El Cafecito


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La resignación como recurso retórico o lo que el cambio se llevó: el Cuarto Informe de Gobierno de Vicente Fox, por René Torres Mancera

Por ahí dicen que el entusiasmo es el desorden nervioso de los inexpertos, y pues sí, el entusiasmo se extinguió. Aparentemente, se fue con aquel Vicente Fox que hábilmente reviraba las interpelaciones en su toma de protesta como Presidente, si hay alguien a quien culpar de esto que sea a sus asesores en neurolingüística. Poco queda de aquel Fox que con un proyecto vago, pero muy ambicioso, que generó grandes expectativas en la ciudadanía; poco dejó para su cuarto informe de gobierno, del cual casi todos esperaban casi nada. Para los medios y los opinadores en general, la nota de mayor trascendencia fue la de los legisladores que, al armar escándalo, contribuyeron a bajar el nivel en que se desarrolla la política mexicana, aún más si es posible. En un acto que no permite el dialogo entre los poderes, es hasta cierto punto lógico que surjan manifestaciones como las que sucedieron, y es por ello que la ceremonia del informe sigue siendo calificada por muchos como anacrónica, y no tanto por el acto en sí, sino por la forma en que se desarrolla y, en la política mexicana, donde la forma es fondo, esto es comprensible  e incluso previsible.

Sin embargo, para recordar que México ya no es como antes, hay mejores formas de hacerlo. El cambio político que hemos vivido se ha puesto en evidencia en cada informe presidencial de la última década. A medida que la oposición ocupó mayores espacios de representación y, con la inauguración de la cohabitación, la ceremonia del informe perdió todo su hálito de reverencia hacia el Presidente. Históricamente, el informe había quedado establecido como uno de los momentos de mayor poder presidencial, con el ceremonial y la circunstancia que rodeaban el evento y la clase política en pleno en calidad de comparsa. Con el acotamiento del presidencialismo, producto del cambio político, se ha dejado atrás la parafernalia y se ha puesto al acto como lo que es: la presentación del informe que guarda la administración pública federal, con el mensaje político del Presidente de por medio, por supuesto. Esta nueva situación se ha manifestado con mucha claridad en cada informe presentado por Vicente Fox ante el Congreso de la Unión. De esta forma, asistimos a una ceremonia, que por los procesos políticos se ha quedado sin brillo, presentando a una administración foxista envuelta en el desencanto y la frustración por la falta de mejores resultados.

En la parte inicial de su discurso, el Presidente se dedicó a tratar de explicarnos el porque su administración no ha generado los resultados esperados. Así lo hace: “al rendir este Informe, el proyecto democrático en el que hemos trabajado con empeño aún no logra todos sus objetivos. No obstante, con responsabilidad y rumbo claro, estamos avanzando en la construcción de un mejor futuro. El cambio político ha dado vida a la democracia y nuestra energía ha estado dirigida a lo esencial: a la libertad. Libertad para elegir; para expresar ideas; para participar y decidir el rumbo de nuestras vidas. Cuando hablamos de humanismo, hablamos de libertad”. Entonces, queda claro: no hay resultados porque todos los empeños de los cuatro largos años de su gobierno se han dedicado a obligarnos a ser libres. De esto podría desprenderse que el Presidente fue electo por ciudadanos sin libertad política, por ciudadanos que ni  siquiera contaban con la capacidad para decidir por ellos mismos el propio rumbo de sus vidas.

Creo que es imposible seguir por esta vía sin ponerse existencial, así que mejor pasemos a lo siguiente. Más adelante, Fox señalaba, con escasa emotividad y menos convicción, insuficientes desde luego para sacudir conciencias, que “es responsabilidad de todos los miembros de la clase política evitar que la sociedad se desilusione de la democracia”. Supongo por esto, que el Presidente desconoce que la administración racional de la desilusión nos puede enseñar que la democracia es un sistema torpe y complejo cuya mayor virtud se encuentra en justificar la existencia del poder político y no en su talento para producir con celeridad el bien común, aunque también supongo ni él ni sus asesores se detienen a contemplar estas minucias teóricas. Es curioso que la democracia sea el marco de todo el discurso presidencial y que como política aún no pueda ser asumida como una realidad, de otra forma no se pueden entender las ríspidas relaciones con el Poder Legislativo ni la escalada de enfrentamientos con otros actores políticos.

Al proseguir con el mensaje y al abordar otros temas se sigue en el mismo tono y la misma dinámica. El periódico Reforma reportaba que el tiempo de interrupciones por aplausos fue superado por cuatro minutos por las interrupciones por interpelaciones. Bastante ilustrativo de los ánimos en el Congreso. Con todo y las fuerzas gastadas en defensa de la libertad, al Presidente si le alcanzó para dedicar espacio en su discurso a las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, a los Derechos Humanos, al Instituto Federal de Acceso a la Información, al Federalismo, a la Convención Nacional Hacendaria, al Servicio Profesional de Carrera, a los resultados en política financiera y fiscal, en infraestructura y turismo, en desarrollo social y ecología. Y dejando de lado la resignación, para animarse un poco, no pudo evitar mencionar los nuevos descubrimientos de yacimientos de petróleo. Asimismo, ésta fue la parte en que más cifras se lanzaron; desde luego, se buscaron las más apropiadas para destacar los logros, no podría ser de otra manera.

Sin embargo, nunca se abandonaron las frases contundentes que seguramente pretendieron ser las que más ovaciones arrancaran, desde la invitación a la tregua y al diálogo hasta una de las últimas del discurso, y que a continuación cito por su carácter categórico: “transitemos de los debates a los resultados”. Que yo sepa, una cosa no excluye a la otra y, hasta donde sé, el diálogo tan traído y tan llevado al que el Presidente invita es parte integral de la democracia y tiene como componente el debate. Pero, ¿para qué ponernos quisquillosos cuando se nos dice que lo mejor está por venir? Saquémosle la vuelta al desencanto y abandonemos la miserable explotación del escepticismo para superar los desafíos de la democracia con más democracia, que al cabo, como dice Fox, va por México.

René Torres Mancera es politólogo, egresado de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, miembro del Colegio de Ciencias Políticas y Administración Pública de Aguascalientes AC.