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Comentarios sobre los alcances y nuevos retos institucionales a propósito de la Ley de Cultura del Estado de Aguascalientes, por Rafael Mendoza Toro

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La Ley de Cultura del Estado de Aguascalientes representa a la vez, importantes hitos y alcances para su promoción y desarrollo como política de Estado, al mismo tiempo que implica retos institucionales al aparato estatal y municipal, especialmente al Instituto Cultural de Aguascalientes. Reconoce explícita mente el derecho de toda persona a participar libremente en la vida cultural y artística de la comunidad, a disfrutar de los bienes y servicios culturales y a participar en su desarrollo y defensa; al mismo tiempo indica que el Estado tiene la misión de fortalecer los procesos de creación, expresión, difusión y de apropiación social de la cultura. En este tenor, corresponde al ICA no solamente el principal desarrollo de actividades encaminadas a su promoción, desarrollo y difusión, sino específicamente su rectaría en lo que hace a políticas culturales hacia el resto de las instancias estatales, los gobiernos municipales, la sociedad civil organizada, las empresas culturales y particularmente la ciudadanía, consumidora y beneficiaria de los bienes y servicios culturales.

La ley proporciona un marco normativo para actividades que actualmente ya se están realizando en el Instituto, como son la enseñanza artística en todos los niveles, de primaria al postgrado, o la actividad editorial siendo el ICA uno de los editores más activos del estado de libros y revistas de carácter cultural. No hay empero correlato institucional para algunos de los mandatos de la Ley: al crear por ejemplo el Sistema Estatal de Cultura (art. 19), otorga al Instituto su rectoría y coordinación con las demás instancias (art. 28 y siguientes), lo que implica la creación de un mecanismo de coordinación interinstitucional, la constitución de políticas públicas “transversales”, incluyendo en estas estrategias, programas y recomendaciones que debieran ser atendidas necesariamente por la Administración estatal, mecanismos de coordinación con las instancias federales y las municipales y de concertación y consenso con las demás instancias de la sociedad Civil. Lo anterior traería aparejado un esfuerzo programático en al menos tres niveles: en la formulación de la propuesta y constitución de un apartado dedicado a al Cultura en el Plan Estatal de Desarrollo (Artículo 12), en la formulación de un Programa Estatal de Cultura de amplios alcance y coherente con el primero, y en la constitución de un Programa de Desarrollo Institucional, de aplicación obligatoria al ámbito del Instituto Cultural. Se debe mencionar que  a la fecha en ningún gobierno se ha formulado un programa estatal de cultura ni siquiera un programa de desarrollo institucional, que proporcione un marco coherente a sus actividades.

La coordinación del Sistema Cultural entre el ICA (instancia rectora en la materia) y las demás instituciones y niveles de gobierno y la generación de los instrumentos programáticos respectivos requiere la creación de una instancia de enlace interinstitucional.

La Ley también modifica la personalidad y obligaciones jurídicas del Instituto, al confirmarlo como un organismo descentralizado con personalidad jurídica y patrimonio propio, ampliando además sus capacidades para elaborar contratos, convenios y otros instrumentos jurídicos, a mas de otorgar nuevas facultades en la formulación de convenios internacionales, que pueden implicar importaciones directas, financiamiento, colaboración, etc.

El cumplimiento de esta nuevas tareas de materia jurídica implica la necesidad de fortalecer y ampliar la estructura legal del Instituto.

La nueva Ley, en su art. 10 menciona la prioridad del apoyo institucional a la producción y creación artística, ya sea a artistas y creadores individuales, organizados o a empresas culturales. En esa vertiente de concertación, existen en la actualidad mecanismos de soporte y apoyo financiero a propuestas artísticas operando dentro de los diversos fondos federales, estatales y municipales, contando todos estos con reglas especificas en lo que hace al tiempo, modalidades, montos de financiamiento, etc. Es necesario, con todo, establecer mecanismos más flexibles, para atender proyectos fuera de este formato, que pudiendo exceder los montos tradicionales de financiamiento de los fondos, sean de tal relevancia que lo ameriten, esto asegurando la transparencia del proceso de evaluación y ejercicio de los financiamientos aprobados, así como esquemas de retorno. Pero en otra vertiente no existen ni instancias ni mecanismos para la colaboración, asesoría y eventual financiamiento para las empresas culturales, sector de la economía muy dinámico, en donde empresarios privados invierten y generan empleos, al mismo tiempo que producen bienes y servicios culturales; por ejemplo, de acuerdo al Censo Económico 1999 mas de 2000 establecimientos se podían ubicar dentro del subsector “Cultura” (de acuerdo a los términos definidos por Ernesto Piedras en su estudio) empleando a casi 5000 personas,  el 3% de todo el personal ocupado en la Entidad.

En este sentido, el Instituto debe implementar mecanismos e instancias de coordinación y concertación para el apoyo y trabajo con empresas culturales, al margen de sus fondos de financiamiento tradicionales, trabajando coordinadamente con la Secretarias federal y estatal de ramo.

Al definir al ICA como rector del Sistema Estatal de Cultura, ello le implica no solo llevar el seguimiento y registro de sus propias actividades sustantivas: eventos, público asistente, ingresos propios, etc. sino constituir un autentico Observatorio Cultural, que registre las más diversas actividades que en la materia realicen todos los actores sociales del Estado, tanto porque ello implica una cierta estimación del “clima cultural” local, como para establecer mecanismos adicionales de promoción y desarrollo en aspectos que aparezcan relevantes dentro de esa observación. Por ejemplo, en el 2005 se levanto una encuesta estatal de prácticas y consumos culturales, semejante a la encuesta nacional; dentro de sus resultados se puede destacar que en el curso del último año, el 52% de los encuestados había asistido a una biblioteca, el 42% a un casa de la cultura o recinto similar, pero en el caso de Museos de todo tipo solo un 25% lo había hecho en el año previo; en otras prácticas culturales el 22% había asistido al teatro, mientras que al cine prácticamente el 75% iba al menos una vez al año; en lo que hace a prácticas de lectura el 37% no había leído un solo libro el año previo y el 32% lo había hecho entre uno y dos libros, entre otros datos. Todo la información anterior, aunada al informe interno de actividades institucionales le permitirían una formulación especifica de programas, así como mecanismos de ajuste y corrección. En otra instancia, permitirían también la consolidación de una Subcuenta Económica Cultural, necesaria para las cuentas económicas estatales.

Constituir una instancias rectora del Observatorio Cultural, donde se elaboren las políticas e instrumentos de captación de información, así como se lleven, concentren y procesen los datos respectivos, permitirían al Instituto cumplir en mejor medida sus nuevos retos.

 Rafael Mendoza Toro. Alguna vez médico, burócrata de medio pelo y redentor del proletariado, olvidó esos afanes y le gustaba decir que se dedicaba a la vida contemplativa en el face. Su prematura muerte en este mes de diciembre de 2013, dejó inconcluso este texto y muchos otros proyectos.

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Retrato de familia con piano, por Rafael Mendoza Toro

Fue mi primer odio verdadero, con él aprendí a odiar con esa manera pueril, visceral y furibunda que los niños dedican al pariente lejano, gordo y engorroso que llega los domingos de visita y exige atención y un lugar en la mesa y la familia entra en crisis por no poder decirle que no es bienvenido pero no junta valor para pedirle se retire, que no hay lugar para él. Y eso y muchas cosas era él, un piano de media cola, de sonora marca alemana, negro y señorial, siempre cerrado y exigiendo cuidados y espacio, sobre todo espacio en el modesto departamento de la colonia Escandón donde mi familia descansaba su decadencia.

Desde que tengo memoria estuvo allí, recordándonos que éramos una familia decente, no una cualquiera. Las primeras prohibiciones que recuerdo lo tuvieron por objeto: no correr cerca, no poner ningún objeto sobre él, no intentar abrir la tapa, no profanar el espacio sagrado que debíamos mantener en su entorno. De igual forma, las primeras lecciones que recibí decían que no éramos una familia como las otras que compartían el edificio, teníamos tradición e historia y el piano era la mejor prueba de ello.

Cada tanto, en esas tertulias familiares que de mala gana soportaba, mi abuelo retomaba el relato: hubo una vez una tía bisabuela, no recuerdo su nombre pero sí los detalles. Había estudiado música en México, París, Berlín y anexas; Manuel M. Ponce había supervisado sus progresos, con celo y atención le marcaba el ritmo y corregía errores, más como padre que como maestro; y los esfuerzos habían sido coronados con el éxito, ante Porfirio Díaz o los emperadores Carlota y Maximiliano, el relato variaba por la senilidad y el alcohol, mi tía había presentado su recital; Chopin, Beethoven y más habían sido interpretados y los ilustres asistentes aplaudieron y no escatimaron elogios. A partir del momento de gloría el relato perdía consistencia, nunca me quedó claro como mi tía, después de haber sido vitoreada por don Porfirio o Maximiliano había vuelto al anonimato. Al tiempo llegué a creer que la decadencia de mi familia empezó esa noche, que entonces brillamos con tal intensidad que el único camino posible tenía que ser la oscuridad.

Mi abuelo nunca abundaba en cómo habíamos perdido la fortuna y el talento musical. Porque al tiempo que se cambiaba la casa grande por una menor, los acordes del piano se fueron olvidando hasta que éste terminó callado para siempre. Alguna vez mi abuelo y sus hermanos habían tomado clases de solfeo, pero éstas costaban dinero y éste no abundaba y en escuela oficial ni pensar y así, las sesiones vespertinas recorriendo escalas se fueron haciendo esporádicas hasta que concluyeron. La casa grande de Churubusco y después la de la Roma fueron consumidas por la vorágine de la decadencia; empero, nunca se habló de vender el piano.

Así, en el pequeño departamento donde tres generaciones de mi familia se apiñaban, el piano ocupaba un lugar proporcional a su importancia. Incluso, con el tiempo dejé de odiarlo y empecé a repetir la historia de las glorias de mi familia ante algún visitante, quien fingía escuchar con atención el relato que no creía.

Varios años y muertes después, el ser hijo mayor del hijo mayor, determinó que fuera el depositario del piano y la tradición. Una tarde de agosto, la paz de la unidad del Infonavit donde vivo se vio interrumpida por la llegada de un camión de mudanzas portando un piano de media cola, negro. Y al igual que en mi niñez, el visitante no deseado se aposentó en el pequeñísimo departamento donde con mi esposa y tres hijos, tratábamos de sobrellevar nuestra perenne crisis económica.

En la minúscula sala, el piano arrebató espacios desplazando televisor y otros bártulos, exigiendo como siempre ser el centro de atención. Mis hijos saludaron al piano con curiosidad que pronto se transformó en hostilidad ante la repetición de las prohibiciones. Lo veían con rencor ocupando la mitad de la sala mientras ellos se apiñaban en literas en las recámaras. A la fecha ignoro si alguno de ellos guardaba un oculto talento musical, bastante difícil era ya pagar la escuela para pensar en buscar una educación musical. Paradójicamente, quien recibió con gusto la herencia fue mi esposa, sus perpetuas quejas acerca de nuestra situación económica se vieron acalladas por la contundencia del piano. Compró su aceite lustrador y como cinco generaciones de mi familia, dedicó las tardes a amorosamente pulirlo, conservándolo lustroso y reluciente.

Era valor entendido que la herencia no implicaba propiedad, que era sólo el custodio de un bien que estaba más allá de la urgencias económicas. Muchas noches mientras dedicaba mis insomnios a buscar una salida económica, desvariaba en venderlo y montar algún negocio. Me veía mandando a la fregada el maletín de muestras médicas e instalándome ante mi viejo sueño: una farmacia. Pero incluso mi esposa me miraba como si le propusiera vender un hijo cuando comentaba mis intenciones de deshacernos del piano.

Fue una catástrofe familiar la que determinó el final. Una muerte en la familia y el cónclave familiar, ante la evidencia de no contar con un centavo, decidió vender por fin el piano, para al menos pagar un funeral decente. Esa tarde, mientras el resto de la familia esperaba en la funeraria, recibí a un comprador localizado en la sección amarilla. Cuarentón, regordete y medio calvo, parecía tener prisa y dedicar su tiempo de mala gana. Contempló con cuidado el mueble mientras recorría con su dedo la madera perfectamente lustrada. De manera natural me pidió la llave para abrir el teclado. Pulsó alguna tecla y aunque traté de hacer alguna aclaración respecto a que no estaba afinado, un sonido sordo acalló mis observaciones. Repitió la operación varias veces con iguales resultados mientras fruncía el ceño. Levantó la tapa y la mueca de disgusto se hizo más evidente. Preguntó cuánto tiempo tenía el piano sin usarse. Traté de hacer memoria, para perderme tres o cuatro décadas atrás. Me pidió entonces que me acercara y comprendí todo. Mucho tiempo atrás, una familia de ratas se había aposentado en el interior del piano. Martinetes, cuerdas y demás partes de la maquinaría se habían convertido en su nido. Y ahí pasaron muchas generaciones, habitando pacíficamente en el interior del altar familiar.

Lógicamente como piano no tenía ningún valor. Me ofreció una cantidad pequeña por el excelente estado de conservación del mueble, aunque no creía posible restaurar su mecanismo. Esa tarde unos pocos vecinos vieron salir el cadáver del piano, mientras me dirigía apresurado a la funeraria con el dinero limitado, apenas suficiente para un entierro de pobre.

Al día siguiente, cuando regresamos de la ceremonia, el fantasma del piano nos esperaba. Como un miembro amputado que sigue doliendo, la silueta del piano dibujada en la pared por el sol, nos recordaba haber perdido, al fin, la historia familiar y nuestro orgullo. Esa noche, por primera vez en mi vida, toleré ser pobre.

 Rafael Mendoza Toro, es chilango, avecindado en Aguascalientes hace ya tantos años que no sabe atravesar un eje vial del DF. Alguna vez médico, burócrata de medio pelo y redentor del proletariado, ha olvidado esos afanes y ora se dedica a la vida contemplativa en el face.