El Cafecito


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Travesuras de “locos bajitos”, por Luis Buero

“Niño de seis años desaparece tras subirse a un globo aerostático” rezaba la noticia, y ese 16 de octubre la televisión de un mundo angustiado siguió al objeto volador a la deriva… hasta que se descubrió que el gurrumín en cuestión  estaba escondido en el desván de su casa.

Esto me recuerda las veces que mis hijos y sobrinos, de pequeños, me hicieron escupir el corazón al descubrirlos en sus más variadas travesuras. A ellos, que hoy son jóvenes adultos, les tocó crecer en un tiempo no tan lejano en el que todavía los chicos podían jugar tranquilos en la calle. Pero bastaba que uno se diera vuelta un rato para que alguno se quisiera colgar del acoplado de un camión que transitaba a baja velocidad, o caminara por la cornisa de la terraza para arrojar bombitas de agua a los transeúntes.

Hay una época de los locos bajitos en la que los ángeles de la guarda hacen horas extras. Es ese período en el que para ellos todo enchufe es una tentación para los dedos, el líquido limpiador de cañerías parece un jugo de naranjas delicioso, y cruzar la calle corriendo sin mirar es una aventura inimaginable.

Pero si nos remitimos a nuestra tierna infancia, sacaremos del arcón todos los sustos mayúsculos que dimos a nuestros padres. Desde perdernos en un bosque o en la playa, movilizando a media ciudad balnearia, hasta haber sacado a los bomberos de sus siestas taciturnas porque nos caímos en un pozo grande o metimos la cabeza entre los barrotes del balcón y no podíamos salir. Si, un lapso de nuestra existencia con ventanas que nos llevamos puestas con la frente, alambrados que se nos enganchan en el lugar menos pensado, tarros de pintura que usamos como shampoo y potros mansos que ante nuestro pequeño ademán salen disparados como el caballo de El Zorro… con nosotros arriba.

De todos modos, creo que a mi madre le regalé un malestar mayor que el del niño del globo a su familia. Yo tendría cinco años cuando escuché a mi abuela preguntarle a mi vieja cuánto había costado el arreglo de una plancha. Mi madre le dijo el costo y luego murmuró: “si, ese tipo es un chorro”.  Días después mis padres me llevaban al cine y al pasar frente a la casa del electricista se detuvieron a saludarlo un segundo, ahí fue cuando yo estiré mi bracito, lo señalé,  y le grité: “¡mi mamá dice que usted es un ladrón!”.

Pasaron muchos años, demasiados, y ella nunca se olvidó de la sensación de incomodidad que le produjo esa situación, y es más, hasta hoy no se acuerda qué película fuimos a ver después.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Uno nunca sabe, por Dorismilda Flores Márquez

Para mi papá, que se quedó para siempre.

Uno nunca sabe cuándo se cuela en los sueños del otro (así me dijo Luis). Uno nunca sabe cuándo el otro se cuela en los propios sueños. Y en la propia vida. Creo que nadie podría especificar cuándo entra o sale de la vida de alguien (por mucho que se busque celebrar aniversarios y contar hasta los minutos).

De algún modo, unos rostros permanecen y otros se vuelven rutina. Algunos se difuminan hasta perderse en nada, de vez en cuando resurgen vía frases de cortesía (¿hay algo más hueco que un “hola, ¿cómo estás?” cuando no pasa de ahí?). Dos que tres rostros con promesas de “para siempre” se desdibujan del mapa y entretanto algunos se cuelan y poco a poco van ganando nitidez.

Los rostros nunca son los mismos (¿tendrían razones para serlo?), constantemente se mueven en un ranking no escrito y a veces se salen (o a veces hay que sacarlos).

Uno nunca sabe cuántos rostros han quedado en el olvido (por algo se olvida). Pero uno siempre sabe (de algún modo) cuáles se han quedado para siempre.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, actualmente estudia la Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura en el ITESO, y edita El Cafecito (casi siempre de madrugada).