El Cafecito


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Marcela no habla de amor, por Pablo Antúnez

marcela copia

Marcela nunca habla de amor.

En su habitación no hay dibujos ni frases amorosas.

Si me lleva al comedor y me sirve un té

no es para hablarme de amor.

Si finge recibir un mensaje de otro hombre, no es para hablarme de amor.

Cuando saca mis zapatos si me quedo dormido en el sillón

o me dice al oído que es hora de dormir;

si me tapa los ojos con el sostén o esconde un lado de mis calcetines; cuando se acuesta bocarriba y dice: ¡aplástame!;

si canturrea una pieza de Bach mientras me desnuda o introduce un pedazo de hielo bajo mi ropa;

cuando aprieta sus pechos contra mi cara o mordisquea mi oreja muy quedito;

si me mira fijamente como si tuviera ganas de volar.

Todo lo que ella hace, no es para decirme que eso se llama amor.

 

Marcela no habla de amor y dudo que ahora empiece a hacerlo.

*del libro Fuera de cualquier paraíso habitual

 

Pablo Antúnez (Durango, México) Practica la poesía y la narrativa. Es autor de los títulos: El amor es una bestia sin huesos (poesía), Mi casa se ha vuelto ave (poesía), Lecciones del cuervo y otros cuentos (narrativa) y Amárrate a una escoba y alcanza el cielo (poesía). Premio IMAC de poesía, 2013. Tercer Premio Internacional Atiniense, 2010.


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“La formulita”, por Enrique Puente Gallangos

Un día, sentado en un consultorio, se encontraba leyendo un sujeto. Escuchó que alguien abría la puerta del consultorio y miró. Era una mujer muy bella que sostenía un sobre en la mano; sin esperarlo, la mujer se dirigió a él y le dijo: —Quiero pedirle un favor, que me diga qué problemas resuelve esta “formulita”. Antes de que el sujeto pudiera decirle algo, la señora agregó: —Esta formulita se la he presentado a dos personas: primero la llevé con un matemático y me dijo que las matemáticas no podían hacer nada; que las matemáticas eran una ciencia formal, que sus axiomas y su razonamiento lógico no respondían a lo planteado en esa fórmula. La verdad me puse muy triste por lo que me dijo. Pero el matemático me comentó que acudiera con un químico, él tal vez pueda ayudarle. Al día siguiente acudí con un químico y le pedí que me ayudara; él muy amable me dijo, que la química estudiaba la estructura y propiedades de la materia, al igual que estudiaba sus cambios ante las reacciones químicas y que la química tampoco podía responder a lo planteado en esa fórmula. De igual manera salí muy triste de ahí. Sin saber a quién más acudir, decidí irme a casa y desistir de mi deseo de saber qué era lo que se resolvía con esa fórmula. Sentía una gran impotencia al no poder saber y sólo podía ver alrededor de mío los elementos de la fórmula. Decidí ir a ver a un psicoanalista porque sentía un gran mal-estar. A llegar al consultorio vi a un sujeto con un semblante de saber y procedí a contarle el porqué estaba yo ahí.

El sujeto que la había escuchado atentamente le dijo: —La fórmula está incompleta. La mujer, sorprendida, le contestó: —Sabía que algo estaba mal con esta fórmula y sabía que un psicoanalista me daría la respuesta, sí tiene usted razón eso era.

El sujeto, un poco nervioso, le dijo a la señora que tomara asiento. —Primeramente, quiero decirle que no soy el psicoanalista, en segundo lugar quiero decirle que vine a ver al psicoanalista, en tercer lugar yo también vine a lo mismo que usted. —¡Cómo!, exclamó la señora. —Sí, dijo el sujeto, yo vine al psicoanalista para que me dijera qué problemas son los que se resuelvan con esta fórmula. Sacó de su bolsa un papel que contenía la misma fórmula que tenía la señora. El contenido de la fórmula era éste: “αγάπη δίνει ό, τι δεν υπάρχει, κάποιος που δεν είναι”. Al ver que la fórmula era la misma, los sujetos se habían dado cuenta que los dos estaban ahí por el mismo motivo y mirándose a los ojos se expresaron una discreta sonrisa.

En esos momentos un sujeto de bata blanca sale del consultorio y les dice que pasen; ellos un poco contrariados al ver a ese sujeto vestido de blanco a la par le preguntan: —¿Es usted el psicoanalista? A lo cual contestó: —¡Volvió a pasar! No, señores, no soy el psicoanalista, soy el neurólogo, el psicoanalista tiene su consultorio enfrente, ahí donde no hay ningún letrero.

La pareja salió del consultorio expresando una gran sonrisa, que al salir de ahí, se convirtió en una carcajada. Al estar frente a la puerta del psicoanalista se quedaron hipostasiados por unos segundos. Ella le dijo que si antes de entrar al psicoanalista podrían tomarse un café para platicar sobre la formulita; el sujeto dijo sí de inmediato; al encaminarse hacia la salida del edificio sin darse cuenta, de sus manos se despojó la hoja que cada uno sostenía y que contenía la formulita. Continuando su camino hacia el café y a su destino. Horas después arriba el psicoanalista al edificio y frente a la puerta de su consultorio se encontraban en el piso las dos hojas; las toma del piso y las lee. Segundos después expresa ¡el amor es una cuestión que la razón no entiende! La fórmula expresaba lo siguiente “el amor es dar lo que no se tiene, a alguien que no es”. Dos sujetos que por un mal entendido habían coincidido en ese lugar y se encontraron con un deseo inconsciente frente a frente. ¿Cuál deseo de saber? No podríamos decirlo, pero los dos querían saber. Podría, tal vez, aventurar una respuesta pretensiosa, los dos sujetos querían saber del amor.

 

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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¡Qué raro que nos hayamos conocido!, por Enrique Puente Gallangos

Los enamorados no lo saben, o mejor dicho no saben que lo saben, pero en sus etapas más tempranas alguien escribió una carta por ellos, la carta fue depositada en una botella y lanzada al mar de la vida. Lacan dice que “una carta siempre llega a su destino dado que éste está donde quiera que aquélla llegue”.

Los enamorados no lo saben o no saben que lo saben: primero, que esa carta es de amor; segundo, que esa carta tiene un mensaje; tercero, que tiene un emisor cierto; y cuarto, que tiene un destinatario incierto.

Los enamorados en tempranas edades empiezan a debelarse como sujetos en sus discursos familiares “Papá nació en Londres, mamá en Egipto y yo en Australia: ¡qué raro que nos hayamos conocido!”. El sujeto se seguirá preguntando sobre lo que no sabe que sabe, los enamorados inician una búsqueda de no sé qué, tal vez de un objeto perdido.

Algunos entrarán a una caverna oscura a buscarlo una vez y otros, los más, entrarán varias veces. En la caverna estará el objeto perdido, el objeto deseado, el objeto esperado que nos dirá tal vez que nos ha estado esperando por varios años. Pero no será lo que estamos buscando y saldremos de la caverna bajo una aparente luz.

Lo que no sabemos que sabemos es que esa carta de amor sigue su camino buscando destinatario y que en esa carta está decidido por adelantado nuestro futuro amoroso, futuro amoroso que es pasado, no es presente ni futuro. En esa carta está decidido de antemano el objeto de amor, de tal manera que busques por donde sea o no busques estás condenado al fracaso o al éxito, en el mayor de los casos un éxito bastante cuestionado e ilegítimo. Los enamorados no serán tales por sus atributos y defectos porque ya están condenados. Condenados a buscar, a buscar  atributos: lindos ojos almendrados, labios rosas, caderas perturbadoras, hombros fuertes, piernas de roble. Condenados a buscar, a buscar defectos: molestos alcohólicos, tristes fracasados, tremendos golpeadores, grandes infieles, incómodas compulsivas, abnegadas religiosas.

En más de una ocasión los enamorados no se explican el porqué están juntos y el porqué se conocieron. Esas preguntas como síntomas estarán presentes una y mil veces en los enamorados y no tendrán respuesta. Pero la carta aún no llega para develar su contenido, contenido de verdad plena, de verdad real, de verdad insoportable, de verdad inimaginable para los enamorados. Advirtiendo tal horror en la verdad de esa carta, el sujeto activa su imaginación y empieza a ver príncipes y princesas, nubes y estrellas, hadas y genios, reyes y reinas, todos personajes imaginarios sin errores, sin imperfecciones y sobre todo inmortales.

Pero la carta que siempre llega a su destino está por llegar, está llegando a su destino, la exclamación sintomática ¡qué raro que nos hayamos conocido! Tiene de tras de la puerta al responsable. Como dicen millones de enamorados ¡cuando menos lo esperaba llegó, es él, es ella! El otro como yo aparece en la escena, aparece en el guión, aparece en su discurso; algo sucede metamorfosis, brujería, milagro, premio o castigo. Él o ella, el otro es el emisor de la carta y yo soy el destinatario, ¡yo y nadie más que yo!, ¡ella y nadie más que ella! La carta ha llegado a su destino en mí. En forma automática desconozco ese reconocimiento en mí y por medio de un desplazamiento me convierto en el destinatario en el momento en el que me reconozco en él, en ella, en el otro.

Los enamorados ya lo saben, los enamorados creen saberlo, los enamorados no saben que saben pero ¿qué es lo que no saben que saben? Lo que no saben que saben es que el otro es también un destinatario, que alguien escribió una carta por ellos, la depositó en una botella y la lanzó al mar de la vida.

Lo que no saben que saben es que el otro también está buscando algo que no soy yo y que él no es lo que yo esperaba. Lo raro, no es que los enamorados se hayan conocido, lo raro es que no se hayan dado cuenta que ninguno de los dos abrió la botella.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho, Maestro en Derecho Constitucional, Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes y Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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La impronta del primer amor, la primera desilusión, por Enrique Puente Gallangos

Un sujeto como aquel que se encuentra estructurado por el Otro, por el lenguaje, la ley y la cultura vivirá hasta que la naturaleza (incendio, terremoto, tsunami, etc.) su cuerpo (algún tipo de cáncer o impedimento orgánico estructural, etc.) y su relación con los otros (homicidio, suicidio, genocidios, guerras, independencias, revoluciones, etc.) se lo permitan. Entre tanto tendrá que lidiar con lo innombrable de lo real, buscando un punto de referencia y sentido en su imaginario y lo simbólico de este sujeto. Punto donde convergen tres discursos que le ayudarán a identificarse como sujeto de este mundo. Y mira que es traumático ser estructurado por el Otro y de repente identificar la impronta de saberse sujeto a este mundo, al mundo del Otro que no soy yo y que me incluye al mismo tiempo.

Un día este ser en su camino sinuoso, tortuoso, lleno de barreras y laberintos que limitan y condicionan su estructuración como un sujeto; sin haberlo pedirlo, sin pensarlo, sin saberlo, sin desearlo, se encuentra estructurado como un sujeto. Sujeto a la familia en unos casos, a unos padres, a un nombre, a una historia familiar, a un lenguaje, a una cultura y a una ley; en otros casos —y con esto no queremos decir que tener una familia sea lo mejor o menos peor que no tenerla— también quedará sujeto a un hogar (casa hogar, orfanatorio etc.), unos padres si son adoptados, un nombre, un lenguaje, una historia familiar o dos si son adoptados y a la ley.

Esta estructuración no será sin consecuencias. Por supuesto, un lector asiduo del derecho, el psicoanálisis o El Cafecito, será estructurado por el Otro del lenguaje y habrá consecuencias, claro que las habrá. Consecuencias estructurales del sujeto que serán reprimidas y ocultadas bajo llave, pero no habrá llave maestra que no abra esas heridas, esos dolores, esas emociones, esas angustias, esas palabras, esas imágenes, esos olores y aparezca la impronta, la huella, la herencia familiar del sujeto. Eso que re-aparecerá en el sujeto es la herencia transmitida de tres generaciones y, en el juego del deseo de la madre y el nombre-del padre, eso que re-aparecerá será apropiado por el sujeto como nombre e imagen, es un enigma a descifrar, coordenadas que conducen a un objeto perdido el primer amor. Primer amor estructurante, impactante, enigmático, trágico y, como consecuencia, fallido e imposible. Ante esa falla, la negación, la represión, el olvido y como resultado la culpa. Culpa como una perdida, como derrota, como fracaso, la del primer amor, eso que está ya perdido se reprime y queda bajo llave.

Pero un buen día eso que se perdió re-aparece en forma de metáfora y metonimia, como un código a descifrar, como un camino que seguir, como algo que nos llama a ser buscado. La verdad del primer amor re-aparecerá ahora enmascarada, enmascarada en unos lindos ojos negros o tal vez castaños y almendrados, que en el instante en que el sujeto fija su mirada en ellos queda hipostasiada en un vacío. Vacío que lo llamara seductoramente, racionalmente, fenomenológicamente, inconscientemente y le dirá: ¡yo soy el amor!, ¡yo soy tu primer  amor! ¿Primer amor? Pudiera ser la pregunta que surja como inmanente, como necesaria, en el sujeto; pero no es así y ni será así. Ante esos lindos ojos negros, tal vez castaños y almendrados, el sujeto se mueve al amor a conquistarlo, a poseerlo, a retenerlo, a sujetarlo, a desearlo, por que es lo que le falta, lo que no conoce, lo que siente que lo complementa, lo que lo hace “UNO”. Incapaz de percibir por los sentidos y la razón que esos lindos ojos negros tal vez castaños y almendrados son de otro, otro sujeto igual que él, fallado y con la misma pérdida, otro sujeto incompleto como él. Incapacidad hipotecante de su verdad, renueva el deseo y se complementa en el amor de esos lindos ojos negros, o tal vez castaños y almendrados.

Más tarde que temprano o más temprano que tarde, esas fallas, esas faltas develarán, aún en contra del deseo de este sujeto, la impronta del primer amor, que no es el amor que deriva de esos lindos ojos negros, tal vez castaños y almendrados. Esta impronta también oscura, también confusa, aparecerá como la primera desilusión en apariencia; digo en apariencia, por que la primera desilusión ya es parte del sujeto, simplemente revive esta experiencia como la primera desilusión. Eso que re-aparece, eso que desilusiona, eso que me hace uno con el otro de lindos ojos negros, tal vez castaños y almendrados, eso es la impronta del primer amor. Y díganme, ¿quién, qué mortal no puede caer en el amor ante esos lindos ojos negros tal vez castaños y almendrados?

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Lo natural y lo cultural, el antes y el después, por Enrique Puente Gallangos

Los sujetos, la sociedad, se cuestionan las cosas desde lugares donde ellos no imaginaron estar y en muchos casos ni se los imaginarán. Lo peor de esto es que, estos cuestionamientos y las respuestas que dan a ellos determinan el hoy del sujeto y la sociedad.

Pondremos como ejemplo el matrimonio civil, distinguiéndolo de otros tipos de matrimonio. No tiene los mismos efectos y la misma naturaleza que las de su origen comparado con la idea que hoy tenemos de matrimonio. Lo que destacaremos es que el matrimonio civil no es una institución que haya existido como tal junto con el hombre desde el origen del hombre. En primer lugar, es que el hombre y las mujeres para tener hijos tengan que casarse. Dos, que las mujeres adquieran la categoría de mujer por el hecho de contraer matrimonio. Tres, que sólo estando casados podrán legitimarse sus hijos. Bueno, un sinnúmero de cosas más.

Lo que trato de decirles es que todas estas cosas se hacían y eran legítimas y moralmente aceptadas antes de que instituyera el matrimonio civil. Por lo tanto, hay un antes y un después del matrimonio civil. Un antes que no necesitaba más que la voluntad de los sujetos para llevarlo a cabo, sin necesidad de una autoridad para ser legitimado. Y un después, cuando los sujetos no pudieron más legitimarse en su palabra y pidieron la intervención del otro para legitimar sus relaciones matrimoniales. Esto es así, en el antes eran los mismos sujetos, los deseantes, los que decidían las condiciones, derechos, obligaciones, educación de los hijos, sobre el trabajo y su familia. Hoy no son más ellos, quienes toman esas decisiones. Hoy es el Estado quien decide sobre sus derechos, obligaciones, prestaciones, convivencia, hijos y familia. Es el Otro ajeno a sus deseos quien decide por ellos.

A partir del siglo XX en el mundo se ven con más naturalidad —y resalto naturalidad—, temas como la revolución sexual y podemos ver que el sujeto sigue teniendo el deseo de convivir con otro, que no es sólo de sexo diferente al del sujeto sino es del mismo sexo. Por lo tanto el Estado o algunos Estados han decidido cambiar la norma (unión de un solo hombre con una sola mujer) por la norma “unión entre dos sujetos”. Primero, es natural que los sujetos se deseen sexualmente independientemente de su sexo. Segundo, es cultural el matrimonio civil regulado por el Estado. Tercero, es natural que las mujeres sean quienes tengan o no tengan hijos. Cuarto, es cultural quien decide quiénes pueden adoptar. Veamos lo siguiente, lo natural está en el antes y ahí sólo la naturaleza del sujeto decide y lo cultural está después y ahí sólo decide el Estado a través de sus leyes. Esto puede traernos respuestas más claras a los cuestionamientos que en ocasiones se plantea la sociedad. No es dios, ni el papa, ni la virgen, ni la iglesia, quien decide con quién casarse y si quieres o no tener hijos, es una decisión del Estado. Por lo tanto, como sujetos a esta sociedad nos someteremos únicamente a las normas de Estado, porque creamos nosotros al Estado. Luego entonces dios y a iglesia es un producto cultural que crearon un grupo de hombres para controlar a la sociedad y hoy no es mas así, ni dios ni la iglesia deciden sobre nosotros como parte de esta sociedad mexicana. Hoy es el Estado, aunque en este país 14 Estados han decidido el mandato divino, nos guste o no y un sólo Estado ha decidido el mandato del hombre, les guste o no. Una buena para los Asambleístas del Distrito Federal y condolencias para las mujeres de estos 14 Estados. Pero, ¡no es un milagro!, sino una realidad cultural, que el Juicio de Amparo las puede ayudar en su deseo de engendrar o no engendrar, en su deseo de casarse con él o ella y este juicio o recurso no lo hizo dios, sino Vallarta y Rabasa.

Enrique Puente Gallangos es Licenciado en Derecho; Maestro en Derecho Constitucional; Maestro en Psicoanálisis, Especialista en Psicoanálisis para Niños y Adolecentes; Master en Psicoanálisis y Prácticas Socio-educativas en FLACSO Virtual Argentina. Estudia el Doctorado en Derecho en CIJUREP, en la Universidad Autonoma de Tlaxcala. Es además catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Regional del Sureste y de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.


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Mediana edad y corazón partido, por Luis Buero

Una amiga mía dice que los tipos de “edad media” que conoce (con fines de enamoramiento) vienen partidos al medio por un sable. ¿Y las muchachas?, podría responderle yo. Pero no es nada nuevo, ya desde hace veinte años las agencias matrimoniales y las celestinas de barrio apilan clientes que están entre los 35 y los 55, margen de edad humana en la que se producen los divorcios, separaciones o alertas de soltería excesiva.

La tan famosa crisis de la mediana edad es, por empezar, una frasecita que se las trae. Primero por la interpretación que hagamos de la palabra crisis, que algunos traducen al chino y otros al griego antiguo, pero que te calza como oportunidad o patada en la canícula,  según cómo te encuentre parado en la cancha. Y segundo porque habla de edad “media”,  como si estuviéramos obligatoriamente en el medio de algo pero, ¿en la mitad desde qué principio  y quién marca el final del recorrido?

Y sí,  en la “edad media” la percepción del futuro cambia y, aunque el camino toma aspecto de meseta, no ya de ascenso empinado, empezamos a tener conciencia de la finitud, y a contabilizar qué podremos hacer con lo que nos falta por vivir.

Pero en la mochila de la persona de mediana edad, el sableado en dos, según mi amiga, aparecen ya nostalgias y reminiscencias. Y el desencanto, que lo lleva a pensar que los últimos veinte años “al lado de ese estúpido, o de esa bruja” fueron tiempo perdido. ¿Cómo recuperarlo? Imposible.

Igual, algunos varones desenfundan el Síndrome de Peter Pan y juegan a ser adolescentes un rato, hasta que alguna jovenzuela los trata de “usted” y “señor” y los obliga a apelar a sus mejores recursos simbólicos para reubicarse en la edad.

Las señoras también están en un momento de decisión: o adoptan una posición sufriente, de queja y estancamiento, o se convierten en mujeres transformadoras, despertándose en ellas una potencia diferente, que genera deseos de saber y de poder hacer todo lo que quedó postergado.

Pero con respecto al amor, dudo que haya en este campo, como en el colegio cuando yo era chico, un cuaderno borrador de tapa blanda, para equivocarse y luego un cuaderno de clase, para darle a la maestra.

La vida es aprendizaje continuo, vamos aprobando materias, otras las re-cursamos e intentamos elegir nuevos objetos amables que nos completen en esta maravillosa aventura,  en la que ilusionarse y desilusionarse son dos caras de la única moneda de pago que nos dio Dios, para que no nos aburriéramos tanto durante el viaje.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Celos y violencia familiar, por Luis Buero

A raíz de un taller que coordino desde hace años, para celosos y celados, en el hospital Tornú, muchas veces me han llamado de programas de radio para preguntarme qué diferencia los celos “normales” de los patológicos.

Y la respuesta es siempre la misma: la intensidad.  Si la vida de la pareja deja de ser una comedia para convertirse en una tragedia, no hay que pensar mucho más. Sobre esto me voy a extender en esta revista online, un poco más.

Para el varón celoso patológico, siempre fuera de la casa hay un rival expectante y adentro del hogar lo espera una sospechosa, una lasciva agazapada. Él tiene la certeza delirante de la codicia universal: todos la desean a ella.

Ya en otras columnas me he referido a la relación de los celos y las vivencias infantiles, en especial, el modo de vínculo vivido con las figuras parentales y hermanos. Pero vayamos al tema del título: la violencia por celos se da en fases y en la mayoría de los casos, desde el hombre hacia la mujer.

La primera fase es la de acumulación de tensión, y es la etapa de la violencia verbal, la demanda excesiva, la sospecha y la descalificación manifestada con insultos, retos, metáforas delirantes, el despliegue de la desconfianza delirante y alucinatoria.

La siguiente fase es la del golpe, el cachetazo, la trompada, la paliza. Las lesiones pueden provocar la hospitalización y a veces, el asesinato. De este tipo de noticias se alimentan las crónicas policiales. La inseguridad extrema del celoso lo lleva al acto, ante la incapacidad de simbolizar su conflicto en un diálogo sentido y expresar su angustia, sí,  la angustia y las frustraciones personales que provocan el enojo excesivo. Hay una irrupción real en el cuerpo del otro, lo lastima, pues no puede tramitar por la vía de la palabra el brote que convierte a Dr. Jeckyll en Mr. Hyde.

La fase que sigue es la de luna de miel o arrepentimiento, las disculpas, la vergüenza, la promesa de cambios, el comienzo a veces de tratamientos psicológicos infructuosos donde lo encorsetan en un imaginario, es el golpeador, y ahí se tapona el diagnóstico.

Y todo vuelve a repetirse, cada vez con mayor gravedad.

También hay mujeres que pegan, en algunos casos famosos castran y, en otros, directamente asesinan por celos. Componen una muestra estadística más pequeña, pero existen.

Un psicoanalista diría que estamos hablando de sujetos del inconsciente y de sus modalidades de goce. Goce en el idioma de Lacan es un más allá del principio del placer freudiano y tiene que ver con la pulsión de muerte, la energía humana por excelencia (no hay otro tipo de animal o planta que se suicide). Tiene que ver también con modelos vividos en la infancia, situaciones que se grabaron de una determinada manera y hoy pulsan como una escena anterior condicionante. Y con condicionantes sociales, el concepto del amor, el machismo, la indiferencia institucional o religiosa ante la reacción de la mujer que necesita abrirse rápidamente de estas situaciones de peligro.

El celoso patológico quiere Todo, pretende desconocer la falta estructural propia y ajena y finalmente condena a muerte a su propio deseo. La cura implicará trabajar sobre aquellos trazos, aquellas marcas de lo oculto del iceberg, reescribirlas, renacer en la propia historia. Es dura, se requiere valentía y humildad, pues en ese camino se dan dos pasos adelante y uno atrás, constantemente.

Pero llegará el día en que el individuo comprenderá que los celos no son amor al otro, sino amor propio exagerado, dependiente y enfermizo, como el amor egoísta del bebé que alucina que la mamá y él son uno solo, cuya separación en yo y no-yo teme pues le promete un duelo intolerable. Sin embargo, pensemos, abandonamos el útero para caer en estas tierras de caos e incertidumbre y luego atravesamos el destete y sobrevivimos, ¿qué otro cataclismo puede hundirnos la carabela? Sólo nos queda una garantía, que un hombre es más importante que los afectos que pueda perder y que guarda suficiente tela para soportarlos, lo cual lo exime del temor extremo de que su objeto de amor sea atraído por otro. Y como diría Hamlet, “the rest is silence”.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar