El Cafecito


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¡Mi gato está en New York!, por Aleida Gallangos Vargas

Si algo puede ejemplificar a la Guerra Sucia en cualquier parte
del mundo es la desaparición forzada de personas.

Carlos Montemayor

Estimado Maestro Carlos Montemayor:

¡Humanizar a los desaparecidos!, una tarea que se ve casi imposible en un país que los va dejando cada vez más en el olvido, una tarea que usted tomó por consigna; algo que ha contagiado a quienes le seguimos considerado maestro engendrador de conocimientos, porque solamente usted fue capaz de  sacar en tan poco tiempo lo mejor del potencial a través de su trabajo, su consejo y su ejemplo. Destaca su lucha cotidiana centrada esencialmente en las líneas y letras humanizadoras, donde los desaparecidos dejaron de ser estadística, o simplemente desaparecidos; donde su palabra autentica abrió los espacios conciliadores e integradores donde intentan estar PRESENTES y reivindica la lucha social y combativa. Es por todo ello que sentimos hoy un gran vacío y dolor, donde su ausencia se hace más presente y, a la vez, seguimos con usted, en esas semillas que seguirán creciendo inspiradas por su espíritu de luchador social.

Porque no solo nos ha dejado con su ausencia y sin su presencia, nos dejó proyectos inconclusos, proyectos que nunca terminará, como aquel que mencionaba utilizando aquella frase que provenía de Jesse Franzblau: “¡Mi gato esta en New york!”. Y usted, muy cadenciosamente mencionaba: “¡podría ser el titulo de mi próxima novela de espionaje!”. Quizás, querido maestro, tendría que haber sido aquella novela que debiera sacar a la luz y explicara cómo los gobernantes Mexicanos daban ese doble juego; en el que el jefe de la Dirección Federal (DFS) Fernando Gutiérrez Barrios y el secretario de Gobernación Luís Echeverría estaban  conectados con la embajada americana en labores de inteligencia y, a su vez, también estaban conectados con la embajada soviética, donde se prestaban a la venta de información obtenida a través de las alianzas con la embajada americana; donde los mismos norteamericanos catalogaban a Fernando Gutiérrez Barrios por ser una persona que haría cualquier cosa por dinero. ¡Sí!, aquél que se jactaba de ser el gran amigo Del Che Guevara y Fidel Castro, el gran amigo de los grupos de izquierda sudamericanos exiliados en México. Aquella novela con una mezcla rara de contradicciones, donde estos gobernantes encargados de cuidar la soberanía nacional, no solamente vendieron a su patria, sino que también la mancharon de sangre y la dejaron ausente de aquella generación combativa y pensadora.

Querido maestro, gracias por esa herencia invaluable en sus novelas, en sus lecturas. Sentimos un vacío enorme, porque no solamente extrañamos al maestro, al escritor, al luchador social, sino porque también extrañamos al amigo. Gracias por su ejemplo, por su consejo. Firmemente le digo que voy siguiendo sus pasos, sus instrucciones, al pie de la letra como me lo encargo aquella tarde de septiembre, clara y puntualmente: que siguiera de pie  por los desaparecidos, que reivindicara la lucha de mis padres y que no me avergonzara de ello, porque solamente ellos fueron capaces de arriésgalo todo por un mundo mejor. Hoy, querido maestro, al igual que usted lo mencionó en su libro, Las armas del alba, “¡estoy apuntando al foco, será la señal de que comenzaremos el ataque!”.

Aleida Gallangos Vargas estudió Ingeniería Industrial y de Sistemas en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez; forma parte de la organización Mexicanos sin Fronteras, en Washington DC; lucha por la recuperación de la memoria, el reconocimiento social de los desaparecidos y el derecho a la propia identidad, del periodo de la guerra sucia en México.


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Aparecer lo desaparecido: guerra sucia, ausencias y memoria, por Dorismilda Flores Márquez

Quizá ese día
encontré algo que había perdido antes.
Quizá perdí algo que encontré después.
[…]

Agito mi memoria,
tal vez algo en sus ramas,
adormecido por años,
salga de pronto volando.
No.
Evidentemente exijo demasiado:
tanto como un segundo.

Wislawa Szymborska

A mí me han hecho los hombres que andan bajo el cielo del mundo

buscan el brillo de la madrugada

cuidan la vida como un fuego.

Me han enseñado a defender la luz que canta conmovida

me han traído una esperanza que no basta soñar

y por esa esperanza conozco a mis hermanos.

Entonces río contemplando mi apellido, mi rostro en el espejo

y yo sé que no me pertenecen

en ellos ustedes agitan un pañuelo

alargan una mano por la que no estoy solo.

Juan Gelman

Luz pasó muchos años de su vida sin saber que Aleida era su nombre y que sus padres biológicos fueron Roberto Gallangos y Carmen Vargas. Eso lo supo a los 28, cuando la revista Día Siete publicó un reportaje sobre la desaparición de Roberto Antonio Gallangos Cruz, Carmen Vargas Pérez, Francisco Avelino Gallangos Cruz y los niños Aleida y Lucio Antonio Gallangos Vargas, ocurrida en 1975, en el contexto de la Guerra Sucia en México. Quizá ninguna serie de palabras describa cómo se transformó su vida, cómo tuvo que reconstruirla a partir del reencuentro con su abuela y con la historia de los desaparecidos y cómo luchó hasta encontrar a su hermano que, como ella, había vivido casi 30 años una realidad ajena, con una familia distinta y un nombre distinto.

El rompecabezas de su vida comenzó a armarse entonces y, casi nueve años después, no está completo aún; de hecho, está inserto en el rompecabezas, todavía mayor, de las historias de la represión militar y política, encaminada a disolver los movimientos subversivos del México de finales de los 60 a finales de los 70.

Si bien la de Aleida es una historia que ha logrado ser relativamente visible y aparecer lo desaparecido —ya por el reportaje en Día Siete en 2001, ya por el documental Trazando Aleida, dirigido por Christiane Burkhard en 2008—, hay otras muchas historias cuyas partecitas del rompecabezas no han logrado reunirse. La guerra sucia no fue algo que se quedó en la década de 1970. El dolor de los que ahí perdieron padres, hijos, hermanos, parejas o amigos, vive entre nosotros. La indignación y la impotencia frente a los muchos recursos agotados y casos cerrados, es indescriptible. Las preguntas siguen abiertas y eso que algunos prefieren no contar, otros necesitan gritarlo, porque esas biografías son también la historia de todos.

Más allá de los casos particulares, revisar la memoria silenciada es también pensar quiénes somos como país. Quizá los responsables directos de la represión ya están muertos, pero es evidente que el Estado mexicano le debe una explicación a las familias de los desaparecidos, se las debe, entre otras cosas, por la sistemática violación a sus derechos más elementales; se las debe por la aparición en 2001 y la desaparición en 2006 de la Fiscalía Especializada para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado —¿será esto una metáfora? —; nos la debe a todos porque olvidar a los que alguna vez se opusieron es abrir la puerta a que otras voces, en otros momentos, sean calladas.

Ante la ausencia de respuestas en todos estos años, el 8 de marzo de este año Aleida Gallangos Vargas presentó una demanda ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por la desaparición forzada de sus padres, tíos y algunos amigos. A estas alturas, el daño es irreparable; pero la esperanza de la justicia, no basta soñarla.


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¿Qué hay detrás de la doble moralidad del Estado Mexicano?, por Aleida Gallangos Vargas

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“Bienvenido, hermano latinoamericano” era la frase que se presentaba en el Benito Juárez, en el año de 1977. Un México que abría las puertas y se mostraba como un país solidario hacia los grupos subversivos y exiliados de países sudamericanos que huían de las dictaduras militares. Un Estado Mexicano que se mostraba generoso para aquellos que solicitaban la protección y ayuda; que evitara penetrar en el desasosiego y que pudieran correr la misma suerte de miles que habían sido sometidos a torturas y crímenes de lesa humanidad, perpetuados por un terrorismos de Estado.

 

Aquél hizo posible el fracaso de la operación clandestina de la inteligencia militar argentina en México, cuyo objetivo era infiltrar y aniquilar a la dirigencia de los Montoneros, agrupación político-guerrillera que en la década de los setenta enfrentó a la dictadura militar argentina, que se encontraba asilada en México. Documentos hechos públicos por el National Security Archive revelaron en enero de 2008 cómo agentes de un escuadrón de inteligencia argentino fueron capturados por el servicio secreto mexicano de lo que fuera la Dirección Federal de Seguridad (DFS)  y “expulsados por espionaje a los [exilados] Montoneros radicados en México”, en enero de 1978. Revelan que cuatro agentes del Área de Operaciones 121 de Rosario, Argentina, fueron “enviados por las autoridades militares de su país”[1].

 

La misma Dirección Federal de Seguridad (DFS), que a su vez el Estado Mexicano había creado como grupo paramilitar, tenía como principales objetivos: capturar a los sospechosos vinculados con grupos subversivos, detenerlos en lugares situados en unidades militares o policiales bajo su dependencia, interrogarlos bajo tormentos y/o agresiones psico-fisicas, para obtener información que los pudieran llevar a más implicado, sometiéndolos a condiciones de vida inhumanas para quebrar su resistencia moral y privándolos de cualquier comunicación al exterior, violando cualquier garantía constitucional. Son los responsables de cientos de desapariciones de lesa humanidad y que no sólo actuaron contra los grupos que tenía por objetivo, además contra miembros ajenos, por el hecho de ser familiares, amigos o simplemente vecinos.

 

Hasta ahora me sigo preguntando: ¿Qué es lo que realmente existe dentro de esa doble moralidad del Estado Mexicano?

 

En Argentina las causas judiciales contra los genocidas y las palabras contra la impunidad siguen tomando fuerza. En Uruguay se pone a votación un proyecto de reforma constitucional (caducidad del ejército de la pretensión punitativa del Estado) de acuerdo de aquellos delitos que fueron prescriptibles; la cual permite una ley de transparencia para poder realizar juicios contra aquellos militares y autoridades que participaron en crímenes de lesa humanidad. Se trata de países en donde la sociedad ha realizado un gran esfuerzo por recuperar su dignidad a través de la justicia. La tenacidad y perseverancia de las madres, las abuelas, los hijos, los familiares, simpatizantes y colaboradores, se mantienen firme y poco a poco van viendo los sueños realizados; países en donde las leyes de impunidad han sido declaradas inconstitucionales por un máximo tribunal; en que el Estado ha reconocido su responsabilidad en los crímenes y han logrado avance en materia de lucha contra la impunidad.

 

En cambio, en México cada vez las posibilidades para dar resolución a los tales crímenes, se atenúan constantemente para los familiares que seguimos esperando una resolución jurídica. Totalmente al contrario, son aprobadas leyes donde los implicados han logrado zafar y reciclarse en la justicia, leyes que les permiten escalar en los más altos niveles de poder y ser partícipes en tejidos de corrupción, donde los crímenes de lesa humanidad cumplen su objetivo de quedar en el olvido.

 

Los mexicanos hemos sido testigos de la manipulación a los juicios que se han abierto como el de Luis Echeverría, el cual ha quedado exonerado de toda culpabilidad. El Estado y sus defensores insisten en impedir que en México exista la justicia, haciendo uso de esta doble moralidad para cubrir los delitos cometidos desde los más altos niveles del poder, tal como lo menciona en su testimonio Ana Marimón Driben:

 

Soy mexicana, pero nací en Córdoba, Argentina. Llegué al D.F con mis padres, militantes comunistas, en 1977.

Tu historia, por supuesto, reafirmó la gran paradoja de un país que albergó a víctimas de un terrorismo de estado que él mismo perpetraba, simultáneamente. No sé si sea adecuado hablar de paradojas: el Estado Mexicano nos usó a los exiliados de Sudamérica como pararrayos, tapadera u ornamento humanitario, para solapar sus propios crímenes. Por eso nunca he experimentado una gratitud histórica con los que ponían un cartel que decía “Bienvenido, hermano latinoamericano” pero sí con la gente, con la realidad que fue un contexto realizativo, con los amigos, con el amor, que conforman mi identidad mexicana.

Soy uno de los tantos mexicanos que desean, con toda el alma, que el destino de los cientos de desaparecidos sean el pasado de todos. México es tan opaco e impune… La sola masacre de Tlatelolco parece una leyenda fantasmagórica, que no es de nadie, que la sociedad no incorpora como una llaga inmensa que le pertenece y que la constituye.

 

Hoy nuevamente se vuelve a reivindicar la tortura y el asesinato sistemático. Militares y policías irrumpen ilegalmente en los domicilios particulares, y de manera violenta golpean e insultan a mujeres y niños que se encuentran albergados en sus hogares, miembros de organizaciones de derechos humanos han sido torturados física y psicológicamente durante sus detenciones ilegales, algunas veces acompañados del robo de bienes y todo horror inimaginable perpetrado desde el aparato estatal para imponer a sangre y fuego un régimen económico y político de exclusión y pobreza. Maniobras que han sido heredadas por generaciones y que diluyen los valores democráticos, que cubren a los responsables con mantos de olvido e impunidad. Y, por otro lado, una sociedad que va aprendiendo a convivir cotidianamente con la desigualdad el dolor y la indiferencia.

 

 

 

 

Aleida Gallangos Vargas es egresada de Ingeniería Industrial y de Sistemas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, forma parte de la organización Mexicanos sin Fronteras y lucha por la recuperación de la memoria y el reconocimiento social de los desaparecidos y la guerra sucia en México.

 


[1] National Security Archive Electronic Briefing Book No. 241. Enero 20, 2008.


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Ni vivos, ni muertos, están desaparecidos, por Aleida Gallangos Vargas

Durante la década de los 70, el estado Mexicano decidió silenciar miles de aquellas voces que exigían democracia, a partir de una explosión generacional, de militancia opositora, de aquellos que se les denominaba  grupos subversivos y que eran considerados como enemigos del sistema. Estos fueron brutalmente reprendidos por la ineficacia sistemática que optó por la formación de grupos paramilitares tales como el batallón Olimpia, los Halcones, la DFS y la Brigada Blanca, cuyas técnicas de represión estaban basadas en detenciones arbitrarias, torturando, asesinando y participando en cientos desapariciones forzadas de lesa humanidad,  dejando huellas imborrables en la memoria popular por los graves atropellos a la dignidad humana y que han manchado de sangre una parte importante de la historia de nuestro país, marcando dolorosamente un destino de terror y sumisión del que será difícil desprendernos.

Es evidente que el estado Mexicano  no solamente abandonó cualquier principio de derecho, también negó cualquier garantía de defensa. La mayoría de las detenciones fueron documentadas, como es el caso de Roberto Antonio Gallangos, detenido el 19 de junio de 1975. La detención quedó certificada con el sello de la Secretaría de Gobernación y firmada por el Director Federal de Seguridad Luis de la Barrera Moreno. Sin embargo, la información es cortada hasta agosto de 1975, presentando fotografías que evidencian que Gallangos fue objeto de torturas, privado de toda comunicación con el mundo exterior y de cualquier garantía institucional.

Otros casos que quedaban fuera de los cuadros combatientes de los grupos subversivos, como es el de Rosendo Radilla, desaparición forzada a partir del 25 de agosto de 1974, detenido ilegalmente por un retén militar del Ejército en el Estado de Guerrero y que actualmente la Comisión Interamericana de Derecho Humanos somete ante la Corte Interamericana de derechos Humanos la demanda del caso por la  impunidad total en que se encuentran tales hechos a más de 33 años de ocurridos.

El Estado Mexicano no sólo ha caído en el síndrome de la negación, sino que también se ha valido de diversas artimañas para evadir cualquier responsabilidad en algunas veces valiéndose de acciones sistemáticas como la formación de la Fiscalía Especial para la Investigación de los Crímenes del Pasado,  la cual no sólo fue incapaz de realizar cualquier indagación de la suerte de los desaparecidos, esta Fiscalía supuestamente pretendía hacer las averiguaciones pertinentes y las pesquisas de información se llevaban a cabo con suma dilación sin haber obtenido resultado alguno, la desconfianza hacia los trabajos realizados siempre fue latente por todas aquellas familias que seguimos esperando respuestas sobre el paradero de nuestros seres queridos. Los familiares y la sociedad mexicana necesitamos ser consistentes y adquirir la lucidez de nuestro pasado, pero no ingenuos, ciegos, ni sordos, mientras no se dé una resolución a los crímenes del pasado, la injusticia seguirá prevaleciendo y seguirán surgiendo nuevas desapariciones forzadas como las ocurridas recientemente del  señor Edmundo Reyes Amaya y el señor Raymundo Rivera Bravo o Gabriel Alberto Cruz Sánchez, presuntamente militantes de la organización Partido Democrático Popular Revolucionario, y que hasta el momento no se les considera ni vivos, ni muertos, están desaparecidos.

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Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.

Documento Nunca más, Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas.

Por los desaparecidos México “Justicia y Verdad”.

Por el derecho a la Identidad.

Aleida Gallangos Vargas es egresada de Ingeniería Industrial y de Sistemas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, forma parte de la organización Mexicanos sin Fronteras y lucha por la recuperación de la memoria y el reconocimiento social de los desaparecidos y la guerra sucia en México.