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Comentarios sobre los alcances y nuevos retos institucionales a propósito de la Ley de Cultura del Estado de Aguascalientes, por Rafael Mendoza Toro

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La Ley de Cultura del Estado de Aguascalientes representa a la vez, importantes hitos y alcances para su promoción y desarrollo como política de Estado, al mismo tiempo que implica retos institucionales al aparato estatal y municipal, especialmente al Instituto Cultural de Aguascalientes. Reconoce explícita mente el derecho de toda persona a participar libremente en la vida cultural y artística de la comunidad, a disfrutar de los bienes y servicios culturales y a participar en su desarrollo y defensa; al mismo tiempo indica que el Estado tiene la misión de fortalecer los procesos de creación, expresión, difusión y de apropiación social de la cultura. En este tenor, corresponde al ICA no solamente el principal desarrollo de actividades encaminadas a su promoción, desarrollo y difusión, sino específicamente su rectaría en lo que hace a políticas culturales hacia el resto de las instancias estatales, los gobiernos municipales, la sociedad civil organizada, las empresas culturales y particularmente la ciudadanía, consumidora y beneficiaria de los bienes y servicios culturales.

La ley proporciona un marco normativo para actividades que actualmente ya se están realizando en el Instituto, como son la enseñanza artística en todos los niveles, de primaria al postgrado, o la actividad editorial siendo el ICA uno de los editores más activos del estado de libros y revistas de carácter cultural. No hay empero correlato institucional para algunos de los mandatos de la Ley: al crear por ejemplo el Sistema Estatal de Cultura (art. 19), otorga al Instituto su rectoría y coordinación con las demás instancias (art. 28 y siguientes), lo que implica la creación de un mecanismo de coordinación interinstitucional, la constitución de políticas públicas “transversales”, incluyendo en estas estrategias, programas y recomendaciones que debieran ser atendidas necesariamente por la Administración estatal, mecanismos de coordinación con las instancias federales y las municipales y de concertación y consenso con las demás instancias de la sociedad Civil. Lo anterior traería aparejado un esfuerzo programático en al menos tres niveles: en la formulación de la propuesta y constitución de un apartado dedicado a al Cultura en el Plan Estatal de Desarrollo (Artículo 12), en la formulación de un Programa Estatal de Cultura de amplios alcance y coherente con el primero, y en la constitución de un Programa de Desarrollo Institucional, de aplicación obligatoria al ámbito del Instituto Cultural. Se debe mencionar que  a la fecha en ningún gobierno se ha formulado un programa estatal de cultura ni siquiera un programa de desarrollo institucional, que proporcione un marco coherente a sus actividades.

La coordinación del Sistema Cultural entre el ICA (instancia rectora en la materia) y las demás instituciones y niveles de gobierno y la generación de los instrumentos programáticos respectivos requiere la creación de una instancia de enlace interinstitucional.

La Ley también modifica la personalidad y obligaciones jurídicas del Instituto, al confirmarlo como un organismo descentralizado con personalidad jurídica y patrimonio propio, ampliando además sus capacidades para elaborar contratos, convenios y otros instrumentos jurídicos, a mas de otorgar nuevas facultades en la formulación de convenios internacionales, que pueden implicar importaciones directas, financiamiento, colaboración, etc.

El cumplimiento de esta nuevas tareas de materia jurídica implica la necesidad de fortalecer y ampliar la estructura legal del Instituto.

La nueva Ley, en su art. 10 menciona la prioridad del apoyo institucional a la producción y creación artística, ya sea a artistas y creadores individuales, organizados o a empresas culturales. En esa vertiente de concertación, existen en la actualidad mecanismos de soporte y apoyo financiero a propuestas artísticas operando dentro de los diversos fondos federales, estatales y municipales, contando todos estos con reglas especificas en lo que hace al tiempo, modalidades, montos de financiamiento, etc. Es necesario, con todo, establecer mecanismos más flexibles, para atender proyectos fuera de este formato, que pudiendo exceder los montos tradicionales de financiamiento de los fondos, sean de tal relevancia que lo ameriten, esto asegurando la transparencia del proceso de evaluación y ejercicio de los financiamientos aprobados, así como esquemas de retorno. Pero en otra vertiente no existen ni instancias ni mecanismos para la colaboración, asesoría y eventual financiamiento para las empresas culturales, sector de la economía muy dinámico, en donde empresarios privados invierten y generan empleos, al mismo tiempo que producen bienes y servicios culturales; por ejemplo, de acuerdo al Censo Económico 1999 mas de 2000 establecimientos se podían ubicar dentro del subsector “Cultura” (de acuerdo a los términos definidos por Ernesto Piedras en su estudio) empleando a casi 5000 personas,  el 3% de todo el personal ocupado en la Entidad.

En este sentido, el Instituto debe implementar mecanismos e instancias de coordinación y concertación para el apoyo y trabajo con empresas culturales, al margen de sus fondos de financiamiento tradicionales, trabajando coordinadamente con la Secretarias federal y estatal de ramo.

Al definir al ICA como rector del Sistema Estatal de Cultura, ello le implica no solo llevar el seguimiento y registro de sus propias actividades sustantivas: eventos, público asistente, ingresos propios, etc. sino constituir un autentico Observatorio Cultural, que registre las más diversas actividades que en la materia realicen todos los actores sociales del Estado, tanto porque ello implica una cierta estimación del “clima cultural” local, como para establecer mecanismos adicionales de promoción y desarrollo en aspectos que aparezcan relevantes dentro de esa observación. Por ejemplo, en el 2005 se levanto una encuesta estatal de prácticas y consumos culturales, semejante a la encuesta nacional; dentro de sus resultados se puede destacar que en el curso del último año, el 52% de los encuestados había asistido a una biblioteca, el 42% a un casa de la cultura o recinto similar, pero en el caso de Museos de todo tipo solo un 25% lo había hecho en el año previo; en otras prácticas culturales el 22% había asistido al teatro, mientras que al cine prácticamente el 75% iba al menos una vez al año; en lo que hace a prácticas de lectura el 37% no había leído un solo libro el año previo y el 32% lo había hecho entre uno y dos libros, entre otros datos. Todo la información anterior, aunada al informe interno de actividades institucionales le permitirían una formulación especifica de programas, así como mecanismos de ajuste y corrección. En otra instancia, permitirían también la consolidación de una Subcuenta Económica Cultural, necesaria para las cuentas económicas estatales.

Constituir una instancias rectora del Observatorio Cultural, donde se elaboren las políticas e instrumentos de captación de información, así como se lleven, concentren y procesen los datos respectivos, permitirían al Instituto cumplir en mejor medida sus nuevos retos.

 Rafael Mendoza Toro. Alguna vez médico, burócrata de medio pelo y redentor del proletariado, olvidó esos afanes y le gustaba decir que se dedicaba a la vida contemplativa en el face. Su prematura muerte en este mes de diciembre de 2013, dejó inconcluso este texto y muchos otros proyectos.

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La narración oral escénica en México, por María Eugenia Márquez Sánchez

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Sin disfraces, el narrador lleva la palabra como única arma y mejor abrigo. Se arroja a este mundo de ruido y concreto para tender puentes.

César José Venegas Olvera.

Los narradores orales tenemos la convicción de no hay nada es más falso que eso de que a las palabras se las lleva el viento. Para la biografía, para la historia, para la disección rigurosa del devenir de acciones en la espiral del tiempo, para dar fe de la construcción de planteamientos, del trabajo realizado en cada espacio, quedan los sueños que duermen en tinta, quedan los proyectos y las ideas que se quedaron como estatuas de marfil para el futuro, donde las encontrarán el ojo y la inteligencia de quienes habrán de dar fe de un pasado, pegaditas al papel por la palabra escrita, elemento insoslayable a la hora de hacer un análisis de los caminos transitados para que no nos vendan espejitos. Y aún esas palabras escritas, que a primera vista resultan imponentes y parecieran totalmente fidedignas, las permea la vida y guardan atrás de sí historias, tal vez donaciones generosas del ánimo de personas que siendo las promotoras de proyectos culturales exitosos, en sus inicios aceptaron aparecer en segundos planos por pura fraternidad, por puro agradecimiento.

Sin embargo, toda historia puede ser explicada, iluminada, potenciada, diseccionada y entendida en su razón profunda, si se estudian las circunstancias que envolvieron en determinado momento a los personajes que tuvieron en ella los papeles protagónicos. No en balde la frase: “Al árbol lo conoceréis por sus frutos”.

Precisamente en este país, mosaico de culturas, en donde se acuña la Leyenda de la Llorona, ahora un referente cultural de toda América Latina. En este país, donde la Llorona, más allá de la leyenda que entreteje referentes hispanos con el del pueblo recién colonizado para hablar de la culpa de una mujer que ahoga a sus hijos y por ello lanza perennemente su grito preñado de dolor y desconsuelo, es sobre todo, también, un referente casi mítico de la mujer que lloró por las calles de la gran Tenochtitlán su caída, antes de la llegada de los hombres barbados que llegaban allende el mar; de los hombres que parecían ser un signo de la vuelta del dios bueno, metamorfoseados con sus actos hasta volverse una realidad de muerte y hecatombe. En este país donde conviven el México del Sur con el del Norte, el México que es todos los Méxicos y donde, como en casi todos los países del mundo, se hace sentir el centralismo con el que el sistema de gobierno fue ideado y pensado…

Narración Oral. En lo que este término define, escuelas van y escuelas vienen. Grupos cerrados se forman, grupos cerrados se abren, grupos cerrados se acaban. Egos se levantan, egos caen. Narradores que se autonombran o se sienten los dueños de la verdad en este arte, procesos y devenir del mismo, nacen y mueren. Alianzas se construyen, alianzas se deshacen. Controversias surgen, controversias se subsanan, proyectos inician, proyectos desaparecen, pero por fortuna, también, proyectos se fortalecen. Aún así, no son estas condiciones cambiantes lo que nos llama la atención en el panorama de la oralidad, que finalmente esta es la historia de toda propuesta artística, sino el sentir que aún existe sólo una mediana proyección de este arte en los ámbitos culturales, cierta inercia de muchas autoridades culturales del país y hasta creadores de las mismas disciplinas escénicas, a sentir, a pensar, a creer y confesar que éste es un arte diferente del resto de las artes escénicas, lo que devela su proceso de crecimiento desafiante a, y desafiado por, las realidades culturales del país, y a veces, también, por quienes enamorados de la manera de contar de narradores con años de práctica e investigación de lo que implica esta disciplina, de narradores que se comprometen con el concepto, con la búsqueda intelectual, con los ensayos y conocimientos que les permitan cuajar proyectos propositivos, se autonombran de pronto narradores, sin más conocimiento, exploración, talleres, seguimiento o compromiso, meramente copiando lo que vieron como una propuesta artística de excelente factura y nivel. Tal es la cercanía de este arte con el gran público, que a primera vista pareciera, y quizá así lo piensan al menos los más desprevenidos, que por naturaleza todo ser humano porta en sí el milagro del verbo que seduce, la capacidad de hilvanar con acierto las palabras y frases que hacen vibrar a los que escuchan, las modulaciones de la voz que mueven las fibras más íntimas del auditorio, ahondada quizá la sensación por el cuño de naturalidad que todo buen narrador oral, al igual que todo buen escritor, debe saber mostrar a través de su arte.

La narración oral escénica se convierte en México en una actividad artística paradójica, retadora, auxiliadora, desafiante, denostada, sublimada, desconocida por el gran público e incluso por muchos artistas de otras disciplinas escénicas, pero siempre amada por ese mismo gran público y alimentada por esas miradas brillantes que descubren en las palabras del narrador, misteriosos tesoros celados, encuentran luces antes ignoradas, enhebran realidades distantes con la propia, y recuperan saberes ancestrales o contemporáneos. Alimentada también por esos labios entreabiertos y húmedos que recuerdan, que sueñan, que imaginan, que se reencuentran a sí mismos, cuando la palabra de un milagrero del verbo, chamán del fuego creador, oficiante o sacerdotisa de la palabra, cuentero-mago, se propone en escena.

Muchos creen poseerla… Pocos demuestran tener la calidad y/o el concepto de lo que se trae entre manos al hablar de la cuentería, o de la narración oral escénica, para presentar un proyecto artístico perdurable y acogido, acogedor y permanente, en firme desarrollo horizontal y vertical.

Reparadora del tejido social, recuperadora del saber, reforzadora de conocimientos, rescatadora de la memoria histórica, resanadora de las heridas del alma, formadora de la memoria colectiva, transmisora de los usos y costumbres de las comunidades, reintegradora de la vida, escanciadora de los sueños, la Narración Oral da para todo. Actividad artística del área de las artes escénicas que propone formas juguetonas, lúdicas, reflexivas, insólitas, siempre experimentales,  diseñadas a la medida de cada espectador, siempre vigentes en su discurso directo al alma del escucha que construye junto a, y con, el narrador oral, su propia historia, que va acumulándose, reelaborándose, rebalsándose gota a gota en el lago del corazón, por el sortilegio de la palabra que escucha, y que le muestra realidades ya cercanas, ya lejanas, pero que le dicen “algo” a su propia realidad.

Por supuesto que aquí no nos estamos refiriendo al cuentero comunal, tradicional, comunitario, espontáneo, esos grandes padres de la cuentería (por llamarlos de algún modo), que hicieron un camino sólido en este espacio, siempre incursionando en él de manera empírica, sino al narrador oral que percibe la oralidad como arte, que construye el espacio escénico en cualquier lugar en que se presente, sea un espacio tradicional, con foro y auditorio, o se encuentre en una plaza, callejón, sala de hospital, cementerio, salón, etc. Esto es, nos referimos al cuentero o narrador oral escénico que propone, y trabaja para poder proponerlo de esta manera, una experiencia artística en la que combina el gesto y la palabra, la fuerza con que delinea sus personajes, su amplitud en la concepción y conocimiento del mundo y de las entretelas del lenguaje literario, la intencionalidad de su lenguaje corporal, sus silencios y modulaciones, la mirada que conecta cómplice, y que sabe integrar en su puesta en escena sobre su irreductibilidad humana, para ser a la vez ambiente, personajes, historia, contexto y transmisión, mientras mantiene un diálogo de dos vías con el auditorio, sin soltar de la mano todos los hilos de la trama que conforman a su vez el relato y la acción comunicacional.

Este arte, empíricamente ancestral, que ahora transita de forma cada vez más decidida por los caminos de la construcción de un lenguaje teórico y de una serie de concepciones metodológicas, todavía inacabados a pesar de los esfuerzos de diversos intelectuales e investigadores del acto de contar para ir desentrañando la forma mistérica en que se suceden los procesos que se ponen en juego cuando un narrador se para frente a un auditorio y comienza su relato, para ir abandonando los terrenos de la nébula hacia una objetivación de las implicaciones y dimensiones sociológicas, antropológicas, sicológicas, que subyacen en el proceso, ha sido entusiastamente recibido o sistemáticamente ignorado en diversas latitudes, contextos y estados de la República Mexicana.

Y es que hay que decirlo: la narración oral aún se encuentra en una etapa de construcción de un discurso propio, más o menos homogéneo, que no impedirá que las diversas corrientes al interior de la misma se definan y delimiten con claridad. Narradores e intelectuales han ido construyendo este lenguaje teórico, este apunte metodológico que precisa el discurso de la narración, pero estos esfuerzos  aún son insuficientes. En diversos países del mundo, y el nuestro no es la excepción, todavía se están sentando las bases para la comprensión de este fenómeno artístico.

Aún así encontramos a lo largo y ancho del país, que, asumidos individualmente o como grupos, los narradores orales y algunos gestores culturales, se han dado a la tarea de realizar encuentros, festivales, foros, y otras figuras del mismo ámbito como muestras de la disciplina, o como intercambio de ideas en torno a la misma, cobijadas bajo diversos nombres. Algunos de estos encuentros nacen, transitan por dos o tres ediciones de la propuesta, y luego son abandonados. Otros perduran, con mayor o menor fortuna. Algunos, sobre todo los que más años tienen realizándose, son un tanto autogestivos, y con esta palabra queremos señalar que son los propios narradores orales, atraídos por esa convocatoria, tanto del extranjero como del país, los que pagan sus gastos de viaje, y ofrecen su arte al gran público, sin recibir ni estímulo económico, y a veces, ni alimentación ni hospedaje. Algunos otros ofrecen alimentación y hospedaje, sin costear los gastos de viaje ni considerar pago alguno por las presentaciones, y los hay también que hacen un pago simbólico por las presentaciones, También hay que decirlo, hay pocos, pero los hay, que dignifican el trabajo del narrador, que asumen que el narrador oral, igual que otros artistas, vive de su arte y que se hace necesario valorar su trabajo escénico, y asumen los gastos de transportación, alimentación, hospedaje y un pago digno por su participación, más la posibilidad de compartir con artistas de la misma disciplina, de distintas latitudes del orbe.

La gran mayoría de los festivales en el país, son auspiciados parcialmente por instituciones culturales o educativas, o concretados gracias a la venta de funciones con distintas instancias, apoyados en dos o tres de sus ediciones, y luego abandonados a su suerte, y el promotor cultural debe comenzar el trabajo de gestión nuevamente.

Pocos son los festivales que han sido cobijados en su totalidad por las instituciones culturales de su estado o lugar de realización. Uno de ellos, el Festival Internacional de Narración Oral de Zacatecas, cobijado en su totalidad por el Instituto Zacatecano de Cultura y que este año ha concretado su IX edición. Pocos son también los proyectos que cuentan con un espacio de presentación permanente, como  el de la UNAM, que cada domingo cuenta con los Regaladores de Palabras e invitados, o el programa Alas y Raíces de CONACULTA que periódicamente ofrece trabajo de narración para aquellos que están dentro de su padrón, pero también hay esfuerzos independientes, para construir esos foros estables para los cuenteros. Entre ellos está el de Narradores Orales de Santa Catarina, y el que promueve la A.C. Cuenteros y Cuentistas en el Gran Hotel de la Ciudad de México. Y por fortuna, cada día siguen aumentando tanto los encuentros y festivales, como los foros permanentemente establecidos para el desarrollo de esta disciplina.

El trabajo sigue. Como la vida, no puede detenerse. Los gestores culturales tienen ante sí un campo de trabajo ilimitado. Los narradores orales también. Si existen diversas formas de gestión para el financiamiento y concreción de los proyectos culturales, la diversificación de las corrientes dentro de la narración oral escénica no le va a la zaga. Y paradójicamente, esta diversificación la vuelve una disciplina más atractiva y poderosa. En el país, muchos narradores aportan formas novedosas para mostrar la cuentería. Integran a la misma las técnicas del clown, la música, la danza, trabajan en parejas, en grupos, o en solitario, construyen personajes para que sean éstos quienes hablen con el lenguaje del pueblo, rico, variado, y desde ellos proponen sus historias, rescatan el habla de las comunidades, se enfrentan a la anécdota humorística para trascenderla y completarla; cuentan mitos, leyendas, cuentos tradicionales, cuentos literarios, novelas de todos los tiempos, retoman personajes y asuntos históricos en los espectáculos, dan fe de posturas políticas en el ludismo de su propuesta, y le ponen la gracia, la picardía, el salero, el ángel, el hechizo, la magia, y hasta la solemnidad si así se requiere, al verbo, a la palabra, integrándole el lenguaje corporal, la dimensión escénica, la energía indomable que los anima, y proyectando  su historia, su propuesta, la vuelven concierto y epifanía.

María Eugenia Márquez Sánchez actualmente preside la Fundación Cultural Aguapalabra, A.C., dedicada a promover la escritura de jóvenes creadores, al fomento a la lectura y narración oral, teatro de títeres y proyectos especiales. Es directora de la Compañía Estatal de Narración Oral de Zacatecas y Directora Artística del Festival Internacional de Narración Oral de Zacatecas. Como artista de la palabra ha participado en festivales y presentaciones nacionales, o impartido talleres, en diversos estados de la República Mexicana entre los que se encuentran Aguascalientes, Coahuila, Colima, Durango, Guanajuato, Morelos, Nuevo León, entre otros, y en diversos países como Chile, Colombia, Venezuela, Argentina, España y Cuba. En el Festival “Cuentos para una añeja Ciudad” 2012 le hicieron un especial reconocimiento por su trabajo y concreción del Festival Internacional de Narración Oral de Zacatecas, además de su trayectoria como narradora oral desde 1997.


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¿La generación del disquete?, por Dorismilda Flores Márquez

He de confesar que no sé cuándo fue la última vez que usé un disquete y que tampoco logro recordar la primera, pero más de 50 de estos dispositivos reposan en un cajón de mi escritorio. Los usé durante años y en algunos momentos pensé que eran muy prácticos, en otros me resultó terrible descubrir que los archivos muy grandes no cabían, que habían sido víctima de virus o que, incluso, se negaban a abrir. Cuando aún no tenía Internet en casa, pero sí computadora, escribía mensajes largos largos largos para mis amigos, los guardaba en disquete y, tan pronto llegaba a algún lugar con conexión, los enviaba por correo electrónico. Era la edad de oro del floppy disk y también parte de los primeros acercamientos al equipo de cómputo que tuvo mi generación. En aquel tiempo existían también los discos de 5¼”, pero iban de salida y los de 3½” resultaban más chiquitos, más bonitos y quizá también con mayor capacidad.

Los años pasaron y se popularizaron otras opciones, más prácticas y de mayor calidad, para almacenar y trasladar contenidos. Entre los CD, DVD y las memorias USB, los usos de los disquetes disminuyeron considerablemente y, con ellos, decrecieron también las ventas. En mi caso, los fui abandonando gradualmente, pero el golpe definitivo vino cuando compré una laptop que no tenía lector de disquetes. Desde entonces, varias cajitas con discos de 3½”, perfectamente etiquetadas, permanecen prácticamente en el olvido.

Justo ahora, en pleno 2010, medio mundo está hablando de la muerte del disquete o floppy disk, luego de que Sony decidió dejar de producir y distribuir estos dispositivos de almacenamiento, frente a la disminución de la demanda. Mucho se puede decir sobre las transiciones tecnológicas y la obsolescencia de ciertos objetos; sobre los intereses de mercado que, de alguna manera, transforman nuestros usos y costumbres; sobre las maravillas de los nuevos dispositivos que, en poco tiempo, coexistirán y/o serán desplazados por otros más sofisticados; incluso, acerca del caos que implica recuperar archivos de discos descontinuados; pero me parece que un elemento clave de esto es la generación… los mayores conocieron hasta las tarjetas perforadas, los menores no han tenido el gusto de vivir con disquetes, mi generación sí.

El fin del disquete, como el fin de las camaritas Kodak y del ilustrísimo Betamax, es quizá algo que une a ciertas generaciones. La mía —la de los que tenemos de veintimuchos a treinta y poquitos— creció con los disquetes —y también con camaritas Kodak y con algunas películas ochenteras en Beta—  y aunque ahora que se va, no lo vamos a extrañar, es evidente que muchas memorias están en ellos… simbólica y literalmente. Un minuto de silencio por el disquete que ha muerto. Larga vida a la comunicación digital, independientemente de sus soportes.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO; edita El Cafecito, casi siempre de madrugada.


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Maldito público que no se ajusta a mis expectativas: el público y el otro cine, por Dorismilda Flores Márquez

Se hace cine por amor al arte y se acaba vendiendo el carro para terminar una película que el público ni ve. El cine es perfectamente comercializable y se puede vivir de ello. El Estado tiene que apoyar al cine como producto nacional. El Estado no tiene por qué apoyar al cine y si así fuera, la gente debería poder ver gratis ese cine, puesto que de sus impuestos se produjo. El público de cine es inculto. El público prefiere ver actores conocidos, en lugar de arriesgarse a ver algo desconocido, pero de calidad. El público ha sido educado por Televisa y está acostumbrado a recibir productos de mala calidad. El gran enemigo del cine es la distribución. La publicidad es una gran amiga del cine, éste la necesita para que la gente lo vea. La proyección digital puede ser una gran amiga del cine, para llegar a otros públicos. En torno a esto giró la reflexión en torno a públicos de cine en un panel en que participé recientemente en Lagos de Moreno, Jalisco[1].

El debate fue interesantísimo, como genial fue compartir ideas lo mismo con cineastas que con promotores de festivales y un publicista, del DF, Guadalajara, San Francisco del Rincón y Aguascalientes. Creo, sin embargo, que fuera de todo lo maravilloso que fue el diálogo, es lugar común hablar del público inculto o atribuir a determinadas instancias (saludos, Televisa) la incultura del público, o lo que es lo mismo, maldito público que no se ajusta a mis expectativas, sea como cineasta, sea como promotor. Pero no es lugar demasiado común hablar de qué tanto se encuentra o se hace el esfuerzo por encontrar al público.

De entrada, se hace la distinción entre cine (y público) comercial y de arte o culto, entre éxito y calidad, como si meter millones en taquilla y rentas y lo que se acumule estuviera peleado con un producto impecable y viceversa. Desde la distribución comercial, como negocio que es, se toma sólo aquello que pueda garantizar éxito comercial. Desde la distribución independiente y dos que tres festivales y foros, se privilegia lo culto, aunque no jale gente, y en muchos casos se programa lo que corresponde al gusto de los organizadores. En ambas vertientes, se espera que el público abarrote las salas.

Y, ¿quién diantres es el público? ¿Dónde está? ¿Le gusta el helado de vainilla? ¿Le alteran los balazos? ¿Brinca en el asiento con las películas de terror? ¿Le duele el trasero o se le enchueca el cuello con tan incómodas butacas? ¿Sale con enemil ronchas después de haber sido cruelmente atacado por los zancudos en alguna función al aire libre? ¿Y de todos modos regresa?

Vale la pena ir al origen del público, de acuerdo con García Canclini (1994ª, 15), “el espectador de cine es un invento del siglo XX”, es a partir de las construcción de salas, desde 1905, que se forman hábitos de percepción, asistencia, ritualidad colectiva: salas oscuras, elección de distancia de la pantalla, intercambiar impresiones a la salida, etc.

Si bien el mejor momento para el cine mexicano se dio en los años cuarenta y principios de los cincuenta, en la época de oro, gracias a la articulación de factores productivos, comunicacionales y de recepción (García Canclini; 1994b, 23); no se puede hablar hoy de la muerte del cine, como no se ha podido hablar de que el cine ha muerto, a raíz del invento y popularización de la televisión, el video e Internet, estos configuran otras opciones para llegar al cine, que muy seguido se entrecruzan. De hecho, hoy se ven más películas que en cualquier época anterior (García Canclini; 1994a, 14), precisamente porque hay más opciones para ello: cine comercial, centros culturales, ciclos y festivales en cines y otros espacios, televisión, video, Internet, autobuses, aviones, etc. Y se va al cine o se ve el cine principalmente en el tiempo de ocio, ese “tiempo extralaboral dedicado a la información, entretenimiento, diversión y formación” (Perceval; 2000, 64). Ir al cine, rentar una película o descargarla de ciertos sitios, cuesta; ¿qué hay de quienes no tienen dinero?

¿Y qué busca la gente en el cine? A ojo de buen cubero, busca entretenerse, a veces se trata de ver a cierto actor o las películas de cierto director, también las películas de cierto género o de cierto país, pero a veces se trata simplemente de tener un escenario para ir con alguien. Hay diferencias, sin embargo, entre ver el cine en el cine y verlo en televisión u otros dispositivos. En el cine como espacio social, se encuentra placer, entretenimiento y, en términos de García Canclini y Módena (1994, 80), un sentido de intimidad dentro de la multitud. En el cine visto en televisión, la “gratuidad” relativa y el entretenimiento. En video e Internet, películas específicas, algo así como cine a la carta. Y en los festivales y ciclos de cine, me atrevo a decir que se busca lo diferente, las películas que no estarán en cartelera comercial, que difícilmente llegarán a la televisión, otras caras, otras culturas, otras estéticas y narrativas.

Así, más allá de lamentaciones, me parece que es momento de explotar otros recursos, televisión, video, Internet (vivan YouTube y similares), festivales y foros. Es momento, para quienes programan, de diversificar la oferta. Y, si la gente no va al cine, que el cine vaya a la gente, a los espacios públicos, a la escuela, a los organismos no gubernamentales, a la Iglesia. Es momento de no cortar el proceso en que el público “vea” el cine y ya, sino de buscar la discusión y la reflexividad. Es momento, principalmente, de encontrar al público y no esperarlo sentados.

Referencias

García Canclini, Néstor (1994a). “El cine mexicano en los noventa: ¿última crisis o crisis final?”. En García Canclini, Néstor (coordinador). Los nuevos espectadores. Cine, televisión y video en México. México: CONACULTA – IMCINE. Pp. 13-21.

García Canclini, Néstor (1994b). “Del cine al espacio audiovisual”. En García Canclini, Néstor (coordinador). Los nuevos espectadores. Cine, televisión y video en México. México: CONACULTA – IMCINE. Pp. 22-37.

García Canclini, Néstor y María Eugenia Módena (1994). “La historia del cine mexicano mirada desde el fin de siglo”. En García Canclini, Néstor (coordinador). Los nuevos espectadores. Cine, televisión y video en México. México: CONACULTA – IMCINE. Pp. 41-86.

Perceval, José María (2000). “Medios de comunicación y educación en la sociedad del ocio”. En Pérez Tornero, José Manuel (compilador). Comunicación y educación en la sociedad de la información. Nuevos lenguajes y conciencia crítica. Barcelona: Paidós.


[1] Corte y nos vamos. Primer Encuentro de Cine. Casa Serrano. Lagos de Moreno, Jal. 20 y 21 de abril, 2007.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, estudiante de la Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura en el ITESO, y editora de El Cafecito, entre otras curiosidades.


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Un día en una feria del libro, Graciela Cervantes Silva

Comenzaré por decirles que no soy escritora, únicamente soy una persona preocupada por el futuro de mi país, como espero que haya muchas más.

Trataré de narrarles un día en una feria del libro de una ciudad como hay tantas en mi país, México; en esta feria estuvo como invitado un país muy pequeño en dimensión, pero muy grande en hombres y mujeres cultos, me refiero a Cuba.

Hay un contraste inmenso entre México y Cuba, en mi bello tenemos toda la libertad de que puede gozar una persona en un país democrático, la libertad de hacer a las personas más ignorantes, la libertad de no educar adecuadamente a nuestros niños, la libertad de coartarles a nuestros hijos sus deseos de ser mejores seres humanos, la libertad de mantenerlos ignorantes.

Se preguntarán por qué les digo todo esto; como les dije al inicio, es la narración de un día en una feria del libro.

Pues, bien, el programa indica que el horario para abrir al público es a las 9 de la mañana, se va abriendo a las 10; poco a poco, van entrando algunos estudiantes, observan cada uno de los puestos y salen sin adquirir ni un solo ejemplar; aproximadamente a las 11 de la mañana, van llegando uno que otro matrimonio con sus hijos.

— Mira, hijita, qué bonita muñequita Barbie, ¿la quieres?

Lógicamente, la niña dice:

— Sí, quiero la de princesa porque ésa no la tengo.

Se la compran, $75.00, junto con un libro de pastas gruesas que, desde luego, no tiene nada de cultura. Pasan por el puesto de CONACULTA en donde hay títulos muy interesantes, pero, como les dije, pasan y ni por equivocación se detienen.

Está el puesto de Cuba, que tiene libros infantiles y juveniles que han obtenido varios premios, lo mismo que en el anterior, únicamente pasan. Llegan al tercer puesto, ¡qué maravilla!, venden plastilina y unos moldecitos para hacer diferentes animales.

— Quiero plastilina — dice la niña.

Cuatro botecitos con plastilina de distintos colores, cinco moldes, una tablita y una bolsita de plástico, $100.00; se la compran. Pasan frente a un puesto que vende libros usados y ediciones agotadas, ni voltean a verlo. En seguida, hay un puesto con muchos juegos, con canicas, palitos chinos, etc.; le compran un jueguito. En el siguiente puesto hay libros, casetes, cuentos; no se detienen. En el siguiente también hay cuentos y unos mini libros, rompecabezas y libreritos; le compran un rompecabezas. Más adelante hay un puesto donde se venden unas bonitas revistas infantiles, que tienen lecturas, información de actualidad, geografía, manualidades, etc.; la niña se las muestra a su mamá, la cual, molesta, le dice: “ya gasté mucho en ti en esta feria del libro” y la jala sin voltear siquiera a ver la revista que le pide su niña y que tiene un costo de $18.00

Y así transcurrió el resto del día en la feria del libro; no se compran libros ni revistas ni nada que tenga que ver con la lectura.

Como información adicional, les diré que en el país de Cuba, se hace una feria del libro internacional simultáneamente en todo el país y se venden aproximadamente 5 millones de libros de literatura infantil y juvenil.

Graciela A. Cervantes Silva es una ciudadana preocupada por la cultura.


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Una carta por la Casa del Poeta, por María Rivera

A la opinión pública
A la comunidad artística y cultural
A las autoridades metropolitanas

La actual administración del Distrito Federal se ha distinguido por la falta de una política sistemática y de largo plazo en materia de apoyo a la cultura. Hoy, un hecho de la mayor gravedad corrobora el limitado interés de este gobierno hacia la creación y difusión de bienes culturales. Por instrucciones de Raquel Sosa, Secretaria de Cultura de la Ciudad de México, la Casa del Poeta Ramón López Velarde recibirá un apoyo económico inferior al que se le venía otorgando. El nuevo contrato redactado por dicha Secretaría se reserva, además, el derecho de hacer efectiva la aportación. Esto deja a la Casa del Poeta en condiciones de absoluta precariedad y, en los hechos, promueve su desaparición.

La Casa del Poeta se fundó en 1992, a iniciativa de un grupo de destacados escritores mexicanos y bajo el auspicio del entonces Departamento del Distrito Federal, en un inmueble de su propiedad. Desde entonces, los sucesivos gobiernos de la Ciudad se han encargado de otorgarle una contribución que, no sin ciertos aprietos, le ha permitido sufragar sus gastos más elementales. El recorte y el apoyo discrecional decretados en estos días resultan preocupantes por partida doble, pues el gobierno para el que trabaja la Sra. Sosa emana de un partido de izquierda, el PRD, mismo al que pertenece el candidato a la Presidencia de la República que hoy encabeza las encuestas.

Alentar la privatización de la cultura, es decir, propiciar que ciertas entidades y actividades tradicionalmente respaldadas por el Estado acudan y se atengan al apoyo de la iniciativa privada es, a todas luces, una política de derecha. Tras la Revolución de 1910, el Estado mexicano asumió el deber de fomentar la creación y la difusión de las obras artísticas. Supo, además (sobre todo en las últimas décadas), dejar en manos de los creadores la posibilidad de orientar y dirigir la cultura viva del país. En diversos momentos, ciertas señales de intolerancia, patrimonialismo y burocratización han puesto en evidencia que ni los políticos ni sus partidos renuncian por completo a la tentación de utilizar la cultura para sus fines. Sin embargo, un largo trato le ha permitido a las dos partes, intelectuales y representantes del Estado, hallar fórmulas de entendimiento, tan eficaces que en la actualidad son motivo de análisis en universidades de otras latitudes. Hoy, esos términos construidos a lo largo de la historia se ven amenazados por las actitudes de ciertos funcionarios y personeros del Estado que, como la Sra. Sosa, suponen que la actividad cultural no va más allá de ciertas expresiones masivas, importantes claro está, pero sin duda insuficientes. Admitir ahora la aplicación de una política de esta naturaleza (privatizadora y autoritaria), es abrirle las puertas a su establecimiento a nivel federal en el sexenio siguiente.

Exigimos al gobierno de la capital la firma de un contrato que lo obligue a sostener su apoyo de manera regular a la Casa del Poeta, así como a cancelar el recorte del 12 % a su aportación. Asimismo, demandamos a los candidatos del PRD a la Presidencia de la República y al gobierno de la Ciudad de México que hagan públicos y explícitos sus compromisos en materia de promoción y difusión cultural.
Firmas: Antonio Deltoro, David Huerta, Eduardo Hurtado, María Rivera

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María Rivera es autora de los libros de poesía “Traslación de dominio”, Feta, 2000-04 y “Hay batallas”, Joaquín Mortiz, 2005.