El Cafecito


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Poema, por Moisés Ortega

moises copia

 

Hay historias que se parecen al nacimiento del hielo.

Los hijos se van de casa el día que a sus padres se les olvida que no se necesita nacer mujer para tener senos.

Debería haber una prohibición universal para volver la cabeza.

Metió en el cuenco de sus ojos la ternura de sus hermanas y una cáscara del cielo de julio, recuerdo de algún cumpleaños.

Sospechaba, tras los cerros habría peces blancos y estrellas que lo aguardaban, trazó un mapa en la palma de su mano y recogió las cenizas que ahora se escapaban de sus ojos.

Se fue del pueblo con un canto de grillos enredado en el cabello.

Los otros niños, las nubes y las piedras preguntaban por él, luego dejaron de hacerlo.

Su padre nunca preguntó si por fin se había ido al mar, si era cierta la leyenda del pañuelo con cosas sin importancia que llevaba en la espalda,

o si ya tenía tumba.

 

de Autorretrato con seres que vuelan, Editorial Ojo de Pez

 

Moisés Ortega. Poeta. Nace en Aguascalientes en julio de 1988. Es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Es profesor de Lengua Española y Literatura para el Instituto Tecnológico de Monterrey Campus Aguascalientes y beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico en la categoría de Jóvenes Creadores con el proyecto Cartas a Federico, el libro de la ausencia.

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Poner la mesa para romper las copas del estereotipo. Una mirada a “Funerales de hombres raros”, de Wenceslao Bruciaga, por Moisés Ortega

Funerales de hombres raros copia

si no fuera por el falo

no querría  a los hombres

Leticia Herrera

Funerales de Hombres raros es una novela actual, honesta, agridulce y en algunos puntos erótica. De lectura sencilla, pero no por eso simple, que ha llevado a Wenceslao Bruciaga a colocarse en la lista de autores mexicanos más leídos del 2012.

La novela no excede las ciento cincuenta páginas y está dividida en dos capítulos: “Funeral No. I, ciudad de México, Los tres alegres compadres” y “Funeral No. 2, Torreón, Coahuila, Los últimos nietos de La Comarca Lagunera.” Hay que empezar por los funerales. Dos funerales, dos muertos.  Pero en ambos capítulos el funeral y el muerto, son sólo el pretexto  del que parte el autor para contar la historia. Los funerales, ambos, ocurren en días “que parece que nunca van a terminar”,  Son momentos en los que la voz del narrador hace uso de una hilaridad superlativa y aprovecha para burlarse por un lado del costumbrismo provinciano y por otro de  la conducta de los hombres homosexuales que se asumen como “gays.”  Esos que “iban excesivamente bien vestidos y bien peinados, al último grito de la moda del luto. Hasta parecían modelos de Zara en invierno.”

Pero como he dicho ya, los funerales son sólo el pretexto. La historia, la verdadera historia es la de Teodoro Gurza, de sus amores. Él es un hombre de treinta y tantos que trabaja en un laboratorio de la ciudad de México, un hombre homosexual que no asume como suyas las maneras de los demás homosexuales. Un hombre pero no, un niño de treinta y tantos aterrado frente a la presencia del amor.

En su novela En jirones, dice Luis Zapata que primero es el amor y luego el miedo a la muerte. Teo se enamora dos veces de dos hombres diferentes, (cosa que no ocurre cronológicamente) En la primera parte lo encontramos enamorado de Iván que “A la primera impresión parece un  masculino cualquiera, pero a los quince minutos se despeina y pide copas de vino blanco y pone en evidencia su preferencia sexual.” Teo se enamora de Iván, sí, pero no quiere aceptarlo, no quiere sentirse como un puto más de los que mira a su alrededor en el funeral de Robin (el primer muerto) quien en vida fuera el mejor amigo de Iván. Y entonces ocurre, lo mira cerca del féretro junto a la madre de Robin  y “por primera vez me invadió el verdadero miedo, ese que puedes sentir desde el ombligo hasta los huesos, que te puede hacer mojar los pantalones, que te obliga  a meterte debajo de las cobijas y aún así sabes que no estás seguro y hasta el objeto más insignificante puede hacerte daño, incluso quitarte la vida, como cuando era niño y me daban miedo los relámpago y el catastrófico sonido de los truenos y no había nadie que me dijera que aquello era tan sólo fenómenos de la naturaleza, que nada iba a pasar, que no íbamos a morir porque las cargas energéticas van saltando de nube en nube. Por primera vez tuve miedo a la muerte, quizá en el más allá me encontrara a Robin, con él para toda la eternidad, quizá en el más allá no estuviese Iván. Tuve miedo de que despareciera de mí, para siempre. Ese miedo que es como una descarga eléctrica en los brazos, que dan calambres.”

Con todo y ese miedo y esa manera de amar que trasciende, creo yo las preferencias sexuales, Teo tiene que marcharse a Torreón al funeral de su abuela (la segunda muerta). Es allá donde conoceremos al otro hombre del que se ha enamorado nuestro protagonista, que es nada más y nada menos que el capitán del Santos Laguna. Es en la segunda parte del libro, casi al final donde comprobaremos que Teo no ha dejado de ser un jovencito asustado incapaz de identificar lo que siente. Habla así de Martín: “Cuando duerme se chupa los labios y unos hoyitos se le forman en las comisuras y me da la impresión de que es como un bebé porque encima se enrosca en posición apretadamente fetal y siento algo parecido a lo que sentirán los padres cuando ven a sus hijos dormidos con la sábana por la cintura, ¿cómo se le llamará a eso que siento?” Los sucesos se siguen desarrollando de manera natural (o no tanto) entre Martín y Teo, mientras éste espera la muerte de su abuela, entonces encontramos una cita que termina de describirnos los temores de Teo: “No soy bueno para esto. Para ser afectuoso. Lo hago de cualquier manera. Martín dice que yo soy el único. Que no vuelva a irme. Si al menos mi madre me hubiera defendido cuando la abuela me ofendía, tal vez, ahora sabría cómo tener a Martín entre mis brazos y no sólo cuando estoy caliente.” Nótese la incapacidad de amar y la indefensión, dos sentimientos que desde mi punto de vista también van más allá de ser un futbolista famoso, una top model o un marica consumado.

Podría en este punto hablar más de los personajes que convergen en la novela, decirles que además tiene un sound track de muy buen gusto, que tiene puntos álgidos de erotismo singular o cansarlos con más citas acerca de las cosas que me encantaron, me fascinaron y me hicieron feliz del libro, pero creo que es momento de justificar el título de este texto. Una novela es siempre un libro sí, y a veces puede ser un árbol al que podemos trepar para escaparnos del mundo. Pero esta novela en particular, es una mesa, una mesa puesta para personajes construidos sobre los estereotipos más representativos de una sociedad medianamente urbana. A la mesa de funerales de hombres raros se sentarán nuestros tíos y tías más conservadores, nuestra abuela matriarca obcecada, nuestra madre sumisa, nuestra prima que es modelo famosa (aunque sea sólo localmente), el capitán de nuestro equipo favorito de fut bol, nuestro amigo gay muy maquillado y muy peinado y nuestro primo varonil y grandote que aunque no lo creamos también le gustan los hombres. Y sin duda nuestro padre ausente. Todos se sentarán pero no para compartir el pan y la sal. Los personajes que acuden a la mesa de este libro traen todos en la mano su copa (de cristal cortado, coñaquera, champañera, de vino blanco o tinto, copa globo o de martini) la que más le acomoda según su personalidad, claro está. Pero en vez de brindar con una sonrisa hipocritona y provincial, Wenceslao Bruciaga hará que los personajes de esta novela se rompan las copas entre ellos arrojando los pedazos de cristal contra nuestro ojo, ojo que se sentirá identificado y con ganas de romper su propia copa. Mientras atrás suena “Fade into you” de Mazzy Star. ¡Salud!

Moisés Ortega. Poeta. Nace en Aguascalientes en julio de 1988. Es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Actualmente es Coordinador del Área de Literatura en el programa “Unidades de Exploración Artística” del IMAC y CONACULTA.


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Viaje redondo: desde y hasta el abandono, por Moisés Ortega

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Una mirada a Postales a casa  de Yolanda Alonso (Zacatecas, 1986)

Leer Postales a casa  de Yolanda Alonso, es subirnos al mítico tren del viaje que todos hacemos día a día. Es la metáfora del cambio, de la casa y las cosas de la casa. Considero fácil más no sencillo  leer un libro así porque está escrito desde las entrañas sino es que escrito con ellas. Y me da por pensar que todos tenemos entrañas, un sitio para el dolor, madre y abuela muertas o vivas y todos nos hemos ido, todos hemos regresado a la casa de la infancia y hemos constatado que olvidamos que hay viajes que se emprenden con la única promesa del regreso.”

¿Adónde van las cosas que nos duelen? Ha preguntado Jorge Fernández Granados en un poema hace algunos años. Yolanda no contesta, pero insinúa que las cosas, las simples cosas que nos duelen, se van de viaje, pero luego, siempre vuelven.

Una tarjeta postal no es una carta, es un trozo de papel con una imagen de algún destino turístico importante o del pueblo en que uno ha nacido,  una postal tiene al reverso algunas líneas para dar nota de lo que uno ha vivido durante, en o después del viaje. Postales a casa es un gran poema escrito en prosa o una serie de relatos como lo han definido otros lectores. Para los ojos de éste que habla, es un poema que desenreda los vocablos necesarios para inquirir en los asuntos del abandono. Parafraseo “Abandono es una palabra de reciente invención y que no puede marcarnos porque hemos nacido antes que ella”. El destino de este viaje, la imagen que acompaña a esta postal es esa, la cara del abandono y sus secuelas, detrás Yolanda apunta versos fuertes que hacen doler la piel del ojo.

Dividido en dos partes, como ha sido predestinado a estar el viaje desde siempre, el libro se divide en dos capítulos: “De ida” y “De vuelta.”

En la ida, descubriremos la capacidad, mejor dicho la amistad que tienen las manos de la escritora con las palabras, es un desenvolver la dualidad de las cosas involucradas en el viaje, el viaje que todos tenemos que vivir en la escritura y en la vida. “Niños de todas las épocas han soñado con ser pilotos, hombres de todos los tiempos han soñado con viajar.”

Descubriremos también en la ida, la forma peculiar en la que Yolanda Alonso retrata a sus personajes, esa manera que ha encontrado para describir el paisaje exterior como un reflejo tácito de lo que se lleva dentro, llama mi atención poderosamente la descripción que hace de Olga, a través de sus cosas y su casa, cito:

Olga es chacharera: la torre Eiffel en miniatura, acetatos, cassettes, velas, macetas, lámparas, cojines, dos fotografías de mujeres que juegan a ser perseguidas por el hombre, un espejo que sirvió de cabecera, un reproductor en el que nadie repara, una pequeña televisión sin antena, un elefante que atora la puerta, todo esto apenas en la sala.”

La descripción del espacio interior en la metáfora de la casa.  Hay en las palabras de la autora una cosmovisión muy propia de lo doméstico, una obsesión con lo que debe ser un hogar y las intimidades que van construyéndose, “Qué tanto se abandonan las viejas costumbres, qué rincones invisibles del pasado tocan los nuevos habitantes, qué tanto los recién llegados están dispuestos a reinventar el hogar.” Yolanda quiere hablar de lo que debe ser la casa de todos, una casa y los habitantes de la casa, Yolanda se asoma a la intimidad de sus personajes y con aparente sencillez escribe: “la joven comparte ese gesto universal de las madres que sostienen al hijo y canturrean” porque como dice la poeta, pasa una vez y pasa siempre en este libro y en los otros, en su vida, en la mía y en la de los demás. Así la cabeza, la mente es la casa, hay mobiliario, y todo se convierte en un habitarse de añoranzas.

La vuelta es un golpe como los de Vallejo, tan fuerte, yo no sé. En la vuelta encontramos un testamento, el legado de una niña abandonada por la madre y la abuela muertas, una niña madre de sus hermanos que los protege del abandono diciéndoles, como leí hace rato, que el abandono es una palabra que no puede marcarlos porque nacieron antes que ella.  La vuelta es la conversación de la Yolanda niña, que se rebela contra la ausencia y se enfrenta al poder del árbol que se ha adueñado de la casa.  La mujer que ya no puede con la casa de su madre muerta, con la viudedad del padre ni la orfandad propia y la de los hermanos que son hijos también.  Con una escritura contundente, apoyada en epígrafes lo mismo de Paul Auster que de Chavela Vargas,  Yolanda golpea los muros del lector como con el odio de Dios. Y desenvuelve su cuerpo para preguntar:

“Yolanda ¿por qué no quisiste a Yolanda? Le hubieras evitado la muerte queriéndola. Por cierto ¿se encontraron en el cielo? Abuela ¿socorriste a tu hija? ¿La recibiste de brazos abiertos, le dijiste mi niña? Yolandas, qué las llevó a cubrir el mediodía de azul marino, qué pudo ser tan grave, tan persistente a los fármacos. Qué.”

Leer Postales a casa, es pues, viajar, sí. Introducirse en las olas suaves de lo que supone un viaje, discurrir en la vida de los viajantes: un piloto, una muchacha y otros múltiples viajeros. Es definir, redefinir y olvidar lo que el viaje significa. Pero es también y sobre todo, regresar. Una vuelta inminente porque desnudarse al sol del medio día no nos libra del regreso como versa la canción de las simples cosas. El regreso en el que el ser ha de enfrentarse al dolor puro, a la palabra abandono que después de este libro ya ha sido inventada. Porque aquí es preciso “Un silencio, las mujeres que te acunaron están todas muertas.

 

Moisés Ortega. Poeta. Nace en Aguascalientes en julio de 1988. Es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Actualmente es Coordinador del Área de Literatura en el programa “Unidades de Exploración Artística” del IMAC y CONACULTA.