntarán: ¿por qué no pondrán a los alumnos a explorar temas más acuciantes?  Y tendrían razón en ser irónicas, pero lo peor de todo, chicas,  es que una encuesta de esta naturaleza podría imitarse en cualquier casa de estudios vernácula con igual resultado si nos pusiéramos a averiguar si los pelados se sienten más inseguros que los melenudos, o si los que usan anteojos cola de botella sospechan que sus minas les van a meter los cuernos con los que ven perfecto. Y a la misma conclusión arribaríamos si hiciéramos la indagación entre gordos y flacos, pobres y ricos, fracasados y exitosos, los de pene chico y los bien provistos, etc.

Pero si profundizáramos el trabajo tal vez descubriríamos que los altos, los “winners”, los famosos, los bellos, los simpáticos y entradores, también sufren de celos, temor a la infidelidad de sus parejas y miedo a ser dejados.

¿Por qué? Porque los celos no respetan raza, religión, color de piel, posición social… ni estatura.

Sí. Los celos son el primer sentimiento que experimentamos a poco de nacer, en el mismo instante en el que nos enteramos que yo y no-yo (en ese momento, yo y mami) somos dos seres distintos. Y que nuestra proveedora de afecto y alimento tiene otros a quienes atender, por lo cuál un cachetazo de la realidad ya nos avisa que no somos únicos.

Pero además hay otras cosas más embromadas para el ser humano, y una de ellas es el tener que reconocer que no existen garantías de nada en la vida. Por más que inventamos mandamientos que prohíben el adulterio, leyes, contratos, certificaciones de escribanos, títulos y documentaciones, todo se nos puede caer delante de nuestros ojos inesperadamente, como las Torres Gemelas.

Y por si todo esto fuera poco,  hay algo todavía más inquietante. Y es que la pasión y la sexualidad son aspectos exclusivamente humanos que tienen una rara particularidad: su incapacidad de manifestarse totalmente. O dicho de otra forma: de este tema no lo sabemos todo, y de lo que conocemos, no todo lo podemos nombrar con palabras.

Llegado a este punto, ¿qué corno importa ya si medís uno cincuenta o dos metros? La inseguridad del amante celoso no parte sólo de verse en el espejo de la mirada ajena tan mal como se ve a sí mismo. Nace también de la sensación (falsa) de que no va a poder soportar ese supuesto abandono, que probablemente nunca ocurra. Y si pasa, no será por el motivo que preanuncia, seguro.

Lo interesante es aprender que los ojos llenos de amor de una mujer ven gigante al enano y genial al estúpido, y completan plenamente la demanda narcisista, aquella que mamá no pudo satisfacer del todo, porque tenía que darle de comer a nuestro hermano.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar