El Cafecito


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El quitapenas, por Enrique Puente Gallangos

¿Qué fines y qué propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar con ella? Éste es un cuestionamiento que en determinado momento tenemos que hacernos en el transcurso de nuestra vida, esto generalmente es planteado una vez que las cosas de la vida no están saliendo nada bien o no salen como “lo planeamos”, ja ja ja ja, pero, precisamente planear nuestra vida es lo que no hicimos y que hoy nos cuestionamos.

El sujeto, como ya hemos planteado en otras ocasiones, es sujeto de la cultura, del lenguaje y del derecho; este sujeto barrado puede decirnos que tiene aspiraciones diversas; empecemos por las más significativas, claro está para este sujeto de lo social y, por qué no decirlo, para este sujeto global: tener dinero antes que todo porque, eso del trabajo es culpa de nuestro Padre Adán y nuestra Madre Eva, por lo cual  fuimos condenados al trabajo hasta que sudemos. Pudiera parecer un poco irónico, pero, considero que este mito es retomado por los amos de hoy, o sea, los sistemas neoliberales, nada más que ahora el mito lo tenemos al revés volteado, el trabajo no es un castigo como en el mito citado, ahora el trabajo es algo que te dignifica, te sujeta, sí, te sujeta al sistema y si no lo tienes simplemente no eres nadie; bueno, una gran parte así lo siente y lo piensa; por lo tanto, tenemos que aceptar, dejando del lado la naturaleza agresiva del sujeto y narcotizando su aspiración de dinero que eso nadie se lo quitará, sólo quedará dormidito por un momento.

Pasaremos a dar como segunda aspiración, pero, ésta más del lado sometido del sujeto a toda sociedad y ésta tendrá que ser el Trabajo, sin lugar a dudas, y de ahí podríamos continuar con muchas más como: educación, salud, vivienda, seguridad, carro, esposa o esposo, hijos, belleza, agua, aire limpio, paz, etcétera; en fin los sujetos quieren darse cosas y quitarse otras.

Mi propuesta sobre las aspiraciones del sujeto es la siguiente: el sujeto “aspira a la felicidad, no quiere dejar de serlo”, así es como damos respuesta al cuestionamiento que nos hacíamos al principio, este sujeto barrado por la cultura aspira a la felicidad con dos finalidades, una negativa y la otra positiva. La primera, evitar el dolor y el displacer; la segunda, experimentar intensas sensaciones placenteras. La actividad humana se despliega en dos sentidos, según se trate de alcanzar; este sujeto, como finca su objetivo vital bajo el programa del “principio del placer”, principio que rige las relaciones del aparato psíquico desde su mismo origen.

La felicidad es un fenómeno episódico surge de la satisfacción, tibio bienestar; porque nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino en contraste, en escasa medida, lo tolerable. Nuestras facultades de felicidad están limitadas por nuestra propia constitución, y además no tenemos que olvidar que, frente al espejo de la felicidad también se refleja el sufrimiento. El sufrimiento nos amenaza desde tres lados: desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior y de las relaciones con los otros seres humanos. Bajo las presiones de tales posibilidades de sufrimiento el sujeto tiende a bajar sus aspiraciones de felicidad, el programa del “principio del placer” en el cual el sujeto fincaba su vida cambia por la amenaza de sufrimiento proveniente de los puntos antes señalados, ahora el sujeto se constituye bajo el “principio de la realidad”, que es más modesto.

Ahora pues, este sujeto no puede lanzarse a experimentar las intensas sensaciones placenteras, simplemente porque el sufrimiento estará en todo momento vigilante, inquisidor, culpable y culpando al sujeto. Por tal motivo el sujeto buscará o inventará unas mil maneras de evitar el dolor, el displacer y el sufrimiento. Una de éstas maneras de evitar el sufrimiento a la que hoy me quiero referir es el amor. El sujeto se dirige a otro que cree diferente, pero que es igual que él y que le dará todo lo que no tiene para que llene su falta y lo aleje del sufrimiento. Es muy lamentable que este cariz tóxico que genera el sujeto en sus procesos mentales se haya sustraído hasta ahora a la investigación científica; se atribuye tal carácter benéfico a este quitapenas en la lucha por la felicidad y en prevención del sufrimiento del sujeto que tanto los individuos como la sociedad le han reservado un lugar permanente en su vida psíquica y económica. No sólo se le debe al amor el placer inmediato, sino también una anhelada medida de independencia frente al mundo exterior, los sujetos saben que con este “quitapenas” siempre se puede escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad. También saben, o tendrían que saber, que es precisamente esta cualidad del amor de adormecer la razón del sujeto la que entraña un peligro y su nocividad; de cierta manera, podemos decir que el sujeto tiene la culpa de que de que se disipen estérilmente cuantiosas magnitudes de energía que podrían ser aplicadas para mejorar la suerte de la humanidad.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y estudia la Maestría en Psicoanálisis, es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.

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