El Cafecito


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Una lección del maestro Dylan, por José Luis Justes Amador

Con Agustín que siempre ha estado ahí.

Como si quisiera darle a los hermanos White una lección de quien manda, en el escenario de Bob Dylan sólo hay tres colores: el negro riguroso de los cinco miembros de la banda, el rojo de la camisa y las rayas del pantalón del maestro de Duluth y el blanco del sombrero que toca la cabeza del capitán del compositor de “Blowin’ in the wind”, canción que no se molestará en tocar.

A los ocho treinta casi exactas, de hecho un par de minutos antes, una voz en off, la del cerradísimo acento sureño del presentador de House of Blues, introduce al maestro que comienza dos horas en las que no hay saludos, no hay presentación de las canciones, no hay nada que no sea estrictamente música.

El concierto, casi dos horas exactas, es un recorrido por todos los géneros de americana, de esa misma música cuya tradición y canciones emblemáticas están, en gran parte, en la obra de Dylan. Caen temas folk en estado puro, un par de country’n’western que son guiados por el banjo, blues sureño, acercándose en un momento a tex-mex, hipnóticas baladas que se repliegan sobre sí mismas para dar paso a instantes de electricidad contenida, rock’n’roll en estado puro. Dylan no habla, Dylan habla cuando canta, pero el mensaje está muy claro: el artista de ya seis décadas le entra a cualquier palo y lo hace bien, sin despeinarse, sin falsos populismos, sin concesiones.

Hay versiones tan diferentes, más lentas que el original, más rápidas, otras simplemente tanto que, en otro ritmo, con otro estilo musical, parecen una nueva canción.  “Like a rolling Stone”, alentada hasta un límite increíble, tanto que uno podía cantar el estribillo con el ritmo original y Dylan aun no acababa la primera línea, es el ejemplo perfecto de lo que pasaba: sonaban los primeros acordes y aún no se reconocía la canción, pero en el momento en que la voz nasal comenzó a entonar “once upon a time”, el rugido crecía de intensidad.

Ver a Dylan en directo, ésta era mi tercera vez y cada una diferente, es una caja de sorpresas. El maestro siempre decide a última hora qué tocar, con un cancionero que tiene, ¿quince?, ¿veinte?, ¿veinticinco?, ¿cuántas?, obras maestras.

La banda que acompaña a Dylan en el escenario en el, nunca mejor bautizado, Never-ending tour, que comenzó en 1996, es una máquina que no le quita ojo al maestro. Lo que él quiera, cuando él quiera, como él quiera. Sus músicos, la mejor banda en directo de los últimos veinte años, con más que maestría en varios instrumentos (excepto en batería, por cada músico pasaron al menos tres diferentes), todos con un impresionante currículum a sus espaldas, no saben hasta casi antes de entrar al escenario qué canciones sonarán esa noche y apenas entonces saben cómo quiere Dylan tocarlas.

“Love sick” sonó de lo más apegado al disco; “Just like a woman”, con ese doloroso “but she thinks just like a little girl”, fue una versión a ritmo de vals que calmó la noche zacatecana; “Highway 61 revisited” como siempre, ruda y directa, un zarpazo y, entre otras tantas, un larguísimo recitado de “A hard rain’s a-gonna fall” tan hermoso que no hubiera importado que en efecto hubiese caído, clavados como nos tenía Dylan, los ojos, la mente.

A pesar de las recomendaciones y de la vigilancia, la plaza estaba repleta de teléfonos, cámaras que querían capturar el momento, “es Dylan, vi a Dylan en directo”, la historia que se cuenta una y otra vez, y seguro que más de una vez sonó en algún sitio algún teléfono que recibía algún mensaje que decía “ésta va por ti”.

Y, aunque en los otros tres conciertos mexicanos se había despedido con una versión cargada de electricidad y fúrica del himno generacional de los sesenta, la plaza de Zacatecas fue diferente. Robert Zimmerman, el viejo maestro, nos dijo adiós, quizá para siempre por las pocas posibilidades de volver a verlo, con una versión que resumió perfectamente el espíritu de la noche: pase lo que pase, a la edad que sea, la del músico o la del público, hay canciones, hay músicos, has espíritus que serán “forever young”.

José Luis Justes Amador, según sus amigos, es flirtatious, unpredictable y smart. Fue Jefe del Departamento de Promoción del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes. Actualmente es docente de medio tiempo y el otro medio lo dedica a la creación y la traducción.