El Cafecito


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Los compromisos de (sobre)vivir, por Carolina Aguilar Muñiz

I

Nada

“¿Qué sé hacer?”, es la pregunta que todos los días me ronda por la mente cuando abro el periódico y busco en la sección de avisos clasificados un trabajo.

Quien nunca haya realizado esta búsqueda debe saber que leer el periódico se vuelve casi un rito, el rito que compensa la rutina perdida con el empleo.

Sin embargo eso es menor ante la trascendencia del cuestionamiento que me acompaña todas las mañanas con la misma respuesta: “nada”, el no estar capacitada para desarrollar cualquier puesto es la sensación que me dejó mi anterior empleo, eso y un juicio laboral largo, tan largo como el tiempo que llevo buscando trabajo.

El desempleo me ha hecho plantearme muchas dudas, la primera que pasó por mi mente cuando rescindieron mi contrato fue “¿qué voy a hacer?”, a esa pregunta hasta la fecha no le encuentro respuesta.

Claro que esas no fueron cuestiones que surgieron cuando veía venir los problemas en el  trabajo derivados de un enfrentamiento con la directora por no afiliarme al partido al cual ella pertenece, después llegaron los  traslados de un puesto a otro para, según me aseguraba la jefa, “hacerme el favor de no despedirme” pero al  transcurrir unos meses le pusieron fin al contrato.

II

Los compromisos de (sobre) vivir

Desde mi despido tengo una excelente compañera, la angustia. Esa sensación nunca me abandona, porque enfrentar lo que yo llamo “los compromisos de vivir”,  ha sido lo más difícil en este tiempo, tal vez por la falta de recursos, quizás por los gastos que implica mantener sola a una hija adolescente pero sobre todo porque me faltan expectativas de a dónde ir a pedir trabajo.

Comencé  acudiendo religiosamente a la oficina estatal de empleo, o preguntando a todo conocido con el que me cruzo por la calle si saben de alguna vacante, pero cada anuncio que solicita trabajadores me dicta los requisitos indispensables, con letras mayúsculas y en negritas me recuerda mis desventajas.

Porque estás en una competencia y no puedes evitar las comparaciones que te haces con todas las personas que están en la misma búsqueda.

Yo empecé a compararme con los más jóvenes, con ellos encuentro mis desventajas, no tengo la energía, la disposición, el conocimiento y, sobre todo, el  manejo de las tecnologías que surgieron con ellos cuando yo tenía mucho tiempo de haber ingresado al mercado laboral.

III

Los cálculos y la lógica

Como los empleos son pocos y los buscadores muchos, las empresas pueden exigir perfiles muy altos y ofrecer sueldos muy bajos con horarios extenuantes, sé que es parecido a un sistema de explotación pero siempre que solicito un trabajo así pienso que si me lo dieran aceptaría encantada porque sería por un rato hasta que encuentre algo mejor.

Cuando recibí mi liquidación pensé en la posibilidad del autoempleo porque, como negarlo, todos pensamos en no tener un jefe, en no rendir cuentas, ser autónomos pero esa fue una opción que anulé cuando mis cálculos me mostraron la cantidad necesaria para iniciar un negocio y mi lógica me hizo ver las pocas garantías que tenía para salir adelante de esta manera.

Mientras tanto voy sobreviviendo con pequeños trabajos, chambitas que duran unas pocas horas que más que ser necesarias son favores que mis amigos y familiares me hacen para que tenga un ingreso y, de paso, dejar de pensar que mi casa me está ahogando.

Porque creo que el trabajo es parte de tu identificación, es como tener un tercer apellido, ahí es donde sientes la magnitud de la pérdida, cuando no es suficiente tu nombre para tener reconocimiento y es cuando pienso que si económicamente tuviera la vida solucionada de igual manera trabajaría porque hacer algo de utilidad y por lo cual recibes un salario te da un valor como persona y eso, después de todo, es la parte medular de tu dignidad.

IV

Finalmente, y luego de unos buenos meses en la “congeladora”, término que mi hija le dio a mi desempleo, he conseguido un trabajo. No es que mi deambular por media ciudad y todas las zonas industriales del estado hubiera rendido frutos, más bien se debe a las influencias de una amiga que conocía mi situación.

En el nuevo trabajo me va bien, creo que he sido útil pero el temor de volver a ser desempleada llega religiosamente cada mes cuando firmo mi renuncia y otro nuevo contrato aparece, eso me obliga a esforzarme cada vez más para cumplir con los parámetros que sobre el trabajo tienen mis jefes y que así cada mes decidan mi situación.

Quienes vivimos en una condición tan inestable en el trabajo lo único que podemos hacer es agradecer cada día la oportunidad y redoblar el esfuerzo, pienso también que es momento de guardar algo de dinero, porque si vuelvo a quedarme sin trabajo mi opción en toda caso sería el trabajo informal, porque el formal está negado para nosotros.

Carolina Aguilar Muñiz es licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, se preocupa por asuntos sociales.

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Juventud, pesada cruz en nuestros días si vives en Aguascalientes, por Javier Arturo Haro Oteo

En días pasados, en el marco de una reunión entre colaboradores de este medio electrónico, se daba una discusión al respecto del comercio informal, en dicha reunión también se habló sobre la universidad Autónoma y los problemas por los que atraviesa.

Uno de los problemas principales que veíamos en aquella ocasión es la llamada “elitización” de la universidad, proceso que lleva varios años y que, sin embargo, en los últimos cuatro se ha visto de forma más salvaje, me explico: el aumento a cuotas es cada vez más desproporcionado, cualquier día de estos las cuotas de la Autónoma se podrán comparar con las de cualquier universidad particular; la voracidad del aparato burocrático, o el exceso de deudas, o el exceso de lujos, o ese “algo” que provoca que la universidad requiera más dinero y se haga todo lo posible por obtenerlo, en este sentido, la universidad ha modificado su sistema de créditos, y aunque no estoy muy enterado de los alcances de esta modificación, es claro que los sistemas parecen endurecerse; si a esto le agregamos que en el estado las oportunidades para trabajo a estudiantes no son exactamente favorables, el resultado es una tremenda dificultad para combinar ambas actividades: estudiar y sobrevivir.

Como ejemplo, van los siguientes: K…. solicita asociados y repartidores (¿?), requisitos: mayores de 18 años, secundaria terminada, disponibilidad de horario, luego se suaviza y dice: para trabajar 4, 6 u 8 horas; claro está que el sueldo para 4 o 6 horas no es precisamente decoroso. Otro ejemplo: Restaurante D….. solicita meseros, ambos turnos, 18 a 35 años, no estudiantes. Y para finalizar: Farmacia G….. solicita empleados, diferentes áreas, distintos turnos, ofrece $……., mayores de edad, no estudiantes (datos de la página de clasificados de un periódico de circulación local). ¿Qué desata esto en los estudiantes? Sin duda la necesidad de hacerse de dinero y sólo se ven dos posibilidades:

1.- Obtener dinero de la caridad, es decir, de los padres, de un padrino o de algún mecenas; esta opción, sin embargo, no es muy viable, ya que si el estudiante no cuenta con recursos de parte de sus padres, es por algo — disgusto con ellos, independencia, ausencia por asuntos de logística divina o bien, incapacidad económica de sus progenitores — y ni pensar en padrinos o mecenas con la situación actual del país.

2.- Entrarle al mercado informal y vender chucherías, esta opción parece ser la más recurrente entre los jóvenes que buscan estudiar y no tienen los medios, así vemos un domingo cualquiera en la purísima a R….C…, estudiante de A…, vendiendo monos, películas, postres, playeras y demás artículos de cómic; a O…S…, estudiante de I…..S….C…, vendiendo películas, juegos, consolas, etcétera; a S…S….R…, estudiante de M… A…, vendiendo películas, postres y flores. Ésta es una forma digna de sobrevivir, pero siempre se encuentra la forma de quitarle lo digna y hacerlo al margen de la ley, es el reverso de la moneda, el que vende artículos robados o películas piratas y, claro, la forma más grave, el que no se va al tianguis, el que comercia entre “distinguidos” círculos, en los cuales comercializa no con productos piratas, sino con productos originales que no son precisamente de entretenimiento o culto sino de escape de la realidad, me refiero a las drogas.

Lo lamentable es que la intención, a veces buena, de estudiar se convierta de pronto en un dilema moral sobre los fines y los medios, y después de mucho tiempo, en la mayoría de los casos, el fin termina como una antigua y buena intención y los medios cambian de posición, es decir, siguen siendo medios, pero ahora para otro fin. No quiero con esto justificar actos que comenten algunos estudiantes contrarios a la ley, eso sería ridículo; sin embargo, considero pertinente lanzar la pregunta: si las autoridades universitarias dieran mayores facilidades económicas para cursar una carrera, ¿habría tanto joven metido en el comercio informal o en el mini narco? Si las ofertas de empleo en Aguascalientes fueran más acordes a la vida de diversos jóvenes de la entidad, ¿habría tanto joven metido en el comercio informal o en el mini narco? ¿Existe la voluntad de frenar la elitización de UAA? ¿Existe la intención de que la UAA sea un orgullo nacional en materia educativa o sólo en materia empresarial? Quedan las preguntas en el aire.

Además, opino que los “líderes” estudiantiles de la UAA — cuya legitimidad es muy cuestionable, ya que durante el proceso para ser electos hubo infinidad de irregularidades propias de la política mexicana — deberían de ponerse a trabajar por los alumnos, en vez de andar ofreciendo nuestros votos como si fuéramos miembros de algún sindicato perteneciente a la CTM, toda vez que en días pasados, durante la visita de Felipe Calderón a nuestra entidad, el dirigentillo de la Federación de Estudiantes de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, en una acción por demás bochornosa, digna de pena ajena y además contraria a la Legislación Universitaria, prometió a don Felipe el voto del 100% de los estudiantes universitarios; en lo personal, no voy a votar por Felipe Calderón, y se de buena fuente que muchos estudiantes no lo van a hacer, así que esperamos que Calderón reprenda a este jovencito por andar de arrastrado y, sobre todo, por decir tantas payasadas, creo que para decir tonterías, Calderón se basta y sobra lo suficiente como para no necesitar de esas “ayudas”.

 

Javier Arturo Haro Oteo es Egresado de la Carrera de Derecho por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, se dedica al litigio y, ocasionalmente, a las letras.