El Cafecito


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Microcuentos insólitos: La lección de Homero, por Luis Buero

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                       “Así, pues, me reprimo y ahogo la llamada seductora que brota del oscuro sollozo. Ay, ¿a quién podremos recurrir? No a los ángeles, ni tampoco a los hombres…y  la noche, la noche, cuando el viento lleno de espacio cósmico nos consume las mejillas…” RAINER MARIA RILKE

Cumpliendo la profecía de la Diosa Circe, Ulises y sus hombres empujaron nuevamente la galera al mar y se embarcaron, presurosos y felices. Perímedes y Creteo ajustaron los aparejos mientras el viento hinchaba las velas con tesón. Los otros marinos se sentaron en los bancos a escuchar la voz de Euríloco, que recordó los oráculos verídicos del tebano Tiresias.

Matías descendió del pequeño automóvil con la carpeta aferrada al pecho. “Si no fuera por Duilio, jamás haría esto” –pensó durante un segundo parado frente a la vieja fachada de la Imprenta Libutti. Un hombre rústico y algo sucio le preguntó qué deseaba y antes que Matías contestara le informó que hasta fin de mes solo trabajarían con facturación y formularios de balances. “No tengo un gran apuro” murmuró el muchacho con timidez, y aclaró: “soy escritor y vengo a pedir un presupuesto para publicar mis poemas”.

Entonces Ulises habló a sus compañeros: “nos esperan serios peligros, la Diosa Circe me ha prevenido que hay tres islas estériles al este de Minerva, que debemos evitar”. Todos se miraron sorprendidos, solo uno se aventuró a preguntar: “¿Por qué razón, noble Ulises?”.

“Mirá pibe, por una edición chica no te convienen nuestras máquinas, son antiguas, pero si vos querés te digo igual cuánto te sale hacer quinientos ejemplares…porque, si son de poemas, para qué vas a hacer más….”

“Si los designios de Neptuno nos llevan a ellas, nos toparemos con las irresistibles pérfidas del hombre” –insistió Ulises ante los desorientados marineros. Y agregó, para convencerlos: “habitan ese diminutos golfo tres sirenas, entre ellas la temible Telxiepia”. Pelías lo interrumpió, excitado: “¿Serán mitad mujer, mitad pez, como reza el mito, esas mágicas cortesanas?”. “Y de ser así –se animó otro- ¿por qué han de embelesarnos?”

El encargado condujo al joven por un sombrío pasillo hasta un gran salón en el que varias dactilógrafas escribían apresuradamente. “Estas son mis diseñadoras gráficas…esperá mientras te muestro algunos libros que imprimimos aquí para las universidades, para que veas el formato…”  Y aguardó, mientras miraba esa orquesta de empleadas interpretando con sus máquinas  un concertado ronroneo gris. A Matías le pareció erótico imaginar que esa habitación era una colmena con cuatro abejas obreras y un recio e infatigable rey. Tras aquella dispersión del pensamiento, su mirada chocó brutalmente con la grave hermosura de Diana.

“Todo lo que Circe me revelara, siempre se ha cumplido” afirmó Ulises encolerizado, y siguió: “debéis creerme, el que se entregue a ese canto delicioso conocerá la locura y la muerte”.

Matías se encontró con su jefe y casi padre sustituto en la agencia de publicidad, le comentó que siguiendo sus consejos, se había animado a publicar sus poemas.

“Con la blanda cera nos cerraremos los oídos, y por si esto no bastara, nos ataremos con gruesas cuerdas a los mástiles” ordenó Ulises. “¡Oh amigos –gritó Euríloco anteponiéndose a su jefe Ulises- “no son nuevos los peligros para nosotros, ya vencimos al Cíclope y desafiamos la sombra triste de Elpenor!, ¡olvidemos por una vez el penoso consejo de Circe!”

“Tengo un serio problema, Duilio, y no sé con quien hablarlo”. Matías se expresó con lentitud, doblegado por una novedosa oscuridad. Duilio le reclamó al mozo los dos cafés antes pedidos, y con toda su templanza se dispuso a escuchar. Matías, algo atemorizado, balbuceó: “la historia es así, me enamoré de una chica, y creo que ella me quiere también….Duilio sonrió y lo detuvo alzando el brazo: “basta, ya me contaste el milagro, ahora contáme lo terrenal  y subsanable”…Matías se inclinó hacia adelante, como si fuera a escupir un elefante, y repartió la frase con pausas: “resulta que la muchacha es… digamos…homosexual”….Matías  se sintió aliviado, como si hubiera descargado en un instante un camión de arena en un patio. Duilio se rió y bromeó: “ah, claro, una chica gay que se enamora de un chico…ya nada es puro como antes…” El mozo los interrumpió y dejó las tazas. Matías llevó un pocillo a su boca y lo tomó en un segundo, pese a que estaba caliente. “Es verdad, Duilio, hace dos años que vive con otra chica, usan un anillito de amistad, es como si estuvieran casadas, ahora su pareja está en Francia por trabajo”….Matías se sostuvo el estómago con las manos. “Creo que me voy a morir de angustia y de tanto que la quiero, pero ella no se quiere separar de la otra”…

En los días siguientes el trabajo fue muy duro para los viajeros. Ulises temía por la vida de sus hombres; el oráculo divino le había concedido la gracia de escuchar a las pérfidas, siendo su única obligación la de permanecer atado a un mástil.  Pero el animoso hijo de Laertes temía la traición o la desobediencia de Euríloco y decidió privarse él también, como ejemplo, del cántico feroz.

“¿Dónde la conociste?” quiso saber Duilio. Matías suspiró hondo, luego relató: “la vi por primera vez en la imprenta donde fui a averiguar precios para editar mi libro. Ella estaba sentada detrás del tercer escritorio”. Y se detuvo como si esta frase lo hubiera atropellado. Duilio destruyó el silencio: “No debe ser gay entonces, sino bisexual, por eso se enganchó con vos pero… ¿dejará a su pareja actual por vos? Ya te dijo que no…. Habiendo tantas minas solas, ¿por qué te fuiste a metejonear con esta, que parece no saber del todo lo que desea?”…

Cuando el cielo se llenó de humo y el mar comenzó a ennegrecerse, Ulises comprendió que la hora anunciada estaba cerca.

Caminaron despacio por el Jardín Botánico, Duilio siguió: “una mujer bisexual, para un tipo como vos, que se enamora entero y da hasta lo que no tiene, es un chocolate muy amargo…”  Matías con su vista entregada al rojo y al verde, no habló, aguardó que Duilio completara lo que estaba seguro que contaría. Y Duilio se lo confirmó: “una vez, cuando era joven, me enamoré locamente de una chica así, y sufrí mucho, terminó dejándome por una mujer, si me permitís un consejo, te sugiero alejarte de ella lo antes posible…” Matías sintió que su corazón era ya una golondrina muerta. Intentó una apelación inútil: “Diana tiene una dulzura, una suavidad, una entrega que viene desde el infinito. Es como la luna”…

Con su espada de metal, Ulises cortó una barra de cera en pedazos; los expuso un buen rato al sol y luego se los dio a los marineros para que los amasaran y aplastaran. Uno a uno se fueron untando los oídos, excepto Euríloco, que trocó su porción de cera por la fluída grasa de los aparejos.

“Vos siempre buscas la pureza en todo” sentenció Duilio, “idealizás con temeraria facilidad, y confundís depresión o tristeza con profundidad”.

Perìmedes atò a Ulises, y Pelías ató a Amitaón. Euríloco se ofreció como voluntario para atar a Perímedes, a Pelias, a Creteo y a Neleo, sujetándose a sí mismo un solo brazo al mástil principal.  Y ocurrió lo que Ulises temía. Al pasar la nave frente a las islas, las sirenas recostadas en la playa, entre restos óseos, arena y cueros podridos, comenzaron a cantar.

“Mi consejo sigue siendo el mismo –insistió Duilio-, no creo que seas el primero en su vida ni serás el último, pero ella siempre volverá con su pareja mujer. No te dejes atraer por ella, te llevará a la locura porque sos muy sensible, y te dejàs devorar por lo imposible”….

“¡Ven aquí, no te alejes, hermoso Ulises!, ¡no sigas de largo con tus bravíos griegos! ¡Deléitate con nuestras sabias voces, oh, fatigado capitán!” gritaban a coro, riendo, las sirenas.

“A no aflojar, a no aflojar” repetía Duilio, “busca el amor en otro sitio”. Y Matías ya no lo miraba, ciego ante el recuerdo de la sonrisa triste de Diana, sus ojos taciturnos, su pelo apenas recogido, sus manos suaves como la seda….

Eurìloco asustado percibió que su corazón se volvía un trompo y forcejeó para soltarse.

Matías entró en el dormitorio de Diana, que estaba hablando por teléfono con su pareja, que la llamaba desde Francia. Diana apenas sonrió y él se le fue acercando, se arrodilló y le abrazó las piernas, luego le bajó el cierre del pantalón, mientras ella le acariciaba y revolvía el cabello. Cuando Matías apoyó sus labios sobre el cuerpo de la chica, ella supo de inmediato que no se trataba de una simple solicitud erótica, sino de la certificación de la entrega total, abismal, irremediable de un hombre a una mujer indescifrable.

Euríloco sintió una mano aferrada a su garganta, el mal multicolor salía a borbotones de su pecho, mientras sus oídos sangraban como cataratas, y él gritaba “¡Duilio!, ¡Duilio!”, pero Ulises y sus hombres tenían sus oídos bien cubiertos,  y ya no podían escucharlo.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar

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Microcuentos insólitos: Dos noventa y dos, por Luis Buero

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Asisto en Buenos Aires, todos los días, a una pequeña guerra que por ser repetida e inútil no pierde su ferocidad o violencia. Ha ocurrido mil veces y sucederá infinitamente, y me permito narrarla en tiempo presente pues no tengo ni la más alentadora sospecha de que alguna vez termine. Lo vivo desde niño y ya han pasado más de cuarenta años, y todo sigue igual. Les cuento.

Me levanto temprano, cuando el día es apenas una tierna rama tendida. Mi esposa ha salido a hacer las compras y el agua hierve en una cacerolita quemada y abollada, lista para el mate. Desde el baño, mi hijo contesta mi “buen día”, dicho casi como para no ser oído.

Mientras bebo, acomodo mi corbata y leo dos o tres titulares del periódico. Nada escriben sobre lo que nos pasa, sobre la feroz pugna matutina; abunda un deliberado culto del error, un perezoso desprestigio de la verdad en esas palabras que se comprenden sin ser creídas.

Al salir saludo a dos vecinos y un viento fresco me acaricia los ojos. Miro a la gente que camina indecisa a esta hora en la que todo parece ingrato; son cientos que ni se miran, ni saben que existen. A veces parece que algo irremediable va a suceder, un choque de autos, una pelea callejera, un asteroide que lo aplasta todo, algo así, imprevisto, que ocasione el deshielo, pero no, todo sigue como siempre.

Me detengo en la parada y exactamente a la misma hora, siete y media, dobla por la esquina y lentamente se me acerca. Me pregunto qué venerable semejanza habrá entre este invento argentino y el bus americano, o cualquier otro transporte el mundo. Subo al colectivo, mientras saco boleto doy un vistazo al interior del vehículo. Hay un tipo de camisa blanca, fornido y rústico, que a menudo encuentro sentado en el mismo lugar. Una chica morena con libros de Derecho Civil aparece perpetuamente en el tercer asiento individual, del lado derecho. La distingo por sus labios gruesos y unos ojos húmedos y melancólicos.

Una mirada rápida, que no insiste en recorrer los cuerpos, sirve para el secreto reconocimiento, y de alguna manera desconocida nos saludamos. El colectivo se va llenando y en pocos minutos comenzará la batalla que la cáscara del sueño retarda.

Observando detenidamente noto que hay tres mujeres, cuya edad promedio supera los 55 años, haciendo presión psicológica con sus conversaciones a viva voz y empujones sobre los pasajeros sentados. Les apoyan las carteras en los hombros, especialmente a los varones. Las primeras escaramuzas no son fuertes ni graves, apenas un irónico comentario sobre la poca caballerosidad de los hombres, más alguno que otro pisotón o codazo, son las normales agresiones de esta clase de señoras que, por lo general, pasan desapercibidas para los soñolientos enemigos. Por ahí alguno murmura: “no se acabaron los caballeros, lo que se acabaron fueron los asientos…” y sigue durmiendo. Pero ellas, las que reclaman la igualdad de género y la liberación femenina, cuando suben al “bondi” quieren hacerlo primero y que los tipos les den el asiento. Todo no se puede.

Cuando era pibe pensaba que en un colectivo había solo dos bandos, el de los hombres y el de las mujeres. Con la experiencia que me dio la lucha cotidiana fui descubriendo que los aliados y los contrarios no son asociaciones homogéneas, no forman un grupo unido respecto del sexo o la apariencia física o social. En una gran ciudad, todos somos extraños carozos de la furia. Pero lo que fue agravando el problema es que aquellos horarios “no pico” en los que se podía viajar en un colectivo vacío desaparecieron. El exceso de población, sumado a los cientos de miles que vienen a trabajar a la capital, más la inmigración descontrolada de los países limítrofes, hizo que un puñado de cuadras sea pisado por millones al mismo tiempo.

Por eso, minutos después de lo ya citado, el enfrentamiento dentro del vehículo, tomará otro color. Un ejemplo: ciertas mañanas el punto de partida lo da una mujer que sube en la parada de Coronel Díaz y Soler, con un niño en brazos. Mientras abona su boleto, cada uno de los hombres sentados calcula la posibilidad de que sea otro la víctima de esta inoportuna madre. Desde sus posiciones en riesgo, los atacados descubren barro en los zapatitos de ese niño y deducen que el chico camina, y que es un acto especulativo y vergonzoso de la mamá, llevarlo en andas. Finalmente para evitar alguna conflagración (una vieja que se pone a gritar en contra del machismo pero no se para) un señor le otorga con amable renunciamiento, el primer asiento. Por otro lado hay una calcamonía que lo obliga. Se oyen suaves suspiros de alivio en el resto.

Es bueno reconocer que en Buenos Aires muchas almas hacen lo imposible para que el estado de tirantez, la hostilidad claramente establecida por la incomodidad, no se encienda. Aunque siempre hay jóvenes que se sientan en el piso o frente a las puertas de bajada, impidiendo a la gente descender, o colocan sus pies en lugares donde otros luego apoyaran sus manos o traseros.

Por eso, luego de tantas jornadas, sabemos que la paz no dura mucho. Las mujeres mayores de sesenta y cinco, que corren el colectivo como maratonistas olímpicas, apenas suben comienzan a tambalearse o dejarse caer, para ver si así obtienen el ansiado asiento. Es una estrategia que funciona, pero a veces a costos altísimos. Muchas han logrado el bendecido lugar a costa de una rotura de cadera o cráneo.

El chofer, seguro de que no tendrá que ceder su asiento, se mantiene indiferente a todo, y de vez en cuando se entretiene mirando por el espejo a esa masa aglutinada de seres que apenas respiran, y acomodando un escarbadientes en su boca, sonríe con sorna. Por lo general, escucha programas de chistes vulgares, y música de bailanta.

Si hay algo que realmente nos desespera a todos es ver roncar a un gordo morocho desparramado sobre la quinta ventanilla, mientras nosotros flotamos asfixiados. No solo nos irrita por lo injusto de la escena, sino porque pensamos que el gordo, dormido en su injusta comodidad, bien pudo olvidarse de bajar donde debía y quizás esté ocupando un lugar que ya no le corresponde en tiempo y espacio. Por eso, disimuladamente alguien se encargará de ponerlo en vida con un rodillazo suave en las costillas, que colabora de alguna forma, con el ausentismo obrero.

Los “apoyadores” de traseros femeninos, cada vez son menos, aunque nunca falta el que se liga un estruendoso cachetazo de campo. Las amas de casa, coronadas de ruleros y enarbolando lechugas, aparecen cinco minutos después y son bravísimas. Estas cuarentonas han perdido la primera timidez de la juventud y se apropian del derecho al papelón. Se sienten molestas por tener que viajar paradas diez o quince cuadras para volver del supermercado al que fueron a comprar más barato. Y no desisten en gritar o patalear si al vaciarse un asiento alguien quiere arrebatarles ese fugaz bienestar. Si han adquirido pescado, todos queremos corrernos hacia el interior, pero es imposible, porque no hay donde irse.

Dos carteristas esperan la llegada a casa para hacer su inventario. Cierta ambición desordenada y ridícula actúa como lenta depredadora del ambiente. De pronto un chico se está ahogando con un caramelo en el cuarto asiento. El resto de los presentes mira con distraída altivez cómo la madre se enloquece por salvarlo y aguardan a que desocupen, vivos o muertos, esa porción de colectivo.

Otra vez en el fondo un barbudo defiende a su novia de un chico estilo “wachiturro” que la ha molestado, otro muchacho come semillitas y lupines y ensucia el piso, otro escribe con el dedo sobre la ventanilla empañada, otro sube por la puerta de atrás para no pagar, y otro se aparece sosteniendo una jaula con un tucán.

Mujeres embarazadas, comerciantes con su mercancía, oficinistas, señoritas con el cabello mojado con aroma a crema de enjuague, forman el elenco de cuerpos colgantes. Un vendedor trata de convencernos de comprarle un objeto práctico, útil y necesario. Un hippie insiste en hacernos escuchar como desafina una canción en inglés básico. Pero lo cómico ocurre cuando nos acercamos a la Estación Retiro. Pocas cuadras antes ya todo ha sucedido, los fuertes y persistentes han logrado su asiento y los pasajeros parados se resignan a su mala suerte, esperanzados en que el día siguiente todo sea distinto. Es en ese momento cuando sube una harapienta de olores irresistibles con su carga de bichos y bolsones. El chofer no se lo impide para que no lo acusen de discriminador y por todo aquello de la inclusión que siempre se dice.

Un lento aislamiento se orquesta a su alrededor. Algunos se resisten a perder el bien duramente conseguido, y pretenden soportar el asqueroso aroma, pero es en vano. Estamos cerca de nuestro destino, no es mala idea bajar y caminar unas cuadras.

Ya en la vereda, saboreando el aire fresco de la calle, nos vamos alejando cabizbajos y sin decir palabra. Un muchacho, resistente a la frustración por la edad, atina a darse vuelta y mira con tristeza cómo se aleja el colectivo que lleva a la andrajosa como única pasajera, esa mendiga solitaria que ahora ríe incoherentemente y sin dientes.

Luis Buero es escritor, guionista, periodista de larga trayectoria y docente desde 1990 en el nivel universitario y terciario.

Desde 1971 ha publicado varios libros de cuentos, y de ensayo, ha estrenado como autor distintas obras de teatro, y guionado programas de televisión y de radio, sketches cómicos, e historietas, etc.

Como periodista ha colaborado y lo sigue haciendo con las más variadas publicaciones (revistas, periódicos, diarios on-line) nacionales y extranjeros, con reportajes y columnas de opinión exclusivas.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1983 además de otras distinciones por su labor.

Más datos sobre el autor pueden hallarse en el sitio: www.luisbuero.com.ar


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Microcuentos insólitos: La sombra, por Luis Buero

I

El día que Angelina se hizo inmortal llovía sin violencia. A las doce me avisaron por teléfono y dos horas después, mientras caminaba hacia la funeraria fui rememorando cómo la muerte, con su torpeza lamentable, había talado una a una las últimas partes de su vida.

Unos metros antes de llegar a la puerta de la casa de sepelios absorbí el olor horrendo, asfixiante, de las coronas, y fui a ubicarme ordenado, en el regimiento de llorones.

Hacía frío, y el piso de mosaicos verdes aumentaba mi sensación de soledad y desconcierto. El rostro de Angelina trasuntaba humildad ante lo inevitable.

“Usted era el novio, ¿no?” le escuché decir al padre, afónico y lejano.

“¿Cómo lo sabe?” me pregunté  en silencio, ya que el viejo vivía en Tandil y venía dos veces por año a la Capital. Inmediatamente deduje que debía haber visto alguna foto  de Angelina y yo abrazados, del mismo modo en que yo vi las de él.

Y no le respondí. Nada allí tenía sentido para mí, ni yo mismo. Sin embargo, no podía evitar los ojos de Rosa, que con la pena en los bolsillos apoyaba su tristeza en la mía, con obstinación.

Siempre es bueno que haya un bar abierto cerca de un velorio; el aroma del café, antes que su calor, nos sacude el alma y nos asegura que estamos vivos. Mirando a través del ventanal lleno de publicidades de bebidas, supimos cómo terminaba la noche. Rosa no quería hablar, y por eso mismo me lo contaba todo.

“La conocí hace diez años” dijo, como si realmente importara. “Ella venía de Tandil a intentar el ingreso a la facultad de Filosofía”. Se tomó un tiempo para encender un cigarrillo, en ese entonces todavía se podía fumar en los bares de la ciudad. “Primero compartimos la pieza de una pensión, después cuando no pudo ingresar por falta de vacantes, empezamos sin querer a vivir juntas”.  Sentó toda su tristeza en los pómulos y murmuró: “era una flor recién cortada… su frescura te aliviaba con solo mirarla”.

Agregué un chorro de caña al café y me presté, mudo, a esa necesaria reconstrucción. “Yo soy una chica de carácter fuerte, ella era más débil, más callada, y de a poco se fue adaptando a mi forma de ser y a mis costumbres; éramos más que amigas, éramos hermanas”…

La mañana, aún descalza, apenas iluminó su figura. Rosa no podía parar de contar. Y siguió.

“No se llevaba bien con los viejos, vos sabés, son de otra época, bueno, los padres siempre son de otra época, y para peor estos no era muy afectivos que digamos. Ellos eran capaces de dar la vida por ella, pero no se les daba por abrazarla, escucharla, comprenderla….”

Miré de nuevo hacia la calle, mucha gente corría hacia los colectivos y se apiñaba en filas para abordarlos.  Y mientras nosotros comenzábamos el duelo interminable, afuera, a unos metros, se despertaba el país.

Entonces me puse a pensar qué hacía yo ahí, perdido en el último cafetín del mundo, y sin percepción de futuro, entregándome sin hablar a los recuerdos de Rosa. Y ella siguió.

“Angelina salió con muchos pibes, pero a ninguno quiso como a vos…supongo que te habrás dado cuenta…”

Y si, ¿cómo carajo no me iba a dar cuenta? A un hombre se le escapa cualquier cosa menos ese sentimiento casi religioso que profesan las mujeres cuando se enamoran de uno. Y Angelina era todo amor.

“¿Qué vas a hacer ahora?” le pregunté con desgano a Rosa, sabiendo que “hacer” y “ahora” no eran palabras adecuadas sino dos mendigos del lenguaje aferrándose a una columna. El encargado del boliche nos dijo que tenía que cerrar por dos horas para la limpieza del local, antes que entrara el personal de mozos  y de cocina de la mañana. Salimos tomados de la mano, y allí iban a paso lento, mis pensamientos y los de Rosa, unidos al olvido de Angelina.

Al llegar a su departamento me invitó a pasar; nosotros ya no éramos los dueños de ese tiempo y acepté. Antes que Rosa abriera del todo la puerta, mi ser entero advirtió el perfume de aquella ausencia abismal. Sin sacarme el abrigo acaricié los libros de la biblioteca, acomodé los apuntes dispersos por una mesa, enfrenté las fotos pinchadas en la puerta de su dormitorio, y me reuní con el gemido melancólico de su gata, la cuchara que quedó sin lavar en la cocina, todo cercado por el puro límite de su imagen.

Rosa volvió al living anunciando otro café y yo levanté la persiana de madera solicitando la calle Thames. Me di vuelta, y como si se tratara de una película vi a Rosa preparando la mesa y controlé con ternura el desorden limpio de aquella habitación. Me di cuenta entonces que no son los muertos los que suben al nivel de la irrealidad, sino nosotros, los abstractos, los títeres finales de su nada.

Vi que Rosa estuvo a punto de poner tres tazas y tres platos, y nunca supe si estuvo equivocada en ese instante o después, cuando sirvió solo dos. Bebimos en silencio demorando el llanto, como si todo esto hubiera sido ensayado antes.

“Trataré de pagar el alquiler con mi sueldo, pediré hacer horas extras, intentaré quedarme aquí mientras el cuerpo aguante” afirmó Rosa animándose a una sonrisa desteñida.

“Me parece bien” le dije por decir algo, y agregué: “cada uno aguantará como pueda”.

Comí una factura del día anterior que me pareció exquisita y le recordé que nada de esto debía sorprendernos. “Cuando el médico le extrajo el primer pecho ya sabíamos lo que se venía” insistí con el mismo abandono que un perro sin ambiciones.

A la tarde siguiente fui a verla y la descubrí escuchando unos discos de Serrat. A Rosa no le gustaba Serrat, y amaba no muy secretamente a Alejandro Sanz, o le encantaban los antiguos temas de Julio Iglesias. No supe interpretar el valor emotivo de aquella nueva elección y disipé su encantamiento comentándole le precio del dólar. “Un periodista francés escribió en Le Mondé que no se explica cómo los argentinos todavía no nos volvimos locos” dijo mientras sacudía los almohadones del sofá que tanto disfrutaban Angelina y su gata. “Tal vez nunca estuvimos cuerdos”  le respondí sin comprender qué le ocurría a Rosa y apenas lo intuí una semana después cuando nos encontramos por casualidad en el estreno de un film de Woody Allen, siendo que ni a mí ni a ella no nos atraía la obra de ese director. De alguna manera habíamos comenzado a descender hacia lo más arcaico de nosotros mismos, y buscando los ecos de Angelina estábamos construyendo, a dos voces, un mito.

II

Conocí a la verdadera Angelina (no a ésta, la actual, la imposible) en la perfumería que tenía mi padre. Yo era un empleado más, y un sábado soleado me pidió un rubor cremoso para mejillas y mientras ella observaba la cartilla de colores yo sentí que lo que estaba viendo no cabía en mi imaginación.  Fascinado por su desproporcionada hermosura le propuse el siguiente razonamiento: “la naturaleza es injusta, en la Tierra somos miles y miles de millones de hombres, todos vamos a morir, y solo un puñado de varones, tal vez uno solo, tendrá el placer de ser amado por vos….”  Sus ojos enormes y transparentes esbozaron una promesa de sonrisa y contestó: “bueno, pero yo no puedo salir con tantos miles de millones”… “Es cierto –le respondí- pero si te decidieras a hacerlo, tal vez yo recibiría mi oportunidad en marzo del 2030”.  Ahora si sonriendo pagó el maquillaje y se fue. Salí a la vereda y la vi perderse como un punto imaginario entre la gente del barrio.

Durante días no hice otra cosa que recordar su cabello dorado cayendo a chorros por su espalda hasta la cintura, las mejillas pálidas y perfectas, el delicado grosos de sus cejas, y una boca que había nacido para ser besada, más que para besar. Esa remembranza insistente, lejos de ser sustitutiva de Angelina, era como toda idealización que no decae, una definición superior a ella misma. Si es cierto que algunas personas portan el nombre que corresponde a su cara, bastaba mirarla un poco para entender que ella no podría haberse llamado de otra manera.

Por otro lado, mi padre se asombraba por haber engendrado un hijo tan trabajador, que abría el local bien temprano y se quedaba hasta última hora…esperando que esa clienta especial retornara.  Yo me evadía de los problemas mundanos atraído por el encanto del hada proveniente de algún cuento noruego.

Y así fue que la segunda vez que entró al negocio yo estaba arriba de una silla, guardando cajas. Cuando la vi, seguro me debo haber ruborizado, y mi timidez le dio pie para hacer un chiste: “aquí estoy de vuelta…como ves, entre los miles de millones, elegí volver a verte….”

En ese momento se hizo carne ese leve resplandor que empezó a unirnos brutalmente. Y conocí su círculo de amigos. Entre ellos, a Rosa. Rosa significaba por entero lo opuesto a Angelina. Rosa era delgada, de tez morena y ojos achinados, y el pelo negro le caía oscurísimo y recto sobre los hombros, sin tocarlos. Tenía el mismo look de las japonesas, pero era tucumana. Usaba anteojos, y un lunar a la derecha de la nariz le ensombrecía aún más el rostro. Angelina, en cambio, medio pitonisa y medio ondina, era todo brillo y aire fresco, y así también brillaban sus poemas, que narraban las épocas en que su padre trabajaba como pescador en Mar Del Plata y en Quequén, poemas azules llenos de palabras no habituales como océano, erizo, fosforescente, medusa, naufragios, sargazos, y el mar, el ancho e inconmensurable mar.

Cuando estaban juntas frente a mí, sentadas una al lado de la otra, yo tenía la sensación de estar frente al positivo y negativo de una foto humana, el yin y el yan, el alfa y el omega, o como se prefiera, un ser y su inefable sombra proyectada en otro plano de la existencia. Quizás por eso finalmente percibí que hallaría en Rosa todo lo que me faltó conocer de Angelina.

III

Un viernes, creo que tres de abril, Angelina aceptó salir conmigo y a partir de allí anduvimos siempre juntos. Nos llamaban “los pegotes”. Con ella se abrió el planeta para mi, todo era un domingo luz, descansaba aún trabajando simplemente porque yo era de ella y ella era mía, y éramos, fuimos, una extraña comunión de esencia a esencia.

Angelina era una estrellita andante, una muñeca mágica cuyos destellos alegraban las más solas habitaciones de mi espíritu.  Viéndola, yo soñaba con una inocencia insólita la futura cara de nuestros hijos, la decoración de la casa en la que viviríamos, nuestra primera cena en una cocina con un gran ventanal a un pequeño jardín lleno de macetas y flores.

Al no poder iniciar la carrera universitaria que la había traído a Buenos Aires, y dando crédito a otras fuerzas interiores, Angelina se anotó en un curso de teatro. A ella esto le brindó, según me dijo, no sé qué suerte de catarsis y mayéutica. Por prudencia nunca la interrumpí para que me aclarara qué quería decirme, sentía que me faltaba temple para sostener su esplendor y aprovechaba mis silencios para ganar altura.

Me costó mucho, está de más decirlo, aceptar la seguidilla de golpes: primero un ingenuo bulto debajo de la axila, después un pecho, luego el otro, finalmente la metástasis venenosa viajando por su columna, el hígado, por toda ella. La noche en que dormimos juntos luego de la primera operación la noté insegura y ceremoniosa.  Me miró expectante desde el fondo de sus ojos felinos y cuando se ofreció desnuda esperando de mi un gesto de horror, me vino a la mente aquella frase de Juan Ramón Gimenez: “De tal modo llama su oculta belleza, que con solo decirle a nuestra alma: ¡vente!, se la lleva”.

 

IV

No me sorprendió que Rosa pidiera unos días de licencia y sacara dos pasajes a Tandil. Ya habíamos reconocido juntos las huellas de Angelina en Buenos Aires y era hora de llegar hasta el final, o hasta el principio, que para el caso es lo mismo.

Tomamos el micro de las siete y media y envidiando la templanza de aquellos que se pasan la vida entre girasoles y molinos, fuimos llegando a destino. Un distante olor a tierra mojada doblegó nuestra fe en el sol.

Las imágenes que nos impulsaban decidieron por cada uno las habitaciones a elegir. Yo preferí la que, desde el quinto,  piso me permitía contemplar la iglesia en la que Angelina adquirió su tentación metafísica, y la escuela primaria en la que aprendió a decir las primeras palabras, tan parecidas a las últimas. Rosa, implacable, aceptó la del primer piso, con vista al club de los bailes y los sueños adolescentes.

El padre nos miró inquisitivamente.

“¡Qué hacen aquí?” preguntó desconcertado, seco, arisco .

“Venimos a buscar a Angelina” debimos responderle, pero no hubiera entendido, ocupado en su propio desamparo. Nos invito a pasar. Comimos unas empanadas acogidos por el silencio que tanto odiaba Angelina, y antes de despedirnos conocimos su último dormitorio, el que ocupó antes de emigrar a Buenos Aires, que parecía esperarla más que nosotros.

Durante la noche tuve pesadillas, y creí que el día no volvería jamás. Pero la mañana nació y fue hermosa. Recorrimos la hospitalaria ciudad del Tandileofú, el cerro del Calvario, la Cruz. Planeamos luego una excursión a Necochea y otra al puerto de Mar del Plata, antes de rastrear a sus amigos de la infancia, y a sus maestros. Parecíamos dos vagabundos hipnotizados, pero estábamos en paz, porque todo Tandil respiraba a Angelina y el tiempo sobraba para encontrarla a cada rato en cada cosa.  Todos sus relatos ahora se habían unido a las imágenes correspondientes.

IV

Mientras dormía en el hotel, mi inconsciente dedicó toda la siguiente noche a jugar ejercicios de lógica proposicional, similares a los que vi preparar a Angelina en sus tantos intentos de ingreso a la universidad.  Empecé primero con las falacias materiales, desechando los silogismos. Por ejemplo: “Todo A es B, algún A es S, luego S es B”. Y en el sueño apareció la voz de Angelina leyendo en voz alta: “todos los hombres son seres vivos, algunos hombres son seres que han muerto, luego, algunos seres que han muerto son seres vivos”. Pero como este no era un problema de validez sino de significación, mi inconsciente se sintió atraído por los casos de deductibilidad. Formulé entonces las siguientes proposiciones: “Angelina es bellísima, Rosa es lo opuesto de Angelina, entonces Rosa es muy fe”. Disfruté la estúpida comparación y posteriormente argumenté: “Angelina es la beatitud, Rosa es lo contrario, luego Rosa es Dorian Grey”.

Así habré pasado horas, o minutos, la cefalea no me despabilaba, y como el inconsciente no tiene tiempo, ni reglas, ni moral, es Ello puro, mis neuronas sin el tutelaje de la vigilia, elaboraron el siguiente aquelarre: “Rosa es fiel, honesta, casi asexuada, Angelina es el anverso de Rosa, por consiguiente Angelina…..” Esta frase fue una angustiante espuela para mi corazón y me desperté, y quedé desvelado y boquiabierto hasta el amanecer.

Mientras desayunábamos arrojé todas mis dudas sobre Rosa, que parecía no estar del otro lado de la mesa, sino parada arriba del altísimo eucalipto que miraba por la ventana. Al principio creyó que mis devaneos algebraicos era falsa, y que mis sospechas eran el fruto habitual del masoquismo masculino. Celos a destiempo. Luego algo en ella se reveló, y dijo: “Mirá….para qué hablar de eso ahora”.

Sentí que descargaba todo su peso en cada consonante, y arremetí con más preguntas.

Su respuesta, aunque atenuada premeditademente, me fulminó.

“Ella salía con muchos amigos, algunos eran compañeros de teatro, venía tarde, qué se yo, no me encargaba de controlarla, después de todo era su amiga, no su madre, y creía que vos, que sos tan inteligente, lo sabías….”

Notó que estaba a punto de descomponerme, y rápidamente agregó alguna excusa tonta como que los chicos que la frecuentaban eran gays o algo por el estilo.  Otra vez, pero ahora en Tandil, como en aquella tarde de velorio en Buenos Aires, sentí que la vida era solo una fantasía maldita urdida por la crueldad de un loco. De dónde saqué fuerzas no sé, tal vez de mi propia pulsión de muerte, y seguí preguntando. Y allí dijo finalmente la verdad.

“Angelina nunca se separó del novio que tenía antes de conocerte, ella te adoraba, pero no podía evitar acostarse con uno y con otro, el problema lo tenía en el bocho, no en los sentimientos que los había puesto en vos. No podía estar sola, una noche en la que quise ir a ver a visitar a mis hermanos a La Plata, se arrodilló llorando y me pidió que no me fuera…no se si podrás comprenderla”….

Si el día del fin de los tiempos, el definitivo día, conserva un miserable espectador, ese hombre no cargará con ojos más desgraciados que los que vio Rosa esa mañana.  Vi culpa y alivio en sus palabras, y algo de sorpresa ante mi  ingenuidad. No fui a ninguna excursión, a la tarde compré un licor de chocolate, el que le gustaba a Rosa, y debo haberme tomado media botella de a sorbos. Durante la obligada siesta otra vez mi mente, saltando de rama en rama, recurrió a los silogismos. “Rosa no se droga, Angelina es la antítesis, por lo tanto….” Y así sucesivamente donde A ya no era A sino que era “no A”. Al anochecer, ya me había destruido bastante y terminé con esos razonamientos no deductivos.  Pero otras preguntas apuntaban lo consciente: ¿Quién era yo? ¿a quién estaba velando, duelando?

V

 Al siguiente mediodía compré los boletos de regreso y fui a despedirme del padre. En el living estaba Rosa, que había  llegado antes, y ahora fueron los dos los que me miraron con lástima. Instantáneamente comprendí que si a cada uno le cabía un papel definido en aquella historia, el mío era el del tonto, el del niño que utilizó el no ver como mecanismo de defensa para perpetuar un vínculo ficticio, incompleto, con un ser imaginado, no real.

Rosa se me acercó mucho y en voz baja me pidió que esperásemos un día más para regresar. En ese momento no entendí la razón pero luego, caminando por los dulces recovecos de Tandil vislumbré que había algo que debíamos hacer allí y no en Buenos Aires.

Con la apática precisión de un relojero puse mi semen en el centro de su esperanza, y ella lo atesoró como si se tratara de un símbolo. Después nos quedamos boca arriba contemplando por la ventana el apuro de las nubes. Rosa tenía la cabeza apoyada en mi brazo y me acariciaba los huesos de la mano.

Fue entonces cuando pensé, y no antes, que desde Adán y Eva, el mundo ha estado siempre repleto de Rosas y de tipos como yo, unidos por tantos motivos, excepto por el amor. Y tampoco, me dije, no es cuestión de andar cantándole loas al amor, pues uno corre el riesgo de creer que se ha enamorado de una doctora Jeckyll  y luego resulta que su pareja era la terrible señorita Hyde, descubriendo para peor, que en cada bella y en cada bestia, hay a su vez sucesivas subdivisiones, porque todo lo humano se caracteriza por su complicación infinita. Y como correlato nos queda siempre una pregunta sin responder: ¿elegimos al otro por lo bueno, o por lo horripilante que intuimos secretamente de él?

De algo sí estoy seguro: ya no solo Angelina será eterna. No lo entiendo del todo y no podría explicarlo, pero de alguna manera Rosa y yo sabemos desde aquella noche que permaneceremos juntos mientras nos dure la vida, por los siglos de los siglos, sí, es decir, para siempre.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Microcuentos insólitos: Imágenes de Javier, por Luis Buero

Bullicio en contaduría: Javier es ascendido a Encargado el mismo día de su cumpleaños número cuarenta.

“Deberías estar contento, Javier, y mirá la cara que tenés…” le dice el sereno que lo descubre haciendo horas extras. El anciano elogia la simpatía de la mujer de Javier y la candidez de su hijito de ocho años.

Javier se queda dormido en el trabajo y tiene un sueño o alucinación muy clara: se ve cuando era pequeño, de cinco o seis años de edad,  caminando de la mano de su padre por la calle Guardia Vieja. Con ahínco su mente afina la mirada y ya desde el niño que fue, como si sus ojos fueran una cámara curiosa, se va acercando a la antigua casa.  Javier saluda a su abuela que está en la vereda saludando a un afilador de cuchillos. Javier cruza el zaguán y el vestíbulo y ya por su cuenta penetra en la salita donde su madre está tomando lecciones de piano a una adolescente. La mujer, con una sonrisa en los ojos le pide silencio y sigue controlando la ejecución de Para Elisa por parte de la chica. Javier cruza el patio y constata su mundo de cosas ordenadas: la glorieta que da sombra, las macetas, las baldosas negras y grises, el canario inquieto, el olor a ají verde que se está asando lentamente, el tío Santiago afeitándose en el patio frente a un espejo redondo colgado debajo de la escalera, y por sobre todas las cosas, su vista se detiene en el triciclo estacionado frente a l lavarropas, listo para subir y girar y girar.

Javier pide salir más temprano los martes y los jueves y promete compensar el tiempo quedándose hasta media noche los lunes y viernes. Sus compañeros no saben qué le pasa y se burlan: primero lo bautizan “oreja”, después le atribuyen una aventura amorosa.

Javier faltó al trabajo nuevamente, y trata de hallar sin éxito, entre chapuceros, negocios de antigüedades, la cama que perteneció a sus padres.

Javier pesca mojarritas con su hermano menor en las piletas abandonadas de Núñez; su padre se ha dormido en el pasto y la radio que no suena para nadie de allí, anuncia una nueva revuelta militar.

La doctora Levy le comenta que los niños saben qué hacer con su amor a los padres, pero no tienen permiso para otras sensaciones. Habla de sentimientos de culpabilidad, de tendencia a la regresión, de inseguridad. “Yo soy lacaniana” le aclara, y pactan verse los martes y jueves a la noche.

Javier estrena unos pantalones largos paseando con su tío en el flamante Siam Di Tella modelo 62 color verde agua, y siente el gusto de los caramelos ácidos Sugus mientras adivina la cara de los pescadores que ve espaldas, absortos, inmóviles, apoyados en la escollera de la costanera norte.

Javier está sentado frente a la doctora Levy, le cuenta que de pronto su mente viaja al pasado, sin que él lo desee, y lo superan recuerdos melancólicos de otros tiempos con fuerza de realidad. La doctora lo felicita por su decisión de hacer terapia y le aclara que para transitar el camino que le espera se requiere mucha valentía y humildad.

Javier recorre las calles de su infancia y busca el lugar donde nació. Mario Bravo 734 le dice al taxista y llega bien, pero su casa natal no existe más. Un esqueleto de hormigón armado llena el aire de polvo y piedra. Javier le da unos pesos a un albañil para que lo deje pasar a ver la obra en construcción y éste lo confunde con un posible inversor y le permite entrar. Javier avanza entre bolsas de cemento y cal, tirantes de madera, caños y varillas de hierro. El viejo muro que anuncia el final del terreno (lo único que sobrevivió a la demolición) muestra vencido los trozos de empapelado de la vivienda original,  y tres subdivisiones de cuartos pintadas de distinto color. Javier acaricia las paredes y va pensando: “aquí estaba la salita”, apoya su cabeza en el empapelado floreado y murmura: “éste era el dormitorio de mis padres”, y ante la pared verde, descascarada, cree ver a la abuela Cándida oprimiendo el relleno para una futura salsa en un mortero de mármol.

La doctora Levy siente que Javier se ha caído de un avión sin paracaídas. También deduce que Javier es algo más que un simple hombre solo, que pareciera ser un símbolo del Buenos Aires actual, y así lo comenta en su sesión de control o supervisión con una colega.

Silvia se dobla en la cama, tensa, y Javier ya nada puede hacer. Pronto vendrás los reclamos de ella por no haber alcanzado el orgasmo. Romperá vasos, cuadros, se emborrachará, llorará. Javier sabe lo que le espera y se acurruca en posición fetal abrazando la almohada.

Javier visita a una tía lejana donde sabe que han ido a parar algunos vestidos de su madre, un batón de su abuela, y el sombrero tipo chambergo del padre. La mujer, asustada, ve como Javier los aprieta contra su pecho, los huele, llora desesperadamente.

El pequeño Javier va con toda su familia al cine a ver “Alias Flequillo”, y se río mucho cuando el actor Carlos Serafino compone a un policía desorientado por los mensajes raros del mafioso que interpreta José Marrone.

Javier está en un bar con Norberto y María Alicia. Estos le aconsejan no descuidar el trabajo. La charla cesa y la tranquilidad del lugar se ve interrumpida por unos hombres que irrumpen violentamente en el lugar, pistolas en mano,  preguntando por alguien. Dice representar a las “fuerzas conjuntas”. Piden documentos, pero no se llevan a nadie.

La doctora Levy le hace ver que el esfuerzo que él hace servirá también para que su hijo no sufra los mismos problemas. “Un hombre enfermo –afirma- perjudica a varias generaciones que lo suceden”.

Javier vaga por las calles del centro. El último subterráneo a Chacarita lo descubre mirándose en el reflejo de una ventanilla.

Silvia lo hecha de su casa, le dice que no lo quiere más. Javier le pide una oportunidad pero ella misma le hace las valijas y se las coloca junto a la puerta de calle. Javier ve como su ya ex mujer ha colgado perchas de la araña del living con pantalones y sacos de Javier que no caben en las maletas. Otra ropa está en bolsas de residuos. Javier sabe que esa “fotografía” no se la olvidará jamás.

Javier avanza primero en la fila, es el abanderado el aula, sus ojos brillan más que su jopo engominado, y luce un delantal blanco inmaculado.

La doctora Levy lo previene de las resistencias al tratamiento.

Javier oye los gemidos sufrientes de su madre y por la hendija de una puerta ve emerger a su hermanito con la cabeza sucia y los ojos apretados. Una partera habla del riesgo de los partos caseros, pero todo sale bien.

La doctora Levy le demuestra que su hijo lo admira, Javier se sorprende.

Maria Alicia habla del trance yóguico y de sus múltiples interpretaciones. Norberto dice que el conductismo es la muerte de Freud.

Los compañeros de oficina le quieren presentar una mina. Javier dice que no.

Javier conoce el Ital Park. Es domingo, lo acaban de inaugurar.

Nicolás, luego de un largo sorbo de café, expresa: “para mí todo es muy claro, un gobierno no tiene alternativas, o es nacional y por consiguiente, popular, o es antinacional y antipopular.  La historia de la humanidad es la historia de los nacionalismos contra los internacionalismos, lo demás es pura consecuencia”.

“A nadie, nunca, le dije esto…”, confiesa tímidamente María Alicia y baja la mirada.

“Para el inconsciente de los hombres la mujer no existe, o son putas o son madres” –insiste Norberto, y agrega, “y para el inconsciente femenino los hombres tampoco existimos, o somos boludos o hijos de puta, nada más”. Y se ríe solo.

“¿A quién te hace acordar esa chica?” pregunta la doctora Levy, Javier se queda pensando.

Javier en el velorio de su suegro. Contempla ese rostro amarillo que se hincha, las manos unidas que se ennegrecen, el cabello grisáceo que se afina y dispersa, y se rebela ante la farsa de una segunda vida, de una resurrección, de una reencarnación. “Somos como dijo el filósofo, un chispazo entre dos nadas”, murmura. En ese instante también tiene siete años y pasea de la mano de sus padres por el cementerio, rumbo a la bóveda familiar. Javier no entiende porqué guardan a los muertos en esa absurda ciudadela. Las construcciones le parecen grotescas, y le dan miedo, mucho miedo.

Javier conoce a María Alicia, una muchacha de solo veinticinco años, y una dulzura intensa, doliente, quizás sombría. Durante días no puede apartarla de su mente y se pregunta cómo es posible que aún queriendo a Silvia pueda sentirse interiormente tan atraído por esa chica. Silvia es diferente, alguna vez fue un huracán de risas y de gestos, una almendra gigante, a veces amarga y a veces llena de sol y de fuego. Pero el tiempo la volvió demandante, insaciable, una queja gigante, constante. María Alicia, de aspecto casi adolescente, para Javier antes que nada es el símbolo de la esperanza. Un panal marino, silencioso,  celeste. Algo tienen en común esas dos mujeres, según cree Javier: Dios las hizo de un solo trazo y perfectamente las extrajo de su espacio inmóvil con la habilidad de un gran agricultor.  Por eso mismo, Javier descubre que no puede acceder a esa experiencia momentánea que tanto lo llama; percibe con intensidad que un engaño así y por partida triple, lesiona lo más hondo de la dignidad humana.

La doctora Levy sonríe y Javier le pide por favor que no se muera porque él solamente habla con ella, y a ella le ha entregado todos sus secretos y confianza. La doctora Levy le contesta con ironía que no tiene pensado morirse por el momento, y él toma esa respuesta como una promesa.

“Cien gramos de picada y un hueso para el caldo” pide la anciana, mientras Javier espera a que lo atiendan. La mujer rasca el fondo del monedero y cuenta, como si fueran de oro, diez monedas miserables. Luego paga con ellas y dos billetes arrugados mientras mira irse el dinero hacia la caja como si fueran hijos que parten hacia la guerra. Javier suspira y reflexiona con culpa: “esta vieja casi no le alcanza para comer y yo pagándome un análisis”….

Javier viaja a Punta Lara y se sienta frente al río; rememora los asados de truco y vino de su tío, los paseos en el Siam DiTella, después avanza en el tiempo y vienen a su mente los picados de fútbol, la primera novia oficial explicándole a su familia cómo cocinaba el pescado a la criolla, y los últimos tangos de la tarde, junto a la cadenciosa gramática peruana del negro Marthineitz desde la radio.

A Javier le duele en el alma reconocer que los animalitos del carrusel del zoológico, a pases de la calle Cerviño, están intactos. El calesitero no se sorprende ya que mucha gente solitaria va a buscarse cada tanto en la alegría de esos niños, cumpliendo una estricta orden interior.

“Sus padres le dieron todo lo que podían darle”, afirma la doctora Levy. Un rato después le sugiere: “modifique la frase: tengo culpa por , y diga en cambio: tengo derecho a…”

Javier le teme a la palabra “pero” que divide dos partes de una oración orientándose siempre hacia lo imposible, y odia el pluscuamperfecto “hubiera o hubiese”, quiere desterrarlo de su ser.

“Ya que usted me pregunta yo le informe, utilizo el método de reducción fenomenológica de Husserl”. Javier no entiende a la doctora Levy y no exige mayores explicaciones pues siente que está progresando y eso solo le importa. “Somos un Yo por y con otros”, comenta luego la doctora, y él no lo olvida.

Javier chupa un caramelo tricolor que le regaló su padre. Ha ido en tranvía a visitarlo al lugar donde trabaja.

María Alicia tiene lágrimas en los ojos pero sonríe, de alguna manera está feliz. Javier ha encontrado una amiga en su compañera de trabajo. Nadie sabrá de ese amor que no pudo ser.

“Mi papá es un genio” enfatiza su hijo. Javier se sorprende.

Un médico apoya la rodilla sobre el voluminoso vientre de la parturienta. Una partera asistente insiste en que los partos caseros son peligrosos. Javier se niega a nacer, parece asfixiarse, de pronto ve una luz naranja.

Toca dos o tres veces el portero eléctrico y nadie contesta. Luego de un rato ve salir del edificio al encargado, siempre impecable con su uniforme gris y su corbata blanca. El hombre lo reconoce, sabe que Javier a esa hora tiene cita para la resurrección en vida, y con su calidez provinciana le da la pedrada en el oído: “la doctora Levy falleció el domingo por la noche, y la enterraron ayer…”

“Al tiempo, ¡que detenga su corcel!” lee Javier en un poema.

“Robinson Crusoe en Marte” en el cine Medrano, ochenta centavos, Javier se  ríe porque su abuela pega un grito cuando el personaje casi se cae de una montaña.

Javier dice “puta” en el recreo; la señorita Ema se dio cuenta y lo lleva de una oreja al baño para lavarle la boca con jabón. Años después, en otra clase, Javier aprende que la p, la u, la t, la a, son fonemas que en el plano del significante pueden combinarse como pata, pito, pete, y otras variaciones con sus respectivos morfemas, aunque Saussure no indica que algunas estructuras pueden acarrear serios inconvenientes. Mientras tanto, en la calle,  Javier descubre que, ajenos a estos cuestionamientos semánticos,  e indiferentes a la señorita Ema, los adultos abren la boca solo para decir puta, puta, y puta en distintas frases e insultos.

Silvia le escribe una carta e insiste en que lo quiere.

Javier deja terapia y el trabajo.

Irán, Estados Unidos, Israel, los árabes; Javier lee con horror las noticias de secuestros en Colombia, y le parece escuchar a su madre decir “antes estas cosas no pasaban”.

“Antes” terrible palabra, “antes”, paraíso perdido para siempre. La doctora Levy anota.

Javier, totalmente borracho, es golpeado por dos vagabundos. Un médico, indiferente, firma al pie de una planilla.

Javier no quiere levantarse de la cama. Los demás lo ven durmiendo, pero él está subido a un triciclo y da vueltas y no puede dejar de reír y de girar. La enfermera trata de convencerlo de que el almuerzo es necesario.

Javier siente el gusto de la hostia por primera vez.

“Y pensar que el hijo, que tiene solo ocho añitos, está trabajando en una obra en construcción para ayudar a la madre, que también trabaja”.  Javier reconoce la voz de una tía lejana, entiende que hablan de su hijo. Se para de golpe, corre hacia la mesa de informes. Otra enfermera, sorprendida, le alcanza el teléfono: Silvia le confirma que el chico hace changas para el primo que es capataz y así aprende el oficio, pero igual no dejó el colegio.

“Su hijo, su hijo”, parece retumbar en los pasillos la voz de la doctora Levy. Javier roba unos pesos de la cartera de la enfermera que le dio el teléfono y sin cortar sale corriendo y toma un taxi. El jefe de guardia denuncia que un paciente se ha escapado.

Javier sabe a qué obra en construcción se refiere Silvia, es la de Mario Bravo 734. Allí dirige al taxista.

Javier abandona el triciclo, se para, lo observa.

La doctora Levy recibe el llamado telefónico y la angustia de Silvia: “Ahora sí –dice la doctora- tenemos que ayudarlo todos”…

Javier baja del taxi y recorre con la mirada todo el hormigón armado. “¿En dónde estará mi hijo?”. Los peones no saben, pero Javier desesperado alza los brazos y grita el nombre del niño con todas sus fuerzas. El pequeño aprendiz se asoma desde el tercer piso, tiene la nariz sucia de cal y un birrete hecho con papel de diario. Sonríe. Instintivamente el niño se incorpora y corre hacia la precaria escalera para bajar. Javier comienza a subir emocionado y lo busca en cada uno de los pisos anteriores.  El chico desciende para abrazar al padre y Javier, mientras asciende, ve cómo el patio y las macetas de la abuela se esfuman, la abuela ha dejado de pelear con el afilador, el ají tiene olor a cemento y la cama grande, las persianas y la glorieta se han derrumbado. El que se está afeitando no es su tío sino un obrero más.

Javier siente el cuerpo del niño aferrado tenazmente al suyo, certifica el dulce peso, su hermosa fragilidad, y descubre que está en el tercer piso de un hormigón armado, vestido con un saco sobre un pijama de hospital. Y enfrente, todo Buenos Aires sigue vibrando.

Mientras tanto, Silvia se ha sentado frente a la doctora Levy y ésta habrá de decirle, entre tantas cosas, que la pequeña felicidad existe, que un ser humano es una maravilla irrepetible, y que las tempestades nos acechan, solo hasta que aprendemos a caminar por el fondo del océano.

 

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar


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Microcuentos insólitos: Creer para creer o no, por Luis Buero

I

No se puede escribir todo lo que uno piensa, ve o sabe. Un mar negro, una pared, una tremenda nebulosa nos detiene. Nos paraliza. A veces es simplemente miedo. Les cuento.

Estudié tres años en una escuela de periodismo para obtener un título que no me sirve para nada, pues en los medios sólo ingresa gente recomendada desde adentro. Igual no me deprimí, e  intente relacionarme esta vez con diarios extranjeros.

Para mi sorpresa me mandaron un email de un periódico editado en español en Miami.  El director tenía especial interés en que yo hiciera un trabajo de investigación, si aceptaba, de un famoso cirujano argentino, un cardiólogo de renombre. Y me indicaban quién. Cuando leí de quién se trataba, un escalofrío corrió por toda mi espalda: acaban de proponerlo para el Premio Nobel de Medicina… ¿aceptaría ser entrevistado por un cronista ignoto y sin experiencia?

II

Hace tres días al salir de casa me paró un empleado de correos y me dejó un telegrama. Pude entender en esa breve oración escrita en idioma de Tarzán, que mi padre viajaba de Montevideo esa misma tarde para pasar unos días en Buenos Aires. Al reencontrarlo en el puerto me conmovió su rostro pálido y su mirar lejano, sin brillo.

Horas después, tomando un té, me contó que andaba muy mal del corazón y que le habían recomendado hacerse atener con un cardiólogo muy famoso, el doctor Fatarino.  Se trataba justo de mi posible entrevistado, al que no había contactado todavía. Le previne que ese tipo no atendía a pacientes de obra sociales y que cobraba muchísimo, pero mi padre me guiñó el ojo y me dijo que no me preocupara, que le iba muy bien con su panadería de medialunas calentitas en Uruguay.

No sé porqué pero cuando salimos de ese bar tuve la sensación de estar caminando junto a un muerto.

III

Papá empezó a desanimarse luego de los primeros análisis. No sólo por el negativo resultado de los mismos, sino por notar que entre los gastos de visitas médicas y estudios realizados había ya gastado todo su dinero. Un médico de la clínica del doctor Fatarino nos previno que la gran eminencia no cobraba a todos los mismo, que antes de saber qué valor dar a sus consultas y tratamiento, mandaba averiguar el estado patrimonial del enfermo. Por eso fue que Fatarino, enterado de que mi padre estaba por recibir una bóveda como herencia familiar, propuso un valor sumamente elevado como precio para la inevitable operación que él mismo le diagnosticó.

IV

Respondí al diario que sí y comencé a buscar información sobre Fatarino, sin pedirle la entrevista para el reportaje todavía. Lo veía indetenible, y me apenaba la beata confianza de mi padre en él, aceptando dejarse intervenir quirúrgicamente si hacer una segunda o tercera consulta en otro lugar, con otro profesional. Por otro lado, de haberlo hecho, el solo decir a cualquier médico que lo había revisado antes Fatarino, bastaba para que se alejaran y no pronunciaran otra palabra. Fatarino era ya un benefactor de la humanidad.

Mientras charlaba con papá en un banco de Plaza Francia, Fatarino era reporteado por movileros de varios canales en la puerta de Canal 7, y a la vez su foto salía en la tapa de todas las revistas y diarios.

Finalmente me decidí a hacerle yo también una nota.

V

Lo llamé varias veces y finalmente lo encontré y establecimos la hora del encuentro. Que el reportaje fuera para un diario americano lo sedujo y al instante aceptó. Al llegar a su casa me sorprendió ver dos matones de guardia en la puerta y otro sacando a un hombre que se quejaba, a empujones.  Fatarino previamente me había autorizado a que buscara en la biblioteca de su clínica material informativo sobre su vida, y husmeando en todas partes descubrí que nunca firmaba los certificados de defunción de sus pacientes fallecidos durante sus operaciones.

Paralelamente era imposible obtener comentarios negativos sobre su labor, todos sus colegas y los medios en general expresaban respeto y admiración por él. La versión de que pocos salían vivos de su quirófano circulaba off the record.

Él era sin duda un icono del delantal blanco, un genio, un prócer contemporáneo. La entrevista que me concedió fue breve, él mismo me extendió un papel con las preguntas que yo debía haberle hecho y sus correspondientes respuestas, y la foto que me permitía publicar.

VI

Un día muy caluroso operó a papá. Yo ya tenía preparada la primera parte del informe y del diario me presionaban para que enviara ya mismo el artículo de investigación. Estaba en el pasillo de la clínica esperando y notaba que algunas personas me sonreían como hipnotizadas.

Cuando un médico y una enfermera me informaron que mi padre había muerto durante la operación quise hablar con Fatarino, pero ya se había ido de la clínica. Desesperado, subí a un taxi, conocía muy bien la dirección del domicilio del asesino.  En Retiro tomé un tren que me llevó a las lomas de San Isidro. Y desde la estación un colectivo me acercó a un descampado lleno de quintas muy separadas unas de las otras. El brillo del último sol de la tarde castigaba mis ojos y caminaba confundido y extraviado.

Con la fugacidad de un rayo vi caer una pelota de fuego sobre el horizonte. Al aproximarme fui distinguiendo la lejana silueta de Fatarino hablando solo, entregando una serie de papeles y una caja a un ser luminoso que los absorbía o vaporizaba. Pocos segundos después ese ser casi invisible se convirtió en un hombre alto de color gris metálico. Con espanto reconocí la forma de un ovni detrás de él, que se alejó apenas el hombre gris lo abordó luego de comunicarse con Fatarino.

Entonces noté que Fatarino también llevaba puesto un traje gris lleno de cables, y sin notar mi presencia se alejó hacia una casilla de madera.

“Un exterminador de otro planeta” murmuré temblando.

Rompí el artículo en varios pedazos, al día siguiente, mientras iba al cementerio a enterrar a mi padre, con los ojos muy abiertos y el corazón petrificado.

Ni llorar pude.

 

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: www.luisbuero.com.ar


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La envidia, por Luis Buero

“TODOS VEN MIS LOGROS, NADIE CONOCE MIS SACRIFICIOS”,

fileteado en el paragolpes trasero de un camión de cargas

 

“Invidia” en la mitología romana, era una diosa-personificación de la venganza. Sus equivalentes en la mitología griega fueron Némesis y Ptono.

¿Por qué referirnos a ella en el siglo 21?

Divaguemos…. El famoso jugador de fútbol del Real Madrid, Cristiano Ronaldo, declaró a los medios en algún momento: “En absoluto siento envidia hacia Messi. Mi prioridad es ganar muchas Ligas de Campeones y españolas con el Real Madrid, y no Balones de Oro”.

Pensemos, si a Cristiano Ronaldo le produjera envidia que al argentino Leonel Messi le den cada año el premio al mejor jugador de Europa, podría ser este un afecto esperable, aunque no razonable, porque la envidia nunca lo es.

Pero si al dueño o al entrenador del club en el que juega Messi, sea cual fuera la institución, le despierta envidia el triunfo y las habilidades del delantero que “patea” para ellos, ahí es donde este sentimiento se convierte en un síntoma interesante para estudiar, y en un exponente indiscutible de las expresiones propias de la pulsión de muerte. Por algo los celos, sobre los que he escrito un libro y muchísimos artículos, no están incluidos entre los siete pecados capitales y la envidia sí.

Sé que estos ejemplos son banales, pero cuántas veces nos ha sucedido esta inesperada experiencia: participamos en una empresa, compañía o grupo operativo o programa de salud mental o medio de comunicación, etc., … ya sea como vendedores, periodistas, conductores de radio, coordinadores grupales, deportistas, modelos, actores, políticos, autores, psicólogos sociales, policías o ladrones,…. y descubrimos que si nos va muy bien gracias a nuestro esfuerzo, nuestros principales “enemigos envidiosos” terminan siendo los compañeros o jefes, y no necesariamente los competidores externos. ¿Cómo es posible que le peguen a la mano que les da de comer?  Por otro lado, nos parece “normal” que un ángel envidie a Dios, metafóricamente hablando, pero ¿qué pensamos cuando ocurre al revés?.

Lo que se podría inferir es que la envidia pecado capital desde la religión, la envidia femenina al pene (según Freud) y la invidia de Lacan tienen un origen común y anterior.

Melanie Klein lo expresa claramente en su libro Envidia y Gratitud (1957), al explicar que si bien la envidia surge del amor y la admiración primitivos, tiene un componente libidinal menos intenso que la voracidad, y está impregnada por la pulsión de muerte. Klein define a la envidia destructiva que el bebé siente por ese pecho materno que posee el poder total de darle alimento y bienestar como la primera externalización directa del instinto de muerte.  Hanna Segal, refiriéndose a los textos de Melanie Klein resume con referencia a la Envidia: “la plácida y dichosa experiencia que ese maravilloso objeto (el pecho materno) puede proporcionarle, aumenta su amor hacia él y su deseo de poseerlo….pero también le provoca el deseo de ser él mismo la fuente de semejante perfección…así pues experimenta dolorosos sentimientos de envidia que provocan el deseo de arruinar las cualidades del objeto que le produce sentimientos tan penosos”….

¿Lo ponen en duda? Veamos. Para el envidioso adulto, el envidiado es siempre aquel que ha adquirido o recibido un don o un objeto material o ha encontrado su “media naranja” (todo inmerecidamente). El envidiado ha hallado  algo que además lo completa y lo vuelve omnipotente (para el ojo envidioso que lo mira). Nuestros envidiados, entonces, pasan a ser ( ante esa mirada sufriente y angustiada del envidioso, es decir, la nuestra)  los “Mrs. Happy y Mr. Happy” del mundo, aquellos a los que ahora nada les falta,  pues consiguieron el Santo Grial, la Rosa Púrpura del Cairo, la llave de la felicidad y la salud eterna, el objeto “a” lacaniano, la lotería y todos los premios,  la completitud imposible, y se reencontraron con la primera experiencia de satisfacción freudiana, para no perderla nunca más.

Y desmantelando nuestra tendencia a la transferencia globalizadora, por ese rasgo o logro, solamente, para nosotros, ellos son y viven una existencia perfecta.

Son, como ya dije, Mr. Happy y Mrs. Happy. Otra diferencia con los celos es que en los celos hay guión, el celoso imagina escenas que no existen, mientras que en la envidia hay ausencia de guión, el envidioso siente que el envidiado ha obtenido el logro solo por tener más fortuna que inteligencia, o porque Dios le sonrió como a Abel, o porque participó de un casting-cama y se acostó con el jefe, o simplemente porque sí.

En síntesis, si es que puede sintetizarse algo con relación a la envidia, cuando envidiamos fuertemente a alguien lo vemos como el sujeto que tiene, mientras que nosotros estamos, en ese aspecto, según parece, imposibilitados. Castrados. Porque como repetía alguna abuela en mis tiempos: “hay gente que nace estrella y otra estrellada”.

¿Toda su larga biografía será estrella o estrellada?, nos olvidamos de preguntarle a la abuela.

Ese ser, el envidiado (creemos) es el que porta el falo (imaginario, simbólico y real) y nosotros ante él pareciera que estamos agujereados, divididos, incompletos, y por ende solo nos resta envidiarlo, sentados en nuestro sentimiento de inferioridad ante ese Gran Otro subido al pedestal por otros, y a veces solo por nosotros mismos.

Este “completar” al otro, verlo como Gran Otro,  hace que ni siquiera el envidioso pueda creer que su mirada puede provocar el fantasioso “mal de ojo” (del que teme el envidiado por lo cual se protege con cintitas rojas o amuletos).  Lo interesante es que el envidiado, por su parte, también cree en la omnipotencia del pensamiento del envidioso, que lo “mira mal”, y teme perder el don, bien, pareja, etc.…conseguido.

Y si hablamos de esa pulsión inevitable del mal ver, del ojo malo, de la pulsión escópica del envidioso, es justamente hacia donde no se puede ver que el sujeto envidioso pretende mirar. Lo que busca no es, como se dice, el falo, sino precisamente su ausencia, pero no la sabe hallar porque el falo, en definitiva es el monumento a la nada. Se esconde detrás de apariencias sustituibles a cada rato.

La publicidad sabe bien esto, por eso nos ofrece la felicidad garantizada en todo lo que vende.

Pero el andar por este planeta nos hace ver que la célula envidia al átomo y éste al embrión, el cual está verde de envidia ante los animales de dos patas, quienes se vuelven amarillos de envidia frente a los mamíferos que gatean, y así sucesivamente. Nosotros mismos estamos de pronto del lado del envidiado y del envidioso, según el lugar del mostrador “del éxito” en el que nos ubiquemos, o de acuerdo a qué ideal del yo enloquecedor nos han propuesto alcanzar nuestros padres, o nosotros mismos.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿Cómo restaurar al envidioso partido en dos y víctima de su “Super Yo” insaciable? ¿Cómo inducirlo al sentido de la compasión…no por los demás, sino hacia si mismo?

No es viendo sufrir al envidiado, como nos proponen los programas televisivos de chimentos, y las secciones de noticieros tipo “la tragedia de los famosos”, aunque estos productos mediáticos parecen calmarnos con su mensaje implícito:  “la vida no se enamora de nadie”.

Pero nada nos dicen los medios del matrimonio del cuarto piso, la desconocida pareja que desde hace veinticinco años pasea sonriente de la mano ante nuestros ojos, sacudiéndonos en el alma su felicidad conyugal. Ni de la camioneta cuatro por cuatro, modelo siglo veinticinco, que compró ese analfabeto que solo sabe soldar cañerías y se hace llamar plomero. Ni nos cuentan que el señor que ganó la lotería hace treinta años que compra billetes de todo tipo y país, semana tras semana, y se conoce de memoria los significados de cada número de la quiniela.

La disminución de la envidia venenosa debería venir, al menos en lo racional, por la revisión de qué ha hecho el envidioso para conseguir sus propósitos personales. Y de trocar la culpa por la responsabilidad de sus actos, o de la inacción, para poder darse la oportunidad de lograr a partir de ahora, poner en curso sus deseos.

Todos somos únicos e irrepetibles, y venimos a este plano a cumplir alguna misión mucho más importante que sentir envidia por los demás. Claro que no siempre esa misión o don, se nos es revelado desde un comienzo. A veces hay que buscar y encontrar y seguir buscando.

La tarea es arar, cultivar y cosechar nuestro propio camino pues ahí está el destino de esa energía que hasta ahora gastábamos en contemplar la película de la existencia ajena.  Cuando uno decide ser el Richard Gere, la Julia Roberts, de su propia película, la envidia cede, y a veces desaparece de a ratos para siempre.

Es cierto que a veces arrojamos semillas y no crece nada…enseguida, o que si nos dieran un peso cada vez que nos dicen que “no” a un proyecto, una propuesta, una idea que ofrecemos, seríamos millonarios. Pero eso no significa que los demás sean necesariamente mejores, y en todo caso habrá que investigar en qué surco conviene invertir las próximas semillas y en cuáles no.

Si nos emprendemos en esta acción, es entonces cuando nuestra mirada puede ceder un rato a la nube fantasmática de la envidia y  es ahí cuando lograremos ver al vecino tal cual es. Y es ese el instante en el que  nos sorprenderá reconocer en el (hasta entonces) envidiado,  sus agujeros abismales, sus faltas estructurales,  su frustración e insatisfacción pues lo logrado seguramente es la ínfima parte de lo trabajado, sus propias envidias, y su muerte a cuestas, como cualquier bicho humano, y entenderemos que ciertas fortunas temporales (merecidas o no) jamás le quitarán su condición se sujeto dividido, escindido, tanto como nosotros.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: www.luisbuero.com.ar


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Las huellas del adiós, por Luis Buero

Cuando una pareja se separa, cada uno toma decisiones distintas con respecto a las remembranzas de ese amor que se frustró. Algunos queman o tiran todo (cartas, ositos de juguete, corazones de tela, tarjetas, fotos, flores secas, programas de teatro, poemas, frases impresas).

Otros las conservan en alguna caja escondida en lo más hondo del placard. Pero ahora hay un tercer tipo de ex amantes: los que donan esas cosas que les hacen recordar al otro/a al Museo de las Relaciones Rotas. Si, un lugar donde las rupturas sentimentales se convierten en arte.  Fue creado en el 2006 en Croacia por dos artistas (Olinda y Drazen), que al culminar su propio vínculo decidieron fundar esta exposición, con los testimonios del afecto que los había unido.

Desde entonces, la original exhibición ha dado la vuelta al mundo y recaló en nuestra city en abril pasado, en un centro cultural. Y con el aporte de la gente, la muestra se fue multiplicando. Frascos con lágrimas, boletos de tren, peluches, vestidos de novia y hasta un hacha que una mujer usó para romper los muebles comunes, son algunas de las huellas del adiós que les envían los sobrevivientes del amor que terminó.

¿Qué les ofrecerías vos? Yo soy de los que tiran todo.

Pero después de mi divorcio, al irme de casa me llevé solo un carretel de hilo de coser y un abrelatas, que fueron los íconos de mi nueva vida,  y todavía los conservo.

Ahora bien, esto de ver en algo material el símbolo de lo perdido no es nuevo en nosotros. Lo venimos haciendo desde chiquitos.

Si, ya desde que éramos muy pequeños, y sufrimos nuestro un primer y necesario “abandono”: el destete. Entonces, llorando nos aferramos al chupete, la frazadita, el conejito de tela que abrazábamos y a esa mantita sin la cual no queríamos dormir.

El famoso psicoanalista inglés Donald Winnicott bautizó a éstos como objetos transicionales. Esos objetos representan el espacio que el bicho humano necesita para renunciar a la posición omnipotente (imaginaria, obvio) del ser amado que se ha alejado o perdido. Son los testigos del duelo, digámoslo en criollo.

Claro que con el tiempo pierden importancia y se abandonan, o se donan.

Y hay una cuarta clase de personas, los que hablan pestes de sus ex y califican sus romances viejos con palabras escatológicas. A ellos les sugiero que lean completo el famoso poema de Francisco Luis Bernárdez, cuyo final dice: “…porque después de todo he comprendido /  que lo que el árbol tiene de florido  /  vive de lo que tiene sepultado”.

 

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social. Colabora para El Cafecito desde Argentina. Visita su sitio: http://www.luisbuero.com.ar