El Cafecito


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Prohibido estar triste, por Luis Buero

Si una prima llorando te cuenta que perdió su embarazo tan deseado debido a un accidente, ya la estás consolando incitándola a que, a la brevedad, pruebe con su esposo concebir un nuevo bebé.

Si un flaco le confiesa a sus amigos varones que está bajoneado porque la novia con la que vivía se mandó a mudar… primero le toman el pelo, y luego lo invitan a ir, esa misma noche, de levante por los boliches de onda.

Presentas un proyecto y ni acusan recibo, o en el peor de los casos, te plagian la idea, y cuando tus seres queridos te ven pinchado te recomiendan que vayas al psiquiatra para que te recete un antidepresivo, o a ver a un cura para que te aconseje.

Enciendes el televisor y ya te están gritando que empieces la mañana bien arriba con tal magazine de misceláneas y termines el día “hip hop” con Marcelo, Mario o Peti.

Y hasta las noticias radiales se mezclan con chistes.

Si el portero te ve con mala cara se lo cuenta a todo el mundo, y comienzan a conjeturar diversas desgracias que te podrían estar pasando,  que van desde un simple ataque al hígado hasta un aneurisma incurable. En la oficina te quieren trasladar a la sucursal Cosquín para que respires aire puro, y el ascensorista (que está estudiando Psicología Social) te informa, sin preámbulos, que según afirma Pichón, debes adaptarte activamente a la realidad.

Uno quiere estar a la sombra y le suben la persiana para que lo encandile el sol, y lo llenan de preguntas que suenan como un reclamo: “¿cómo no vas a festejar tu cumpleaños?”, “¿te volviste  loco, vas a pasar solo la Navidad?”. Y de pronto recordamos cuando a los siete años nos caímos de una escalera y recibimos un: “¡no llores, maricón!”

Sí, te pase lo que te pase, una cruzada de familiares, conocidos y desconocidos te aconsejan que te tomes todo con filosofía light, por cuatro días locos que vamos a vivir.

Gente más científica nos pregunta si no tendremos bajo el nivel de litio, o nos revela un mantra para que hagamos meditación trascendental.

Las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas, cantaba una antigua zamba, pero ahora ni las penas se nos permiten conservar,  porque hemos perdido el derecho a estar tristes, a reflexionar en paz y madurar sobre las experiencias dolorosas, a reconocer que las piedras con las que tropezamos también son parte el camino. Peor aún viviendo en este supuesto paraíso de consumo y entretenimiento, del todo bien, de la sonrisa permanente, como personajes entrampados en alguna novela futurista de Aldous Huxley.

Porque no es sólo generosidad la que impulsa a ese eventual “animador instantáneo” a intentar sacarnos a empujones de la cueva temporaria en la que nos refugiamos. Ese “San Bernardo” no llamado sufre de cierto egocentrismo infantil cuya preocupación inicial está centrada en sí mismo, en conservar su propia alegría ficticia a toda costa, ese estado evanescente que el triste hace peligrar.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

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