El Cafecito


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Dada ha muerto, viva Dada, por José Luis Justes Amador

Para Cristina, como pago de una velada en compañía de los surrealistas franceses.

Desde siempre, y es un gusto muy personal que nadie está obligado a compartir, he sentido una fascinación especial, enfermiza en ciertas etapas de mi vida, por el dadaísmo. En general, por todas las vanguardias. Pero dada tiene algo que no tienen los demás: el afán de destruir intelectual y, ¿por qué no?, físicamente que no tienen los otros “ismos” clásicos. El expresionismo intentó, y logró, elevar una visión totalmente personal de la vida a arte. El futurismo quería sustituir la Victoria alada de Samotracia por rugientes automóviles. El cubismo, hacer del cuadro de dos dimensiones un espacio de tres. Los ejemplos de la época dorada (1890-1930) se multiplican pero siempre en sustitución: esto nuevo por aquello viejo. Dada no quiere nada. Absolutamente nada. (cfr. Siete Manifiestos Dada).

Antes de prestarla, ojeo la Historia de las Literaturas de Vanguardia de Guillermo de la Torre, libro escrito a la vez que los grandes movimientos estaban en plena vida (casi escribo ebullición, pero eso significaría disgregarse en humo, en polvo, en aire, en nada. Y no es cierto). Unos pocos días, antes o después, eso no importa, me devuelven Homo Sonorus, una antología de poesía sonora. Todo parecía indicar un resurgimiento de la vanguardia, al menos, de las puertas de mi casa hacia adentro.

Y, coincidencia u obligación manifiesta, destino, hoy (nueve de enero de 2006) leo en el NYT una noticia imposible: Pierre Pinoncelli, 77 años, qué ejemplo para los jovenes artistas, ataca en el Centro Pompidou la Fuente de Duchamp.

Hagamos historia antes de pasar al artístico ataque. Duchamp es el autor de dos de las obras más reconocibles, iconoclastas, más artísticas y, vistas a distancia y entonces, más divertidas del arte del siglo XX. Primero, la ocurrencia de los bigotes sobre una reproducción de La Gioconda y las crípticas iniciales que significaban “ella tiene el culo caliente”. Y, segundo, lo que según una revista de arte (¿francesa o alemana? Ahora no recuerdo) ha sido la obra más influyente del arte del siglo XX, la ahora atacada y ultrajada (y perdón por la palabra “meada”, “orinada”) Fuente[1]. Y, por supuesto, la genial La novia desnudada por los pretendientes o Gran Vidrio.

Dada, ya lo dije antes, no quería nada. Dada no quería construir. Dada se limitaba a destruir. Con eso bastaba. Destruir para crear un concepto (the long and winding road), antecedente no siempre reconocido de toda la transvanguardia (la palabra, la más acertada para referirse a lo que no son vanguardias clásicas –contradictio in termino– es de Achille Bonito) posterior.

Pierre Pinoncelli, qué bueno, no intentaba destruir la Fuente. Simplemente, devolverla a su función original; es decir un urinario. Si Duchamp intentó demostrar que cualquier objeto puede ser arte, Pinoncelli parece proponer que cualquier obra de arte puede ser devuelta a su función original. Y no por primera vez. En 1993 en la Carré d’Art de Nimes ya había orinado e intentado atacar la Fuente, según sus propias palabras “para rescatar a la obra de su posición sobrevalorada y devolverla a su uso original”. En aquella ocasión fue un mes de multa y el equivalente a treinta y siete mil dólares de multa. Y, como en aquella ocasión, el artista se exculpa diciendo que su acción es una obra de arte y un homenaje a Duchamp y a otros tantos dadaístas.

En el 2000, dos artistas conceptuales chinos, Yuan Cai y Jian Jun Xi Ianjun, ya habían procedido en la Tate Gallery a hacer lo mismo (es decir, orinar) con la Fuente, alegando ellos que Duchamp había dicho que arte es lo que un artista define como tal y que lo suyo era tal. Un año antes ellos mismos habían saltado, como niños a punto de cumplir cinco años, sobre My Bed de Tracy Emin que, como su nombre indica es eso, una cama sin hacer, ropa interior sucia, botellas vacías y condones usados.

Sigamos con los despropósitos. Michael Landy en el 2001 en un performance llamado Destrucción hizo literalmente eso: destruir su casa totalmente en la cual se encontraban valiosas obras de otros autores ingleses. En fin, cada uno es libre de hacer lo que quiera con lo suyo. Aunque no tanto. En el 2003 los hermanos Chapman, artistas performativos también, fueron acusados ante un tribunal de vandalismo por haber pintado sobre los rostros caretas de payaso en 80 grabados originales de la serie “Los Desastres de la Guerra” de Goya que ellos mismos habían comprado.

Hay otros dos tipos de ataque a las obras de arte. Tan interesantes en sí mismos que casi podrían, con un poco más de conciencia, ser dadaístas.

Uno es la ignorancia de los limpiadores de los museos. En el 2001, unos veladores confundieron una obra de Hirst (tazas de cafe vacías, ceniceros sucios y botellas de cerveza) con basura y ahí fue. En el 2004 la obra de Gustav Metzger Recreación de la primera demostración pública de arte autodestructivo (que era nada más y nada menos que una bolsa de basura) siguió el mismo camino.

El otro es la demostración pública de que a alguno de los espectadores no le ha gustado mucho la obra de arte. En 1976, una de las primeras protestas públicas que pueden considerarse como cuasi-performativos, alguien llenó de pintura azul la hermosísima instalación de Carl Andre que consistía en un montículo de ladrillos mal apiñados (hoy en el Reina Sofía, sin la pintura azul, por supuesto, porque entonces se podría confundir con el polvo de colores de Anish Kapoor[2]). O, cuando hace un par de años, se llenó de tinta negra, volviendo invisible la obra en un contenedor que contenía las ovejas en descomposición y conservadas en formaldehído de Hirst.

¿Y Pinoncelli? ¿De dónde sale? Desde los años sesenta se ha especializado en lo que él mismo bautizó como “les happenings de rue”; o sea, happenings en la calle. En 1969 arrojó pintura roja a la cara de André Malraux (un gran escritor lamentablemente olvidado por todos y en aquel entonces ministro de cultura de Francia) con una pistola de agua. En 1975, asaltó un banco en Niza con una pistola falsa para protestar por el hermanamiento de esa ciudad con una en una Sudáfrica que aún mantenía el sistema de apartheid. El mismo año, en homenaje a todos los judíos deportados en esa misma ciudad, se paseó por los tribunales de Niza cubierto de estrellas amarillas. Artístico. Dadaísta. Tiernamente dadaísta.

Aunque su acción más sorprendente fue en un festival de performance en Cali en el 2002. Para protestar por el secuestro de Ingrid Betancourt, por la guerrilla de izquierda, se corto la mitad del dedo meñique de su mano izquierda y usó su propia sangre para escribir “FARC” en la pared blanca.

A Colombia no le importa el arte. Ingrid sigue secuestrada. Viva Dada.


[1] Nada de que preocuparse. No es la original Fuente, aquella que fue rechazada (“ni original ni arte”) de la primera exposición de la sociedad de artistas independientes en Nueva York en 1917, el urinario colocado bocabajo y firmado R. Mutt. Esa se perdió. Esta es una las ocho copias firmadas por Duchamp en 1964.

[2] Que yo, dadaísta de tiempo partido e inconscientemente joven, pisé una vez por error.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.

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