El Cafecito


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Todo sigue igual, por Adán Echeverría

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Todos en el reino sabían de la furia del dragón, de su trapacería y su violencia, de los destrozos que ocasionaba en las poblaciones. Familias que habían perdido a sus hijas guardaban el rostro en habitaciones oscuras. Esas mujercitas recién doradas por el sol, que aun sonreían a los amaneceres e inundaban con su poderoso aroma las noches.

Eran esos aromas los que hacían que el dragón dejara su cueva, alargará al viento el hocico para dejarse inundar por las agrias gotas hasta enloquecer. Rabioso, con los ojos inundados de odio, el dragón bajaba a la comarca y no cedía a los intentos de hombres y mujeres para detenerlo. Llegaba hasta su presa y se la llevaba para adorarla en ese ritual que todas las veces resultaba en locura y en una muerte dolorosa y despiadada. El dragón era brutal y carnicero, vivía furioso odiando la luz del sol, la humanidad. Un animal poderoso en la violencia que gozaba la dócil luz de las mujercillas en ciernes.

La princesa junto con toda su familia lo supo. Ella despuntaba apenas el alba de su vida y escuchaba con atención las historias y las quejas de los padres devastados y su sufrimiento. Supo de las decenas de mujeres desaparecidas.

Y sucedió que una noche calurosa, la princesa decidió peinar su larga cabellera negra en el balcón del castillo. El aroma que surgía de su lustroso vientre giró en el aire inundándolo todo y expandiéndose hasta la cueva del maldito dragón

Batiendo sus endurecidas alas, el dragón se dejó guiar hasta su presa. La princesa no tuvo miedo. Contra todo propósito de cordura, se sintió admirada por la poderosa bestia que resoplaba frente a ella. No gritó, acercó la mano decidida para tocarlo. Algo de magia tuvo que haber en esa historia.

La princesa decidió subir al cuello que el dragón le ofreciera, y fueron los viajes tan elevados, y el placer tan desbordante, que al rozar su dorada piel contra la escamosa y ríspida piel del animal la dicha corrió desenfrenada por cada una de sus células.

Quiero vivir contigo.

No sabes lo que dices. El mundo me odia y yo lo desprecio.

Quiero vivir contigo toda la vida. ¿Por qué has venido a mí si no para tenerme?

Para tenerte como he tenido siempre lo que quiero.

Y la decidida princesa no quiso ceder ante la furia del animal enceguecido por el odio.

Esa noche en la cueva, la princesa permaneció muy unida, y cobijada bajo las alas del dragón; la bestia, a cada beso fue recuperando la humanidad escondida que habitaba entre sus escamas.

La princesa miró al hombre desvalido. Algo extraño brillaba en el fondo de sus pupilas, quizá fuera algo parecido al amor.

Nada he de dar, princesa, has llegado en una época en que ya nada puedo dar. Mañana, con el sol, volveré a ser dragón.

Y yo viviré los días escondida en una cueva cercana, para venir a ti todas las noches.

El tiempo cruzó dos años sobre la tierra. Una niña con un brillo de luna nació.

Las heridas de la princesa eran profundas para ese entonces. El daño estaba hecho, y el dragón enloquecía todos los días, peleando con otros monstruos, quemando poblaciones, odiándolo todo.

Cuando esa noche el dragón comenzó a transformarse en hombre, la princesa tenía en brazos a la niña, y lo miraba entristecida.

Tengo que marcharme, y eso me despedaza el alma.

Nada haré por detenerte, lo sabes.

Estoy a punto de morir a tu lado, y nuestra hija merece una oportunidad, sabes que tengo que dársela.

La princesa caminó esas oscuridades a través de muchos kilómetros de bosques, atravesando la desolación. La madrugada se presentó. Los gruñidos de la bestia eran espantosos. La princesa corrió a una cueva detrás de una arboleda a esconderse. El dragón cruzó encima de ellas, furioso. A los oídos de la princesa solo llegaban los aullidos de dolor de los pobladores. El dragón los había asesinado a todos, pero el dolor permanecía en su garganta, hiriendo cada vez más profundo. En la cueva, la princesa cantaba una hermosa canción de cuna. La nena sonreía, y una luz intensa iluminaba alrededor.

 

 

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011).


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Péndulo, por Adán Echeverría

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El grito de Leticia permanece en la garganta creciendo en espirales sobre el cadáver que cuelga del travesaño. Se ha animado a retirar el cabello del rostro, y al hacerlo, le sobresalta el movimiento estentóreo que aún recorre las piernas, y ese ronquido apenas audible del ahorcado.

El cuerpo pesa. Por más que hace para descolgarlo no lo consigue. A qué correr a la calle y asustar a los vecinos. Él ahí colgado, estático en el tiempo, y ella sentada en el rincón mirando el vaivén del cuerpo que pende de la soga. Y es que era insoportable la búsqueda de abandono a que su esposo se dedicaba.

Leticia intentando escapar de la cotidianeidad recalcitrante y ajena. Los sueños pretéritos de esa historia que juntos decidieron ir construyendo, sepultando el dolor en ambos pechos, las traiciones, quizá nunca consumadas en lo físico pero si dentro, en el sentimiento, en la memoria, en la mente. Pusieron barreras infranqueables. Las palabras hiriendo los cuerpos hasta adentrarse como saetas envenenadas que ya no tendrían oportunidad de sanar la lepra que habían inoculado.

Todo fue transportado a la rutina de las últimas semanas: un rostro de ira que giraba por la noche dentro de la casa, de una habitación a otra, persiguiéndola. Leticia tratando de sonreír y abandonar la angustia en su hogar, que se paseaba por los rincones y las sábanas. No había sitio para esconderse, no quedaba espacio para la ternura y los recuerdos del noviazgo, todo se había consumido en el fuego de las pequeñas venganzas.

El mirar de ella hacia otros varones que reconocían en su maternidad a una mujer completa, y luego, al llegar la tarde, mientras sirve la cena, caer en el rostro siempre tenso de su esposo, esperando arreglar las cosas, recuperar lo que se ha perdido.

Leticia comenzó a ver a Edgar en casa de una tía, cerca del cementerio. Se las ingenió para estar con él los jueves, durante un año, por las prohibiciones de su padre que a tantos novios le había espantado.

La noche comenzó a mostrar sus frutos en los brazos de este hombre, y el placer creció tanto que decidieron transitar la eternidad con la presencia de un hijo para alimentar la vida. Tuvieron que casarse.

Construyeron un hogar más que cómodo, ante el escándalo de la pobreza del pueblo y sus ejidatarios. ¿Qué importaba más, si no la felicidad completa? Pero cuando el niño cumplió los siete años sucedió que Edgar no pudo asimilar la violenta muerte de su padre en una noche de pelea de gallos, y la tragedia se amarró a su cuello como un grillete de odio, y no quiso soltarle más, en cambio, apretaba, apretaba y el nudo era cada vez más fuerte.

Edgar se hundió en una depresión que lo ponía meditabundo. Nadie del pueblo podía hablarle sin recibir improperios de su parte. Su odio le causó las llagas que ostenta en los puños.

Podía vérsele gatear por el jardín de la casa devorando hormigas venenosas o subir al techo a dispararle a las iguanas que tomaban el sol sobre el muro. Los ojos en blanco se hacían una visión normal para su rostro, no poder controlar el vértigo de la mirada. Y el hablar solo, tan recurrente.

Solía llevar a su hijo al interior del cementerio, entre los dos se encargaban de mantener impecable la tumba del abuelo, la pintaban de colores, siempre adornada con rosas y flores de la región, recogían los recuerdos por medio de fotos, que luego, juntos iban pegando en la pared del cuarto del niño, como armando un rompecabezas a la muerte, una ofrenda a la memoria, con esa entrega vital que Edgar le iba enseñando.

Leticia cuenta que Edgar se pasaba las horas mirándola dormir. En ocasiones cuando ella despertaba para ir al baño, Edgar estaba desnudo en la ventana con la escopeta cargada, al acecho. Muchas veces ella lo cubrió con una colcha para esconderlo del frío amanecer, mientras aquél permanecía acurrucado en un sillón de la terraza con el arma caída a un costado.

Edgar dejó de hablarle a Leticia. La ausencia del abuelo había convertido la casa en un altar, y el insomnio fue tragándose la cordura de este hombre, antes acostumbrado a luchar, ahora solo luchaba contra ella, contra sus salidas a trabajar, sus llegadas tarde.

Se supo que Edgar decidió no separarse más de su hijo, rehuyendo la compañía de la esposa. Hasta se mudó al cuarto del niño, y ella los escuchaba durante las madrugadas hablando de temas intrascendentes: el color de los pájaros, la heladez del agua de los cenotes, de los eclipses que dejan caer la mitad de su luz sobre las hojas de los árboles, del sabor de la sangre de los venados, del olor de la pólvora húmeda durante la cacería, los recuerdos de una infancia que Edgar quería recrear en su hijo.

Leticia comenzó a sentirse sola en medio de su familia, ajena a esta historia que circulaba de los solares a la plaza, de la milpa al atrio de la iglesia. Todos pendientes de Edgar. Todos culpando a Leticia por la cordura de un hombre. Mujer hermosa, de carnes amplias acabó por inundar de celos la cabeza de Edgar, tan trabajador y dedicado, ahora lo miran desaliñado, con los ojos invadidos de tristezas, sumido en la pesadumbre, y ella siempre afuera: sólo Edgar se encarga de Adriancito.

Leticia estaba sola con el recuerdo de aquella piel de su marido que ya no se acostaba en su lecho, que se la pasaba por las mañanas acompañando al niño, y por las noches como un guardián que defendía la fortaleza de su honor. Vigilándola, asustándola, y poniendo a Adriancito en su contra. El niño crecía robando la pasión de sus años.

Aquel anhelo de una vida juntos se quedó escrita en el templo, la noche en que se consagró a Edgar, y ahora esas mismas fibras que tejieron su destino la asfixiaban, tenía que soltarse. ¿Cómo un ritual arcaico puede cambiar los ánimos? ¿Es acaso la muerte social una complicidad del matrimonio?

El cuerpo de su esposo aún se balanceaba. Trepando sobre un banco, Leticia logró cortar la soga y el bulto cayó. Aquella mirada, la boca manando sangre, la tráquea rota, y esa marca alrededor del cuello, amoratándole la piel. Algo decía entre labios: que ella era la culpable de dejar al niño sin padre. Que importaba, si había muerto. A fin de cuentas, sólo ella lo había visto. Si él hubiera querido ver la falta que le hacía en las noches, para abrazarla y sentirse protegida. ¿Porqué la culpaba si él había decidido largarse sin consultarlo con ella?

Conforme los días se agrietaban, el color de la mirada de su esposo fue adquiriendo tonalidades amarillas y rojas, negras de odio, palpitando en su cerebro, sobre los músculos de la cara, pero para el niño la sonrisa de siempre, intacta.

La casa se tapió de infierno con la desesperación de saberse vigilada, insomne a pesar de las pastillas, ignorada.

Edgar jugaba y se divertía con el niño, y cuando Leticia quería acercarse, el juego o la broma terminaban.

Leticia no pudo acostumbrarse a despertar con el sobresalto de ver a su marido en cuclillas sobre la cama, observándola: Soy capaz de cualquier cosa, le decía al oído mientras le tiraba del cabello.

Luego se levantaba y salía a la terraza, escopeta en mano, caminaba por el jardín, se arrodillaba sobre los hormigueros con la mirada perdida entre los helechos, dejaba que los hormigones hicieran una fila sobre su torso desnudo; subía a los techos, y se quedaba fijo, ahí, como una gárgola, dejando a Leticia con la garganta comprimida por el miedo.

Tal vez deba acabar con esta situación, le dijo en muchas ocasiones para rematar alguna riña, y se llevaba al niño, mientras ella se encerraba en el cuarto y el llanto la aventaba sobre las paredes de su prisión.

En la fiesta de cumpleaños de la madre de Leticia, se les vio bailar juntos sin despegar los cuerpos, y todos recordaron aquellos días de enamoramiento.

Leticia nunca estuvo dispuesta a rendirse, había decidido no dejar pasar los ardores de su piel, quería consagrarse de nuevo a su esposo: reconquistarlo. Si pudiera saber cómo lograrlo, si pudiera saber contra quién tenía que luchar. El recuerdo de su suegro, la marejada de celos, la rivalidad del niño.

Durante la fiesta, Edgar tenía la mirada penetrante de siempre para ella, mirada de ojos fijos; que se iba transformando mientras se deslizaba hasta el rostro de su crío.

Dijo que iba a la casa a darse un regaderazo. Abrazó a Adriancito hasta que el niño estalló en risa, y media hora más tarde Leticia lo encontró colgado de un madero.

Sus pies no tocaban el piso, y en la mirada el rencor se veía puro, disecado; colgaba del travesaño de la cocina, meciéndose ante los sueños inconclusos de su esposa; los ojos fijos en el vaivén, como un péndulo que con cada movimiento arranca la amargura del rostro de Leticia y destella en los instantes próximos de la muerte.

Ella siente enormes impulsos de correr atravesando el pueblo hasta perderse en las milpas. Ajena a todo y a todos. Sabe que tardará en acostumbrarse a los silencios que inundarán la casa.

Ahora teme por Adriancito. En los últimos días la mirada del niño se ha vuelto amarilla-roja, negra de odio. Quizá también le rehúya y guarde esa manía de ir al cementerio a visitar la tumba de su padre y platicar con él, como Edgar lo hacía con el abuelo. Acostumbrado a su trato con la muerte, la vida podría significar solo una lamentación, una sala de espera.

Tiene que evitarlo, por eso nadie debe encontrar el cadáver. Arrastra el cuerpo hasta el baño; lo desnuda pensando en qué lugar su esposo ha guardado los serruchos.

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011).


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La Habitación Oscura, por Fátima Ortega Chávez

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Despiertas agitado a mitad de la noche; tu corazón golpea fuertemente contra tu pecho como protesta de un sueño que no puedes recordar; sientes el sudor frío que recorre lentamente tu nuca haciéndote estremecer; levantas la mano para secar las gotas que se han formado en tu frente y abres y cierras la boca para poder humectar un poco tu seca garganta. Parpadeas un par de veces hasta que tus ojos se acostumbran a la oscuridad, notando como la luz de la luna da un tono azulado a tu habitación, notas que dejaste la puerta del pasillo abierta, y la luz de la luna ilumina la pared de enfrente con un brillo tétrico… quizás estabas tan cansado que no te molestaste en cerrarla.

Suspiras profundamente mientras estiras tus músculos y te acomodas para ponerte de pie y cerrarla; y es cuando te das cuenta de que se escuchan unos pasos pausados y pesados por el pasillo.

Tu corazón se comienza a agitar mientras intentas ponerte de pie y te das cuenta de que simplemente no puedes levantarte de la cama, agitas los brazos y las piernas tratando de ponerte de pie, pero tu cuerpo simplemente permanece donde está, escuchas cómo tu respiración comienza a agitarse y cómo tu corazón comienza a golpear con más y más fuerza.

Los pasos se acercan con un ritmo constante hasta que vez la silueta de alguien cruzando frente a la puerta; la luz mortecina golpea contra su ropa holgada y sus hombros delgados… notas que sus facciones son afiladas y el cabello le cae lacio por encima de las orejas, es un hombre que levanta la vista, no puedes ver sus ojos pero sabes que están fijos en ti por que sientes cómo tu cuerpo entero se estremece y duele donde posa esos ojos invisibles: el rostro, el cuello; el vientre y las piernas.

—¿Quién eres tú? —Intentas decir, pero las palabras se mueren en la garganta antes de llegar a la boca.

—¿Qué? —Intentas en vano al no escuchar tu propia voz; el pánico se apodera de ti como una fuerte llamarada. Te agitas en la cama escuchando cómo tus manos y tus pies golpean en colchón con fuerza, sintiendo cómo las sábanas se enredan en tus piernas y cada vez que intentas sentarte en la cama una fuerza invisible te azota una vez más contra el lecho.

Gritas en un vano intento de encontrar tu voz, pero sintiendo a la vez cómo ese grito mudo desgarra tu garganta hasta lastimarte.

El hombre ladea un poco la cabeza, estudiando cada uno de tus movimientos y sonríe… sabes que sonríe por que la luna ilumina sus dientes blancos, es una sonrisa burlona, cruel; como esa que hacen los niños al atrapar una mariposa y arrancarle las alas. Así, con la cabeza inclinada, camina hasta quedar al pie de tu cama y se toma su tiempo observándote, lleva la mano hacia tu lecho y retira las delgadas sábanas exponiéndote por completo frente a él; tu respiración es tan fuerte y tan superficial que te sorprende que sigas consiente y el ritmo de tu corazón es tan errático que temes sufrir un infarto… aunque viendo la mueca torcida de ese hombre te invade una necesidad de morir inmediatamente.
El tipo ríe… una risa tan oscura y gutural que más bien parece el aullido lejano de un lobo solitario y es cuando dejas de luchar, tu cuerpo entero se paraliza al darte cuenta de que ese hombre es el cazador y tú eres la presa… SU presa.

Ese individuo comienza a caminar rodeando la cama por el estrecho espacio que queda a la izquierda de esta, con la mano acariciando el colchón pero cerca de la piel expuesta de tus pies, tan cerca que puedes sentir el frío de su piel robándote el calor de tu cuerpo. Un escalofrío te recorre mientras encojes las piernas por instinto, el hombre vuelve a reír mientras cruza frente a la ventana.

Las delgadas cortinas ondean cuando el intruso pasa junto a ellas, abriéndose lo suficiente como para que la luz de la luna ilumine sus rasgos: nariz delgada, labios delicados; nada fuera de lo común a excepción de sus ojos… Unos ojos tan extrañamente azules que parecen brillar como la luna misma, con unas pupilas que se afilan al contacto de la tenue luz… como los ojos de un gato. El hombre vuelve a sonreír mostrando unos dientes afilados como los de una bestia salvaje; te estremeces mientras una nueva ola de pánico recorre tu ser, intentas alejarte de él pero solo consigues hacerte ovillo, tomas una posición fetal sin dejar de verlo a los ojos; ahora que ha pasado por la ventana vuelve a ser tan oscuro como un agujero negro, pero sabes que te sigue observando, sabes que sigue viendo tu rostro y que su mirada baja a tu cuello por que sientes unas manos invisibles apretarte contra la delgada almohada.

El intruso se inca al lado de tu cama a unos escasos centímetros de tu rostro; sientes su respiración gélida contra la piel de tu mejilla y hueles su aliento… humo y cenizas. Estas paralizado otra vez, como un conejo frente a los faros de un coche, como un ratoncillo frente a un gato; él levanta la mano y tu mirada se dirige inmediatamente hacia ella, notas las afiladas uñas que se acercan a tu rostro, te encoges pero no puedes dejar de mirar; él ríe contra tu oído desencadenando un escalofrío más que viaja hasta la punta de sus pies.

Su mano se pasea sin tocarte dejando un rastro helado por tu cuello, por tu pecho que sube y baja rápidamente, por tu vientre, por tus piernas… finalmente se posa violentamente sobre tu rodilla y con una fuerza impresionante te obliga a girar tu cuerpo hacia él.

Y es cuando sientes que esa fuerza invisible te suelta y por fin eres dueño de tu cuerpo otra vez.

Tu mano derecha se vuelve un puño, preparado para golpear en el rostro a ese sujeto; ya no queda miedo mientras giras en la cama y levantas la mano, listo para defender tu vida hasta las últimas consecuencias… Pero no hay nadie arrodillado al lado de tu cama…

Extiendes la mano para encender la lámpara de noche y te pones de pie bruscamente, buscando al intruso… pero no hay nadie más en la habitación.

La puerta que da al pasillo está cerrada como siempre y no se escucha ningún ruido alrededor.

Te sientas colocando la cara entre ambas manos, sintiendo el frescor de tus manos frías y del sudor que aún recorre tu cuerpo. Tocas tu pecho en un torpe intento de tranquilizar tu corazón y tomas tres respiraciones profundas.

Sientes arder la piel de tu rodilla izquierda, ahí donde el sujeto colocó su mano. Tu corazón vuelve a latir locamente mientras levantas poco a poco la tela del viejo pantalón que utilizas como pijama… y el deseo de morir aparece una vez más. Ahí, justo donde el hombre colocó su mano y justo donde sus alargadas uñas tocaron el musculo… hay tres rasguños que amenazan con comenzar a sangrar.

Fátima Ortega Chávez tiene 22 años y estudia Ingenieria Química. Le gusta el cosplay de anime y es campista y amante de la naturaleza.


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Guardaré el veneno de esta flor, por Adán Echeverría

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Dicen que si pasas largo tiempo en un punto de la avenida, puedes ver el cincuenta por ciento de los automóviles que hay en la ciudad. Kandaré tenía fijo los ojos en el monumento reluciente de un Justo Sierra que parecía irradiar bondad a todos los transeúntes. Las horas de ese día pasaban en el ruido de los carros. Las voces trepaban por los cables y le iban jalando de los bajos del pantalón, pero él las ignoraba. La flor en su mano era excelsa. Una flor azul que había sacado del mercurio líquido de su laboratorio justo cuando habló por el teléfono portátil con él.

Llegó puntual a la cita, y toda la tarde había visto el oleaje de los automóviles erosionar el pavimento. Kandaré había pasado de la ilusión a la desesperación, al enojo y a la irremediable tristeza. Octavio se acercó pasada la media noche. No había llamado por teléfono, y no quiso contestar para dar explicaciones. Tampoco tuvo el valor para acercarse antes e intentar el diálogo con Kandaré, que esperaba resuelto. Esperó hasta que la avenida estuvo desolada. El recuerdo de su esposa y sus hijas lo atormentaban. Al fin se detuvo frente a Kandaré, un Kandaré sentado en el banco, envejecido, con las telarañas de la tristeza amordazando voz y labios.

—No tiene caso engañarnos, no tengo el valor. —Y se retiró con lentitud.

Desde las cinco de la tarde, Kandaré había visto el carro de Octavio pasar por la avenida diversas ocasiones. Desde la primera vez que el carro se deslizó ante sus ojos sin detenerse, supo que el sueño no iba a cumplirse, y amordazó la sonrisa buscando en el recuerdo la salvación. Se había congelado como la flor azul en el mercurio, y la inmovilidad fue mayor que su amor. No sabía en verdad qué pensamientos aleteaban en su mente.

Octavio no se detuvo; pasaba y pasaba confundiéndose entre los cientos de automóviles, aprisa, siempre aprisa.

La noche parpadeaba su final. En la avenida, los rayos de un sol trasnochado comenzaban a levantarse entre las hojas de los árboles. Kandaré tenía la flor en la mano. Se levantó de pronto, dejó caer la flor al suelo y ésta se deshizo en miles de astillas de hielo. El amor es así, una flor detenida en el tiempo que siempre terminará por volverse polvo.

 

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011).


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El Parque, por Adalberto Ortega Flores

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Siempre pensé que el parque del trenecito, era un parque especial. Es fácil detenerse en el camino e invertir un segundo para adivinar sus formas. Al menos eso uno cree al principio.

La entrada al parque está marcada por una minúscula explanada de piso de piedras de pedernal bañada por el sol, donde convergen las sombreadas bocas de los caminos que llevan a sus intestinos. El visitante es recibido por un nutrido mazo vegetal, y por los aromas de hierbas variadas, que más que a especímenes de un jardín prediseñado, corresponden a la flora local. Frescas sombras de enormes arboles, devoran por los caminos que cobijan a grupos de niños, que con pies desnudos, zapatos rotos, patín, patineta o bicicleta, se persiguen por todos lados. Gritando, llamándose y riendo, en sus caras cubiertas de polvo y sudor, presumen sonrisas donde a veces faltan dientes. Por su puesto también asisten los deportistas y las jóvenes parejas, que como otros, buscan en las islas vegetales, un lugar secreto que proteja su intimidad… hasta que el movimiento de la hierba los delate…

Mi abuelita me platicaba que cuando el pueblo creció, se hizo necesario un espacio adecuado para el esparcimiento de los vecinos y sus hijos. Ella tuvo la oportunidad de participar en la configuración del parque, cuando el presidente municipal en turno, le pidió a mi abuelo, que ella fuera la primera dama. Pero esa es otra historia… La conclusión fue el parque actual. Su alberquita, áreas deportivas y de esparcimiento están coronados por las vías de un trenecito azul, que con un gran faro al frente, que va por el perímetro, pasando por diferentes casitas a modo de estaciones., arrojando una columna constante de vapor, producida por un motor reparado ya mil veces.

En este parque, si se observa con cuidado, se advierten cosas curiosas. Por ejemplo,  el pueblo tiene 70 años, yo tengo casi 40, pero los arboles siempre han sido igual de altos, bastante anchos y sólidos. ¿En qué momento crecieron? Si son previos al parque ¿cómo es que encajan tan bien las simétricas formas del diseño moderno? Otro detalle son las flores, el lugar está abarrotado de plantas de muchos tipos, pero nunca he visto una flor. Además las sombras de los árboles son tan densas, que separan admirablemente la los rayos del sol de la zona que protegen. Y su viento es tan fresco que es más bien frío…

Éstas y muchas otras curiosidades seguirían siendo preguntas en los recuerdos de mi infancia, hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, mientras jugaba arrojando piedras al viento para ver cual llegaba más alto, me pareció que una de ellas se detuvo en su camino. En un parpadeo estaba nuevamente en el suelo. Me di cuenta entonces, que el sol se me escapaba mientras jugaba. Estaba solo, todos se habían ido ya y seguramente estaban por cerrar la reja. El viento frio de la sombra de los arboles reclamaba el terreno que los rayos del sol abandonaban. Sería muy incómodo dormir ahí. Corrí hacia la entrada, brincando entre los jardines, adivinando donde pisaría pues ya no había luz suficiente.  Hice un pequeño alto para no caer y replantear ruta. Me encontré perdido. Solo reconocía a mi derecha la sombra de la estación del trenecito. Su foco aun estaba encendido y el vapor hacia una columna que anunciaba su uso reciente. Vi cierto movimiento de personas a su alrededor; qué buena suerte, pensé, aún quedaba una vuelta. Seguramente pararía a la entrada del parque para sacar esta última partida de visitantes. Había que darse prisa por que empezaba a moverse. Corrí como loco hacia él y de un brinco me trepé torpemente en el primer carro detrás de la máquina. Qué rico calorcito hace aquí arriba, me dije, mientras una voz familiar me llamó: “Te estábamos esperando”. Como buen chiquillo imprudente no puse más atención. Me acomodé contra las láminas del asiento y me puse a disfrutar el calor acumulado del sol de la tarde. Al fin que todos en el pueblo nos conocíamos.

El tren avanzó y ganó velocidad, todos los fierros brincaban y rechinaban, los pasajeros cuchicheaban y los niños gritaban con emoción; el silbato sonó tan familiar como siempre. Pero unos metros adelante, al pie de 2 árboles que parecían hacer las veces de pilares, nos sumimos en la tierra por un túnel que arrojaba un fulgor cobrizo, y  se abría tan rápido y tan grande, como mis ojos ante la sorpresa. Ahora sí ya me cargó el demonio, pensé mientras mi mano izquierda se aferraba al pasamanos del carrito y mi mano derecha buscaba sin éxito a mi compañero de asiento.

El corazón me latía al ritmo del tren y el calor del túnel me decía que me iba al infierno seguro por rezongarle a mi mamá. ¿Por qué no quise ir a las tortillas y limpiar mi cuarto? ¡¿Por qué?! Mi mente no quería ver que había alrededor, pero mis ojos buscaban curiosos todo lo que había fuera del carro. Vi que las raíces de los árboles del parque, eran ahora extravagantes pilares retorcidos de una bóveda subterránea que se extendía hasta donde me alcanzaba la vista y tan alta como el alto de los arboles de la alameda. El aroma a pan recién horneado, dulce y suave, inundaba el lugar y me obligo a sacar la cabeza del transporte, pues no había comido desde el desayuno. Pude ver que la bóveda albergaba una réplica invertida del pueblo. Aquellas flores que no habían brotado en el parque, ¡estaban aquí! colgando del techo, apiladas tantas como todas las que no habían brotado en todos los años que en ese parque tenia de existir. Cada una de ellas, grandes o pequeñas, regaban una cálida luz naranja, que hacía que todo se viera iluminado como cuando el sol raya en el horizonte por las tardes…Cierta tranquilidad invadió mi confundida conciencia y el tren avanzaba.

Mi mano encontró la de mi compañero de asiento, la sentí algo fría, aguada y con las dimensiones de un adulto.  La sensación me hizo buscar su cara, sólo para encontrar un rostro desfigurado y descarnado. La tranquilidad recién encontrada se me escapó en un grito a todo pulmón mientras pensaba para mí mismo:  ¡Seguro es porque me gasté el cambio del mandado en las maquinitas, o el 8 que saqué en matemáticas! ¡Me van a tragar los muertos!

El tren se detuvo en el equivalente a una de las estaciones del parque, sólo que, la estación era la entrada del panteón.  Mi primer grito aún no terminaba cuando ya iniciaba otro, al unísono en que apretaba la mano de aquella aparición mientras quería hundirme entre las laminas del carrito. El espectro no podía hacer otra cosa más que reventarse una profunda carcajada. Carcajada que empecé a reconocer.

—¡Betillo! ¡Betillo! ¡Cálmate! ¡Cállate!, dijo el espectro, mientras otros más se caminaban al tren, y me miraban con sus órbitas vacías,  rostros desencajados pero muy divertidos. Aquel espectro me desenterró de las laminas del carrito y con sus enormes manos descarnadas me levanto en el aire mientras me resistía como gato acorralado.

—¡Soy yo, somos nosotros! Calma —me sacudía como el que quiere hacer que el otro vuelva en sí

—¡Eh! ¡Volteen todos! —gritó el espectro a todos esos seres—  ¡Es el Betillo! Vino a visitarnos!

Se volvió hacia a mí y me dijo con voz profunda, serena y segura:

—Tranquilo todo está bien. Nada te hará daño. Somos nosotros. ¡Ven a vernos! ¡Ven seguido! ¡Visítanos! ¡Nos da gusto vernos! Ven y platícanos, cuéntanos.

Entonces lo reconocí, ¡era él!, ¡éramos nosotros! ¡Todos estábamos ahí! La alegría que tienen los niños cuando el tío, primo, el amigo o el hermano que llega a hacer una visita ampliamente esperada, llenaba mi corazón. Nos abrazamos y como si no hubiera pasado nada, al abrir los ojos, me encontré repentinamente saliendo del parque, caminando rumbo a casa.

Adalberto Ortega Flores es licenciado en Administración y Negocios Internacionales por la Universidad Bonaterra. Nacido y radicado en Aguascalientes, actualmente  es Sales Execution coordinator para Hapag Lloyd Aguascalientes. Profesor intermitente en áreas económico-administrativas.


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Lunática, por Pablo Cristín

pablo

“Si me lo pidieras, iría a la luna y te traería un pedacito”, le dijo él a ella en un amanecer hermoso, después de la mejor noche de sus vidas, en el momento más mágico de la relación.

“Eso sería muy lindo, ¿harías eso por mí?”, le respondió ella, ilusionada.

“Claro que lo haría!” dijo él con firmeza. “Quiero un pedazo de luna”, le dijo a él mientras mantenía una sonrisa. Él la miró transpirando, y dijo que sí. Pasaron el resto de la mañana abrazados mirando cómo salía el sol.

Al día siguiente, él se inscribió en una Universidad para estudiar astronomía y física, para luego convertirse en astronauta. Se recibió en la mitad del tiempo estipulado para la carrera, con un promedio de 9,6. Gracias a su gran desempeño,  fue becado para el entrenamiento de la NASA para ser astronauta.

Tiempo después, empiezan sus pruebas, y luego, la misión a la luna. Él estaba muy feliz, y comenzó los entrenamientos más complejos, pero fue sorteándolos con una gran destreza.

Finalmente, logra viajar a la luna en un transbordados en una misión que dura unos meses. Al llegar al suelo lunar, clava su bandera y con un cincel y un martillo, rompe un poco de suelo y lo guarda en una bolsita, para su amada.

Al regresar, triunfante de la misión, se dirige a su casa, y no encuentra más que un taxi en la puerta, y ella yéndose con las valijas. Él, sorprendido, deja caer su mochila al piso y la agarra del brazo, mientras le pregunta “¿¡Qué estás haciendo!?” —”Me voy, conocí a otra persona…”— “Pero, ¿por qué?”, ella hizo una pausa, suspiró, y le dijo “Es que nunca tenías tiempo para mí…”.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.


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Cuando todo explote, por Pablo Cristín

explote
Por la ventana, del lado de afuera, me miraba fijamente un hombre vestido de gris, sin expresión. Me acerqué a la ventana despacio, y sin moverse, permaneció allí algunos minutos. Sonaba el teléfono, la televisión se prendía y se apagaba sin mostrar imágenes, el microondas se prendió, la heladera se apagó y el timbre sonaba de forma entrecortada mientras miraba a los ojos al extraño hombre parado bajo la lluvia en mi jardín.

Sus pupilas se dilataban mientras, estático, miraba al cristal sin ver del otro lado, y yo, acercándome, mirando hacia el otro lado sin ver el cristal. No sentía miedo, pero tenía una curiosidad inocultable, mientras avanzaba ya casi llegando al vidrio de la ventana con una de mis manos. El hombre parpadeó una vez, las luces se cortaron por un instante. Volvió a parpadear, el televisor empezó a mostrar manchas en blanco y negro que parecían aceite y agua.

Finalmente, el hombre cerró los ojos bruscamente al mismo tiempo que mi mano tocó el vidrio. El microondas explotó, dejando una estela de chispas que caía al piso junto con el cable, que aún conectado, se mezcló con el charco que dejó la heladera al apagarse.

Recuerdo una explosión.

Ahora llovía, y yo estaba atrás del vidrio, sin parpadear, mirando para adentro y deseando que alguien toque el vidrio nuevamente.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.