El Cafecito


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¿Independencia?, ¿Revolución?, 100 y 200 contradicciones, por Enrique Puente Gallangos

En las cuatro capas genealógicas de esta Nación Mexicana, se leen tres de ellas a partir de la Colonización, la Independencia y la Revolución; lectura que eclipsa una cuarta capa, al gran Otro Quetzalcóatl que también es México, que a pesar de todo, de no ser nombrado, se hace presente en el inconsciente social, en el lenguaje, en los rostros, en la literatura, en la pintura, en la escultura, en la comida, en todos esos usos y costumbres que son contradictorios. Contradicciones que develan lo que esta reprimido, pero a fin de cuentas ahí está, incómodo, ajustado, apretado, innombrado, pero ahí está, reprimido. Represión que denuncia una deuda, deuda que provocada por los que nos colonizaron, por los que hicieron la falacia de la Independencia y por los engañaron a Zapata y a Villa de que no eran unos delincuentes si hacían la Revolución.

Una más, una contradicción más que plantea una anamorfosis que sólo nos permite ver una mancha, una mancha de valores, de principios y de ideales; una mancha anamórfica que limita al sujeto de lo social a moverse del lado opuesto de la mancha y ver la imagen oculta, la imagen velada, que es imagen y no mancha. Imagen del discurso de poder, del discurso de amo, discurso fálico de la monarquía española que nos colonizó; el discurso fálico de la aristocracia española que nos independizó y el discurso amo de esos cachorros, de esos nuevos amos mexicanos, con sangre española-francesa y, aunque lo niegan, con sangre prehispánica, ¡hijos de Quetzalcóatl!, hijos edípicos e incestuosos que mataron al padre originario y que con prácticas incestuosas siguen violando a la “chingada”. A la “chingada” que cita Octavio Paz, a la que se “chingaron” los españoles y que ahora se siguen chingando los nuevos amos, la matriz, la nación, la patria mexicana.

Contradicción que nos hace preguntar: ¿Independencia?, ¿Revolución? Bicentenario y centenario de años de estarnos “chingando”. Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad dice:

¿Quién es la Chingada? Ante todo, es la madre. No una madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad, como la Llorona o la “sufrida madre mexicana” que festejamos el diez de mayo. La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre. Vale la pena detenerse en el significado de esta voz.

Los días universales de celebraciones, no son más que una contradicción de lo que falta, de lo que sobra, de lo que aún no se termina de nombrar como real: la mujer, la madre, los niños, el medio ambiente, el desempleo, los salarios, la salud, no fumar, no violencia, centenarios, bicentenarios, etc. Contradicción que incluye el discurso perverso de quien es el amo y es el promotor de estos días universales, pero que no  dicen que son ellos los que dañan el medio ambiente, los que provocan la violencia con sus discursos mercadotécnicos machistas y feministas, los que sugieren conservar la ley antes de destruirla y hacer una independencia y una revolución justificada en el pueblo, en la sociedad. Sociedad y pueblo que siguen como hace 100 y 200 años, sometidos al amo monárquico, cacique y monopolista. Sólo falta “Quetzalcóatl” para estar completos de amos.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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La doble celebración y otras intenciones, por Carlos Antonio Villa Guzmán

2010 engloba una doble conmemoración de fechas centenarias para el país: en septiembre sumarán doscientos años desde el inicio de la lucha por la independencia y, en noviembre, se cumplen cien a partir del llamado revolucionario de Francisco I. Madero.

La disposición del oficialismo para realizar actos de corte nacionalista o una fiesta de la patria (siguiendo la costumbre de enaltecer los símbolos, con luces de gala en las plazas públicas, recepciones y banquetes ofrecidos en amplios y decorados salones de los recintos gubernamentales, con la concurrencia de invitados de honor y embajadas extranjeras), no resuelve unificar el ánimo popular que se distrae con un campeonato mundial de futbol, como disipador de la desazón generalizada por tantos problemas que parecieran surgir de un Apocalipsis, como lo definió el propio presidente Felipe Calderón, con jinetes incluidos y supuestamente vencidos de acuerdo a su triunfalista visión.

Inclusive, las contradicciones de hoy se han vuelto tan palpables como las del pasado, con sus convulsiones y enfrentamientos. Los viejos antagonismos vuelven con ímpetu señalando nuestras hondas diferencias, por las que tanto se luchó y que dejaran su impronta en monumentos, edificios públicos y calles de todas las ciudades o pueblos. Nombres y acontecimientos son repetidamente mencionados desde los balcones o en los patios de las escuelas u otras instituciones, al pasar lista durante las ceremonias en las fechas que señala el calendario oficial.

Un dieciséis de septiembre de mil ochocientos diez, al igual que el veinte de noviembre de mil novecientos diez, se han evocado con desfiles militares, saludos a la Bandera y entonaciones del Himno Nacional, innumerablemente. Como un acto reflejo en que la historia se reduce a momentos retóricos y solemnes, a los que también por costumbre la fragmentación de imaginarios no suele responder.

Los agotados discursos caen desplomados con el peso de otra realidad, en tanto que el difuso significado de la independencia se desvanece ante un eclipse que lo trasforma en su opuesto: somos cada vez más dependientes de lo extraño y ajeno, al tiempo en que la fecha que conmemora la revolución con un desfile cívico y ceremonias, ha sido suplantada por la ideología del actual régimen, que la ha apropiado para dar tributo luctuoso a los “mártires cristeros”, actores de esa otra etapa siniestra y oscura e igualmente estampada en el lienzo de la historia: pinceladas de la mano huesuda del clero y el puño cerrado de una burocracia incapaz de dialogar y conciliar. Ahora resulta que la iglesia católica, unilateralmente y con el beneplácito de las autoridades, adoptó ese día para sus guerrilleros, sacerdotes o laicos, que lucharon y murieron por “Cristo Rey”.

“Religión y fueros” clamaban los conservadores poscoloniales que lucharon contra la Reforma por defender sus privilegios. Lema derrotado cuyo espectro retorna cíclicamente a cobrarse la revancha y aparece hoy resucitado en plena doble efeméride patria.

Ni aprendizaje ni memoria del devenir, esta es la fórmula idónea para repetir la vorágine que hace enfrentar las ideas y las armas, en un vaivén sangriento que nos ha condenado desde que se formó la nación.

Tierra y Libertad, volvieron a decir años después los seguidores de Zapata, retomando el Zemblya i Volya, del movimiento del pueblo ruso  de 1876. Gritos que se ahogaron en sangre sin lograr que cambiara nada para ambos pueblos. Los acontecimientos siguieron otros derroteros que ahondaron las distancias, al empobrecer más al pobre y dejar en los ricos los frutos cosechados al amparo de la maquinaria del gobierno.

Se llama independencia lo que nunca fue cabalmente y lo mismo sucede con la revolución que se quedó en el tintero o duró lo mismo que los disparos. Sin embargo, hemos atestiguado como son utilizados esos ánimos exaltados que recuerdan los acontecimientos de lucha, vertidos con grandilocuencia durante las arengas de los portadores de promesas, esos heraldos “del partido”, de los gremios corporativos, por los que se revuelven las masas con azoro y esperanza. Vimos después como se abrieron paso las corrientes más radicales que conoció el siglo veinte, para que una generación de intelectuales y artistas les dieran techo y cobijo con devota convicción: ¡Patria o muerte, venceremos!

De ahí que los adinerados, como buenos prácticos azuzados por los curas, constantemente buscan conducir los rebaños que suponen extraviados, tantas veces engañados y olvidados. Las inconsecuencias y agravios de unos u otros bandos vulneran y tironean al Estado, una y otra vez, hasta dejarlo como un membrete descolorido, pálido, un logotipo contrahecho.

Sin embargo, a pesar de ésta orfandad identitaria se va a celebrar el Bicentenario y el Centenario, con repicar de campanas, desfiles, salvas y fuegos de artificio: brindis con tequila, mezcal en las calles y champán sobre los manteles largos.

El régimen desea oficiar la misa del Bicentenario y del Centenario sobre las aguas divididas en varios cauces. Tratará de festejar en plena tempestad, sin clarificar en qué lugar ha puesto la historia o qué importancia le debe a la historia.

Por tanto, lo que se vislumbra es realmente una ocasión política para llenar la platea y el foro dentro de una contienda electoral. Es una arista de la lucha por el poder. Los “¡Viva México!” se aprestan a salir.

La mexicanidad

Todo el caleidoscopio que es la historia, dejó a su paso usos y costumbres, como una mixtura cultural considerada patrimonio simbólico del que se adueñaron los discursos y con el tiempo fuera arrebatado por los medios de comunicación.

La lista puede comenzar con el escudo nacional que representa el sitio donde el águila sobresale entre la fauna y vegetación de un islote, en el que aparece el nopal, seguramente cercano a un nido de serpientes del cual un espécimen fue devorado por el ave real. Lugar mítico que la tradición de los migrantes aztecas eligió y adoró, paradójicamente también durante unos doscientos años, hasta que abruptamente la conquista lo desintegró.

Tuvieron que transcurrir otros trescientos más en los que esa identidad quedó sepultada por la real voluntad ibérica. Las edificaciones postrimeras con fisonomía de catedrales, fueron construidas sobre las ruinas de los escalonados templos, cuyos dioses desmembrados rodaron para hundirse en el pantano. Ahí aguardaron la otra edad que les volvió a la luz. Los hijos del pasado sufrieron tormentos y de señores o ciudadanos, pasaron a ser esclavos para servir a los advenedizos amos. Casi extintos los entregaron a los adelantados y encomenderos que los aperreaban con sus mastines, para que aprendieran a obedecer. Enseguida los frailes pretendieron lavarles su pecado de haber nacido aborígenes.

Herrados, tuvieron que labrar la tierra y socavar las minas, hasta que ya no quedaba casi nadie porque la mayoría murieron, si no es que huyeron a los montes o se refugiaron en los desiertos. De ahí que los colonizadores hicieran traer sangre africana que aún se conserva. Un levantamiento en San Lorenzo, Veracruz, allá por el final de los mil seiscientos, fue sofocado con saña y para escarmiento, fueron colgados unos cincuenta negros en el Zócalo de la ciudad de México.

Las nodrizas de raza negra pasaron a ser las favoritas para amamantar a los escuálidos críos de los blancos que fácilmente enfermaban. Los varones fueron expertos caballerangos o soldados que iban al frente en las batallas, hasta que corrieron igual suerte que los mexicanos porque muy pocos se salvaron. Entre los descendientes de su genética hubo guerreros como el cura Morelos, quien dio bravía pelea a los extranjeros que arrojó la península europea. Los negros más puros y los mulatos, vengaban así el tormento que les dieron los mercaderes de gente por siglos.

El ocaso de esa triple centuria colonial dio letras de oro, como las que escribiera la admirable Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, que pasó a ser Sor Juana Inés de la Cruz, en su vida conventual.

El siguiente símbolo que surgió para alentar a la muchedumbre encarnó en la imagen de Guadalupe, la llamada también Virgen morena.

Un artista me comentó hace años, que sus estudios sobre esta figura le llevaron a conocer que la extraordinaria pintura había sido obra de un religioso o sacerdote indígena, quien trató de plasmar de manera interpuesta a la misma Coatlicue, la diosa azteca, que era dual, carismática e igualmente misteriosa. Él veía, en el manto decorado con estrellas que le acompañan, la constelación donde aparece Huxilopoxtli en el firmamento. De igual forma, el moño negro que lleva en el centro corresponde al ángulo donde se ve una calavera en la deidad de piedra, el cual recuerda el luto por el hijo muerto que igualmente aparece como un ángel levantando ligeramente, desde abajo, la túnica de la Virgen.

De esta manera, me decía aquél pintor y escultor de cuyo nombre no puedo acordarme, que los naturales de México continuaron adorando a su diosa, pues era este el mejor desagravio que pudieron ofrecer.

Lo cierto es que el nombre de Guadalupe y la figura original semejante a otras vírgenes, son de origen español, dado que ese nombre es voz árabe. Desde el siglo XIV, existe el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe en Cáceres, región de Extremadura, la tierra de Cortés. En realidad el nombre es utilizado desde mucho antes de que brotara en México el mito del Tepeyac.

Este símbolo es de los más significativos para los mexicanos. La imagen acompañó en forma de estandarte a las multitudes conducidas por Miguel Hidalgo y Costilla, el cura de Dolores, quien levantara al pueblo armado en contra del virreinato colonial. Criollo él y sus principales capitanes, iniciaron una guerra a la cual no sobrevivieron más de un año al ser detenidos, fusilados y decapitados. Esto, después de haber sido pasados por la excomunión y los tormentos inquisitoriales que se aplicaban en la época a quienes se consideraba contrarios a la fe y además sublevados.

La campana de la parroquia que tañó el 16 de septiembre de 1810 el llamado “Padre de la Patria”, con la finalidad de atraer a los vecinos hasta el atrio donde dirigió su arenga independentista, es otro símbolo patrio.

Como sabemos, el movimiento continuó su curso y en 1813 fue convocado el Congreso de Chilpancingo, al cual asistieron doce delegados en representación de algunas provincias, entre ellos: José María Cos, Andrés Quintana Roo, Carlos María Bustamante, Ignacio López Rayón, José María Liceaga, Sixto Verduzco y el propio José María Morelos y Pavón. El 14 de septiembre de 1813 se instaló el primer parlamento constituyente. En el discurso inaugural Morelos pronunció el contenido de un documento inspirado en la constitución francesa al cual se le llamó los Sentimientos de la Nación.

En este escrito quedaron definidas las nuevas políticas de un gobierno independiente, dividido en los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, que prohibió la esclavitud y la división de castas, así como la eliminación de las alcabalas, estancos y tributos que pagaban los indígenas, entre otros aspectos de carácter social.

Al día siguiente, el nuevo Congreso decidió nombrar a Morelos con el cargo de Generalísimo y le dio tratamiento de “Alteza serenísima”, pero el caudillo no aceptó tal nombramiento y pidió en cambio ser llamado “Siervo de la Nación”.

Guardando fidelidad a su ideología se sometió al Congreso, lo cual fue un error estratégico pues los congresistas pocas veces consensuaron acuerdos militares y obstaculizaron la libertad de acción y la unidad de mando requerida por las fuerzas de los insurgentes.

También se le otorga carácter simbólico al voluminoso libro que registra la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que se redactó un siglo después, en 1917, la cual reforma la del 5 de febrero de 1857, siendo la actual ley suprema de la Federación mexicana.

Esta Constitución fue promulgada por el Congreso Constituyente que se reunió en la ciudad de Querétaro el 5 de febrero de 1917. La convocatoria se llevó a cabo por iniciativa del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, a su vez encargado del Poder Ejecutivo, don Venustiano Carranza, en cumplimiento del mandato establecido en el Plan de Guadalupe. Su texto es la consagración de muchos postulados sociales de la Revolución mexicana que sistemáticamente han sido eliminados al paso del tiempo.

La Constitución de 1917 es una aportación de la tradición jurídica mexicana al constitucionalismo universal, dado que fue la primera constitución de la historia que incluye los llamados derechos sociales, dos años antes que la Constitución de Weimar de 1919. Entre los cambios respecto de la Constitución de 1857, se encuentran la eliminación de la reelección del presidente de la República y el cargo de vicepresidente. Contiene 136 artículos y 19 artículos transitorios.

Pese a la importancia del pacto social que encierra, la Constitución ha sufrido 376 modificaciones en sus 84 años de existencia. Un total de 98 artículos, de los 136 que contiene han sido modificados.

Es importante tomar en cuenta los cambios sociales que hacen que el documento sea analizado y adaptado a las nuevas circunstancias, sin menoscabo de aquello que es sustancial para mantener los equilibrios pactados, sin embargo, esto no se contempló y con mayor descalabro de sus preceptos se le intervino de manera determinante, a partir de la integración al modelo económico neoliberal que adoptaron los políticos plegados a los intereses de Washington. El régimen de Miguel de la Madrid comienza esta etapa de privatizaciones y adelgazamiento del Estado. Salinas emprende cambios sustanciales a los Artículos 3, 5, 24, 27, 80 y 130, permitiendo mayor derecho a extranjeros sobre bienes nacionales, llegando a privatizar el ejido, lo cual hizo de la propiedad de los campesinos un blanco para las trasnacionales y otros inversores. Además se otorgan poderes políticos al clero como es el proselitismo religioso y la participación de clérigos en cargos electivos. Esta problemática se pensó resuelta a favor del laicismo y vemos que no es así, lo cual abre nuevamente la posibilidad de conflictos y enfrentamientos con tintes religiosos: luchas ideológicas.

Este político fue ungido de manera cuestionable dado que la elección no resultó clara, “se cayó” el sistema que comprobaría la legitimidad del proceso, con lo cual se golpea una vez más al Estado y al interés de la sociedad por arribar a una verdadera democracia, que hasta hoy no ha conocido. Salinas vendió los medios de comunicación nacionales, entre ellos el llamado entonces Canal 13, que tenía una programación que competía con Televisa, incluida su producción de telenovelas, así como su cobertura deportiva. Lo mismo sucedió con la compañía telefónica que fue a parar a las manos del individuo que en pocos años se convirtió en el hombre más rico del mundo, según lo confirman algunos medios especializados en este tipo de información, por cierto que la telefonía cuesta a los usuarios mucho más cara en proporción a lo que se paga en otros países por este servicio. A Ernesto Zedillo se debe la venta de las empresas estatales de ferrocarriles que explota principalmente una compañía estadounidense y donde él forma parte del concejo accionario. Dese su administración ya no se contó en México con este transporte económico, eficiente y seguro. Clave en el desarrollo de la economía y las relaciones humanas de cualquier país o continente. Europa, Norteamérica, Asia, África, le dan un uso importante a sus ferrocarriles. Constituyen éstos arterias que comunican y transportan mercancías y productos, toda vez que permiten el traslado de personas y así fomentan el turismo. Este sin duda fue un golpe artero y certero contra la patria. El saqueo y explotación que vinieron a realizar los extranjeros, ayudados por los mexicanos que se ven beneficiados con tales desastres y tropelías a cual más atentatorias de derechos humanos y contrarias al espíritu republicano, no tiene para cuándo terminar. Extrañamente, impúdicamente, los políticos disponen de los bienes de toda una nación. Los entregan implacablemente quedándose con ganancias que los convierten en capitalistas impunemente poderosos. ¿Qué puede ser celebrado si gran parte de lo que labraron nuestros próceres, al precio de su vida y sacrificios indescriptibles, ha sido mancillado por estos gobernantes? Lo más probable es que este desgarrador destino provoque mayores males y conflictos para una sociedad que aprendió más a resignarse que a luchar. La injusticia y oprobio de los que dirigen a la nación mexicana, desde el gobierno y los corporativos privados cómplices, llaman a una guerra civil. ¿Será este 2010 nuevamente la fecha que confirme la reinvención o cambio abrupto y sangriento de las dinámicas de nuestra sociedad? 1810…1910…2010.

Esta brevísima síntesis menciona algunos momentos clave del devenir histórico mexicano que dio lugar a los llamados símbolos de la Patria, que son algo distinto a los símbolos de la mexicanidad. Estos otros se hayan representados en elementos o prácticas culturales como la música vernácula del mariachi, la charrería y la costumbre de beber tequila, considerada como bebida nacional. Los mariachis tal y como los conocemos pertenecen a épocas más recientes, se considera que el primer grupo conformado por esta clase de músicos apareció hacia el año de 1926 y lo dirigía el coculense don Cirilo Marmolejo. Constaba de vihuela, arpa, guitarrón, chirimía y tambor. La indumentaria con la que vestían estos artistas era de calzón de manta, propia de la gente de campo en ese entonces.

El grupo se dio a conocer en la ciudad de México. Coincide esta presencia con el inicio de la XEW, radiodifusora cuyo propietario Emilio Azcárraga, tuvo la idea de invitar al conjunto musical, resultando la presentación bastante exitosa. Se comenta como anécdota, que el arpa no cupo por las angostas escaleras del edificio donde se hallaba instalada la radio, por lo que a sugerencia del propio don Emilio, el instrumento fue sustituido por la trompeta. Así es como según esta historia, ésta se integra a la música de los mariachis.

Con el auge cinematográfico se cambia la indumentaria de los cantantes e intérpretes musicales por el típico traje charro. La charrería se practica desde la época colonial al llevarse a cabo las faenas campestres, convertidas en un atractivo popular de la vida rural mexicana.

La identidad o “mexicanidad”, se halla multiplicada y distribuida regionalmente. Representa una gran variedad de relieves asociados a fórmulas o recetas gastronómicas, o bien, ceremonias donde el sincretismo entre lo indígena y mestizo, cobra singular relevancia al combinarse danzas prehispánicas con bailables e indumentaria de estilo español. En la geografía del país se distribuyen particularmente estas costumbres, adquiriendo su propia esencia según las formas o características climáticas o del propio terreno en cuanto a flora y especies de la fauna. En los desiertos norteños se consume carne seca de res, llamada machaca y tortillas de trigo. Es propio de sonora el llamado bacanora, bebida embriagante que se consume principalmente en las comunidades de los Yaquis. En las costas abundan lo platillos a base de pescados y mariscos, en Oaxaca se saborean los gusanos de maguey, chapulines y las exquisitas tlayudas, con quesillo y mole picante elaborado a base de cacao y semillas. En Michoacán se comen las corundas, entre una múltiple gama de antojos típicos como los llamados pambazos; en los estados del centro se acostumbra la barbacoa, en Guadalajara se sirve pozole, en Nuevo León el famoso cabrito a las brazas. La lista es sumamente extensa pues cada estado tiene su propia naturaleza culinaria y costumbrista, incluso muchas veces se mezclan entre sí.

Platillos, música, tradiciones, ritos, estilos de vida, lenguaje, entonación y sintaxis múltiple, acoplada a los dialectos autóctonos, todo ello conforma esa mexicanidad. Cada una de estas facetas pudiera definir un rasgo de ella y todas en conjunto reflejan un alma, un carácter que llamamos mexicano.

Más allá de las profundidades del subconsciente y sus representaciones captadas por el intelecto de Octavio Paz y a su vez vertidas en los ensayos que componen su obra El Laberinto de la Soledad, donde el escritor reconstruye lo mexicano, a través de estigmas como el de los hijos de la Malinche, los complejos del pachuco o las festividades dedicadas a los muertos o a los santos, estas formas de ser y vivir se transforman en el tiempo.

En parte por el cine y sobre todo debido a las dinámicas del radio y la televisión, tales rasgos aparecen trastocados conforme a las exigencias de un mundo mercantilizado. La esencia de los usos y costumbres, del modo de ser de los mexicanos en su multiplicidad y pluralismo, ahora son estereotipadas hasta en sus más íntimas raíces por un mercado mediatizado, que arrebata la sustancia que les proveyó su naturaleza histórica.

El origen y evolución de la mexicanidad se debate entre el oficialismo que la deforma con fines políticos y los medios de comunicación que la transforman en mercancía de consumo masivo.

La presente época digital y su entorno global, cada día más marcado, van a dar sin duda distinto matiz al concepto de la mexicanidad, a sus variables o diferentes acepciones. Las nuevas comunidades de esta sociedad en red, donde se transforma el pensamiento según el modo de interpretar y transmitir el texto y la imagen, acentúan de distinta manera el sentido de lo que es originario, convirtiéndolo en algo universal, que ya no corresponde a un determinado lugar ni tiempo. La comunidad virtual deslocalizada tiende a comenzar de nuevo la historia y para ello trata de desdibujar el pasado, comenzando por el renunciamiento hasta terminar en el rotundo olvido. Abandona la identidad o la consume en tanto producto de venta comercial de alguna oferta o, la rechaza por su aspecto inocuo como pieza vacía de la oratoria.

La identidad mexicana, desprendida de su autenticidad, es motivo de chiste, folclore barato y patriotero, instrumento de políticos que buscan reconocimiento, artículo de escaparate mediático. Es la parte “light” del día festivo de la escuela, emblema de competencias deportivas, gritos desde la tribuna, escapes del puente largo a la playa, a los centros de reunión donde se desahogan los instintos. Pretexto oficial, social, comercial, asociado a lo que define nuestro tiempo: líquido, fugaz, desprendido, individual, desmemoriado y elocuentemente superficial.

El presente clima que anuncia estallido, como un fragor que retumba con fuerza la ocasión del resquebrajamiento y el quebranto en el ánimo colectivo, es preocupante. México no supera las razones que han cristalizado en historia de sufrimiento para las mayorías. Cíclicamente se deja que las abismales diferencias se alimenten de mayores y caóticas injusticias. No hay una verdadera vocación de consensos, de distensión de los opuestos que van en distinto rumbo y conciben divididos su propio escenario. Sociedad fragmentada y múltiple, reacia para dirimir el conflicto y, extrañamente unificada para el festejo, la fiesta tricolor. Alegrías evocadoras del Fénix que otorga a la historia su continua expiación, pueblo irredimible que construye cada cien años su parte aguas y añade nuevos ídolos y objetos de culto a su peculiar simbología. Sin desprender las raíces que le nutren milenariamente, se  inflama el ser de la mexicanidad. A menos que tenga lugar algún conjuro, la historia se volverá a repetir.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el doctorado en Política y Gobierno, en la Universidad Católica de Córdoba y Administración Pública, por la Universidad Complutense de Madrid.