El Cafecito


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Microcuentos insólitos: La lección de Homero, por Luis Buero

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                       “Así, pues, me reprimo y ahogo la llamada seductora que brota del oscuro sollozo. Ay, ¿a quién podremos recurrir? No a los ángeles, ni tampoco a los hombres…y  la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume las mejillas…” RAINER MARIA RILKE

Cumpliendo la profecía de la Diosa Circe, Ulises y sus hombres empujaron nuevamente la galera al mar y se embarcaron, presurosos y felices. Perímedes y Creteo ajustaron los aparejos mientras el viento hinchaba las velas con tesón. Los otros marinos se sentaron en los bancos a escuchar la voz de Euríloco, que recordó los oráculos verídicos del tebano Tiresias.

Matías descendió del pequeño automóvil con la carpeta aferrada al pecho. “Si no fuera por Duilio, jamás haría esto” –pensó durante un segundo parado frente a la vieja fachada de la Imprenta Libutti. Un hombre rústico y algo sucio le preguntó qué deseaba y antes que Matías contestara le informó que hasta fin de mes solo trabajarían con facturación y formularios de balances. “No tengo un gran apuro” murmuró el muchacho con timidez, y aclaró: “soy escritor y vengo a pedir un presupuesto para publicar mis poemas”.

Entonces Ulises habló a sus compañeros: “nos esperan serios peligros, la Diosa Circe me ha prevenido que hay tres islas estériles al este de Minerva, que debemos evitar”. Todos se miraron sorprendidos, solo uno se aventuró a preguntar: “¿Por qué razón, noble Ulises?”.

“Mirá pibe, por una edición chica no te convienen nuestras máquinas, son antiguas, pero si vos querés te digo igual cuánto te sale hacer quinientos ejemplares…porque, si son de poemas, para qué vas a hacer más….”

“Si los designios de Neptuno nos llevan a ellas, nos toparemos con las irresistibles pérfidas del hombre” –insistió Ulises ante los desorientados marineros. Y agregó, para convencerlos: “habitan ese diminutos golfo tres sirenas, entre ellas la temible Telxiepia”. Pelías lo interrumpió, excitado: “¿Serán mitad mujer, mitad pez, como reza el mito, esas mágicas cortesanas?”. “Y de ser así –se animó otro- ¿por qué han de embelesarnos?”

El encargado condujo al joven por un sombrío pasillo hasta un gran salón en el que varias dactilógrafas escribían apresuradamente. “Estas son mis diseñadoras gráficas…esperá mientras te muestro algunos libros que imprimimos aquí para las universidades, para que veas el formato…”  Y aguardó, mientras miraba esa orquesta de empleadas interpretando con sus máquinas  un concertado ronroneo gris. A Matías le pareció erótico imaginar que esa habitación era una colmena con cuatro abejas obreras y un recio e infatigable rey. Tras aquella dispersión del pensamiento, su mirada chocó brutalmente con la grave hermosura de Diana.

“Todo lo que Circe me revelara, siempre se ha cumplido” afirmó Ulises encolerizado, y siguió: “debéis creerme, el que se entregue a ese canto delicioso conocerá la locura y la muerte”.

Matías se encontró con su jefe y casi padre sustituto en la agencia de publicidad, le comentó que siguiendo sus consejos, se había animado a publicar sus poemas.

“Con la blanda cera nos cerraremos los oídos, y por si esto no bastara, nos ataremos con gruesas cuerdas a los mástiles” ordenó Ulises. “¡Oh amigos –gritó Euríloco anteponiéndose a su jefe Ulises- “no son nuevos los peligros para nosotros, ya vencimos al Cíclope y desafiamos la sombra triste de Elpenor!, ¡olvidemos por una vez el penoso consejo de Circe!”

“Tengo un serio problema, Duilio, y no sé con quien hablarlo”. Matías se expresó con lentitud, doblegado por una novedosa oscuridad. Duilio le reclamó al mozo los dos cafés antes pedidos, y con toda su templanza se dispuso a escuchar. Matías, algo atemorizado, balbuceó: “la historia es así, me enamoré de una chica, y creo que ella me quiere también….Duilio sonrió y lo detuvo alzando el brazo: “basta, ya me contaste el milagro, ahora contáme lo terrenal  y subsanable”…Matías se inclinó hacia adelante, como si fuera a escupir un elefante, y repartió la frase con pausas: “resulta que la muchacha es… digamos…homosexual”….Matías  se sintió aliviado, como si hubiera descargado en un instante un camión de arena en un patio. Duilio se rió y bromeó: “ah, claro, una chica gay que se enamora de un chico…ya nada es puro como antes…” El mozo los interrumpió y dejó las tazas. Matías llevó un pocillo a su boca y lo tomó en un segundo, pese a que estaba caliente. “Es verdad, Duilio, hace dos años que vive con otra chica, usan un anillito de amistad, es como si estuvieran casadas, ahora su pareja está en Francia por trabajo”….Matías se sostuvo el estómago con las manos. “Creo que me voy a morir de angustia y de tanto que la quiero, pero ella no se quiere separar de la otra”…

En los días siguientes el trabajo fue muy duro para los viajeros. Ulises temía por la vida de sus hombres; el oráculo divino le había concedido la gracia de escuchar a las pérfidas, siendo su única obligación la de permanecer atado a un mástil.  Pero el animoso hijo de Laertes temía la traición o la desobediencia de Euríloco y decidió privarse él también, como ejemplo, del cántico feroz.

“¿Dónde la conociste?” quiso saber Duilio. Matías suspiró hondo, luego relató: “la vi por primera vez en la imprenta donde fui a averiguar precios para editar mi libro. Ella estaba sentada detrás del tercer escritorio”. Y se detuvo como si esta frase lo hubiera atropellado. Duilio destruyó el silencio: “No debe ser gay entonces, sino bisexual, por eso se enganchó con vos pero… ¿dejará a su pareja actual por vos? Ya te dijo que no…. Habiendo tantas minas solas, ¿por qué te fuiste a metejonear con esta, que parece no saber del todo lo que desea?”…

Cuando el cielo se llenó de humo y el mar comenzó a ennegrecerse, Ulises comprendió que la hora anunciada estaba cerca.

Caminaron despacio por el Jardín Botánico, Duilio siguió: “una mujer bisexual, para un tipo como vos, que se enamora entero y da hasta lo que no tiene, es un chocolate muy amargo…”  Matías con su vista entregada al rojo y al verde, no habló, aguardó que Duilio completara lo que estaba seguro que contaría. Y Duilio se lo confirmó: “una vez, cuando era joven, me enamoré locamente de una chica así, y sufrí mucho, terminó dejándome por una mujer, si me permitís un consejo, te sugiero alejarte de ella lo antes posible…” Matías sintió que su corazón era ya una golondrina muerta. Intentó una apelación inútil: “Diana tiene una dulzura, una suavidad, una entrega que viene desde el infinito. Es como la luna”…

Con su espada de metal, Ulises cortó una barra de cera en pedazos; los expuso un buen rato al sol y luego se los dio a los marineros para que los amasaran y aplastaran. Uno a uno se fueron untando los oídos, excepto Euríloco, que trocó su porción de cera por la fluída grasa de los aparejos.

“Vos siempre buscas la pureza en todo” sentenció Duilio, “idealizás con temeraria facilidad, y confundís depresión o tristeza con profundidad”.

Perìmedes atò a Ulises, y Pelías ató a Amitaón. Euríloco se ofreció como voluntario para atar a Perímedes, a Pelias, a Creteo y a Neleo, sujetándose a sí mismo un solo brazo al mástil principal.  Y ocurrió lo que Ulises temía. Al pasar la nave frente a las islas, las sirenas recostadas en la playa, entre restos óseos, arena y cueros podridos, comenzaron a cantar.

“Mi consejo sigue siendo el mismo –insistió Duilio-, no creo que seas el primero en su vida ni serás el último, pero ella siempre volverá con su pareja mujer. No te dejes atraer por ella, te llevará a la locura porque sos muy sensible, y te dejàs devorar por lo imposible”….

“¡Ven aquí, no te alejes, hermoso Ulises!, ¡no sigas de largo con tus bravíos griegos! ¡Deléitate con nuestras sabias voces, oh, fatigado capitán!” gritaban a coro, riendo, las sirenas.

“A no aflojar, a no aflojar” repetía Duilio, “busca el amor en otro sitio”. Y Matías ya no lo miraba, ciego ante el recuerdo de la sonrisa triste de Diana, sus ojos taciturnos, su pelo apenas recogido, sus manos suaves como la seda….

Eurìloco asustado percibió que su corazón se volvía un trompo y forcejeó para soltarse.

Matías entró en el dormitorio de Diana, que estaba hablando por teléfono con su pareja, que la llamaba desde Francia. Diana apenas sonrió y él se le fue acercando, se arrodilló y le abrazó las piernas, luego le bajó el cierre del pantalón, mientras ella le acariciaba y revolvía el cabello. Cuando Matías apoyó sus labios sobre el cuerpo de la chica, ella supo de inmediato que no se trataba de una simple solicitud erótica, sino de la certificación de la entrega total, abismal, irremediable de un hombre a una mujer indescifrable.

Euríloco sintió una mano aferrada a su garganta, el mal multicolor salía a borbotones de su pecho, mientras sus oídos sangraban como cataratas, y él gritaba “¡Duilio!, ¡Duilio!”, pero Ulises y sus hombres tenían sus oídos bien cubiertos,  y ya no podían escucharlo.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar


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De allá para acá, por Circe Vela

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Yo venía en la ruta veinticinco de allá para acá, al lado de una señorita que arrepegó sus jamones con los míos (guácala con eso de la aproximación física [y peor aún con aquello de la relación de almas]), tolerando la violación al derecho que poseo, por el sólo hecho de haber nacido, de contar con un espacio de, cuando menos, un centímetro por sobre mi superficie para mí solita, disociada entre las hermosas hectáreas de por el rumbo, ya más bien anochecido, cachete pegadito al ventanal de la wawa, y ya más bien atardecida, pensando en mi próximo poema.

El problema es que la crítica literaria de mi círculo no otorga buenas referencias si de mi nombre se habla, así que sólo me quedó en el panorama mental-imaginativo una cosa como: “Noviembre es razón contundente/ para creer/ que no hay abrazo que abrace/ beso que penetre/ lágrima última// es palabra idónea// para extrañar los días/ donde vivir no era un método”. Pero como venía yo diciendo eso no se me da, y un día mi coach de la farándula literata me dijo: “Weyis, ¿sabes qué?, tus poemas son muy sosos y no dicen nada”. Entonces yo me acuerdo –y muy bien- que me sentí así como si me hubiera tragado un chicle por equivocación (porque para esas cosas, sin en cambio, sí soy una daga) y me dije bueno, está bien, ya perdí el toque para los versos porque ellos me llevaron entre sus patas, y véanme aquí, en la computadora de mi trabajo y el Word, en esta oficina de cinco por cinco, frente a una ventanota que desde el piso hasta el techo puede absorber toda la luz exterior, o bien, desde la que uno podría lanzarse al vacío y morir sobre la cisterna que el otro día dejó abierta la dentista del primer piso. Pero no.

A un lado de mi incienso de mirra, dejé ya el veredicto final de los médicos: “trastorno de inestabilidad emocional de la personalidad tipo límite” le dicen, que no está chido, aunque honestamente me ha resultado más incómoda esa sensación que la jamonuda ha dejado todavía en mi muslo izquierdo, iak, parecida a aquella que, cuando niña, me quedaba en las palmas de las manos después de haber acariciado durante largo tiempo el pelaje de la Roña, que era mi cachorra.

Pero todo bien, obvi y así, diría mi vecinita.

Circe Vela nació en Aguascalientes, Ags. en el año de 1987. Fue becaria del FECA en el año 2007 y publicó su primer libro titulado “Destrozaría la casa” en el año 2009, en la editorial veracruzana “Letras de Pasto Verde”. Regresa al mundo, sin muchas palabras en la boca.


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El atentado, por Edgar Girón García

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Cuando prendió la pantalla del televisor, justo comenzaba el noticiario de la tarde. Tantos preparativos habían consumido su tiempo de tal manera que le resultaba imposible mantenerse al tanto de los últimos sucesos como lo hubiera hecho antes de emigrar a este país. Encarcelado en su recámara del Plateu, vivía su encierro cual eremita, sin siquiera cruzar palabra con la pareja de venezolanos del cuarto contiguo, todo siempre con el mayor sigilo. El más mínimo error podría acarrear gravísimas consecuencias. Pero quizás, ya era demasiado tarde para ocuparse de dos testigos.

Su nombre carece de importancia. Chileno. Boliviano. Salvadoreño. Su pasaporte lo compró en Brasil. Ahora lo vemos comer mecánicamente su cena fría de farmacia, como todas las noches, frente al televisor, sin prestarle mayor importancia al rostro que está a punto de golpear su dormida conciencia.

Continúa el insomne con su ingestión, mientras se pregunta si su mujer estará comiendo o si la estará siendo violada. Pero no tiene forma de averiguarlo y se tiene que quedar ahí, en su cuarto de soltero, apretando la quijada. Se levanta. Tira la insípida comida de primer mundo. Regresa al limbo y fija sus ojos en el monitor del cual emerge una imagen conocida.

La escena ha pasado una y mil veces por su cabeza. Se levanta de la silla y acerca al espejo mediático sus ojos obscuros a la pantalla. Un gatillo invisible se acciona y lo hace coger su bolso como un criminal.

La pareja vio salir de la casa al travesti que vive con ellos, en un ataque de histeria, apresurándose a tomar la calle que lo llevaría al parque Mont-Royal. Eso le dijeron a la policía, la semana siguiente de su desaparición, el día que confiscaron todas sus pertenencias, junto con las del vecino.

En cualquier momento iban a venir por él. El aliento se le escapa al llegar a la cima del monte de la gran cruz, del cual se observa la zona metropolitana. Los tacones lo están matando. En la cartera tiene la pistola que descargó contra la candidata recién electa del Parti québécois, ayer por la noche en el teatro Metropolis.

Sabe que hasta aquí ha llegado. Pero, a pesar de todo, la tarde estival se tiñe de un candor apacible en las mejillas bermejas de agobiados corredores que suben y bajan las sendas. Unos minutos más. Unos instantes más. Una inhalación profunda. Fin.

 

 

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ahora vive en Montreal, Canadá, donde es periodista voluntario en el periódico en español Pulso.


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Sin título, por Édgar Girón García

SAMSUNG CAMERA PICTURES   Tengo un par de horas para terminar este texto. Obviamente de corte narrativo. Como sucede cuando uno no tiene planes. Intenté varias veces. En reiteradas ocasiones. Basta de neologismos. Desde el inicio. Cacofonía. Next. Barbarismo. Estoy harto de mí. Pero ya empecé mal. J’ai raté: aparece subrayado en rojo. Lo estoy tomando personal. Eso es. La escritura automática: pasada de moda, salida rápida. Saco un libro de mi bolsa. El autor me recuerda a Julio Cortázar y a Juan José Arreola. Es francés. Plagio. No, pastiche. Mis huevos. El mono escribe que escribe. Lo voy a dejar aquí. Abro mi correo. Mi driver. En cuatro años no he escrito nada que valga la pena. Lo cual es bueno. Significa que he vivido. No es verdad. Es una excusa. La Casa Terán explotó. Yo no supe que fue del personal, si fueron reubicados. Temo lo peor. El primer bostezo. Antes me sentía un prodigio. Ahora lo soy. Son mis cinco minutos de gloria. Yo creo que hay un archivo en mi celular. Versos. No. Paciencia. Suspiro. Las descripciones me aburren. Leo unas cuantas líneas. Cierro el libro avergonzado. Tengo una idea: corto- pego, rehago las frases. Undo. Eso me pasa por mi falta de persistencia. Nunca fui dedicado. Pero ahora estoy leyendo un libro sobre el árbol genealógico. Todos mis problemas son heredados. Todavía no los soluciono. Y dudo que lo haga. Es algo que me interesa. Cómo ser yo mismo. Todavía no lo sé. Escribir. Ya hay demasiados libros. Esto parece penitencia. Voy a corregir todo al final. Lo juro solemnemente. Van a cerrar la biblioteca.  

Edgar Girón García es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ahora vive en Montreal, Canadá, donde es periodista voluntario en el periódico en español Pulso.


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La semilla, por Roberto Quevedo

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No bien terminaba la vereda, eran visibles dos siluetas al fondo, detrás del grupo de huizaches que se incendiaban con la luz hambrienta del atardecer. Ella se preguntaba si había sido suficiente, si aquel regalo de carne habría satisfecho al niño de ojos magenta. La estaban esperando, eso la sabía, pero no lograba dilucidar si los mandatos recibidos a voces en la duermevela habrían sido claros ¿pudo perder acaso algún detalle?, ¿alguna imperceptible desviación del ritual que conduce al vientre del dragón?, ¿un descuido en los signos de la lumbre que vio surgir de las nubes cuando comenzó el degüello? Sacó del abrigo de su vientre la tela de lino que resguardaba la cabeza del cordero. Se acercó aún más. Rodeó la enramada de arbustos y entró en el bosque de árboles resecos que tenían apenas su altura. Los encontró ahí, en el centro de un círculo de tierra quemada, en cuclillas, comiendo tunas rojas como corazones de nonatos. La miraron sonriendo, sin pronunciar palabra, con aquellos iris de ignición vuelta cristales. A los pies de los dos quebradizos cuerpos dejó caer el bulto que todavía escurría sangre. Ellos lo abrieron con un entusiasmo de niños que reciben el mejor juguete. Cuando retiraron la tela pegajosa pudo entrever por vez última el rostro, desfigurado todavía de terror, del que fuera su consorte amado, antes de que las dentelladas de los dos ángeles de fuego terminaran por convertirlo en un amasijo irreconocible. No tardaron sino un par de minutos en dejar sobre la tierra ceniza trozos del cráneo despojado de humanidad. Ella los miraba con regocijo y al saberlos satisfechos se atrevió a lanzar, con voz temblorosa, la voz tan escuchada entre sueños. La gritó siete veces. Comenzó entonces su agonía. Hoy se yergue en el mismo sitio el carbonizado árbol sin nombre que devoró hace dos años a mi padre.

 

 

Roberto Quevedo es escritor y editor.


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El obrero va a casa, por Carlos Rangel

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La luz roja se encendió y la fila de obreros se detuvo. Camilo miró alrededor con ojos bovinos, vio las nucas rapadas de otros empleados y el gris de sus trajes. La pared de concreto reforzado mostraba un “06” pintado con gruesas líneas azules que contrastaban contra el blanco del muro. En algún lugar, un relevador fue activado con el habitual sonido eléctrico y la luz pasó al verde. La gruesa puerta de acero se levantó descubriendo el hangar. Afuera esperaban los transportes alineados con precisión milimétrica por los sensores de posicionamiento, y las filas de personal humano en espera de ser conducidos por los autómatas hacia su vehículo designado. Una jornada más de trabajo había llegado a su fin después de setenta y dos horas de labor, el operario podría volver a casa, dormir y recuperarse del uso de drogas para perpetuar la vigilia.

Se preguntaba cómo es que los trabajadores del pasado sobrevivían en sus puestos, antes de que el gobierno global legalizara las dosis controladas de “antisopor” y “microglobulina” en los empleados de diversas industrias. Un androide lo interrumpió de sus conjeturas interponiendo el brazo mecánico entre él y la obrera que caminaba en frente. Se detuvo. Vio a la mujer sentarse en el lugar que salía por uno de los costados del autobús, para ser asistida por dos autómatas en la colocación de cinturones y en la activación de la jeringa de sueño. El asiento se replegó dentro del vehículo movido por brazos robóticos, tras lo cual la pared del transporte se deslizó dejando el logo de la empresa, LangloisTecnologics, frente a Camilo.

El camión se deslizó con un sonido silbante para dejar el lugar a otro vehículo. El transporte nuevo se estacionó frente a las filas de obreros en silencio, con luces amarillas parpadeando en lo más bajo de la carrocería y los sensores ópticos haciendo mediciones de la distancia a la plataforma. Camilo fue conducido por un androide que lo situó junto al asiento que bajaba hasta su altura, después de que la pared del vehículo se replegara hacia atrás descubriendo los lugares. Se acomodó sobre la superficie sintética acostumbrado a los dedos fríos que le acomodaban la nuca sobre el cojín. Un sonido eléctrico traspasó su cráneo cuando la aguja del sueño entró en su cabeza por el puerto implantado sobre su cuello. Sus párpados cayeron, mientras los sonidos neumáticos de la maquinaria a su alrededor se perdían en la inconsciencia.

Se ocuparon el resto de las plazas y los obreros fueron transportados fuera del complejo por la inteligencia artificial del vehículo, que tenía implantada dentro de sus circuitos toda la información de rutas y tráfico terrestre a esa hora, las cuatro de la mañana. Atrás quedaron los autómatas diligentes que acomodaban empleados dentro de asientos y los demás camiones sin chófer que llevaban su carga hacia los conjuntos habitacionales. El autobús se movió por la ciudad, donde las calles oscuras eran iluminadas por faroles parpadeantes que lucían letreros obscenos y consignas contra el gobierno mundial. El vehículo se movió por caminos subterráneos, vecindarios abandonados a causa de la radiación y donde sólo se metían a vivir los desposeídos, parques fortificados en donde se permitía la entrada a una persona cada mes, en un horario preestablecido, y un determinado número de minutos. Una serie de edificios idénticos salvo por el número de control y el color del logo que la corporación había puesto sobre las paredes, recibió a los transportes.

Las agujas de sueño se retiraron en silencio, introduciéndose de nuevo en las almohadillas sintéticas. Camilo abrió los ojos, al tiempo que un costado del transporte automático se desplegaba dejándole ver el edificio “G32”. Un androide le ayudó a quitarse el arnés. Se movió lejos del vehículo mientras se rascaba el cráneo rasurado al tiempo que veía las hileras de armazones plegándose dentro de las entrañas del autobús con un sonido mecánico. Camilo echó a andar en medio del rebaño de obreros que buscaban sus edificios, moviéndose automáticamente sobre el empedrado y entre las jardineras de pasto cortado.

Llegó a la puerta del “F16” y esperó a que otro hombre fuera admitido por la puerta automática. Después se acercó al sensor de presencia y dijo su número de empleado como lo había hecho la jornada anterior y como lo haría la siguiente. Dentro de su cubil, se despojó con lentitud de la camisa gris para dejarla caer sobre la compuerta de lavandería, que iba hasta el contenedor bajo la superficie, donde las ropas de todos los empleados de la zona se juntaban y eran limpiadas por máquinas automáticas. Después de quedar en ropa interior fue hasta la plataforma de acero reforzado que le servía de cama y era sujeta a la pared por líneas de carbono. Se quedó sentado unos minutos pensando en cuánto tiempo faltaba para que le fuera permitido entrar en la alberca pública, y en si su horario coincidiría con el de la linda muchacha que había visto el mes anterior. No podía olvidar la forma en que el traje de nado ajustaba sobre su cráneo ovalado y calvo.

Antes de dormir su mente divagaba sobre la forma en que los operarios vivían en el pasado, antes de que todas las maravillas tecnológicas simplificaran la vida del hombre. Pero se detuvo, temeroso de que los sensores que medían la actividad cerebral detectaran en él pensamientos no permitidos dentro del horario establecido para imaginar.

 

Carlos Rangel es narrador, nacido en Aguascalientes, Ags. Licenciado en Ingeniería en Mecatrónica por la UPA, le gustan los gatos y hacer sandwiches tostados. Practica ju jitsu y otros estilos de pelea, le gusta leer. Fue becario del FECA en el 2008


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La Frontera Vertical, por Pablo Crispín

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Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, manteniendo su espesor en el aire que ahora explota en breve sinfonía de color. Las aves acuden a su llamado, voraces y nerviosas, esperando al invocador que ahora se ve impaciente. Con ellas a su alrededor, busca traspasar la frontera vertical, y con los pájaros atados a su abrigo, asciende hasta tocar las nubes. Sus pieles van cayendo de a poco hasta que sus dedos se desprenden. Las articulaciones se invierten. Los ojos se achican y la nariz se fusiona con su boca. Los pelos de su cabeza cubren su cuerpo, al tiempo que van bifurcándose y transformándose en plumas.

Pablo Cristín (Alias Pablix Pebablds) es Licenciado en Diseño Gráfico Multimedial y Desarrollador Web, de Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina. Nació en Abril de 1987 y actualmente escribe en el blog Parado En El Abismo (http://www.paradoenelabismo.com.ar), que cuenta con pequeñas publicaciones que son distribuidas en forma gratuita en la vía pública, mezclándose con el paisaje urbano para que la gente las encuentre de forma inesperada.