El Cafecito


Deja un comentario

Re-naz-siendo, o ser criollo en tiempos posmodernos, por Alex Rull

Es lo más extraño del mundo estar en otra parte del globo terráqueo y saber que lo ubican a uno como algo que no creía ser, dicho de otra forma: no lo que uno siempre supuso que es. Aún ahora, a seis meses de regresar al terruño, sigo preguntándome cómo es que tuve que viajar 3000 kilómetros para percatarme de algo que es a todas luces… innegable.

Como muchos, igualmente tuve deseos de ir al norte del continente, ya había tenido la oportunidad de ir a EU, en visita familiar, y dado que el rumor, lo que se contaba, hasta se presumía acerca de que Canadá era parecido, pero mejor, más limpio y menos reticente a los mexicanos que en el “gabacho”, nació en mí la curiosidad.

Cierto día, un amigo comento que su hermano había ido por medio de un programa para estudiantes; al poco tiempo contacté con el y me contó, a medianos rasgos, que no grandes, la mini-odisea que había sido vivir en el True North y de cómo podía hacerlo yo también; me animé más todavía cuando me confesó sentirse equivocado al haber regresado, pues pudo haber hecho trámites para la residencia, pero lo había dejado pasar.

Me tomó cosa de unos meses informarme bien a bien de qué se trataba y cómo se llenaban los requisitos de la estancia de 12 meses, entre ellos ser estudiante de nivel superior, comprobar solvencia económica, una saludable condición física y, obviamente, dominio por arriba del básico del idioma anglo; hecho lo cual, me embarqué con un pequeño grupo de jóvenes, a quienes en menos de una semana no volví a ver, señal profética de que el resto del camino lo recorreríamos mi consciencia y yo.

Uno da por hecho cosas tan triviales como usar el transporte público; dejando de lado el qué ruta y hacia dónde me llevara dicho autobús, el mero acto de formar parte del pasaje fue en sí una experiencia reveladora: 90% de esa masa heterogénea no eran caucásicos, como yo me lo había imaginado, vaya que no, los nacidos en esta porción del hemisferio eran sorpresivamente la minoría; asiáticos, indios, africanos, un panorama multicolor de turbantes, rastas, exóticos maquillajes, burkas, etc; como aquel babeliano relato bíblico, se escuchaban los más distintos lenguajes que se puedan imaginar, una suerte de camión lleno de delegados de la ONU… de países en vías de desarrollo.

Aún no sé cuál sea el código de vestimenta que inconscientemente nos identifica como mexicanos, pero cuando veía a otros oriundos de estos lares que me llegaba a cruzar en el camino, los reconocía al instante, como hormigas que van y vienen del nido. Mas luego la cosa se hizo más extraña aún, antes de volverse una bizarra revelación; nadie, entiéndase nadie que no fuera latinoamericano, me creía que yo era solamente mexicano, con algo tan común allá como matrimonios de distintas nacionalidades, no digamos razas, a muchos les parecía inverosímil que yo hubiera nacido entre tacos, mariachis y tequila, y no aparentar en lo que se dice nada ser el prototípico charro.

Es por demás conocido el estereotipo mundial (patrocinado por Hollywood) del hombre mexicano: tez morena, de regordeta figura, bigotito, rasgos indígenas, desatinado sentido de la moda, total desinhibición al comentar sobre el atractivo físico de cuanta fémina se le ponga enfrente, y un larguísimo etcétera. ¿Dónde encajaba yo entonces?, fue lo que me cuestione, si no era en ese molde, debía de haber alguna razón, y la respuesta la encontré, sin querer, en el lugar menos pensado: la extrema derecha de la juventud canadiense.

Dado que este norteño integrante del commonwealth, tiene relativamente pocos años de existencia, en comparación a otras repúblicas americanas, la gran mayoría de su población es de origen inmigrante, más aún en las metrópolis, y sus descendientes de primera y segunda generación tienden a sentirse como canucks, pero con raíces o costumbres del país o región de  donde originalmente arribaron sus familias.

En una reunión a la que fui invitado por gente que conocí en un concierto, me percaté que, aunque todos habían nacido, si no en esa provincia, sí en ese país, no se sentían nativos; por el contrario, preferían retomar las nacionalidades de las latitudes de las cuales provenían sus padres o abuelos, autodenominándose como rusos, ingleses-irlandeses, escoses, bulgaros, polacos, ucranianos, suecos-alemanes, y demás. Sí, todos ellos eran blancos, de la más pálida pigmentación hasta la más rosada tonalidad.

Al hacer las presentaciones, fui introducido no como lo que decía mi pasaporte, ni como fui aleccionado en la escuela por tanto tiempo o mucho menos como me habían dicho en casa, a partir de ahí fui identificado como the spaniard; “me cago en la leche”, dije para mis adentros, una vez más mi irónico sentido del humor que siempre se adelanta a mis reacciones evitó que mi cara se tornara en una jocosa mueca de incredulidad.

¿Era eso lo que yo era? Al menos parecía explicar algunas dudas que tuve desde que me vi sin la etiqueta de “Hecho en México”. Mestizo no soy, pero, vamos, tampoco escandinavo, el picante lo tolero a medias, lo prehispánico me llama la atención por mera curiosidad, pero no como quien ve ese pasado y lo siente suyo. Puede que tambien por eso no tenga dificultad en hablar con dejo castellano, que añore el frío, sea tan reservado, y, oh, sí, ese estigma de épocas escolares: que tenga una cara de nerd que no puedo con ella, amén de otras características fisionómicas más.

Así pues, “¿negaría ahora mi origen?”, parecía ser la siguiente pregunta; la respuesta fue “no”, soy quien soy por el lugar donde nací, me crié y crecí; xenofóbico no creo que fuese apropiado, no veo la inmigración como un problema, la estupidez y la corrupción sí lo son y ambas no conocen fronteras , lo he comprobado en más de una ocasión.

Racialmente consciente, ésa parece ser la forma indicada de conceptualizarme, querer que mis vástagos sean como sus antecesores no tiene nada de prejuicioso, saber de dónde vengo me deja un poco más claro a dónde quiero ir, y más importante: con quién y para qué. No sé si nadie sea profeta en su tierra, pero a partir de entonces profeticé para mí un cambio y este parece haberse dado en mi actitud; sin yo proponérmelo, se exteriorizó.

Lo bueno de ser aquel un estado del primer mundo, es que hay librerías y bibliotecas por doquier, literalmente, que abren hasta los domingos; y en uno de los textos que tuve oportunidad de allegarme, estaba esta frase, perfecta para cerrar aquí sin excusas ni concesiones: My skin is my uniform / Mi piel es mi uniforme.

Alex Rull es Licenciado en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, es diseñador gráfico independiente y proveedor de Distorsión Musical.

Anuncios


Deja un comentario

La provincia donde vivo, por José Luis Justes Amador

1.      La provincia es un estado mental. Nada, ni nadie, y menos la geografía, puede lograr que uno escriba o pinte o actúe o esculpa o cante obligatoriamente de un modo determinado.

2.      Sólo hay dos patrias: los veinticinco centímetros cuadrados en que caben nuestros pies o el mundo entero. Todo lo demás son estupideces.

3.      Quejarse de la geografía es como quejarse del calor o del frío, inútil. No va a dejar de hacerlo por mucho que nos quejemos. Y ese tiempo, el de la queja, es tiempo perdido.

4.      Mañana seguiremos aquí al igual que los que están allí, allí seguirán (sean lo que sean esos dos puntos geográficos). El deseo de muchos es cambiar el lugar, la obligación de todos es acabar el día siendo un poco mejor que al comenzarlo. Y, aún más, en el arte.

5.      “Birthday”. ¿Alguien se acuerda de esa canción? ¿Alguien se acuerda del grupo que la cantaba? Los Sugarcubes. Y aquella voz, estridente, chillona, con algo, con un no sé qué, era la de Björk. Una gran cantante (artista, en el sentido amplio de la palabra) venida de uno de los países que no son, ni serán nunca, centro del mundo: Islandia. ¿Podríamos alabarla ahora si se hubieran sentado a lamentarse de lo alejada que estaba su isla del mundo “real”?

6.      Una amiga mía cambió, no hace mucho, de idea. Todo el mundo (ese famoso “todo el mundo” que no existe en ningún sitio) habla y lee al menos otro idioma. Pasando por alto la estupidez de ese axioma (¿cuánta gente en este pueblo habla realmente otro idioma?), ella ahora está orgullosa de no hablar más que el suyo, pero con propiedad y exactitud, porque, al fin, ha descubierto que lo importante está de lengua adentro, no de lengua afuera. Y, de vez en cuando, se arrepiente.

7.      Y cuando se proponen ejemplos de artistas que no necesitaron ninguna de las grandes ciudades, o que no salieron de la provincia, o que a ella regresaron (abramos un largo paréntesis, que podría ser eterno: Kafka en Praga, Van Gogh en Arles, Gaugin en Tahití, Grotowski en Polonia, Rulfo al margen de los cenáculos literarios, etc.) la excusa es siempre la misma: ellos eran genios. Conclusión: no es entonces el lugar, sino al genialidad.

8.      Hagamos historia. ¿Quién es el personaje histórico que consiguió la revolución más extendida y permanente de la historia? Jesucristo, nacido en el pueblo más perdido de toda Judea, que lo único que hizo fue perseguir machaconamente su idea hasta el extremo de morir por ella.

9.      Borges imaginaba el paraíso bajo la especie de biblioteca. Así imagino yo la provincia. ¡Qué triste encontrar a gente de teatro que no sabe de teatro, a poetas que no saben de poesía, a pintores que no saben de pintura! En efecto, ha habido grandes que fueron ignorantes (véase el aforismo sobre la genialidad).

10.  Releo estos apuntes. En parte, y es necesario reconocerlo, estoy de acuerdo con toda esa parte de la población que se queja de la “provincia” (entre comillas como la “realidad” de Nabokov). Es difícil vivir aquí, casi más difícil que practicar un arte. De acuerdo. Pero no imposible. Requiere un poco, o un mucho más, de esfuerzo. ¿Vale la pena?

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.


Deja un comentario

¿Toda la vida es lo mismo?, por Dorismilda Flores Márquez

“Los mismos ciudadanos, con sus locuras, quieren destruir nuestra gran ciudad, cediendo a la persuasión de las riquezas; y, con ellos, las inicuas intenciones de los jefes del pueblo, a los que espera el destino de sufrir muchos dolores tras su gran abuso de poder … no respetan los venerables cimientos de la justicia que, callada, se entera de lo presente y lo pasado y con el tiempo llega siempre como vengadora … el mal gobierno acarrea males sin cuento a una ciudad, mientras que el buen gobierno lo hace todo ordenado y cabal y con frecuencia coloca los grillos a los malvados”.

Fragmento de Elegía sobre el buen gobierno, Solón de Atenas

Uno de los Siete Sabios de Grecia

¿Eso quiere decir que toda la vida es lo mismo?  Porque, si hacemos cuentas, Solón vivió del año 640 al 560 a.C.

Dorismilda Flores Márquez es Licenciada en Comunicación Medios Masivos, editora de El Cafecito, y mucho más.