El Cafecito


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Guardaré el veneno de esta flor, por Adán Echeverría

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Dicen que si pasas largo tiempo en un punto de la avenida, puedes ver el cincuenta por ciento de los automóviles que hay en la ciudad. Kandaré tenía fijo los ojos en el monumento reluciente de un Justo Sierra que parecía irradiar bondad a todos los transeúntes. Las horas de ese día pasaban en el ruido de los carros. Las voces trepaban por los cables y le iban jalando de los bajos del pantalón, pero él las ignoraba. La flor en su mano era excelsa. Una flor azul que había sacado del mercurio líquido de su laboratorio justo cuando habló por el teléfono portátil con él.

Llegó puntual a la cita, y toda la tarde había visto el oleaje de los automóviles erosionar el pavimento. Kandaré había pasado de la ilusión a la desesperación, al enojo y a la irremediable tristeza. Octavio se acercó pasada la media noche. No había llamado por teléfono, y no quiso contestar para dar explicaciones. Tampoco tuvo el valor para acercarse antes e intentar el diálogo con Kandaré, que esperaba resuelto. Esperó hasta que la avenida estuvo desolada. El recuerdo de su esposa y sus hijas lo atormentaban. Al fin se detuvo frente a Kandaré, un Kandaré sentado en el banco, envejecido, con las telarañas de la tristeza amordazando voz y labios.

—No tiene caso engañarnos, no tengo el valor. —Y se retiró con lentitud.

Desde las cinco de la tarde, Kandaré había visto el carro de Octavio pasar por la avenida diversas ocasiones. Desde la primera vez que el carro se deslizó ante sus ojos sin detenerse, supo que el sueño no iba a cumplirse, y amordazó la sonrisa buscando en el recuerdo la salvación. Se había congelado como la flor azul en el mercurio, y la inmovilidad fue mayor que su amor. No sabía en verdad qué pensamientos aleteaban en su mente.

Octavio no se detuvo; pasaba y pasaba confundiéndose entre los cientos de automóviles, aprisa, siempre aprisa.

La noche parpadeaba su final. En la avenida, los rayos de un sol trasnochado comenzaban a levantarse entre las hojas de los árboles. Kandaré tenía la flor en la mano. Se levantó de pronto, dejó caer la flor al suelo y ésta se deshizo en miles de astillas de hielo. El amor es así, una flor detenida en el tiempo que siempre terminará por volverse polvo.

 

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011).


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El Parque, por Adalberto Ortega Flores

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Siempre pensé que el parque del trenecito, era un parque especial. Es fácil detenerse en el camino e invertir un segundo para adivinar sus formas. Al menos eso uno cree al principio.

La entrada al parque está marcada por una minúscula explanada de piso de piedras de pedernal bañada por el sol, donde convergen las sombreadas bocas de los caminos que llevan a sus intestinos. El visitante es recibido por un nutrido mazo vegetal, y por los aromas de hierbas variadas, que más que a especímenes de un jardín prediseñado, corresponden a la flora local. Frescas sombras de enormes arboles, devoran por los caminos que cobijan a grupos de niños, que con pies desnudos, zapatos rotos, patín, patineta o bicicleta, se persiguen por todos lados. Gritando, llamándose y riendo, en sus caras cubiertas de polvo y sudor, presumen sonrisas donde a veces faltan dientes. Por su puesto también asisten los deportistas y las jóvenes parejas, que como otros, buscan en las islas vegetales, un lugar secreto que proteja su intimidad… hasta que el movimiento de la hierba los delate…

Mi abuelita me platicaba que cuando el pueblo creció, se hizo necesario un espacio adecuado para el esparcimiento de los vecinos y sus hijos. Ella tuvo la oportunidad de participar en la configuración del parque, cuando el presidente municipal en turno, le pidió a mi abuelo, que ella fuera la primera dama. Pero esa es otra historia… La conclusión fue el parque actual. Su alberquita, áreas deportivas y de esparcimiento están coronados por las vías de un trenecito azul, que con un gran faro al frente, que va por el perímetro, pasando por diferentes casitas a modo de estaciones., arrojando una columna constante de vapor, producida por un motor reparado ya mil veces.

En este parque, si se observa con cuidado, se advierten cosas curiosas. Por ejemplo,  el pueblo tiene 70 años, yo tengo casi 40, pero los arboles siempre han sido igual de altos, bastante anchos y sólidos. ¿En qué momento crecieron? Si son previos al parque ¿cómo es que encajan tan bien las simétricas formas del diseño moderno? Otro detalle son las flores, el lugar está abarrotado de plantas de muchos tipos, pero nunca he visto una flor. Además las sombras de los árboles son tan densas, que separan admirablemente la los rayos del sol de la zona que protegen. Y su viento es tan fresco que es más bien frío…

Éstas y muchas otras curiosidades seguirían siendo preguntas en los recuerdos de mi infancia, hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, mientras jugaba arrojando piedras al viento para ver cual llegaba más alto, me pareció que una de ellas se detuvo en su camino. En un parpadeo estaba nuevamente en el suelo. Me di cuenta entonces, que el sol se me escapaba mientras jugaba. Estaba solo, todos se habían ido ya y seguramente estaban por cerrar la reja. El viento frio de la sombra de los arboles reclamaba el terreno que los rayos del sol abandonaban. Sería muy incómodo dormir ahí. Corrí hacia la entrada, brincando entre los jardines, adivinando donde pisaría pues ya no había luz suficiente.  Hice un pequeño alto para no caer y replantear ruta. Me encontré perdido. Solo reconocía a mi derecha la sombra de la estación del trenecito. Su foco aun estaba encendido y el vapor hacia una columna que anunciaba su uso reciente. Vi cierto movimiento de personas a su alrededor; qué buena suerte, pensé, aún quedaba una vuelta. Seguramente pararía a la entrada del parque para sacar esta última partida de visitantes. Había que darse prisa por que empezaba a moverse. Corrí como loco hacia él y de un brinco me trepé torpemente en el primer carro detrás de la máquina. Qué rico calorcito hace aquí arriba, me dije, mientras una voz familiar me llamó: “Te estábamos esperando”. Como buen chiquillo imprudente no puse más atención. Me acomodé contra las láminas del asiento y me puse a disfrutar el calor acumulado del sol de la tarde. Al fin que todos en el pueblo nos conocíamos.

El tren avanzó y ganó velocidad, todos los fierros brincaban y rechinaban, los pasajeros cuchicheaban y los niños gritaban con emoción; el silbato sonó tan familiar como siempre. Pero unos metros adelante, al pie de 2 árboles que parecían hacer las veces de pilares, nos sumimos en la tierra por un túnel que arrojaba un fulgor cobrizo, y  se abría tan rápido y tan grande, como mis ojos ante la sorpresa. Ahora sí ya me cargó el demonio, pensé mientras mi mano izquierda se aferraba al pasamanos del carrito y mi mano derecha buscaba sin éxito a mi compañero de asiento.

El corazón me latía al ritmo del tren y el calor del túnel me decía que me iba al infierno seguro por rezongarle a mi mamá. ¿Por qué no quise ir a las tortillas y limpiar mi cuarto? ¡¿Por qué?! Mi mente no quería ver que había alrededor, pero mis ojos buscaban curiosos todo lo que había fuera del carro. Vi que las raíces de los árboles del parque, eran ahora extravagantes pilares retorcidos de una bóveda subterránea que se extendía hasta donde me alcanzaba la vista y tan alta como el alto de los arboles de la alameda. El aroma a pan recién horneado, dulce y suave, inundaba el lugar y me obligo a sacar la cabeza del transporte, pues no había comido desde el desayuno. Pude ver que la bóveda albergaba una réplica invertida del pueblo. Aquellas flores que no habían brotado en el parque, ¡estaban aquí! colgando del techo, apiladas tantas como todas las que no habían brotado en todos los años que en ese parque tenia de existir. Cada una de ellas, grandes o pequeñas, regaban una cálida luz naranja, que hacía que todo se viera iluminado como cuando el sol raya en el horizonte por las tardes…Cierta tranquilidad invadió mi confundida conciencia y el tren avanzaba.

Mi mano encontró la de mi compañero de asiento, la sentí algo fría, aguada y con las dimensiones de un adulto.  La sensación me hizo buscar su cara, sólo para encontrar un rostro desfigurado y descarnado. La tranquilidad recién encontrada se me escapó en un grito a todo pulmón mientras pensaba para mí mismo:  ¡Seguro es porque me gasté el cambio del mandado en las maquinitas, o el 8 que saqué en matemáticas! ¡Me van a tragar los muertos!

El tren se detuvo en el equivalente a una de las estaciones del parque, sólo que, la estación era la entrada del panteón.  Mi primer grito aún no terminaba cuando ya iniciaba otro, al unísono en que apretaba la mano de aquella aparición mientras quería hundirme entre las laminas del carrito. El espectro no podía hacer otra cosa más que reventarse una profunda carcajada. Carcajada que empecé a reconocer.

—¡Betillo! ¡Betillo! ¡Cálmate! ¡Cállate!, dijo el espectro, mientras otros más se caminaban al tren, y me miraban con sus órbitas vacías,  rostros desencajados pero muy divertidos. Aquel espectro me desenterró de las laminas del carrito y con sus enormes manos descarnadas me levanto en el aire mientras me resistía como gato acorralado.

—¡Soy yo, somos nosotros! Calma —me sacudía como el que quiere hacer que el otro vuelva en sí

—¡Eh! ¡Volteen todos! —gritó el espectro a todos esos seres—  ¡Es el Betillo! Vino a visitarnos!

Se volvió hacia a mí y me dijo con voz profunda, serena y segura:

—Tranquilo todo está bien. Nada te hará daño. Somos nosotros. ¡Ven a vernos! ¡Ven seguido! ¡Visítanos! ¡Nos da gusto vernos! Ven y platícanos, cuéntanos.

Entonces lo reconocí, ¡era él!, ¡éramos nosotros! ¡Todos estábamos ahí! La alegría que tienen los niños cuando el tío, primo, el amigo o el hermano que llega a hacer una visita ampliamente esperada, llenaba mi corazón. Nos abrazamos y como si no hubiera pasado nada, al abrir los ojos, me encontré repentinamente saliendo del parque, caminando rumbo a casa.

Adalberto Ortega Flores es licenciado en Administración y Negocios Internacionales por la Universidad Bonaterra. Nacido y radicado en Aguascalientes, actualmente  es Sales Execution coordinator para Hapag Lloyd Aguascalientes. Profesor intermitente en áreas económico-administrativas.


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Lunática, por Pablo Cristín

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“Si me lo pidieras, iría a la luna y te traería un pedacito”, le dijo él a ella en un amanecer hermoso, después de la mejor noche de sus vidas, en el momento más mágico de la relación.

“Eso sería muy lindo, ¿harías eso por mí?”, le respondió ella, ilusionada.

“Claro que lo haría!” dijo él con firmeza. “Quiero un pedazo de luna”, le dijo a él mientras mantenía una sonrisa. Él la miró transpirando, y dijo que sí. Pasaron el resto de la mañana abrazados mirando cómo salía el sol.

Al día siguiente, él se inscribió en una Universidad para estudiar astronomía y física, para luego convertirse en astronauta. Se recibió en la mitad del tiempo estipulado para la carrera, con un promedio de 9,6. Gracias a su gran desempeño,  fue becado para el entrenamiento de la NASA para ser astronauta.

Tiempo después, empiezan sus pruebas, y luego, la misión a la luna. Él estaba muy feliz, y comenzó los entrenamientos más complejos, pero fue sorteándolos con una gran destreza.

Finalmente, logra viajar a la luna en un transbordados en una misión que dura unos meses. Al llegar al suelo lunar, clava su bandera y con un cincel y un martillo, rompe un poco de suelo y lo guarda en una bolsita, para su amada.

Al regresar, triunfante de la misión, se dirige a su casa, y no encuentra más que un taxi en la puerta, y ella yéndose con las valijas. Él, sorprendido, deja caer su mochila al piso y la agarra del brazo, mientras le pregunta “¿¡Qué estás haciendo!?” —”Me voy, conocí a otra persona…”— “Pero, ¿por qué?”, ella hizo una pausa, suspiró, y le dijo “Es que nunca tenías tiempo para mí…”.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.


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Cuando todo explote, por Pablo Cristín

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Por la ventana, del lado de afuera, me miraba fijamente un hombre vestido de gris, sin expresión. Me acerqué a la ventana despacio, y sin moverse, permaneció allí algunos minutos. Sonaba el teléfono, la televisión se prendía y se apagaba sin mostrar imágenes, el microondas se prendió, la heladera se apagó y el timbre sonaba de forma entrecortada mientras miraba a los ojos al extraño hombre parado bajo la lluvia en mi jardín.

Sus pupilas se dilataban mientras, estático, miraba al cristal sin ver del otro lado, y yo, acercándome, mirando hacia el otro lado sin ver el cristal. No sentía miedo, pero tenía una curiosidad inocultable, mientras avanzaba ya casi llegando al vidrio de la ventana con una de mis manos. El hombre parpadeó una vez, las luces se cortaron por un instante. Volvió a parpadear, el televisor empezó a mostrar manchas en blanco y negro que parecían aceite y agua.

Finalmente, el hombre cerró los ojos bruscamente al mismo tiempo que mi mano tocó el vidrio. El microondas explotó, dejando una estela de chispas que caía al piso junto con el cable, que aún conectado, se mezcló con el charco que dejó la heladera al apagarse.

Recuerdo una explosión.

Ahora llovía, y yo estaba atrás del vidrio, sin parpadear, mirando para adentro y deseando que alguien toque el vidrio nuevamente.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.


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Testimonios de agosto (Little boy), por Oscar Ortega Arizpe

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Mark despertó, le era difícil recordar quién era, lo que alguna vez había sido y ahora no podía darse el lujo de pensar en lo que podía llegar a ser. La mente pone muchas trampas, sabes.

Mark se levantó, se miró en el espejo y con un extraño mariposeo en el estómago sintió como todo lo que creía, defendía y promulgaba estaba por romperse, es esa delgada línea entre la fe, la esperanza y la desilusión; siendo la desilusión lo que había predominado por los últimos años, el tiempo pasa lento, el problema de esto es que nunca se detiene, no hay momentos para respiros ni para reestructuraciones, todo se basa en decisiones; cometiste un error… No hay vuelta atrás, hay que solucionarlo o simplemente perecer y rendirse, podría decirse que esta última frase resume la situación de Mark, la duda predominaba en su mente, ¿alguna vez has sentido que no hay nada más que la inercia sujetándote a subsistir?, ¿qué no hay sonido alguno a tu alrededor más que tu respiración y pulso agitados; tan agitados como un envase de soda a punto de explotar, como un volcán a punto de hacer erupción; donde predominan el temor y el llanto ahogado por un nudo en la garganta como un revolver sin balas? Ante todo hay que sonreír para la foto, ver pasar los minutos, los días, los meses…

De repente Mark recordó aquello que lo ha mantenido aquí… Dime tú, ¿alguna vez has estado enamorado?, ¿alguna vez has dejado todo por ir en busca de una ilusión, de una aventura extraordinaria que va más allá de la compresión de terceros? …Mark sí, cinco años han pasado ya, aún recuerda como si fuera ayer el momento en que la viese por vez primera, nunca había visto nada más hermoso, ninguna otra cosa que pudiera competir con la belleza de la luna o el brillo del sol, era como esa luz que vez al final del túnel, su sonrisa asemejaba la de un ángel, uno que danzaba al ritmo de las melodías de Johan Sebastián Bach, su cuerpo era envuelto y adornado por un elegante y sutil vestido color beige, sus manos cubiertas por unos guantes de seda blancos y en su cabeza había un sombrero muy llamativo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Mark, todo dejó de importarle a éste, es uno de esos instantes en la vida en los que comprendemos lo que es estar vivo y lo que esto implica; lamentablemente y para su desgracia, el sentimiento fue demasiado efímero, demasiado rápido, intentó seguirla, pero su silueta se había perdido en el tiempo y espacio, de un momento a otro lo único que le quedaba de ella era un recuerdo… No más, sólo un vago y fugaz recuerdo que podría llegar a confundirse con una invención, ya no importaba pues la vida siguió su curso, todos son más viejos y están cansados en medio de una rutina indeseable para cualquiera, él voltea a su alrededor y todo parece ser lo mismo, un deja vú del día anterior, un andar en círculos interminable y doloroso, los días son difíciles para todos, ¿qué pasa con el mundo?, ¿cómo llegamos a esto?, todo es acerca del poder, todo en medio de sangre, balas, desesperación…

¿Acaso que aquellos diez segundos en los que Mark pudo presenciar a esa bella mujer provocadora de aquel amor platónico y lejano, serían los únicos instantes en los que lograría sentirse en un nivel de alegría supremo? Nadie puede contestar a tanta incertidumbre y realmente da lo mismo, pues de antemano sabemos que para mejorar, es necesario probar cosas nuevas, improvisar, correr riesgos… vivir; algo que pinta sumamente complicado en este ambiente de hostilidad y desesperanza.

Sin embargo, esta mañana Mark lo ha decido, ha comenzado a sentir un extraño aire optimista que inunda su ser y lo impulsa a dar un paseo, apenas si pasan de las 8:00am, el clima es perfecto, puede sentir cómo la briza se encaja en cada poro de su piel, observa el paisaje de su alrededor, sin duda extraña su hogar, no obstante ha comenzado a encariñarse con este pueblo a pesar de que todo es pequeño, la gente es tímida y transpira miedo, lo sé, suena raro pero poco a poco Mark ha comenzado a desarrollar un sentido de pertenencia ahora que la patria y los sueños no importan más, levanta su cabeza, no puede creer lo que sus ojos ven; ¿acaso es una ilusión?, ¿será el inicio de su locura y pérdida de la razón? Podría jurar que ella está parada ahí, en medio de toda esa gente que no conoce y nunca ha visto, su porte es el mismo que recuerda, su piel emana elegancia y clase, su sonrisa opaca la de cualquiera y su mirada implora un saludo… Parece que lo ha reconocido, el lenguaje corporal de ella indica que Mark debería acercarse por lo que finalmente decide hacerlo, se ha parado en frente de ella y le ha dicho hola; ella sólo ha sonreído, mientras toma su mano le ha contestado : —Ha pasado tanto tiempo…Parece que al fin nos encontramos.— Mark no puede creerlo, en un arrebato de emociones, una lágrima traicionera cruza por su mejilla, se siente pleno, realizado, todo ha valido la pena, con su guante de seda ella limpia la lágrima mientras ambos se sumergen en un largo abrazo.

Mark quisiera capturar este momento para toda la eternidad, hacer un complot contra el tiempo y congelarse, fundirse en ese instante… ¡Espera!… No puedo verlos más, lo único que veo es luz, un brillo despampanante ciega a todos donde instantes de silencio absoluto son arrebatados por un zumbido ensordecedor, todo es humo, todo es confusión, nadie comprende que ocurre… Ya pude verlos, siguen abrazados, ambos se refugian en los brazos del otro mientras todo se derrumba al sonido del ¡boom!, en medio del ruido y confusión Mark logra decirle entre dientes: —“Te he encontrado, finalmente te he encontrado”.— Ella sólo sonríe… ¡La fuerza del viento es tan fuerte!, humo… Olor a pólvora, esta vez el revólver tiene balas, esta vez el volcán ha hecho erupción… Todo se desintegra, todo es polvo… Ya no hay nada… El pueblo de Hiroshima nunca había brillado tanto como hoy, recuerda bien este día, pues hoy; 6 de agosto de 1945, Mark ha encontrado a su amada.

No ha quedado nada más que polvo y cenizas… Little boy se lo ha llevado todo…

 

 

 

Oscar Alejandro Ortega Arizpe. Licenciado en mercadotecnia.
Nacido en Zitácuaro Michoacán, actualmente radica en Aguascalientes. Compositor y guitarrista, pertenece a Grupo Zunzet  (www.facebook.com/zunzetags)


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Está en la azotea… por Adalberto Ortega Flores

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Estoy casado con una mujer, bonita, dinámica, inteligente y admirablemente incansable. Parece un soldado de uniforme rosa.  Ella tiene 2 perros y yo dos gatos. Al casarnos tuvimos tres hijos por lo que   necesitábamos mucho espacio. Mis padres nos prestaron una amplia casa, que tenían algo abandonada. En agradecimiento nosotros la restauramos, les ahorramos el gasto de velador y los servicios. Aunque faltan arreglos por hacer: con 2 jardines llenos de flores, 2 cubos de luz, la casa va recuperado mucha vida, hasta los perros tienen un espacio techado, y los gatos conviven con nosotros en el interior de la casa y jardín trasero donde hasta hay un cuartito de servicio. 

La casa es relativamente nueva, pero fue construida sobre una antigua huerta que existía más allá de la fundación del pueblo. Dicen que en esa huerta había una noria, que conforme la cantidad de habitantes fue aumentando, fue necesario hacerla más profunda. Al final se convirtió en un ancho pozo con una escalera de tierra corría en espiral hasta llegar al fondo.  Según mi papá, fue tan profunda que al arrojar el cubo, si sacabas todo es sedimento posible, podías encontrar pequeños pececillos regordetes y ciegos, que en el lugar de los ojos tenían unos callitos. Yo creo que esos peces venían de lugares más profundos y oscuros donde los ojos no sirven de nada. El pozo debió alcanzar una cueva o algo así.

Dicen que una vez un niño bajo a tomar agua, pero nunca salió. Simplemente se sumió y desapareció.

Pasó el tiempo, y con la modernidad, la huerta desapareció, llegaron las tuberías, la noria se tapó, y mi papá compró parte del terreno donde construyó su casa. Creo que la noria debería estar en parte, bajo el cuarto de servicio y en parte en los jardines de los vecinos.

Una noche, cuando mis bebés, Claudia y yo ya dormíamos, los ladridos de los perros me despertaron. Claudia estaba exhausta, por lo que el sonido no surtía efecto. Al mismo tiempo los gatos llegaron a la puerta del cuarto, y empezaron a maullar tímidamente, casi de inmediato, ladridos y maullidos se hicieron fuertes e histéricos; primero uno y luego los dos gatos iniciaron a rascar la puerta, con ansia por atravesarla. Así que tratando de que la familia conservara el sueño, me dispuse con enfado a poner en orden a las mascotas. No había llegado a la puerta cuando me di cuenta que los perros ladraban en dirección al jardín que compartía el cuarto de servicio y la recámara donde estábamos. La reja los detenía de destrozar lo que ahí hubiera.  Entonces Claudia aun dormida, empezó a vocalizar sonidos sin sentido: aeah eah iah! ¡ih! Aeh eahh! ieaeaeaaaiehhh!

Mis pasos cambiaron en dirección a ella, le tomé sus manos y le dije: tranquila, es un sueño, estoy aquí contigo. Ella me contestó sin despertar y con mucho sentimiento: ¡Está en la azotea del cuarto de servicio, tengo que espantarlo!  Sentí como hasta el más escondido de mis vellos se erizó, mientras la sorpresa y las dudas invadían mi cabeza, desplazando cualquier signo de sueño.

Un gato se arrojó a la puerta de la habitación abriéndola. Los ojos de ambos felinos destellaron en la oscuridad al hacer una breve pausa para identificar su camino. La gata con un maullido terrorífico se arrojó contra el oxidado mosquitero, atravesándolo. El gato la seguía bufando cual grito de guerra. Sus ojos brillaban aun más al mirarme mientras trepaban por la buganvilia que descansa sobre el cuarto de servicio. Claudia, aún dormida, vocalizaba más fuerte ¡¡¡EIAEIEIEIEIAIEAhh!!! Sólo pude apretar su mano y tratar de ponerme al frente de las cunas de los niños. Luego una escaramuza, y ¡el grito de un tercero! breve, seco, al parecer de un infante. Luego pasos cortos en tropel, bajaban  una escalera… ¡¿más abajo del cuarto de servicio de 1 solo nivel!? Un último salto y los ecos de un objeto que… ¿chapoteó en el agua? …

Los gatos regresaron a la habitación, atravesando el mosquitero roto, de un salto gracioso envuelto en una nube de pelos. Se echaron frente a las cunas cual guardianes agitados. .

Los perros callaron, cerré el cristal de la ventana, y me dispuse a dormir tratando de no pensar…  A la mañana siguiente, durante el desayuno le pregunte a mi esposa: ¿Qué soñabas anoche? A lo que me respondió algo irónica y divertida: “jejeje… soñé con un niño como de 10 años que se quería meter por la azotea. Yo le gritaba cosas para espantarlo, porque yo decía que era un diablo que quería robarse a los niños a un pozo que iba a una caverna, jaja, ¿tú crees? ¡Qué loco! Jajaja.

Me equivoqué, mi esposa no es un soldado rosa… es un maldito batallón que está listo aun cuando ella duerme.

 

 

Adalberto Ortega Flores es licenciado en Administración y Negocios Internacionales por la Universidad Bonaterra. Nacido y radicado en Aguascalientes, actualmente  Sales Execution coordinator para Hapag Lloyd Ags. Ex Profesor para las áreas económico-administrativas de UVM, Concordia e Itesm.


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Hitman, por Óscar Cruz

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Para hacer esta clase de trabajo se necesita, ciertamente, un corazón con tendencia a la ansiedad. Me explico: Un corazón ansioso provee de una mente despierta, actitud siempre alerta y un temperamento decidido. Me complace afirmar, con la mayor humildad que me es posible, que yo ostento tales características; particularidades necesarias para desempeñar el trabajo para el cual he sido designado. Algunos lo llamarían un don, un regalo, supongo que en alguna forma dios tiene manera de otorgar una gracia diferente a cada individuo, ya es trabajo de uno el descubrirla y darle uso. En ese aspecto creo tuve suerte ya que di con la mía hace mucho tiempo, siendo un muchacho apenas.

Cuando descubrí mi capacidad para esta clase de enfrentamientos no imaginé que llegaría a tener una carrera profesional con cierta fama, la suficiente para vivir con comodidad, pero no tanta como para brillar y llamar la atención externa. La mayoría de la veces mi capacidad es percibida más que nada por los expertos en la materia, ese grupo de especialistas que sabe que los talentos como yo son cada vez más escasos en este medio, que los últimos años,  ha sido  inundado por un grupo de advenedizos sin escrúpulos ni pasión, una partida de mercenarios sólo en búsqueda del dinero.  Debo confesar que en realidad me agrada no ser tan notado, creo firmemente que eso me ha llevado a ser más eficaz en mis ejecuciones. No es malo pasar desapercibido en el supermercado o en el lavado de autos. Es en extremo agradable saber que puedes hacer cualquier cosa sin la preocupación de ser enjuiciado por personas que no tienen la mínima idea de la presión a la que te sometes cada vez que sales a hacer lo tuyo.

A pesar de que actualmente me siento seguro de mi vocación, debo confesar que he tenido dudas sobre mi capacidad para este trabajo, sobre todo cuando era joven y mi especial talento fue notado por aquel viejo colombiano que tenia por vecino. Aquel hombre se convirtió en un mentor para mí, una especie desensei que no sólo se limitó a enseñarme los trucos de la profesión sino que además, me encauzó en el camino correcto cuando, aún en mi adolescencia, las dudas comenzaron a recorre mi cabeza y la idea de optar por una carrera militar era cada vez más frecuente en mis pensamientos; en aquel momento creía que esta forma de ser mía, parca y solitaria, haría de mi un excelente miembro de las fuerzas armadas. Durante esos atribulados años estaba convencido de que alguien como yo podía, fácilmente,  ocupar la posición de francotirador ya que además de este anhelo mío de pasar desapercibido, dentro de mi alma podía sentir  una fuerte frialdad y determinación extrema para cumplir con mis objetivos más cercanos  además de poseer una paciencia sólo comparable a la del venerable Matusalén. El colombiano sabía de mis tribulaciones juveniles y con la sabiduría propia de los mentores, me convenció de que había una mejor manera de servir a la personas y de alguna u otra forma lograr el bienestar de estas.  Lo explicó muchas veces y en un par de ocasiones, aunque ya retirado de la profesión, me hizo un par de demostraciones de su poder y capacidad. Al verlo en plena faena y ver su rostro de satisfacción después de haber terminado el trabajo supe que deseaba sentir lo mismo que aquel veterano. Al externárselo, sonrió con beneplácito: “Estás listo. Ahora lo sabes. Este trabajo es sólo para aquellos que tienen la seguridad y la certeza de sus actos. Este trabajo es sólo para los que piensan, los que se atreven, los que lo hacen y los que eventualmente tienen éxito”.

Han pasado muchos años de eso. Todavía ahora, al salir a ejecutar pienso en el viejo colombiano que me heredó su pasión. No importa el lugar donde me encuentre parado, porque siempre, antes de realizar el primer tiro mi primer pensamiento es para él. Mi mentor.  Así que heme aquí de nuevo, esperando por la señal que me indique que debo iniciar mi movimiento y terminar con este nuevo tipo de una vez por todas. El primer tiro siempre es el más difícil, es cuando debes mantener tu control y balance  no permitiendo que el chicoteo en el brazo sea tan intenso porque si eso pasa, recuperar el control será difícil y tus oportunidades no son muchas, no al menos para mí que sólo cuento con doce. Afortunadamente eso casi nunca me pasa. El colombiano me enseñó que con tres tiros deben bastar, no hay necesidad de desperdiciar munición porque ésta eventualmente se terminará y entonces es probable que no salgas vivo de la confrontación. “Con tres basta y sobra. Dos en medio y una arriba. No importa el orden mientras esa sea la posición de las tres”.

Cuando el tipo me ve venir sabe más o menos lo que le espera, sé que lo ve en mi mirada. Con el primer tiro se pregunta, ingenuamente, si la cosa va en serio. Para él, habrán pasado varios segundos entre cada disparo, para mí tan sólo unos instantes. Con el segundo le queda claro que sus opciones de salir limpio de esta situación son escasas. Entonces viene el tercer tiro,  en esta parte inevitablemente el tiempo parece detenerse y hasta juraría que veo la trayectoria del proyectil cortar el aire poco a poco. Este es el instante que más disfrutó. Cuando ese ingenuo que tengo frente a mí le queda claro el significado de quién soy y lo que represento. Soy Thecloser  Aquel que viene a ejecutar lo que otros han iniciado, un hombre que enfrenta los retos como si fuera su último día y que siente la victoria cada vez que se retira de la escena dejando tras de sí un cuerpo más mordiendo el polvo. Todo termina. El swing es prolongado pero mi slider lo evita con clase depositándose suavemente en el guante del cátcher apenas abajo para colocarse en los límites de la zona de strike, como dictan los cánones. Un tiro maravilloso, una victoria más. El estadio se cae a pedazos y mientras me alejo del montículo, el hombre del hit todavía no alcanza a entender qué fue lo que sucedió.

 

Óscar Cruz es de México D.F. y tiene 37 años de edad. Ganó el concurso de Cuento Policíaco y Género Negro del IPAX y el Instituto para la cultura y las artes de Xalapa en Veracruz en 2007 con el texto “Vania Rincón”. Conduce el programa de radio “Las Crónicas de Pony Blanco” y desde hace diez años se desempeña como narrador oral en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Su email: burn_in_the_spotlight@hotmail.com


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Aguanieve, por Pablo Cristín

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Las nubes enviaban sus tropas a lanzarse desde lo más oscuro del cielo. Luego de la señal del relámpago, las gotas prepararon su ataque, inflándose y tomando coraje.

El trueno era la campanada esperada para saltar a la nada. Fue entonces cuando un millar de gotas iracundas, caían del cielo para cumplir su misión kamikaze, cayendo con una irreversible fuerza que las hacía sentir de acero. Confiadas por su impecable caída a gran velocidad, empujadas por la gravedad misma, buscaban destruir todo lo que tocaran en su caer.

Al impactar, fueron muriendo de a una, en breves explosiones que lograban apenas a mover el pétalo de una flor. Juntas, habían logrado crear algunos charcos, regar pequeñas macetas y hasta mojar el caparazón de una tortuga hasta volverlo más oscuro.

Esta vez había sido en vano. No contaban con que el planeta era más duro de lo que creían.

Pero la lluvia, pronto tendría su revancha…

 

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.


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Facebook, por Nina Femat

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Un buen día, sin previo aviso, desapareció Facebook. Todos creímos que se trataba de un virus, o de la fabulosa broma de unos hackers rusos; el caso es que todos los intentos por reactivar el sitio fueron inútiles. Varias semanas después, Mark Zuckerberg fue encontrado muerto en su bañera; los médicos mencionaron ciertos problemas cardiacos… Pasó el tiempo; nuevas redes sociales comenzaron a aparecer como hongos por todo internet, pero eran abandonas casi de inmediato por los escasos usuarios entusiastas. Algunos regresamos a los viejos placeres, el romance, la lectura, las largas caminatas por los parques; otros se hicieron drogadictos o se metieron en sectas extrañas, no fueron pocos los suicidios. Para fin de año, Facebook se había olvidado como se olvida un sueño. Lo que sólo yo sé, es que Facebook sigue funcionando pleno y resplandeciente… cientos de miles de mensajes se publican por segundo, se etiquetan fotos, aparecen corazones y besos en los muros, se ganan guerras de mafias y crecen las granjitas. Libre de pcs, macs y demás tecnologías obsoletas, Facebook seguirá funcionando millones de años después de que desaparezcan los últimos hombres.

 

A Nina Femat le gusta el mar, las calles vacías, la música a todo volumen, las películas de terror y los libros de Agatha Christie. Originaria de Orizaba, Veracruz, aunque después de una decepción amorosa huyó a la ciudad de Aguascalientes donde estudió diseño gráfico y algunos talleres literarios en el centro cultural “los Arquitos”. Sus cuentos han sido publicados en las revistas Zarabanda, Axolotl, Fuera del hoyo y en el periódico Sol del Centro. Se pueden leer más historias de ella en Antología Virtual de Minificción Mexicana


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La traición, por Pablo Cristín

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Sintió como de repente su garganta se volvía cálida en un relámpago y tiró el vaso por el aire. Sus ojos se empezaron a abrir súbitamente y sus pupilas se dilataron, al mismo tiempo que su pelo se movía lentamente al ritmo de las aletas del ventilador que giraba ahora en cámara lenta, en una muy leve sincronía con el aire que también rozaba su cara. Sus pulmones se vaciaron de aire y su garganta era un infierno. Antes de poder abrir la boca por completo, una gota de sudor frío y salado contorneó la silueta de su cara que se había decolorado al mismo tiempo que sus ojos se abrían, pasando a la altura de la nariz, mientras una de sus manos aún tenía la forma del vaso, pero vacía, como extrañándolo, y la otra apoyada en la mesa sin tener conciencia realmente de lo que pasaba en el resto del cuerpo. Los pulmones se llenaron de aire en un latigazo de viento, como si se hubiera tragado un huracán entero, y pudo ver entonces una sonrisa involuntaria que se dejaba marcar sigilosamente en los labios de su compañero.

Sus cuerdas vocales no tuvieron tiempo para reaccionar, y cuando terminó de abrir los ojos y sus pupilas llegaron a su tamaño más ínfimo, al fin dejó pasar la última gota de aire por su garganta, ya seca, justo antes de que el vaso se estrellara en el piso, creando una vorágine de finos cristales en el aire.

En esa última milésima de segundo, supo que no debió haber tomado de ese vaso, en esa mesa, con esa persona, en esa casa, esa misma noche.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.