El Cafecito


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Poema, por Rubén Chávez Ruiz Esparza

El jinete extraviado copia

 

Pasó el tamiz la sangre y la ceniza. La hambruna sus tijeras al pacto ya firmado. Todo vive en esta suerte que se borra no obstante la divisa de nada me toca. El Réquiem. La danza y los rasguños. Yo que no sabía hacer la domestica visita. Mura. Roza mis ojos vicios opuestos. Sueño soledad. Su estricta repetición de cosa presente y de tiempo ido. Recita lo que al menos permanece. Este peso intacto de los motivos para guardar el viaje. Mira, Caballo, no lleguemos. Compláceme en perderte, como se pierde el miedo. Amor. Escápate. Exímete. Cabalga.

 

(del libro El jinete extraviado)

 

 

Rubén Chávez Ruiz Esparza (Aguascalientes, Ags., 1967) Ha publicado los libros de poesía: El brezal y la noria, Versus alia, Los sagrados afectos, Patios interiores y Un naipe de picas.

 


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Los Arlequines Mudos de Nelson Simón, por Rubén Chávez Ruiz Esparza

arlequines

¿Quiénes son los Arlequines Mudos de Nelson Simón? Éstos, que vestidos más de rumbos que de rombos, derrumban la carpa con jalones de fieras liberadas. Éstos. Que de vuelta al punto del salto, invierten la isla como un guante y todo el mundo dentro. Todo, una vez trazado la línea, es el descampado. Escrita la línea. Es cuerda floja y es el habla. Es el que habla y nos muda a su abrazo de brazos extendidos. Simón dice: “Cómo volver a ser el domador de mis palabras”, si no hay doma dócil ni la tarascada del amante existe fuera de la memoria. Nelson dice: “Hay días en que no sé / dentro de qué cuerpo viajo, que no reconozco / quién es este ser cada vez más pálido / que acompaña a mi sombra”. Y es cierta la moneda caída en la caja de pinturas. Y es falso el retrato de tan cierto. ¿En qué acrobacia de mimos ante el espejo nos habremos registrado? No, Señor, qué se va ni qué se ha ido. Ahora su viaje de amores hincha a seguras orillas. No se va: Costea un cuerpo que se curva sobre sí mismo. Simón dice: “He dejado mi ciudad. ¿Acaso mi ciudad / me sintió alguna vez como algo suyo? / Si alguna vez tuve un país, he dejado mi país.” Entonces, Nelson, diga de una vez: ¿A dónde anda buscándose? ¿Qué libertad se le escurre en cada apretón de manos, cuando parte? ¿Le han quedado certezas amorosas o se inventa que fue y ahora viene del amor para dudarlo? Y responde: “Nunca sabré si digo adiós / o pido que me salven”. Cuando se aconseja Usted, Usted nos dicta a sentencia firme: “entre un vacío y otro, colocarás tu vida, / cosas sin importancia, pecados y dobleces, / manchas a las que cualquier muerto renunciaría / con tal de hacer más ligero su equipaje”. Pero veamos, si “El amor es una sustancia venenosa”, cómo ha braceado, Amigo, en aires de cianuro beso y caderas de silicio. ¡Y no se enferma! Simón y Nelson. Poeta y hombre. Dice: “Yo soy el arlequín. He de cuidarme el paso, el equilibrio / La cuerda es el único camino que me dieron, / lo demás es el riesgo de caer, el miedo / de no poder tocar el otro extremo de la carpa”. Será, si Usted lo dice. Pero le recuerdo que ya dijo: “nunca llegamos a saber / el verdadero tamaño de esos sueños”. Y ya ve. Puestos a soñar nos vamos o nos quedamos con Usted, Nelson Simón. Sus lectores colgamos de su giro, desdeñamos la red de seguridad, caemos y volvemos a elevarnos si luego afirma: “Yo nunca partiría dejándome a mí mismo”. Sea pues y cierre el libro y vuélvase a andar.

Rubén Chávez Ruiz Esparza (Aguascalientes, Ags., 1967) Ha publicado los libros de poesía: El brezal y la noria, Versus alia, Los sagrados afectos, Patios interiores y Un naipe de picas.


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Apostillas a Leopardi, por Rubén Chávez Ruiz Esparza

Otros climas, nuevas tierras, nuevas enfermedades. Ninguno rehúsa el daño y nadie responde ni da ejemplo ni se ata al mástil. Aniquilado. Anoto. Tú crees. Tú sí confías en gastos. La justa cuenta. Al Mal que te hizo padre y ahora esconde las crías. Comprendes sin estrellas la invicta fuerza. No te cansan sus obstáculos de cuna ni te indigna ver morir lo que más amas. Tú, el más frágil, el mejor amigo, el consejero. Cómo te permites seguir inocente al que te excusa. Cómo si mientras se obliga el hambre te das por satisfecho. Y todo mal se anula.

[De “Antebellum” poemario ganador de los Juegos Florales de Lagos de Moreno 2012]

Rubén Chávez Ruiz Esparza (Aguascalientes, Ags., 1967) Ha publicado los libros de poesía: El brezal y la noria, Versus alia, Los sagrados afectos, Patios interiores y Un naipe de picas.


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Cadáver exquisito, por los asistentes al VI Festival Palabra en el Mundo – Aguascalientes

Ya no puedes detenerte. Gira.

Eres tu centro y la tangente

el baile que aspira a viento

la magia de la música que surge de las venas

y derrama la fuerza heredada.

Que nadie se calle esta noche que es como el día

de saldos rojos, de simples deudas, a varias voces.

Que nadie olvide dónde comenzó el camino

cada paso un nuevo destino, cada visión un rumbo

nos delata a pie juntillas, nos señala signos, el norte-sur

nos enseña la memoria de la noche y su duelo.

No eres joven todavía ni habitas la huella de tu cuerpo.

Porque hay alguien más con nuestro mismo rostro

somos los otros aquí donde se juntan los senderos.

Hoy el infierno no son los otros

al menos hoy abolimos el infierno,

abrazar cada palabra como se abraza

el último sustento de la vida.

Trata. Sueña, Insomnia. Ve.

Ninguna falta sobrevive a tanta luz.

Y la luz, como el último respiro de Dios sobre la tierra,

nos abraza a la noche y su misterio.

Vamos con la mirada decidida

a descubrir lo nuevo en la luz cantante

y el sueño frustrado.

-He de confesar

es vagar como una esfera

sin que ningún punto

pregunte por su centro.

Podremos descansar cuando alguno

Nos llame por nuestro nombre.


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Poema, por Rubén Chávez Ruiz Esparza

UNA PLUMA DESPRENDIDA

de todas las preguntas

-Lo ya dicho busca, besa

y olvida, al fin la libertad

-Toca mi frente, oscura

agua crecida, justo llanto

-Ya no solo, únicamente

poseído apenas, y más

-Mortales aun si mañana

caen dos manos de sueño

-Cambian para mí, mi sola

sombra disuelta en oxigeno

-Fuego y ciego y terrible

para mí sola, sobrevida

-Se concierta, se ordena

como dueño mío, manda

-Llevarse cántaro al pozo,

con piedra y mano golpea

-Cuanta vida recién nace

sin un ruido ni un acento

-De azar, regido de veras

y de rodillas, buen amigo

-Como tierra propicia, dice,

nos soporta tallo y raíces

-Se alegra así, a sabiendas

que un solo lazo los uniría

-Más airado y más viento

adelanta su vieja insignia

-De camino quebrado, ves

que pasa sin adiós ni atrás

-De largo a corto, de triste

a creerse de nuevo paraíso

-Incendiado por sus fuegos,

ahogada en propias aguas

-Estoy en él, me digo míos

sus labios, florece conmigo

-Su voz cambia, me anuncia,

me delata un poco su alegría

-Dura sólo Dios sabe, atroz

y árida y sin embargo, viva

-Como soy una pluma, adoro

caer, como caen las preguntas.

 

Rubén Chávez Ruiz Esparza (Aguascalientes, Ags., 1967) Ha publicado los libros de poesía: El brezal y la noria, Versus alia, Los sagrados afectos, Patios interiores y Un naipe de picas.


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Cartas Españolas, por Rubén Chávez Ruiz Esparza

Sota de bastos
Quieras o no quieras, el oficio tiene impreso el famoso letrerito: URGENTE, incluso algo ya desteñido. Eres su último destinatario, la firma y sello que cerrará su ya rancio currículo. Ahora está enfrente tuyo. Haces el amago de esquivar la ominosa responsabilidad. Te adjudicas cuatro citas a la misma hora, sacas la receta del tío abuelo, remarcas tus ojeras… Sin embargo y sin ninguna pena -a pesar de tus virtudes de malabarista- te han despejado el escritorio para que mejor dispongas de esa escasa voluntad tuya. A quién crees engañar. A palo dado.

Siete de espadas

Comienzas por analizar el árbol genealógico del remitente. ¿Secretario vigésimo segundo del asistente del oficial mayor de cuál recóndito municipio? ¿De qué país según los sellos postales? Caes en la cuenta de que está firmado -por fortuna esta vez no con sangre- con la impresión de una huella digital. Esa es la clave. Llamas al primer erudito en la materia que has encontrado en el pasillo adjunto. Según las circunvoluciones en forma de espiral inversa, cosa no tan común últimamente, hemos descubierto la petición para continuar la educación primaria. Cosa de parvulitos. El primer tajo está dado.

Dos de oros
Suspendes abruptamente la carretada de pensamientos, ha sonado quizá por tercera vez el teléfono. Otro “incendio”, casi seguramente. Una voz cavernosa se identifica. Dice algo acerca del Ministerio de Educación. Cuestiones de viernes y fin de quincena. Misterios del “con copia para” y la multiplicación de las cartas oficiales. Alguien ha visto la posibilidad samaritana de salir del anonimato. ¿Realmente estás sorprendido?

Rey de copas
Te abres paso entre una selva de tarjetas informativas y desmentidos. Escoges la más conveniente para “Día de los enamorados”. Quitas moños y agregas alguno que otro dato estadístico. Casi parece tu historial de respuestas efectivas un campo de cuervos. Reconsideras tu suerte para la próxima junta de coordinación. Ojalá no haya preguntas. Das el último sorbo del día a un café que sabe fatal. Salud por los enfermos.

Rubén Chávez, es ingeniero civil con maestría en Gestión Pública Aplicada. Poeta. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Salvador Gallardo Dávalos (1996 y 2007) y Premio Punto de Partida (2009).
En 2010 ganó el tercer lugar en la categoría de poesía en el Certamen Internacional Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, con el libro Un naipe de picas.


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“Horaciones” de Benjamín Valdivia, por Rubén Chávez

“Desnudo busco el campo de los que nada desean”, hace hablar nuestro poeta a su modelo, Horacio. Pero al contrario del cuento de Andersen, el desnudo poético es un traje de plumas y de luces. Pero verdaderamente hay que estar preparados para verlo. La poesía es materia de fe y busca creyentes. Y lamento decirlo: No todos estamos llamados. El mismo Benjamín señala en un poema adelante: “No se mueve la sangre en corazones fríos […] Estamos encerrados en la duda”.

La evidente asociación de las palabras “Horacio” y “Oración” en el título del libro, “Horaciones”, es ya un adelanto de un sagrado afecto y de una Declaración de Fe Horaciana. Nuestro poeta concelebra con el latino, a través de cada poema, el carpe diem de los sabores y también de los sinsabores. Me atrevo a decir que Benjamín Valdivia es un esperanzado sin esperanza ni enmienda ¿pero qué otra cosa se puede esperar de un poeta verdadero?

Si el autor de las Odas procuró la empresa de transvasar al latín la lírica eolia en su conjunto, imitando los temas y los metros líricos griegos, ahora, no menos audaz ni con menos riesgo, Benjamín Valdivia se propone en Horaciones traer a este siglo y al castellano el ingenio de Horacio. Ingenio, repito. Ni copia mecánica ni sustitución de las variables en la ecuación de las Odas. Cabe menos detenerse en la traducción del latín, para el primer verso de cada poema -que ya es admirable- que en la empatía de nuestro poeta y en su capacidad de alquimista para trasmutar la forma y purificar el fondo de los versos latinos. Versos que son “Sabores de siglos que mucho hace / nadie hubiera captado”.

Hay una pregunta básica, recurrente, que formulamos al iniciar el aprendizaje de una segunda lengua, de un nuevo idioma: “¿Cómo se dice…?”. Benjamín nos deleita al contestarnos a esa pregunta: ¿Cómo se dice en “Horacio”…?.

¿A qué aspira el autor con este libro? –No será a un ejercicio académico. Algo importante está por ocurrir. “En lo que hablamos se fuga la vida”, traduce Valdivia a Horacio. Pero es como el ácido que se retira para revelar la placa no irreparable. “Lo vivido es ya luz de música”. Eso, nos dice, “empalabra”. Es obligado para el poeta, para sus lectores, traer a la mesa al afecto, al odio, al amor, pues: “Son nombres propios de cosas ausentes, de inéditos mundos. / Oficio es éste de traerlos vivos, fosforecer la luz de nuestros huesos.”

¿Pero y por qué Horacio y por qué Benjamín Valdivia? – Por autoridad. “Al huir de su patria, ¿quién se exilia de sí mismo?”, hace hablar Benjamín a Horacio. Y si preguntaran: “¿Dónde está el mejor escritor de Aguascalientes?” Contestaríamos –No vive aquí.

No, Benjamín Valdivia no es un exiliado, pero sí un trashumante en su país natal: “Mas yo busco otro mundo y otra música, / otro secreto: no lo que dice la sirena”. Al avanzar las rutas del libro, sus lectores encontramos bitácora y toma de herencia: Nos dice: “Hijos del sueño / pueblen los páramos que les donamos hoy”.

¿A quiénes se dirige? –“Referirse a ellos es hablar de nosotros”. Horaciones es también un lance amoroso y una queja a cumplirse. Y si entristece en: “No tiene solución este planeta: / cada cual va a lo suyo”, también comparte una esperanza: “Si percibes ahora ese aroma encantado, / tu alegría y la mía están completas”.

¿Qué nos cabe después de leer este libro? Ojalá la promesa de Benjamín Valdivia: “Salen de aquí felices, plenos todos, aunque nada poseen“. El mensaje entregado al poeta es también llevado al lector. Entonces (como dice Benjamín) “Nosotros, también iluminados, / atendemos, y empezamos a andar.”

Rubén Chávez, es ingeniero civil con maestría en Gestión Pública Aplicada. Poeta. Entre otros reconocimientos, ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Salvador Gallardo Dávalos (1996 y 2007) y Premio Punto de Partida (2009).
En 2010 ganó el tercer lugar en la categoría de poesía en el Certamen Internacional Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, con el libro Un naipe de picas.