El Cafecito


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Qué clase de ¡demanda! es una demanda de divorcio, por Enrique Puente Gallangos

Las personas que se divorcian no siempre tienen bien claro las repercusiones del mismo, ya que muchas de las repercusiones serán conocidas o develadas  pasando el tiempo. El descontrol emocional en los hijos es incomparablemente mayor que el de los padres y, muy especialmente, si el divorcio se produce durante la niñez o la pubertad, aunque es también muy grande durante la adolescencia, y hasta en la edad adulta. El puro temor  a que se divorcien los padres, afecta la salud emocional del niño, ya que para los hijos, sus padres son toda su vida. Los niños ven de manera general a sus padres sin defectos, como ejemplos a seguir, sobre todo en los primeros años de vida; claro está, en los casos en que los hijos son maltratados por alguno de los padres, los hijos también sienten la necesidad de que se aleje el agresor, pero digo el agresor que representan los padres, ellos quieren que no se vaya el padre bueno que conocieron una vez.

¿Qué es lo que se pide, que es lo que se demanda? Cuando una familia o uno de sus integrantes recurre al ámbito jurídico, ¿lo que demanda es de orden jurídico o puede ser de otro orden?, los jueces familiares o administradores de justicia familiar, ¿qué suponen tener en frente en una demanda familiar? Con frecuencia a abogados y jueces  familiares se les escucha decir que este es un campo imposible, que allí lo jurídico tiene escasas probabilidades de acción, que esta acción suele cargar entre quienes la llevan a cabo sentimientos de impotencia, desconsuelo, odio, culpa, remordimiento, venganza…

Estas interrogantes son preliminares a todo cuestionamiento de la eficacia o no del acto jurídico en el ámbito familiar. Juicio familiar, ámbito familiar nos lleva a analizar precisamente a esa institución tan ambigua como lo es la familia. Una definición jurídica de familia como la que da Eduardo Zanonni: “La familia es el conjunto de personas entre las cuales existen vínculos jurídicos, interdependientes y recíprocos, emergentes de la unión intersexual, la procreación y el parentesco”. En síntesis, cualquiera que sea la definición de familia que intentemos, sea histórica, sociológica o jurídica, su ambigüedad o dificultad para el establecimiento de la misma estará presente, salvo en el punto en el cual estas definiciones del concepto podrían acordar. La cuestión que planteo es: si el campo de la familia es un campo imposible para lo jurídico con escasas posibilidades de acción, ¿tendrá esta sensación de impotencia relación con la concepción jurídica que se tiene de familia? ¿influye esta concepción y de que modo al responder el juez a las querellas familiares?

Tanto la sociología como el derecho parten al definir la familia desde una positividad, desde una serie de valores positivos, diríamos aún más objetivos, digamos responden a un imperativo categórico — universalmente objetivable — del “así debe ser” . Cuando el juez tiene que fallar sobre cuestiones familiares, en general lo hace desde esta positividad, pues su función es juzgar acorde al Derecho. Juzga desde la juridicidad del vínculo familiar en mejor de los casos; en el peor de los casos, lo hace desde sus propios prejuicios sobre la “familia”. Juzga sobre personas jurídicas y el problema es que muchas demandas — no todas, por supuesto — que se dirigen al foro familiar no son jurídicas estrictamente, ni son realizadas por personas jurídicas, sino por sujetos deseantes que reclaman “otra cosa” que la sanción jurídica. Diría que son sujetos del deseo que sufren y padecen la positividad de los discursos sociales prevalentes sobre la familia. Desde ese lugar sería cierto por ende, que el dispositivo jurídico no tiene alcances sobre las problemáticas familiares, como deja oír la queja “quiero divorciarme de MI esposo, una buscona me lo está quitando, aquí tiene su casa, sus hijos, no sé qué está buscando con ella”. Como podemos demostrar, lo que une a una pareja es el amor, no es para nada una positividad, sino más bien algo del orden de la falta, de una carencia. Uno ama lo que uno es, lo que uno fue, lo que quisiera ser y a la persona que fue parte de uno mismo. Y es que en el amor, “el otro… es siempre Otro, nunca es él” , en fin “los seres humanos nos unimos por lo que el otro no es… y nos separamos por lo que el otro es”. La conclusión que podemos dar de esto es que la familia, considerada ya en su mínima expresión, la unión de dos seres, es por estructura, el lugar de la falta misma, una conjunción siempre fallida. El encuentro entre los sexos siempre incluye al desencuentro: lo diferencial lo constituye el hecho de pensarlo no como una contingencia, sino como lo más propio de la estructura de la interrelación sexual.

En lo que respecta a la cuestión de la demanda diríamos lo siguiente, un sujeto acude al Juez en busca de alivio o de una solución a una problemática que lo que ha hecho es “descolocar” subjetivamente a aquél o aquellos que efectúan el recurso jurídico. Esta demanda al campo jurídico, adviene cuando se han agotado otros recursos; digamos que en la demanda en esencia hay una solicitud de que un tercero reconozca a la pareja que ha perdido dicho reconocimiento en el seno de la misma, limitar al otro y legitimar e ilegitimar los roles.

¿Qué clase de ¡demanda! es una demanda de divorcio? Diremos que en esencia la demanda de divorcio pertenece al campo de la subjetividad, descompletud narcisista, desgarrada por las crisis familiares y que los demás recursos personales y familiares y dispositivos institucionales, no han podido establecer. Esta demanda, este reclamo de restitución subjetiva, dista de ser jurídico y su “verdad” se juega mucho más allá de “las pequeñas verdades objetivables” que pueden habitar los expedientes; al ser la demanda una operación (la de restitución subjetiva) imposible por esencia para el juzgador, podríamos anticipar que la operación jurídica está fracasada desde su inicio mismo cuando la demanda tiene estas características. Esto podría llevarnos a concluir suspender la demanda jurídica y abrir la posibilidad de tomar la demanda en otro lugar, esto es, que los sujetos implicados en el origen del reclamo puedan desplegar su reclamo en un lugar Otro, un servicio asistencial o en un consultorio de un analista o de un terapeuta, ya que el sujeto se encuentra anudado biológicamente, socialmente e inconscientemente, pero ahora con una variante, ¿sobre qué?, sobre la responsabilidad subjetiva que a cada uno le corresponde en el malestar que denuncia o lo atraviesa.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y Maestro en Psicoanálisis, actualmente estudia la especialidad en Psicoanálisis para niños en el Colegio de Oaxaca; es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.

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Es la prisión escolar, por Enrique Puente Gallangos

Los que estudiamos el psicoanálisis y en particular el psicoanálisis con niños estamos en permanente intercambio con otras disciplinas. Por ello en este momento se intentará abordar el entrecruzamiento discursivo entre el psicoanálisis y la educación y algunas de las problemáticas que de dicho entrecruzamiento se desprendan. Además es notable es esta época el aumento de las consultas por niños derivados por la institución escolar y es evidente que la escuela, los docentes, los padres demandan al psicoanálisis alguna respuesta frente a la multiplicidad de manifestaciones sintomáticas que emergen en el niño, en ese tiempo de constitución de la subjetividad del niño y su relación con el aprendizaje.

En el trabajo que presento hoy intento reflexionar sobre la necesidad de preocuparnos por los duelos de los niños y plantear algunas actividades de ayuda que puedan aplicarse en las escuelas, para reducir los efectos perturbadores y limitantes sobre el desarrollo mental de la pérdida temprana de los padres.

El dolor de los niños frente a sus dificultades vitales es algo por lo cual tendríamos que preocuparnos y que algunos están estudiando.

La separación del padre y sus efectos

Con la separación  del padre no sólo desaparece el padre externo sino que el padre interno pierde su vitalidad y su función de acompañante reconfortante. El niño queda entonces inmerso en un mundo que siente amenazante y persecutorio. Ha perdido parcialmente al protector que le aseguraba un futuro tranquilo y parece que no hay nadie que lo remplace y que pueda ayudarlo a salir del sentimiento de soledad y abandono en que queda sumido. El niño se ve forzado entonces a reprimir, negar y escindir los dolores, rabias y temores producidos por la separación. No hay nadie que intente ayudarles a digerir las experiencias aterradoras; en ocasiones no hay quién les hable y humanice esa separación. La imposibilidad de tolerar separación parcial o  permanente del padre lo lleva a asumir procesos masivos de identificación que aniquilan la autonomía del yo. El niño se convierte en el padre que ya no está y trata de remplazar sus funciones en la familia y en la vida.

Los niños se sienten perdidos en el momento de la separación  del padre, se sienten solos en manos de sus propias sensaciones y sentimientos que no tienen con quién compartir. No sólo el ser amado se pierde, sino que ellos mismos se pierden con su muerte. Cuando el padre no está y el que sobrevive queda psíquicamente quebrado, los niños pierden no sólo los deseos, fantasías. Estas experiencias son olvidadas o dejadas de lado. Suelen perderse las cualidades buenas y malas de los padres y como maniobra los remplazan en sus mentes con comportamientos similares que adoptan en un intento por mantenerlos vivos o suplirlos sin tener los recursos suficientes para hacerlo. Nadie les ayuda a recomponer el padre interno bueno, ni a recrear la esperanza en el padre protector y en el mundo confiable. Esto incrementa las ansiedades persecutorias y depresivas sobre su maldad y su participación directa o indirecta en la muerte del padre.

El hijo pierde la mirada que lo refleja, la piel que lo limita, acaricia y acompaña, los brazos que lo acogen en el dolor o que limitan sus desmanes y la voz que los acompaña. Todo esto contribuye a que pierda la necesidad de ser amado y respetado y puede buscar el maltrato como constatación de una existencia desgraciada opuesta a la existencia alegre junto a los padres satisfechos con su presencia. Al irse el padre, el hijo pierde el sentido de su propia vida, la importancia de sus sentimientos, y sobresalen los deseos de venganza.

Freud (1917), con énfasis en la dimensión estructural, fue el primero en hablar en Duelo y melancolía del efecto que la pérdida de los seres cercanos tiene en la estructura de la mente. Para él, la pérdida de un ser amado produce en la melancolía y en el duelo en menor grado la suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar y la inhibición de las funciones del yo. La tristeza y la rabia por la pérdida del ser amado quedan en el inconsciente transformadas en una estructura interna recriminatoria, en una conciencia moral exacerbada que se expresa en reproches permanentes contra el yo. La desilusión o desengaño con el objeto amado perdido convertidas en autoreproches, encubren las recriminaciones contra el objeto amado. El ideal del yo acentuadamente severo y crítico entra en conflicto con el yo y lo ataca con crueldad. El yo, alejado de la función protectora de los padres, se siente culpable y se somete al castigo.

Klein (1946) afirma que cuando el yo siente que el objeto externo se aleja o se pierde, él mismo está en peligro e inicia procesos de escisión y proyección que lo llevan a pensar que ha destruido al objeto. Klein (1937) cuando se ubica en el “self” considera que los sentimientos hostiles se vinculan con la sensación de pérdida del objeto, producto de necesidades insatisfechas o placer no logrado, y no con situaciones de peligro del sí mismo. Ubicada en el objeto, Klein (1948) afirma que la ansiedad se vincula directamente con el miedo a la muerte y con el peligro de destrucción del objeto bueno. Klein (1940) aclara que si se logra un equilibrio entre amor y odio y se integra el objeto se disminuye la ansiedad frente a los peligros de pérdida y no es necesario usar mecanismos defensivos para vérselas con las ansiedades persecutorias. Para Klein (1957), la elaboración normal del duelo es un proceso en el cual se restablecen los objetos buenos y, a través de ellos, el yo logra su recuperación. Luego de varios años de participar de distintas experiencias con educadores, principalmente profesores de Educación Secundaria Obligatoria, realizadas en Institutos de Barcelona y Girona y en la Universidad de Lleida a través de cursos, Jornadas y supervisiones, deseamos compartir algunas reflexiones que sirvan para pensar los puntos de encuentro entre el Psicoanálisis y el mundo educativo.

Los pedagogos en general siempre han estado atentos y abiertos a todo aquello vinculado al Psicoanálisis. La historia de la relación entre ambas disciplinas es larga y fecunda. Y esto desde los orígenes. Sigmund Freud no dejó fuera de su corpus teórico, cuestiones claves vinculadas al aprendizaje, la investigación, la curiosidad, el deseo de saber, su inhibiciones, así como la función que la escuela cumple para un ser hablante. Por supuesto esto incluyó las distintas vicisitudes de la educación, así como sus imposibles.

Desde aquel entonces las distintas generaciones de psicoanalistas entablaron diálogos con el mundo educativo que supusieron el florecimiento de muchas y nuevas ideas. El Psicoanálisis ha sido, y lo sigue siendo, un aporte importante para re pensar el lugar que la educación cumple para un sujeto.

En esta época que nos toca vivir, nuestra experiencia nos indica que este diálogo es más necesario que nunca. Corren tiempos en los que la eficiencia, la evaluación de aptitudes, lo inmediato (las conductas), lo obvio, hacen de pantalla a la buena reflexión.

En vez de pensar, se mide. En vez de escuchar, se moraliza. En vez de buscar las causas y las razones se actúa, y muchas veces se hace de forma precipitada. En vez de prestar atención a los pequeños detalles, se generaliza.

La escuela de este comienzo de Milenio ha cambiado. Esto es un problema porque los educadores han sido preparados para la escuela de antes.

Antes, la escuela era el lugar del saber y el profesor era el sacerdote. El que daba todas las respuestas.

Hoy entre otras cosas, a causa del declive de la función de la autoridad, el acceso a las tecnologías, los cambios en la sociedad, etc., la escuela ha dejado de ser el lugar donde se sabe todo. El profesor ya no encarna ese lugar de sabiduría.

Es muy significativa la paradoja de nuestra sociedad, de que por un lado, se le exigen cosas a los adolescentes, pero por otro lado se los desresponsabiliza de lo que hacen o lo que les pasa.

¿Qué quiere decirme el otro cuando me expresa algo? ¿Qué está pasando en una clase cuando alguien realiza un acting out? ¿Qué significación hay detrás? Muchas veces se trata de escuchar y no simplemente oír. En esta escucha atenta muchas veces están las soluciones a los problemas.

La clave está en la distancia que ponemos cuando escuchamos. Distancia no supone no estar comprometido, más bien, no implicarse en lo personal, no ponerse por delante. Se trata de dar un lugar a la alteridad, salir del enfrentamiento de a dos. Muchas veces la cosa no es con Uno.

Muchos tutores cuando realizan una entrevista con un alumno no paran de hablar, cuando de lo que se trata es de escuchar. El silencio no debe ser amenazante, hay que dejar que sea el otro el que hable.

La escucha atenta es muy útil, para prestar atención a los detalles. Por ejemplo el silencio y la apatía de un niño pueden querer decir muchas cosas, como también que un niño no pare de moverse o hacer cosas (los llamados niños “hiperactivos”), también puede portar muchos significados.

Podemos decir que la escuela de forma estructural es el lugar de las demandas.

Aquello que hace límite a estas exigencias desmesuradas se convierte en problemático. Por ejemplo, un acting out o un síntoma (un acto de violencia o que un púber no quiera venir a la escuela). O las bajas de los profesores. Lo que se ha dado en llamar de forma banal: Síndrome del quemado (burn out).

Las mejores experiencias en la escuela son aquellas que no circulan por la autopista de la demanda sino más bien por la carretera del deseo, del brillo. En definitiva, de las experiencias positivas.

Para muchos educadores, pues, el Psicoanálisis no es útil, porque los anima a hablar y a pensar, en vez de hacer. Y eso da le supondría cierta pérdida de tiempo. Sin embargo, reflexionar a cerca de la posición en el acto educativo, tiene efectos duraderos y más efectivos. Todo lo otro es más efímero o produce frustración.

Por otro lado, reflexionar supone hablar, y esto supone reconocer ante otros que no sé. Esto lleva a otro modelo de escuela. Las escuelas más modernas incorporan dispositivos para que se pueda pensar y hablar en el grupo. El pensar y hablar nos lleva a cuestionarnos, ¿qué nos pasa? Si lo que hacemos lo hacemos bien. ¿Qué deberíamos cambiar?, etc. Todas las preguntas que mucha gente no está dispuesta a hacerse.

Pensar supone establecer estrategias, ser efectivos, actuar de acuerdo a una lógica y no de acuerdo a un capricho, poner distancia. El acto educativo es pues, en consecuencia, más serio y sus efectos más perdurables.

En Psicoanálisis hay una disciplina de analizar y pensar el caso por caso. Lo que se hace en el espacio de la supervisión o en el marco de una presentación ante colegas agrega mucha luz a los casos y sirve mucho en las estrategias de la dirección de la cura. Todos se benefician, inclusive aquellos que atienden a una presentación. Es una práctica que puede ser tremendamente útil en educación.

De esta forma, tal como lo vamos viendo, la palabra tiene consecuencias, según como se use. El riesgo que a veces se da, es que hagamos un mal uso de las palabras.

Detectamos al menos dos formas de mal uso, la palabra que se dice para dirigirse al “ser” del otro, por ejemplo del alumno, en cuyo caso puede ser sufrido como una agresión, un ejemplo de esto es lo que Sigmund Freud llamaba “interpretación silvestre”, por ejemplo, ” a ti te pasa esto porque tus padres se han separado”. La otra modalidad, es el desgaste de la palabra. Pierde su fuerza por la repetición. Lo que está en juego, es en realidad, la posición del propio profesor, que deja de ser escuchado. Un sonido agudo persistente si es repetido hasta el infinito, puede dejar de hacerse audible. El oído se acostumbra a él. La palabra de un profesor que repite algo, sin ser reconocido por sus alumnos pierde valor. El desgaste, pues, no esta dado por la cantidad, sino porque el sujeto de la enunciación, en este caso, el profesor y lo que el encarna, ha perdido valor para los alumnos.

En síntesis, se trata de poder acotar las demandas de los demás y reconocer aquello que tiene que ver con el propio deseo.

El niño en la escuela demanda, demanda saber y escucha, pero sobre todo quiere hablar; quiere hablar de cómo se siente en la escuela o de lo que representa la escuela para ellos. Los niños consideran en ocasiones a la escuela como su casa; y en la escuela muchas veces sirve para que expresen en su discurso cuáles son los problemas que hay en casa o cómo están viviendo esos problemas.

Suele suceder en estoy tiempo al igual que en otros que los padres se separen, se divorcien, son los problemas de este tiempo. Pero cabe hacernos la siguiente pregunta ¿cómo vive el niño esta separación de los padres? El niño también puede preguntarse ¿se separaron por mi culpa?, ¿tengo que recibir un castigo por mi delito?, ¿merezco ser castigado?

A una pregunta del padre a su hija de nueve años, ¿qué es la escuela? La niña contesta “La escuela es la prisión escolar, así lo dicen todos los niños”, agrega. Esta niña hacía más de cuatro años que no veía a su padre, ella vive a más de 850 km de distancia de él, sus padres se divorciaron. Después de cuatro años viene el reencuentro con el padre, el reencuentro con la palabra, el reencuentro con lo inconsciente, el reencuentro con lo no dicho.

Ante el duelo, ante lo no dicho el la separación de los padres, preguntaremos, ¿cómo está acompañando la escuela este duelo? ¿Sabe la escuela que es la prisión escolar? Es importante que la escuela inicie un programa piloto para acompañar a estos niños y sobre todo escucharlos, ya que la pena o el duelo no sólo puede durar tres años (pre-escolar) más seis años (primaria); en muchos casos la culpa acompaña al sujeto por mucho tiempo más.

Es por ello que desde el discurso psicoanalitico en comunión con el discurso pedagógico proponemos poner fin a esta “prisión escolar”. Éste es un trabajo interdisciplinario que necesita una seria planeación, por el momento sólo citamos esta demanda, el segundo paso será hacer un planteamiento.

A modo de conclusión

Como señalábamos al principio, son muchos los cruces posibles entre el psicoanálisis y la educación. La colaboración no es nueva y ha sido fecunda y lo seguirá siendo.

De un lado los educadores pueden hacer uso de una escucha diferente que les permita tener útiles que les sean funcionales y que estén centrados en el alumno. Los psicoanalistas, así mismo, tienen mucho para decir también. Muchas veces se hace necesario que se despojen de la “langue de bois” (argot) que lo único que hace es crear barreras. Se trata, más bien, de crear puentes, como una forma de tratar el malestar y a la vez de crear estrategias más efectivas.

Los psicoanalistas, en definitiva, podemos ayudar a los educadores a orientarse frente a los impasses que se dan en el día a día en el ámbito escolar.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y Maestro en Psicoanálisis, actualmente estudia la especialidad en Psicoanálisis para niños en el Colegio de Oaxaca; es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.


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Viaje al pasado para dos, por Luis Buero

Cuando te divorciás y tenés hijos en común con tu pareja, es seguro que seguirás viéndola por mucho tiempo.

Hay súbitas anginas rojas de los críos, sus cumpleaños, los actos escolares donde actúan disfrazados de Beruti, y velorios del perro y la tortuga, que reúnen tarde o temprano a todo varón con su ex. Pero el tiempo pasa, los chicos crecen y los encuentros se vuelven cada vez más esporádicos, hasta que un día viene a vernos el nene, que ya es abogado y tiene casi 30 años,  y nos anuncia: “papá,… ¡me caso!”.

Y mientras uno se da vuelta y empieza a buscar donde quedó aquel gurrumín que se enredaba en nuestras piernas,  llega la noche del casamiento y ésta se convierte en la más sorprendente oportunidad de viajar al pasado que conozco. Pero es una travesía para dos, porque el padrino, el papá del novio (en este caso, yo)  va con su nueva mujer al evento, y se transforma en un sorprendido guía turístico de su vida anterior, pues acaba de entrar en un escenario donde aparecerán personajes que ya tenía olvidados en el guión de su existencia. Te lo cuento para prevenirte, por si todavía no te ocurrió. Tomá papel y lápiz.

Por empezar, cuando uno llega a la iglesia nota que hay unos tipos pelados y canosos, y algunas señoras gordas y pintarrajeadas que saludan desde lejos, y uno murmura “¡estos colados qué caraduras que son!”. Alguien rápidamente te informa que son los hermanos y amigas de tu ex, que no ves desde aquel verano en que se separaron Los Beatles. Muchos niños descendientes de aquella parentela política que quedó atrás, ya son tipos más altos que el mago Emanuel, al igual que los compinches del propio hijo, que eran sonrientes carasucias que venían a pedirte que les devuelvas la pelota, y hoy te saludan enfundados en sus trajes de señores y te dejan tarjetas de ingeniero o mayorista de no se qué. Y si hay, te aseguro, un comando de nave preferencial para realizar esa travesía en el tiempo es la mesa principal de la fiesta de casamiento. Desde allí, en cada rincón del salón verás reunida, compacta, una parte de tu pasado, cuya reducción fenomenológica te sorprende en esos videos caseros que se exhiben para la ocasión, donde se cuenta la biografía de los novios y se muestran fotos que por no tener el álbum a mano, ya habías olvidado. Y mientras tu ex habla de la humedad con tu nueva esposa, no es raro que te sientas como un esquimal aterrizado en Copacabana, y quieras huir a la brevedad de allí.

Pero finalmente llega el día después y descubrís que sobreviviste y has vuelto al presente con una lágrima en una mano y el souvenir de la boda de tu hijo en la otra; y a tu corazón, que de tantas emociones vibra enloquecido, llega la hora de calmarlo con palmadas simbólicas, como a un caballo enardecido al que es preciso decirle al oído, con voz pausada, que ya todo pasó y está bien, que está bien, que ya está bien, que todo está muy bien.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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Papás de fin de semana, por Luis Buero

Cuando los padres se separan, es común que los nenes se queden a vivir con mamá. El papá se vuelve entonces una visita reglamentada, y mientras la sociedad murmura “algo habrá hecho”, él sufre en silencio y teme convertirse en el tío de sus propios hijos, por la falta de cotidianeidad en el vínculo. Todo eso, claro, cuando se los dejan ver.

En el imaginario popular y en los chismes a la hora del té, suelen ser los malos de la historia. Los que se fueron a comprar cigarrillos y nunca volvieron, los que huyeron tras las plumas de una corista, los que no pasan la cuota alimenticia y hay que perseguirlos con la justicia.

Y pocas veces aparecen en la misma novela los otros padres separados, los que les dejan todo a su mujer y siguen manteniendo a sus hijos. Sí, me refiero a aquellos que imaginan, conciben y acunan a sus críos, les hacen el desayuno a diario, compartieron con ellos el primer día de clase y el cuento de la hora de dormir, y de pronto cuando el matrimonio se disuelve se convierten en una visita en el hogar que construyeron, y quizás en un tío querido para sus hijos que tal vez pronto hasta tengan otra figura masculina como padre sustituto: la nueva pareja de mamá.

Ese papá de fin de semana siente que ayudó a construir un nido y luego lo tuvo que abandonar para siempre. Y nadie se ocupa de su sentir, porque se dice que los hombres no lloran, y tal vez sea mejor así, porque algunos están tan tristes que si lloraran todos juntos se produciría un tsumani. ¿No me creen? Vayamos al principio.

DE ÍDOLO A KELPER FILIAL

En las épocas de mi bisabuela, los hijos eran de la mujer, que debía parirlos y criarlos, mientras el padre trabajaba todo el día, y luego  se iba a jugar al billar o al truco al bar con sus amigos,  y cuando estaban presentes,  sus críos los trataban de usted. En los años 60 y 70 comenzaron a enseñarle al hombre que cuando su esposa quedaba encinta ambos estaban embarazados, y que él era co-protagonista en todo este proceso, y después del nacimiento también, de por vida. Así fue que algunos varones tuvieron que hacer de tripas corazón y participar del parto ayudando a la futura mamá, y se animaron a cortar el cordón umbilical y a dar el primer bañito a sus bebés. Aprendieron a cambiar pañales, a preparar biberones y papillas y a consolar al lactante de noche, si se le ocurría llorar cada tres horas. Se animaron a susurrar el “arrorró mi nene” o despertarlos con aquella otra canción que decía que el gallo Pinto se durmió y esa mañana no cantó. En síntesis, se dieron cuenta que ese “trabajo” era un placer que se habían perdido de disfrutar durante generaciones, y que el concepto de masculinidad había dado una vuelta de página importante y ya era hora de cambiar para bien. Claro que también se estaba modificando el de feminidad, al mismo tiempo.

Así fue que este nuevo macho humano enamorado de sus hijos y de su función paterna, que había re-significado la palabra familia, y había cicatrizado tal vez sus heridas de la infancia,  conoció una segunda y dramática lección: divorciarse de su pareja  ya no era sólo romper el vínculo con una mujer, si no que debía enfrentar un dolor mucho mayor.

¿PAPÁ POR SIEMPRE?

Ningún film relata mejor (tal vez no haya otro) que Mrs. Doubtfire (Papá Por Siempre) el drama y el sentir de un hombre que al tener que irse del hogar familiar pues su esposa ya no lo ama más, no puede ya convivir con sus hijos, a los que adora. En la famosa película, Robin Williams interpreta al atribulado padre que al no resignarse a la imposibilidad de ver a sus niños de manera constante, y dado que el personaje es actor, llega al extremo de caracterizarse y hacerse pasar por una señora de edad mayor, de apellido Doubtfire, para convertirse en la niñera de sus propios hijos.

Y en la vida diaria, más allá de los pormenores y matices que rodean la separación de un matrimonio, es muy común que los hijos menores continúen bajo la custodia de la madre, a la que, salvo pruebas en contrario, la ley y la cultura popular  la consideran automáticamente mejor progenitora que el varón.

“Un padre sabe, incluso antes de separarse que habrá mil momentos de la vida de sus hijos que ya no ha de presenciar ni compartir, y luego con el tiempo va notando sus bruscos cambios físicos, en la voz, cada semana o quincena, o cuando puede reencontrarse con ellos. Sus éxitos y sus anginas serán una anécdota contada, y uno siente que de a poco se convierte en una visita, en una especie de  tío querido que de no estar presente a cada instante, teme quizás que hasta dejen de extrañarlo” comenta SANTIAGO, 53 años, docente porteño, separado desde hace diez, con dos hijos.

Las notas de actualidad sobre estos temas generalmente se dedican a describir la delicada situación en la que se encuentran los chicos, que deben adaptarse a una nueva realidad, o se enfocan en los derechos civiles de la mujer que pueden verse vulnerados si su pareja no le aporta los alimentos obligatorios por ley.

Pero en esta historia hay un tercero excluido, y su sufrimiento ninguna cámara lo enfoca.

SI QUERÉS LLORAR, LLORÁ

“No hay dudas que el vínculo se aleja, aunque sea muy bueno ese encuentro semanal, el vínculo se establece con la cotidianeidad” asegura ANDRÉS SÁNCHEZ BODAS, psicólogo clínico desde hace 33 años, docente universitario y creador de la carrera de Counseling (Consultor Psicológico) en el país. Y agrega:

“En nuestra sociedad la gente cree que la que más sufre es la mujer, o los hijos, y se olvida de que el hombre pierde el hogar, la continuidad, el estar presente mal o bien en la cotidianeidad, y en mi experiencia de terapeuta, los hombres lloran, están angustiados por tener que ver a sus hijos una vez por semana, en una especie de visita guiada de la que luego, si no tiene un lugar propio dónde alojarlos, debe devolverlos al domicilio de la madre.  Es más, hay hombres  que demoran la separación, o directamente no se separan, aunque convivan  en condiciones deplorables de pareja, con 7 u 8 años sin vínculo sexual con su esposa, para sostener una relación en función de no perder la convivencia con los hijos”.

Por su parte, MARIA RUTH MURAIS, psicóloga gestáltica sistémica, con 20 años de experiencia hospitalaria, parece coincidir con su colega al contar:

“Yo los veo sufrir en el consultorio, han dejado sus muebles, su casa, sus olores, sus plantas, y se tuvieron que ir porque es así su historia, y todo eso produce duelo. Pero en la vida, ¿qué es duradero?”

CUANDO EL PADRE NI SIQUIERA SE SIENTE TÍO

Cuenta Eduardo, de Villa Crespo, 3 hijos, empleado bancario: “Teníamos algunos problemas de pareja, a mi entender no muy graves. Una noche, mi esposa me dijo que me tenía que ir, me echó de casa, dijo que hablara con su abogado. Para evitar males mayores pasé la noche en casa de mis padres, al otro día volví a casa. Al intentar ingresar me di cuenta que había cambiado la cerradura, no me atendía, cuando  respondió me insultó, negándose a que pueda estar con mis hijos”.

Eduardo representa otra realidad, la de los miles de papás que ni siquiera los pueden ver regularmente. JOSE MARIA BOUZA, fundador en 1988 de APADESHI. (Asociación de Padres Alejados de sus hijos, ver recuadro dos) asegura que El separado sin posibilidad de contacto de los hijos es un caso más grave, porque hay una obstrucción en el vínculo producida por su pareja, y el padre queda marginado de la sociedad, busca trabajos informales, deja de lado todo para concentrarse en una acción judicial en la que finalmente queda atrapado, pues piensa que se va a resolver rápido y en nuestro país no es así, es como un espejismo de montaña, donde el alpinista cree ver la cima ahí nomás, cerca, y tarde descubre todo lo que le cuesta llegar, y tal vez nunca llegue.”

PARA LOS JUECES PAPÁ NO ES UN ÍDOLO

JOSE MARIA BOUZA, que confiesa haber atendido él solo ya alrededor de 15.000 padres en APADESHI., piensa que: “un juzgado donde se plantea una cuestión de tenencia debería evaluar quién es el más apto, no por su sexo, sino por sus condiciones psicológicas, desarrollo laboral y tiempo disponible, y sobre todo por su actitud con su pareja en cuanto a esta problemática. Pero prefieren culturalmente beneficiar a la madre, aún pasando por alto que algunas mamás hayan tenido intentos de suicidio, internaciones psiquiátricas, o incluso, que ni siquiera desee verdaderamente hacerse cargo de los chicos”.

Por su parte, LUIS MARIA ASSANEO, fundador de APRADIM (grupo de profesionales que dicta conferencias sobre temas como Enigmas de la Virilidad, Parejas en Crisis, etc.), psicólogo y docente del CENTRO DOS de atención psicológica, y miembro adherente de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, coincide con Bouza en que “las leyes que dan automáticamente la tenencia de los hijos a las madres son obsoletas; la posibilidad  maternante del padre ha evolucionado, y además antes era la mujer la que se quedaba en casa y ahora son los dos los que trabajan afuera del hogar”.

La Lic. MARIA RUTH MURAIS amplía el concepto:  “con la madre se arma un lazo en los primeros cuatro años de vida que es preciso no cortar, pero luego ambos tienen capacidad para ejercer el rol de mamá-papá o papá-mamá, y los chicos podrían elegir con quien estar”.

¿HAY ESPERANZAS, PADRE?

SÁNCHEZ BODAS sostiene que “las nuevas corrientes psicológicas, estas visiones humanísticas, en general miran más para adelante que para atrás, el aquí ahora, el presente, el porqué no importa tanto, me pasó lo que me pasó y ahora veamos lo que hacemos con esto. Estas corrientes aportan la posibilidad de pensar en lo concreto, se cita a la familia, a la ex, a los chicos, se hacen reuniones familiares, no se toma la cosa de manera individualista”.

MARIA MURAIS, desde una perspectiva sistémica aconseja: “la tendencia a lograr debe ser que la familia, producida una ruptura, recobre la homeostasis, la búsqueda de un nuevo equilibrio, todo tiende a que después de un momento de crisis todo se ordene, y al papá que se tuvo que ir, le espera un gran trabajo interno para superar este corte o quiebre,  puede ser el momento de un re-aprendizaje, pues hay papás que descubren su paternidad justamente cuando se van”.

JOSE MARIA BOUZA  sugiere que “los papás que nos quedamos sin nuestros hijos tenemos que cambiar y que preparar el nido, siendo cada vez mejores, para cuando ellos peguen el saltito y vengan con nosotros”.

¿EL PADRE SEPARADO ES MENOS PADRE?

LUIS MARIA ASSANEO discrepa con otras posiciones y asegura que “es un mito que se ha armado alrededor de esto, de que los padres son más padres cuando están casados y conviven con sus hijos”. Y hasta pone en duda la palabra duelo:

“El duelo es duelo cuando tenemos un objeto perdido, pero con el divorcio los hijos no se pierden, el vínculo sigue estando aunque no en las mismas condiciones, pero en muchos casos ese vínculo mejora. En realidad la sensación de soledad casi radical en la que ha quedado sumido un padre es porque se le revela su propia castración, la reafirmación de que todo no se puede, aunque la ciencia nos diga que sí. Por otra parte, y con relación al vínculo nuevo que se establece entre padre separado e hijo, una cosa es la cantidad y otra es la calidad; un padre conviviente puede estar absolutamente presente, y hasta ser asfixiante, y el vínculo puede ser rudimentario, débil, y un padre puede ser que por trabajo o porque se separó de la madre no esté  siempre presente en forma física, sin embargo está presente en toda la actividad de la familia. Pero en esto no sólo tiene que ver cómo el padre ejerza esa función, también es muy importante la actitud de la madre, ya que desde el psicoanálisis, el padre es un decir de la madre, es una internalización psíquica a partir de que la madre lo nombra y le dice a los hijos, ése es papá”.

En síntesis, muchos padres se quejan con dolor y melancolía de cómo se trastoca la relación con sus hijos luego de la separación de pareja, y a la vez acusan a quien se queda con la custodia de ellos, de hacer y deshacer a su antojo sin considerarlos. Nos queda sólo la esperanza de que cada ex pareja de mamá y papá separados se alíen en busca de un bien mayor, por los niños y por ellos mismos, sin necesidad de  jueces ni abogados, recordando que alguna vez se amaron y que esos niños son el fruto de ese amor,  para que las funciones materna y paterna se sigan cumpliendo sin obstrucciones, pese a todo, y que Mrs. Doubtfire se convierta en apenas una película que vive sólo en la memoria insistente de los cinéfilos.

Recuadro uno:

VOCES DE PAPÁS

EDGARDO (37), administrativo, marplatense: Mi separación fue muy dolorosa, porque sabía que el vínculo con mis hijos ya no iba a ser igual y se frustraba la posibilidad de tener una familia. Es difícil aceptar que mis hijos no puedan tener a su papá para acompañarlos y ayudarlos a crecer en todo momento.

MARIO (48), ingeniero, de Olivos: El contacto con mi hija siempre se dificulta porque la mamá le genera actividades extras en mis horarios de visita, o usa la estrategia de ponerse tan violenta y tan mal, que la nena prefiere quedarse con mamá “para que se calme” o “no se angustie”.

EMILIANO (27), agente de Viajes, de Lanús: Cuando mi hijo tenía 4 años y después de una relación muy difícil con la madre, la misma en el año 2002 me denunció falsamente por abuso sexual hacia mi hijo, para que no pudiera verlo. Allí comencé un largo peregrinar por distintas instancias judiciales hasta el día de hoy. La terapia psicológica individual me ayudo a sostenerme en todo este tiempo. A mi hijo continúo sin poder verlo desde hace tres años, y sin tener noticias de él desde hace más de un año.

Recuadro dos:

QUÉ ES APADESHI (ASOCIACIÓN DE PADRES DISTANCIADOS DE SUS HIJOS)

Esta institución sin fines de lucro fue creada en 1988 por JOSE MARIA BOUZA junto a otros papás que veían obstruido su vínculo con sus hijos o tenían una imposibilidad de contacto con ellos.

En su sede, los padres tienen días de reunión, de capacitación, obtienen contención psicológica e información jurídica. Hace casi 20 años, BOUZA imposibilitado de ver a su hija escribió una carta a los medios instando a otros padres en la misma situación a juntarse para ver como enfrentar la problemática, y fue entrevistado por Fernando Bravo en un programa de televisión que tuvo una repercusión impensada.

El grupo que con el tiempo se formó,  logró la sanción de la Ley 24270, por la que queda configurado como delito el accionar del padre o tercero que impidiere u obstruyere el contacto de menores de edad con sus padres no convivientes.

Bouza cuenta que en ese momento consideraba terminada su misión pero “luego aparecieron otras estrategias de mamás que tenían la tenencia de los hijos, por ejemplo el hacer denuncias falsas contra el padre de abuso deshonesto, o de violencia familiar, imposibles de probar, (que generan en el padre privado del vínculo el síndrome de alienación parental) y que la justicia desestima luego de años de un proceso, mientras el padre no puede ver a los hijos. Y hoy hasta vienen a consultarnos futuros papás de hijos que todavía no nacieron, porque se separaron de su mujer embarazada la cuál desde ya les dice que cuando nazca el bebé no se lo va a dejar ver”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar