El Cafecito


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Rosenda sabe: “Cuándo escoger un hombre y tener un hijo con él”, por Enrique Puente Gallangos

“Rosenda” con Fernando Soler y Rita Macedo, dirigida por Julio Bracho, es una de mis 10 películas favoritas del cine mexicano. ¿Por qué Rosenda? Podría dar varias razones, y siendo razones tal vez ninguna con valor y sentido, pero quiero hablar de una imagen, una imagen y un decir.

La joven Rosenda, una campesina bellísima hija de un mediero, es pedida en matrimonio por el solterón maduro Don Ponciano; Don Ponciano pide la mano de Rosenda para el arriero Salustio, quien le ruega la pida por él. Rosenda sabe por qué está Don Ponciano ahí y Don Rosendo no sabía sobre Rosenda, su belleza y su deseo. Ante la negativa del padre de Rosenda, Don Ponciano dice ¡preguntemos  a la muchacha a ver qué decide! y la muchacha Rosenda dice ¡yo me quiero ir con el señor Don Ponciano! Se van toman camino y al llegar al pueblo se enteran que el arriero Salustio a huido del compromiso ante la futura escena matrimonial o mejor dicho ante la presencia del deseo de Rosenda que tal vez era superior a la de él. Rosenda dice ¡ya lo sabía! Sabía que el arriero ya no estaría ahí.

Rosenda decide no regresar con su padre ya que su deseo se ha jugando desde la separación de su padre. Ante el deseo fantasmático de Rosenda de no regresar con su padre, se hará presente una escena, una imagen y un decir; Don Ponciano preocupado por las murmuraciones del pueblo decide depositar a Rosenda en casa de Doña Pomposa la costurera. Atraído, aturdido y porque no decirlo sujeto ya de la belleza de Rosenda decide visitarla.

La escena es la siguiente: Rosenda bañándose y Don Ponciano como un adolescente intenta reprimir su deseo de no verla por la paralaje que separa los carrizos del baño. La imagen de Rosenda bañándose y contestando la pregunta de Don Ponciano ¿Por qué si sabías que Salustio no cumpliría su palabra decidiste salirte de tu casa conmigo? Y aquí el dicho de Rosenda ¡una mujer sabe cuándo escoger un hombre y tener un hijo con él! El deseo de Rosenda se había jugado ya desde que se separa del padre, desde que estaba con el padre.

Como sabemos, el deseo incestuoso padre-hija, hija-padre está presente y tiene que ser castrado. Esta castración es la que permitirá al sujeto, en este caso una mujer, no ser el deseo del padre, ni el padre ser el deseo de ella. Como dije al comenzar, quiero hablar del deseo de una mujer de tener un hijo, que como sabemos se juega desde que siendo niñas las vemos jugar con sus muñecas a ser madre.

Un hijo como personaje simbólico que está presente en toda vida del sujeto mujer o de quien quiera realizar esa función, pero siempre del lado de la mujer puede ser materializado, proyectado, rechazado o nunca concretado. Pero el hijo deseado que es del que intentamos hablar es un hijo donde se depositarán los deseos de la madre ante la imagen incierta del otro el padre. Hijos deseados equivaldría a sujetos neuróticos amados por los padres, hijos no deseados equivaldría  a no sujetos de amor por los dos, tal vez por uno, lo que nos llevaría a hostilidad para este hijo, sentimientos negativos, un deseo que alimenta una relación violenta y destructiva con los padres. Tener un hijo deseado implica el saber de la mujer, tener un hijo implica el deseo de la mujer, tener un hijo implica que una mujer escoja a un hombre, tener un hijo deseado implica un hombre enamorado de esa mujer, de esa mujer como Rosenda y de ese hombre como Don Ponciano. Rosenda sabe, la mujer sabe, el saber es femenino.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Cuando “Andrés” (el que viene una vez por mes) no aparece, por Luis Buero

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Tener un hijo es lo más hermoso que te puede pasar en la vida, pero no todos los hombres piensan lo mismo. Los que más pánico tienen a ser padres afirman que el  único anticonceptivo para mujeres infalible es la pastilla, pero no la tienen que tomar, sino tratar de sostenerla con las dos rodillas juntas mientras están a menos de cincuenta centímetros de un varón.

 

Claro que en cuanto a preservativos se refiere,  todos los varones nos resistimos a los “pilotines de latex”, pues sentimos que nos plastifican el erotismo, y muchas veces nos tomamos un recreo cuando creemos que la maestra naturaleza está mirando para otro lado y después vienen los sustos. Entonces sobreviene el dramático instante en el que deberíamos estar relajándonos boca arriba con un cigarrillo, mirando el techo, pero la magia se pudre cuando ella nos pregunta (¡como si nosotros lleváramos su agenda!): “¿el último período me empezó esa tarde en que nos visitó tía Celina, no?”

 

Y sí. Cuando la relación o el fulano no están maduros para recibir esa novedad (verdadera o falsa), el fulano mira a la chica y de golpe, aunque ella sea Angelina Jolie, la registra fulera como a la brujita Cachavacha, y desalmado murmura: “¿Qué le vi yo a ésta?”

 

Aquí se presentan  distintos tipos de varones anti-paternalistas, en solo diez segundos, pero para clasificarlos, ustedes chicas  tendrían que poder leer sus mentes. Las ayudo un poco: imiten la voz de sus novios al leer a continuación lo que ellos piensan:

 

  • Desconfiado: ¿Será mío? Mmmmm… A mí, si no me dan un certificado de  ADN firmado por Hipócrates no lo reconozco…

 

  • Machista: ¡Prendió la vacuna! ¡Soy un semental, un padrillo, dónde pongo el ojo…! Ay, me entró una basurita….

 

  • Muy asustado: ¿Por qué no seré gay? ¿Por qué no habré sido un monje trapense enviado al Sahara?

 

  • Irresponsable: Y sí, está bien,  me caso… aunque vivir en el hueco de un ascensor en Fuerte Apache a ella no le va a gustar…

 

  • Irresponsable plus: Y sí, me caso aunque no esté enamorado, total después le meto los cuernos y listo…

 

  • Asesino: ¿Dónde había anotado yo el teléfono de Herodes?

 

  • Sorprendido: ¿Cómo, entonces todavía sirvo? Y eso que toda la vida usé calzoncillos anatómicos apretados…

 

  • Cobarde: El padre de ella pesa 120 kilos, fue boxeador en su juventud  y le salen pelos hasta en la encía. ¡¡Me caso yaaaaaaaaa!!

 

 

  • Suicida: ¡Me pongo un cartel que diga “Soy Diputado K” y me meto en una manifestación de gente del campo en la 9 de julio!

 

  • Autodestructivo: ¿Por qué no me habré casado con Lorena Bobbits?

 

  • Intelectual: Voy a buscar en Internet artículos sobre ligaduras de trompas de Falopio y esterilización tubárica.

 

  • Consumista decepcionado: ¿Cómo, no era que si tomabas aspirinas con Coca Cola no quedabas embarazada?

 

  • Castrense: ¡Ay, Diosito, te ruego que el test de embarazo tenga dos rayitas! ¡Eso, ascendélo a sargento, ascendélo a sargento!

 

  • Insensato: Conozco una curandera que con un ramito de perejil…

 

  • Retardado (que se acuerda tarde): ¿No existirá la pastilla para la semana después?

 

  • Sorprendido forte: ¿Cómo, no era que cuando entrás en la menopausia se cerró la fábrica?

 

Por último queda el borderline del infarto, es ese pobre desesperado que vive rezando al pedo hace 45 días para que a ella le venga “Andrés” sin poder dormir, porque la joven  se olvidó de contarle que, por desequilibrios hormonales en la tiroides…. menstrúa  una vez cada seis meses.

 

 

 

 

 

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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El regreso de la prisión escolar, por Enrique Puente Gallangos

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Ahora ya no es la primaria la prisión escolar, ahora es la secundaria: “¡sí, papá, ayer fui a la escuela; bueno, estaba cerrada por que las monjitas no estaban; pero parecía una prisión, una cárcel! ¡También descubrí que mi abuela me engañó, el curso no es obligatorio, tendré que ir a la prisión!”

 

La escena educativa nos revela en ocasiones personajes ya conocidos en otra escena, la familiar. En ella se revelan las distintas imágenes que un sujeto recluido en prisión experimenta: miedo, soledad, angustia, vacio, vacuidad, inferioridad, hastío, en fin, una serie de muertes simbólicas que, en el peor de los casos, son perpetuas; pero que, en el caso de los niños, esta imagen casera se presenta de dos modos.

 

El primero como una repetición de la escena familiar en la escena educativa, mamá-maestra, papá-maestro, hermanos-compañeros, amigos-rivales, una repetición que provocará una serie de síntomas histéricos en estos niños, como llegar tarde, no hacer tareas, pelear con compañeros, no obedecer a los maestros, miedo a los niños o niñas, malestar en la escuela.

 

Pero también sucede todo lo contrario, niños que ven en la escuela una posibilidad de suponer un padre, una madre, un hermano, un amigo, algo que me falta y que es importante en mi vida; posibilidad que de manera simbólica me permite identificar un afuera de la familia, un afuera de mí mismo. Someterme al horario, someterme a rezar antes de iniciar clases tendrá como fundamento un acto de legitimación, un acto de identificación con quien me llevó a esa escuela, un acto de identificación de creer en quien me llevo a la escuela o un acto de identificación, “tiene la razón quien me trajo a esta escuela”; identificación que legitimará mi estancia en la prisión escolar.

 

Pero, ¿qué sucede cuando no hay legitimación en esa decisión y por lo tanto no hay identidad del niño con quien lo mandó a la escuela? El niño entra por tres años o muchos más a estudiar, no a desarrollar habilidades; entra a la prisión escolar a cumplir una pena, un castigo, una culpa que, generalmente no es de ellos, es del otro, el otro que los llevó a la escuela; prisión escolar que en algunos casos se toma como una reincidencia, una repetición de una conducta que no entiendo, no comprendo, no puede hacer consciente aun el niño. Calificaciones malas, exámenes aplazados, años reprobados, sujetos descalificados, sujetos que hacen síntoma y hacen habla, hacen discurso y mensaje, mensaje enviado y leído por el otro. Otro que no responde y sólo amenaza con cambiarlo de prisión a donde sí puedan poner en cintura al hijo, a donde sí puedan hacer lo que yo como padre no puedo hacer. Niños hiperactivos, niños problema, niños que no hacen nada, niños ausentes, niños enfermos según los médicos y psiquiatras, futuros adictos que encuentran respuesta científica a su malestar con algún tipo de medicamentos que haga lo que la escuela no puede y lo que los padres no pudieron, medicamentos. Los fármacos son la última instancia de estos niños. Aunque no con esta misma suerte, los que ya no están en la prisión escolar, porque fueron promovidos a una clínica psiquiátrica o psicológica. Los niños que siguen en la prisión escolar mantienen una lucha dialéctica entre su deseo y el deseo de sus padres; lucha dialéctica entre ir de lunes a viernes a la escuela, rezar de lunes a viernes y un “¡no me gusta la escuela, las monjitas están bien mal!”

 

Pretendemos resaltar que en la escuela puede estar una solución de los problemas del niño en la escena familiar, pero también que en la escuela en ocasiones, se agravarán los problemas del niño con su familia. Lo más fácil de todo es culpar a los hijos y los maestros; pero los maestros muchas veces no están capacitados en los quehaceres de una guardería y no están capacitados como psicólogos y psiquiatras para dar una respuesta a estos niños, ¿por qué enfrentamos a estos niños a la no respuesta?

 

Culpar a los niños es evitar la responsabilidad que nosotros como padres tenemos con ellos, recuerden que la culpa siempre es compartida. Los errores de nuestros hijos son el resultado de nuestro fracaso como padres. Prisión escolar con readaptación, con trabajadoras sociales, con psicólogos, con psiquiatras, con psicoanalistas, con médicos, con licenciados en derecho, con profesionales interdisciplinarios que nos permitan darles una respuesta a estos niños; una respuesta medica, psíquica, una respuesta pedagógica y jurídica a estos niños; respuesta jurídica que nos permitirá determinar sobre la tutela de estos niños, apoyándolos en los dictámenes pedagógicos y psicológicos. A partir de entonces la prisión escolar, dejará de ser el lugar donde se tiene prisionero a un niño, culpable y responsable del otro, del otro que son sus padres; y se convertirá en la escuela donde, como parte de la continuidad familiar, se permitirá desarrollar al niño habilidades necesarias para poder hacer una mejor interpretación de la realidad que está viviendo.

 

 

 

 

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Qué clase de ¡demanda! es una demanda de divorcio, por Enrique Puente Gallangos

Las personas que se divorcian no siempre tienen bien claro las repercusiones del mismo, ya que muchas de las repercusiones serán conocidas o develadas  pasando el tiempo. El descontrol emocional en los hijos es incomparablemente mayor que el de los padres y, muy especialmente, si el divorcio se produce durante la niñez o la pubertad, aunque es también muy grande durante la adolescencia, y hasta en la edad adulta. El puro temor  a que se divorcien los padres, afecta la salud emocional del niño, ya que para los hijos, sus padres son toda su vida. Los niños ven de manera general a sus padres sin defectos, como ejemplos a seguir, sobre todo en los primeros años de vida; claro está, en los casos en que los hijos son maltratados por alguno de los padres, los hijos también sienten la necesidad de que se aleje el agresor, pero digo el agresor que representan los padres, ellos quieren que no se vaya el padre bueno que conocieron una vez.

¿Qué es lo que se pide, que es lo que se demanda? Cuando una familia o uno de sus integrantes recurre al ámbito jurídico, ¿lo que demanda es de orden jurídico o puede ser de otro orden?, los jueces familiares o administradores de justicia familiar, ¿qué suponen tener en frente en una demanda familiar? Con frecuencia a abogados y jueces  familiares se les escucha decir que este es un campo imposible, que allí lo jurídico tiene escasas probabilidades de acción, que esta acción suele cargar entre quienes la llevan a cabo sentimientos de impotencia, desconsuelo, odio, culpa, remordimiento, venganza…

Estas interrogantes son preliminares a todo cuestionamiento de la eficacia o no del acto jurídico en el ámbito familiar. Juicio familiar, ámbito familiar nos lleva a analizar precisamente a esa institución tan ambigua como lo es la familia. Una definición jurídica de familia como la que da Eduardo Zanonni: “La familia es el conjunto de personas entre las cuales existen vínculos jurídicos, interdependientes y recíprocos, emergentes de la unión intersexual, la procreación y el parentesco”. En síntesis, cualquiera que sea la definición de familia que intentemos, sea histórica, sociológica o jurídica, su ambigüedad o dificultad para el establecimiento de la misma estará presente, salvo en el punto en el cual estas definiciones del concepto podrían acordar. La cuestión que planteo es: si el campo de la familia es un campo imposible para lo jurídico con escasas posibilidades de acción, ¿tendrá esta sensación de impotencia relación con la concepción jurídica que se tiene de familia? ¿influye esta concepción y de que modo al responder el juez a las querellas familiares?

Tanto la sociología como el derecho parten al definir la familia desde una positividad, desde una serie de valores positivos, diríamos aún más objetivos, digamos responden a un imperativo categórico — universalmente objetivable — del “así debe ser” . Cuando el juez tiene que fallar sobre cuestiones familiares, en general lo hace desde esta positividad, pues su función es juzgar acorde al Derecho. Juzga desde la juridicidad del vínculo familiar en mejor de los casos; en el peor de los casos, lo hace desde sus propios prejuicios sobre la “familia”. Juzga sobre personas jurídicas y el problema es que muchas demandas — no todas, por supuesto — que se dirigen al foro familiar no son jurídicas estrictamente, ni son realizadas por personas jurídicas, sino por sujetos deseantes que reclaman “otra cosa” que la sanción jurídica. Diría que son sujetos del deseo que sufren y padecen la positividad de los discursos sociales prevalentes sobre la familia. Desde ese lugar sería cierto por ende, que el dispositivo jurídico no tiene alcances sobre las problemáticas familiares, como deja oír la queja “quiero divorciarme de MI esposo, una buscona me lo está quitando, aquí tiene su casa, sus hijos, no sé qué está buscando con ella”. Como podemos demostrar, lo que une a una pareja es el amor, no es para nada una positividad, sino más bien algo del orden de la falta, de una carencia. Uno ama lo que uno es, lo que uno fue, lo que quisiera ser y a la persona que fue parte de uno mismo. Y es que en el amor, “el otro… es siempre Otro, nunca es él” , en fin “los seres humanos nos unimos por lo que el otro no es… y nos separamos por lo que el otro es”. La conclusión que podemos dar de esto es que la familia, considerada ya en su mínima expresión, la unión de dos seres, es por estructura, el lugar de la falta misma, una conjunción siempre fallida. El encuentro entre los sexos siempre incluye al desencuentro: lo diferencial lo constituye el hecho de pensarlo no como una contingencia, sino como lo más propio de la estructura de la interrelación sexual.

En lo que respecta a la cuestión de la demanda diríamos lo siguiente, un sujeto acude al Juez en busca de alivio o de una solución a una problemática que lo que ha hecho es “descolocar” subjetivamente a aquél o aquellos que efectúan el recurso jurídico. Esta demanda al campo jurídico, adviene cuando se han agotado otros recursos; digamos que en la demanda en esencia hay una solicitud de que un tercero reconozca a la pareja que ha perdido dicho reconocimiento en el seno de la misma, limitar al otro y legitimar e ilegitimar los roles.

¿Qué clase de ¡demanda! es una demanda de divorcio? Diremos que en esencia la demanda de divorcio pertenece al campo de la subjetividad, descompletud narcisista, desgarrada por las crisis familiares y que los demás recursos personales y familiares y dispositivos institucionales, no han podido establecer. Esta demanda, este reclamo de restitución subjetiva, dista de ser jurídico y su “verdad” se juega mucho más allá de “las pequeñas verdades objetivables” que pueden habitar los expedientes; al ser la demanda una operación (la de restitución subjetiva) imposible por esencia para el juzgador, podríamos anticipar que la operación jurídica está fracasada desde su inicio mismo cuando la demanda tiene estas características. Esto podría llevarnos a concluir suspender la demanda jurídica y abrir la posibilidad de tomar la demanda en otro lugar, esto es, que los sujetos implicados en el origen del reclamo puedan desplegar su reclamo en un lugar Otro, un servicio asistencial o en un consultorio de un analista o de un terapeuta, ya que el sujeto se encuentra anudado biológicamente, socialmente e inconscientemente, pero ahora con una variante, ¿sobre qué?, sobre la responsabilidad subjetiva que a cada uno le corresponde en el malestar que denuncia o lo atraviesa.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y Maestro en Psicoanálisis, actualmente estudia la especialidad en Psicoanálisis para niños en el Colegio de Oaxaca; es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.


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Viaje al pasado para dos, por Luis Buero

Cuando te divorciás y tenés hijos en común con tu pareja, es seguro que seguirás viéndola por mucho tiempo.

Hay súbitas anginas rojas de los críos, sus cumpleaños, los actos escolares donde actúan disfrazados de Beruti, y velorios del perro y la tortuga, que reúnen tarde o temprano a todo varón con su ex. Pero el tiempo pasa, los chicos crecen y los encuentros se vuelven cada vez más esporádicos, hasta que un día viene a vernos el nene, que ya es abogado y tiene casi 30 años,  y nos anuncia: “papá,… ¡me caso!”.

Y mientras uno se da vuelta y empieza a buscar donde quedó aquel gurrumín que se enredaba en nuestras piernas,  llega la noche del casamiento y ésta se convierte en la más sorprendente oportunidad de viajar al pasado que conozco. Pero es una travesía para dos, porque el padrino, el papá del novio (en este caso, yo)  va con su nueva mujer al evento, y se transforma en un sorprendido guía turístico de su vida anterior, pues acaba de entrar en un escenario donde aparecerán personajes que ya tenía olvidados en el guión de su existencia. Te lo cuento para prevenirte, por si todavía no te ocurrió. Tomá papel y lápiz.

Por empezar, cuando uno llega a la iglesia nota que hay unos tipos pelados y canosos, y algunas señoras gordas y pintarrajeadas que saludan desde lejos, y uno murmura “¡estos colados qué caraduras que son!”. Alguien rápidamente te informa que son los hermanos y amigas de tu ex, que no ves desde aquel verano en que se separaron Los Beatles. Muchos niños descendientes de aquella parentela política que quedó atrás, ya son tipos más altos que el mago Emanuel, al igual que los compinches del propio hijo, que eran sonrientes carasucias que venían a pedirte que les devuelvas la pelota, y hoy te saludan enfundados en sus trajes de señores y te dejan tarjetas de ingeniero o mayorista de no se qué. Y si hay, te aseguro, un comando de nave preferencial para realizar esa travesía en el tiempo es la mesa principal de la fiesta de casamiento. Desde allí, en cada rincón del salón verás reunida, compacta, una parte de tu pasado, cuya reducción fenomenológica te sorprende en esos videos caseros que se exhiben para la ocasión, donde se cuenta la biografía de los novios y se muestran fotos que por no tener el álbum a mano, ya habías olvidado. Y mientras tu ex habla de la humedad con tu nueva esposa, no es raro que te sientas como un esquimal aterrizado en Copacabana, y quieras huir a la brevedad de allí.

Pero finalmente llega el día después y descubrís que sobreviviste y has vuelto al presente con una lágrima en una mano y el souvenir de la boda de tu hijo en la otra; y a tu corazón, que de tantas emociones vibra enloquecido, llega la hora de calmarlo con palmadas simbólicas, como a un caballo enardecido al que es preciso decirle al oído, con voz pausada, que ya todo pasó y está bien, que está bien, que ya está bien, que todo está muy bien.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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Papás de fin de semana, por Luis Buero

Cuando los padres se separan, es común que los nenes se queden a vivir con mamá. El papá se vuelve entonces una visita reglamentada, y mientras la sociedad murmura “algo habrá hecho”, él sufre en silencio y teme convertirse en el tío de sus propios hijos, por la falta de cotidianeidad en el vínculo. Todo eso, claro, cuando se los dejan ver.

En el imaginario popular y en los chismes a la hora del té, suelen ser los malos de la historia. Los que se fueron a comprar cigarrillos y nunca volvieron, los que huyeron tras las plumas de una corista, los que no pasan la cuota alimenticia y hay que perseguirlos con la justicia.

Y pocas veces aparecen en la misma novela los otros padres separados, los que les dejan todo a su mujer y siguen manteniendo a sus hijos. Sí, me refiero a aquellos que imaginan, conciben y acunan a sus críos, les hacen el desayuno a diario, compartieron con ellos el primer día de clase y el cuento de la hora de dormir, y de pronto cuando el matrimonio se disuelve se convierten en una visita en el hogar que construyeron, y quizás en un tío querido para sus hijos que tal vez pronto hasta tengan otra figura masculina como padre sustituto: la nueva pareja de mamá.

Ese papá de fin de semana siente que ayudó a construir un nido y luego lo tuvo que abandonar para siempre. Y nadie se ocupa de su sentir, porque se dice que los hombres no lloran, y tal vez sea mejor así, porque algunos están tan tristes que si lloraran todos juntos se produciría un tsumani. ¿No me creen? Vayamos al principio.

DE ÍDOLO A KELPER FILIAL

En las épocas de mi bisabuela, los hijos eran de la mujer, que debía parirlos y criarlos, mientras el padre trabajaba todo el día, y luego  se iba a jugar al billar o al truco al bar con sus amigos,  y cuando estaban presentes,  sus críos los trataban de usted. En los años 60 y 70 comenzaron a enseñarle al hombre que cuando su esposa quedaba encinta ambos estaban embarazados, y que él era co-protagonista en todo este proceso, y después del nacimiento también, de por vida. Así fue que algunos varones tuvieron que hacer de tripas corazón y participar del parto ayudando a la futura mamá, y se animaron a cortar el cordón umbilical y a dar el primer bañito a sus bebés. Aprendieron a cambiar pañales, a preparar biberones y papillas y a consolar al lactante de noche, si se le ocurría llorar cada tres horas. Se animaron a susurrar el “arrorró mi nene” o despertarlos con aquella otra canción que decía que el gallo Pinto se durmió y esa mañana no cantó. En síntesis, se dieron cuenta que ese “trabajo” era un placer que se habían perdido de disfrutar durante generaciones, y que el concepto de masculinidad había dado una vuelta de página importante y ya era hora de cambiar para bien. Claro que también se estaba modificando el de feminidad, al mismo tiempo.

Así fue que este nuevo macho humano enamorado de sus hijos y de su función paterna, que había re-significado la palabra familia, y había cicatrizado tal vez sus heridas de la infancia,  conoció una segunda y dramática lección: divorciarse de su pareja  ya no era sólo romper el vínculo con una mujer, si no que debía enfrentar un dolor mucho mayor.

¿PAPÁ POR SIEMPRE?

Ningún film relata mejor (tal vez no haya otro) que Mrs. Doubtfire (Papá Por Siempre) el drama y el sentir de un hombre que al tener que irse del hogar familiar pues su esposa ya no lo ama más, no puede ya convivir con sus hijos, a los que adora. En la famosa película, Robin Williams interpreta al atribulado padre que al no resignarse a la imposibilidad de ver a sus niños de manera constante, y dado que el personaje es actor, llega al extremo de caracterizarse y hacerse pasar por una señora de edad mayor, de apellido Doubtfire, para convertirse en la niñera de sus propios hijos.

Y en la vida diaria, más allá de los pormenores y matices que rodean la separación de un matrimonio, es muy común que los hijos menores continúen bajo la custodia de la madre, a la que, salvo pruebas en contrario, la ley y la cultura popular  la consideran automáticamente mejor progenitora que el varón.

“Un padre sabe, incluso antes de separarse que habrá mil momentos de la vida de sus hijos que ya no ha de presenciar ni compartir, y luego con el tiempo va notando sus bruscos cambios físicos, en la voz, cada semana o quincena, o cuando puede reencontrarse con ellos. Sus éxitos y sus anginas serán una anécdota contada, y uno siente que de a poco se convierte en una visita, en una especie de  tío querido que de no estar presente a cada instante, teme quizás que hasta dejen de extrañarlo” comenta SANTIAGO, 53 años, docente porteño, separado desde hace diez, con dos hijos.

Las notas de actualidad sobre estos temas generalmente se dedican a describir la delicada situación en la que se encuentran los chicos, que deben adaptarse a una nueva realidad, o se enfocan en los derechos civiles de la mujer que pueden verse vulnerados si su pareja no le aporta los alimentos obligatorios por ley.

Pero en esta historia hay un tercero excluido, y su sufrimiento ninguna cámara lo enfoca.

SI QUERÉS LLORAR, LLORÁ

“No hay dudas que el vínculo se aleja, aunque sea muy bueno ese encuentro semanal, el vínculo se establece con la cotidianeidad” asegura ANDRÉS SÁNCHEZ BODAS, psicólogo clínico desde hace 33 años, docente universitario y creador de la carrera de Counseling (Consultor Psicológico) en el país. Y agrega:

“En nuestra sociedad la gente cree que la que más sufre es la mujer, o los hijos, y se olvida de que el hombre pierde el hogar, la continuidad, el estar presente mal o bien en la cotidianeidad, y en mi experiencia de terapeuta, los hombres lloran, están angustiados por tener que ver a sus hijos una vez por semana, en una especie de visita guiada de la que luego, si no tiene un lugar propio dónde alojarlos, debe devolverlos al domicilio de la madre.  Es más, hay hombres  que demoran la separación, o directamente no se separan, aunque convivan  en condiciones deplorables de pareja, con 7 u 8 años sin vínculo sexual con su esposa, para sostener una relación en función de no perder la convivencia con los hijos”.

Por su parte, MARIA RUTH MURAIS, psicóloga gestáltica sistémica, con 20 años de experiencia hospitalaria, parece coincidir con su colega al contar:

“Yo los veo sufrir en el consultorio, han dejado sus muebles, su casa, sus olores, sus plantas, y se tuvieron que ir porque es así su historia, y todo eso produce duelo. Pero en la vida, ¿qué es duradero?”

CUANDO EL PADRE NI SIQUIERA SE SIENTE TÍO

Cuenta Eduardo, de Villa Crespo, 3 hijos, empleado bancario: “Teníamos algunos problemas de pareja, a mi entender no muy graves. Una noche, mi esposa me dijo que me tenía que ir, me echó de casa, dijo que hablara con su abogado. Para evitar males mayores pasé la noche en casa de mis padres, al otro día volví a casa. Al intentar ingresar me di cuenta que había cambiado la cerradura, no me atendía, cuando  respondió me insultó, negándose a que pueda estar con mis hijos”.

Eduardo representa otra realidad, la de los miles de papás que ni siquiera los pueden ver regularmente. JOSE MARIA BOUZA, fundador en 1988 de APADESHI. (Asociación de Padres Alejados de sus hijos, ver recuadro dos) asegura que El separado sin posibilidad de contacto de los hijos es un caso más grave, porque hay una obstrucción en el vínculo producida por su pareja, y el padre queda marginado de la sociedad, busca trabajos informales, deja de lado todo para concentrarse en una acción judicial en la que finalmente queda atrapado, pues piensa que se va a resolver rápido y en nuestro país no es así, es como un espejismo de montaña, donde el alpinista cree ver la cima ahí nomás, cerca, y tarde descubre todo lo que le cuesta llegar, y tal vez nunca llegue.”

PARA LOS JUECES PAPÁ NO ES UN ÍDOLO

JOSE MARIA BOUZA, que confiesa haber atendido él solo ya alrededor de 15.000 padres en APADESHI., piensa que: “un juzgado donde se plantea una cuestión de tenencia debería evaluar quién es el más apto, no por su sexo, sino por sus condiciones psicológicas, desarrollo laboral y tiempo disponible, y sobre todo por su actitud con su pareja en cuanto a esta problemática. Pero prefieren culturalmente beneficiar a la madre, aún pasando por alto que algunas mamás hayan tenido intentos de suicidio, internaciones psiquiátricas, o incluso, que ni siquiera desee verdaderamente hacerse cargo de los chicos”.

Por su parte, LUIS MARIA ASSANEO, fundador de APRADIM (grupo de profesionales que dicta conferencias sobre temas como Enigmas de la Virilidad, Parejas en Crisis, etc.), psicólogo y docente del CENTRO DOS de atención psicológica, y miembro adherente de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, coincide con Bouza en que “las leyes que dan automáticamente la tenencia de los hijos a las madres son obsoletas; la posibilidad  maternante del padre ha evolucionado, y además antes era la mujer la que se quedaba en casa y ahora son los dos los que trabajan afuera del hogar”.

La Lic. MARIA RUTH MURAIS amplía el concepto:  “con la madre se arma un lazo en los primeros cuatro años de vida que es preciso no cortar, pero luego ambos tienen capacidad para ejercer el rol de mamá-papá o papá-mamá, y los chicos podrían elegir con quien estar”.

¿HAY ESPERANZAS, PADRE?

SÁNCHEZ BODAS sostiene que “las nuevas corrientes psicológicas, estas visiones humanísticas, en general miran más para adelante que para atrás, el aquí ahora, el presente, el porqué no importa tanto, me pasó lo que me pasó y ahora veamos lo que hacemos con esto. Estas corrientes aportan la posibilidad de pensar en lo concreto, se cita a la familia, a la ex, a los chicos, se hacen reuniones familiares, no se toma la cosa de manera individualista”.

MARIA MURAIS, desde una perspectiva sistémica aconseja: “la tendencia a lograr debe ser que la familia, producida una ruptura, recobre la homeostasis, la búsqueda de un nuevo equilibrio, todo tiende a que después de un momento de crisis todo se ordene, y al papá que se tuvo que ir, le espera un gran trabajo interno para superar este corte o quiebre,  puede ser el momento de un re-aprendizaje, pues hay papás que descubren su paternidad justamente cuando se van”.

JOSE MARIA BOUZA  sugiere que “los papás que nos quedamos sin nuestros hijos tenemos que cambiar y que preparar el nido, siendo cada vez mejores, para cuando ellos peguen el saltito y vengan con nosotros”.

¿EL PADRE SEPARADO ES MENOS PADRE?

LUIS MARIA ASSANEO discrepa con otras posiciones y asegura que “es un mito que se ha armado alrededor de esto, de que los padres son más padres cuando están casados y conviven con sus hijos”. Y hasta pone en duda la palabra duelo:

“El duelo es duelo cuando tenemos un objeto perdido, pero con el divorcio los hijos no se pierden, el vínculo sigue estando aunque no en las mismas condiciones, pero en muchos casos ese vínculo mejora. En realidad la sensación de soledad casi radical en la que ha quedado sumido un padre es porque se le revela su propia castración, la reafirmación de que todo no se puede, aunque la ciencia nos diga que sí. Por otra parte, y con relación al vínculo nuevo que se establece entre padre separado e hijo, una cosa es la cantidad y otra es la calidad; un padre conviviente puede estar absolutamente presente, y hasta ser asfixiante, y el vínculo puede ser rudimentario, débil, y un padre puede ser que por trabajo o porque se separó de la madre no esté  siempre presente en forma física, sin embargo está presente en toda la actividad de la familia. Pero en esto no sólo tiene que ver cómo el padre ejerza esa función, también es muy importante la actitud de la madre, ya que desde el psicoanálisis, el padre es un decir de la madre, es una internalización psíquica a partir de que la madre lo nombra y le dice a los hijos, ése es papá”.

En síntesis, muchos padres se quejan con dolor y melancolía de cómo se trastoca la relación con sus hijos luego de la separación de pareja, y a la vez acusan a quien se queda con la custodia de ellos, de hacer y deshacer a su antojo sin considerarlos. Nos queda sólo la esperanza de que cada ex pareja de mamá y papá separados se alíen en busca de un bien mayor, por los niños y por ellos mismos, sin necesidad de  jueces ni abogados, recordando que alguna vez se amaron y que esos niños son el fruto de ese amor,  para que las funciones materna y paterna se sigan cumpliendo sin obstrucciones, pese a todo, y que Mrs. Doubtfire se convierta en apenas una película que vive sólo en la memoria insistente de los cinéfilos.

Recuadro uno:

VOCES DE PAPÁS

EDGARDO (37), administrativo, marplatense: Mi separación fue muy dolorosa, porque sabía que el vínculo con mis hijos ya no iba a ser igual y se frustraba la posibilidad de tener una familia. Es difícil aceptar que mis hijos no puedan tener a su papá para acompañarlos y ayudarlos a crecer en todo momento.

MARIO (48), ingeniero, de Olivos: El contacto con mi hija siempre se dificulta porque la mamá le genera actividades extras en mis horarios de visita, o usa la estrategia de ponerse tan violenta y tan mal, que la nena prefiere quedarse con mamá “para que se calme” o “no se angustie”.

EMILIANO (27), agente de Viajes, de Lanús: Cuando mi hijo tenía 4 años y después de una relación muy difícil con la madre, la misma en el año 2002 me denunció falsamente por abuso sexual hacia mi hijo, para que no pudiera verlo. Allí comencé un largo peregrinar por distintas instancias judiciales hasta el día de hoy. La terapia psicológica individual me ayudo a sostenerme en todo este tiempo. A mi hijo continúo sin poder verlo desde hace tres años, y sin tener noticias de él desde hace más de un año.

Recuadro dos:

QUÉ ES APADESHI (ASOCIACIÓN DE PADRES DISTANCIADOS DE SUS HIJOS)

Esta institución sin fines de lucro fue creada en 1988 por JOSE MARIA BOUZA junto a otros papás que veían obstruido su vínculo con sus hijos o tenían una imposibilidad de contacto con ellos.

En su sede, los padres tienen días de reunión, de capacitación, obtienen contención psicológica e información jurídica. Hace casi 20 años, BOUZA imposibilitado de ver a su hija escribió una carta a los medios instando a otros padres en la misma situación a juntarse para ver como enfrentar la problemática, y fue entrevistado por Fernando Bravo en un programa de televisión que tuvo una repercusión impensada.

El grupo que con el tiempo se formó,  logró la sanción de la Ley 24270, por la que queda configurado como delito el accionar del padre o tercero que impidiere u obstruyere el contacto de menores de edad con sus padres no convivientes.

Bouza cuenta que en ese momento consideraba terminada su misión pero “luego aparecieron otras estrategias de mamás que tenían la tenencia de los hijos, por ejemplo el hacer denuncias falsas contra el padre de abuso deshonesto, o de violencia familiar, imposibles de probar, (que generan en el padre privado del vínculo el síndrome de alienación parental) y que la justicia desestima luego de años de un proceso, mientras el padre no puede ver a los hijos. Y hoy hasta vienen a consultarnos futuros papás de hijos que todavía no nacieron, porque se separaron de su mujer embarazada la cuál desde ya les dice que cuando nazca el bebé no se lo va a dejar ver”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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Remedio para familias, por Luis Buero

Yo nunca pude precisar el momento exacto en que comenzó el plan de destrucción, pero sería una tontería negarle importancia a la anuencia de los chicos,  y al genio increíble de mamá.

No sé, nunca supe por qué nos envolvió esa decepción repentina, ese extraño hastío. Después de todo, papá nunca había sido un Cid con tiradores, y su apariencia de queja vertebrada quizá se debiera a que dentro de su mínima cultura de primer grado inferior existió siempre una pequeña luz que le hacía presentir este mundo hostil, solitario, enfermo de subestimaciones y costumbres, que nos deshabita. Pero nunca transmitió nada; se dejó encasillar, se dejó dominar por los gritos de mamá (alaridos de los ojos, esos que duelen) o los “andate al diablo” de nosotros, cuando pudimos defendernos de él.

Claro, la cosa había cambiado, ya aquel padre golpeador había envejecido y no podía imponer su razón o sin razón con el cinturón, el manotazo de su palma pesada,  o la pena de ir a la cama sin cenar. Hugo casi médico, a Héctor le faltan dos materias para terminar arquitectura, Palmira era ya la secretaria privada de un importante editor, y yo, el menor, acababa de ingresar a la carrera de abogacía. Todos jóvenes, inteligentes, ambiciosos, pero a la vez embriagados por una sensación inevitable de planeta desierto, de plaza vacía, de pueblo abandonado.

Ya papá casi no contaba en la familia; su viaje diario constaba de dos escalas por la mañana, una en el baño más amplio y sin tardar mucho, la otra durante el té con leche, escondido entre las altas sillas de cedro barnizado, y nuestros cuerpos de estatuas inmutables. Apenas algún comentario sobre un nuevo chiste verde escuchado en el trabajo, o la idea de plantar malvones en el jardincito del fondo componían la iniciativa de papá. Aunque no debo olvidar la tímida sugerencia de comprar un pomo grande de crema hecha con aceite de bacalao, para las paspaduras. El viejo almorzaba o cenaba solo, en silencio, antes o después que nosotros.

Además podía, se lo teníamos conscientemente permitido, caminar de un lado a otro del comedor y silbar un tango de Cobián, pero él no tenía muy presente ese derecho y hacía sus travesías interiores cabizbajo, como pidiendo disculpas por ocupar el aire.

Sabíamos que papá hacía el mejor asado, coleccionaba llaves y era un experto evaluador de cueritos de canilla, pero jamás le permitimos demostrar sus habilidades, no lo dejamos probar al pobre maldito; tal vez un hombre ingenuo como él hubiera podido ayudarnos a arrancarnos esta araña interior que ahora nos consume.

Y un día enloquecimos. Creo que todo comenzó aquella noche en que Palmira comentó que iba a salir con el novio y aseguró que no pensaba volver hasta el día siguiente. Mamá no puso objeción; no sé, y es feo decirlo, si fue porque realmente no le molestó el asunto o nada más que para contrariar a papá. Lo cierto es que cuando papá corrió gritando de manera descomunal para detenerla, Héctor le hizo una zancadilla y el cuerpo del viejo rodó estrepitosamente por las escaleras del living.

Era la primera vez que pasaba algo así, y aunque parezca raro e inconcebible, a todos nos pareció bárbara la impulsiva iniciativa de Hectorcito; si hasta gozamos uno a uno los golpes de papá entre escalón y escalón, explotando de bronca y sin dejar de insultarnos hasta chocar la boca contra la alfombra. Héctor  fue el secreto portavoz de nuestro odio, esa furia de la que no se habla nunca porque este tipo de sentimientos no está permitido. Sí, Héctor abrió una puerta que ya nunca pudo cerrarse. Ahí, pues, comenzó todo, porque para que Palmira pudiera irse tuvimos que atarlo a una silla, y lo que al principio fue una absurda pero divertida irreverencia, mezcla de juego y alegre desahogo, se convirtió con los días en un hábito incansable de fiereza progresiva, y poco a poco, gracias a la fértil imaginación de mamá y a nuestros conocimientos bien adquiridos fuimos esparciendo con eficiencia la ira insólita pero voraz que a menudo despiertan esta clase de hombres.

Para mamá, para nosotros, el camino hacia la libertad se basaba en la invalidez de este desubicado e ignorante cascarrabias. La municipalidad, pensaba yo, como futuro legislador, debería tener jurisdicción sobre la capacidad de engendrar o no hijos, y no debería autorizar a ser padre a un tipo que a los siete años había dejado el colegio para ir a trabajar a un almacén. Y cuyo progenitor había desaparecido cuando él nació y no le había enseñado el oficio para tratar con niños.  En fin, volviendo al presente, les cuento que, prisionero y apretado por las sogas, durante horas papá nos roció con las más diversas malas palabras, amenazas y maldiciones, hasta que Hugo tomó un cuchillito de esos que usaba para trabajos prácticos, y le extirpó la lengua.

Ha de ser cierta aquella tesis sobre las reacciones dispares de cada hemisferio del cerebro, porque paralelamente lo que hacía Hugo nos parecía una locura, y lo disfrutábamos.

La primera semana tuvimos la sensación de tenerlo encima de nosotros, y eso que él estaba allí, inmóvil, a un costado, mudo y completamente aferrado a una silla. Más solo que nunca.

Por eso, para que no supiera nuestros movimientos actuábamos mediante gestos, un retorcido código anti-paternalista que terminó por trastornarnos del todo. Es que no soportábamos saberlo cerca, pues estábamos seguros de que él participaba de nuestros actos, los auscultaba y juzgaba, aún sumergido en su trágica comedia de inocente ejecutado.

Y como lo correcto no siempre es lo contrario de lo incorrecto, ya cansados de intrigas, y para que papá no pudiera enterarse de nuestros planes diarios y sufriera por no poder evitarlos, Hugo le cortó las orejas y posteriormente, con ayuda de una tibia espátula de metal dorado, le quitó los ojos.

Durante los días posteriores tratamos de disimular de la mejor manera posible la estática presencia de papá, mutilado y finalmente preso en el altillo. Eso sí, de desatamos las cuerdas y le dábamos siempre el beso de las buenas noches.

El planeta entero, con sus consagraciones de cristal y sus valores inmutables, sería incapaz de comprender lo que hicimos. Asimismo, nosotros no supimos presentir que lo amábamos intensamente, en la misma y equilibrada medida de nuestro desprecio. Se dice que dos afectos opuestos no pueden coexistir en un mismo instante. Es mentira.

Pero volvamos al relato: las cosas empeoraron. Papá, no me pregunten cómo, consiguió escapar del altillo y aún ciego, sordo, mudo y débil, pudo llegar hasta la puerta de calle y salir. Casi se entera todo el mundo. Tuvimos que operar otra vez. Con ayuda de Palmira lo metimos en la editorial un domingo por la tarde y Héctor, que siempre tuvo buena mano para el dibujo y perspectiva, supo manejar la máquina de guillotinar papel con certeza. Si, la misma cuchilla que corta las ediciones de Poe y de Cervantes, y que se deshonró amputando las piernas y los brazos de papá.

Lo que quedaba de él ya no molestaba mucho. Apenas una comida diaria (naturista) y un poquitito de pis entre las siete y las ocho de la noche. De eso se ocupaba Palmira; yo en cambio le acariciaba los pómulos, ahora ya sin temor, imaginando las lágrimas que derramaría si le hubiéramos dejado los ojos. Y Hugo, con la cabeza gacha, murmuraba “perdón, perdón” pero papá ya no escuchaba.

Paulatinamente comenzamos a abandonar las fiestas, y otras reuniones. Por último la facultad, el trabajo, el mundo exterior. Palmira cortó la relación con su novio. Inclusive dejamos de ir al comedor y al jardincito del fondo. El radio de vida incluía únicamente la cocina, el baño, y el altillo.

Mamá fue la última en claudicar, la que más tardó en aflojar; pero Héctor la convenció y la trajo un día hasta el altillo (ya hablo de este lugarcito como de otra casa, el nuevo hogar). Y papá, imposible olvidar ese gesto, papá pareció saberlo, sentir que todos estábamos allí, sujetos a él, ciegos, sordos, mudos e inválidos, implorando esa dulce sonrisa que él finalmente nos ofrendaba entre jadeos.

Desde entonces nada ha cambiado. El remedio para la familia no resultó y a veces pienso que esta anulación del padre ha sido un fracaso mayor de lo sospechado. Es más, ayer cuando mamá nos hizo salir a todos del cuarto (no necesito aclarar que ya vivimos en el altillo), según un chisme de Palmira, se debió a que ella tenía ganas de volver a abrazar a papá como en los primeros tiempos. Y, bueno, son marido y mujer, necesitan un poco de intimidad, qué tanto.

Cuando de seres humanos se trata, ciertas batallas interiores pueden deparar las más diversas sorpresas, como se ve.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

Remedio para familias ganó el tercer lugar en el Concurso de Cuentos de SADE 1972; pertenece al libro El último otoño y otros cuentos, publicado en 1982.