El Cafecito


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Celos y violencia familiar, por Luis Buero

A raíz de un taller que coordino desde hace años, para celosos y celados, en el hospital Tornú, muchas veces me han llamado de programas de radio para preguntarme qué diferencia los celos “normales” de los patológicos.

Y la respuesta es siempre la misma: la intensidad.  Si la vida de la pareja deja de ser una comedia para convertirse en una tragedia, no hay que pensar mucho más. Sobre esto me voy a extender en esta revista online, un poco más.

Para el varón celoso patológico, siempre fuera de la casa hay un rival expectante y adentro del hogar lo espera una sospechosa, una lasciva agazapada. Él tiene la certeza delirante de la codicia universal: todos la desean a ella.

Ya en otras columnas me he referido a la relación de los celos y las vivencias infantiles, en especial, el modo de vínculo vivido con las figuras parentales y hermanos. Pero vayamos al tema del título: la violencia por celos se da en fases y en la mayoría de los casos, desde el hombre hacia la mujer.

La primera fase es la de acumulación de tensión, y es la etapa de la violencia verbal, la demanda excesiva, la sospecha y la descalificación manifestada con insultos, retos, metáforas delirantes, el despliegue de la desconfianza delirante y alucinatoria.

La siguiente fase es la del golpe, el cachetazo, la trompada, la paliza. Las lesiones pueden provocar la hospitalización y a veces, el asesinato. De este tipo de noticias se alimentan las crónicas policiales. La inseguridad extrema del celoso lo lleva al acto, ante la incapacidad de simbolizar su conflicto en un diálogo sentido y expresar su angustia, sí,  la angustia y las frustraciones personales que provocan el enojo excesivo. Hay una irrupción real en el cuerpo del otro, lo lastima, pues no puede tramitar por la vía de la palabra el brote que convierte a Dr. Jeckyll en Mr. Hyde.

La fase que sigue es la de luna de miel o arrepentimiento, las disculpas, la vergüenza, la promesa de cambios, el comienzo a veces de tratamientos psicológicos infructuosos donde lo encorsetan en un imaginario, es el golpeador, y ahí se tapona el diagnóstico.

Y todo vuelve a repetirse, cada vez con mayor gravedad.

También hay mujeres que pegan, en algunos casos famosos castran y, en otros, directamente asesinan por celos. Componen una muestra estadística más pequeña, pero existen.

Un psicoanalista diría que estamos hablando de sujetos del inconsciente y de sus modalidades de goce. Goce en el idioma de Lacan es un más allá del principio del placer freudiano y tiene que ver con la pulsión de muerte, la energía humana por excelencia (no hay otro tipo de animal o planta que se suicide). Tiene que ver también con modelos vividos en la infancia, situaciones que se grabaron de una determinada manera y hoy pulsan como una escena anterior condicionante. Y con condicionantes sociales, el concepto del amor, el machismo, la indiferencia institucional o religiosa ante la reacción de la mujer que necesita abrirse rápidamente de estas situaciones de peligro.

El celoso patológico quiere Todo, pretende desconocer la falta estructural propia y ajena y finalmente condena a muerte a su propio deseo. La cura implicará trabajar sobre aquellos trazos, aquellas marcas de lo oculto del iceberg, reescribirlas, renacer en la propia historia. Es dura, se requiere valentía y humildad, pues en ese camino se dan dos pasos adelante y uno atrás, constantemente.

Pero llegará el día en que el individuo comprenderá que los celos no son amor al otro, sino amor propio exagerado, dependiente y enfermizo, como el amor egoísta del bebé que alucina que la mamá y él son uno solo, cuya separación en yo y no-yo teme pues le promete un duelo intolerable. Sin embargo, pensemos, abandonamos el útero para caer en estas tierras de caos e incertidumbre y luego atravesamos el destete y sobrevivimos, ¿qué otro cataclismo puede hundirnos la carabela? Sólo nos queda una garantía, que un hombre es más importante que los afectos que pueda perder y que guarda suficiente tela para soportarlos, lo cual lo exime del temor extremo de que su objeto de amor sea atraído por otro. Y como diría Hamlet, “the rest is silence”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar

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Celos y mentiras compulsivas, por Luis Buero

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Entre celosos y celados se evidencia que hay mentiras compulsivas para evitar problemas,  o para provocarlos. Pero siempre del lado de los celados

 

  • Mentiras para evitar problemas

 

Esta clase de mentiras aparecen del lado de los celados, pero no porque sean infieles si no porque, dado que el celoso tóxico es un detective implacable (lo propio de la neurosis obsesiva) todo lo que diga el celado puede volvérsele en contra.

 

Entonces, si el muchacho fue a almorzar con sus compañeras de trabajo por ahí lo oculte, o si la chica fue a estudiar con sus mejores amigos tampoco lo revele, o diga que hizo otra cosa cuando le pregunten, no porque haya sido infiel, insisto, sino porque sabe que haberlo avisado con anticipación le significaría soportar una escena dramática de celos, tal vez una prohibición expresa, e intenta evitarla. Y si se descubre que mintió, la cosa se pone peor, por eso este tipo de vínculos basados en la desconfianza básica tienden a romperse tarde o temprano.

 

  • Mentiras para generar problemas

 

Ejemplos:

 

1)     La mujer que no “historiza” los hechos vividos del día, sino que los “histeriza”, contándole a su marido una ficción en la que siempre hay alguien que “le tira los galgos”.

 

2)     El  seductor histérico, el simpático eterno, que requiere “mitomanear” la realidad para impresionar a su novia, mostrándose como el héroe deseado de todas las situaciones.

 

3)     El celado perverso que intenta sembrar la duda de su fidelidad mediante alusiones inexactas, o guardar silencio sobre ciertos asuntos, a propósito, como una manera de atormentar al compañero/a, de reforzar su dependencia y de cultivar sus celos. Lo que pretende es paralizar a la pareja colocándola en una posición de confusión y de incertidumbre.

 

  • Autosecuestro afectivo y mentira

 

Simplificando el problema, digamos que en el terreno de los afectos, hay dos tipos de mentiras: unas determinadas por la presión de las circunstancias y otras cuya motivación central es interna. No incluiremos aquí un tercer tipo de mentiras que están relacionadas con la actividad de fantasear, los famosos sueños diurnos que a veces cierta gente adulta expone como realidades (un resabio de las “mentiras” infantiles).

 

Me interesa aquí señalar el drama de la mentira del celado, intentando protegerse del vendaval. Los motivos se explican a continuación:

 

Por alguna razón, establecido un vínculo entre dos personas, se despliega (a veces inconscientemente) una lucha de poder. En los trabajos, las relaciones de producción generan roles asimétricos, hay un patrón y un empleado. En los matrimonios o noviazgos,  hay una igualdad de derecho y de hecho, sin embargo nuestra inseguridad e impulsos egoístas a veces intentan reproducir, al menos fantasiosamente, la dialéctica del amo y de esclavo.

 

Uno de los sentimientos más comunes que provocan que uno de los dos (o los dos) intente coartar, disminuir o directamente cancelar la “vida fuera de la pareja” del otro/a, son los celos.

 

Sí, celos. Los celos nacen de un exagerado egocentrismo infantil que todos podemos padecer en algún momento. Es un intento de apoderarnos del deseo del otro para que sólo esté dirigido hacia nosotros mismos. Nuestro sueño es ser el exclusivo centro de atención de la persona que dice amarnos, repitiendo de modo imaginario una posición que supuestamente tuvimos cuando estábamos en los brazos de mamá, allá lejos y hace tiempo. Sin embargo esa reivindicación del ser un Todo con alguien (mamá aquella vez, o la supuesta media naranja hoy) es algo imposible de lograr. Y siempre lo fue. Ya mucho nos dolió, como puñalada artera en pleno narcisismo, descubrir en aquellos años en que calzábamos pañales, que mamá tenía marido, otros hijos, y además alumnos de piano y hasta una foto escondida de Alain Delón. Por eso ahora, cuando la novia o el esposo utiliza una porción de “nuestro tiempo” para visitar a su abuela, charlar con los amigos en un café, jugar al tenis con los sobrinos, dedicarse a la política, a un hobby cualquiera, o pasa demasiado tiempo escribiendo en su computadora o paseando el perro, un cercano malestar nos remite a esa angustia de no ser elegidos como únicos full time, esa sensación fulera que ya sufrimos antaño.

 

Ahora bien, ese abandonar totalmente la vida que teníamos siendo solteros, para esquivar escenas tormentosas, es en parte un auto-secuestro afectivo.

 

Sí, nuestra debilidad, el querer gambetear reclamos, caras largas, escenas de cuartel, es lo que nos hace cercenarnos y dejar de llamar o ver a esa gente que solíamos frecuentar. Y así nuestro mundo se va empequeñeciendo, pues nadie puede darnos todo lo que necesitamos y nuestra inserción creativa en la sociedad queda anulada lentamente, mientras nos sentimos morir asfixiados. Si nuestro rol, en cambio, es del “secuestrador”, sufrimos al querer controlarlo todo inútilmente.

 

¿Soluciones? El desaparecido en acción debe volver a la película y no dejarse castrar, cueste lo que cueste. El celoso/a debe entender que puede prescindir de ese objeto de deseo y seguir viviendo igual. También reflexionar sobre la altísima dependencia afectiva que tiene hacia ese otro/a. Y finalmente comprender que aunque es común que sospechemos que nos van a dejar por otro, lo que siempre ocurre, es que nos dejen por nosotros mismos.

 

  • Frase mística para el final

 

La frase del final no es de Schopenhauer o de Paulo Coelho, es de una novia que tuve, Sabrina, mucho más joven que yo, que lavando los platos con un delantal de cocina sobre el cuerpo sin ropas, filosofó una tarde: “la verdad es que la diferencia de estar en pareja o estar sola, es que cuando una está en pareja coge con una sola persona”.

 

En aquel momento su definición me pareció exagerada, y excesivamente simplista. Hoy, años después, entiendo que debería repartirse en algún calendario para los celosos/as, porque les indica en qué ambiente de sus contenidos mentales se halla la antesala de la libertad, esa habitación oscura a la que nunca llegan, no por falta de orientación, si no por cobardía moral.

 

 

 

 

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Celos: un encuentro con el abismo infinito, por Luis Buero

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Yo estudié psicología social pensando en investigar los pactos psicológicos del público con la televisión (o sea, dilucidar las sinrazones por las cuales la gente reclama una programación mejor pero luego le da rating a las producciones que critica).  Pero cuando tuve que escribir mi tesina de grado, mi profesora-guía me pidió que eligiera una temática menos mediática.

“¿De qué corno escribo?”, murmuré preocupado. Pero y, dado que, como dijo el mítico John Lennon, la vida es lo que pasa mientras estamos pensando en otra cosa, el tema vino a mí solito.

Algo personal

Yo pasé años y años creyendo que no era celoso, tal vez porque había olvidado las peleas que tenía con mi hermano cuando mi mamá le servía un milímetro más de flan con dulce de leche, o porque con mi esposa (la que,  por aquello de que el amor tiene que ver con la química, me trataba como si yo fuera un desecho tóxico) jamás tuve una pelea por celos.

Pero una vez liberado de mis primeras náuseas, perdón, nupcias, tuve la infeliz idea de salir con mujeres muy jóvenes, creyendo que allí encontraría minas de buen carácter, hasta que terminé por armar pareja con una locutora de radio mucho menor que yo.  Mi hermano me bautizó “ladrón de cunas”, y mis amigos me llamaban Cris Morena, porque decían que yo hacía mover a las chiquititas.

En aquellos días mi “young lady” conviviente no se animaba a emprender una segunda carrera terciaria y yo la animé a hacerlo. La noche que ella regresó a casa después de su inicial día de clases universitarias se fue a dormir muy cansada. Yo estaba en el living meditando sobre el objetivo de mi tesis cuando me encontré delante del cuaderno que ella había dejado sobre la mesa, y mi mente fue sorprendida por una pregunta inesperada: “¿habrá anotado ya el teléfono de algún compañerito de facultad?”.  Y no pude evitar abrir la tapa y revisarlo. Miré hasta la última página vacía y lo cerré de golpe, colorado de vergüenza: ¿por qué hice esto?

Buscando la respuesta a ese acto sobrevino la aventura intelectual y vivencial que empecé días después.

Cuando los celos te carcomen

Hay quién desea ser torero y termina como astronauta. Yo, que soñaba escribir una comedia para la televisión mexicana, desde el año 2005 soy el coordinador del, creo, único taller de reflexión y mutua ayuda de la Argentina (¿y del mundo?) dedicado a los celosos y celados. Se desarrolla en un espacio público con entrada libre y gratuita, y se titula Cuando Los Celos Te Carcomen. Con el mismo título escribí un libro, inédito aún.

El sábado 3 de septiembre del 2005, cuando iba camino a mi primera charla sobre los celos en una escuela frente a Plaza Italia me preguntaba: “¿vendrá alguien a escucharme?”. Pues sí,  me esperaban cien personas (no dejaron entrar más porque no cabían en el aula).  Gente rica y gente pobre, celosos y celados que iban desde los 20 a los 80 años, solos o en pareja, heterosexuales y gays, seres agobiados por el miedo al ataque y a la pérdida de sus vínculos cotidianos.

El espacio permanente se abrió luego en otro sitio, el Hospital Tornú, para el cual creé pequeños sketches, dramatizaciones, juegos, técnicas de acción y propuestas para la simple discusión que parte del relato de los participantes. Desde entonces, todos los miércoles, como el Capitán del Enterprise, inicio la reunión con personas nuevas que se suman y otros veteranos talleristas, haciendo un viaje que siempre nos lleva a un puerto que nos despierta una visión superadora del mundo, ya que en definitiva, para brincar sobre el charco no podemos evitar tomar envión como para saltar un océano. Y eso intentamos hacer.

¿Por qué sentimos celos?

Junto con la voracidad y la envidia, los celos son uno más de esa trilogía de afectos inevitables que nos invaden a poco tiempo de abandonar el paraíso del útero materno. Al principio somos Uno (pero no con el Universo, como diría Kung Fú, el pequeño saltamontes) sino con la teta salvadora de la madre. Pero tarde o temprano llega ese día en el que descubrimos que Yo y No-Yo son dos lugares distintos, y que ese No-Yo que nos acariciaba y nos daba de comer, tiene marido, otros hermanos, trabajo, amigas, un perro, una computadora para chatear… y nos preguntamos… “¿ahora de qué me disfrazo para llamar la atención y para volver a ser el Único?”.  Así estrenamos ese fulero sentimiento de exclusión. Fulero y a la vez necesario para crecer.

Y por si esto fuera poco, entramos a una cultura y a un lenguaje que nos toma de entrada y nos informa que el matrimonio es de a dos,  que el adulterio está prohibido por la Ley y por la religión, es decir,  ni se te ocurra desear a la mujer de tu prójimo (empezando por mamá). Y nos insisten con que, como somos seres volubles, imperfectos, que venimos de un pecado original, siempre hay un sospechoso adentro del dormitorio, y un enemigo afuera que se lo quiere robar. Y ante el brote que puede seguir a esta perspectiva, para un celoso/a  los hombres son vistos como animalitos alzados que se quieren voltear hasta a la estatua de Lola Mora, y la mujeres como más fáciles que la tabla del uno y están anhelantes por tener más puestas de espaldas que el Caballero Rojo.

Por si esto fuera poco, el Dios Mercado promueve el individualismo extremo, la realización full-time del éxito profesional y comercial, que tapa el ruido de las preguntas fundamentales: ¿existo? ¿quién soy? ¿quién me va a querer?. Y ante la liberalización de las costumbres (“mi amor, yo te adoro pero me voy al alter office con mis compañeros y luego a bailar sola con mis amigas”) hasta los celos, en pequeña medida, se vuelven un mecanismo de defensa social.

Se me saltó la térmica

¿Cuándo los celos son patológicos? Seguro te estarás preguntando eso.

Los celos son como la pimienta, que en poca cantidad da sabor y en exceso intoxica. Son un motor pulsional, erotizan al otro y nos exigen atención y esmero. Pero cuando al celoso se le salta la térmica, el celado se siente asfixiado, castrado, no se puede insertar creativamente en la sociedad, se auto-secuestra. O sea, como cantaba Cortez, todo es cuestión de medida.

Y cuando la marea supera el dique, él o ella revisan bolsillos, celulares, casilla de correo, contratan detectives, torturan a su media naranja con interrogatorios de Guantánamo. Y eso es porque su dependencia emocional del Otro, es extrema, como cuando era pequeño y demandaba exclusividad a sus papis; sólo que de adulto, regresar a esas etapas del autoerotismo y el narcisismo es exigir lo imposible y a un altísimo costo. Los delirios paranoicos, las ansiedades psicóticas nos proponen un tour que va de la violencia verbal y física hasta estar en Policiales de Crónica Tv en un puñado de estaciones. Y mientras tanto, antes que eso, ya dimos y soportamos una convivencia de tragedia, no de comedia.

Aceptar la falta, el agujero infinito. (“¿Lo qué?”)

Una vez nacidos, el mundo perfecto se perdió. Buscamos la completitud en ese otro/a que nos va a amar, en una vocación, teniendo hijos, plantando el árbol, escribiendo el libro, pero nada nos puede saciar, porque el registro de carencia debajo del cielo es inesquivable, y la ruptura entre lo que siento y lo que digo que siento también. De ahí que amar es siempre dar lo que no se tiene a alguien que no es. Y cuando Romeo y Julieta afirman que son el uno para el otro, el otro no es ninguno de dos.

Pero al menos, lo que debemos comprender es que no somos el burro detrás de la zanahoria, como indicaría el párrafo anterior, sino que lo que nos impulsa es el agujero infinito e imposible de llenar, que quedó atrás en el tiempo: me refiero a esa experiencia mítica de satisfacción que fantaseamos que vivimos alguna vez,  y que no volverá jamás.

Nuestro trabajo en el taller es ése: la autoconciencia y el des-apego. Nunca le digo a alguien: “estás loco, tu esposa nunca te va a engañar, o, tu marido jamás se va a enamorar de otra”. Porque no lo sé.

Y aunque sugerimos la renovación de la palabra confianza, la verdad es que no hay garantías, y pese a la máxima certidumbre prometida hasta las Torres Gemelas se pueden derrumbar. Por eso, esa seguridad que se le reclama a los celosos no es la de que nadie los va a traicionar o abandonar, si no, la seguridad de que lo van a poder soportar, como ya lo hicieron alguna vez, cuando dejaron de ser el gran Uno para el gran Otro que les daba la mamadera.

Los celos son una defensa neurótica como respuesta ante la pregunta por el deseo el otro, que siempre es, fue y será una incógnita.

Frases para el calendario

Finalizando, gente valiente que llegó a este renglón, les quiero repetir algunas  frases que a veces comentamos en el taller:

  • El amor es la única posesión en la que no se posee nada.
  • Yo sostengo la punta del hilo que me ata.
  • Pensar fácil, hacer fácil.
  • Duro con el problema, blando con las personas.
  • En vez de esperar que alfombren el mundo, calcemos un buen par de zapatillas.
  • Toda queja es una demanda de amor.

Y vimos que:

  • Aunque algo sea impensable para uno, no quiere decir que no exista y que uno no lo tenga que aceptar.
  • Hay una realidad que se auto-crea.
  • La significación de las cosas no sale de las cosas mismas, sino de nosotros.
  • La percepción de la realidad está determinada por la estructura psíquica del sujeto.
  • El pasado que recordamos es una construcción que nunca porta una verdad inmutable aunque inventemos instrumentos para cristalizarlo.
  • Tenemos creencias fijas que nos condicionan (las mujeres son… los hombres son…).
  • No somos objetos pasivos de lo que nos sucede, también elegimos estar donde estamos.
  • El cambio depende de la intención nuestra que llevamos adelante en cada paso.
  • Todo vínculo nos implica una relación costo-beneficio.
  • La buena noticia es que los celos enfermizos se curan, la mala es que depende de nosotros.

Estas son algunas perlitas que fuimos recogiendo de aquí  y de allá, intentando cumplir lo que me sugirió aquella profesora  que les mencioné al principio: “Luis, no te olvides nunca que hablar es una necesidad, pero escuchar, es un talento”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Celos en la cotidianeidad, por Luis Buero

Los seres humanos somos, según se dice, neuróticos, sicóticos,  o perversos, pero cuando de celos se trata, la gente no piensa en las estructuras que nos definen, y siempre se pregunta si hay una distinción entre los celos masculinos y los femeninos.

Dejando la infidelidad de lado, que es lo obvio, y no tiene sexo fijo, en la cotidianeidad,  los hombres no queremos que a ellas las toque nadie, y cuando digo nadie, es Nadie, salvo nosotros. Las mujeres se quejan de otro sentido, del de la vista: las atormenta la mirada masculina (no la que posan los otros tipos sobre ellas y parece que las van a dejar embarazadas) sino la que sus novios, maridos, amantes, enfocan en otras. Y al decir otras digo a Todas las Otras, incluyendo a las virtuales, las de las tapas de revistas, carteles y las de Bailando por un Sueño.

Democraia y destape, martirio femenino

Debe ser difícil ser una muchacha celosa hoy, cuando en los mega afiches se exhibe Araceli en paños menores y las chicas de Tinelli (¿y de Sofovich?) muestran sus partes pudendas a todo color en pantalla gigante.

Argentina ha vivido muchos años bajo dictaduras temporarias que siempre dejaron pesadas secuelas. En los recreos de democracia, los medios de comunicación apostaron a exceder los límites en las imágenes y en el lenguaje, siempre con fines ultra comerciales. Del 84 en adelante algo que comenzó a inundar lentamente los quioscos de diarios fueron las publicaciones con tapas triple equis. Primero aparecían en revistas bizarras cubiertas por bolsitas negras. Después se cayeron las bolsitas y  hasta en la portada de un magazine sobre ajedrez te metían la mina en bolas delante. Y de las sugerencias abiertas, triviales y a veces atrevidas de la fotografía de la década del setenta y principios de los 80, se pasaron a las poses y semidesnudos que funcionaban como símbolo detonador, como espuela que evocara sensaciones y deseos inhibidos en los consumidores de una sociedad sufrida.

Claro que esas tapas de revistas y esas bailarinas de tv que brillaban alrededor de Roberto Galán eran monjas de clausura relacionadas con las que vimos en los últimos años. Me refiero a que las poses sexuales de las chicas de algunos shows hiper mediáticos y de las portadas en las que están ofreciendo el trasero desnudo en primer plano a la humanidad,  ya resultan una pedrada en el ojo.

Si es cierto que existen el Yo, el Súper Yo y el Ello, como aseguraba don Sigmund, como componentes del aparato psíquico, los editores de esas revistas y los productores de esos programas  apuntan directo al Ello. Sin miramientos.

Obvio que conmueven, porque en su descreimiento del erotismo natural humano, bordean el exhibicionismo perverso, (similar al del personaje callejero que se abre el impermeable y está sin ropas), haciendo abstracción total de la presencia de los niños pequeños que las ven en la calle o en la tele, en una edad en la que deberían estar más preocupados por la tabla del dos, el teorema de Tales, que por el gran culo moviéndose sinuosamente alrededor de un caño, que los interrumpe en su período de latencia.

Y las mujeres, que viven en eterna competencia preguntándose quién es la más bella, sufren horrores. Pero como decía el sabio, si no puedes alfombrar el mundo, compra un buen par de zapatillas.

De todos modos a Julieta le sobran derechos para reclamar a su partenaire, respeto mientras están tomando café en el shopping, en una sociedad donde sí existen códigos. Si estás conmigo, no mires insistentemente a las otras, porque me hace mal, es una frase que reclama respeto y consideración, y no está de más si el salame es un fisgón y un baboso desubicado.

¿Y de los machos qué podemos decir?

Celos, envidia, voracidad,  cóctel de emociones negativas, son afectos constitutivos de nuestra psiquis, o sea que no tenemos que esperar a casarnos con Angelina Jolie para sentirlos.

En realidad, se nos hicieron evidentes apenas la partera nos palmeó el trasero. ¿Por qué? Primero porque, según dicen los que saben, el julepe que nos pegamos cuando nos sacan de la confortable panza de mamá es tan grande, que se nos marcan dos huellas eternas en el bocho: “miedo a la pérdida (de lo amado, de la seguridad obtenida, etc.) y miedo al ataque del otro (real o imaginario)”.

Pero lo más denso viene después, ya que al nacer creemos que esa señora (la que nos sostiene vivos gracias a su amor y leche tibia), y nosotros, somos Uno solo, que ambos formamos parte de la “nave madre”.

Vana ilusión, que dura hasta que el infortunado galancito sale de excursión gateando por el living una noche y descubre que hay un intruso, llamado hermano, que está mamando de la misma teta, y que, para peor, aparece un señor grandote con cara de papá y le pregunta sonriente  a su única (la del niño) proveedora de vida: “negra, ¿vamos pa’ la pieza?”.

De cómo empecemos a elaborar estas primeras y terribles pérdidas (no de afectos, si de fantasías) resultarán nuestros vínculos futuros.

Y siempre, en el mejor de los casos, que se nos presente esta parejita castradora que nos limita el goce y que nos dice, asomados a nuestra cunita, con amor: “nene dejáte de joder y dormite que tenemos que hacer lo nuestro”.

No me toquen a la nena

En las reuniones de amigos, cuando se trata el tema de los celos, pareciera que las únicas celosas son las mujeres, permanentes Blancanieves angustiadas, inspectoras de bolsillos, agendas y teléfonos celulares, atravesadas por la desesperada obsesión de controlarlo todo en la vida de sus “bombones” a los que ven como animalitos salvajes.

Muchas afirman que empezaron a ser así después de sufrir un engaño inesperado (de esta u otra pareja anterior) o desde que el papá abandonó a su mamá por otra mujer y no llamó nunca más.

Los tipos, en cambio, se sienten incómodos por los cambios conductuales de la mujer moderna, la que trabaja, estudia, practica deportes, asegura tener amigos varones, baila y viaja sola, sin su macho fijo. El Otro humano con pitito y bolas, generalizado, ya sea un Brad Pitt o el jorobado de Notre Damme (que por algún peso que lleva se jorobó) son enemigos potenciales.

De pronto algunos fulanos se angustian porque ella quiere hacer un curso de actuación teatral como si el presunto ladrón de su novia sólo pudiera hallarse en ciertos lados y otros no. ¿Por qué su movedizo profesor de salsa tiene que ser sí o sí el que nos hará  “cornudos”, y no, en cambio, el puntual sodero, o un simple francés con libros con el que se choque en la calle, como ocurre en las películas?  ¿Cómo evitar su convivencia diaria con otros empleados, estudiantes, jefes, cuñados, etc.?

Garantías no existen y además, hombres hay millones, la única que decide es ella. Pero la realidad es que la infidelidad es el síntoma, no la enfermedad, ya que nunca nos dejan por otro, siempre es por nosotros mismos. Ella no es una valija que nos pueden robar en la Terminal de Ómnibus porque nos descuidamos un instante.

¿Y qué hacemos con la angustia?

La angustia,  primero que nada hay que reconocerla, algo que a los Romeos no les gusta porque los hace mostrar débiles. Ellos pasan a la estación de trenes siguiente, que es la agresividad.

Pero el motor de la demanda, de la queja de amor, fue la angustia. ¿Cómo reducirla?

Un varón debería preguntarse todos los días al contemplar a la mujer que quiere: “¿puedo vivir sin ella?”, “¿soy capaz de continuar mi existencia si me deja?”.

Mientras la respuesta sincera sea , la convivencia  será una comedia, y no una tragedia, y él le dará a ella libertad para que se inserte en la sociedad de manera creativa y evolutiva, y también él  tendrá fuerza interior para decirle “adiós, querida”, en cuanto ella tenga una actitud confusa, equivoca o histérica con otro tipo, especialmente delante de él, sea por lo que fuere. Porque en definitiva ésa es la única seguridad que podemos construir en la vida, la de que, pase lo que pase, vamos a sobrevivir sin el otro, que es simplemente otro, y nada más que otro, una criaturita de Dios, que hace pis y caca como todos, y que es semejante a nosotros.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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¿Otelo sería petiso?, por Luis Buero

Ahora resulta que los hombres de baja estatura son más celosos que aquellos que son altos. Esto surge de una investigación realizada por una universidad holandesa y otra española en la que participaron casi 600 estudiantes.

Ustedes se preguntarán: ¿por qué no pondrán a los alumnos a explorar temas más acuciantes?  Y tendrían razón en ser irónicas, pero lo peor de todo, chicas,  es que una encuesta de esta naturaleza podría imitarse en cualquier casa de estudios vernácula con igual resultado si nos pusiéramos a averiguar si los pelados se sienten más inseguros que los melenudos, o si los que usan anteojos cola de botella sospechan que sus minas les van a meter los cuernos con los que ven perfecto. Y a la misma conclusión arribaríamos si hiciéramos la indagación entre gordos y flacos, pobres y ricos, fracasados y exitosos, los de pene chico y los bien provistos, etc.

Pero si profundizáramos el trabajo tal vez descubriríamos que los altos, los “winners”, los famosos, los bellos, los simpáticos y entradores, también sufren de celos, temor a la infidelidad de sus parejas y miedo a ser dejados.

¿Por qué? Porque los celos no respetan raza, religión, color de piel, posición social… ni estatura.

Sí. Los celos son el primer sentimiento que experimentamos a poco de nacer, en el mismo instante en el que nos enteramos que yo y no-yo (en ese momento, yo y mami) somos dos seres distintos. Y que nuestra proveedora de afecto y alimento tiene otros a quienes atender, por lo cuál un cachetazo de la realidad ya nos avisa que no somos únicos.

Pero además hay otras cosas más embromadas para el ser humano, y una de ellas es el tener que reconocer que no existen garantías de nada en la vida. Por más que inventamos mandamientos que prohíben el adulterio, leyes, contratos, certificaciones de escribanos, títulos y documentaciones, todo se nos puede caer delante de nuestros ojos inesperadamente, como las Torres Gemelas.

Y por si todo esto fuera poco,  hay algo todavía más inquietante. Y es que la pasión y la sexualidad son aspectos exclusivamente humanos que tienen una rara particularidad: su incapacidad de manifestarse totalmente. O dicho de otra forma: de este tema no lo sabemos todo, y de lo que conocemos, no todo lo podemos nombrar con palabras.

Llegado a este punto, ¿qué corno importa ya si medís uno cincuenta o dos metros? La inseguridad del amante celoso no parte sólo de verse en el espejo de la mirada ajena tan mal como se ve a sí mismo. Nace también de la sensación (falsa) de que no va a poder soportar ese supuesto abandono, que probablemente nunca ocurra. Y si pasa, no será por el motivo que preanuncia, seguro.

Lo interesante es aprender que los ojos llenos de amor de una mujer ven gigante al enano y genial al estúpido, y completan plenamente la demanda narcisista, aquella que mamá no pudo satisfacer del todo, porque tenía que darle de comer a nuestro hermano.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar


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Durmiendo con Sherlock Holmes, por Luis Buero

Somos un pueblo narcisista. Por eso todo vínculo estrecho nos inspira cierto pánico a la pérdida de la identidad. Uno de los grandes desafíos que debe llevar adelante una pareja que convive es lograr el equilibrio entre los espacios comunes y los propios, respetando el intento individual de encontrarse con uno mismo fuera del somos dos. Claro que el mundo privado del otro, sin mí,  produce cierto miedito.

Ahora bien, hoy en día es común que Romeos y Julietas que viven solos descubran a seis meses de empezar a noviar que no se pueden ver seguido, porque dieciséis horas diarias no les alcanzan para cumplir con sus profesiones, estudios, gimnasia, terapia, relaciones sociales, y pasear al perro. Así es que deciden compartir uno de los dos departamentos para poder encontrarse, obviamente sin pasar por el Registro Civil, y a veces sin presentarse los padres.

Y es regla de oro respetar la intimidad del otro… hasta que llega el día en el que ella no está porque va a llegar tarde, uno anda buscando en la biblioteca un libro que le prestó, y de pronto…¡zas! : aparece su diario íntimo. 0 puede pasar que ella se fue al supermercado y dejó abierta la casilla de e-mails, o quizás se olvidó el celular donde guarda mensajes de texto y registro de llamadas recibidas…

“Yo no debería estar leyendo esto”, piensa uno, e inmediatamente comienza a meter las narices donde no debe. Pero como en el pecado se está la condena, la lectura lejos de darnos el secreto poder de la información, nos llena de dudas y ansiedades.

Por ejemplo, un mes antes de que la viéramos por primera vez ella escribió en su agenda: “hoy conocí a un muchacho genial”.  Nuestra mente rápidamente se altera: ¿Cómo un muchacho genial?, ¿quién es, dónde está ahora? Y vemos que en la fecha en la que fue a tomar algo con nosotros, ¡no anotó nada! La investigación sigue, con resultados cada vez más inquietantes. Ella recibió un correo electrónico de un nabo que dice ser su admirador, y le chatea mensajes desde Colombia. Ya sé, es lejos, pero ¡es un hombre! ¿Y si viaja a Buenos Aires? Las manos ya se mueven solas, buscando descubrir una verdad trágica que en el fondo no queremos conocer. ¡Guarda un programa de una obra de teatro vista en el 2002 con una flor disecada adentro! ¿Por qué? ¿Quién se la habrá regalado? Hay un nombre escrito, “Raúl”, con tinta fresca, y un número de celular anotado, ¿quién será? ¿Y esa foto del Día del Amigo de año pasado? ¿Por qué aparece tan abrazada a un compañero de trabajo?

Finalmente llega por la noche la inocente autora de nuestros absurdos desvelos, y mientras ella asa un pollo y con toda naturalidad nos cuenta su día, comprendemos secretamente avergonzados que nuestra invasión fue al cuete, salvo por la enseñanza que nos dejó. ¿Cuál? El saber que es mejor nunca poner el ojo en el mundo privado de una mujer, porque  siempre, inevitablemente, se nos mete una basurita.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar