El Cafecito


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Microcuentos insólitos: Dos noventa y dos, por Luis Buero

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Asisto en Buenos Aires, todos los días, a una pequeña guerra que por ser repetida e inútil no pierde su ferocidad o violencia. Ha ocurrido mil veces y sucederá infinitamente, y me permito narrarla en tiempo presente pues no tengo ni la más alentadora sospecha de que alguna vez termine. Lo vivo desde niño y ya han pasado más de cuarenta años, y todo sigue igual. Les cuento.

Me levanto temprano, cuando el día es apenas una tierna rama tendida. Mi esposa ha salido a hacer las compras y el agua hierve en una cacerolita quemada y abollada, lista para el mate. Desde el baño, mi hijo contesta mi “buen día”, dicho casi como para no ser oído.

Mientras bebo, acomodo mi corbata y leo dos o tres titulares del periódico. Nada escriben sobre lo que nos pasa, sobre la feroz pugna matutina; abunda un deliberado culto del error, un perezoso desprestigio de la verdad en esas palabras que se comprenden sin ser creídas.

Al salir saludo a dos vecinos y un viento fresco me acaricia los ojos. Miro a la gente que camina indecisa a esta hora en la que todo parece ingrato; son cientos que ni se miran, ni saben que existen. A veces parece que algo irremediable va a suceder, un choque de autos, una pelea callejera, un asteroide que lo aplasta todo, algo así, imprevisto, que ocasione el deshielo, pero no, todo sigue como siempre.

Me detengo en la parada y exactamente a la misma hora, siete y media, dobla por la esquina y lentamente se me acerca. Me pregunto qué venerable semejanza habrá entre este invento argentino y el bus americano, o cualquier otro transporte el mundo. Subo al colectivo, mientras saco boleto doy un vistazo al interior del vehículo. Hay un tipo de camisa blanca, fornido y rústico, que a menudo encuentro sentado en el mismo lugar. Una chica morena con libros de Derecho Civil aparece perpetuamente en el tercer asiento individual, del lado derecho. La distingo por sus labios gruesos y unos ojos húmedos y melancólicos.

Una mirada rápida, que no insiste en recorrer los cuerpos, sirve para el secreto reconocimiento, y de alguna manera desconocida nos saludamos. El colectivo se va llenando y en pocos minutos comenzará la batalla que la cáscara del sueño retarda.

Observando detenidamente noto que hay tres mujeres, cuya edad promedio supera los 55 años, haciendo presión psicológica con sus conversaciones a viva voz y empujones sobre los pasajeros sentados. Les apoyan las carteras en los hombros, especialmente a los varones. Las primeras escaramuzas no son fuertes ni graves, apenas un irónico comentario sobre la poca caballerosidad de los hombres, más alguno que otro pisotón o codazo, son las normales agresiones de esta clase de señoras que, por lo general, pasan desapercibidas para los soñolientos enemigos. Por ahí alguno murmura: “no se acabaron los caballeros, lo que se acabaron fueron los asientos…” y sigue durmiendo. Pero ellas, las que reclaman la igualdad de género y la liberación femenina, cuando suben al “bondi” quieren hacerlo primero y que los tipos les den el asiento. Todo no se puede.

Cuando era pibe pensaba que en un colectivo había solo dos bandos, el de los hombres y el de las mujeres. Con la experiencia que me dio la lucha cotidiana fui descubriendo que los aliados y los contrarios no son asociaciones homogéneas, no forman un grupo unido respecto del sexo o la apariencia física o social. En una gran ciudad, todos somos extraños carozos de la furia. Pero lo que fue agravando el problema es que aquellos horarios “no pico” en los que se podía viajar en un colectivo vacío desaparecieron. El exceso de población, sumado a los cientos de miles que vienen a trabajar a la capital, más la inmigración descontrolada de los países limítrofes, hizo que un puñado de cuadras sea pisado por millones al mismo tiempo.

Por eso, minutos después de lo ya citado, el enfrentamiento dentro del vehículo, tomará otro color. Un ejemplo: ciertas mañanas el punto de partida lo da una mujer que sube en la parada de Coronel Díaz y Soler, con un niño en brazos. Mientras abona su boleto, cada uno de los hombres sentados calcula la posibilidad de que sea otro la víctima de esta inoportuna madre. Desde sus posiciones en riesgo, los atacados descubren barro en los zapatitos de ese niño y deducen que el chico camina, y que es un acto especulativo y vergonzoso de la mamá, llevarlo en andas. Finalmente para evitar alguna conflagración (una vieja que se pone a gritar en contra del machismo pero no se para) un señor le otorga con amable renunciamiento, el primer asiento. Por otro lado hay una calcamonía que lo obliga. Se oyen suaves suspiros de alivio en el resto.

Es bueno reconocer que en Buenos Aires muchas almas hacen lo imposible para que el estado de tirantez, la hostilidad claramente establecida por la incomodidad, no se encienda. Aunque siempre hay jóvenes que se sientan en el piso o frente a las puertas de bajada, impidiendo a la gente descender, o colocan sus pies en lugares donde otros luego apoyaran sus manos o traseros.

Por eso, luego de tantas jornadas, sabemos que la paz no dura mucho. Las mujeres mayores de sesenta y cinco, que corren el colectivo como maratonistas olímpicas, apenas suben comienzan a tambalearse o dejarse caer, para ver si así obtienen el ansiado asiento. Es una estrategia que funciona, pero a veces a costos altísimos. Muchas han logrado el bendecido lugar a costa de una rotura de cadera o cráneo.

El chofer, seguro de que no tendrá que ceder su asiento, se mantiene indiferente a todo, y de vez en cuando se entretiene mirando por el espejo a esa masa aglutinada de seres que apenas respiran, y acomodando un escarbadientes en su boca, sonríe con sorna. Por lo general, escucha programas de chistes vulgares, y música de bailanta.

Si hay algo que realmente nos desespera a todos es ver roncar a un gordo morocho desparramado sobre la quinta ventanilla, mientras nosotros flotamos asfixiados. No solo nos irrita por lo injusto de la escena, sino porque pensamos que el gordo, dormido en su injusta comodidad, bien pudo olvidarse de bajar donde debía y quizás esté ocupando un lugar que ya no le corresponde en tiempo y espacio. Por eso, disimuladamente alguien se encargará de ponerlo en vida con un rodillazo suave en las costillas, que colabora de alguna forma, con el ausentismo obrero.

Los “apoyadores” de traseros femeninos, cada vez son menos, aunque nunca falta el que se liga un estruendoso cachetazo de campo. Las amas de casa, coronadas de ruleros y enarbolando lechugas, aparecen cinco minutos después y son bravísimas. Estas cuarentonas han perdido la primera timidez de la juventud y se apropian del derecho al papelón. Se sienten molestas por tener que viajar paradas diez o quince cuadras para volver del supermercado al que fueron a comprar más barato. Y no desisten en gritar o patalear si al vaciarse un asiento alguien quiere arrebatarles ese fugaz bienestar. Si han adquirido pescado, todos queremos corrernos hacia el interior, pero es imposible, porque no hay donde irse.

Dos carteristas esperan la llegada a casa para hacer su inventario. Cierta ambición desordenada y ridícula actúa como lenta depredadora del ambiente. De pronto un chico se está ahogando con un caramelo en el cuarto asiento. El resto de los presentes mira con distraída altivez cómo la madre se enloquece por salvarlo y aguardan a que desocupen, vivos o muertos, esa porción de colectivo.

Otra vez en el fondo un barbudo defiende a su novia de un chico estilo “wachiturro” que la ha molestado, otro muchacho come semillitas y lupines y ensucia el piso, otro escribe con el dedo sobre la ventanilla empañada, otro sube por la puerta de atrás para no pagar, y otro se aparece sosteniendo una jaula con un tucán.

Mujeres embarazadas, comerciantes con su mercancía, oficinistas, señoritas con el cabello mojado con aroma a crema de enjuague, forman el elenco de cuerpos colgantes. Un vendedor trata de convencernos de comprarle un objeto práctico, útil y necesario. Un hippie insiste en hacernos escuchar como desafina una canción en inglés básico. Pero lo cómico ocurre cuando nos acercamos a la Estación Retiro. Pocas cuadras antes ya todo ha sucedido, los fuertes y persistentes han logrado su asiento y los pasajeros parados se resignan a su mala suerte, esperanzados en que el día siguiente todo sea distinto. Es en ese momento cuando sube una harapienta de olores irresistibles con su carga de bichos y bolsones. El chofer no se lo impide para que no lo acusen de discriminador y por todo aquello de la inclusión que siempre se dice.

Un lento aislamiento se orquesta a su alrededor. Algunos se resisten a perder el bien duramente conseguido, y pretenden soportar el asqueroso aroma, pero es en vano. Estamos cerca de nuestro destino, no es mala idea bajar y caminar unas cuadras.

Ya en la vereda, saboreando el aire fresco de la calle, nos vamos alejando cabizbajos y sin decir palabra. Un muchacho, resistente a la frustración por la edad, atina a darse vuelta y mira con tristeza cómo se aleja el colectivo que lleva a la andrajosa como única pasajera, esa mendiga solitaria que ahora ríe incoherentemente y sin dientes.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar