El Cafecito


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Microcuentos insólitos: La lección de Homero, por Luis Buero

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                       “Así, pues, me reprimo y ahogo la llamada seductora que brota del oscuro sollozo. Ay, ¿a quién podremos recurrir? No a los ángeles, ni tampoco a los hombres…y  la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume las mejillas…” RAINER MARIA RILKE

Cumpliendo la profecía de la Diosa Circe, Ulises y sus hombres empujaron nuevamente la galera al mar y se embarcaron, presurosos y felices. Perímedes y Creteo ajustaron los aparejos mientras el viento hinchaba las velas con tesón. Los otros marinos se sentaron en los bancos a escuchar la voz de Euríloco, que recordó los oráculos verídicos del tebano Tiresias.

Matías descendió del pequeño automóvil con la carpeta aferrada al pecho. “Si no fuera por Duilio, jamás haría esto” –pensó durante un segundo parado frente a la vieja fachada de la Imprenta Libutti. Un hombre rústico y algo sucio le preguntó qué deseaba y antes que Matías contestara le informó que hasta fin de mes solo trabajarían con facturación y formularios de balances. “No tengo un gran apuro” murmuró el muchacho con timidez, y aclaró: “soy escritor y vengo a pedir un presupuesto para publicar mis poemas”.

Entonces Ulises habló a sus compañeros: “nos esperan serios peligros, la Diosa Circe me ha prevenido que hay tres islas estériles al este de Minerva, que debemos evitar”. Todos se miraron sorprendidos, solo uno se aventuró a preguntar: “¿Por qué razón, noble Ulises?”.

“Mirá pibe, por una edición chica no te convienen nuestras máquinas, son antiguas, pero si vos querés te digo igual cuánto te sale hacer quinientos ejemplares…porque, si son de poemas, para qué vas a hacer más….”

“Si los designios de Neptuno nos llevan a ellas, nos toparemos con las irresistibles pérfidas del hombre” –insistió Ulises ante los desorientados marineros. Y agregó, para convencerlos: “habitan ese diminutos golfo tres sirenas, entre ellas la temible Telxiepia”. Pelías lo interrumpió, excitado: “¿Serán mitad mujer, mitad pez, como reza el mito, esas mágicas cortesanas?”. “Y de ser así –se animó otro- ¿por qué han de embelesarnos?”

El encargado condujo al joven por un sombrío pasillo hasta un gran salón en el que varias dactilógrafas escribían apresuradamente. “Estas son mis diseñadoras gráficas…esperá mientras te muestro algunos libros que imprimimos aquí para las universidades, para que veas el formato…”  Y aguardó, mientras miraba esa orquesta de empleadas interpretando con sus máquinas  un concertado ronroneo gris. A Matías le pareció erótico imaginar que esa habitación era una colmena con cuatro abejas obreras y un recio e infatigable rey. Tras aquella dispersión del pensamiento, su mirada chocó brutalmente con la grave hermosura de Diana.

“Todo lo que Circe me revelara, siempre se ha cumplido” afirmó Ulises encolerizado, y siguió: “debéis creerme, el que se entregue a ese canto delicioso conocerá la locura y la muerte”.

Matías se encontró con su jefe y casi padre sustituto en la agencia de publicidad, le comentó que siguiendo sus consejos, se había animado a publicar sus poemas.

“Con la blanda cera nos cerraremos los oídos, y por si esto no bastara, nos ataremos con gruesas cuerdas a los mástiles” ordenó Ulises. “¡Oh amigos –gritó Euríloco anteponiéndose a su jefe Ulises- “no son nuevos los peligros para nosotros, ya vencimos al Cíclope y desafiamos la sombra triste de Elpenor!, ¡olvidemos por una vez el penoso consejo de Circe!”

“Tengo un serio problema, Duilio, y no sé con quien hablarlo”. Matías se expresó con lentitud, doblegado por una novedosa oscuridad. Duilio le reclamó al mozo los dos cafés antes pedidos, y con toda su templanza se dispuso a escuchar. Matías, algo atemorizado, balbuceó: “la historia es así, me enamoré de una chica, y creo que ella me quiere también….Duilio sonrió y lo detuvo alzando el brazo: “basta, ya me contaste el milagro, ahora contáme lo terrenal  y subsanable”…Matías se inclinó hacia adelante, como si fuera a escupir un elefante, y repartió la frase con pausas: “resulta que la muchacha es… digamos…homosexual”….Matías  se sintió aliviado, como si hubiera descargado en un instante un camión de arena en un patio. Duilio se rió y bromeó: “ah, claro, una chica gay que se enamora de un chico…ya nada es puro como antes…” El mozo los interrumpió y dejó las tazas. Matías llevó un pocillo a su boca y lo tomó en un segundo, pese a que estaba caliente. “Es verdad, Duilio, hace dos años que vive con otra chica, usan un anillito de amistad, es como si estuvieran casadas, ahora su pareja está en Francia por trabajo”….Matías se sostuvo el estómago con las manos. “Creo que me voy a morir de angustia y de tanto que la quiero, pero ella no se quiere separar de la otra”…

En los días siguientes el trabajo fue muy duro para los viajeros. Ulises temía por la vida de sus hombres; el oráculo divino le había concedido la gracia de escuchar a las pérfidas, siendo su única obligación la de permanecer atado a un mástil.  Pero el animoso hijo de Laertes temía la traición o la desobediencia de Euríloco y decidió privarse él también, como ejemplo, del cántico feroz.

“¿Dónde la conociste?” quiso saber Duilio. Matías suspiró hondo, luego relató: “la vi por primera vez en la imprenta donde fui a averiguar precios para editar mi libro. Ella estaba sentada detrás del tercer escritorio”. Y se detuvo como si esta frase lo hubiera atropellado. Duilio destruyó el silencio: “No debe ser gay entonces, sino bisexual, por eso se enganchó con vos pero… ¿dejará a su pareja actual por vos? Ya te dijo que no…. Habiendo tantas minas solas, ¿por qué te fuiste a metejonear con esta, que parece no saber del todo lo que desea?”…

Cuando el cielo se llenó de humo y el mar comenzó a ennegrecerse, Ulises comprendió que la hora anunciada estaba cerca.

Caminaron despacio por el Jardín Botánico, Duilio siguió: “una mujer bisexual, para un tipo como vos, que se enamora entero y da hasta lo que no tiene, es un chocolate muy amargo…”  Matías con su vista entregada al rojo y al verde, no habló, aguardó que Duilio completara lo que estaba seguro que contaría. Y Duilio se lo confirmó: “una vez, cuando era joven, me enamoré locamente de una chica así, y sufrí mucho, terminó dejándome por una mujer, si me permitís un consejo, te sugiero alejarte de ella lo antes posible…” Matías sintió que su corazón era ya una golondrina muerta. Intentó una apelación inútil: “Diana tiene una dulzura, una suavidad, una entrega que viene desde el infinito. Es como la luna”…

Con su espada de metal, Ulises cortó una barra de cera en pedazos; los expuso un buen rato al sol y luego se los dio a los marineros para que los amasaran y aplastaran. Uno a uno se fueron untando los oídos, excepto Euríloco, que trocó su porción de cera por la fluída grasa de los aparejos.

“Vos siempre buscas la pureza en todo” sentenció Duilio, “idealizás con temeraria facilidad, y confundís depresión o tristeza con profundidad”.

Perìmedes atò a Ulises, y Pelías ató a Amitaón. Euríloco se ofreció como voluntario para atar a Perímedes, a Pelias, a Creteo y a Neleo, sujetándose a sí mismo un solo brazo al mástil principal.  Y ocurrió lo que Ulises temía. Al pasar la nave frente a las islas, las sirenas recostadas en la playa, entre restos óseos, arena y cueros podridos, comenzaron a cantar.

“Mi consejo sigue siendo el mismo –insistió Duilio-, no creo que seas el primero en su vida ni serás el último, pero ella siempre volverá con su pareja mujer. No te dejes atraer por ella, te llevará a la locura porque sos muy sensible, y te dejàs devorar por lo imposible”….

“¡Ven aquí, no te alejes, hermoso Ulises!, ¡no sigas de largo con tus bravíos griegos! ¡Deléitate con nuestras sabias voces, oh, fatigado capitán!” gritaban a coro, riendo, las sirenas.

“A no aflojar, a no aflojar” repetía Duilio, “busca el amor en otro sitio”. Y Matías ya no lo miraba, ciego ante el recuerdo de la sonrisa triste de Diana, sus ojos taciturnos, su pelo apenas recogido, sus manos suaves como la seda….

Eurìloco asustado percibió que su corazón se volvía un trompo y forcejeó para soltarse.

Matías entró en el dormitorio de Diana, que estaba hablando por teléfono con su pareja, que la llamaba desde Francia. Diana apenas sonrió y él se le fue acercando, se arrodilló y le abrazó las piernas, luego le bajó el cierre del pantalón, mientras ella le acariciaba y revolvía el cabello. Cuando Matías apoyó sus labios sobre el cuerpo de la chica, ella supo de inmediato que no se trataba de una simple solicitud erótica, sino de la certificación de la entrega total, abismal, irremediable de un hombre a una mujer indescifrable.

Euríloco sintió una mano aferrada a su garganta, el mal multicolor salía a borbotones de su pecho, mientras sus oídos sangraban como cataratas, y él gritaba “¡Duilio!, ¡Duilio!”, pero Ulises y sus hombres tenían sus oídos bien cubiertos,  y ya no podían escucharlo.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar


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De allá para acá, por Circe Vela

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Yo venía en la ruta veinticinco de allá para acá, al lado de una señorita que arrepegó sus jamones con los míos (guácala con eso de la aproximación física [y peor aún con aquello de la relación de almas]), tolerando la violación al derecho que poseo, por el sólo hecho de haber nacido, de contar con un espacio de, cuando menos, un centímetro por sobre mi superficie para mí solita, disociada entre las hermosas hectáreas de por el rumbo, ya más bien anochecido, cachete pegadito al ventanal de la wawa, y ya más bien atardecida, pensando en mi próximo poema.

El problema es que la crítica literaria de mi círculo no otorga buenas referencias si de mi nombre se habla, así que sólo me quedó en el panorama mental-imaginativo una cosa como: “Noviembre es razón contundente/ para creer/ que no hay abrazo que abrace/ beso que penetre/ lágrima última// es palabra idónea// para extrañar los días/ donde vivir no era un método”. Pero como venía yo diciendo eso no se me da, y un día mi coach de la farándula literata me dijo: “Weyis, ¿sabes qué?, tus poemas son muy sosos y no dicen nada”. Entonces yo me acuerdo –y muy bien- que me sentí así como si me hubiera tragado un chicle por equivocación (porque para esas cosas, sin en cambio, sí soy una daga) y me dije bueno, está bien, ya perdí el toque para los versos porque ellos me llevaron entre sus patas, y véanme aquí, en la computadora de mi trabajo y el Word, en esta oficina de cinco por cinco, frente a una ventanota que desde el piso hasta el techo puede absorber toda la luz exterior, o bien, desde la que uno podría lanzarse al vacío y morir sobre la cisterna que el otro día dejó abierta la dentista del primer piso. Pero no.

A un lado de mi incienso de mirra, dejé ya el veredicto final de los médicos: “trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad tipo límite” le dicen, que no está chido, aunque honestamente me ha resultado más incómoda esa sensación que la jamonuda ha dejado todavía en mi muslo izquierdo, iak, parecida a aquella que, cuando niña, me quedaba en las palmas de las manos después de haber acariciado durante largo tiempo el pelaje de la Roña, que era mi cachorra.

Pero todo bien, obvi y así, diría mi vecinita.

Circe Vela nació en Aguascalientes, Ags. en el año de 1987. Fue becaria del FECA en el año 2007 y publicó su primer libro titulado “Destrozaría la casa” en el año 2009, en la editorial veracruzana “Letras de Pasto Verde”. Regresa al mundo, sin muchas palabras en la boca.


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El atentado, por Edgar Girón García

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Cuando prendió la pantalla del televisor, justo comenzaba el noticiario de la tarde. Tantos preparativos habían consumido su tiempo de tal manera que le resultaba imposible mantenerse al tanto de los últimos sucesos como lo hubiera hecho antes de emigrar a este país. Encarcelado en su recámara del Plateu, vivía su encierro cual eremita, sin siquiera cruzar palabra con la pareja de venezolanos del cuarto contiguo, todo siempre con el mayor sigilo. El más mínimo error podría acarrear gravísimas consecuencias. Pero quizás, ya era demasiado tarde para ocuparse de dos testigos.

Su nombre carece de importancia. Chileno. Boliviano. Salvadoreño. Su pasaporte lo compró en Brasil. Ahora lo vemos comer mecánicamente su cena fría de farmacia, como todas las noches, frente al televisor, sin prestarle mayor importancia al rostro que está a punto de golpear su dormida conciencia.

Continúa el insomne con su ingestión, mientras se pregunta si su mujer estará comiendo o si la estará siendo violada. Pero no tiene forma de averiguarlo y se tiene que quedar ahí, en su cuarto de soltero, apretando la quijada. Se levanta. Tira la insípida comida de primer mundo. Regresa al limbo y fija sus ojos en el monitor del cual emerge una imagen conocida.

La escena ha pasado una y mil veces por su cabeza. Se levanta de la silla y acerca al espejo mediático sus ojos obscuros a la pantalla. Un gatillo invisible se acciona y lo hace coger su bolso como un criminal.

La pareja vio salir de la casa al travesti que vive con ellos, en un ataque de histeria, apresurándose a tomar la calle que lo llevaría al parque Mont-Royal. Eso le dijeron a la policía, la semana siguiente de su desaparición, el día que confiscaron todas sus pertenencias, junto con las del vecino.

En cualquier momento iban a venir por él. El aliento se le escapa al llegar a la cima del monte de la gran cruz, del cual se observa la zona metropolitana. Los tacones lo están matando. En la cartera tiene la pistola que descargó contra la candidata recién electa del Parti québécois, ayer por la noche en el teatro Metropolis.

Sabe que hasta aquí ha llegado. Pero, a pesar de todo, la tarde estival se tiñe de un candor apacible en las mejillas bermejas de agobiados corredores que suben y bajan las sendas. Unos minutos más. Unos instantes más. Una inhalación profunda. Fin.

 

 

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ahora vive en Montreal, Canadá, donde es periodista voluntario en el periódico en español Pulso.


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Sin título, por Édgar Girón García

SAMSUNG CAMERA PICTURES   Tengo un par de horas para terminar este texto. Obviamente de corte narrativo. Como sucede cuando uno no tiene planes. Intenté varias veces. En reiteradas ocasiones. Basta de neologismos. Desde el inicio. Cacofonía. Next. Barbarismo. Estoy harto de mí. Pero ya empecé mal. J’ai raté: aparece subrayado en rojo. Lo estoy tomando personal. Eso es. La escritura automática: pasada de moda, salida rápida. Saco un libro de mi bolsa. El autor me recuerda a Julio Cortázar y a Juan José Arreola. Es francés. Plagio. No, pastiche. Mis huevos. El mono escribe que escribe. Lo voy a dejar aquí. Abro mi correo. Mi driver. En cuatro años no he escrito nada que valga la pena. Lo cual es bueno. Significa que he vivido. No es verdad. Es una excusa. La Casa Terán explotó. Yo no supe que fue del personal, si fueron reubicados. Temo lo peor. El primer bostezo. Antes me sentía un prodigio. Ahora lo soy. Son mis cinco minutos de gloria. Yo creo que hay un archivo en mi celular. Versos. No. Paciencia. Suspiro. Las descripciones me aburren. Leo unas cuantas líneas. Cierro el libro avergonzado. Tengo una idea: corto- pego, rehago las frases. Undo. Eso me pasa por mi falta de persistencia. Nunca fui dedicado. Pero ahora estoy leyendo un libro sobre el árbol genealógico. Todos mis problemas son heredados. Todavía no los soluciono. Y dudo que lo haga. Es algo que me interesa. Cómo ser yo mismo. Todavía no lo sé. Escribir. Ya hay demasiados libros. Esto parece penitencia. Voy a corregir todo al final. Lo juro solemnemente. Van a cerrar la biblioteca.  

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ahora vive en Montreal, Canadá, donde es periodista voluntario en el periódico en español Pulso.


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La semilla, por Roberto Quevedo

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No bien terminaba la vereda, eran visibles dos siluetas al fondo, detrás del grupo de huizaches que se incendiaban con la luz hambrienta del atardecer. Ella se preguntaba si había sido suficiente, si aquel regalo de carne habría satisfecho al niño de ojos magenta. La estaban esperando, eso la sabía, pero no lograba dilucidar si los mandatos recibidos a voces en la duermevela habrían sido claros ¿pudo perder acaso algún detalle?, ¿alguna imperceptible desviación del ritual que conduce al vientre del dragón?, ¿un descuido en los signos de la lumbre que vio surgir de las nubes cuando comenzó el degüello? Sacó del abrigo de su vientre la tela de lino que resguardaba la cabeza del cordero. Se acercó aún más. Rodeó la enramada de arbustos y entró en el bosque de árboles resecos que tenían apenas su altura. Los encontró ahí, en el centro de un círculo de tierra quemada, en cuclillas, comiendo tunas rojas como corazones de nonatos. La miraron sonriendo, sin pronunciar palabra, con aquellos iris de ignición vuelta cristales. A los pies de los dos quebradizos cuerpos dejó caer el bulto que todavía escurría sangre. Ellos lo abrieron con un entusiasmo de niños que reciben el mejor juguete. Cuando retiraron la tela pegajosa pudo entrever por vez última el rostro, desfigurado todavía de terror, del que fuera su consorte amado, antes de que las dentelladas de los dos ángeles de fuego terminaran por convertirlo en un amasijo irreconocible. No tardaron sino un par de minutos en dejar sobre la tierra ceniza trozos del cráneo despojado de humanidad. Ella los miraba con regocijo y al saberlos satisfechos se atrevió a lanzar, con voz temblorosa, la voz tan escuchada entre sueños. La gritó siete veces. Comenzó entonces su agonía. Hoy se yergue en el mismo sitio el carbonizado árbol sin nombre que devoró hace dos años a mi padre.

 

 

Roberto Quevedo es escritor y editor.


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El obrero va a casa, por Carlos Rangel

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La luz roja se encendió y la fila de obreros se detuvo. Camilo miró alrededor con ojos bovinos, vio las nucas rapadas de otros empleados y el gris de sus trajes. La pared de concreto reforzado mostraba un “06” pintado con gruesas líneas azules que contrastaban contra el blanco del muro. En algún lugar, un relevador fue activado con el habitual sonido eléctrico y la luz pasó al verde. La gruesa puerta de acero se levantó descubriendo el hangar. Afuera esperaban los transportes alineados con precisión milimétrica por los sensores de posicionamiento, y las filas de personal humano en espera de ser conducidos por los autómatas hacia su vehículo designado. Una jornada más de trabajo había llegado a su fin después de setenta y dos horas de labor, el operario podría volver a casa, dormir y recuperarse del uso de drogas para perpetuar la vigilia.

Se preguntaba cómo es que los trabajadores del pasado sobrevivían en sus puestos, antes de que el gobierno global legalizara las dosis controladas de “antisopor” y “microglobulina” en los empleados de diversas industrias. Un androide lo interrumpió de sus conjeturas interponiendo el brazo mecánico entre él y la obrera que caminaba en frente. Se detuvo. Vio a la mujer sentarse en el lugar que salía por uno de los costados del autobús, para ser asistida por dos autómatas en la colocación de cinturones y en la activación de la jeringa de sueño. El asiento se replegó dentro del vehículo movido por brazos robóticos, tras lo cual la pared del transporte se deslizó dejando el logo de la empresa, LangloisTecnologics, frente a Camilo.

El camión se deslizó con un sonido silbante para dejar el lugar a otro vehículo. El transporte nuevo se estacionó frente a las filas de obreros en silencio, con luces amarillas parpadeando en lo más bajo de la carrocería y los sensores ópticos haciendo mediciones de la distancia a la plataforma. Camilo fue conducido por un androide que lo situó junto al asiento que bajaba hasta su altura, después de que la pared del vehículo se replegara hacia atrás descubriendo los lugares. Se acomodó sobre la superficie sintética acostumbrado a los dedos fríos que le acomodaban la nuca sobre el cojín. Un sonido eléctrico traspasó su cráneo cuando la aguja del sueño entró en su cabeza por el puerto implantado sobre su cuello. Sus párpados cayeron, mientras los sonidos neumáticos de la maquinaria a su alrededor se perdían en la inconsciencia.

Se ocuparon el resto de las plazas y los obreros fueron transportados fuera del complejo por la inteligencia artificial del vehículo, que tenía implantada dentro de sus circuitos toda la información de rutas y tráfico terrestre a esa hora, las cuatro de la mañana. Atrás quedaron los autómatas diligentes que acomodaban empleados dentro de asientos y los demás camiones sin chófer que llevaban su carga hacia los conjuntos habitacionales. El autobús se movió por la ciudad, donde las calles oscuras eran iluminadas por faroles parpadeantes que lucían letreros obscenos y consignas contra el gobierno mundial. El vehículo se movió por caminos subterráneos, vecindarios abandonados a causa de la radiación y donde sólo se metían a vivir los desposeídos, parques fortificados en donde se permitía la entrada a una persona cada mes, en un horario preestablecido, y un determinado número de minutos. Una serie de edificios idénticos salvo por el número de control y el color del logo que la corporación había puesto sobre las paredes, recibió a los transportes.

Las agujas de sueño se retiraron en silencio, introduciéndose de nuevo en las almohadillas sintéticas. Camilo abrió los ojos, al tiempo que un costado del transporte automático se desplegaba dejándole ver el edificio “G32”. Un androide le ayudó a quitarse el arnés. Se movió lejos del vehículo mientras se rascaba el cráneo rasurado al tiempo que veía las hileras de armazones plegándose dentro de las entrañas del autobús con un sonido mecánico. Camilo echó a andar en medio del rebaño de obreros que buscaban sus edificios, moviéndose automáticamente sobre el empedrado y entre las jardineras de pasto cortado.

Llegó a la puerta del “F16” y esperó a que otro hombre fuera admitido por la puerta automática. Después se acercó al sensor de presencia y dijo su número de empleado como lo había hecho la jornada anterior y como lo haría la siguiente. Dentro de su cubil, se despojó con lentitud de la camisa gris para dejarla caer sobre la compuerta de lavandería, que iba hasta el contenedor bajo la superficie, donde las ropas de todos los empleados de la zona se juntaban y eran limpiadas por máquinas automáticas. Después de quedar en ropa interior fue hasta la plataforma de acero reforzado que le servía de cama y era sujeta a la pared por líneas de carbono. Se quedó sentado unos minutos pensando en cuánto tiempo faltaba para que le fuera permitido entrar en la alberca pública, y en si su horario coincidiría con el de la linda muchacha que había visto el mes anterior. No podía olvidar la forma en que el traje de nado ajustaba sobre su cráneo ovalado y calvo.

Antes de dormir su mente divagaba sobre la forma en que los operarios vivían en el pasado, antes de que todas las maravillas tecnológicas simplificaran la vida del hombre. Pero se detuvo, temeroso de que los sensores que medían la actividad cerebral detectaran en él pensamientos no permitidos dentro del horario establecido para imaginar.

 

Carlos Rangel es narrador, nacido en Aguascalientes, Ags. Licenciado en Ingeniería en Mecatrónica por la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008


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La Frontera Vertical, por Pablo Crispín

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Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, manteniendo su espesor en el aire que ahora explota en breve sinfonía de color. Las aves acuden a su llamado, voraces y nerviosas, esperando al invocador que ahora se ve impaciente. Con ellas a su alrededor, busca traspasar la frontera vertical, y con los pájaros atados a su abrigo, asciende hasta tocar las nubes. Sus pieles van cayendo de a poco hasta que sus dedos se desprenden. Las articulaciones se invierten. Los ojos se achican y la nariz se fusiona con su boca. Los pelos de su cabeza cubren su cuerpo, al tiempo que van bifurcándose y transformándose en plumas.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.


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Todo sigue igual, por Adán Echeverría

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Todos en el reino sabían de la furia del dragón, de su trapacería y su violencia, de los destrozos que ocasionaba en las poblaciones. Familias que habían perdido a sus hijas guardaban el rostro en habitaciones oscuras. Esas mujercitas recién doradas por el sol, que aun sonreían a los amaneceres e inundaban con su poderoso aroma las noches.

Eran esos aromas los que hacían que el dragón dejara su cueva, alargará al viento el hocico para dejarse inundar por las agrias gotas hasta enloquecer. Rabioso, con los ojos inundados de odio, el dragón bajaba a la comarca y no cedía a los intentos de hombres y mujeres para detenerlo. Llegaba hasta su presa y se la llevaba para adorarla en ese ritual que todas las veces resultaba en locura y en una muerte dolorosa y despiadada. El dragón era brutal y carnicero, vivía furioso odiando la luz del sol, la humanidad. Un animal poderoso en la violencia que gozaba la dócil luz de las mujercillas en ciernes.

La princesa junto con toda su familia lo supo. Ella despuntaba apenas el alba de su vida y escuchaba con atención las historias y las quejas de los padres devastados y su sufrimiento. Supo de las decenas de mujeres desaparecidas.

Y sucedió que una noche calurosa, la princesa decidió peinar su larga cabellera negra en el balcón del castillo. El aroma que surgía de su lustroso vientre giró en el aire inundándolo todo y expandiéndose hasta la cueva del maldito dragón

Batiendo sus endurecidas alas, el dragón se dejó guiar hasta su presa. La princesa no tuvo miedo. Contra todo propósito de cordura, se sintió admirada por la poderosa bestia que resoplaba frente a ella. No gritó, acercó la mano decidida para tocarlo. Algo de magia tuvo que haber en esa historia.

La princesa decidió subir al cuello que el dragón le ofreciera, y fueron los viajes tan elevados, y el placer tan desbordante, que al rozar su dorada piel contra la escamosa y ríspida piel del animal la dicha corrió desenfrenada por cada una de sus células.

Quiero vivir contigo.

No sabes lo que dices. El mundo me odia y yo lo desprecio.

Quiero vivir contigo toda la vida. ¿Por qué has venido a mí si no para tenerme?

Para tenerte como he tenido siempre lo que quiero.

Y la decidida princesa no quiso ceder ante la furia del animal enceguecido por el odio.

Esa noche en la cueva, la princesa permaneció muy unida, y cobijada bajo las alas del dragón; la bestia, a cada beso fue recuperando la humanidad escondida que habitaba entre sus escamas.

La princesa miró al hombre desvalido. Algo extraño brillaba en el fondo de sus pupilas, quizá fuera algo parecido al amor.

Nada he de dar, princesa, has llegado en una época en que ya nada puedo dar. Mañana, con el sol, volveré a ser dragón.

Y yo viviré los días escondida en una cueva cercana, para venir a ti todas las noches.

El tiempo cruzó dos años sobre la tierra. Una niña con un brillo de luna nació.

Las heridas de la princesa eran profundas para ese entonces. El daño estaba hecho, y el dragón enloquecía todos los días, peleando con otros monstruos, quemando poblaciones, odiándolo todo.

Cuando esa noche el dragón comenzó a transformarse en hombre, la princesa tenía en brazos a la niña, y lo miraba entristecida.

Tengo que marcharme, y eso me despedaza el alma.

Nada haré por detenerte, lo sabes.

Estoy a punto de morir a tu lado, y nuestra hija merece una oportunidad, sabes que tengo que dársela.

La princesa caminó esas oscuridades a través de muchos kilómetros de bosques, atravesando la desolación. La madrugada se presentó. Los gruñidos de la bestia eran espantosos. La princesa corrió a una cueva detrás de una arboleda a esconderse. El dragón cruzó encima de ellas, furioso. A los oídos de la princesa solo llegaban los aullidos de dolor de los pobladores. El dragón los había asesinado a todos, pero el dolor permanecía en su garganta, hiriendo cada vez más profundo. En la cueva, la princesa cantaba una hermosa canción de cuna. La nena sonreía, y una luz intensa iluminaba alrededor.

 

 

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011).


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Péndulo, por Adán Echeverría

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El grito de Leticia permanece en la garganta creciendo en espirales sobre el cadáver que cuelga del travesaño. Se ha animado a retirar el cabello del rostro, y al hacerlo, le sobresalta el movimiento estentóreo que aún recorre las piernas, y ese ronquido apenas audible del ahorcado.

El cuerpo pesa. Por más que hace para descolgarlo no lo consigue. A qué correr a la calle y asustar a los vecinos. Él ahí colgado, estático en el tiempo, y ella sentada en el rincón mirando el vaivén del cuerpo que pende de la soga. Y es que era insoportable la búsqueda de abandono a que su esposo se dedicaba.

Leticia intentando escapar de la cotidianeidad recalcitrante y ajena. Los sueños pretéritos de esa historia que juntos decidieron ir construyendo, sepultando el dolor en ambos pechos, las traiciones, quizá nunca consumadas en lo físico pero si dentro, en el sentimiento, en la memoria, en la mente. Pusieron barreras infranqueables. Las palabras hiriendo los cuerpos hasta adentrarse como saetas envenenadas que ya no tendrían oportunidad de sanar la lepra que habían inoculado.

Todo fue transportado a la rutina de las últimas semanas: un rostro de ira que giraba por la noche dentro de la casa, de una habitación a otra, persiguiéndola. Leticia tratando de sonreír y abandonar la angustia en su hogar, que se paseaba por los rincones y las sábanas. No había sitio para esconderse, no quedaba espacio para la ternura y los recuerdos del noviazgo, todo se había consumido en el fuego de las pequeñas venganzas.

El mirar de ella hacia otros varones que reconocían en su maternidad a una mujer completa, y luego, al llegar la tarde, mientras sirve la cena, caer en el rostro siempre tenso de su esposo, esperando arreglar las cosas, recuperar lo que se ha perdido.

Leticia comenzó a ver a Edgar en casa de una tía, cerca del cementerio. Se las ingenió para estar con él los jueves, durante un año, por las prohibiciones de su padre que a tantos novios le había espantado.

La noche comenzó a mostrar sus frutos en los brazos de este hombre, y el placer creció tanto que decidieron transitar la eternidad con la presencia de un hijo para alimentar la vida. Tuvieron que casarse.

Construyeron un hogar más que cómodo, ante el escándalo de la pobreza del pueblo y sus ejidatarios. ¿Qué importaba más, si no la felicidad completa? Pero cuando el niño cumplió los siete años sucedió que Edgar no pudo asimilar la violenta muerte de su padre en una noche de pelea de gallos, y la tragedia se amarró a su cuello como un grillete de odio, y no quiso soltarle más, en cambio, apretaba, apretaba y el nudo era cada vez más fuerte.

Edgar se hundió en una depresión que lo ponía meditabundo. Nadie del pueblo podía hablarle sin recibir improperios de su parte. Su odio le causó las llagas que ostenta en los puños.

Podía vérsele gatear por el jardín de la casa devorando hormigas venenosas o subir al techo a dispararle a las iguanas que tomaban el sol sobre el muro. Los ojos en blanco se hacían una visión normal para su rostro, no poder controlar el vértigo de la mirada. Y el hablar solo, tan recurrente.

Solía llevar a su hijo al interior del cementerio, entre los dos se encargaban de mantener impecable la tumba del abuelo, la pintaban de colores, siempre adornada con rosas y flores de la región, recogían los recuerdos por medio de fotos, que luego, juntos iban pegando en la pared del cuarto del niño, como armando un rompecabezas a la muerte, una ofrenda a la memoria, con esa entrega vital que Edgar le iba enseñando.

Leticia cuenta que Edgar se pasaba las horas mirándola dormir. En ocasiones cuando ella despertaba para ir al baño, Edgar estaba desnudo en la ventana con la escopeta cargada, al acecho. Muchas veces ella lo cubrió con una colcha para esconderlo del frío amanecer, mientras aquél permanecía acurrucado en un sillón de la terraza con el arma caída a un costado.

Edgar dejó de hablarle a Leticia. La ausencia del abuelo había convertido la casa en un altar, y el insomnio fue tragándose la cordura de este hombre, antes acostumbrado a luchar, ahora solo luchaba contra ella, contra sus salidas a trabajar, sus llegadas tarde.

Se supo que Edgar decidió no separarse más de su hijo, rehuyendo la compañía de la esposa. Hasta se mudó al cuarto del niño, y ella los escuchaba durante las madrugadas hablando de temas intrascendentes: el color de los pájaros, la heladez del agua de los cenotes, de los eclipses que dejan caer la mitad de su luz sobre las hojas de los árboles, del sabor de la sangre de los venados, del olor de la pólvora húmeda durante la cacería, los recuerdos de una infancia que Edgar quería recrear en su hijo.

Leticia comenzó a sentirse sola en medio de su familia, ajena a esta historia que circulaba de los solares a la plaza, de la milpa al atrio de la iglesia. Todos pendientes de Edgar. Todos culpando a Leticia por la cordura de un hombre. Mujer hermosa, de carnes amplias acabó por inundar de celos la cabeza de Edgar, tan trabajador y dedicado, ahora lo miran desaliñado, con los ojos invadidos de tristezas, sumido en la pesadumbre, y ella siempre afuera: sólo Edgar se encarga de Adriancito.

Leticia estaba sola con el recuerdo de aquella piel de su marido que ya no se acostaba en su lecho, que se la pasaba por las mañanas acompañando al niño, y por las noches como un guardián que defendía la fortaleza de su honor. Vigilándola, asustándola, y poniendo a Adriancito en su contra. El niño crecía robando la pasión de sus años.

Aquel anhelo de una vida juntos se quedó escrita en el templo, la noche en que se consagró a Edgar, y ahora esas mismas fibras que tejieron su destino la asfixiaban, tenía que soltarse. ¿Cómo un ritual arcaico puede cambiar los ánimos? ¿Es acaso la muerte social una complicidad del matrimonio?

El cuerpo de su esposo aún se balanceaba. Trepando sobre un banco, Leticia logró cortar la soga y el bulto cayó. Aquella mirada, la boca manando sangre, la tráquea rota, y esa marca alrededor del cuello, amoratándole la piel. Algo decía entre labios: que ella era la culpable de dejar al niño sin padre. Que importaba, si había muerto. A fin de cuentas, sólo ella lo había visto. Si él hubiera querido ver la falta que le hacía en las noches, para abrazarla y sentirse protegida. ¿Porqué la culpaba si él había decidido largarse sin consultarlo con ella?

Conforme los días se agrietaban, el color de la mirada de su esposo fue adquiriendo tonalidades amarillas y rojas, negras de odio, palpitando en su cerebro, sobre los músculos de la cara, pero para el niño la sonrisa de siempre, intacta.

La casa se tapió de infierno con la desesperación de saberse vigilada, insomne a pesar de las pastillas, ignorada.

Edgar jugaba y se divertía con el niño, y cuando Leticia quería acercarse, el juego o la broma terminaban.

Leticia no pudo acostumbrarse a despertar con el sobresalto de ver a su marido en cuclillas sobre la cama, observándola: Soy capaz de cualquier cosa, le decía al oído mientras le tiraba del cabello.

Luego se levantaba y salía a la terraza, escopeta en mano, caminaba por el jardín, se arrodillaba sobre los hormigueros con la mirada perdida entre los helechos, dejaba que los hormigones hicieran una fila sobre su torso desnudo; subía a los techos, y se quedaba fijo, ahí, como una gárgola, dejando a Leticia con la garganta comprimida por el miedo.

Tal vez deba acabar con esta situación, le dijo en muchas ocasiones para rematar alguna riña, y se llevaba al niño, mientras ella se encerraba en el cuarto y el llanto la aventaba sobre las paredes de su prisión.

En la fiesta de cumpleaños de la madre de Leticia, se les vio bailar juntos sin despegar los cuerpos, y todos recordaron aquellos días de enamoramiento.

Leticia nunca estuvo dispuesta a rendirse, había decidido no dejar pasar los ardores de su piel, quería consagrarse de nuevo a su esposo: reconquistarlo. Si pudiera saber cómo lograrlo, si pudiera saber contra quién tenía que luchar. El recuerdo de su suegro, la marejada de celos, la rivalidad del niño.

Durante la fiesta, Edgar tenía la mirada penetrante de siempre para ella, mirada de ojos fijos; que se iba transformando mientras se deslizaba hasta el rostro de su crío.

Dijo que iba a la casa a darse un regaderazo. Abrazó a Adriancito hasta que el niño estalló en risa, y media hora más tarde Leticia lo encontró colgado de un madero.

Sus pies no tocaban el piso, y en la mirada el rencor se veía puro, disecado; colgaba del travesaño de la cocina, meciéndose ante los sueños inconclusos de su esposa; los ojos fijos en el vaivén, como un péndulo que con cada movimiento arranca la amargura del rostro de Leticia y destella en los instantes próximos de la muerte.

Ella siente enormes impulsos de correr atravesando el pueblo hasta perderse en las milpas. Ajena a todo y a todos. Sabe que tardará en acostumbrarse a los silencios que inundarán la casa.

Ahora teme por Adriancito. En los últimos días la mirada del niño se ha vuelto amarilla-roja, negra de odio. Quizá también le rehúya y guarde esa manía de ir al cementerio a visitar la tumba de su padre y platicar con él, como Edgar lo hacía con el abuelo. Acostumbrado a su trato con la muerte, la vida podría significar solo una lamentación, una sala de espera.

Tiene que evitarlo, por eso nadie debe encontrar el cadáver. Arrastra el cuerpo hasta el baño; lo desnuda pensando en qué lugar su esposo ha guardado los serruchos.

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011).


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La Habitación Oscura, por Fátima Ortega Chávez

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Despiertas agitado a mitad de la noche; tu corazón golpea fuertemente contra tu pecho como protesta de un sueño que no puedes recordar; sientes el sudor frío que recorre lentamente tu nuca haciéndote estremecer; levantas la mano para secar las gotas que se han formado en tu frente y abres y cierras la boca para poder humectar un poco tu seca garganta. Parpadeas un par de veces hasta que tus ojos se acostumbran a la oscuridad, notando como la luz de la luna da un tono azulado a tu habitación, notas que dejaste la puerta del pasillo abierta, y la luz de la luna ilumina la pared de enfrente con un brillo tétrico… quizás estabas tan cansado que no te molestaste en cerrarla.

Suspiras profundamente mientras estiras tus músculos y te acomodas para ponerte de pie y cerrarla; y es cuando te das cuenta de que se escuchan unos pasos pausados y pesados por el pasillo.

Tu corazón se comienza a agitar mientras intentas ponerte de pie y te das cuenta de que simplemente no puedes levantarte de la cama, agitas los brazos y las piernas tratando de ponerte de pie, pero tu cuerpo simplemente permanece donde está, escuchas cómo tu respiración comienza a agitarse y cómo tu corazón comienza a golpear con más y más fuerza.

Los pasos se acercan con un ritmo constante hasta que vez la silueta de alguien cruzando frente a la puerta; la luz mortecina golpea contra su ropa holgada y sus hombros delgados… notas que sus facciones son afiladas y el cabello le cae lacio por encima de las orejas, es un hombre que levanta la vista, no puedes ver sus ojos pero sabes que están fijos en ti por que sientes cómo tu cuerpo entero se estremece y duele donde posa esos ojos invisibles: el rostro, el cuello; el vientre y las piernas.

—¿Quién eres tú? —Intentas decir, pero las palabras se mueren en la garganta antes de llegar a la boca.

—¿Qué? —Intentas en vano al no escuchar tu propia voz; el pánico se apodera de ti como una fuerte llamarada. Te agitas en la cama escuchando cómo tus manos y tus pies golpean en colchón con fuerza, sintiendo cómo las sábanas se enredan en tus piernas y cada vez que intentas sentarte en la cama una fuerza invisible te azota una vez más contra el lecho.

Gritas en un vano intento de encontrar tu voz, pero sintiendo a la vez cómo ese grito mudo desgarra tu garganta hasta lastimarte.

El hombre ladea un poco la cabeza, estudiando cada uno de tus movimientos y sonríe… sabes que sonríe por que la luna ilumina sus dientes blancos, es una sonrisa burlona, cruel; como esa que hacen los niños al atrapar una mariposa y arrancarle las alas. Así, con la cabeza inclinada, camina hasta quedar al pie de tu cama y se toma su tiempo observándote, lleva la mano hacia tu lecho y retira las delgadas sábanas exponiéndote por completo frente a él; tu respiración es tan fuerte y tan superficial que te sorprende que sigas consiente y el ritmo de tu corazón es tan errático que temes sufrir un infarto… aunque viendo la mueca torcida de ese hombre te invade una necesidad de morir inmediatamente.
El tipo ríe… una risa tan oscura y gutural que más bien parece el aullido lejano de un lobo solitario y es cuando dejas de luchar, tu cuerpo entero se paraliza al darte cuenta de que ese hombre es el cazador y tú eres la presa… SU presa.

Ese individuo comienza a caminar rodeando la cama por el estrecho espacio que queda a la izquierda de esta, con la mano acariciando el colchón pero cerca de la piel expuesta de tus pies, tan cerca que puedes sentir el frío de su piel robándote el calor de tu cuerpo. Un escalofrío te recorre mientras encojes las piernas por instinto, el hombre vuelve a reír mientras cruza frente a la ventana.

Las delgadas cortinas ondean cuando el intruso pasa junto a ellas, abriéndose lo suficiente como para que la luz de la luna ilumine sus rasgos: nariz delgada, labios delicados; nada fuera de lo común a excepción de sus ojos… Unos ojos tan extrañamente azules que parecen brillar como la luna misma, con unas pupilas que se afilan al contacto de la tenue luz… como los ojos de un gato. El hombre vuelve a sonreír mostrando unos dientes afilados como los de una bestia salvaje; te estremeces mientras una nueva ola de pánico recorre tu ser, intentas alejarte de él pero solo consigues hacerte ovillo, tomas una posición fetal sin dejar de verlo a los ojos; ahora que ha pasado por la ventana vuelve a ser tan oscuro como un agujero negro, pero sabes que te sigue observando, sabes que sigue viendo tu rostro y que su mirada baja a tu cuello por que sientes unas manos invisibles apretarte contra la delgada almohada.

El intruso se inca al lado de tu cama a unos escasos centímetros de tu rostro; sientes su respiración gélida contra la piel de tu mejilla y hueles su aliento… humo y cenizas. Estas paralizado otra vez, como un conejo frente a los faros de un coche, como un ratoncillo frente a un gato; él levanta la mano y tu mirada se dirige inmediatamente hacia ella, notas las afiladas uñas que se acercan a tu rostro, te encoges pero no puedes dejar de mirar; él ríe contra tu oído desencadenando un escalofrío más que viaja hasta la punta de sus pies.

Su mano se pasea sin tocarte dejando un rastro helado por tu cuello, por tu pecho que sube y baja rápidamente, por tu vientre, por tus piernas… finalmente se posa violentamente sobre tu rodilla y con una fuerza impresionante te obliga a girar tu cuerpo hacia él.

Y es cuando sientes que esa fuerza invisible te suelta y por fin eres dueño de tu cuerpo otra vez.

Tu mano derecha se vuelve un puño, preparado para golpear en el rostro a ese sujeto; ya no queda miedo mientras giras en la cama y levantas la mano, listo para defender tu vida hasta las últimas consecuencias… Pero no hay nadie arrodillado al lado de tu cama…

Extiendes la mano para encender la lámpara de noche y te pones de pie bruscamente, buscando al intruso… pero no hay nadie más en la habitación.

La puerta que da al pasillo está cerrada como siempre y no se escucha ningún ruido alrededor.

Te sientas colocando la cara entre ambas manos, sintiendo el frescor de tus manos frías y del sudor que aún recorre tu cuerpo. Tocas tu pecho en un torpe intento de tranquilizar tu corazón y tomas tres respiraciones profundas.

Sientes arder la piel de tu rodilla izquierda, ahí donde el sujeto colocó su mano. Tu corazón vuelve a latir locamente mientras levantas poco a poco la tela del viejo pantalón que utilizas como pijama… y el deseo de morir aparece una vez más. Ahí, justo donde el hombre colocó su mano y justo donde sus alargadas uñas tocaron el musculo… hay tres rasguños que amenazan con comenzar a sangrar.

Fátima Ortega Chávez tiene 22 años y estudia Ingenieria Química. Le gusta el cosplay de anime y es campista y amante de la naturaleza.