El Cafecito


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La semilla, por Roberto Quevedo

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No bien terminaba la vereda, eran visibles dos siluetas al fondo, detrás del grupo de huizaches que se incendiaban con la luz hambrienta del atardecer. Ella se preguntaba si había sido suficiente, si aquel regalo de carne habría satisfecho al niño de ojos magenta. La estaban esperando, eso la sabía, pero no lograba dilucidar si los mandatos recibidos a voces en la duermevela habrían sido claros ¿pudo perder acaso algún detalle?, ¿alguna imperceptible desviación del ritual que conduce al vientre del dragón?, ¿un descuido en los signos de la lumbre que vio surgir de las nubes cuando comenzó el degüello? Sacó del abrigo de su vientre la tela de lino que resguardaba la cabeza del cordero. Se acercó aún más. Rodeó la enramada de arbustos y entró en el bosque de árboles resecos que tenían apenas su altura. Los encontró ahí, en el centro de un círculo de tierra quemada, en cuclillas, comiendo tunas rojas como corazones de nonatos. La miraron sonriendo, sin pronunciar palabra, con aquellos iris de ignición vuelta cristales. A los pies de los dos quebradizos cuerpos dejó caer el bulto que todavía escurría sangre. Ellos lo abrieron con un entusiasmo de niños que reciben el mejor juguete. Cuando retiraron la tela pegajosa pudo entrever por vez última el rostro, desfigurado todavía de terror, del que fuera su consorte amado, antes de que las dentelladas de los dos ángeles de fuego terminaran por convertirlo en un amasijo irreconocible. No tardaron sino un par de minutos en dejar sobre la tierra ceniza trozos del cráneo despojado de humanidad. Ella los miraba con regocijo y al saberlos satisfechos se atrevió a lanzar, con voz temblorosa, la voz tan escuchada entre sueños. La gritó siete veces. Comenzó entonces su agonía. Hoy se yergue en el mismo sitio el carbonizado árbol sin nombre que devoró hace dos años a mi padre.

 

 

Roberto Quevedo es escritor y editor.


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El uso de la palabra inevitable, por Roberto Quevedo

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Aquella ocasión bebimos café como si fuera a terminarse la vida en el fondo de las tazas, como si la infusión que nos habían servido fuera la última. La tarde ya condenada aparecía con un brillo raro, los colores eran ajenos: desleídos y a la vez espesos, decantados quizás por la espuma de aquella bebida cuyo espíritu circulaba por nuestras venas. Íbamos hablando de Kafka, estoy seguro. Gallo se despidió con una pantomima de mano sobre su cabeza que lo despeinó aún más y lanzó su inseparable libro de Nietzsche para atraparlo de inmediato en el aire con un dejo saltimbanqui que en aquel momento me pareció normal. Luego, con una zancada que sobrepasó una nube con forma de cetáceo, se alejó hacia las alturas. El sol cayó pesadamente detrás de la torre de San Antonio y el cielo comenzó a teñirse con ese morado que en esta tierra es tan común. La noche bosquejaba algunas de sus constelaciones como si fueran mapas desordenados por luciérnagas circulares. La luna de ámbar líquido se descompuso en un cósmico huevo estrellado para abrir ventanas de lejana bruma en los extremos del horizonte. Ninguno de los dos cruzamos palabra cuando el tren descendió justo desde el cenit. Sabíamos que esta era la última oportunidad. Se detuvo exactamente a la mitad de la calle de Zaragoza, usando las aceras laterales a manera de andenes. De pronto aquel rincón de la ciudad se llenó de exasperados pasajeros: dos hormigas cargando maletas que pesaban al menos quince veces más que ellas mismas, una serpiente con tres o cuatro mudas de piel muy bien dobladas, un guajolote acomodándose las recién compradas plumas de pavorreal, un ratón con un saco lleno de dientes, dos salamandras con sus respectivos encendedores, una sirena con ocho cambios de cola y seis pares de zapatillas por si acaso, tres flamencos que se retocaban entre sí el fucsia con pintura en aerosol. Nos acomodamos con prisa en el extremo de la fila. Detrás nuestro llegó una familia de loros que olían a limón; los loritos brincaban y gritaban sin parar, mientras que a la mujer se le iba el pico recriminando al marido: que si había metido las plumas rojas, que si se acordaba bien del discurso de recepción, que si llevaba la corbata azul, que si esto que si lo otro. Con tanto barullo me comenzó a doler la cabeza, así que fui corriendo por unas aspirinas a la farmacia de la esquina que estaba aún abierta. Si mal no lo recuerdo tardé apenas dos minutos, pero al volver la multitud de impacientes viajeros ya te había empujado dentro del vagón. Yo me quedé allí, a la mitad del andén, gritando tu nombre, manoteando desesperadamente. Sin embargo la primera persona que inventó la palabra “inevitable” lo hizo con un motivo específico y para nombrar algunas cosas que tienden a ser fatídicas.

Roberto Quevedo es escritor y editor. Su página: http://www.robertoquevedo.net.ms/


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Estación Costera 135, por Roberto Quevedo

La mar, decidida, salió un día de casa para visitar la ciudad de sus antepasados. El viaje era arduo; había que recorrer desiertos, montañas, despeñaderos complicados. Después de un recorrido fatigoso, llegó a la estación de trenes muy temprano y tomó asiento en un sitio a lo largo de una baranda. Se quedó ahí quieta mucho tiempo. Pensaba en su propio pasado y se daba cuenta de que ya había olvidado gran parte de su vida ¿Quién fue aquél, su primer amante?, ¿dónde permanecía la mirada de su madre al caer la noche?, ¿de qué color fue esa diadema que se negaba a abandonar en la memoria de la infancia? Mientras se hacía estas y otras preguntas, la mar se alisaba el cabello con sus dedos blancos y lloraba un poco, discretamente, mirando al horizonte una vez y otra. Su vestido zarco se extendía desde el andén hasta el pacífico, cruzando el pequeño pueblo costero que había tras ella. Entre los encajes las personas trataban desesperadamente de alcanzar la orilla de las tierras más altas; bajo los tules, los cuerpos de los ahogados comenzaban a retornar a la superficie; había balsas varadas con rescatistas en los plisés y maderos flotantes en los hilados a los que algunos sobrevivientes se aferraban aún. La mar pensaba con alegría en su viaje. Ya se imaginaba subiendo al tren, tomando asiento al lado de una pareja feliz, delante de algún niño que no pararía de saltar hasta quedar rendido de sueño. Miraba al horizonte de nuevo en espera del ferrocarril, después al cielo y luego al horizonte otra vez. Pero Los trenes —ella lo ignoraba o también lo había olvidado— ya no existían: habían desaparecido años atrás, bajo asuntos de ignominia y mezquindad. Por ello el fantasma de la mar puede verse aún en la Estación Costera del Golfo 135 durante los días de hastío y sol de agosto, justo antes que la luna llena hurgue la sombra de las vírgenes viejas para hacerlas llorar. En estas fechas el pequeño pueblo sigue inundándose irremediable y por siempre jamás.

 Roberto Quevedo es escritor y editor. Su página: http://www.robertoquevedo.net.ms/