El Cafecito


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Sobrevivir al mundial, por Luis Buero

Y sí, hay vida después del Mundial. De a poco vamos sobreviviendo al furor esperanzado que se pinchó, a la bullanguera decoración celeste y blanca de toda la ciudad que quedó bajo un manto de tristeza, a las publicidades que terminaban en el grito Argentina-Argentina, a las clases exprés de fútbol y de geografía universal, y al informe diario del estado físico de Messi y Tevez con el que nos perseguían cien canales transmitiendo fútbol.

¿Cómo recordaremos este mundial? ¿Privará la sensación de duelo o la de bronca?

El viernes pasado cuando salí a la calle, apenas eliminado nuestro equipo, me encontré con decenas de personas caminando calladas, serias como perro en bote. El subte venía repleto, algo inusual a esa hora, y nadie decía una palabra. Eran cientos de pasajeros apretados sin hablar ni mirarse, más aplastados que busto de bailarina. Ni una queja entrecortada, ni un comentario irónico o enojoso. Nada, silencio de radio. Rostros de ilusión interrumpida, caras de seres adustos afectados por un imprevisto baldazo de agua helada.

¿Estar así pinchados se deberá a la excesiva expectativa que ponemos siempre sobre los posibles réditos del fútbol? Lo cierto es que a los argentinos nuevamente en el Campeonato Mundial de Fútbol nos faltaron cinco guitas para el mango. Y sobre esta circunstancia sería interesante reflexionar.

Veamos: esta competencia congrega selecciones de todas partes del orbe, pero a lo largo de la historia (y en especial en los últimos cuarenta años) todas las miradas terminan recayendo en cuatro equipos: Alemania, Inglaterra, Brasil y Argentina. Es decir, dos naciones poderosas del llamado primer mundo, y dos del bloque de los países subdesarrollados.

Antes del viernes muchos compatriotas daban por perdido este partido de antemano, y esto es porque cuando vamos contra “ellos”, los poderosos, se nos movilizan ciertos miedos básicos que dan por sentado que esas “potencias” nos van a pasar por arriba (como imperios colonialistas a las tribus). Pero después suena el silbato y vemos que podríamos haberles ganado como a cualquiera. Y de hecho tampoco perdimos durante el juego.

¿Porqué Pekerman no lo puso a Messi en vez de elegir a Cruz? Es un tema para periodistas deportivos.

¿Cuál es, en cambio, la lección recibida?

La de entender una vez más que nosotros básicamente sí podemos, y que esa sensación tipo “no era para nosotros” que a veces nos corroe las neuronas, es un mecanismo infantil que nos impulsa a seguir repitiendo profecías autocumplidas.

Además de sobrevivir a una injusta derrota saliendo del estado colectivo de depresión, deberíamos entender que el futuro exitoso de este país es un sueño que nos merecemos, y que podremos conseguirlo, más allá del fútbol, si tomamos nota de nuestra capacidad como pueblo, y nos damos permiso para estar unidos y potenciados como cuando juega Argentina, aunque no juegue.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

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Imprescindible alegría, por Luis Buero

La Argentina no es un país alegre. Sí, llevamos en la piel demasiados recuerdos insalubres, y somos un pueblo con tendencia a la “depre”. En la sangre que nos habita se mezclan la melancolía y la falta de optimismo, porque los proyectos y las ganas son constantes pero las frustraciones los superan. Aún nos condena la ley del no y la máquina de impedir. Y para peor la queja de tango sigue nutriendo los ovarios de esta nación, construida por aquellos bisabuelos inmigrantes que lo dejaron todo en el otro mundo, más los descendientes de indios, criollos y mestizos que la vienen ligando mal desde las épocas de Don Pedro de Mendoza.

En algunos porteños la tristeza se hace visible, paradójicamente, en la poca paciencia hacia el prójimo, y en el fastidio y mal humor cotidiano. Y en cierta gente del interior a veces se vuelve excesiva la parsimonia y el desinterés, como si la realidad fuera una película detenida en un inevitable presente continuo.

En este contexto en el que circula en ciertos grupos sociales un sentimiento de vacío, aburrimiento o angustia, y en el que la desesperada búsqueda de la propia realización muchas veces se vuelve difícil como un amanecer en día de lluvia, ¿cómo no va a ser bienvenida la alegría que puedan causarnos los triunfos de nuestro equipo en el Mundial, si los logra?

No es vana la súbita alegría, ni extemporáneo el furtivo nacionalismo que la camiseta provoca.

Justamente estos veintidós ídolos cumplen un rol adjudicado y aceptado por ellos: el de gratificar nuestro sueño colectivo. Esa aspiración, obviamente, está cargada de representaciones simbólicas. Por unos pocos minutos, en cada encuentro, ellos nos harán sentir animados, potentes, unidos, y si ganan, sumamente felices.

Pero este fenómeno de identificación masiva es un arma de doble filo: si fracasan, la idolatría mostrará el reverso de la tela, y la devolución será indiferencia o en el peor de los casos, una marcada hostilidad.

Todos los deportes y competencias son resabios del comportamiento naturalmente lúdico de las sociedades primitivas.  Épocas del taparrabo o la túnica en la que toda contienda tenía un rictus religioso y a nadie se le ocurría racionalizarlas.

Hoy como siempre ciertos intelectuales insisten en desvalorizar las pasiones que el fútbol en general, y los Mundiales en particular, despiertan, como si fuera preciso teorizar el contagio afectivo que nuestra selección nacional produce.

Más interesante sería hacer foco en esta necesidad de felicidad y de esperanza más o menos estable que todos requerimos, basada entre otras cosas, en mantener la fe en la movilidad social que le permita al que trabaja progresar y tener proyectos futuros, más allá de que nuestros jugadores traigan el trofeo ansiado o simplemente lleguen a los cuartos de final. Pero palabras más o menos,  mientras tanto, cuando empiece el partido el grito saldrá solo: ¡vamos Argentina, todavía!

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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¿Mundialistas hipnotizados?, por Luis Buero

Anoche tuve una pesadilla. Soñé que nuestro país estaba participando en un Mundial de Fútbol y me veía  corriendo por calles desiertas de Buenos Aires suplicando: “¡Qué no se enteren los habitantes de ninguna nación que nos tenga bronca y desee invadirnos, ni los alienígenas de Marte o los monstruos marinos  de las series Invasión y Surface!”.  Resulta ser que yo, en los brazos de Morfeo, descubría que cuando empezaba a jugar nuestra Selección: ¡la Argentina durante cada partido quedaba totalmente desprotegida!

Mi mujer me dijo esta mañana que durante la noche grité  frases extrañas  con los ojos cerrados.

Según parece deliraba, y relataba que una hora antes de comenzar los encuentros en los que nuestro equipo participaba se producía un éxodo masivo de oficinas, fábricas, negocios y supermercados. Miles de automóviles huían hacia un mismo lado, mientras hordas humanas viajaban en subtes repletos con las mejillas pegadas a las ventanillas, o subían a colectivos que se convertían en latas de sardinas en pocos segundos.

Pero el fenómeno de hipnosis colectiva se repetía siempre cuando el árbitro daba la pitada inicial y entraban a contarse los 90 minutos de juego. En ese instante, en mi alucinación, la patria se paralizaba, se suspendían las cirugías, los aterrizajes, la recepción de correspondencia en el correo. Las ambulancias eran abandonadas en las calles, los barcos no podían entrar a puerto, los maestros se quedaban sin alumnos y las iglesias sin cura, las municipalidades trababan las puertas exteriores, los amantes evitaban tener sexo. Hasta los “chorros” se abstenían de salir a robar. Y al día siguiente de cada partido, los diarios exhibían fotos del presidente, que en vez de gobernar, estaba reunido con sus ministros frente al televisor en su despacho, o imágenes de gendarmes absortos frente a un viejo Zenith blanco y negro en lugar de tener la vista clavada en la frontera.

Yo quería despertarme, evadirme, pero era imposible; la voz de Dios sentenciaba en mis oídos: si el grupo social exige, el individuo debe adaptarse.

Entre ronquidos de desesperación escuchaba a mi psicóloga explicarme: el pueblo deposita en sus ídolos deportivos sus propias debilidades y frustraciones, convirtiendo al plantel en el objeto bueno, con la esperanza de que le devuelva a la sociedad una versión triunfadora y no depresiva de sí misma.

Pero en mi sueño, la realidad se había detenido como el vuelo de una paloma congelada en el aire. Y yo veía que, mientras ocurrían terremotos o ciertos presidenciables obstinados renunciaban a sus candidaturas, los noticieros sólo se referirán a lo que opinaban Pekerman o Messi,  y al precio de los televisores con plasma.

En fin, ya sé lo que piensan: nadie debería comer demasiado antes de acostarse, si no después se sufren pensamientos absurdos provocados por una digestión difícil,  que en nada coinciden con la realidad, como se ve.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar