El Cafecito


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Diez años de Harry Potter: “all was well”, por Mariana Torres Ruiz y José Luis Justes Amador

Para todos aquellos que compartieron estos siete años en Hogwarts.

Y para Jose María que, como Jessica, no ha conocido un mundo sin Harry Potter.

Mr. And Mrs. Dursley, of number four, Privet Drive, were proud to say that they were perfectly normal, thank you very much.

(Harry Potter and The Philosopher’s Stone)

Lisa (a sus padres): Miren, es J.K. Rowling, ¡la autora de los libros de Harry Potter!
Lisa: Has hecho que una generación de niños vuelquen sus ojos en la lectura.

Rowling: Gracias, pequeña Muggle

Lisa: ¿Me puedes decir que pasa al final de la serie?

Rowling: Él crece y se casa contigo. ¿Eso era lo que querías oír?

Lisa: Sí.

(Los Simpsons)

I’ve had enough trouble for a lifetime

(Harry Potter and The Deadly Hallows)

J. K. Rowling no es una gran estilista del lenguaje: esa es una de las mayores objeciones que se le hace a la autora inglesa. Lo dice Harold Bloom. Sin embargo, la afirmación del crítico del canon, acertada aunque exageradísima en su desprecio, debe convivir con la de dos reseñistas de la última entrega de la serie: “Harry Potter no es un libro. Es una marca, una franquicia, y, en los últimos días, noticia en las noticias” (New York Times) y “Harry Potter puede ser un milagro de marketing pero es también un libro milagroso” (The Times). Todos estos argumentos son ciertos aunque ninguno de ellos tiene toda la razón. Ver la heptalogía del niño mago como libros que no son obras maestras, como fenómeno de mercado o como un milagro inexplicable de la inspiración ofrece pistas, pero no logra explicar nada.

LA PIEDRA FILOSOFAL

Según la tradición, la piedra filosofal, en que la traducción española del primer volumen convirtió a la Sorcerer’s Stone (Estados Unidos), a la Philosopher’s Stone (Inglaterra), era aquella que transmutaba en oro todo lo que tocaba.

7 libros, 3419 páginas, un millón cuatrocientas mil palabras, 65 traducciones (incluyendo una al latín clásico), 836 millones de copias (de ellas, 325 millones en inglés), ocho millones de ejemplares del último libro vendidos la misma noche en que salió a la venta son, sobre todo, datos fríos de mercado. El último, además, incapaz de transmitir la emoción de esos mismos millones de lectores. Las largas colas no eran producto del fenómeno de marketing sino la causa de él: las librerías no abrieron para vender, eran los pottermaniacos alrededor del mundo los que hacían que abrieran[1].

Aunque más allá de los números, de todo el dinero invertido en publicidad, súmese al de las editoriales el de Warner Bros. que también saca tajada, lo que realmente ha logrado el éxito son los lectores que han seguido con devoción, más que religiosa, mágica, las andanzas de Harry.

LA CÁMARA DE LOS SECRETOS

¿Cuál es el secreto de J. K. Rowling? ¿Cómo ha logrado ser la mujer más rica de Inglaterra, la autora más leída del planeta y, entre muchas otras cosas, personaje de Los Simpsons o alguien a quien Stephen King le pide en público que no mate a Harry? ¿Es todo un montaje mercadológico? ¿Lo hubiera logrado la escritura sin más?

¿Tiene personajes planos? Sí, especialmente los secundarios. Rowling no es Henry James. ¿Adjetivos y adverbios obvios y fáciles? Casi todos. Tampoco es Nabokov. ¿Párrafos flojos y sobrantes? En cada capítulo, casi en cada hoja. J. K. no es, por supuesto, Joyce.

Rowling, a pesar de no ser excelsa, ha escrito algo que hacía tiempo que no llegaba a las librerías, algo para lo que tanto en inglés como en español hay un sustantivo que resume perfectamente, a la vez que lo une con la primera de las tradiciones narrativas de la historia: una odisea. Ese precisamente es el argumento que propone el sesudo ensayo de la filóloga italiana Karina Bonifatti titulado De La Ilíada a Harry Potter. Propone que, en realidad, Rowling habla del destino de los tres hijos de los tres héroes de la guerra de Troya, una de ellas, nada casualmente, señala, llamada Hermione[2]. Para apoyar su argumento encuentra similitudes en historias a lo largo y ancho de la historia de la literatura.

Nada milagroso pues todas las buenas narraciones, literarias o tradicionales, que se conocen en el mundo se basan en principios narratológicos semejantes, ampliamente estudiados desde el punto de vista formal en el clásico estudio de Propp, Análisis morfológico del cuento[3] y en el aspecto mítico por Joseph Campbell en The Hero with a Thousand Faces (un crítico usamericano llegó a decir que Harry entraría citado como apoyo en todos los capítulos si Campbell viviese y reescribiera su libro). ¿Dónde está el milagro entonces? ¿El secreto?

Intuir lo que hay detrás de la popularidad de la serie, en lo literario, es fácil, aunque el hecho de saberlo no quita lo inexplicable que tiene todo acto de escritura, el misterio eterno de la literatura en sí misma. Intuir que todo se resume en convicción, energía, una trama logradísima y el cuidado de los detalles seguirá sin explicar que pasó aquel día en el tren hacia Londres en que Rowling vio “un niño mago con una cicatriz en forma de relámpago en la frente y toda su historia”.

Merece reconocimiento, haber tenido la voluntad y la dedicación suficiente como para escribir los siete libros. Escribir un libro, un libro de éxito, ya es bastante cansado, dos aún más. Siete se antoja una labor casi titánica. Sin la férrea disciplina de la autora la serie podía haber muerto. Y una vez lanzada J. K. Rowling al maratón de los siete libros de la serie, ya sólo necesitaba trabajar las dos cosas que hacen de la obra algo excepcional: la trama y los detalles.

Cualquier solapa de un libro que quiera vender mucho en el mercado anglosajón tiene como una marca a fuego en la solapa las palabras mágicas: page turner, un libro que obliga a volver la página por no poder dejar de leerlo. Pero el hecho de estar ahí impresa no garantiza nada. No es sólo arrojar misterio y códigos y frenéticas persecuciones (intelectuales o físicas), sino obligar al lector a repetirse la pregunta en la que se basaban los cuentos de la antigüedad, las grandes novelas del siglo XIX: “¿qué pasará después?”. Una pregunta que se hace el lector, no tanto porque le interese la trama sino porque le interesa el personaje. Usando un ejemplo dickensiano, el lector no sigue las aventuras de un huérfano sino de David Copperfield. El lector de Harry Potter no quiere tanto saber qué pasará sino qué le pasará.

“Acariciad los detalles”, aconsejaba el autor de la famosa Lolita[4]. Y en eso la autora de Harry Potter es, innegablemente, una maestra. Con todos los posibles defectos enunciados, que le negarían un premio Nobel, un Pullitzer o un Booker, su habilidad para la descripción minuciosa ha hecho que los lectores no leyeran lo que pasaba sino que lo vieran realmente. Y “ver”, en el sentido más amplio de la palabra, ha sido, es y será lo más importante en literatura. Abrir al azar cualquiera de los libros es encontrarse con una descripción que hace que el lector se sienta realmente allí, como en James, como en Nabokov, como en Joyce.

EL PRISIONERO DE AZKABAN

Con la publicación del tercer libro de la serie, el principio también de la intensiva campaña de ventas, comenzaron los ataques de ciertos sectores cristianos[5], sobre todo en el Bible Belt usamericano donde condenaron al fuego y a la prohibición los libros de la autora. El video del año 2001, Harry Potter: Witchcraft Repackaged, Making Evil Look Innocent, es bastante claro en su exageradísimo mensaje: los libros de Rowling no son más que una estrategia demoníaca para que, a través de una supuesta inocencia del protagonista y sus amigos, el diablo volviera a conquistar el mundo utilizando para ello a los más inocentes de entre todos, los niños y adolescentes que devoraban los volúmenes.

El mismo Ratzinger, ahora Benedicto XVI, comenzó su relación con los libros de Harry Potter, cuando todavía era Prefecto de la Congregación para la Fe, afirmando que podrían ser también una maniobra demoníaca. Después, cambió su postura a una recomendación más sutil afirmando que había otros libros de mejores valores para los niños y jóvenes. Con la publicación del último volumen envió a la autora, siendo ya Papa, una carta felicitándola.

La respuesta del reseñista del Science Christian Monitor (que nunca se ha distinguido precisamente por su apertura mental en lo que tenga que ver con la ortodoxia cristiana) fue sorprendente por dos razones: la primera es que provenía del mismo grupo cultural que estaba quemando libros y prohibiendo su venta en librerías y, la otra, por la simplicidad del argumento: “he intentado probar todos los hechizos, pronunciándolos al derecho y al revés, y por ahora no he logrado nada. Lo único que han logrado los libros de Harry Potter conmigo es que me emocione como hacía tiempo que no me pasaba y que lo ponga siempre que puedo como ejemplo de cómo comportarse cristianamente en determinadas situaciones, en casi todas, tan amplio es el espectro del libro”.

EL CÁLIZ DE FUEGO

El título más sonoro de la serie (en inglés, “The Goblet of Fire”, con una palabra en desuso ya, pero hermosa) es también el que más avanza en la complejidad del argumento al hacer de la aventura una tragedia en el sentido más amplio de la palabra. Una aventura sí, pero de carices shakesperianos. Stephen Fry (quien además de actor es un consumado novelista) en Inglaterra, y de Jim Dale (prestigiado actor de Broadway) en Estados Unidos prestaron sus voces para los audiolibros. Con sus interpretaciones otorgan tal sonoridad a las palabras, por la entonación, por el matiz, por el recitado, que pareciera que la saga no anda lejos del dramaturgo isabelino, aunque en  el papel es muy difícil de encontrar esta semejanza[6].

LA ORDEN DEL FENIX

Leer es un placer solitario, pero, y eso también es innegable, existe un placer en ser parte de una comunidad literaria, sean los joyceanos, los pertenecientes al culto secreto de Tario y, como no, a los pottermaniacos.

¿Qué tienen en común un arquitecto cuarentón, un niño de seis años, un adolescente rico, una pareja separada, una señora glamorosa de cincuenta años, dos novios veinteañeros, un gerente de ventas? Nada.

Salvo que todos estaban esperando en un centro comercial de la ciudad a que dieran las doce de la noche del día 21 de julio para adquirir el esperado último libro. Que, por supuesto, todos habían leído los seis anteriores ya que todos querían saber qué pasaba, qué le pasaba, qué les pasaba, y querían saberlo ya. Que todos pertenecían a la legión de seguidores que estaban en sus mismas circunstancias repartidos por el mundo. Que son parte de la pottermania, de la nueva british invasion, de lo que un crítico ha llamado “HEX generation”[7].

EL PRÍNCIPE MESTIZO

Sin evidenciar las puntuales y obvias referencias a todo el ciclo artúrico, tanto al bretón como al sajón, o los nombres que vienen directamente de la tradición dickensiana (Severus Snape, el ejemplo más perfecto), es un hecho que J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis[8] son, sin demeritar la imaginación y la voluntad de Rowling, las dos sangres principales que fluyen por las páginas de esta aventura y a las que en la última entrega de la serie homenajea conscientemente, tal vez como detalle de gratitud o reconocimiento explícito, en el peso de la pelota de quidditch que Harry hereda (pelota-anillo), y la entrega voluntaria de un personaje a la muerte que tendrá una recompensa mayor (Potter-Aslan). The Deathly Hallows, además, contiene dos claras referencias a la literatura inglesa del siglo pasado: por un lado el ritmo de la trama, calcado casi, de The 39 Steps del injustamente olvidado John Buchan, y por el otro un Ministerio de Magia orwelliano en su descripción y sus consignas.

Una frase como “eran simplemente tres adolescentes en una tienda de campaña cuyo único mérito era, por ahora, no estar muertos” no desentonaría nada dentro del clásico de la literatura The Lord of The Flies del premio Nobel William Golding. En mayor o menor medida hay también deudas, no tan encubiertas como para no pensar en algo más que inspiración, con clásicos como F. Nesbit o Alan Garner, con contemporáneos reconocidos como Terry Prachett o la genial Ursula K. Le Guin o con otros solamente conocidos en el ámbito de lengua inglesa como Eva Ibbotson o Diana Wynne Jones.

¿Homenaje? Consciente o inconsciente, parece que sí. ¿Derivación? Sí, como cualquier obra literaria, como cualquier obra de arte, al mismo tiempo herencia y algo nuevo. ¿Mezcolanza? Lo más seguro. Atrapar tradiciones que ahí estaban, la del ciclo artúrico, refugiada en los estudios de historia de la literatura y la academia, la narrativa fantástica[9] en sectas más o menos cerradas, la de los siete años de la boarding school, olvidada. Y el mayor mérito de esa mezcla de sangres ha sido, desde ese primer día en que un lector entra en contacto con Harry Potter, llevarlo, con la misma ilusión que en la primera página, hasta la última de la serie.

LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE

¿Y el último libro? ¿Valía la pena la espera? De responder a esta pregunta se encargaron los reseñistas, con más o menos spoilers[10], cumpliendo o no con la fecha de la venta oficial del libro[11], cuyas opiniones oscilaban de lo emocionado (“ya no volveré a caminar con Harry por los pasillos de Hogwarts”, The Observer) a lo extremista (“las seis entregas anteriores no eran sino El Hobbit para este último que es El Señor de los Anillos”, Singapore Times); de lo sorprendido (todos los reseñistas que intentaron explicar que era un libro emocionante pero haciendo verdaderos malabares lingüísticos,  para cumplir con el deseo de la autora de que no se dijera nada hasta después de una semana para no estropear el placer de la sorpresa a sus lectores infantiles) a lo maniático (hay quienes todavía buscan cabos sueltos o detalles sin explicar, de los que hay más bien pocos, por no decir ninguno).

¿Habrá un sucesor? ¿Volverá a darse esa combinación de escritura, mercado y el porcentaje que siempre queda sin explicar? ¿Quién sabe? Aunque según el primer editor en Bloomsbury[12], el futuro sucesor del ya casado Harry Potter está en el niño protagonista de una serie llamada Tunnels que encuentra una ciudad bajo el mismísimo Londres. ¿Otros posibles sucesores? La también recién terminada Una Serie de Eventos Desafortunados no tuvo en los lectores en español el impulso que tuvo en Estados Unidos (en Inglaterra vendió bastante mal). Artemis Fowl, del que se han publicado los cuatro volúmenes ya en español, tampoco parece haber encontrado a sus lectores (¿todavía?) a pesar del giro original de la aventura. Warner Bros. acaba de comprar los derechos de otra heptalogía, la de Septimus Heap y a la que, quizá, las películas le ganen lectores. ¿Necesitará Harry un sucesor? ¿O necesitará que todos aquellos que se acercaron con él a la lectura sigan buscando hasta toparse quizá con El Guardian en el Centeno? ¿Quién sabe incluso cómo serán la enciclopedia potterica y los otros dos libros, uno para niños, otro para adultos, que ya ha prometido J. K. Rowling?

EPILOGO. DIECISIETE AÑOS DESPUÉS

Querida, Señora Rowling:

Han pasado diecisiete años desde aquella epifanía que tuvo usted en un tren que iba hacia Londres, diez años desde aquella, ahora cotizadísima, primera edición de apenas quinientos ejemplares, algunos años desde que descubrimos Harry Potter and the Philosopher’s Stone. Desde entonces hemos vivido la emoción de esta odisea, junto a otros que conocemos y a miles y millones que no conocemos, con Harry, Hermione, Ron y Neville, con Ringo y George, con Dumbledore y Snape, con la adorable Luna Lovegood y también con Voldemort, con todos los demás.

Señora Rowling, durante este tiempo hemos leído, además de la saga, cientos de libros, algunos, bastantes mejores que los que usted ha escrito, otros malos de solemnidad, pero ninguno ha logrado, como los suyos, la emoción primera de la lectura, esa que tiene el niño o el adolescente, el escalofrío de la aventura. Harry, para nosotros, ha logrado lo que muy pocos personajes habían logrado antes. Ahora el ya no tan joven Potter está junto a Long John Silver, que nos llevó al mar por primera vez, junto a Holden Caulfield, con quien visitamos ya hace tiempo a los patos del estanque en Central Park, junto a Ignatius Really que nos enseñó que lo que hace falta es teología y geometría, junto a Anastas Branica, que nos llevo a viajar entre libros para encontrar el amor. Eso, Joanne, no hay quien lo pague.

Hemos visto al joven mago asombrarse por entrar a un mundo que no sabía que existía, lo hemos visto ir aprendiendo cosas del mundo mágico y crecer, sentirse solo y confiar en los amigos, no entender nada y aún así fiarse, lo he visto pensar y sentir, luchar y sufrir. Hay otra persona, nuestro hijo, a quien a sus seis años le hemos visto hacer lo mismo. Y él, aunque despacio, ya la está leyendo, emocionándose. La relectura para quienes esperábamos con ansia cada nuevo título, ya no nos dará la descarga del primer descubrimiento, pero volveremos a buscar a Harry.

Gracias por los siete libros, gracias por todos los escalofríos, por los días de trabajo a los que había que llegar sin dormir. Gracias por todo.

“Only those who he loved could see the lightning scar”. Esa iba a ser la última frase de nuestro viaje común. Disculpe, pero hubiera sido un error. No es aquellos a los que Harry ama los que ven la cicatriz, vemos la cicatriz los que amamos a Harry. Usted al final la cambió y el epílogo cierra con “All was well”. Y sí, Señora Rowling, todo estuvo bien.

Gracias y hasta siempre. Yours trully,

Mariana Torres Ruiz y José Luis Justes Amador


[1] Con un despliegue que iba más allá de lo mercadológico. Barnes and Noble tenía fiestas monotemáticas en casi todas sus tiendas, en Ohio una librería abrió pero sólo para vender a adultos y poder tener una fiesta con alcohol en las pócimas, en Jerusalén dos librerías abrieron a las doce de la noche contraviniendo las reglas del sabbath y las amenazas de integristas israelíes que pesaban sobre ellos. Aunque el colmo del absurdo se lo lleva el ayuntamiento de Barcelona, ciudad conocida por su desbordada y ruidosa noche, que negó el permiso a las librerías para que abrieran a la hora mágica.

[2] El hijo de Aquiles (Pirro), el de Agamenón (Orestes) y la hija de Melenao (Hermione).

[3] Los treinta y un principios enunciados como constitutivos de un cuento aparecen perfectamente registrados en las aventuras de Potter a lo largo de los siete volúmenes. De “alejamiento” (1) a “boda” (31).

[4] También que escribieran con un diccionario al lado, detalle que a J. K. Rowling parece habérsele pasado por alto, aunque el lector atento descubrirá que en cada uno de los libros de la serie tiene una palabra favorita que repite una y otra vez. Para el curioso, en The Deathly Hallows le tocó el turno a fumble.

[5] A pesar de que J. K. Rowling siempre ha afirmado en las entrevistas que tocan el tema que, aunque no practicante, los libros de Harry Potter estaban profundamente imbuidos del espíritu cristiano. Nada mejor para confirmarlo que el detalle de citar literalmente, aunque sin decirlo, a San Pablo en la inscripción que se encuentra en la lápida de James y Lilly (neé Evans) Potter.

[6] En la película de este volumen,  con el consentimiento de la autora, la canción de bienvenida a Hogwarts a los alumnos extranjeros que participarán en el Torneo de los Tres Magos, está construida utilizando las palabras de la primera aparición de las brujas en Macbeth.

[7] Juego de palabras que combina la “X generation”, también nombrada así por un libro de Brenton Ellis, con “hex”, que suena exactamente igual que la consonante y significa hechizo.

[8] Algunos críticos poco leídos o ignorantes de otra tradición que no sea la suya, afirman que una de las mayores influencias de C. S. Lewis sobre la saga potteriana es la del hecho de que sean siete libros. Decir semejante cosa implica dos errores: primero ignorar que The Narnia Chronicles en su origen son sólo seis libros y que el primero de la serie (El Sobrino del Mago) fue escrito bastante después para hacer entrar a estas crónicas dentro de un esquema muy británico; el otro error es que J. K. Rowling siguió dicho esquema sin pensar en C.S. Lewis. La primaria inglesa en una boarding school tiene siete años lo que ha hecho que haya infinidad de series, desconocidas en nuestro idioma, por demasiado localistas y difícilmente traducibles en lo social, cuyos protagonistas son niños en el tránsito a jóvenes. Siete años, siete libros.

[9] Denominación errónea, de acuerdo a las teorías sobre el género que propone Todorov, pero que uso en el sentido más común.

[10] Palabra que se usa para avisar al receptor de que lo que viene a continuación podría revelarle partes absolutamente imprescindibles de la trama y estropearle el placer de la lectura.

[11] El New York Times publicó una reseña, con bastantes spoilers, el día anterior a la salida del libro y cuando J. K. Rowling protestó el periódico argumentó que ella y la editorial tenían todo el derecho del mundo a decidir el día en que el libro saliera a la venta, pero que la redacción del N.Y T. tenía todo el derecho de publicar la reseña el día que quisiera, y más todavía cuando lo había comprado en la calle y no era una copia.

[12] ¿Qué estarán haciendo los demás? ¿Atendiendo una clínica de Editores Anónimos junto a los que rechazaron Cien Años de Soledad, En Busca del Tiempo Perdido o La Conjura de Los Necios? ¿Buscando algo que los resarza de sus errores? ¿Buscando el próximo Harry?

Mariana Torres Ruiz es Licenciada en Letras Hispánicas y Técnico Superior en Actuación; ha participado como actriz en varios montajes de la región; textos suyos han sido publicados en las revistas Talleres, Tierra adentro y Parteaguas; actualmente es Jefa del Departamento de Fomento a la Lectura, en el Instituto Cultural de Aguascalientes.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.

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