El Cafecito


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Luis y Vicente, por Javier Arturo Haro Oteo

Luis llega a su hogar aturdido por el intenso ruido que se registra en la ciudad desde las seis de la tarde hasta pasadas las once de la noche.  Hoy es un día especial para Luis; a partir de mañana, su rutina diaria cambiará, esa rutina que por mas de seis meses lo llevó a despertar a las seis de la mañana para acudir a su trabajo de obrero en una fábrica al sur de la ciudad, iniciar sus labores en la fábrica a las siete y detenerse por espacio de media hora, a las once de la mañana, para desayunar; inmediatamente después, sin hacer todavía la digestión de esos raquíticos huevos cocidos y un juguito de naranjas viejas, regresar a sus labores aburridas en la fábrica, terminar su turno a las tres de la tarde e irse a la universidad, llegar a las 3:25 sin comer y tomar su primera clase, que inició 25 minutos antes; en el descanso entre una clase y otra, ir a comer una insípida hamburguesa con un refresco o algo así.  Por la noche, ir a su casa y, con el cansancio a cuestas, hacer tarea, buscar algo que cenar y preparar el desayuno del día siguiente.

Él no tiene padres y su vida se centra en trabajar para estudiar y estudiar para vivir mejor algún día; creyó mucho tiempo en las promesas del gobierno del cambio, se lamentó — dicho esto sin ninguna grosería disfrazada — de no haber tenido 18 años en ese histórico 2 de julio de 2000, cuando vivió la elección como activista, pero no alcanzó a votar.  Durante cinco años ha sembrado ilusiones, y sus cosechas no han sido precisamente mejoras; hoy, por ejemplo, acaba de ser despedido del trabajo; lo único positivo de ello es que mañana tiene una reunión de equipo para una tarea y esta vez si podrá asistir.  Antes de dormir, se pone a ver un rato la tele y escucha al presidente en sus spots publicitarios, hablar de lo que era antes y lo que es ahora.  Luis no ha vivido más de 3 sexenios y, sin embargo, no nota una gran diferencia entre Fox y sus antecesores; esa frase de que “es más fácil gobernar sin el congreso” le recuerda mucho los enfrentamientos entre Zedillo y la Cámara.

Entiende poco de Teoría Política, pero lo suficiente para encontrar serias tarugadas en las palabras del Presidente; después de todo, sabe que los monarcas no se eligen, tienen “derecho divino”; tampoco los dictadores de eligen — ni que estuviéramos en la antigua Roma —, se imponen ellos solos por la fuerza de las armas.

Luis no comprende los alcances del Seguro Popular, ya que su tía lo pagó — muy caro, por su precaria situación — y, finalmente, no cubrió la mayoría de sus males.  Le parece ridículo que el presidente hable de respeto a la libertad de expresión, mientras su equipo jurídico emprende contra la revista Proceso y su esposa demandó a la periodista argentina que publicó las “travesuras” de sus hijos.  Si a todo esto le sumamos la vergüenza que le provocó a Luis saber que Fox no hizo cosas muy relevantes en España hace algunos años, salvo presentar sus botas de charol y evidenciar su total ignorancia respecto de la literatura; o el momento en que murió María Félix, cuando el propio Luis se moría de risa ante las declaraciones del presidente “…fue una impulsora del cambio democrático en México…” y la respuesta de Carlos Monsiváis — sobra decir que muy sarcástica, la pregunta aquí sería qué hizo reír mas a Luis, el presidente o la respuesta de Monsivais —.

Luis está harto de que le vean la cara, está molesto con el Presidente, apaga la televisión y, antes de que Morfeo llegue a hacerle compañía, recuerda ese famoso debate durante la campaña Foxista, donde el entonces simpático candidato con botas prometía “1 millón de empleos para ustedes los jóvenes”.  Hoy, sin embargo, los empleos se han perdido, y ni él ni cualquier otro joven puede estar seguro de que conservará su empleo.

Luis duerme con una conclusión: Fox pasará a la historia como el presidente que sacó al PRI de Los Pinos y, a su vez, como la mayor decepción en la historia de México; finalmente, eso suele suceder cuando el hombre no es producto de sus logros ni de sus capacidades, sino un invento de la mercadotecnia; y don Vicente adolece mucho de los dos primeros, aunque tiene mucho de lo último; y, después de cinco años, ni la mercadotecnia lo salvará de un lugar que se ganó a base de errores, soberbia, omisiones y mal asesoramiento: El Basurero de la Historia.

P.D.:  No se preocupen por Luis, pronto encontrará un nuevo empleo, quizá igual de mal pagado y con condiciones igual de esclavizantes; ojalá pueda terminar su carrera y ver el futuro — tan crítico como es — desde otro plano.

 

Javier Arturo Haro Oteo es Egresado de la Carrera de Derecho por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, se dedica al litigio y, ocasionalmente, a las letras.


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¡Si existiera un video del futuro!, por Luis Buero

Cuando de varones se trata, las mujeres viven pidiéndole peras al olmo, porque si se las solicitaran al peral, las recibirían enseguida, y no tendrían de qué quejarse, algo que evidentemente va contra su naturaleza.

Los hombres, en cambio, cuando conocemos a una mina, siempre nos dejamos turbar por nuestras hormonas, que por lo general nos revolucionan la vida del cinturón para abajo, y si esa doncella pone cara de desamparada y nos hace sentir su héroe quijotesco…en diez segundos nos lleva en un puño, como a un barrilete casero.

Ahora bien, qué pasaría  si durante esa primera cita romántica en un bar, los mozos, en lugar de llevar el pedido a la mesa, nos acercaran  una televisión con un video  que mágicamente  mostrara el devenir de la relación o, dicho de otro modo, en qué lío nos estamos metiendo.

De existir esa película del futuro, no tardaríamos mucho en descubrir que esa vocecita de monja de clausura en voto de silencio  puede convertirse en el alarido de Mel Gibson en Corazón Valiente, o en un grito de gol de Boca que opacaría la fama del propio Fantino.

También nos revelaría que hemos sido elegidos porque el que verdaderamente deseaba (y que aparece en ese VHS fantástico) no le dio bolilla, o sí, pero sólo por una noche.

0tra verdad expuesta en el film, sería que esa joven no llegó al mundo en un repollo, y que, por el contrario, tiene una madre que practica con ella su oficio frustrado de titiritera o de general sin ejército. Una suegra a la que, obviamente, el novio posible le resulta insuficiente y se lo hará saber a cada rato, ayudada por su marido, los amigos de ella y los pretendientes rechazados de la joven, no resignados a perderla.

Además, la grabación podría enseñarnos que, si bien ella nos contó que es oriunda de Chascomú, se olvidó de decirnos que no aguanta la nostalgia de estar lejos de su pueblo y todos los fines de semana religiosamente huye sola  al terruño natal a comer restaurativos asados de campo.

El casete quizás nos permitiría también observar que la candidata es fanática del baile, y que toda música (rock, salsa, merengue, tango, hasta la marcha fúnebre) le hace temblar el esqueleto, y como la mayoría de los varones no nos animamos a contornear la cintura ni para jugar a la rayuela, la chica lejos que quedarse con su media naranja, compartiendo momentos de intimidad, partirá a danzar sola continuamente.

No me extrañaría que, mediante esa grabación sepamos que le dará celos que estemos mucho tiempo frente a la computadora. Por el contrario, ella irá de noche a la casa de su profesor de teatro a tomar clases intensivas de puesta en escena y se ofenderá si nos sentimos incómodos.

Claro está que nadie nunca nos ofrecerá el video del futuro, lo cuál nos da la posibilidad de hacernos nuestra propia película, obviamente esperanzada y feliz, pequeña fantasía que hace, nada más y nada menos,  que la humanidad siga existiendo, gracias a Dios.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar