El Cafecito


Deja un comentario

Fragmentos del baile, por Miguel Habedero

Tras dos semanas de inactividad hoy por la tarde fui a mi clase de baile. El pequeño bar se encuentra en el segundo piso de un hotel de la colonia Juárez. Es uno de esos lugares a los que no entrarías a menos que alguien te llevara de la mano, casi como a un niño que sale a bailar su primera pieza. En las paredes cuelgan pinturas de cantantes famosos y bailarines que no resultan incómodos cuando prestas un poco de atención a la barra del fondo: sentados en sillas de madera hueca dos maniquíes brindan con mirada ansiosa. Ella es una rubia cuyo flamante vestido rojo ha perdido la vida y el fuego por tantos años de representar la misma historia. Él, un tipo de frac y bigotillo que alza a la altura del hombro su copa y mira impávidamente a su compañera. Luego están las botellas debidamente formadas y la caja registradora con su pantallita electrónica. Los meseros se juntan en una esquina y cuchichean. Y mientras tanto, ajeno a casi todo eso, estoy yo, pasito para aquí­, pasito para allá. Te detienes un momento y alzas los hombros, la quijada, enderezas la espalda, y te miras en uno de los muchos espejos del lugar. Luego todo cae por efecto natural. Y otra vez pasito para aquí­, pasito para allá.

Es lo que hago todos los martes y no me avergüenza decirlo. Después vuelvo a casa con la noche entera sobre mí­ y pienso en lo benéfico y en lo ajeno que puede resultarme todo esto. Aunque no lo es, de ninguna manera.
Desde que dejé la universidad, lo que me preocupaba realmente era que mi caudal de ismos ya no sería lo suficientemente caudaloso como para permitirme ir por estas calles opinando de la vida y de lo que fuera. Por supuesto entonces intentaba opinar de la vida y de lo que fuera con una mano en el bolsillo. Lo bueno, porque al fin y al cabo hay que encontrarle lo bueno a todo esto, fue que esa incapacidad mía me ha librado de escribir sobre la escritura misma. O sobre el fatuo proceso de escribir. ¡Y ahora mismo no lo estoy haciendo! Sólo me pongo a pensar en el tiempo que he perdido intentando aparentar que al fin y al cabo soy un tipo inteligente y las chicas me van a perseguir por eso. Todo lo contrario. Lo que no significa que vaya a hablar de mis malos hábitos. No. A estas alturas la verdad es que sólo deseo pasármela bien. Y cierto, algunas veces me angustia desconocer ciertos ismos (en realidad casi todos, menos pendejismo), y pueden verme en una fiesta o en una reunión comiéndome las uñas mientras mi mente trabaja como una G4 procesando una buena y jodida frase con un ismo incluido. Mal asunto. Quizá por tal motivo es que cada martes tomo clases de baile. ¿Quién podrí­a decir lo contrario? A lo mejor sólo intento cubrir mis deficiencias con el superávit que te proporcionan unos cuantos buenos pasos. Pero tampoco son tan buenos como parecen. No. Mi mala postura. Mi propensión a los malos chistes. Mi pie plano.

Mientras Wikipedia no aceptó su biografía por considerar que parece ser una invención y Hermano Cerdo se empeña en demostrar que sí existe, Miguel Habedero sigue publicando en internet: en Hermano Cerdo desde noviembre de 2006 y ahora en El Cafecito gracias a uno de los hermanos cerdos.