El Cafecito


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El chimento es salud, por Luis Buero

El petisito hombre Neardenthal sólo necesitaba agua y algunas hierbas para no extinguirse. Los adonis griegos de la Edad Antigua agregaron la filosofía, el teatro y las olimpíadas a su místico existir. Los orientales sumaron la religión, y los varones medievales y modernos perfeccionaron el arte. El macho contemporáneo quedó encantado con el cine, y el homo-videns (según Giovanni Sartori) añadió la televisión como un elemento imprescindible para subsistir.

Pero hay algo que acompaña al individuo humano desde los tiempos de las cavernas hasta la era de Viviana Canosa: el chimento, radio pasillo o como se lo quiera llamar.

¿A que no saben lo que tengo para contarles?” murmura alguien que llega con una sonrisa maliciosa a la oficina, y todos suspenden sus actividades y se sientan expectantes, como niños pequeños en primera fila ante la función de un trapecista: ¡dale, dale, contá, contá!”, exigen los demás, sedientos y entusiasmados.

Ahora bien, con relación al tiempo,  hay dos tipos de chismes: uno es el que narra lo que se dice que ocurrió, y el otro responde a la sospecha de lo que supuestamente va a suceder. El primero procede de una información seguramente distorsionada sobre un hecho real, que puede transformarse en calumnia si el protagonista aludido es poco querido por la mayoría… o por el que narra. En cambio el rumor de lo que va a pasar tiene como combustible la ansiedad que muchas veces se genera en una institución, o en la sociedad, cuando se quiebra la comunicación entre los que mandan y los subordinados. Esas fracturas producen redes de incertidumbre y dan pie a una emergencia, la necesidad de depositar en otro esa información que causa temor. El chusmerío, en esos casos, es una forma imaginaria de estar en acción ante lo malo que se viene.

También podemos decir que hay chimentos rojos, verdes o negros (ustedes ya estarán pensando ejemplos), y los hay calientes, fríos, y hasta desactualizados, cuando el portador de la primicia descubre que todos lo sabían menos él. También están los chismes sabrosos, cuyo origen no es otro que el sadismo, que ya se sabe, así obtiene su catársis.

Finalmente están las voces que serpentean desde el  periodismo televisivo de espectáculos, que también cumple una función sanitaria. La gente critica mucho esos programas… pero los ve. ¿Por qué? Porque las estrellas son admiradas, pero por otro lado, provocan envidia, pues nos muestran a cada instante sus triunfos y nos señalan todo lo que nos falta. El chimento que las vitupera funciona entonces como un mecanismo restaurativo que nos permite proporcionarles una represalia simbólica, de tal modo que ellos pasan a ser las víctimas y nosotros los actores de su difamación.

En síntesis, si quieres que todo el mundo se entere de algo cuéntaselo a alguien en voz baja como un secreto, y siéntate a ver cómo se expande como fuegos artificiales en Navidad. ¿0 no es así?

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

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