El Cafecito


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La droga: más de lo que se dice y lo que se ve, por Carlos Antonio Villa Guzmán

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El lenguaje coloquial contemporáneo ha abusado de un término con el cual pretende nombrar una extensa variedad de productos, sustancias o agentes, de origen natural o sintético: droga.

Al parecer la palabra se incluyó en nuestra lengua hace aproximadamente quinientos años, discutiéndose aún cuál es su raíz. En el idioma  de los celtas existió desde mucho antes el vocablo drug, que hace referencia a una especie de botiquín que contiene plantas y sustancias medicinales.

Otras fuentes señalan que es de origen incierto y que puede ser del holandés droge-vate (barril seco), donde transportaban las hierbas que servían de medicinas.

Por su parte el filólogo catalán Joan Coromines en su diccionario etimológico (el Corominas) menciona que el término proviene de la palabra darog, que en el idioma Iraní significa medicina o remedio.

A pesar de la distancia geográfica y de los variados contextos históricos y culturales, el significado, en diferentes lenguajes, guarda relación alusiva a sustancias de uso medicinal que con el tiempo se conseguían en las llamadas droguerías.

En Hispanoamérica también se utiliza la palabra droga como sinónimo de deuda: tengo drogas, estoy endrogado, que es diferente a estar bajo el efecto de drogas o drogado. En este caso se asume como algo que se padece. Otra connotación negativa orienta el sentido a lo que representa una trampa: caer en las drogas.

La experimentación y uso de sustancias de orígenes tanto vegetales como animales o minerales, con fines terapéuticos o mágico-religiosos, puede remontarnos a la prehistoria, dado que la supervivencia de los grupos humanos en gran medida dependió siempre de su capacidad de adaptación y del dominio sobre el medio ambiente, lo cual se traduce en el conocimiento e incorporación de las propiedades de los elementos vivos o inertes, que se encontraban en dicho medio o hábitat.

Los efectos que algunas sustancias producen en la mente y en el organismo, fueron cuidadosamente observados, llevándose de ellos registros, al igual que de las técnicas de extracción y procesamiento utilizadas.

De esta clase de prácticas durante siglos y milenios, nació la herbolaria, bastante avanzada en Mesoamérica, lo mismo que la medicina desarrollada desde los albores de la civilización occidental.

Sin embargo, no tan sólo los efectos curativos han sido valorados en el conocimiento antiguo, sino que sus propiedades se destacaron por algo más trascendental para las sociedades: Los efectos en la conciencia o el alma.

La raíz de la cultura wirrárica establecida en el norte de Jalisco, refugiada en la sierra árida a causa de la expansión de los mestizos y blancos, que le disputan el territorio desde hace quinientos años, descansa en una cactácea. Aquéllas latitudes desérticas proporcionan peyote a sus habitantes, un vegetal que consideran sagrado por sus propiedades no tan sólo energéticas, sino mágicas y curativas; por servir para la indispensable comunicación sagrada que establecen los maracames o sacerdotes magos, que al comerlo disponen sus sentidos a recibir mensajes que consideran provenientes de los seres que no se encuentran en la tercera dimensión, como lo es el Venado azul, quien traspasa las fronteras que lo separan de este mundo para llegar y sacrificarse en beneficio de la tribu.

El ritual que se lleva a cabo cada año y que incluye el largo viaje a wirikuta, sirve a su vez para la recolección del peyote, cuyos usos no solamente se dan en torno a los trances, sino que forma parte de las sustancias que se aplican para curar desde heridas o picaduras, hasta intoxicaciones, estados nerviosos alterados, desnutrición o cansancio excesivo: prácticamente lo utilizan como remedio para cualquier tipo de padecimiento. Situación por demás comprensible debido a la lejanía que tiene esta región respecto de cualquier centro de salud.

Por su parte algunas sustancias que se encuentran en ciertos hongos, al ser ingeridas producen desde sensaciones llamados “viajes alucinógenos”, hasta envenenamiento y muerte.

Desde hace milenios se acostumbra ingerirlos en determinados clanes o grupos étnicos, con la finalidad de conseguir estados de conciencia ligados a los dioses encarnados en los elementos: agua, fuego, aire y tierra.

“Niños que brotan” o “Carne de los dioses”, “Nánacatl” en lengua náhuatl, son nombres comunes a los hongos que desde hace milenios son utilizados por los curanderos zapotecos, entre otros.

De acuerdo con un estudio, los Enteógenos (Dios dentro de nosotros); consisten en sustancias vegetales que, cuando se ingieren proporcionan una experiencia divina. En el pasado solían ser denominados “alucinógenos”, “psicotomiméticos”, etc., términos que han sido objetados de manera seria porque la propuesta de darles el nombre científico de enteógenos, parte de un grupo encabezado por el estudioso de Grecia, Carl A. P. Ruck, quien propone este término como una designación “que llena por completo las necesidades expresivas y que además capta de manera notable las ricas resonancias culturales evocadas por dichas sustancias, muchas de ellas fúngicas, en bastas regiones del mundo”.

Una investigación conjunta entre el grupo de científicos, se centró en el enigma que envolvió siempre a los llamados ritos eleusinos. Plantean ideas que acaso con el tiempo lleguen a modificar lo que se ha pensado en torno al origen de las religiones. Los autores propusieron como punto de partida una ciencia relativamente nueva: la etnomicología, “articulada — con erudición, paciencia y audacia intelectual —, a lo largo de los años, por el investigador norteamericano R. Gordon Wasson a raíz de sus descubrimientos en la sierra mazateca, de prácticas rituales de origen milenario a base los ‘hongos sagrados’”.

Desentrañar el enigma de los ritos eleusinos que se practicaban en la antigua Grecia, dio motivo para que estos investigadores describieran en una obra, El camino a Eleusis. Una solución al enigma de los misterios (FCE, 1985), la complejidad psíquica-religiosa y enorme fascinación histórica que hay alrededor de la experiencia mística que tuvieron miles de individuos de la Grecia campesina al consumir sustancias que les provocaron visiones, éxtasis “el fuego sagrado interior”, en medio de ceremonias que dieron lugar a uno de los rituales más admirados en el mundo de aquélla época: Los ritos sagrados eleusinos.

La narración habla de evidencias de iniciación de personas que habitaban las aldeas de la zona agrícola (que reunían además determinadas características por las que eran seleccionadas por las sacerdotisas o iniciadores) a quienes se les ofrecía un pan sagrado  elaborado con cereales. La materia prima había pasado por un proceso de fermentación que hacía que brotara cierta clase de hongo: el cornezuelo. Los iniciados caminaban a través de la Vía Sacra, (sitio que se conserva en los suburbios de la ciudad) se detenían en un punto donde recibían su alimento: los hiera dispuestos en los cestos místicos, antes de traspasar las murallas donde tenían lugar los ritos. “El viaje a Eleusis representaba una travesía al otro mundo para recobrar de la muerte a la hija de la generatriz de los granos, Démeter, cuyo dolor por la pérdida filial podía ser aliviado sólo a través del misterio del renacimiento”.

El mito sagrado que describe los acontecimientos en torno a los misterios aparece en el llamado himno homérico a Démeter, un poema anónimo que data del siglo VII a.C., es decir, siete siglos después de la fecha probable en que se llevó a cabo la primera celebración de la ceremonia. La obra nos narra cómo la diosa Perséfone “fue raptada y llevada al reino de los muertos por su futuro esposo Hades, mientras cortaba un narkissos singular de cien cabezas, cuando recogía flores en compañía de las hijas de Océano, en un lugar llamado Nisa. Todas las palabras griegas que terminan en –issos provienen del lenguaje hablado por las culturas agrícolas que habitaban en el territorio de Grecia antes de la llegada de los pobladores indoeuropeos”. Los griegos pensaban que el narkissos se llamaba así debido a sus propiedades narcóticas, precisamente porque tal era el simbolismo esencial de la flor de Perséfone.

El rapto de doncellas mientras recogen flores es un tema presente en los mitos griegos. “Platón anota una versión racionalizada de tales historias en que la compañera de la muchacha secuestrada recibe el nombre de Pharmaceia o, según el significado de tal palabra, el ‘uso de drogas’. El mito específico que Platón está racionalizando se ocupa de trazar el origen del sacerdocio en Eleusis. No cabe duda de que el rapto de Perséfone fue provocado por drogas”.

La práctica de la ingesta de alimentos que contenían sustancias derivadas de hongos de tipo claviceps purpúrea (trigo, cebada, centeno), rebasó los propósitos del misticismo religioso que trataban de inculcar en el pueblo los sacerdotes y las sacerdotisas junto con sus diákonos, así como los ancianos o presbíteros que conformaban la eklessia. Los ritos que se mantuvieron en el mayor misterio posible, procurando que la gente viviera la experiencia de estar en la presencia de los dioses gracias al fuego sagrado interior que producían, derivaron con el tiempo en francachelas donde los estados alterados desinhibían los límites impuestos por las costumbres o códigos que normaban la conducta.

Al igual que sucede en nuestras sociedades de la llamada posmodernidad, en aquélla edad las élites se dieron licencia para dar un uso a las drogas asociado a los placeres corporales y satisfacción del instinto sexual. “Así, Alcibíades y los demás que fueron convictos de sacrilegio en 415 a.C., seguramente no habrían tenido dificultades para adquirir los hiera para sus celebraciones seglares, pues tales profanamientos, según se descubrió, habían ocurrido repetidamente en un ámbito social, entre grupos de amigos que se embriagaban en cenas celebradas en algunas de las casas más aristocráticas de la ciudad”.

Como vemos, hay evidencias históricas de uso de drogas asociado a grupos o élites que desvirtuaron rituales primigenios que tenían propósitos eminentemente místico-religiosos, encaminados a la depuración del alma a través de frecuentar los espíritus o lo que forma parte de lo que llamamos el más allá. Las drogas, con diversos fines, fueron conocidas y utilizadas prácticamente por todas las civilizaciones, hasta nuestros días.

El lugar que tiene en la sociedad lo que se relaciona con ciertos aspectos de las drogas no es como para tomarse a la ligera. Se pudiera decir que el uso y abastecimiento ha permeado todas las capas sociales, en proporción a los niveles de concentración demográfica urbana.

De acuerdo con la OMS, en las zonas de mayor densidad demográfica, sobre todo en países desarrollados o en proceso de desarrollo, en promedio seis de cada diez individuos entre los dieciocho y cuarenta años de edad ha experimentado al menos una vez con alguna sustancia catalogada como droga. Sin incluir el alcohol que para algunos puede ser considerado como tal, de acuerdo a las sustancias etílicas y otros añadidos que conlleva el proceso, los cuales producen efectos semejantes a los que conlleva el abuso de sustancias que alteran la conducta.

El café, algunas variedades de té o infusiones de plantas como la pasiflora, pulsatila, o las hojas de lechuga, pueden cambiar estados de ánimo, produciendo cierta euforia o bien, relajar y hasta provocar sueño.

Casi todas las plantas contienen algo que nos puede crear reacciones de tipo anímico en el organismo, al igual que las ponzoñas de ciertos insectos cuyos venenos aplicados en dosis cuidadosamente administradas, tienen efectos benéficos. Las vacunas se basan en este principio.

Algunas personas que han sido atacadas por víboras u otros animales o insectos venenosos, manifiestan estados mentales, delirios e incluso convulsiones, como les sucede muchas veces a quienes se exceden o son alérgicos a determinadas sustancias contenidas en las drogas.

Algo que es característico en los llamados viajes psicodélicos o experiencias “enteogénicas” o místicas, es que quienes los han experimentado lo mismo refieren estados sublimes, de verdadero éxtasis o místicamente contemplativos, hasta vivencias en los bordes de lo infernal, donde el trance se vuelve una experiencia terrible, que deja marcas indelebles en el subconsciente y tal vez hasta ocasione severos desequilibrios como pueden ser paranoias o crisis de angustia, culpa, depresiones e inclusive ataques autodestructivos o de ira.

La faceta de la droga que quizá tenga mayor impacto en la sociedad es la creciente demanda en lugares como Estados Unidos o Europa, donde el uso ha alcanzado niveles de permisibilidad que denotan la falsa conciencia que existe alrededor de las drogas. Allá y en algunos círculos de las sociedades de aquí, el uso de la cocaína, por ejemplo, puede ser tomado como un factor de distinción entre quienes son propensos a prácticas de distracción o socialización, generalmente en torno a negocios u otros móviles, a la satisfacción de placeres de tinte hedonista, tales como el culto a los espectáculos con cierta dosis de violencia o el esnobismo confundido con refinamiento, los juegos de azar o “juegos” abiertamente sexuales.

Por su parte los medios como la televisión y en mayor medida el cine, reproducen todo esto como la médula de su “oferta visual”. Se debate constantemente acerca de la forma en que impactan dichos medios en las audiencias, toda vez que los actores frecuentemente se asumen como moldes depositarios de virtudes o dotes que pueden resolver los problemas que aquejan a la sociedad. Se vuelven guías de la conducta, patrones que conviene imitar, aunque muchos de ellos padezcan la condición de estar en la gran trampa de la droga. Así sucede con estrellas de rock o del cine, quienes a la par de las demostraciones de su talento, frecuentemente son protagonistas de alarmas y escándalos al verse afectados por excesos “sobredosis”, o por problemas legales derivados de la portación de sustancias prohibidas judicialmente.

Tales escándalos no les restan fans, sino que sucede exactamente lo contrario: acentúan su carisma, ya que los seguidores “viven” junto con ellos tales experiencias. Lo sienten como si les sucediera a ellos mismos, en carne propia. Alterar el orden y salir como si nada, es como vencer a la autoridad. A cualquiera de las nuevas generaciones le es particularmente atractiva la posibilidad de hacerlo o de que alguien lo haga por él.

Salen en realidad fortalecidos todos los famosos que son pillados por la policía y se les “consigna” por ello: enseguida la presión de la fama y la fortuna los deja libres, sin que se les incomode siquiera durante los procesos, ya que éstos también se vuelven parte del espectáculo que sirve además para que den autógrafos. Les ayudan a crecer la fama en cuestión de horas, a precios de multas demasiado ínfimas para ellos.

Entre más se abunde en el tema más se abren caminos por donde explorar. Es tan amplio como lo es una ciencia. Toca fronteras con disciplinas tales como la medicina, la bioquímica, la biología molecular, la psiquiatría, la etnología, la sociología, la botánica, la biología, el derecho, la economía, la psicología social, la historia, la antropología, entre otras.

Los consumidores que se cuentan por millones en la humanidad, repartidos en los cinco continentes, van desde usuarios de alcoba que pueden ser parejas de clase social alta o media y que desean incrementar el placer sexual a través de alguna droga “blanda” como lo es la marihuana, hasta soldados en algún frente de batalla y que están acostumbrados quizá a llevar algunas dosis de algo que les produzca estados de ánimo que por alguna causa desean tener. ¿Cómo lo adquieren? Ese es otro gran tema.

La juventud es reconocida como altamente propensa al consumo de drogas en sus múltiples variantes y clasificaciones, tanto duras como blandas: entre las primeras encontramos en primer lugar los alucinógenos sintéticos como el LSD y los de origen natural u opiáceas como la heroína y la morfina. Las drogas sintéticas de recientes generaciones como el crack o el llamado kristal, se consideran altamente nocivas debido a los niveles de adicción que causan, lo mismo que por los efectos destructivos en algunas zonas como el tejido cerebral y en los pulmones. Todo ello independientemente del peligro exponencial de contraer enfermedades de tipo infeccioso a causa del antihigiénico intercambio de jeringas u otros objetos que se utilizan para preparar y aplicar las dosis.

En las urbes del mundo abundan los “picaderos” que consisten en cuartuchos o boardillas, ocultas en callejones sombríos o fincas abandonadas que se prestan para que un grupo de adictos se inyecten en el cuello, brazos, piernas, cualquier superficie que permita la entrada de la aguja directamente hasta alguna vena.

Tanto jóvenes como adultos conforman actualmente sociedades donde se acompañan de las drogas, sin que existan fronteras objetivadas que lo impidan, ni el interés legítimo para ello, simplemente porque se da por descontado que es prácticamente imposible desactivar como si fuese por decreto, algo que está inserto, desde las raíces históricas, en la vida cotidiana de la humanidad.

Sin distinción de clase o grupo social el uso de drogas tiene arraigo incuantificable. Invisiblemente se lleva a cabo en casi todos los círculos, latitudes y escenarios, alguna práctica social que incluye drogas.

Por diversión, pose, placer, curiosidad, auto ayuda o franco deseo de evasión de la realidad, la gente las consigue y consume. Algunos buscan el anonimato en todo lo referente a su relación con drogas, por tratarse quizá de las sustancias más perseguidas socialmente, más aún que las armas que, por cierto, posee en su casa alrededor del 80 por ciento de mexicanos.

El tema de la droga en sus múltiples acepciones es uno de los que más impacta en nuestras vidas. Es tan abundante e históricamente vinculado a la cultura de todas las civilizaciones que dejaron registro, que su estudio y comprensión requiere enfoques multidisciplinares que abarcan el derecho, la medicina, la sociología, la economía, la ciencia política entre otras áreas.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara.

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