El Cafecito


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5 minutos de felicidad, por Juan Carlos Dávila Camarillo

Estoy en el trabajo. Se acerca un tipo. Me amenaza: “Te espero a la salida”. “A la salida nos vemos”, le respondo… Tú estás aquí. No sé por qué, pero trabajamos juntos. Has terminado. Algo esperas… Termino. “¿Nos podemos ir juntos?”, me preguntas. “Sí, claro”, te contesto… Estoy buscando algo. No lo encuentro. Lo vuelvo a buscar. No lo encuentro. Estoy molesto. No sé si por no haber encontrado lo que te pensaba dar o por el tipo que me amenazó en la oficina. Detienes el auto. Me abrazas fuerte y cálidamente.

“Te extrañé”, te digo. “Sí”, me dices. No sé si es pregunta o afirmación. Te vuelvo a decir “te extrañé” y agrego “más de lo que tú piensas”… Llegamos. Tienes lágrimas en los ojos. Una persona a lo lejos te pide que si puedes ir un momento. “Está bien”, contestas. “¿Por qué no lo intentamos?”, te pregunto. “Sí”, dices. Otra vez no sé si es pregunta o afirmación. Sonríes. Es afirmación. Nos besamos. Un beso corto, te están esperando. Bajas del auto. Te das la vuelta. Nos volvemos a besar. Te alejas… Despierto. En esta noche lluviosa y de insomnio he logrado dormir 5 minutos…

5 minutos de felicidad.

Juan Carlos Dávila Camarillo es Licenciado en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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Santa tuvo la culpa, por Juan Carlos Dávila Camarillo

Santa Claus está loco. La otra noche estaba en mi oficina terminando un trabajo, cuando escuché un ruido extraño. No es por cobardía, pero agarré una escoba y fui a ver quién era. Vi a un hombre alto, gordo y vestido de rojo, husmeando en el árbol de Navidad. Me acerqué y lo vi claramente, era Santa Claus dejando unos regalos que no eran para nadie de los que ahí trabajamos. Le dije que esos regalos estaban equivocados, me dijo que no, que la dirección era la correcta, le dije que de seguro las personas para la que eran esos regalos vivían en otra colonia o en otra calle, pero me dijo que no y, para comprobarlo, me enseñó su libreta de direcciones — por cierto, ya hace falta que alguien le regale una laptop o, por lo menos, una libreta nueva, porque la que tiene ya está bastante maltratada — y sí era la dirección. Le pregunté si no habría la posibilidad de un error, me contestó que no, que en todos los años que llevaba repartiendo regalos, nunca se había equivocado. Me enojé. Amablemente le pedí que se los llevara, pero no cabe duda que el “gordo” es terco e hizo como que no me escuchó y siguió depositando los regalos debajo del árbol de Navidad. Decidí dejar que terminara, al fin y al cabo, él era el que estaba en el error. Después de terminar de depositarlos, me dijo: “se los entregas, por favor”. “¡¿Qué?¡  ¿Qué le pasa?”,  pensé,  “es lo único que hace en todo el año y no lo hace bien”. Además, yo tengo mucho trabajo que terminar, ¿por qué me pide que yo los entregue?, ahí está mi vecino que es bien metiche, yo creo que él, con tal de enterarse qué les van a dar a los demás, con gusto los entregaría. O Rodolfo. Aunque, pensándolo bien, creo que no, porque el pobre ya tiene con aguantar las ocurrencias de Santa, como para andar remendando sus errores; además, creo que Santa le pega o, si no, ¿por qué siempre trae la nariz roja? En fin, no quise que me pasara la misma suerte que él y no proteste más. Lo que sí me molesto es que antes de irse, me dijo con una risa burlona: “jojojooooo, Feliz Navidad”. Juro que me dieron ganas de agarrar la escoba y aventársela. Pero me contuve. Qué más habría de esperarse de alguien que todavía sigue repartiendo juguetes en un trineo existiendo hoy Redpack o Estafeta. Decidí entregarlos. Me agaché y leí los nombres para quienes iban dirigidos. Sabía dónde vivían y me puse en marcha. Llegué a la casa. No toqué el timbre. Era muy noche, así que supuse que estarían dormidos. Abrí la puerta y entré cuidadosamente hasta llegar a la sala. Cuando estaba a punto de dejarlos e irme… se escuchó un ruido, me apresuré a depositarlos y salir corriendo, pero cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde…

Ésa es la razón, hija, por la que me viste esa noche dejando los juguetes que Santa Claus trajo para ti. Todo porque Santa tuvo la culpa.

Juan Carlos Dávila Camarillo es Licenciado en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.


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Cinco, por Juan Carlos Dávila Camarillo

*  La primera parte del texto fue escrita antes de que el Presidente Vicente Fox rindiera su Quinto Informe de Gobierno.  La segunda parte fue escrita después del Informe.

Cinco años han transcurrido desde que el presidente Fox ganara las elecciones del 2000 y aún no hemos visto cumplir ninguna de sus promesas de campaña, desde el famoso 7% del producto interno bruto, la generación de un millón de empleos por año, hasta el que cada mexicano tendría un vocho.  Ja, ninguna se ha cumplido y, por el tiempo, ni se cumplirán.  No necesitarán haberse esperado hasta el 1 de septiembre para escuchar qué es lo que va a decir el Presidente, serán las mismas mentiras que ha dicho a lo largo de este año: que cada vez hay mas empleos, sí, pero informales u ocasionales, como los de la Feria de San Marcos, que el INEGI contabiliza como si no fueran temporales. Que ya bajó la delincuencia y que durante estos cinco años el número de líderes de cárteles capturados ha sido mayor que en los otros sexenios, es cierto, pero también el narcomenudeo ha aumentado de manera considerable.

No cabe duda de que este quinto informe de gobierno será más de lo mismo; han sido cinco años eternos y no porque este sexenio sea el peor de todos, sino porque desde hace dos años, a la mitad de su sexenio, ya se sabía que no iba a haber avances y que no podría cumplir alguna promesa.

Es raro que alguien quiera que avance el tiempo, casi todos estamos a acostumbrados a pedir que se detenga; pero, creo que en materia de política no es el caso, los malos gobiernos han hecho de México un país sin esperanza política, un país con políticos sin credibilidad. Han sido largos cinco años de estar escuchando error tras error, de luchas internas dentro de un Gabinete que no ha sabido llenar todas las esperanzas puestas en él.  No hay un sólo funcionario que se salve. Desde principios del sexenio, han sido muchas las constantes equivocaciones, desde el conflicto con Cuba, hasta el problema de las toallas compradas en Los Pinos con un alto valor económico, y no olvidemos el “oso” hecho por la Procuraduría General de la República en el caso del desafuero de Andrés Manuel López Obrador.

Creo seriamente que se podría omitir el informe del gobierno y ahorrarnos al menos una hora de nulos resultados. Ahora hay que cruzar los dedos para que en los próximos 15 meses, el Presidente cumpla aunque sea una de sus promesas, porque sigo esperando mi vochito y más vale que se de prisa, aunque creo que ni se ha enterado que ya no los están fabricando.

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Cuando no se tiene nada que decir, es mejor no decirlo y el Presidente Vicente Fox, por conveniencia, lo hizo al pie de la letra. No cabe duda que la falta de logros del Gobierno Foxista hizo que el presidente no se atreviera a leer el informe que llevaba preparado al Congreso, sino que sólo limitó su participación  de 42 minutos a tratar de hacer un último llamado al Congreso, a quien culpa de sus nulos avances, a aprobar reformas necesarias para el país. Muy pocos esperábamos tal postura, creíamos que Fox nuevamente nos iba a bombardear con un país que no existe y que sólo lo ve a través de los ojos de su gabinete, que lo ha llenado con cifras conveniencieras. Lo cierto es que durante estos quince meses que le quedan, no cambiará para nada  la situación; de ahora en adelante se preocupará por una sola cosa, tratar de que su partido levante en las encuestas que lo tienen en este momento como la tercera fuerza política del país y, como todo en este tiempo de administración foxista, sólo en el intento se quedará.

Juan Carlos Dávila Camarillo es Licenciado en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.